CONCILIO DE TRENTO: LA DEFENSA DE LA CRISTIANDAD EUROPEA


El Concilio de Trento de 1545-1563 fue una de las cimas del pensamiento teológico español en la Edad Moderna. Supuso la defensa de la unidad de la Cristiandad europea en un momento de divisiones internas y amenazas externas.


SESIÓN DEL CONCILIO DE TRENTO


El origen de esta reunión, que duró dieciocho años, desde 1545 a 1563, se encontró en la crisis producida por la rebelión de Lutero, la que sucesivamente desencadenó otras rebeliones de las que partieron los movimientos protestantes, rompiendo la unidad de la Cristiandad.

La unidad de la Iglesia constituía el pilar más firme para la unidad de Occidente. El emperador Carlos V, muy influido por la doctrina imperial de los españoles, sostuvo con la política y con la guerra el ideal común del Imperio, la reunión de los príncipes cristianos en una ley y un propósito, a lo que seguiría una economía y una política universales. Entonces, España buscaba el modo de agruparse y ayudarse mutuamente, salía de su heroica y larga empresa de expulsar a los invasores islámicos, fundando el primer Estado moderno de Europa y protegiéndola por el sur.

CONCILIO DE TRENTO

El sentido de la unidad cristiana en los hispanos de los siglos XV y XVI estaba vivo, habían comprobado sus ventajas frente al Islamismo, por lo que aspiraban a mantener una Europa unida en el aspecto religioso aunque administrados individualmente en la política. En aquellos años, Berbería y Turquía eran dueños del Mediterráneo oriental, que suponía una puerta abierta a las invasiones asiáticas y africanas, peligro de desplome de Europa. La unidad católica se complementaba con intereses geoestratégicos, políticos, militares y económicos, favoreciendo el ideal de la unidad.

Cuando se estaba aceptando y desarrollando el ideal de la unidad, surgió la fatal herejía de la disgregación. Martín Lutero comenzó con una discusión sobre bulas papales y terminó con la oposición a los dogmas, cuestionando otros aspectos vitales como el libre albedrío del hombre o la organización social. Fue recorriendo el camino que llevaba a la división de la Iglesia, fomentando los odios entre naciones y la enemistad de los gobernantes.

Carlos V y el Vaticano entendieron que la principal labor sería la de luchar contra los antidogmáticos luteranos del Protestantismo, reforzar las bases de la existencia del hombre y reafirmar la Ley de Dios.

En la Edad Moderna, los Estados católicos estaban basados en supuestos católicos, y su arquitectura calculada según el sentir y el mandato de la religión verdadera. Para salvar tales deducciones prácticas, los eclesiásticos tuvieron que liberar de críticas a la Iglesia, sometida a su propio examen, reforzar los principios teológicos con más razones humanas, y depurar un organismo jerarquizado bastante corrompido.

Si la certidumbre era sustituida por la negación, si los preceptos de la fe se venían abajo, la obra humana se arruinaría en falsedad. La unidad era la principal vía que vinculaba lo profano, público, particular, con los artículos religiosos que justifican el orden de la sociedad organizada.

Ante esta difícil situación, el emperador Carlos V insistió al papa Paulo III a acordar convocatoria de un concilio asegurador del Catolicismo en sus verdades absolutas, bastante desfiguradas por los nuevos heréticos. Su objetivo fue la justificación de la unidad de la Cristiandad y la autoridad de los defensores de la fe restaurada, y desacreditar a los anti-dogmáticos, para diseñar las directrices de pensamiento reformista que serían conocidas como ContrarreformaLa obra del Concilio de Trento tenia un doble carácter: uno doctrinal, teórico y propio de los letrados; y otro pastoral y práctico hacia los creyentes.

Paulo III, asesorado por figuras excelsas, como Luis Vives, aceptó la convocatoria organizando un Concilio General de la Iglesia en la ciudad italiana de Trento. Esta reunión congregó a 25 obispos y 5 superiores generales de órdenes religiosas, contando con hasta 255 participantes en su última sesión. Dio comenzó en noviembre de 1545, fue desarrolladas en 25 sesiones con varias suspensiones, y terminó en diciembre de 1563. A causa de la peste y de intrigas ajenas la sede fue trasladada a Bolonia durante un tiempo.

SESIÓN DEL CONCILIO DE TRENTO, POR TIZIANO

En cierto modo, puede afirmarse que este concilio ecuménico fue español. Los ideales básicos fueron establecidos por los jesuitas Diego Laínez, Alfonso Salmerón y Francisco Torres. La filosofía fue implantada por el profesor alcalaíno Cardillo de Vallalpando y las normas y sanciones tuvieron como principal valedor a Pedro Guerra, obispo de Granada. Brillaron en las sesiones tridentinas el gran canonista Antonio Agustín; su émulo Juan Bernal Díaz de Lugo, obispo de Calahorra; el obispo de Salamanca, Pedro González de Mendoza; el cultísimo dominico Melchor Cano; el prudente franciscano Alfonso de Castro; el gran teólogo Martín Pérez de Ayala, obispo de Segorbe; el comentador Cosme de Hortolá; el orador Pedro Fontidueñas; el profundo Domingo de Soto, y tantos otros teólogos, juristas y consultores, obispos y abades, sin olvidar a dos habilísimos e inteligentes embajadores, Vargas y Diego de Mendoza.

Tras efectuar las declaraciones doctrinales, se fueron debatiendo los diferentes asuntos. Se sucedieron sesiones interminables en las que intervinieron los diferentes legados, que se expresaban en latín, lengua de la unidad de la iglesia. Sus largas disertaciones y llenas de distinciones evitaban fórmulas que disgustasen a los obispos presentes o que ahondasen las diferencias entre católicos y protestantes. En ellas, se trataron las reformas del culto, la Justificación, los Sacramentos, la Eucaristía, el Canones de las Sagradas Escrituras, la formación de los sacerdotes, la disciplina eclesiástica y otros temas. En todos estos asuntos, los obispos españoles tuvieron intervenciones destacadas entre los padres conciliares.

Lo que realmente se debatía allí era la unidad moral del género humano, ya que de haber prevalecido cualquier teoría contraria, se habría producido en los países latinos una división de clases y de pueblos. La reforma de la Iglesia española iniciada por el cardenal Jiménez de Cisneros había conseguido erradicar considerablemente los abusos eclesiásticos. Por eso, pudo escapar al espíritu feudal de los obispos alemanes, a la corrupción mundana de los prelados italianos y al servilismo hacia su rey de los eclesiásticos franceses.

Desde las primeras reuniones, el dominico Domingo de Soto ilustró a los padres conciliares con su palabra y doctrina. La quinta sesión trató sobre el pecado original, y el cardenal Pacheco habló elocuentemente sobre la Inmaculada Concepción.

MUSEO DIOCESANO DE TRENTO

El siguiente tema a tratar fue el de la Justificación que abordaba la cuestión de la legitimación de las obras caritativas y misericordiosas como método para la salvación. Era una cuestión muy importante para contrarrestar la tesis de Lutero del crede firmiter et pecca fortiter, que enfrentaba radicalmente a protestantes y católicos, derivando en polémicas políticas y sociales.

Domingo de Soto expresó la verdadera doctrina católica sobre la Justificación, oponiéndose a las teorías de su hermano de religión Antonio Catharín. Triunfó la tesis de Soto, mientras los jesuitas Laínez y Salmerón, refutaban la opinión del general de los agustinos Jerónimo Seripando. Para este destacado padre conciliar, así como para Lutero, los hombres se justifican sólo por la fe, siendo esta un libre arreglo de Dios. En cambio, la Iglesia Católica siempre había sostenido que los hombres se justifican por la fe y las obras, idea manifiesta en la Epístola de Santiago el Menor: "¿No veis cómo por las obras es justificado el hombre y no por la fe solamente?"

Así, el 26 de octubre de 1546, teólogo del papa y futuro general de los jesuitas, Diego Laínez 
pronunció un discurso brillante sobre la Justificación. Defendió su tesis citando a los Santos Padres, en especial a Santo Tomás de Aquino, leyendo los Evangelios, las Cartas de San Pablo y a los grandes maestros:
"…es cierto que el hombre pecador no puede alcanzar la salvación por sí mismo. Esa salvación es obra de la gran misericordia de Dios. Pero también es cierto que Dios ha querido que el hombre sea libre y responsable y, por tanto, ha de merecer la salvación divina con sus propias buenas obras."
La doctrina de Laínez fue aceptada por unanimidad y su discurso fue el único que se escribió completo en el acta conciliar. En la iglesia de Santa María de Trento, hay un cuadro en que aparecen los asistentes al concilio y en el púlpito está Diego Laínez dirigiéndoles la palabra. El Santo Decreto de la Justificación fue celebrado con gran júbilo en todos los pueblos de la Cristiandad.

Laínez y otros teólogos españoles eran el centro de todas las discusiones. Algunos los rechazaban, porque, siendo simples teólogos, parecían suplantar la autoridad de los obispos; otros, porque sus vestidos pobres y su sencillez echaban en cara el lujo cortesano de los subordinados del papa que formaban la Curia romana, y otros encontraron en sus doctrinas antiguas desviaciones heréticas. Pero los españoles defendieron la doctrina verdadera, pues su supremacía argumental, su fe sólida y su arte dialéctica deshicieron los errores. Y, progresivamente, muchos obispos comenzaron a consultar por escrito el pensamiento de los teólogos españoles.

PROFESIÓN DE FE DEL CONCILIO DE TRENTO

El Concilio de Trento promulgó 14 decretos doctrinales y 13 decretos, aprobados en su conjunto por el papa Pío IV, sobre la reforma del servicio pastoral y la disciplina sacerdotal. Las conclusiones más importantes fueron:

1. Fuentes: Las únicas fuentes de la fe son las Sagradas Escrituras y la tradición de la Iglesia, es decir las enseñanzas recibidas por los apóstoles por medio oral y conservadas a través de los siglos. La Iglesia se reservaba la exclusiva interpretación de las Escrituras y recomendaba el estudio de la Vulgata latina como única Biblia. En contra, la tesis protestante defendía que la única fuente de revelación eran las Sagradas Escrituras, que además podían ser interpretadas por cada creyente a su libre albedrío.

2. Justificación: La fe en Dios así como las obras caritativas y benéficas son necesarias para la salvación del alma. En contra, la tesis luterana no permitía que la salvación estuviera en función de ofrendas o peregrinaciones, solo justificaba la fe. 

3. Ritos: Los dogmas y prácticas religioses fueron redefinides, marcando las diferencias entre la ortodoxia y la herejía, y fijando distancias entre la Iglesia apostólica y los movimientos protestantes. Abolió los ritos eucarísticos locales, respetando solo aquellos que poseían más dos siglos de antiguedad, como por ejemplo el tradicional hispánico Rito mozárabe. Y estableció la Misa Tridentiona en Roma para toda la Iglesia latina.

4. MisaLa misa es un verdadero sacrificio en el que debía aparecer Cristo crucificado mediante trasmutación. Por eso, se ratificó que el pan y el vino consagrados son el cuerpo y la sangre de Cristo. La misa debía realizarse en latín, prohibiéndose, prohibiéndose las lenguas vernáculas, aunque se recomendaba la homilía en dichas lenguas. Se ordenó, como obligación de los párrocos, predicar los domingos y días de fiestas religiosas, e impartir catequesis a los niños. Además debían registrar los nacimientos, matrimonios y fallecimientos.

5: Sacramentos: Los sacramentos fueron conservados como institución divina. El Bautismo fue debatido y considerado como el único medio que eliminava el pecado original. Se mantuvo la alabanza a los santos y vírgenes como paradigmas de vida cristiana, también las indulgencias (pero no su venta), y la existencia del purgatorio.

6. Unidad Jerárquica: La Iglesia reforzó su jerarquía y su unidad, que estaba encabeza por el Sumo Pontífice y cuya superioridad estaba por encima de la autoridad de los Concilios.

7. Ética: La filosofía moral de la Iglesia fue puesta  reflexión, tomando diversas medidas como fueron la prohibición del matrimonio de los sacerdotes, la prohibición de acumular beneficios, la obligación de residencia en sus diócesis y de visitar sus parroquias con frecuencia, la exigencia del celibato clerical, y la clausura de los conventos.

8. Instrucción: La formación moral, teológica y doctrinal del clero pasaba por la construcción de seminarios especializados.

La Congregación del Concilio fue la institución encargada del debido cumplimiento de los decretos aprobados que fueron informados mediante el Catecismo del Concilio de Trento. Además, estableció un Índice de libros prohibidos, donde quedaban registradas las obras literarias consideradas heréticas o contrarias al credo oficial.

Al concluir cada sesión, alguna autoridad militar, cultural o cronista convocaba en su palacio a los representantes de los reinos cristianos europeos para informar sobre los resultados. El embajador del emperador Carlos I fue Diego Hurtado de Mendoza, cuya misión consistía en informar a la Corte de España del trascurso de las sesiones y garantizar el cumplimiento de sus objetivos. La Corte hispánica siguió con atención el curso de las sesiones y conclusiones, así como de los episodios de su desarrollo.

SESIÓN DEL CONCILIO DE TRENTO

Trento fue uno de los episodios de la Contrarreforma, donde fue derrotado el Luteranismo a través de argumentos dialécticos. Por el contrario, dividió a Europa, que era dividir al mundo potente de la cultura cristiana. Pues al no ser nada demostrable cierto, y al entregar al individuo la interpretación de cualquier cuestión, divina y humana, de la más alta a la más baja (tesis protestantes) concedió a la inercia y al rencor, como a la brutalidad y a la ignorancia, patentes de oposición o de destrucción. Ya que en mayoría están siempre lo defectuoso, vil, atrasado, vengativo, brutal ambicioso, necio.

Este Concilio salvó el resorte fundamental de la voluntad humana: la creencia en el libre albedrío. Porque sus padres conciliares se opusieron a la tesis de la predestinación de Calvino, según la cual el hombre está predestinado a su salvación o condena. En refutación a esa idea, la iglesia sostuvo que el hombre puede realizar obras buenas ya que el pecado original no destruye la naturaleza humana, sino que solamente la daña. Lo que se salvó, sobre todo, fue la unidad de la Humanidad; de haber prevalecido otra teoría de la Justificación, los hombres hubieran caído en una forma de fatalismo, que los habría lanzado indiferentemente a la opresión de los demás o al servilismo.

Esta asamblea se había convertido en el banco de pruebas de la sabiduría teológica, dogmática, apologética y canónica de España, y en su triunfo. Y gracias a ello, la verdad salió limpia e incontaminada de la reunión de los dictaminadores, que levantaban las actas de la suma verdad acatada por los siglos. La aportación española al Concilio fue tan grande que a España se la llamó con razón "Luz de Trento". Sus principales valedores fueron los jesuitas Diego Laínez, Alfonso Salmerón y Francisco Torres, los dominicanos Domingo de Soto y Melchor Cano y los franciscanos Juan de la Vega y Alfonso Castro.