SEVILLA: CAPITAL DEL COMERCIO MUNDIAL


Tras el descubrimiento de América, una de las consecuencias más inmediatas fue la organización de una importante red comercial que la Monarquía hispánica estableció entre la metrópoli y las Indias, inicios de la primera economía a escala global. Sevilla se transformó en una flamante sede comercial y capital del rico intercambio mercantil del Imperio español durante los siglos XVI y XVII.

La capital hispalense fue una ciudad abierta, puerto y puerta de las Indias, urbe y orbe, mapa de todas las naciones, capital de dos mundos, América y Europa, centro de atracción y confluencia de una heterogénea muchedumbre de hombres, mercancías, capitales y negocios, en la que todos ellos contribuyeron al esplendor de una nueva Roma sevillana y gran Babilonia de España.


PANORÁMICA DE SEVILLA,
POR GEORG BRAUM Y FRANS HOGENBER (SIGLO XVII)

El asentamiento de españoles en los primeros enclaves caribeños y centroamericanos, y la existencia de oro y plata en las tierras recién halladas, hizo que los Reyes Católicos tomaran la decisión de establecer una línea comercial que uniera los reinos hispanos con el Nuevo Mundo, fue la llamada Carrera de Indias. Tras un período de dudas y expectativas, adoptaron una serie de medidas inspiradas por el naciente mercantilismo:

1. la designación del puerto de Sevilla como única cabecera de la ruta que uniría la Península con las tierras americanas.

2. el derecho al monopolio del comercio con las Indias a los súbditos españoles.

3. el establecimiento de un organismo de administración y control.

Desde el segundo viaje de Colón, Sevilla había funcionado como el centro de administración y de gobierno en la mayoría de los aprestos de expediciones a cargo de la Hacienda Real y algunas de particulares. Además, Sevilla reunía un excelente conjunto de condiciones geoestratégicas para establecerse como cabecera del Imperio, que Huguette y Pierre Chaunu resumieron en una obra clásica, Sevilla y el Atlántico (1504-1650).

El puerto fluvial está situado en el río Guadalquivir, siendo navegable durante 100 kilómetros hasta su desembocadura en la costa occidental andaluza, para aprovechar los vientos y las corrientes, los alisios durante el verano y la corriente de Canarias durante el invierno. Frente a la exposición marítima que ofrecían Huelva, Cádiz o Sanlúcar de Barrameda, estaba blindado para evitar el contrabando y eventuales ataques de corsarios y piratas.


ALREDEDORES DE SEVILLA, POR JORIS HOEFNAGLE (1565)

La ciudad hispalense disponía de una adecuada infraestructura viaria y de comunicaciones con el interior peninsular, estaba bien abastecida gracias a la abundante producción agrícola del valle del Guadalquivir, al tiempo que contaba con una nutrida colonia de mercaderes asentada en su solar desde tiempos posteriores de la Reconquista. Sus intercambios con los puertos del Mediterráneo acreditaban su experiencia.
"El río grande estaba cansado de sostener sobre sus aguas diversas culturas cuando los barcos de América comienzan a herir su curso. Pero es entonces, repetimos, cuando el río se hace universal y es también entonces cuando Sevilla comienza a ser un don del río y a cobrar esa grandeza que le lleva en el siglo XVI a ser una de las primeras urbes del mundo."
Así es como lo explicaría el economista de la Escuela de Salamanca Tomás de Mercado, quien afirmó en 1569 que "Soliendo antes, Andalucía y Lusitania ser el extremo y fin de toda la tierra, el descubrimiento de las Indias, es ya como medio".


CURSO DEL RÍO GUADALQUIVIR DESDE SEVILLA HASTA SU DESEMBOCADURA

PANORÁMICA DE SEVILLA DESDE TRIANA (1617)

La Monarquía basaba el derecho a la conquista y colonización, a la explotación de los recursos y a la evangelización de los pueblos del Nuevo Mundo gracias a las Bulas Alejandrinas otorgadas por el Papa en 1493 y el Tratado de Tordesillas de 1494.

Desde el inicio de la colonización del Nuevo Mundo hasta la mitad del siglo XVI, de Sevilla partieron numerosos proyectos privados que navegaron en solitario hasta las Antillas, primero, y hasta tierra firme, después. A esta ruta comercial se la denominó Carrera de Indias Occidentales. Esta iniciativa privada era un sistema de viajes irregulares que emprendía la travesía en cualquier fecha y que sufrió el ataque de corsarios ingleses. El llamado sistema del “navío suelto” marchaba desprotegido, utilizaba carabelas, naos, urcas y otros barcos de escaso tonelaje, y en ocasiones en pésimas condiciones y en momentos indebidos, lo que ocasionó muchas pérdidas de barcos y hombres.

Este ineficaz sistema propició el establecimiento de un sistema comercial regulado y protegido de un modo más estricto y que culminó con la adopción en 1564 del Sistema de Flotas y Galeones.


PUERTO DE SEVILLA SIGLO XVI

Este novedoso sistema establecía la salida anual de dos flotas de galeones, embarcaciones artilladas, más robustas y seguras para los viajes transatlánticos. La primera de estas flotas, conocida como "la Flota", partía en abril apoyada por una nave Capitana y una Almiranta fuertemente artilladas para la protección en caso de ataques, con destino en Veracruz. La segunda, "los Galeones", partía en agosto escoltada por seis u ocho galeones de guerra, con final en Nombre de Dios, primero, y Portobelo, después, con un ramal a Cartagena de Indias y otros puertos cercanos. Previamente, ambas flotas pasaban por Santo Domingo y La Habana. En estos puertos coloniales descargaban sus productos europeos, que se llevaban hasta la ciudad de México y Acapulco en el caso de la Flota, y hasta Panamá, el Callao y otros puertos del Pacífico sur americano. Pasaban el invierno allí y en el mes de marzo se reunían en La Habana para regresar unidas a la metrópoli. Desde 1571, se organizó el llamado Galeón de Manila, una línea comercial que enlazaba Acapulco con las islas Filipinas.

Para organizar la actividad comercial y coordinar las relaciones con las tierras descubiertas y por descubrir se fundó la Casa de Contratación de las Indias. Funcionó como máximo organismo responsable del comercio ultramarino entre 1503 y 1717 establecido en Sevilla. Este sistema institucional aplicó desde su inicio las doctrinas intervencionistas en el comercio exterior propias de la época, para ir perfeccionándose durante el siglo XVI hasta quedar institucionalizado en el último cuarto del mismo. Las dificultades crecientes que ofrecían los cada vez más robustos y cargados navíos para remontar el curso del Guadalquivir hasta el puerto hispalense fue la causa del traslado de esta institución a la ciudad gaditana en 1717 y hasta 1790.

Entre sus competencias estaban el fomento y regulación del comercio y la navegación con las Indias, el apreso de sus flotas como la instrucción a capitanes y maestres o la visita e inspección de navíos, la defensa de las rutas oceánicas mediante una escolta armada de unos seis u ocho galeones, el control del embarque de pasajeros, el cobro de derechos aduaneros, la persecución del fraude fiscal, el perfeccionamiento de la ciencia al servicio de la náutica, la formación de tripulantes y oficiales marinos, el ejercicio judicial tanto civil como criminal relacionados con el comercio mercantil, el registro y depósito de las mercancías que iban o venían, o el mantenimiento del Padrón Real, donde se anotaban  todas las novedades referentes a avistamientos de tierras o de accidentes geográficos y el ensayo de derroteros diferentes.

La Casa de Contratación oficializó los cargos técnicos de piloto mayor en 1508 y de cosmógrafo mayor en 1523, aunque también se crearon una cátedra de navegación y cosmografía, una plaza de piloto mayor arqueador y una cátedra de artillería, fortificaciones y escuadrones.

Frente a los intereses de la Corona en el comercio colonial, los beneficiarios del monopolio instituyeron su propia asociación gremial, el Consulado de Indias o Universidad de Cargadores a Indias, sancionado por Carlos V en 1543 y confirmado por Felipe II en 1566. Se trata de una corporación profesional de mercaderes relacionados con el comercio colonial para defender sus intereses frente a los de la Corona y los de otros mercaderes, y para participar en los litigios y querellas surgidas entre sus miembros o con otros agentes en una amplia serie de materias que abarcan desde las transacciones mercantiles hasta las quiebras de compañías, los contratos de fletes de naves, los préstamos a la gruesa o loa seguros marítimos.

El poder de esta asociación quedó de manifiesto en la construcción de su sede, la Lonja de Mercaderes, un magnífico edificio situado entre la Catedral y el Alcázar, y que en la actualidad es sede del Archivo General de Indias.

Una última institución fue la Universidad de Mareantes, construida por los dueños de naos, maestres y pilotos de la Carrera de Indias. Fue un organismo menos poderoso que el Consulado, a pesar de su extraordinaria contribución económica y técnica de sus miembros al tráfico ultramarino. Tuvo su sede central en el arrabal de Triana, en la orilla derecha del Guadalquivir. Trataba la enseñanza práctica de la navegación, el servicio hospitalario de los marineros y otro tipo de necesidades de sus integrantes.

LONJA DE MERCADERES, ACTUAL ARCHIVO DE INDIAS

Ante el creciente esplendor y prosperidad que experimentaba Sevilla no es extraño que el emperador Carlos V eligiese esta ciudad para contraer matrimonio con la princesa Isabel de Portugal en marzo de 1526. El embajador de Florencia en la boda imperial quedó maravillado por el esplendor de la ciudad y es que se trataba del enclave sito en un hermoso, fértil y amplio valle por el que circula un gran río, el Guadalquivir, protegido del exterior por sus murallas. Por encima de ellas se divisaban las espadañas y los campanarios de sus iglesias y conventos, entre los que destacaba la imponente catedral de Sevilla. Esta empezó a construirse a finales del siglo XIV, en el lugar de la antigua mezquita. Al terminarse en 1503, se convirtió en la mayor catedral gótica del mundo.


CATEDRAL DE SEVILLA

De esta catedral destacaba su torre de Santa María, el aminar almohade que anunciaba al viajero el final de su trayecto. El campanario de aquella torre fue remodelado en 1578, convertido en cristiano y renacentista, rematado con una veleta, y bautizado como la Giralda. Las campanas de tan alta y bella torre sonaban anunciando el regreso de la flota de los galeones o las victorias militares, el nacimiento de algún príncipe o infante o daban la alarma si las costas andaluzas eran amenazadas por corsarios.

Desde lo alto de la torre se observaba el perímetro urbano, dibujado por la muralla circular, alta, soberbia y ancha, un cinturón de seis kilómetros de longitud, con 166 torres y más de una docena de puertas. También se contemplaba la trama urbana, una estructura irregular de calles estrechas e intrincadas, un claro estilo musulmán, cuya finalidad era resguardarse del sol en verano. Sus calles estaban jerarquizadas, unas formaban el corazón económico, muy concurrido por gentes relacionadas con los negocios de ultramar, otras en cambio eran de paso.

Durante el siglo XVI, una fiebre constructora levantó edificios públicos y privados modernos que suplieron el estilo medieval y la herencia mudéjar. Abundaron los palacetes de influencia artística italiana, pertenecientes a aristócratas, regidores y funcionarios municipales, y a mercaderes indianos, en cuyas fachadas lucían escudos y blasones de sus linajes. Un buen ejemplo de este tipo de palacios fue la Casa de Pilotos, iniciada a finales del siglo XV en el tradicional estilo mudéjar, por miembros de dos poderosos linajes andaluces, Pedro Enríquez y Catalina Ribera. Su hijo, Fadrique Enríquez de Ribera lo reformó añadiendo elementos clásicos del Renacimiento, mientras que su sobrino, Afán de Ribera, virrey de Nápoles, introdujo una gran colección de estatuas que representaban a personajes de la Antigüedad. Otros ejemplos fueron los Reales Alcázares, construidos en estilo mudéjar en el siglo XIV, donde estaca su Patio de las Doncellas; o el palacio árabe sevillano, de la llamada Sala de los Almirantes, donde la Casa de Contratación tuvo su sede.


PATIO DE LAS DONCELLAS EN LOS REALES ALCÁZARES

Entraban en contraste las pequeñas casas de las gentes humildes, o los corrales de vecinos donde convivían libertos, moriscos y emprendedores pobres con el objetivo de embarcarse hacia las Américas.

Era Sevilla una ciudad donde abundaban las procesiones y los edificios religiosos: iglesias, conventos, torres y campanarios. El dinero propició la creación artística privada patrocinada por mecenas adinerados y la celebración de actos litúrgicos públicos para adoctrinar a las masas. Las procesiones fueron la máxima expresión de la fe católica hispalense, y la diversión de la ciudadanía por su glamur y su sentimiento, su música y su colorido, su carácter festivo y teatral.

En torno a la catedral de Sevilla se encontraban las Gradas de los comerciantes, lugar en el cual un gentío cosmopolita y heterogéneo dirigía los negocios que enlazaban Europa con el Nuevo Mundo. Estos agentes cambiaban, compraban o vendían productos de ambos continentes, organizaban compañías navieras, contrataban personal, en líneas generales, participaban en los orígenes de una economía global. Cerca de allí se encontraba el puerto fluvial, más conocido como el Arenal, tratándose de un gran espacio económico desde el cual se realizaba una importante actividad comercial con puertos del Mediterráneo y las Canarias antes del descubrimiento de América. Su carácter mercantil determinó el desarrollo del centro urbano, originando la aparición de arrabales, atarazanas, aduanas, astilleros, almacenes y posadas. El Arenal acogía gentes de toda clase: mercaderes, hidalgos, soldados, aguadores, calafates, carreteros, marineros, vendedores ambulantes, etc. Era también un lugar propicio para los encuentros galantes, las reyertas, y las salidas en barca río abajo, para organizar picnics amenizados con música de guitarra y palmas.

EL ARENAL DE SEVILLA

La Torre del Oro fue construida en el siglo XIII con carácter defensivo, pero en la práctica sirvió para marcar la entrada en el Arenal, para descargar los buques a modo de grúa, y en ocasiones para proteger el oro y la plata traídos por la flota de Indias. Entre esta torre y la puerta de Triana, construida a finales del siglo XVI y derribada en 1868, se alzaban almacenes para guardar las mercancías llegadas al puerto.


Al otro lado del Guadalquivir se encontraba el barrio de Triana, en su orilla se instalaron talleres de reparación de  naves. Ambas orillas estaban unidas por puentes de barcas.

En las orillas del puerto se cargaba una enorme cantidad de productos europeos con destino americano: herramientas y productos fabricados de hierro precedentes de Vizcaya, sedas de Granada, sombreros de Portugal, gorras de Toledo, aceitunas del Aljarafe de Sevilla, peines de París, camisas y jubones de Ruán, libros y obras de arte, hasta esclavos negros de Angola.

Desde América llegaban metales preciosos, oro, plata, diamante, materias primas y productos exóticos, desde Filipinas llegaban sedas y porcelanas chinas, algodón indio, piedras preciosas y especias de los países más exóticos, y otros géneros filipinos y japoneses.

TORRE DEL ORO

La Modernidad inicia un novedoso modelo de pensamiento y estilo de vida con más comodidades que en el Medievo, generando una demanda europea de nuevas necesidades. El tráfico de estas mercancías enriqueció a la sociedad y Estado modernos españoles y contribuyó a la prosperidad de Europa. La fama que se ganó Sevilla propició una corriente especulativa y humana que transformó muy pronto la ciudad.

Entre 1503 y 160 desembarcaron en el puerto hispalense aproximadamente 100.000 kilos de oro en lingotes. Desde 1560, ante la escasez de oro, la plata sustituyó al primero en importancia y se convirtió en el principal metal a tratar gracias a la explotación de las minas de Durango y Zacatecas y Guanajuato en México, de las del Potosí en Bolivia, y de los yacimientos del Cerro de Pasco en Perú. En la década de los 50, entre 1551 y 1560, se calcula que llegaron unas 30 toneladas de plata anuales, en la década siguiente la cantidad se multiplicó hasta llegar a las 90 toneladas, y en los últimos años del siglo XVI en el puerto hispalense se desembarcaron una media de 250 toneladas al año. Hasta 1620 las remesas que llegaban se mantuvieron a un nivel elevado, pero a partir de 1630 empezaron una progresiva reducción.

Las riquezas indianas modificaron la fisonomía de la urbe, la cantidad y la procedencia de sus habitantes, y hasta sus valores morales. Y la transformaron, según fray Tomás de Mercado, en "la más rica sin exageración que hay en todo el orbe".


AUTO DE FE EN LA PLAZA SAN FRANCISCO (1660)

El auge económico surgido en el siglo XVI explica el fuerte crecimiento demográfico experimentado en el mismo periodo, del mismo modo que durante su caída en el XVII explica el traslado de la sede de la Casa de Contratación a Cádiz en 1717. A finales del siglo XV la población hispalense no excedía de 15.000 habitantes, pero a principios del siglo XVI, como consecuencia de su capitalidad económica, la población se incrementó llegando casi a los 60.000. En  la década de 1580, en pleno esplendor del Siglo de Oro español, la población alcanzó los 120.000 habitantes, lo que la situaba como la segunda ciudad más poblada de Europa, sólo superada por Nápoles, el otro gran puerto europeo.

El tráfico comercial ultramarino fue monopolizado durante todo el periodo colonial por los españoles naturales de la Monarquía hispánica: los naturales del reino de Castilla con las provincias Vascongadas, la corona de Aragón formada por Aragón, Valencia, Cataluña y Mallorca, el reino de Navarra, y las islas Canarias. Dentro del grupo de comerciantes españoles no andaluces, destacaron los burgaleses y los vascongados.

Los burgaleses se dedicaron desde finales del siglo XV a la exportación de la lana castellana desde el puerto de Sevilla hacia los mercados flamencos. Los vizcaínos se especializaron en la carga y el patrocinio de navíos, y en el comercio del hierro, gracias a su tradicional construcción armera y férrea en tierras del Señoría de Vizcaya. Aprovecharon también la condición de hidalguía universal de todos los vizcaínos para ir acaparando puestos en la administración de las instituciones públicas, que utilizaron como rampa de lanzamiento hacia otros negocios en América. De hecho, funcionaron como una colonia endogámica de intereses familiares, estableciendo lazos conyugales entre los miembros de las compañías mercantiles para consolidar sus posiciones de poder.


CASA DEL CABILDO DE SEVILLA Y PROCESIÓN DEL CORPUS,
POR PERDO TORTOLERO (1738)

A este contingente exclusivamente español se sumaba el de los extranjeros, a los que se permitía viajar a tierras americanas concediéndoles licencias extraordinarias o a través del recurso de la naturalización que consistía en demostrar un habitual desarrollo de las actividades económicas en la región andaluza durante más de diez años o a través del matrimonio con una española. Otros utilizaron factores españoles como mediadores. Destacaron los genoveses, flamencos y portugueses, entre otros grupos de mercaderes considerados como extranjeros naturalizados. A pesar del monopolio protegido para españoles, los extranjeros llegaron a ser mayoría sobre los naturales.

Los genoveses se instalaron en Sevilla desde el siglo XIII, estaban más interesados en la distribución de las mercancías americanas hacia Europa que participar en las rutas coloniales desde América. Los florentinos se establecieron como consecuencia del descubrimiento americano; comerciaban con sedas, azúcar canario, libros venecianos, textiles florentinos, pimienta y sal, y hasta esclavos negros; además siempre mantuvieron la tradición bancaria propia de la Toscana consistente en el crédito, el depósito y los seguros marítimos desarrollados en la Carrera de Indias. Los flamencos, provenientes de Brujas y Amberes, llegaron a formar durante su mayor apogeo una congregación de 200 familias; se dedicaban al pequeño comercio y al tráfico indiano.


La sociedad mercantil hispalense, compuesta por todos aquellos mercaderes, cargadores, intermediarios, banqueros, factores, armadores, almacenistas se caracterizó por ser emprendedora, inquietante, dinámica y ambiciosa. La principal base de la organización empresarial de Sevilla durante los siglos XVI y XVII era la familia, es decir, la empresa familiar, y la forma jurídica de asociación más utilizada era la sociedad mercantil, compuesta por un reducido grupo de socios.

La iniciativa privada descartaba la implantación de un monopolio estatal, de hecho, la Corona sólo retenía el 20% de las mercancías que llegaban a Sevilla, era el llamado "quinto real", y el cobro de los derechos de aduanas recaudados tanto en la metrópoli como en los puertos coloniales.

En aquella sociedad cosmopolita y burguesa la nobleza ocupada una posición privilegiada, a pesar de no tomar parte directa en el trato económico indiano. El poder de los diferentes linajes nobiliarios se consolidó en las instituciones municipales desde tiempos de la Reconquista, acaparando amplios terrenos rústicos. Posteriormente, se van introduciendo en este mercado convirtiéndose en emprendedores, al mismo tiempo que adinerados mercaderes van adquiriendo títulos nobiliarios convirtiéndose en nobles. El dinero consiguió que la estructura social hispalense sufriera cambios. Como escribiera Francisco de Quevedo "poderoso caballero es don dinero", consiguió que el poder social de los nobles fuese nominal, mientras que el poder económico de los mercaderes, banqueros y comerciantes fuese efectivo. Aquel proceso de aristocratización de los hombres de negocios fue recogido por Cervantes quien escribió que "la ambición y la riqueza mueren por manifestarse".

Las economías de la metrópoli sevillana y de las colonias americanas fueron complementándose hasta la década de 1570. La ciudad y los amplios terrenos colindantes proveían a los puertos americanos de productos agrícolas que necesitaban, especialmente trigo, aceite y vino, al mismo tiempo que la demanda indiana de productos manufacturados servía estímulo a la industria castellana. Pero a partir de aquella década los productos de primera necesidad se empezaron a elaborar en América en proporción a sus necesidades. El surgimiento de una economía autóctona indiana unido a la competencia de Cádiz como puerto comercial propició un progresivo declive durante el siglo XVII.

Visitantes ilustres como Miguel de Cervantes o Lope de Vega y otros muchos artistas quedaron impresionados por los monumentos, los palacios y, sobre todo, la incesante actividad que se generaba en la Sevilla del siglo XVI, cuando la capital andaluza era el corazón del primer del Imperio transoceánico y universal. Muchas fueron las obras literarias y las pinturas que describían el ambiente cosmopolita y variopinto de la "Gran Babilonia de España".

Alonso Sánchez Coello retrató de genial manera la actividad económica y la vida social del puerto de Sevilla en el gran óleo de finales del siglo XVI llamado El Arrabal.

EL ARRABAL, POR ALONSO SÁNCHEZ COELLO


Muchos grabados con panorámicas de Sevilla de los siglos XVI y XVII, llevan el lema: "Quien no ha visto Sevilla, no ha visto maravilla". Esa es la imagen de la ciudad que difundieron grabadores y viajeros europeos, a los que se sumaron escritores nacionales, como Luis de Peraza que escribió la primera Historia de Sevilla en 1535.

Luis de Góngora dedicó estos versos a su ciudad natal:
Gran Babilonia de España
mapa de todas las naciones
dónde el flamenco a su Gante
y el inglés halla su Londres.

Lope de Vega describe en su obra teatral El Arenal de Sevilla (acto I) el espectáculo que ofrecía el puerto hispalense:
Lo que es más razónque alabeses ver salir destas naves tanta diversa nación;las cosas que desembarcan,el salir y entrar en ellasy el volver después a ellascon otras muchas que embarcan.
Por cuchillos, el francés,
mercerías y ruán,
lleva aceite; el alemán
trae lienzo, fustán, llantés...
carga vino de Alanís,
hierro trae el vizcaíno,
el cuartón, el tiro, el pino,
el indiano, el ámbar gris,
la perla, el oro, la plata,
palo de Campeche, cueros...
toda esta arena es dineros.
Los barcos de Gibraltar
traen pescado cada día,
aunque suele Berbería
algunos dellos pescar. 
Es cosa de admiración
ver los que vienen y van.
Por aquí viene la fruta,
la cal, el trigo, hasta el barro.

En 1647, todavía Gil González Dávila describía Sevilla de esta manera:
"Corte sin Rey. Habitación de Grandes y Poderosos del Reyno y de gran multitud de Gentes y de Naciones, compuesta de la opulencia y riqueza de dos Mundos, Viejo y Nuevo, que se juntan en sus plazas a conferir y tratar la suma de sus negocios. Admirable por la felicidad de sus ingenios, templanza de sus aires, serenidad de su cielo, fertilidad de la tierra..."


RINCONETE Y CORTADILLO, POR RODRÍGUEZ DE GUZMÁN


Paradójicamente, aquella ciudad mundo en pleno auge y esplendor económico escondía una cara pobre, ociosa y delincuente. Se trataba de una clase social formada por los más vividores de aquel entonces, los aventureros y pícaros que se mantenían al margen de los negocios y llenaban con frecuencia las cárceles, inspirando novelas y comedias de autores del Siglo de Oro español como Miguel de Cervantes, Lope de Vega. Luis de Góngora y Tirso de Molina y representaciones pictóricas como Velázquez.

En efecto, los escritores del Siglo de Oro de las Letras reflejaron en sus obras los ambientes rufianescos y las pendencias amorosas, las disputas, las intrigas, los alborotos…, típicos de una sociedad criada en el arte de la guerra, la ambición económica y el ocio pendenciero. Se trataba de autóctonos con un carácter altivo, orgulloso y ocioso, se mezclada con extranjeros que ambicionaban riquezas.

Existía una gran cantidad de niños abandonados, huérfanos y vagabundos, buscando un amo a quien servir. Niños criados en la picaresca, como Rinconete y Cortadillo, que fueron protagonistas de novela de Miguel de Cervantes, víctimas de la indiferencia, de la ruptura familiar y del egoísmo individualista, y que vivían de la caridad ofrecida por los numerosos hospitales levantados en el Medievo. Se trata de dos adolescentes castellanos que, en busca de aventuras, marchan a Sevilla, donde ingresan en una cuadrilla de delincuentes. Tras varias peripecias, uno de ellos intenta abandonar ese modo de vida, encareciendo "cuan descuidada justicia había en aquella tan famosa ciudad de Sevilla, pues casi al descubierto vivía en ella gente tan perniciosa y tan contraria a la misma naturaleza".

RINCONETE Y CORTADILLO, POR ESTEBAN MURILLO

Miguel de Cervantes fue el literato que mejor supo describir el ambiente del populacho sevillano. Instalado entre 1587 y 1600, aquella Sevilla esplendorosa y pícara le sirvió de fuente de inspiración: una ciudad universal, escenario del mundo, teatro de todo lo humano. Estuvo preso en la Cárcel Real hispalense en 1597, por un incidente relacionado con su trabajo como recaudador de impuestos, y eso le permitió acercarse al mundo de la picaresca, del trapicheo y de la mancebía, tan bien reflejados en dos de sus Novelas ejemplares: El rufián dichoso y Rinconete y Cortadillo.

Bartolomé Esteban Murillo, pintor del barroco sevillano realizó obras realistas durante la mitad del siglo XVII, entre ellas están las dedicadas a mendigos o pilluelos, bien en escenas, bien solos, El realismo no le impide presentarlos de forma amable, con la gracia propia de Murillo, sin expresar dolor o miseria como en la obra El Joven mendigo.

EL JOVEN MENDIGO, POR ESTEBAN MURILLO


Santa Teresa quedó escandalizada por aquella pobreza que se escondía bajo el esplendor de la sociedad mercantil de Sevilla, ciudad a la que definió como "Babel de Engaño".

El emporio comercial determinó que la ciudad se convirtiera en un foco cultural de primer orden europeo. Se movieron humanistas como Juan de Mal-Lara y Benito Arias Montano, este último era extremeño pero muy vinculado a la ciudad. Desarrollaron una literatura poética autores como Gutierre de Cetina y Fernando Herrera. Dramaturgos que hicieron de la ciudad el centro teatral de la península. Y pintores y escultores que desarrollaron durante dos siglos una arte con denominación de origen, la Escuela Sevillana.

Diego Velázquez perteneció a esta escuela; nacido en Sevilla en 1599, se formó en el taller del pintor y humanista Francisco Pacheco. Una parte significativa de su obra la dedicó a retratar los ambientes populares de su ciudad, en cuadros como Vieja friendo huevos, Los borrachos y El aguador de Sevilla. Este estilo de juventud, lejos de ser un fácil costumbrismo, evidenciaba la influencia de las tendencias más innovadoras de la pintura europea, desde el realismo flamenco hasta el tenebrismo de Caravaggio.

Más tarde, Velázquez marchó a la corte de Madrid donde trabajaría como pintor de cámara, al amparo del conde-duque de Olivares. Fue en aquel período cuando la importancia de Madrid fue aumentando como villa y Corte de la Monarquía, en detrimento del auge de Sevilla. La capital del Imperio sustituyó a la andaluza como centro del mecenazgo artístico lo que originó la llegada de numerosos pintores sevillanos de aquella generación como Velázquez, Murillo, Zurbarán o Alonso Cano.

EL AGUADOR DE SEVILLA, POR DIEGO VELÁZQUEZ
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