PILAR MILLÁN-ASTRAY ESPÍA DEL SERVICIO SECRETO ALEMÁN


La dramaturga Pilar Millán-Astray fue una de las literatas más exitosas en el periodo de entreguerras, en las décadas de 1920 y 1930, gracias a obras teatrales como El juramento de la primorosa y La tonta del bote.

Sin embargo, ha pasado más desapercibida su actividad de espionaje durante la I Guerra Mundial en 1914-1918, enrolada en el Servicio Secreto alemán establecido en España con base en Barcelona, cuya principal víctima fue el embajador británico Arthur Henry Hardinge.

PILAR MILLÁN-ASTRAY DRAMATURGA Y ESPÍA

Pilar Millán-Astray y Terreros nació en La Coruña, en 1879. Pertenecía a una familia relacionada con el Ejército español, pues su hermano menor, José Millán-Astray, fue el fundador de la Legión Española.

Se había criado en la alta sociedad coruñesa de inicios del siglo XX, y poseía un algo nivel cultural e intelectual. Pertenecía a una familia de convicciones profundamente conservadoras y monárquicas. Cuando su padre fue nombrado director de prisiones de Madrid, tuvo que instalarse en la capital junto a su familia. A los veinte años, contrajo matrimonio con un aristócrata valenciano, Javier Pérez de Linares, con quien tuvo tres hijos: Javier, Carmen y Pilar.

Después de haberse trasladado a Valencia, a inicios de 1910, su marido murió, quedándose sola al cargo de los tres hijos, y con escasos recursos. Su vocación como escritora aún no le permitía mantenerse económicamente de forma profesional. Al estallar la I Guerra Mundial en 1814, Pilar Millán-Astray se involucró de forma activa, pero pacífica, en las estructuras bélicas de las potencias enfrentadas.

En esta contienda, el Reino de España se mantuvo neutral, pero no ajeno a su desarrollo. Tuvo un papel relevante en la fabricación de armas y en el abastecimiento de metales para la industria armamentística de los Aliados, como el plomo y el wolframio, pero también fue el escenario de los servicios secretos de ambos bandos.

La labor de la red de espionaje alemán establecida en España consistió fundamentalmente en boicotear el tráfico comercial hacia los países Aliados, y en servir de plataforma para las acciones de espionaje y sabotaje a desarrollar no sólo en España, sino también en Francia, Marruecos e Hispanoamérica. Por el contrario, los países Aliados crearon sus redes secretas de contraespionaje, para combatir el espionaje alemán, entorpeciendo e impidiendo sus acciones, poniendo en evidencia la composición y actividad del enemigo.

PILAR MILLÁN-ASTRAY Y EL GRAN HOTEL COLÓN DE BARCELONA

En esta importante actividad, ambos bandos emplearon gran cantidad de recursos económicos y humanos. Y los españoles participaron directamente en los servicios de información, de inteligencia y de espionaje y contraespionaje, unos para los Aliados y otros para los Imperios centrales. Más allá de defender ideologías, la motivación principal fue la gran cantidad de dinero a percibir, de forma rápida.

Una vez que un civil se enrolaba en el Servicio Secreto alemán, se le impartían algunas nociones básicas de forma rápida y se establecían unos objetivos bien claros, pues no había tiempo para largos cursos de formación. En cuanto a las mujeres, eran preferibles con alto nivel cultural pues eso implicaba un mejor acceso a personas y grupos objetivos. Ese fue el caso de Millán-Astray.

Decidió aprovechar su preparación cultural y su posición social para servir como espía en el Servicio Secreto alemán con base en Barcelona. El trabajo era delicado y arriesgado, pero los beneficios a obtener eran rápidos y abundantes. Además, le permitía seguir escribiendo literatura, una vocación que nunca perdió.

Desde un principio, la red de información alemana se centraba en vigilar los movimientos de los aliados en el puerto y la ciudad. Pero con el tiempo, la estructura de espionaje se hizo muy sofisticada. Llegaron a situar a una mujer en cada uno de los principales hoteles de Barcelona. Sin levantar sospechas, se encargaban de vigilar la entrada de todos los huéspedes, poniendo especial detalle en aquellos que pudiesen resultar objetivos de espionaje. Cuando se identificaba la identidad de una persona de interés, se movilizaba a una o varias mujeres espía para someterla a constante vigilancia.

Una de las tácticas más eficaces para controlar a la persona objetivo consistía en entablar alguna relación de interés mutuo y ganarse su confianza, al objeto de conseguir toda la información posible. Esta fue la misión que tuvo que desempeñar en varias ocasiones Pilar Millán-Astray.

MANUEL BRAVO PORTILLO Y ARTHUR HENRY HARDINGE

Posiblemente, el personaje más relevante al que tuvo que contactar fue el embajador del Reino Unido de Gran Bretaña en España en 1913-1919, sir Arthur Henry Hardinge. Durante una de sus estancias en el Hotel Gran Colón de Barcelona, le contactó de forma interesada con apariencia casual y entabló algunas conversaciones amistosas. Aprovechando una ausencia del diplomático en el hotel, consiguió entrar en su habitación y copiar los documentos secretos que encontró en su cartera.

Cada vez que conseguía una información de esta índole, debía de entregarla al policía Manuel Bravo Portillo y al dirigente de espionaje alemán Alberto Hornemann, que había adquirido la nacionalidad española y era colaborador con su homólogo Hans von Krohn, de la embajada en Madrid. Cada vez que entregaba un resultado así, cobraba la importante cantidad de 1.000 pesetas, lo que suponía bastante dinero en aquella época.

Además de estar protegida por uno de los jefes de policía más destacados de Barcelona, Manuel Bravo Portillo había sido subordinado de su padre, José Millán-Astray, durante su mandato como jefe del Cuerpo de Seguridad de Barcelona. Su padre tuvo a Bravo Portillo por uno de sus hombres de confianza.

Sobre la actividad de espionaje de Pilar Millán-Astray, el historiador Fernando García Sanz publicó el libro España en la Gran Guerra, en 2014.

PILAR MILLÁN-ASTRAY

Al término de la I Guerra Mundial y el comienzo de los años veinte, Millán-Astray se fue convirtiendo en uno de los símbolos de la derecha culta e intelectual española. Comenzó a alcanzar relevancia en la literatura nacional destacándose en la dramaturgia. Y de pasar penurias durante la neutralidad española, a ser una de las literatas más exitosas en el periodo de entreguerras, en las décadas de 1920 y 1930. Llegó a escribir una cincuentena de obras, principalmente comedias y sainetes, que retrataban las costumbres madrileñas y las clases trabajadoras, logrando una gran conexión con el público de su tiempo.

Su primera obra relevante fue La hermana Teresa, con la que ganó el premio Blanco y Negro de 1919 y significó el impulso a su carrera. A partir de entonces, comenzó a colaborar en esa revista y en algunos diarios, como ABC, La Nación, El Espectador o El Sol, y publicó su primera colección de cuentos Todo amor.

En 1921, publicó La llave de oro en la editorial de Juan Pueyo. La revista La Esfera se fijó en ella y en su libro para ponerlos en la portada de la edición de febrero de 1921, con una pintura de Julio Romero de Torres. Este pintor volvería a retratarla para la cubierta de su comedia La mercería de la dalia roja.

Algunas fuentes cuentan que fue promovida por el escritor teatral Jacinto Benavente, quien le llegó a decir: "Hay en usted una gran dramaturga. Haga una cosa para el teatro. Yo se lo mando." Y terminó escribiendo El rugir del león, en 1923, obra de ambiente costumbrista gallego.

PILAR MILLÁN-ASTRAY DRAMATURGA Y ESPÍA

Probablemente, la obra más aclamada fue El juramento de la primorosa, publicada en 1924, y estrenada por la promotora teatral Irene Alba. En esta pieza definió las características de su comedia: comedia costumbrista, protagonistas femeninos, ambiente madrileño, novela rosa, acción melodramática, corrección moral y conclusión positiva. Fue el inicio de una amplia producción que conseguiría estrenar hasta veinte títulos en diferentes teatros.

Su otra gran obra de éxito fue La tonta del bote, estrenada en 1925, y que fue adaptada al cine en 1970, protagonizada por Lina Morgan. En estos dos títulos de El juramento y La tonta, mezclaba con habilidad comedia y melodrama para recrear el mito de la Cenicienta, consiguiendo superar el centenar de representaciones teatrales de cada una. Aquel año de 1925, sus obras se representaron hasta en cuatro teatros madrileños a la vez: Lara, Comedia, Apolo y Cómico.

Obras dramáticas escritas en aquellos años fueron La galana, Una chula de corazón, La mercería de la Dalia Roja, Por los flecos del mantón, y Magda la tirana; y la novela La mujer que vendió su caballo.

Tras el inicio de la II República española, fue empresaria de compañía con actuaciones en el Teatro Muñoz Seca de Madrid durante la temporada 1932-1933.

Como tenía ideas conservadoras, no dudó en apoyar el alzamiento del general Francisco Franco en julio de 1936, al que se unió su propio hermano José Millán-Astray. Durante los años que duro la contienda civil estuvo recluida en una prisión de mujeres que el gobierno republicano había construido en el pueblo alicantino de Alacuás y después en el murciano de Cehegín. Coincidió con otras prisioneras como Rosario Queipo de Llano, Carmen Primo de Rivera o Pilar Jaraiz Franco, vinculadas con maridos y familiares adheridos a la sublevación militar.

Después de recobrar la libertad en 1939, escribió una obra biográfica sobre sus experiencias en prisión que publicó con el nombre Cautivas. 32 meses en las prisiones rojas, en 1940.

En la posguerra comenzó su declive. Se retiró en Madrid con problemas de salud derivados de su estancia en la cárcel. Todavía escribió una veintena de títulos, pero su creatividad ya empezaba a declinar y el desastre económico que vivía el país impedían su representación ante el público. Cuando participaba en un homenaje a la actriz Josita Hernán, el 22 de mayo de 1949 en Madrid, fallece repentinamente.

Por haber sido una de las socias pioneras de la Sociedad General de Autores Españoles, fue propuesta para recibir un reconocimiento institucional como víctima de la represión en la Guerra Civil.

OBRAS DE PILAR MILLÁN-ASTRAY

MANUEL OTERO MARTÍNEZ SOLDADO ESPAÑOL EN EL DESEMBARCO DE NORMANDÍA


Manuel Otero Martínez fue el único español que asistió, luchó y murió en el Desembarco de Normandía, el 6 de junio de 1944, el Día D, durante la Segunda Guerra Mundial. Era el momento en el que las tropas Aliadas tomaban las playas francesas de Omaha enfrentándose a los nazis alemanes. Pertenecía a la primera División de Infantería de Estados Unidos de América, el llamado The Big Red One, con el rango de cabo.

MANUEL OTERO MARTÍNEZ EN EL DESEMBARCO DE NORMANDÍA

Manuel Otero Martínez nació en A Serra de Outes, en 1916. Desde joven había estado trabajando con la carpintería de ribera o en la reparación y mantenimiento de embarcaciones, oficios muy característicos de una población pegada a la ría de La Coruña. Más tarde, se puso a servir en la Marina Mercante con la función de mecánico del vapor Inocencio Figaredo, en Santander. La Mercante era una flota de barcos de transportes que podía utilizarse como parte de la marina militar en caso de guerra.

Como a cualquier español de su tiempo, el inicio de la Guerra Civil española, el 17 de julio de 1936, le cambió el destino de su vida. En ese momento estaba asentado en alguna de las ciudades españolas del Cantábrico bajo el control del Frente Popular. Y es por eso y porque contaba con veinte años de edad que fue enrolado en el Ejército republicano.

Entre otros actos bélicos, asistió a la Batalla del Ebro y a la Batalla de Brunete. En esta última fue herido de gravedad por el impacto de una bala en un pulmón y el otra en un brazo. Tras recuperarse en un hospital de Valencia, fue apresado por el Frente Nacional y encarcelado en Barcelona. Cuando terminó el conflicto, fue liberado por la intermediación de su familia, que había permanecido leal al alzamiento del general Francisco Franco, al igual que su pueblo natal.

MONUMENTO AL DESEMBARCO DE NORMANDÍA

El hecho de haber participado en el bando republicano fue mal visto por sus vecinos de A Serra de Outes, sufriendo el desempleo y la persecución política, ante lo cual Otero decidió emigrar a Estados Unidos de América, en 1940. Accedió a entrar a través de la isla Hawái, un territorio anexionado que todavía no tenía la categoría de estado y esto evitaba ser deportado por inmigrante.

Al año siguiente, no sufrió el ataque de la aviación japonesa al complejo militar hawaiano de Pearl Harbour, pues Otero se encontraba en el estado de Nueva York. Vivía en el condado de Westchester, al norte de la ciudad, donde trabajó de cualquier cosa hasta que pudo abrir un taller mecánico. En la posguerra, muchos españoles habían migrado a países hispano-americanos en busca de mejor fortuna, pocos lo hicieron hacia Norteamérica.

Pero, Otero quería obtener la nacionalidad estadounidense. Aprovechó una convocatoria lanzada desde el Gobierno de Franklin Delano Roosvelt, por la cual todo extranjero que sirviera en el ejército durante seis meses obtendría el derecho a la ciudadanía. Así, el 4 de diciembre de 1941, Otero se enroló en el Ejército de forma voluntaria.

MANUEL OTERO MARTÍNEZ Y EL DESEMBARCO DE NORMANDÍA

Aquella convocatoria de Roosvelt no fue gratuita, pues su país se preparaba para entrar en guerra contra las Potencias el Eje (Alemania, Italia y Japón) después del ataque a la bahía de Pearl Harbour. El 7 de diciembre de 1941, tres días después de haberse alistado, Estados Unidos proclamó su intervención directa en la Segunda Guerra Mundial en el bando Aliado. Esto significó que tenía que luchar en el frente del Pacífico, contra el Imperio japonés, y en el frente de Europa, contra la potente Alemania nacional-socialista de Adolf Hitler, que controlaba la casi la totalidad del continente. A este frente fue enviado el soldado de origen gallego.

Durante los años 1492 y 1493, Otero estuvo realizando ejercicios de adiestramiento y entrenamiento militar en unas instalaciones del Reino Unido, país del frente aliado. Estaba siendo formado para entrar en combate en una estratégica misión de alto riesgo y carácter secreto que pretendía a cambiar el desarrollo de la guerra. Estaba integrado en la 1ª Compañía de la 1ª División de Infantería del Regimiento nº16. La 1ª División de Infantería era la más antigua y veterana del Ejército de Estados Unidos, fundad en 1917. Es denominada The Big Red One (El Gran Uno Rojo), porque su insignia consiste en un amplio número uno de color rojo en el centro del escudo verde. La mayoría de sus integrantes eran veteranos de guerra, habían participado en la Campaña de África y el Desembarco de Sicilia, pero en el caso de Otero fue por su experiencia en la Guerra Civil español, adquiriendo el rango de soldado de primera clase.

Su próxima misión fue el Desembarco de Normandía, también llamado Operación Overlord. Se trataba de desplegar un enorme contingente de tropas aliadas sobre la playa de Omaha, en la región francesa de Normandía, tomada por los alemanes desde donde comenzar la reconquista de la Europa occidental con destino a Alemania.

SOLDADOS ESTADOUNIDENSES EN EL DESEMBARCO DE NORMANDÍA

La 1ª Compañía de Otero, al mando del teniente William T. Dillon, fue desplegada en el sector G de la playa de Omaha a las 7:40 a. m. del día 6 de junio de 1944. Por culpa de la marea baja, las lanchas ligeras dejaron a los soldados a más distancia de lo inicialmente planeado, unos cien metros, lo que provocó que el número de soldados abatidos por los alemanes fuese mayor. Otero portaba su fusil envuelto en plástico para que no quedase inutilizado por el agua y había ascendido al rango de cabo. Desde el otro lado de la playa, los alemanes disparaban ráfagas de ametralladoras y balas cañón ubicado en búnkeres y trincheras.

Otero consiguió recorrer todo el ancho de playa hasta refugiarse en un muro de piedra, que utilizó como parapeto. Protegido por el muro de piedra, el teniente Dillon ordenó a Otero, a John p. Ford y a David Arnold, atravesar una concertina de alambres que previamente había sido abierta en un amplio boquete por tres torpedos Bangalore. Tras pasar, llegaron a un enorme foso antitanques sembrado de minas que les conduciría a la posición del Ejército alemán WN-64. Otero y Ford estaban a la vanguardia de su compañía, pocos soldados quedaban ya. A los pocos metros de adentrarse en el foso, ambos murieron por la explosión de una mina que pisaron.

Durante el desembarco, la unidad de Otero fue arrasada, fallecieron prácticamente todos. Otero fue enterrado en el Cementerio norteamericano de la playa de Omaha.

MANUEL OTERO EN EL MONUMENTO A THE BIG RED ONE EN PLAYA DE OMAHA

Existen documentos que aseguran la participación de Manuel Otero en el llamado Día D. Por ejemplo, la revista militar Army Magazine escribió un artículo con el título The Story of Albert Papi, donde recupera las operaciones en la playa de Omaha. Otero es descrito de forma valiente y heroica por su teniente William T. Dillon:
"Al dejar la playa atrás, nos encontramos con una masa de concertinas. El lugarteniente puso tres torpedos Bangalore consiguiendo hacer un agujero lo suficientemente grande como para que pasara un camión. Los primeros valientes que cruzaron fueron John P. Forde de Brooklyn-New York, Manuel Otero de Nueva York, y David A. Arnold de New Hampshire. Forde y Otero cayeron poco después en el campo de minas."

También Manuel Arenas, director de la Asociación The Royal Green Jacket, acompañado de una sobrina del soldado galleo, Gemma Martínez, realizó un homenaje en el cementerio americano de Omaha Beach, en Normandía, en 2014, en el que figuran los nombres de los soldados americanos abatidos en la batalla aquel día. Se trata de una placa honorífica de metal sobre un monolito de granito, escrita en inglés el texto:
"IN MEMORIAM MANUEL OTERO MARTINEZ
… THE ONLY PERSON FROM SPAIN AN GALICIA WHO DIED ON THE BEACH OF OMAHA DURING THE NORMANDY LANDINGS."

PLACAS CONMEMORATIVAS A MANUEL OTERO MARTÍNEZ

Al año siguiente, esta asociación volvió a exponer otra placa honorífica en el monte San Pedro de La Coruña, donde que se destaca que fue el único español que participó en el Desembarco de Normandía.

En 2016, Antonio Osende Barallobre publicó el libro Manuel Otero Martínez. Un gallego en Omaha Beach, comercializado por Publicaciones Arenas.

En 1980, el director y guionista de cine Samuel Fuller realizó la película The Big Red One dedicada a la actuación durante el Desembarco de Normandía de la 1ª División de Infantería del Ejército estadounidense, en el que formaba parte Manuel Otero.

Hubo otros españoles que participaron en la Segunda Guerra Mundial enrolados en ejércitos de los aliados. Republicanos exiliados se alistaron en las tropas del Ejército francés y bajo el mando del general Leclerc, aunque los más conocidos fueron los que liberaron París la noche del 24 de agosto de 1944, como miembros de la 9ª Compañía, apodada La Nueve. Estos se sintieron defraudados porque el término de la contienda mundial, los países aliados ganadores no quisieron derrotar la dictadura del general Franco en España.

En 2015, hubo un homenaje a los españoles que participaron en la liberación de París, basada en la colocación de placas y el nombramiento de calles en la capital francesa, acto al que asistieron los reyes de España.

MANUEL OTERO MARTÍNEZ UN GALLEGO EN "OMAHA BEACH"

POLÉMICA DE LA CIENCIA ESPAÑOLA


¿Existe una ciencia española? ¿Qué ha aportado España a las diversas ramas del saber científico a los largo de la historia? ¿Los intelectuales y científicos españoles han tenido la suficiente altura en sus conocimientos y aportaciones como para dejar una huella indeleble en el saber universal?

Estas preguntas y sus posibles respuestas originaron y originan una serie de investigaciones y debates con el objetivo de clarificar cuál era y cuál es la situación real y la categoría de nuestros conocimientos científicos. La polémica no sólo se reduce a examinar las posibles aportaciones, ya que con el tiempo, los interesados analizaron también las causas sociales y estructurales que pudieron imposibilitar el desarrollo de nuestro quehacer científico.

POLÉMICA DE LA CIENCIA ESPAÑOLA

Como ha ocurrido en diferentes ocasiones a la largo de la Historia, las potencias occidentales han infundado una mala imagen de España, de sus costumbres y de su ciencia. Falacias que se convirtieron en tópicos de una Leyenda Negra que, hasta la actualidad, parte del pueblo español ha asumido dichos mitos sin ningún esfuerzo de verificación histórica.

Otros españoles, en cambio, prefirieron combatir esta mala prensa extranjera. Un pionero de este tipo de literatura patriótica podría considerarse a Francisco de Quevedo con su España defendida, publicada en 1609.

Pero el origen de la polémica se encuentra en la figura de Nicolás Masson de Morvilliers, quien publicó su Enciclopedia Metódicaeditada por Charles-Joseph Panckoucke en París, en 1782que fue sucesora de la Enciclopedia de D'Alembert y Diderot. En su entrada dedicada a España de la sección de Geografía Moderna, se preguntaba:
"Pero, ¿qué se debe a España? ¿Desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace seis, ¿qué ha hecho por Europa?..." 
"En España no existen ni matemáticos, ni físicos, ni astrónomos, ni naturalistas. Sin el auxilio de otras naciones no tiene nada de los que se precisaría para hacer una silla... En todo es un niño que tiene necesidad de crecer todavía."
Movilliers calificaba a España con epítetos como "pueblo de pigmeos" o "la nación más ignorante de Europa".

Lo que había pasado en España, en comparación con la potencia intelectual que se había convertido Francia durante el Siglo de las Luces de la Razón, es que su desarrollo científico había avanzado mucho, pero la información se transmitía con lentitud. El resto de potencias europeas desconocieron por cierto tiempo el esfuerzo que estaba realizando. Por otra parte, el ambiente prerrevolucionario francés perjudicó también a España.

Los españoles se dividieron en defensores y denigradores de su propia nación: apologistas y detractores. También en el extranjero surgieron españoles y no españoles que se sumaron al debate. Varios ilustrados españoles reaccionaron con la pluma a la afrenta de Movilliers, demostrando la contribución de su patria en las humanidades y las ciencias.

La respuesta no se hizo esperar y comenzaron a publicarse artículos en los que aparecen glosas e inventarios de nuestras aportaciones a la cultura universal. El primero en responder fue el botánico español, residente en París, Antonio José de Cavanilles, que publicó Observations de M. L'abbé Cavanilles sur l'article Espagne de la Nouvelle encyclopédie, en 1784, enumerando indiscriminadamente algunos autores contemporáneos.

Ese mismo año, un abate piamontés residente en la Corte de Federico II de Prusia, Carlos Deninapronunció un discurso Reponse á le question "Que doit-on á l'Espagne?", en sesión solemne de la Academia de Ciencias de Berlín. Afirmaba que España había hecho por Francia más que Francia por las demás naciones, aunque reconociendo que había decaído durante los últimos tiempos, especialmente en el plano científico.

Entre los denigradores estuvo Luis Cañuelo, quién criticó la general incultura de los españoles en El Censor, publicado en Madrid en 1786. Al menos, reconocía que en España siempre hubo una minoría de intelectuales a la altura de cualquier país europeo.

Más contundente fue Juan Sempere y Guarinos, en Ensayo de una biblioteca española de los mejores escritores del reinado de Carlos III, publicado en Madrid entre los años 1785 y 1789. Responsabilizó del temor a toda innovación al espíritu partidista, la presunción y el catolicismo inquisitorial.

Como este debate se había convertido en una cuestión patriótica, en 1786, la Real Academia de la Lengua Española organizó un concurso público que consistía en redactar una respuesta apologética a la afrenta de Morvilliers en defensa de la tradición cultural y de la ciencia española, sin ninguna retribución económica al ganador. Juan Pablo Forner entregó la obra con la que pasaría a la historia: Oración apologética por la España y su mérito literario. El conde de Floridablanca, secretario real de Carlos III, quedó tan entusiasmado por el alegato de Forner que decidió publicarlo y otorgarle un premio de 6.000 reales.

La Oración apologética es una obra más oratórica que histórica, pues minusvalora la filosofía, y basa las ciencias y las artes en la utilidad y la virtud. Forner defendió a la cultura y literatura nacional, haciendo mención especial al literato Miguel de Cervantes, al humanista Luis Vives y a su promotor Floridablanca, aunque reconoció que nunca hubo un científico del nivel de Isaac Newton o un filósofo como Leibnitz. Destacó la contribución al Escolasticismo, ciencias sagradas, moral, derecho, náutica, arte militar, medicina, lógica, jurisprudencia, etc. Es un obra típica de la Ilustración de su tiempo, pues exaltaba las ciencias prácticas. Recibiría los reconocimientos del marqués de Valmar, Menéndez Pelayo, Wenceslao Ayguals de Izco y otros conservadores españoles.

ORACIÓN APOLOGÉTICA POR LA ESPAÑA Y SU MÉRITO LITERARIO

Frente a esta posición patriótica o paternalista fue Cañuelo quien, a través de la revista El Censor, dirigió sus ataques contra el atraso de las instituciones, subrayando su feudalismo.

Comenzaba un debate que no sólo trataba de ver lo que se ha aportado, sino también de si era posible aportar algo, e incluso si era conveniente de acuerdo con nuestra idiosincrasia. No obstante, como consecuencia de esta polémica, se inyectó en la España de entonces una sabia muy positiva, que conllevó un gran florecimiento artístico y científico.

La conocida como "polémica de la ciencia española" se estancó durante alguna décadas hasta experimentar un relanzamiento tras la Guerra de la Independencia española entre los años 1808-1014. Se produjo con un enfoque distinto, basado en una crítica constructiva para aportar soluciones al estancamiento del desarrollo científico nacional con respecto a otras naciones de Europa o a mejor el nivel cultural de la población. Es interesante a esta cuestión el plan de instrucción publicado, presentado por el poeta José Quintana ante las Cortes de Cádiz.

Con el avance del siglo XIX y la aparición de unas nuevas condiciones sociales más favorables, el conocimiento científico fue recibiendo un fuerte empuje mediante la fundación de academias y facultades. Entre las mismas son destacables la Escuela de Ingenieros, el Instituto Geológico y Minero, el Instituto Geográfico y Catastral, y las Academias de Ciencias y Letras.

Tras la instauración del Estado liberal en 1833, la polémica de la ciencia española tuvo lugar entre conservadores, que defendían el Antiguo Régimen absolutista, y liberales, que estaban a favor del Estado liberal. Un debate más, como los hubo en siglos anteriores, sobre la contribución nacional al acerbo europeo y occidental en Ciencias y Humanidades.

Varios nombres destacaron en el nuevo enfoque de la polémica, cuyo objetivo central será analizar mejor la situación científica presente como base y programa de un mejor desarrollo que facilite las vocaciones y las investigaciones. Así, n su discurso de ingreso en la Academia de las Ciencias,
Antonio Ramón Zarco del Valle indicó las excelentes condiciones climáticas, geográficas y físicas en que se encontraba España y que facilitaba enormemente el progreso de las ciencias.

Otra visión esperanzadora la ofreció José de Echegaray en un discurso sobre la Historia de las matemáticas puras en nuestra España. Aunque reconocía la falta de tradición española en las matemáticas y ciencias puras, reafirmaba su esperanza de recuperar el tiempo perdido para situar a España al mismo nivel que las europeas.

Tan esperanzadoras palabras recibirían una crítica más virulenta en la segunda mitad del siglo XIX, especialmente por los llamados krausistas, aquellos filósofos españoles de tendencia europeista y defensores de las ideas de Karl Krause. Sostenían que la causa del atraso científico se debía principalmente a la intolerancia religiosa.

Uno de ellos, Manuel de la Revilla, aseguró que España no había colaborado en nada al progreso científico europeo, un atraso mantenido durante la Edad Moderna. La causa principal fue la intransigencia de la Iglesia católica ejercida a través del riguroso control de la Inquisición sobre toda obra científica que pudiese aportar novedades y el despotismo de determinadas épocas de la historia de España.

Ante esta ofensa, el historiador y filósofo Marcelino Menéndez y Pelayo refutó al krausista señalando la tradición y lucidez del quehacer científico, aparte de sus innumerables aportaciones. En su artículo Masson redivivo, aludía al ilustrado francés del siglo XVIII, Nicolas Masson de Morvilliers, que abrió aquella polémica con su pregunta ¿Qué ha hecho España por Europa?, en esta ocasión recuperado en la persona de Manuel de la Revilla. Ese texto quedó englobado en su obra La ciencia española, publicado en 1876, en el que reivindicaba la existencia de una tradición científica española, en un estilo hiperbólico.

El motivo de la aversión de Menéndez Pelayo a los krausistas era su continua apología a la producción intelectual y científica de otros países e ignorancia o desprecio de la propia.
"... estimar en poco el rico legado de nuestros padres, despreciar libros que jamás leyeron, ver con burlona sonrisa el nombre de Filosofía española."
Su patriotismo le hizo reaccionar mediante la edición de La ciencia española, escribiendo contra ellos:
"Nuestros flamantes filósofos desprecian a los antiguos sabios españoles porque fueron católicos y escribieron bajo un gobierno de unidad religiosa y monárquica."
Aludiendo a eruditos de la talla de Ramón Llull, Luis Vives o Francisco Suárez escribió:
"Nadie procura enlazar sus doctrinas con las de antiguos pensadores ibéricos, nadie se proclama luliano, ni levanta bandera vivista, ni se apoya en Suárez; y la ciencia española se desconoce, se olvidan nuestros libros, se los estima de ninguna importancia."
Como consecuencia de aquel debate entre Manuel de la Revilla y Marcelino Menéndez y Pelayo, surgió toda una literatura defendiendo ambas tesis, es decir la existencia o no de una ciencia propiamente española. Los resultados de todo ellos resultaron positivos.

Según Ernesto García Camarero, autor de la obra La Ciencia española entre la polémica y el exilio:
"Se va perfilando la necesidad de estudiar científicamente la historia de la ciencia..., quedando claro que, si bien nunca han faltado cultivadores de la ciencia en los últimos siglos, la aportación española a la ciencia universal es muy reducida."

LA CIENCIA ESPAÑOLA ENTRE LA POLÉMICA Y EL ÉXITO

También fue relevante el artículo de José del Perojo aparecido en la Revista contemporánea, el 15 de abril de 1877, con el título La ciencia española bajo la Inquisición. Analizó casi de forma exhaustiva no sólo el contenido de la polémica, sino también las aportaciones nacionales y extranjeras a todas las disciplinas del saber, dando a entender la situación de atraso de la ciencia nacional.

Menéndez y Pelayo siguió siendo el gran valedor e historiador de la ciencia y cultura, cuya defensa fue concebida casi como un deber patriótico. En 1894, escribió otro polémico artículo en la publicación España Moderna, con el título Esplendor y decadencia de la cultura científica española. Lo más destacable fue el punto de vista personal con el que terminaba su artículo:
"Cuando tengamos una facultad de ciencias (basta una) constituida de esta suerte, y cuando en el ánimo de grandes y pequeños penetre la noción del respeto con que estas cosas deben ser tratadas, podremos decir que ha sonado la hora de la regeneración científica de España. Y para ello hay que empezar por convencer a los españoles de la sublime utilidad de la ciencia inútil."

A toda esta problemática no es ajeno el estado de decadencia intelectual en que se encontraba la Universidad española de finales de siglo. En 1876, un grupo de catedráticos, que fueron expulsados o dimitidos de las universidades oficiales por razones ideológicas, fundaron la Institución Libre de Enseñanza. Esta institución universitaria paralela impulsó la polémica, dada su preocupación por la formación de los jóvenes y futuros científicos.

Innumerables artículos sobre el tema continuaron apareciendo en un intento de clarificar posturas. Uno de ellos fue la conferencia pronunciada en Madrid por José R. Carracido en el Ateneo, en 1896, con el título Las condiciones de España para el cultivo de las ciencias, en donde se señala que:
"... si estuvimos postergados en la producción científica fue por efecto de condiciones accidentales, pero fundamentalmente en nada somos inferiores a los pueblos que forman hoy la vanguardia de la civilización."
También fue relevante el discurso de ingreso en la Academia de Santiago Ramón y Cajal, bajo el título de Deberes del Estado en relación con la producción científica. Analiza las causas del atraso científico, sus orígenes físicos, históricos y morales, así como sus posibles remedios. Era partidario de una revolución científica desde el gobierno, que debía trazar un plan y su correspondiente financiación para salir de la situación de crisis.

Por último, también fue relevante en este periodo el artículo del astrónomo José Comas y Solá publicado en La Vanguardia de Barcelona, el 28 de noviembre de 1899, con el título de Nuestra decadencia, y en el que se critica la anquilosada y rutinaria cultura científica, confiando en una reacción moral que la supere.

Así, el siglo XX se inició con la participación en el debate de un genio iluminador en esta materia, el médico Santiago Ramón y Cajal. Su discurso de ingreso en la Academia causó la actuación del gobierno y mediante Real decreto de 11 de enero de 1907 se fundó la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, bajo su presidencia. Esta institución pretendía ser la base de un nuevo surgir científico nacional a través de relaciones profesionales con los principales focos de irradiación de ciencia en Europa.

Gracias a esta Junta, apareció una generación de investigadores con una gran vocación y esforzada dedicación. A pesar de los escasos medios con que se contaban, supieron elevar al nivel cultural y científico en todos los órdenes.

LA CIENCIA ESPAÑOLA

Al margen de los debates y polémicas entre intelectuales, durante el siglo XX fueron apareciendo estudios sobre los inventos y avances al desarrollo científico y contribuciones al ámbito filosófico y cultural realizados por españoles en los siglos de la Edad Moderna. Aquellos hechos fueron olvidados o no fueron puestos en consideración por las autoridades españolas como habían estado haciendo las de otros países. 

Por otra parte, España tuvo otras particularidades sociopolíticas que la diferenciaban del resto, que fueron las concernientes a su proyección ultramarina, el descubrimiento geográfico del mundo, la fundación de virreinatos, y la militarización de la ciencia. Esta peculiaridad generó un avance enorme en el conocimiento geográfico, el conocimiento antropológico de los pueblos indígenas americanos y el estudio de las tierras descubiertas en materias relacionadas con las ciencias naturales.

En este ambiente de recuperación científica y revisionismo historiográfico, surgió un grupo de historiadores de la ciencia, cuyos principales artífices fuero Julio Rey Pastor y Francisco Sánchez Pérez y Vera. De hecho, Rey Pastor fundó la Asociación de historiadores de la ciencia española, en 1934.

Frente a la tesis de Unamuno de "que inventen ellos, para aprovecharnos nosotros", este innumerables grupo de jóvenes investigadores supo dar nivel internacional a sus nuevas aportaciones, elevando nuestro país a la categoría científica que merecía. En un artículo publicado por Rey Pastor en 1953 describía la situación:
"En oposición a la España introvertida, que deseaba Unamuno, poblada de faquires acurrucados al sol y derviches hirsutos de báculo rascador, consagrados a meditar sobre el enigma de la muerte, surgió una generación vigorosa y optimista que trabajó con tesón hasta lograr el ingreso de España en la comunidad internacional de la ciencia..."
Uno de los grandes inspiradores de la nueva corriente científica fue el filósofo José Ortega y Gasset, quien aseguraba que el resurgir científico era la única garantía de supervivencia moral y material de España.

Así pues, el eje central de la polémica cambió de rumbo: la discusión consistía ya en lo que España aportó o no en el pasado, sino en el planteamiento de las bases culturales y sociales sobre las que debe construirse la nueva tendencia y los métodos más útiles para alcanzarlo lo antes posible. En una cosa estaban todos de acuerdo, el progreso del país exige un avance científico inmediato, por lo que se impuso la ejecución de una urgente planificación de acuerdo con las necesidades del mismo.

Solo así se podría avanzar y cumplir el deseo del filósofo Ángel Ganivet:
"Algún día vendrá el saber y, entonces, todo se andará."

LA VERDADERA CIENCIA ESPAÑOLA