ORÍGENES HISPÁNICOS DE LA CARTOGRAFÍA MEDIEVAL


Todos los navegantes del mundo deben algo a los marinos españoles cuando están en alta mar. El final del siglo XV significó la madurez de la Cartografía española dejando un legado encabezado por las Escuelas catalana y mallorquina de Cartografía.


ATLAS CATALÁN DEL MEDITERRÁNEO (1375)

En la cartografía cristiano-medieval representa un hito importante el gráfico esquema isidoriano del mundo, contenido en algunos códices de las Etimologías de Isidoro de Sevilla, el gran erudito del Reino Hispano-visigodo de los siglos VI y VII. El mapamundi isidoriano está orientado hacia el este, porque dicho punto cardinal se coloca en el extremo superior del mismo, y en este lugar de honor del mapa se sitúa, a veces, el Paraíso terrenal.

Representa el mundo habitado como un círculo o disco rodeado del océano, ocupando Asia la mitad superior del mismo y la inferior entre Europa y África. Una franja continua de agua formada por el río Nilo, Helesponto (estrecho de los Dardanelos), Ponto Euxino (mar Negro), Palus Maeotis (mar de Azov) y Tanais (río Don) separa Asia de los otros continentes habitados de la Tierra. Otra franja acuosa, perpendicular a la anterior y correspondiente al Mediterráneo, se interpone entre Europa y África.

MAPAMUNDI DE ISIDORO DE SEVILLA

El esquema cartográfico isidoriano del mundo habitado está basado en la orientación del punto cardinal Este en la parte superior, tiene forma circular, y se representa el Paraíso terrenal, que es un hipotético continente (cuarta parte del mundo) ubicado al sur (lado derecho), con una leyenda que coincide, a veces literalmente, con la isidoriana que afecta a esta parte de tierra austral más allá del océano.

ESQUEMA CARTOGRÁFICO ISIDORIANO

Este sistema de cartografía fue continuado durante la Edad Media europea. Incluso llegó a representarse en el arte religioso de la Modernidad, como por ejemplo en una escultura del Padre Eterno, de Berruguete, y el cuadro con igual representación del Greco.

Un claro ejemplo son los mapamundis que aparecen en algunos códices de la obra de Beato de Liébana, sobre los Comentarios al Apocalipsis de San Juan, del siglo VIII. En esta obra, el capítulo Prologas eclesiástico fue casi copia de los libros VII y VIII de las Etimologías, donde ilustra el mundo con sus misiones apostólicas para su evangelización. Otro prototipo de mapamundi isidoriano es el de San Severo de París.

MAPAMUNDI DE BEATO DE LIÉBANA

En el año 817, los españoles islamizados tradujeron al árabe el Almagesto de Claudio Ptolomeo, que era la Summa geográfica de entonces. Varios siglos después, en 1410, esta Guía geográfica ptolomeica fue traducida al latín por el romano Jacobo Angelo.

En 1193, ya había un observatorio astronómico en el minarete de la mezquita mayor de Sevilla, y árabes andaluces escribían obras fundamentales sobre movimientos celestes, tablas astronómicas, mapas, esferas.

Tres magistrales científicos desarrollaron una gran aportación a la geografía de la España islámica: Ar-Kari, del siglo X; El Edrisi, del siglo XII; y Albufeda, del siglo XIII: que asombraron al mundo con sus descubrimientos científicos.

En la España cristiana, hubo varias decenas de sabios precursores de la cartografía y artes náuticas anteriores al siglo XV.

Alfonso X el Sabio consiguió que Castilla fuera un reino de vanguardia. Dio a estos estudios un gran impulso y protección, incluso con su aportación personal, considerado como el padre de la astronomía en Europa. Su Escuela de Traductores de Toledo estaba relacionada con el estudio de las ciencias, cuyas investigaciones eran recibidas por la Universidad de París, la más prestigiosa de Europa.

Los reyes de la Corona aragonesa Jaime I, Pedro III, Jaime II y Pedro IV se valieron de los conocimientos de sabios judíos para el fomento de las ciencias de la cartografía, astronomía y náutica con el fin de expandir sus rutas comerciales por el mar Mediterráneo. Fue fundamental la escuela geográfica de Sicilia dirigida por el El Edrisi bajo la protección de Roger II.

ESCUELA ALFONSINA DE ASTRONOMÍA Y CARTOGRAFÍA

En la Baja Edad Media, apareció el portulano o cartas portuláneas, también llamada carta a la brújula, que fue empleado hasta el siglo XVI. En contraposición a los mapas orientados, estas cartas náuticas son mucho más realistas porque están norteadas, es decir, el punto cardinal norte está ubicado en la parte superior. Estas cartas portuláneas podían ser náuticas, si atienden exclusivamente a la representación de litorales, y náutico-geográficas, si dibujan con igual detalle las zonas costeras y las interiores.

El portulano se caracteriza por poseer una red básica de líneas de rumbo, de rayos y rosas de viento, con escala o tronco de leguas. Su representación cartográfica no tenía en cuenta las graduaciones de longitud ni de latitud, pero acostumbraba a reflejar con detalle la configuración de las costas.

En el siglo XIV, cartógrafos catalanes y mallorquines sentaron los fundamentos de esta ciencia, y en el XV, se emplearon en enseñarla a los cartógrafos genoveses y venecianos como únicos rivales que merecen atención. Estaba en juego el dominio de las rutas comerciales por el mar Mediterráneo.

Mallorquina es la llamada Carta de París, la anónima de la Biblioteca Nacional de Madrid, la de Viladestes, la del rey Martín, la de la Cartuja de Valdecristo, la de Valseca, y muchas más, dibujadas todas ellas en los siglos XIV y XV. Se trata de un conjunto de cartas, tanto anónimas como firmadas, pertenecientes a la Escuela mallorquina que abarcan desde su eclosión con Dulcert, una fase intermedia de 1380 con Cresques y Soler, y una etapa final del Medievo con Vallseca y Viladestes.

Estos portulanos, de unidad estilística admirable, son actualmente conservados en diversas bibliotecas de Europa, siendo los más notables los conservados en el Ministerio de la Instrucción Pública de Roma, en las Bibliotecas Nacionales de Nápoles, de Venecia, de París, el Archivo de Estado de Florencia, o en el Topüapü Sarayi Katufané de Estambul.

PORTULANO MALLORQUÍN DE ANGELINO DULCERT (1339)

Un momento decisivo de la cartografía se produjo a mediados del siglo XVIII, en 1266, cuando un desconocido cartógrafo catalán trazó la primera carta del litoral mediterráneo con una precisión jamás antes desarrollada. Un científico como Nordenskiold afirmó que el tronco de escala de todos los portulanos italianos trazados con posterioridad se basaban en la carta del catalán, es decir, sobre unidades de medida catalanas.

Las cartas geográficas más antiguas con fecha y autor conocidos son españolas, trazadas por el gran cartógrafo mallorquín Angelino Dulcert, en los años 1323, 1330, y 1339. Una obra maestra de la escuela cartográfica catalana-mallorquina es la dibujada en 1339 gracias a la riqueza de detalles y exactitud, que se conserva en la Biblioteca Nacional de París. Esta comprende toda Europa, una parte del norte de África y una porción del Caspio. En el océano Atlántico están dibujadas los archipiélagos Azores y Canarias, y una parte del litoral africano, muy extensa, al sur del cabo Nun, con lo que se demuestra que este territorio era ya conocido por los navegantes y cartógrafos españoles mucho antes de la famosa expedición de Jaime Ferrer en 1346.

El cartógrafo y geógrafo Abraham Cresques, judío protegido por los reyes aragoneses Pedro IV, Juan I y Martín I, es una figura clave en el desarrollo de la Escuela Cartográfica mallorquina. Tanto él como su hijo Jehuda Cresques dejaron una nutrida documentación sobre cartas náuticas. Su mapamundi elaborado en 1375, en un taller de Palma de Mallorca, está constituido por varias tablas u hojas dispuestas en forma de biombo, considerada como la pieza que alcanzó el punto más alto del conocimiento cartográfico medieval. Fue llamado Atlas catalán por su idioma, pero en la actualidad es más conocido como Carta de París por estar conservado en la Biblioteca Nacional de París.

La Carta de París tiene una importancia enorme, porque es la que relata el viaje que hizo el navegante mallorquín Jaime Ferrer hasta el Río del Oro, en el Sahara Occidental. Además, recoge una representación de Asia, que naturalmente no estaba en la de 1339, ya que entonces no se conocían los viajes de Benjamín de Tudela ni de Marco Polo.

Jehuda Cresques se convirtió al cristianismo con el nombre de Jaime Ribes, conocido como Jaime el Mallorquín. Colaboró con el portugués Enrique el Navegante en la Escuela de Sagres, para que dirigiera los trabajos cartográficos de esta escuela que llegó a ser el primer complejo náutico, comercial y militar de Europa. Ribes pudo transmitir todos sus conocimientos en el arte de la cartografía, que posibilitaron las expediciones portuguesas por las costas africanas del Atlántico y del Índico. Por tanto, la Escuela cartográfica portuguesa es deudora de la Escuela mallorquina.

El otro gran cartógrafo mallorquín fue Guillermo Soler, que firmó una carta náutica en 1380, y otra náutico-geográfica de 1385. Este hecho significa que por primera vez un mismo un mismo cartógrafo representó los dos estilos mallorquines, como más tarde hicieron Valseca y Rosell.

La estima general que en el reino de Aragón alcanzaron las cartas náuticas, sobrepasó el marco de su uso científico-náutico, para ser apreciadas y conservadas por gentes cultas. La más importante de las referencias sobre este hecho es la correspondencia entre los reyes de Francia y Aragón, alrededor de la carta de los Cresques, destinada a Carlos V, o las referencias que Bofarull hizo sobre seis cartas existentes en la librería del rey Martín a comienzos del siglo XV.

A comienzos del siglo XV, la cartografía mallorquina prosiguió su evolución. La carta de Mecía de Viladestes de 1413, conservada en la Biblioteca Nacional de París, muestra un gran esplendor gráfico, pero el oro y las finas miniaturas no hacen decaer su precisión geográfica. Este cartógrafo trabajará todavía en 1423, y las referencias de otras dos cartas de 1420 y 1457 son inseguras y pueden referirse quizá a las mismas anteriores. Otro miembro de su familia, Johanes de Viladestes compuso en 1428 la carta que actualmente se conserva en el Topüapü Sarayi Katufané de Estambul.

PORTULANO DE GABRIEL VALLSECA (1439)

La labor de los Viladestes fue continuada por Gabriel Vallseca, que, al igual que Soler, cultivó los dos estilos mallorquines. Su monumental carta náutico-geográfica de 1439 está conservada en la Biblioteca General de Barcelona, en contraposición a su sobria carta de 1447, custodiada en la Biblioteca Nacional de París. Existe además otra carta firmada por este mismo cartógrafo en 1449, actualmente existente en el Archivo de Estado de Florencia.

En la Biblioteca Nacional de París se conserva un pequeño fragmento de carta náutica en el que aparece únicamente representado el ángulo sur-este del Mediterráneo, es decir, parte de Palestina y Egipto, que podría pertenecer a Valseca.

Durante esta época dos reputados cartógrafos genoveses Francisco y Batista Becario trabajaron en la Escuela cartográfica catalana. Las dos únicas cartas localizadas de Batista Becario datan de 1426 y 1435, y se conservan en el Museo Nacional de Múnich y en la Biblioteca de Palma de Mallorca.

Surgía en este tiempo en Barcelona la figura de Petrus Rosell, de clara influencia mallorquina como quedó patente en las múltiples cartas por él firmadas.

Cuando el rey Juan II de Portugal creó la famosa Junta de Matemáticas, en el siglo XV, los datos de su manual se obtuvieron con las tablas expuestas en su Almanaque perpetuo por Zacuto, judío español de Salamanca, que lo había escrito entre 1473 y 1478.

 ATLAS CATALÁN DEL MEDITERRÁNEO (1375)
ATLAS CATALÁN DEL MEDITERRÁNEO (1375)

En los inicios de la era de las exploraciones ultramarinas de Europa, los navegantes del siglo XVI iban guiados por una ciencia náutica cuyos orígenes eran hispano-mediterráneos, es decir, mallorquines y catalanes. Aquellos portulanos o cartas náuticas eran trazados con una belleza y precisión técnica jamás antes efectuados en Europa. Sus autores trazaron sobre ellos todas las direcciones de la rosa de los vientos, con clave en aquellos puntos fundamentales de los mares donde podría encontrarse un barco. Con estas líneas en el portulano, el marino podía orientarse con la brújula perfectamente. Sin aquella escuela catalano-balear de cartógrafos, maestros del mundo, no se concibe el posterior florecimiento geográfico de los siglos XVI y XVII.
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