GLOBOS AEROSTÁTCIOS Y TELEFÉRICOS DE LEONARDO TORRES QUEVEDO


El teleférico fue inventado y patentado por uno de los más extraordinarios ingenieros españoles: Leonardo Torres Quevedo, un genial matemático e inventor de finales del siglo XIX y principios del XX. Dedicó su vida a la investigación en aeronáutica, automática, ingeniería y matemáticas, consiguiendo desarrollar el primer teleférico del mundo en San Sebastián, y el teleférico más popular sobre el río Niágara, el Spanish Aerocar. El globo aerostático Torres-Quevedo nº1, que hizo volar en 1907, fue el dirigible más avanzado y seguro de su tiempo por sus características innovadoras de semirrígido y trilobulado. E inventó el Telekino, el primer aparato de radio-dirección del mundo.

Además, fue el precursor de las calculadoras digitales, de diversas máquinas analógicas de cálculo como el Aritmómetro Electromecánico, y de otras tantas innovaciones como el puntero láser o la máquina de escribir Torres-Quevedo. Por todo ello, es considerado uno de los grandes matemáticos y científicos de la historia.

INVENTOS DE LEONARDO TORRES QUEVEDO

Leonardo Torres Quevedo nació en Santa Cruz de Iguña (Cantabria) en 1852. Su padre, Luis Torres Vildósola y Urquijo, fue un ingeniero de caminos vasco, mientras que su madre, Valentina Quevedo de la Maza, era de origen montañés.

Siendo niño, estudio bachillerato en Bilbao, y después, pasó a estudiar en el Colegio de los Hermanos de la Doctrina Cristiana en París.

En 1871, la familia Torres Quevedo se había trasladado a Madrid. Con un vocación hacia el estudio de las matemáticas, decidió ingresar en la Escuela Oficial del Cuerpo de Ingenieros de Caminos en Madrid. En 1874, dejó momentáneamente sus estudios para asistir como voluntario a la defensa de la Bilbao liberal contra el asedio carlista durante la III Guerra Carlista.

Tras graduarse en 1876, ejerció su profesión como ingeniero de caminos en proyectos de ferrocarriles. En 1885, se casó con Luz Polanco.

Su inquietud por la mecánica y la técnica le hizo replantearse su carrera profesional. Decidió dejar su trabajo, estuvo viajando por varios países de Europa para conocer los adelantos tecnológicos que se estaban implantando, las industrias y técnicas más modernas y, a la vuelta, se dedicó de forma exclusiva a una variada actividad científica e inventora.

Los principales campos a los que se dedicó fueron: la ingeniería de transportes por cable, la aerostática, la mecánica de cálculo analógico, y los sistemas de radiocontrol.

Todas estas disciplinas de la técnica pudo investigarlas y desarrollarlas con devoción y pasión gracias a que, en 1901, fue nombrado director del Laboratorio de Mecánica Aplicada e ingresaba en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Madrid, de la que sería su presidente en 1928.

GLOBO AEROSTÁTICO TORRES-QUEVEDO Nº1 EN GUADALAJARA EN 1907

Su actividad en la ingeniería de transbordadores, funiculares o teleféricos comenzó en el pueblo de Molledo, donde construyó, en 1887, su primer teleférico, el Transbordador de Portolín, de unos 200 metros de longitud, 40 de altura y tracción animal. Poco después construyó el Transbordador del río León, de mayor envergadura y con motor.

Ese mismo año patentó su novedoso sistema de camino funicular aéreo de cables múltiples, en el que la guía y tracción se realiza a través de un sistema de cables y de contrapesos tensados de un modo controlable, uniforme e independiente de la carga transportada. Gracias a este novedoso sistema, la rotura de algún cable no resultara peligrosa, ganando así el conjunto estabilidad y seguridad. El invento fue registrado con el nombre de Aerotransbordador o Aerocar.

En 1890, presentó su proyecto en Suiza, país muy interesado en ese transporte debido a su orografía. No fue aceptado para su desarrollo pero aquel fue el primer estudio que se realizó para la construcción de un teleférico de montaña en el mundo, en la línea Klimsenhorn-Pilatusklum.

A su regreso de Suiza, se trasladó a vivir a Madrid por segunda vez, junto a su familia. Trabajaba como ingeniero de forma autónoma, asistía a tertulias científicas, y continuaba informándose sobre las novedades en tecnología internacional.

TELEFÉRICO DE SAN SEBASTIÁN

Además de Suiza, estuvo presentando sus modelos de funiculares y teleféricos por otras academias científicas de Europa, obteniendo poco éxito. Pero, su perseverancia hizo que el ayuntamiento de la ciudad de San Sebastián contratase su servicios.

En septiembre de 1907, puso en marcha el primer transbordador de pasajeros del mundo: el teleférico de San Sebastián. Su sistema múltiple de cables-soporte aportaba una gran seguridad y fiabilidad, sustituyendo los anclajes de un extremo por contrapesos. Aunque el habitáculo era muy robusto, todo el sistema impedía la rotura de cables de soporte.

Este tranvía aéreo tenía una capacidad de 50 personas, aunque lo normal eran 18 personas en cada trayecto. Tardaba 3 minutos en superar un desnivel de 30 metros de altura en un recorrido de 280 metros aproximadamente, entre la falda del monte Ulía cercano a la playa de Ondarreta y la cima del mismo monte. La ejecución del proyecto corrió a cargo de la Sociedad de Estudios y Obras de Ingeniería de Bilbao. Lo malo es que no duró mucho, pues en 1812 fue desmantelado para la construcción del Parque de Atracciones del monte Igueldo.

El transbordador adquirió tanta fama mundial que, al año siguiente, construyó otros teleféricos en ciudades como Chamonix (Francia), Bolzano (Italia), Grindelwald (Suiza) o Río de Janeiro (Brasil).

FONICULAR SPANISH AEROCAR SOBRE EL NIÁGARA

Pero, el más famoso de los transbordadores construidos con la tecnología ideada por Torres Quevedo, aún en funcionamiento, es el funicular del Niágara, conocido como Spanish Aerocar. Fue construido entre 1915 y 1916, en la línea fronteriza entre Canadá y Estados Unidos sobre las famosas cataratas del río Niágara para unir ambas orillas de 580 metros de longitud. El proyecto fue realizado por una empresa española, la compañía Niagara Spanish Aerocar Co. Limited, fundada en Canadá únicamente para este fin.

Una placa de bronce, situada sobre un monolito a la entrada de la estación de acceso, recuerda este hecho: "Transbordador aéreo español del Niágara. Leonardo Torres Quevedo (1852–1936)"

Aquel año de 1915, patentó un mecanismo de enganche y freno para estos funiculares.

GLOBO AEROSTÁTICO DIRIGIBLE TORRES-QUEVEDO Nº1

Otro de sus grandes logros en la ingeniería de transportes fue el de la aerostática y el desarrollo de dirigibles.

En 1902, presentó en las Academias de Ciencias de Madrid y de París su ingenioso proyecto de globo aerostático dirigible, con las características innovadoras de semirrígido y trilobulado, o estar dotado de tirantes a modo de esqueleto. Su modelo solucionaba el grave problema de suspensión de la barquilla al incluir una estructura que reforzaba el globo por medio un armazón interior de cables flexibles. Esta estructura proporcionaría mayor rigidez y estabilidad a los contenedores de gas por efecto de la presión interior, lo que a su vez hacía ganar en seguridad al conjunto de la nave.

Hasta ese momento, la fragilidad de los globos empleados en dirigibles hacía que los vuelos con estas naves fueran muy peligrosos y que las barquillas tuvieran puntos débiles. Pero, el tipo de globo Torres-Quevedo superaba los defectos de estas aeronaves tanto de estructura rígida (tipo Zeppelin) como flexible, posibilitando un vuelo con más estabilidad, al emplear motores pesados y cargar gran número de pasajeros.

En 1905, comenzó los trabajos de construcción del primer globo aerostático español en el Centro de Ensayos del Parque Aeronáutico, instalaciones pertenecientes al Servicio de Aerostación Militar del Ejército situadas en Guadalajara, aunque recibía financiación del Ministerio de Obras Públicas. Fue diseñado, patentado y construido bajo su dirección, pero contó con la colaboración del capitán del Ejército español Alfredo Kindelán. Dos años después, este proyecto ya era una realidad.

El 12 de septiembre de 1907, se realizó el primer ensayo del Torres-Quevedo nº1 sobre los alrededores de Guadalajara. Se trataba de una nave de tres lóbulos dotados con dos motores, considerado el primer dirigible español. Este dirigible, también denominado España, realizó numerosos vuelos de exposición y prueba. Quizá la innovación más importante fue la de hacer el globo trilobulado, de modo que aumentaba la seguridad.

A este modelo le siguió el Torres-Quevedo nº2, que sirvió para añadir diversas innovaciones al que iban aplicando sobre la marcha Torres Quevedo y Kindelán. Sin embargo, la colaboración entre ambos terminó en 1908, por motivos personales. El matemático cántabro tuvo que abandonar el Centro de Ensayos Aeronáuticos de Guadalajara.

Patentó estos ingenios de la aerostáticas, así como nuevos sistemas de amarre y almacenaje de las naves aerostáticas.

Aunque no consiguió despertar el interés oficial por desarrollar y comercializar estos medios de transporte, si que pusieron a España a la vanguardia de la aeronáutica.

GLOBO AEROSTÁTICO DIRIGIBLE TORRES-QUEVEDO Nº1

En 1909, Torres Quevedo volvió a registrar otro aparato más perfeccionado. La firma francesa Astra estaba interesada y llegó a comprarle la patente con una cesión de derechos extendida a todos los países, excepto a España, para posibilitar la construcción del dirigible en el país galo.

Así, en 1911, comenzó a fabricar en serie el dirigible Astra-Torres, llegando a ser muy utilizados por los ejércitos francés e inglés durante la I Guerra Mundial y utilizados en muy diversas tareas, especialmente en la protección e inspección naval. De 1914 y 1919, desarrolló otras dos patentes sobre estas aeronaves, que ya eran bastante veloces y maniobrables. Fue especialmente relevante la patente del buque porta-dirigibles de 1913, tal vez, predecesora de los buques portaviones.

En 1918, Torres Quevedo diseñó, en colaboración con el ingeniero Emilio Herrera Linares, un dirigible transatlántico al que llamaron Hispania, con objeto de realizar desde España la primera travesía aérea del Atlántico, proyecto que fracasó por problemas de financiación. Este hubiera sido un digno competidor de los dirigibles transatlánticos alemanes, pues el proyecto del Hispania se hubiese convertido en una gran nave capaz de viajar desde Europa a América de forma segura.

Mientras tanto, la compañía francesa estuvo desplegando sus Astra-Torres con total fiabilidad, algunos de los cuales podían rivalizar en volumen con los célebres Zeppelin. Estos dirigibles fueron adquiridos por el Ejército británico para tareas militares, otro ejemplar fue comprado por la Armada imperial de Japón, y la el Ejército estadounidense también mostró especial interés.

A pesar de todo este éxito, en España no hubo voluntad por desarrollar una industria nacional o adquirir una flota alguna, y el primer buque portaaeronaves, llamado Dédalo, se utilizó como complemento para transportar a los aeroplanos dirigibles de origen italiano.

Por la enorme aportación que estaba realizando a la aerostática y mecánica, en 1918, fue galardonado con la medalla Echegaray.

GLOBO AEROSTÁTICO DIRIGIBLE ASTRA-TORRES

Con el fin de probar sus globos sin recurrir a personas, en 1903, había presentado en la Academia de las Ciencias de París un aparato de radio-dirección sin cables acompañado de una memoria y haciendo una demostración experimental. Fue denominado Telekino. En ese mismo año, obtuvo la patente en Francia, España, Gran Bretaña y Estados Unidos.

El telekino consistía en un autómata que ejecutaba órdenes transmitidas mediante ondas hertzianas. Constituyó el primer aparato de radio-dirección del mundo, y fue un pionero en el campo del mando a distancia, junto a Nikola Tesla. En 1906, demostró con éxito el invento en el puerto de Bilbao al guiar un bote desde la orilla; más tarde intentó aplicar el telekino a proyectiles y torpedos, pero tuvo que abandonar el proyecto por falta de financiación.

En 2007, el Institute of Electrical and Electric Engineers de Estados Unidos concedió a Torres Quevedo un Milestone, reconocimiento mundial de su telekino como primer mando a distancia de la historia.

Entre 1900 y 1923, Torres Quevedo también logró otras patentes en el campo del control remoto y radio-control, como un sistema mecánico de señalización en poblaciones, un tipo de latón para cartuchos, un buque-campamento, una embarcación denominada Binave, un sistema de enclavamiento para trenes, y varias mejoras en máquinas de escribir.

MANDO A DISTANCIA TELEKINO

A mediados del siglo XIX, aparecieron los primeros artilugios de índole mecánica, como integradores, multiplicadores, etc., el más logrado fue la máquina analítica de Charles Babbage. En este campo Torres Quevedo continúa la evolución tecnológica construyendo varios aparatos mecánicos de cálculo algebraico.

En 1893, presentó la Memoria sobre las Máquinas Algebraicas en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Madrid. Se trataba de un aparato mecánico para resolver ecuaciones de cualquier grado, una especie de proto-calculadora. Por primera vez, consiguió la atención y admiración de los académicos científicos. Esto consiguió que Torres Quevedo pudiera contar con más medios para el desarrollo de sus ideas y la ejecución de sus proyectos.

Dos años más tarde, presentó la Memoria Sur les machines algébraiques en un Congreso de Burdeos. En 1900, presentó la Memoria Machines á calculer en la Academia de las Ciencias de París. En ellas, examinó las analogías matemáticas y físicas que son base del cálculo analógico o de cantidades continuas, y cómo establecer mecánicamente las relaciones entre ellas, expresadas en fórmulas matemáticas. Su estudio incluía variables complejas, y utilizó la escala logarítmica. Desde el punto de vista práctico, mostraba que era preciso emplear mecanismos sin fin, tales como discos giratorios, para que las variaciones de las variables sean ilimitadas en ambos sentidos.

CALCULADORA Y LEONARDO TORRES QUEVEDO

En 1914, Torres Quevedo presentó el Autómata-Ajedrecista, una primera computadora de ajedrez con relés eléctricos. Era capaz de dar un tipo específico de mate, no dejarse engañar y ganar a su rival humano.

Este año, publicó su Ensayo sobre Automática, que resultó absolutamente pionero en cuestiones como la relación mente-máquina.

Se dedicó también a la computación y robótica, ingeniando las primeras máquinas analógicas de cálculo. Estas máquinas, precedentes de las modernas calculadoras, buscan la solución de ecuaciones matemáticas mediante su traslado a fenómenos físicos. Los números se representan por magnitudes físicas, que pueden ser rotaciones de determinados ejes, potenciales, estados eléctricos o electromagnéticos, etcétera. Un proceso matemático se transforma en estas máquinas en un proceso operativo de ciertas magnitudes físicas que conduce a un resultado físico que se corresponde con la solución matemática buscada. El problema matemático se resuelve pues mediante un modelo físico del mismo.

Con propósitos de demostración, también construyó una máquina para resolver una ecuación de segundo grado con coeficientes complejos, y un integrador. En la actualidad la máquina Torres Quevedo se conserva en el museo de la ETS de Ingenieros de Caminos de la Universidad Politécnica de Madrid.

AUTÓMATA-AJEDRECISTA

En 1920, asistió a la Feria de París, que se celebraba con motivo del centenario de una máquina de calcular construida por Thomas. Allí, aprovechó la ocasión para presentar su Aritmómetro Electromecánico, una verdadera calculadora digital conectada a una máquina de escribir. En estas máquinas existen ciertos elementos, denominados aritmóforos, que están constituidos por un elemento móvil, una máquina de escribir y un índice que permite leer la cantidad representada para cada posición del mismo. El móvil es un disco o un tambor graduado que gira en torno a su eje. Los desplazamientos angulares son proporcionales a los logaritmos de las magnitudes a representar.

La máquina de escribir permite gobernar el aritmómetro a través de contactos eléctricos. También posee una memoria electromecánica, que guarda las cifras hasta que se introduce el signo de la operación. La operación de la realiza el aritmómetro de forma automática.

Utilizando una diversidad de elementos de este tipo, puso a punto una máquina para resolver ecuaciones algebraicas: resolución de una ecuación de ocho términos, obteniendo sus raíces, incluso las complejas, con una precisión de milésimas.

Por eso, los aritmómetros de Torres Quevedo son las primeras máquinas de calcular dotadas de un automatismo, equipadas con mando a distancia y que disponen de memoria.

Un componente de dicha máquina era el denominado "husillo sin fin", de gran complejidad mecánica, que permitía expresar mecánicamente la relación y=log(10^x+1), con el objetivo de obtener el logaritmo de una suma como suma de logaritmos. Como se trataba de una máquina analógica, la variable puede recorrer cualquier valor (no sólo valores discretos prefijados). Ante una ecuación polinómica, al girar todas las ruedas representativas de la incógnita, el resultado final va dando los valores de la suma de los términos variables, cuando esta suma coincida con el valor del segundo miembro, la rueda de la incógnita marca una raíz.

ARITMÓMETRO HUSILLO Y LEONARDO TORRES QUEVEDO

En los últimos años de sus vida, Torres Quevedo recibió numerosos premios y reconocimientos. Entonces, había prestado interés en la pedagogía, dedicándose a investigar aquellos elementos o máquinas que podrían ayudar a los educadores en su tarea. Se trataban de procedimientos relacionadas con las máquinas de escribir y la paginación marginal de los manuales.

También inventó el puntero proyectable y el proyector didáctico de diapositivas. El proyector didáctico mejoraba la forma en la que las diapositivas se colocaban sobre las placas de vidrio para proyectarlas.

El puntero proyectable, también conocido como puntero láser se basa en la sombra producida por un cuerpo opaco que se mueve cerca de la placa proyectada, esta sombra es la que utilizaría como puntero. Para ello diseñó un sistema articulado que permitía desplazar, a voluntad del ponente, un punto o puntos al lado de la placa de proyección, lo que permitía señalar las zonas de interés en la transparencia. Torres Quevedo expresó así la necesidad de este invento:
"Bien conocidas son las dificultades con las que tropieza un profesor para ilustrar su discurso, valiéndose de proyecciones luminosas. Necesita colocarse frente a la pantalla cuidando de no ocultar la figura proyectada para llamar la atención de sus alumnos sobre los detalles que más les interesan y enseñárselos con un puntero."

LEONARDO TORRES Y LUZ POLANCO - ESTATUA EN SANTA CRUZ DE IGUÑA

En París fue considerado un genio sin parangón, así como en el resto de Europa y en Estados Unidos. Nunca fue un científico que actuara de forma solitaria, sino rodeado de compañeros que ayudaron para avanzar en sus ideas, los más relevantes de la comunidad científica y técnica española.

Su laboratorio dedicado a la investigación y creación de máquinas e instrumentos fue uno de los centros de investigación más importantes de su época. Allí, entre otras geniales aportaciones, Gonzalo Brañas desarrolló su cinematógrafo, y Santiago Ramón y Cajal perfeccionó diversos útiles destinados a investigaciones histológicas.

En diciembre de 1936, Leonardo Torres Quevedo falleció en Madrid, al comienzo de la Guerra Civil.

COLONIZACIÓN DE FILIPINAS POR MIGUEL LÓPEZ DE LEGAZPI


La expedición colonizadora que en 1564 dirigió Miguel López de Legazpi a las islas Filipinas consiguió el establecimiento de la primera ruta comercial entre los continentes americano y asiático: la ruta del Galeón de Manila o Carrera de las Indias Orientales. El proceso colonizador fue bastante pacífico y tampoco hubo una explotación como en las Indias Occidentales porque los españoles ya habían obtenido las consecuencias oportunas de su propia práctica colonizadora, permitiendo una pacificación entre tribus nativas enfrentadas entre ellas.

Las órdenes religiosas protegieron a los nativos, los cuales jamás pagaron tributos a la Monarquía española. En 1611, los dominicos fundaron en Manila la primera universidad cristiana de Asia, la Universidad de Santo Tomás.

COLONIZACIÓN DE FILIPINAS POR MIGUEL LÓPEZ DE LEGAZPI

Para que el Imperio español pudiese comercializar las especias y productos de Oriente era necesario encontrar una ruta marítima fiable y segura desde las islas Filipinas hasta la costa americana, que escapara de las clemencias meteorológicas y los peligrosos vientos alisios.

A la fracasada expedición de García Jofre de Loaysa en 1525, le sucedieron otras tantas: Gómez de Espinosa, que ya lo intentó anteriormente con la nao Trinidad en 1522; las dos tentativas de Álvaro Saavedra, que partió del puerto mexicano de Siguantejo en 1528 y 1529; el trágico amago de tornaviaje de Hernando de Grijalva, que de vuelta del Perú llegó hasta las Papuas (Nueva Guinea) en 1537; y el escarceo de Bernardo de la Torre.

La expedición de Ruy López de Villalobos partió de Navidad (Méjico) y arribó a Mindanao, dando el nombre de Filipinas en honor del príncipe heredero Felipe II. Por último, Iñigo Ortiz de Retes, a las órdenes de Villalobos, también fracasó en su intento de encontrar la tan deseada ruta fiable de regreso desde las islas orientales a las costas pacíficas de Nueva España en 1545.

Todas estas fracasadas navegaciones, junto con la exitosa primera vuelta al mundo de Magallanes y Elcano, fueron las precursoras de la más satisfactoria: la de Legazpi, que estableció la ruta definitiva entre Filipinas y Nueva España por Urdaneta.

Desde finales del siglo XV y tras el Tratado de Tordesillas, los portugueses se habían establecido en diversos puertos marítimos de África y de Asia. España y Portugal libraban una carrera por asentar rutas y dominios. Como parte de esa carrera, Felipe II ordenó al virrey de Nueva España, Luis de Velasco, la organización de una expedición a través del Pacífico hasta las islas Molucas. El rey tuvo especial interés en un guipuzcoano natural de Villafranca de Orio, llamado Andrés de Urdaneta, fraile agustino, navegante experimentado y uno de los mejores cosmógrafos de su tiempo, al cual solicitó mediante carta la organización de dicha expedición.

Existían dos ambiciosos objetivos: por un lado, tomar posesión del archipiélago de Filipinas y fijar las bases de dominación en el océano Pacífico, fundando ciudades y asentamientos estables, para cerrar el paso a los portugueses; por otro, establecer una definitiva y codiciada Ruta de las Especies o Carrera de las Indias Orientales, e intentar rescatar a los supervivientes que no regresaron de la última expedición, la de López de Villalobos.

MIGUEL LÓPEZ DE LEGAZPI

Ante el virrey, Urdaneta propuso a un pariente suyo establecido en Nueva España, Miguel López de Legazpi y Gurruchategui, como organizador y jefe de la expedición. Legazpi era natural de Zumárraga, villa interior de Guipúzcoa, nacido en 1502. Su padre, Juan Martínez de Legazpi, alcanzó cierta fama en las Guerras Italianas sirviendo como oficial de milicias vascas bajo las órdenes del general Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Finalizada su etapa militar, obtuvo nupcias con Elvira de Gurruchategui y desempeñó el cargo de escribano de la Alcaldía Mayor de Arería hasta su fallecimiento en 1527.

Miguel López de Legazpi había estudiado leyes y, con veinticinco años, comenzó a desempañar la escribanía de su padre en la Alcaldía Mayor, y en distintos procesos judiciales. Llegó a ser miembro de la asamblea de Zumárraga de septiembre de 1526.

En 1527, era amigo del franciscano Juan de Zumárraga, cuando este fue nombrado obispo del Virreinato de la Nueva España. La posición de segundón en una familia hidalga y la ayuda del obispo Zumárraga hicieron que buscara un mejor futuro en el Nuevo Mundo.

En 1528, ya se encontraba en México, donde inició una imparable carrera administrativa: escribano mayor del cabildo de México, escribano de la Casa de la Moneda, secretario del Santo Oficio y, en 1559, alcalde ordinario del Cabildo. Durante tres décadas, estuvo combinando sus funciones públicas con el desarrollo de sus negocios, acumulando propiedades rústicas y urbanas en Ciudad de México y Michoacán y logrando una reputación en la sociedad virreinal que se estaba formando. Se casó con Isabel Garcés, hermana del obispo de Txalcala Julián Garcés, con quien tuvo nueve hijos. Su lujosa y enorme casa fue el centro de reuniones de destacadas personalidades, convirtiéndose en una de las personalidades más influyentes y admiradas de la gobernación mexicana.

Fue un hombre prudente, moderado, buen trabajador y honrado, tenía una gran caridad con el prójimo, fruto de su profunda fe cristiana, según los cronistas. Y como señala la inscripción de su estatua en Zumárraga, también era "Enérgico, prudente, valeroso".

MIGUEL LÓPEZ DE LEGAZPI

Cuando parecía que había llegado a lo más alto de su carrera, el virrey Luis de Velasco le tendría en cuenta para liderar una expedición transpacífica por solicitud del cosmógrafo agustino Andrés de Urdaneta. Este era el verdadero promotor de la empresa y ocupaba el cargo de piloto mayor, una especie de director técnico de la flota. Su función de religioso le impedía obtener mando político o militar, por eso eligió a su amigo y pariente, que ya conocía como miembros de la Cofradía del Santísimo Nombre de Jesús en México.

Urdaneta informó al rey Felipe II de las condiciones que reunía su amigo de Zumárraga mediante una carta de recomendación:
"El Virrey don Luis de Velasco ha nombrado por general para esta jornada a Miguel López de Legazpi, natural de la provincia de Guipúzcoa (...) Honrado e virtuoso e de buenas costumbres y exemplo, de muy buen juicio e natural, cuerdo y reportado, e ombre que ha dado siempre buena quenta de las coas que se le han encomendado del servicio de Vuestra Majestad."

Y en otra carta enviada por su hijo Melchor de Legazpi al rey definió de esta manera a su progenitor:
"Muchos hidalgos y caballeros pobres que iban de estos Reinos, iban sin conocerle a su casa, por la antigua costumbre que de siempre en ella hubo y porque a las personas tales siempre en ella se les dio de comer y vestir y los necesario. Lo cual ha sido cosa muy notoria y sabida en todo aquel Reino."

Contando con la larga experiencia de la conquista del continente de América, se pretendía realizar una colonización lo más pacífica posible, evitando traumas e injusticias. Y para tal empresa, Legazpi reunía una serie de características muy adecuadas: un hombre experimentado, honrado y diplomático; sobre todo era más un buen administrador y eficaz organizador, que un militar o marino profesional.

El virrey Velasco escribió a Felipe II para informarle del nombramiento, destacando que el guipuzcoano:
"Miguel López de Legazpi, natural de la provincia de Lepuzcoa, hijodalgo notorio de la casa de Lezcano, de edad de cincuenta años y más de veintinueve que está en esta Nueva España. Y de los cargos que ha tenido y negocios de importancia que se le han cometido ha dado buena cuenta, y a lo que de su cristiandad y bondad hasta ahora se entiende, no se ha podido elegir persona más conveniente y más a contento de fray Andrés de Urdaneta, que es el que ha de gobernar y guiar la jornada porque son de una misma tierra y deudos y amigos, y conformarse ha."

FELIPE II Y LUIS DE VELASCO

En febrero 1561, por real orden, fue nombrado comandante general de la expedición y gobernador itinerante de todas las tierras conquistadas bajo su mando en las indias orientales. Fiel y leal servidor, aceptó la misión, y participó en los preparativos de la flota. Mientras tanto, se dedicó a vender todo su patrimonio excepto su casa-palacio, había enviudado, pero tenía varios nietos, uno de los cuales lo acompañaría en su viaje.

Con el dinero obtenido por la venta de sus propriedades pudo costear la construcción de dos naos en el astillero de Barra de Navidad, más la adquisición de otros tres que estaban operativos. Él mismo se encargó de la buena fábrica de las naos. Después tuvo que aprovisionarlos con soldados y marinos, víveres y agua potable, pertrechos, armas, herramientas de labranza y utensilios náuticos, y todo aquello necesario para fundar ciudades y organizar una futura sociedad en aquellas islas.

La expedición sufrió retrasos por diversas circunstancias, hasta que a finales de 1564 ya estaba dispuesta una flota de cinco naos. Algunos de los pertrechos tuvieron que ser traídos desde la España peninsular.

La armada, en la que Legazpi invirtió gran parte de su fortuna, estaba compuesta de dos naos y dos pataches y unos 380 hombres, de los cuales 150 eran marineros, 200 solados, 5 misioneros agustinos y varios criados y otros oficios. La nao capitana San Pedro desplazaba 500 toneladas, su piloto mayor era Esteban Rodríguez, mientras que la nao almiranta San Pablo sobrepasaba las 300 toneladas, su capitán, Mateo del Saz, era segundo jefe de la expedición. El patache San Juan de Letrán, con 80 toneladas, llevaba por capitán a Juan de la Isla, y a su hermano Rodrigo como piloto. Y el patache San Lucas, con 40 toneladas, estaba mandado por Alonso de Arellano. A popa del San Pedro acompañaba un pequeño bergantín de remos, muy propio para transmitir órdenes de un barco a otro.

Los cargos de oficiales reales recayeron en Guido de Labezarri, que sucedería a Legazpi. Como capitán de su guardia personal, llevaba Legazpi a su nieto Felipe de Salcedo Legazpi. Urdaneta llevó consigo un par de compañeros eclesiásticos que asumieron responsabilidades: el primero, Andrés de Aguirre era conocedor del derrotero por haber participado en el viaje de Loaysa y Elcano, sobreviviendo incluso a Carquizano y haber navegado durante once años por los mares de Oriente; el segundo, Francisco Rada era el cosmógrafo que debía ser un eficaz colaborador de Legazpi al regreso de Urdaneta.

NAOS, SIGLO XVI

El 21 de noviembre de 1564, la expedición zarpó del puerto de Barra de Navidad (Jalisco), iniciándose una larga travesía con rumbo a Nueva Guinea. Cuando llevaban recorridas cien leguas, se abrieron los sobres lacrados con las órdenes a seguir que entregó la Audiencia de México y, según este pliego, se varió el rumbo hacia Filipinas.

Cuatro días después, algo avanzada la travesía, el comandante Legazpi reunió en la nao capitana San Pedro, a los frailes agustinos, capitanes, oficiales de la Real Hacienda, alférez, sargento mayor, alguacil mayor y pilotos, para que actuasen como testigos en la apertura del sobre lacrado que contía la Instrucción. El escribano de la gobernación mexicana Hernando de Riquel se encargó de leer las ordenes antes todos los presentes:
"... su derecha derrota avían de ser las islas felipinas y a las demás a ellas comarcanas, que están dentro de la demarcaçión, de su majestad..."

Las instrucciones consistían asegurar la presencia española en las Islas de Oriente de manera estable, concretamente en Filipinas, encontrar una ruta que permita la vuelta por el océano Pacífico, evangelizar a los pueblos nativos encontrados y acceder al mercado de las especias en las Molucas.

La navegación continuó sin problemas hasta que se produjo un amotinamiento de algunos de los pilotos. Aseguraban que Urdaneta estaba errando en sus cálculos náuticos y que las Filipinas había quedado atrás de su trayecto. Se negaban a continuar y obligaban a dar la vuelta hasta encontrarlas. El cosmógrafo agustino demostró con datos sobre la cartografía la posición de la flota sobre el océano Pacífico, consiguiendo que los rebeldes pilotos continuaran la navegación.

A partir de enero de 1565, se fueron sucediendo los descubrimientos, como los de las islas de los Barbudos, en la actualidad Marshall: Placeres, Pájaros, Corrales y Jardines. Posteriormente arribaron a isla Guam, perteneciente a las islas de los Ladrones, que son las actuales Marianas. Tras desembarcar, el comandante Legazpi ordenó a Urdaneta la organización de una misa de agradecimiento a la que asistieron los principales oficiales.

El 3 de febrero de 1565, tras aprovisionarse de vituallas y agua, la flota reanudo el viaje. Diez días después, alcanzó Cibabao, la actual Ibabao, en la isla de Leyte, ya en el archipiélago de San Lázaro. Este nombre se debió a Magallanes, pero posteriormente Villalobos rebautizó como Filipinas, en honor a su rey.

En la isla de Bohol, la falta de víveres se hizo preocupante y la hostilidad de los nativos empeoró aún mas la situación. Legazpi reunió a sus oficiales para plantearles la necesidad de seguir buscando un lugar adecuado para construir un asentamiento permanente, un enclave serviría de fuerte defensivo y base operativa para la conquista y colonización del archipiélago. Continuaron explorando por las islas de Samar, Limasawa, Camiguín, Mindanao, Siquijor y Negros.

El 22 de abril de 1565, el capitán Alonso de Arellano al mando del patache San Lucas se separó del resto de la expedición y emprendió por su cuenta la ruta de regreso desde la isla de Mindanao.

PRIMERA MISA EN FILIPINAS POR ANDRÉS DE URDANETA

El 27 de abril de 1565, las naos San Pedro y San Pablo, y el patache San Juan, arribaron a las costas de la isla Cebú. Esta estaba muy habitada y con abundancia de bastimentos.

La arribada se hizo junto a un poblado donde décadas antes, en 1521, se produjo la emboscada en la que murió Diego de Barbosa, comandante de la primera expedición a las Molucas iniciada por Magallanes, durante un supuesto banquete honorífico. Ahora, estos expedicionarios anunciaron su llegada con descargas de artillería y disparos de arcabuz, que atemorizaban a los nativos.

En esta ocasión fueron recibidos por el cacique local Tupas, rey de Cebú, y su aliado, Tamuñán. Desde un principio parecía que existía un cierta cordialidad entre ambas partes. Lo cierto es que el cacique intentaba ganar tiempo para que su gente fuese organizando un ataque mientras otros recogían sus pertenencias. Los capitanes de Legazpi pensaban que tan solo se trataba de una maniobra de distracción para ganar tiempo.

Y, efectivamente, al día siguiente, varias embarcaciones desde aquel poblado y otros próximos se acercaron llenos de guerreros en actitud beligerante. Legazpi ordenó desembarcar a sus tropas, mientras los cañones de las naos disparaban contra las barcas tagalas y los poblados costeros. Aquel intento de ataque de los nativos se disolvió sin mayores problemas.

En aquella población pudieron capturar algunos restos de comida como arroz o frutos que tanta falta hacía, pero hubo un hallazgo que rozaba lo milagroso. En el interior de una de las cabañas, el marinero Juan Camuz, natural de Bermeo, encontró una pequeña escultura del Niño Jesús. Legazpi enfatizó este hallazgo con carácter de milagro divino para insuflar algo de moral entre la fatigada tripulación. Prometió fundar en aquel lugar una iglesia, pues se trataba de un signo enviado desde el Cielo para continuar con la causa.

Casi con toda probabilidad, aquella escultura del Niño Jesús había sido entregada por el veneciano Antonio Pigafetta, cronista de la expedición de Magallanes, a la reina de Cebú para celebrar su bautismo. Desde entonces, había sido guardada como un valioso recuerdo, como hicieron con otros obsequios entregados a los nativos en aquel viaje y que también fueron encontrados. En la actualidad, rinde honor y homenaje a este acto la Basílica del Santo Niño de Cebú, siendo el santo con más devoción en todo el país filipino.

HALLAZGO DEL NIÑO JESÚS DE CEBÚ

En mayo de 1565, se comenzó a construir un fuerte y se fundó el primer asentamiento español: Villa del Santísimo Nombre de Jesús y la Villa de San Miguel.

Desde Cebú, según las instrucciones del Consejo de Indias, era el momento de organizar el viaje de regreso a Nueva España, objetivo principal del cosmógrafo agustino. No podían demorarse más pues era de vital importancia que, una vez hecho el establecimiento, se recibieran refuerzos de hombres y pertrechos lo antes posible.

El 1 de junio de 1565, Urdaneta zarpó desde San Miguel en la nave San Pedro, junto al nieto de Legazpi, el capitán Felipe de Salcedo, y una tripulación de 18 marinos en total.

Mientras tanto, Legazpi y su otro nieto Juan de Salcedo prosiguieron su viaje pasando a la isla de Panay. Habían construido barcos de pequeño calado para navegar con más habilidad por las islas del archipiélago. Impuso disciplina a la tripulación, especialmente en dos aspectos: guerra a los piratas y respeto a los nativos.

Su método de colonización era el mismo en todas partes: desembarco, compra de alimentos a los nativos, acuerdo de algún tipo de pacto con los caciques locales y toma de posesión de la tierra en nombre del rey. Legazpi supo sacar partido de las luchas entre tribus enemigas y de la hostilidad que los nativos profesaban a los portugueses. Y es que, frente al tipo de dominación portugués, bastante depredador, los españoles ofrecían protección y un trato más tolerante y respetuoso con los nativos.

El 8 de octubre de 1565, Andrés de Urdaneta y Felipe de Salcedo consiguieron llegar a Acapulco, en Nueva España, y hallar el tan necesitado tornaviaje. Esta proeza marina permitió que al año siguiente, el nuevo virrey novohispano, Enríquez de Almansa, enviase cuantiosos refuerzos.

MAPA DEL TORNAVIAJE POR ANDRÉS DE URDANETA

En Mactán levantaron una gran cruz de madera en homenaje a Magallanes, muerto en esa isla cuatro décadas antes, tras atravesar el océano Pacífico desde el cabo de Hornos. Surgió un motín de algunos oficiales que el comandante solucionó con mano dura, imponiendo su autoridad, juzgando y ahorcando a los cabecillas.

Al visitar la isla de Panay, el 25 de julio de 1566, las fragatas de Legazpi encontraron inesperadamente un barco español, el San Jerónimo, enviado por el virrey Almansa desde México el 1 de mayo. Se trataba de uno de los tres galeones cargados de víveres, soldados, colonos y misioneros al mando de Juan de Isla. Llevaba la gran noticia de la llegada de Urdaneta a México y que, por tanto, la expedición de tornaviaje había sido completada con éxito, según el trazado que él mismo había planeado.

Pero la gran alegría de Legazpi fue la arribada en agosto de los otros dos galeones al mando de Felipe de Salcedo, en agosto de 1567. Traían con ellos a 200 hombres de refuerzo, tropas veteranas, a los que se sumarían otros 2.100 expedicionarios a lo largo del año. Entre los recién llegados la mayor parte seguían siendo novohispanos de nacimiento, muchos de ellos mestizos y otros indios puros. Casi todos tenían experiencia en las guerras de la frontera de la Nueva España, disponían de un armamento muy adecuado para el tipo de guerra que pronto conocerían, e iban junto a trabajadores auxiliadores enviados por órdenes del virrey. Con ellos se reforzaría la fortaleza de San Pedro, que se convirtió en el puesto avanzado para el comercio con México y la protección contra las rebeliones nativas hostiles.

Los dos enormes galeones, cargados de cañones, dejaron anonadados a los nativos, que jamás habían visto nada semejante. Eso animó a los españoles, conscientes de que sus barcos eran el ejemplo más notable de su poder, pero lo hizo mucho más las herramientas, armas portátiles, municiones y víveres que habían traído, lo que permitió apuntalar de forma definitiva la base española en Cebú. Sin embargo, rodeada de las muchas incertidumbres generadas por la indecisión que tenía la corona al respecto, no llegó la esperada autorización real para conquistar las islas, que era lo que esperaba Legazpi.

Con estos refuerzos, desde esta autoridad y aprovechando su experiencia administrativa en México, Legazpi organizó el sistema de encomiendas como en América, dispuso metódicamente la ocupación, isla a isla, de todo el archipiélago filipino, fundando bases y asentamientos, rehuyendo del uso de la fuerza en general, y solo apelando a ella en caso estrictamente necesario.

Gestionó una buena administración, disponiendo de un sistema de organización política basado en las instrucciones generales de Felipe II. Cada ciudad sería doble: una, intramuros habitada por españoles; otra, extramuros formada por indígenas; que se gobernarían por dos alcaldes, doce concejales y un secretario.

CARTA HIDROGRÁFICA DE LAS ISLAS FILIPINAS Y MAR DE CHINA

En junio de 1567, con un puñado de hombres, Martín de Goiti fue enviado a reconocer la isla de Leyte. Alcanzó la ciudad principal, Colasi, después de una ardua marcha por la selva y de un contacto violento con algunos indígenas, indispensable para lograr las provisiones necesarias para mantener a la expedición.

Martín de Goiti había ascendido a maestre de campo, quedando como jefe de todas las fuerzas después de Legazpi. Llegó a ser el explorador más experimentado del archipiélago gracias a sus continuas expediciones de reconocimiento y a sus salidas en busca de abastecimientos.

En una de sus expediciones de avituallamiento, en noviembre de 1566, al mando de la nao San Juan, alcanzó la costa de Mindanao. Allí se encontró con una fusta tripulada por portugueses al mando del comandante López de Sequeira, con la misión de advertir a Legazpi que estaban invadiendo dominios lusos y que deberían retirarse. La respuesta de Legazpi fue la de reforzar el puerto y la ciudad de San Miguel para una mejor defensa.

Tras una tensa entrevista en la que intervino como técnico el religioso navarro Martín de Rada, los portugueses se retiraron a sus bases de las Molucas, pues el campo fortificado de Legazpi les auguraba un desembarco desastroso.

Mientras tanto, enviaba una nave a Nueva España en busca de refuerzos, al tiempo que llegaba otra desde allí cargada de hombres, pertrechos, alimentos, armas y municiones. El tráfico entre las dos costas del Pacífico comenzaba a normalizarse.

No acabaría en este encuentro aquel conflicto hispano-luso por la legitimidad de las islas Filipinas. Así, dos años después, el día 17 de setiembre de 1568, Gonzalo de Pereyra se presentó ante Legazpi en la bahía de San Miguel, en Cebú, con una potente escuadra de diez barcos. Pretendía la retirada total de la expedición y asentamientos españoles del archipiélago, evacuando a sus hombres a bordo de naves portuguesas. Esta vez no hubo parlamento y, directamente, el objetivo fue atacar a los españoles.

La fortaleza resistió durante tres meses de asedio. Los sitiadores fueron repelidos gracias a la presencia de los cañones en las baterías del puerto y el abastecimiento que desde tierra hacía el régulo Tupas, aliado de Legazpi. Era una buena noticia para los padres agustinos que acompañaban a la expedición y comenzaban a establecerse en la región, que lograron que el rajá Tupas y sus hombres aceptaran el bautismo. Mala a su vez para los jesuitas que solían ir con los portugueses, que presionaban con todas sus fuerzas al superior general de la Compañía de Jesús, el valenciano Francisco de Borja, por las alianzas que mantenía Legazpi con los musulmanes.

Por entonces, los expedicionarios de Legazpi ya habían tomado contacto con los musulmanes de las islas de Joló y Mindanao, al sur de las Filipinas. Eran formidables combatientes, duros y correosos, que no estaban dispuestos a someterse a los extranjeros. A primeros de 1569, el sultán de Joló envió a 20 de sus embarcaciones contra los "castilas". Comenzaba una guerra, por la cual a la idea de convertir con la cruz, se iba a sumar la necesidad de conquistar con la espada.

LEGAZPI Y URDANETA EN CEBÚ, POR TELESFORO SUCGANCG

Una vez producidos los primeros choques con los islámicos de Joló, Legazpi resolvió actuar al mejor estilo castellano de la época: el uso de la habilidad y experiencia de combate de sus hombres con una eficacia demoledora. Sus tropas no eran un ejército al estilo europeo, sino que iban a actuar y combatir como las unidades empleadas en Nueva España, grupos disciplinados de hombres armados, con capacidad de adaptarse al terreno y a la forma de combatir de sus enemigos.

Los islámicos atacaron San Miguel, pero el buen uso de la artillería por parte de los defensores desbarató su asalto sin grandes dificultades.

Bien asentado en Cebú, Legazpi preparó la ocupación de Luzón, territorio principal de las Filipinas. A mediados de 1569, dejaba Cebú fuertemente guarnecido y ponía rumbo a Panay que sometió fácilmente, interviniendo los capitanes Haya y Juan de Salcedo. Allí se edificó un fuerte que quedó con una pequeña guarnición. Obtuvieron en la isla alimentos y fray Juan de Alba logró conversiones masivas. El capitán Andrés de Ibarra a su vez tomaba la isla de Marbate.

Después ocuparon Mindoro, llave para la conquista de Luzón. En Mindoro rescató a los esclavos chinos, llamados sangleyes, con intención de establecer relaciones de amistad, una iniciativa que terminó por desplegar el comercio con China. Además limpió la costa de piratas islámicos que hostigaban a los indígenas, al tiempo que dejaba sellados con el rito de sangre pactos de vasallaje con los caciques locales. La fama de Legazpi, su empeño pacificador, llegaba a los últimos rincones del archipiélago.

LLEGADA DE LA EXPEDICIÓN DE LEGAZPI CEBÚ


A finales de la primavera de 1569, desde Acapulco, con órdenes del virrey, arribaban en Cebú tres pataches: San Juan, Sancti Spiritus y San Lucas, de 80 a 40 toneladas de desplazamiento, al mando de Juan López de Aguirre. El San Lucas, el menor de ellos, llegó a hacer cuatro viajes para quedar luego al servicio de Legazpi, en el archipiélago. Estos cruceros continuos fueron perfeccionando el conocimiento del inmenso "Lago Español" en que estaba convirtiendo el océano. Por ejemplo, en los viajes de regreso a Acapulco, entre 1567 y 1571, se confirmó el itinerario por el norte, con aproximación a Japón, para navegar luego al este por los paralelos 37º a 40º, en función del estado de la mar y de la estación en la que se hicieses la ruta.

Esta pequeña flotilla llevaba a Diego de Legazpi, sobrino de Miguel López de Legazpi, otros parientes y la familia del maestre de campo Martín de Goiti, un número mayor de frailes agustinos y, como siempre, herramientas, armas y municiones. Solo que esta vez se incluían por primera vez, útiles de labranza. Los españoles estaban decididos a establecerse de forma permanente.

También traían documentos importantes: despachos reales que aprobaban sus acciones y un pliego de órdenes que le facultaban para ocupar todo el archipiélago y le dotaban de los títulos adecuados. Estos documentos nombraban a Miguel López de Legazpi como gobernador y capitán general de las islas Filipinas y adelantado de las islas de los Ladrones. Las razones de tardar casi cuatro años en sancionar la ocupación eran lógicas.

Los informes de preliminares facilitados por Urdaneta no parecían presentar una tierra muy rica. Además, por tratarse de miles de islas, arrecifes y atolones era complicado de ocupar y someter y, por último, podía suponer un coste administrativo y de gestión muy alto, ya que no se habían encontrado especias en cantidad y calidad como para merecer el esfuerzo de sostenerlas. Eso sin contar que parecían estar en la zona de demarcación portuguesa.

Sin embargo, aunque las razones que movieron al rey a decidirse por la ocupación fueron muy diversas, primaron las de orden meramente religioso, pues al monarca le repugnaba abandonar la posibilidad de convertir a miles de nativos. El rey Felipe II consideró el asunto de la forma siguiente: "¿Qué dirían los enemigos de España si, por no rendir metales ni riquezas, se privara a esas islas de la luz y de ministros que la prediquen?"

PACTO DE SANGRE ENTRE LEGAZPI Y SIKATUNA

Sometidas las islas de Panay, Masbate y Mindoro, continuó su travesía para ocupar la gran isla de Luzón. Legazpi daba una gran importancia a Luzón como base, no sólo para la dominación del archipiélago, sino para una ulterior expansión comercial hacia China. Por eso, encomendó la conquista de Manila al capitán Juan de Salcedo y al maestre de campo Martín de Goiti.

Al mayor de los Salcedo, Felipe de Salcedo se le encargó una misión distinta: explorar al detalle el archipiélago de los Ladrones, es decir, la actuales Marianas. Allí descubrió muy a su pesar las tormentas giratorias conocidas como "vaguíos", que le hicieron naufragar en Guam. Pero con el ingenio y la habilidad de los españoles de la época, los náufragos compraron unas piraguas a los nativos y con ellas regresaron a Cebú. Solo el capitán Andrés de Ibarra y su fragata, con 23 tripulantes a bordo, se perdieron en estos años de intensa actividad exploradora.

Para acabar con la flota del sultanato, era necesario provocar un combate naval donde los barcos españoles pudieran desplegar toda su fuerza artillera. Para ello, Legazpi logró reunir 20 galeotas ligeras, ideales para operar en el laberinto de islas al sur de Luzón, con las que los españoles pudieran sorprender a los islámicos en mar abierto. Poseían varios cañones pesados y mucha artillería menor, formada por versos y falconetes, armas giratorias devastadoras en los choques con el enemigo. Más rápidas y poderosas, las embarcaciones españolas alcanzaron a sus enemigos y, mediante el uso de la artillería y gracias a su superioridad en el cuerpo a cuerpo, 80 españoles barrieron a los musulmanes, que tuvieron 300 muertos y perdieron 10 caracoas.

MONUMENTO A LA EXPEDICIÓN MÁXICO-FILIPINAS

La fama de los españoles creció gracias a estas acciones, y el respeto a los "castilas" avanzó de isla en isla. En enero de 1570, Legazpi atacó con sus barcos la base pirata mora de Maburao, en Mindoro, que arrasó a cañonazos. Los supervivientes fueron alcanzados en Labang, donde capturó todas sus embarcaciones, utilizadas luego para reforzar la escuadra de patrulla con sede en Capiz. Entre ellos figuraban algunos notables por los que pidió rescate pagable solo en oro, lo que le permitió además conseguir buenos beneficios.

La guerra "corsaria" de Legazpi, basada en el poder de la artillería de sus barcos estaba literalmente barriendo de piratas en el mar de las Filipinas.

La búsqueda de un lugar más seguro que Cebú y Panay, donde existía una posible amenaza portuguesa y muy cerca de las rutas marítimas sarracenas, hizo que Legazpi a enviase a Goiti y Salacedo al puerto de Manila. Su misión era la evaluación del puerto como posible base comercial y militar, así como el grado de hostilidad de los nativos del Sultanato de Luzón.

La expedición para la conquista se componía de una potente flota de 17 barcos, la mayoría construidos ya en las Filipinas: una fragata, un junco, y quince paraos. Contaba con la participación de pequeños grupos de arcabuceros, los indios mejicanos y los auxiliares filipinos enemigos de los islámicos que les servían de guías y exploradores. En total, las fuerzas de Goiti se componían de 280 hombres que eran tanto arcabuceros o marinos, la mayor parte criollos novohispanos, un poderoso núcleo de guerreros tlaxcaltecas y de auxiliares indígenas.

En las cercanías de la isla de Mindoro, un junco de la flota de Goiti fue atacado por dos embarcaciones de piratas chinos de guerra, eran champanes poco artillados. Estos fueron rendidos por los disparos de los cañones y sus tripulantes capturados. En el breve combate, Goiti se apoderó de las naves con su cargamento de sedas, algodón, hierro, acero, cobre y porcelana. Cumpliendo las normas de Legazpi, los capturados fueron trasladados a Cebú para ser juzgados. Finalmente, fueron perdonados y puestos en libertad, y se les dejó marchar en uno de sus dos barcos para que llevasen las noticias del poder español a su tierra.

Uno tras otro, todos los asentamientos y puestos costeros fortificados fueron tomados. Sus defensores ejecutados o puestos en fuga. Las naves de pequeño calado rastrearon a fondo las ensenadas, bocas de los ríos y puertos del sur de Luzón. La armada de Goiti siguió hacia Manila agregando también a su flota un parao de nativos de Batangas, en la península sur de Manila.

PUERTO DE CAVITE EN MANILA, SIGLO XVII

El 8 de mayo de 1570, la expedición fondeó en la bahía de Manila, en la parte de Cavite. Allí acamparon unas semanas con la intención de formar una alianza con los jefes musulmanes, así como la de mostrar a los residentes y a comerciantes de Borneo, China o Japón, sus deseos de colaboración.

Goiti marchó con sus soldados al interior de la isla, hacia Tondo, donde encontraron miles de defensores natales a las órdenes de tres régulos notables: Matandá (rajá de Manila), Solimán (rajá de Pampanga) y Lacandola (rajá de Tondo).

La principal fortaleza estaba protegida por 12 cañones. En ella consiguió entrar Goiti, acompañado de un intérprete.

Los ofrecimientos de paz fueron aceptados por el primero de estos rajás, realizando el pacto de sangre acostumbrado, pero no por los otros dos caciques locales, más jóvenes y vehementes.

En la bahía de Cavite, sin embargo, Goiti tenía otras intenciones y engañó a los habitantes del territorio al creer que sólo se quedaban durante un período corto.

El día 24 de mayo, estalló un virulento combate que duró tres horas y que terminó con una victoria rotunda de los españoles frente a los tagalos. La fortaleza fue tomada por solo 120 hombres en un audaz ataque por sorpresa, apoderándose de las piezas de artillería que inmediatamente fueron utilizadas contra los fugitivos. Luego, las embarcaciones que atacaban a la armada de Goiti fueron dispersadas a cañonazos. Lo mismo en las posiciones enemigas en la isla de Mindoro, que también fueron destruidas, y todas las barcas incendiadas. Goiti ejecutó a los prisioneros que no guardasen servidumbre al Reino de España y a Felipe II. El cacique local Matandá quedó en Manila como gobernador delegado de España, mientras Goiti y Salcedo continuaron su expedición a través del río Pasig.

Los combates junto al río Pasig fueron duros, pero la batalla definitiva se libró en la bahía de Bangkusay, frente al puerto de Tondo, donde los rajás rebeldes Solimán lograron reunir un fuerte contingente de nativos tagalos, que condujeron río abajo por el Pampanga.

Los barcos españoles, dirigidos por Martín de Goiti, recibieron la orden de ser fijados de dos en dos. Estos dio lugar a la formación de una masa sólida que parecía ser un blanco fácil, pero las canoas y praos nativos iban derechos a una trampa. Cuando las naves españolas, ya con el enemigo encima, estaban rodeadas y parecían atrapadas, Goiti ordenó abrir fuego casi a bocajarro. La brutal descarga acabó con el ataque de la débil flota indígena, desbaratando sus naves y poniendo a sus tripulantes en fuga. Durante la lucha murió uno de los rajás, el otro escapó a Pampanga. El 6 de junio de 1570, Manila estaba bajo control español.

Pero esta toma de la ciudad de Manila consiguió un levantamiento de tribus nativas en las islas adyacentes, generando una guerra de guerrillas durante los próximos diez meses. La expedición se fortificó en el área y erigió la fortaleza de Santiago.

Cuando la lucha se puso intensa, forzaron algunos españoles a buscar refugio en su flota, anclada en la bahía de Manila.

FORTALEZA DE SANTIAGO EN MANILA

Los españoles libraron una campaña brutal y sistemática destinada a acabar con cualquier resistencia indígena. Las operaciones navales de la flota de Martín de Goiti estaban combinadas por la incursión terrestre de la pequeña infantería de Juan de Salcedo, formada por arcabuceros que desembarcaban en la costa y se adentraban en el interior para someter a los nativos a la soberanía española.

Así conseguían controlar la costa con las naves, y destruir con su artillería cualquier fortificación que impidiese a las naves artilladas entrar en los ríos y ensenadas.

En los desembarcos, la superioridad de las tropas de Goiti se impuso sobre las de los nativos, debido al hábil uso de las armas blancas en los combates a corta distancia, donde el armamento euroamericano se mostró muy superior. Arrasaron sembrados y campos y concentraron a los indígenas en pueblos bajo su control directo, o más fáciles de vigilar.

En algunas zonas la forma de combatir era demasiado extraña para las costumbres europeas, como en la región de la laguna Bombín, en Mindoro, donde al asaltar un poblado encontraron los restos desollados de medio centenar de chinos despellejados vivos por los nativos de una forma brutal. Para castigar por su acción a los habitantes, cuando unos meses después la isla fue sometida a la Corona, se les impuso un fuerte tributo.

En enero de 1571, Legazpi llegaba a Manila. Varios meses más tarde, el 24 de junio de 1571 conseguía sofocar la rebelión y establecer un acuerdo de paz y colaboración con las autoridades nativas de Luzón. Los régulos y Legazpi organizaron un solemne pacto de sangre, cuyas celebraciones se prolongaron durante tres días.

Durante este tiempo, el régulo Matandá estableció una eficaz labor con los otros régulos, y la fama pacificadora de Legazpi hicieron que todos los rajás aceptasen igualmente el vasallaje español, que les permitía seguir gobernando bajo la condición de jefes súbditos.

Una escultura en piedra sita en Luzón representa el ritual, donde beben de una copa de oro la sangre vertida tras un corte en las manos. Este sería el último episodio importante de la conquista española de Filipinas.

MONUMENTO A LEGAZPI Y EL CACIQUE DATU SIKATUNA

En esta ciudad murió el gobernador y general de las islas orientales Miguel López de Legazpi y Gurruchategui, el 20 de agosto de 1572, de un ataque cerebro-vascular en una situación económica precaria. Todavía no sabía que el rey Felipe II había firmado una real cédula por la que le nombraba gobernador y capitán general de carácter vitalicio y adelantado de Filipinas, y le concedía el título de adelantado de Filipinas, además le destinaba una paga de dos mil ducados.

En su cofre particular solo se hallaban unas monedas, murió casi pobre porque toda su riqueza acumulada en Nueva España la había invertido en el proyecto de asentar la soberanía hispánica en el Oriente, una arriesgada aventura con la que pasó a la historia universal.

Fue enterrado en la Iglesia de San Agustín, la más antigua de Filipinas, está en el barrio de Intramuros de la capital Manila, donde también se encuentran los restos de su nieto Salcedo. Es un excelente edificio de estilo colonial hispánico, compuesto por una impresionantes iglesia, un claustro y un museo. Es el único edificio que pudo mantenerse levantado tras la destrucción acometida por el Ejército estadounidense en el barrio de Intramuros en 1898.

MAUSOLEO DE LEGAZPI EN LA IGLESIA DE SAN AGUSTÍN DE MANILA

Tras el fallecimiento de Legazpi, el archipiélago dependería del Virreinato de la Nueva España como si fuese una de sus provincias o gobernaciones.

Por real orden firmada el 3 de julio de 1573, fue fundada la Siempre Leal y Distinguida Ciudad de España en el Oriente de Manila, capital de los dominios españoles en Asia, y de la gobernación denominada Nueva Castilla, que pasaría ser la Capitanía General de las Filipinas. Y se confirmaron los cargos que sustituían al fallecido Legazpi. El alférez real Guido de Labezarri pasó ser el nuevo gobernador, mientras que el maestre de campo Martín de Goitia era el nuevo comandante.

Lazaberri preparó el terreno para el establecimiento de Manila como capital de Filipinas según los planes de Legazpi y confirmó las encomiendas creadas dicho el fundador, de las que muchas eran detentadas por vascos. La traza urbana debía ejecutarse a partir de los planos del arquitecto Juan de Herrera. La ciudad se construyó al estilo hispánico renacentista: una zona intramuros, rodeada por una muralla defensiva que alberga el núcleo urbano, y un espacio extramuros, donde se asentaban los indígenas.

Después, Goiti emprendió la conquista y colonización del resto de la isla de Luzón, ayudado por unos 300 hombres

Entre los años 1571 y 1573, la zona de Manila no presentó grandes dificultades para Goiti, que exploró Pampanga y Pangasinan, y fundó varios enclaves. Solo Mindanao y Joló, islas del sur, quedaron fuera de la dependencia de la Monarquía hispánica.

GUERREROS ARQUEROS DE FILIPINAS

Mientras tanto, Juan de Salcedo, demostró sus dotes militares en la toma de Cainta y Taytay. Llevaba a su servicio 80 soldados y alguna artillería. Unos doscientos pueblos del interior fueron ocupados casi todos después de fructuosas negociaciones. Tres meses antes de la muerte de su abuelo, comenzó la conquista de Bocos y Cagayán, las regiones más septentrionales de Luzón. En la parte de Pangasinán sorprendió a un junco chino cargado de esclavos nativos a los que concedió la libertad. Estos actos, norma permanente de Legazpi, dieron buenos frutos. El joven Salcedo supo sortear emboscadas de toda índole y luchar con valentía.

Para consolidar la ocupación de aquella extensa región estableció una base de apoyo, al norte, en Vigan, demarcación de Bocos. Previamente había convencido a los indígenas de la necesidad de su protección. Construyó un sólido fuerte donde dejó una guarnición bien armada con 27 soldados al mando del alférez Hurtado. Exploró las costas del norte de Luzón con sólo 17 soldados.

El 21 de agosto de 1572, regresaba a Manila después de haber naufragado y haberlo salvado los nativos. Fue cuando conoció la muerte de su abuelo.

ISLA VOLCÁNICA EN MOLUCAS

A comienzo de 1574, Manila sufrió el ataque de 3.000 piratas chinos y guerreros liderados por corsario Lim ah Hong, que sitió el Fuerte de Santiago. La defensa estaba liderada por el gobernador Labezarri y el general Goiti.

En la lucha murió el general Martín Goiti, también el alférez Pedro de Gamboa, muriendo además una parte de los españoles en la ciudad. Tuvo importante una actuación el alférez real Amador Arriarán. Las escasas fuerzas de Labezarri resistieron heroicamente hasta la llegada de algunos refuerzos llegados principalmente desde Vigan y Cebú.

Salcedo, tras explorar la zona de Ilocos Sur, se trasladó a Manila donde descubrió que había caído en manos del invasor. Las fuerzas de Salcedo atacaron y redujeron a los piratas de Manila. Pero Lim ah Hong y sus supervivientes se retiraron a Pangasinan donde se fortificó en una isleta.

En 1575, el ejército de Salcedo marchó al norte a Pangasinan en la búsqueda de los piratas y los sitió durante tres meses. Vengó la pérdida de Goiti y resto de españoles dando muerte a Lim ah Hong y sus guerreros en el río de Pangasinan, quemándolos vivos, con sus barcos.

Dos embarcaciones chinas enviadas por el virrey de Fo-Kien en busca del pirata mencionado habían llegado a Pangasinan, al mando del capitán y embajador Pescung Aumón. La delegación china fue bienvenida por Salcedo primero y luego por Labezarri en Manila. Labezarri entregó al capitán Aumón 52 prisioneros apresados por los piratas en las costas de China, entre los que se contaban algunas mujeres principales por las que se interesaba el virrey de Fo-Kien. Este gesto del gobernador y los agasajos y regalos otorgados abrieron las puertas de China a la Gobernación española de Manila.

MIGUEL LÓPEZ DE LEGAZPI

Aumón conduciría a la delegación diplomática española, nombrada por Labezarri, con el objetivo de entablar relaciones comerciales con China. Ya se conocían los preciosos artículos del Celeste Imperio por pequeñas embarcaciones apresadas años atrás en aguas filipinas. Esta delegación filipina estaba encabezada por el navarro Martín de Rada, continuada por Jerónimo Marín, Miguel de Loarca, Pedro Sarmiento y un intérprete chino llamado Sinsay. Se contaba también con el aprendizaje de esta lengua que ya había emprendido Rada, siendo obispo de Cebú, con la intención de misionar en China.

Conocida la noticia de la pacificación de Manila y de toda la isla Luzón por la Corte española, Felipe II dictaba la real orden desde el Monasterio de San Lorenzo del Escorial el 3 de julio de 1573, por la cual solicitaba la edificación de la nueva ciudad conforme al estilo español de la época. El propio Juan de Herrera diseñó un proyecto defensivo novedoso y original. La ciudad quedó dividida en dos partes: Intramuros, que sería una ciudad española, y Extramuros, que se convirtió en el hogar de los asiáticos.

La fundación de la nueva Manila desde la bahía del mismo nombre y el control de Luzón dieron nacimiento al Nuevo Reyno de Castilla, nombre adoptado por Legazpi.

CARTA HIDROGRÁFICA DE LAS FILIPINAS, POR PEDRO MURILLO VELARDE

Todos los historiadores coinciden en que la colonización española de Filipinas fue la que mejor resultado obtuvo. Se hizo de modo pacífico, sin apenas violencia, a base de acuerdos y pactos con la población indígena en los que la habilidad diplomática de Legazpi brilló a gran altura. Un papel relevante lo tuvieron las órdenes religiosas que ejercieron un proteccionismo hacia los nativos.

La ubicación de las islas en las rutas oceánicas mercantiles permitió que se tomaran como un lugar de recepción de mercaderías provenientes del conjunto del sudeste asiático destinadas a la metrópoli, y de una diversidad de islas desperdigadas por el océano Pacífico.

Las Filipinas son 7.100 islas que, hasta entonces, estaban habitadas por decenas de etnias distintas y enfrentadas a muerte. La llegada española supuso la pacificación del archipiélago. No hubo una mortandad tan elevada como la americana porque la población filipina, a diferencia de la amerindia, no había vivido en un ecosistema cerrado a las enfermedades. Y tampoco hubo una explotación como la de las Indias, porque los españoles ya habían sacado las consecuencias oportunas de su propia práctica imperial; de hecho en esta tierra los nativos jamás pagaron tributos a los españoles.

Los misioneros se encargaron de mantener pacificados a los indígenas, acabando con las guerras tribales; la evangelización progresó velozmente. En poco tiempo el castellano se convirtió en lengua franca de los filipinos. Mientras tanto se extendió el uso de la rueda y el arado, y se construyeron caminos, puentes y rutas estables de navegación.

Filipinas era un territorio con una baja densidad de población, sin ciudades, y con formas de cultivo itinerantes, pero la llegada de los españoles permitió su urbanización.

A finales del siglo XVI e inicios del XVII, ya se habían construid los edificios de la capitanía General en intramuros: iglesias, seminarios, colegios y la primera universidad cristiana de Asia. La Universidad de Santo Tomás de Maninla fue fundada por los dominicos en 1611.

El archipiélago se convirtió en centro de una vida comercial intensa, centralizando el tráfico con el sudeste asiático, que luego partía hacia México en la ruta del Galeón de Manila o Carrera de las Indias Orientales. Así, el océano Pacífico fue llamado el "lago español". El puerto de Manila mantuvo permanentes contactos comerciales con China, Siam, Japón y los reinos malayos, convirtiéndose en punto de inicio y final de una amplísima red comercial que unía todos los continentes. Los comerciantes chinos llevaban a su puerto sedas, clavazón, hierro en planchas, salitre, pólvora, porcelana, platería de Cantón, etc.

Las Filipinas serían españolas desde 1566 hasta 1898, más de tres siglos. Los norteamericanos invadieron estas islas en 1898, entonces se escribió otro capítulo digno de la historia de España, la de los héroes de Baler, los últimos de Filipinas.

MONUMENTO A LEGAZPI Y URDANETA EN MANILA