EXPEDICIÓN COLONIZADORA A LA ARAUCANÍA POR MARTÍN ÓÑEZ DE LOYOLA


Martín Óñez de Loyola gobernador de Potosí en 1578, gobernador y capitán general del Río de la Plata en 1581, y gobernador y capitán general de Chile en 1591 y fundador de Santa Cruz de Óñez en 1594.

Capturó al rey inca Túpac Amaru durante la expedición a la fortaleza de Vilcabamba en 1572, pero fracasó en la Expedición colonizadora de la región La Araucanía al morir luchando en la batalla de Curalaba en 1598.

EXPEDICIÓN COLONIZADORA DE LA ARAUCANÍA POR ÓÑEZ DE LOYOLA

Martín García Óñez de Loyola era natural de Azpeitia, Guipúzcoa, donde nació en 1548. Procedía de un linaje nobiliario de gran alcurnia derivado de la fusión de dos casas solariegas en el siglo XIII: los Óñez y los Loyola. Fue caballero de la Orden de Calatrava, mientras que su tío, san Ignacio de Loyola, fue el fundador de la Compañía de Jesús y patrón de la provincia de Guipúzcoa.

En 1568, a la edad diecinueve años, Óñez de Loyola emprendió un viaje al Virreinato del Perú acompañando a su tío Francisco de Toledo, recién nombrado virrey, con el cargo de capitán de su guardia.

En 1572, Óñez de Loyola recibió el encargo de formar parte de una expedición que debía capturar al último príncipe inca, Túpac Amaru, sucesor del caudillo Munco-Inca, que se encontraba refugiado junto a sus hombres en la remota Vilcabamba. La expedición estaba formada por doscientos soldados al mando del capitán Martín Hurtado de Arbieto. Otros virreyes y capitanes habían fracasado en este objetivo.

La expedición partió desde Cuzco y se adentró en la selva para atravesar altas montañas de los Andes. Tras recorrer unos 118 kilómetros hacia el noroeste y dejar a la derecha el Santuario de Machu Picchu, encontró la Fortaleza de Vilcabamba la Grande. Era la llamada "ciudad perdida de los incas", en la actualidad se encuentra la Selva Alta de Cusco (Espíritu Pampa) y en la provincia de La Convención, cerca del río Vilcanota (Urumbaba).

MARTÍN HURTADO DE ARBIETO

El 26 de junio de 1572, la expedición de Hurtado de Arbieto consiguió reducir el último bastión de la resistencia inca y a la mayoría de los solados. Túpac Amaru partió en fuga con algunos de sus hombres y familiares. Según carta de Óñez de Loyola al rey Felipe II en 1576, escribió que marchó al mando de un destacamento formado por veinticinco expedicionarios elegidos por él mismo en busca y captura "hasta llegar al pueblo de panquies con grande trabajo por la grandeza de las montañas donde prendí dos hermanos del inca Topa Amaro y mujer suya y quatro sobrinos y al capitán Cuxi Paucar" y desde allí llegó al "embarcadero de los Guambos" donde apresó a varios indios, por quienes supo que Tupac Amaru estaba en el "valle de Momori" donde se sentía seguro creyendo "que no era posible prenderle por la fragosidad de tierra y ríos".

Sabiendo que los indios huidos iban a alertar al cacique inca, Óñez de Loyola ordenó que hicieran cinco balsas para navegar el río Vilcabamba abajo. Más tarde, continuaron el rastro caminando hasta conseguir capturar al inca Túpac Amaru "con todos sus indios que llevaba con su gobernador y los demás capitanes mujeres e hijos". No se conoce el lugar exacto de la captura de Tupac Amaru, que según diversos testimonios fue junto al río Picha, afluente del Vilcanota. Óñez de Loyola llevó apresado a Túpac Amaru junto a su familia y séquito hasta Cuzco, donde finalmente fue procesado injustamente por el virrey Toledo y decapitado. Sus familiares y sirvientes fueron personados, pero obligados a partir.

TUPAC AMARU I

Como recompensa, el virrey nombró a Óñez de Loyola corregidor de Charcas y de varios pueblos del Perú y le organizó un matrimonio con una sobrina de Túpac Amaru, hija del príncipe inca Sayri Tupac, descendiente de Atahualpa y heredera del Señorío de Urubamba. Había sido bautizada con el nombre de Beatriz Clara Coya, pues Coya significaba reina en idioma quechua.

Con ese enlace matrimonial, los Óñez de Loyola emparentaron con la antigua nobleza de aquel Imperio precolombino. Entre el señorío de Urubamba heredado por su nueva esposa y las tierras y los bienes que le fueron concedidos por sus servicios, el matrimonio acumuló una gran fortuna, sustentada y ampliada además porque Óñez de Loyola fue nombrado gobernador de Potosí, en 1578, en sustitución del general Juan Pereira.

El matrimonio sólo tuvo una hija, Ana María Coya Óñez de Loyola, nacida en Cuzco, a quien Felipe III concedió el marquesado de Oropesa. A partir de 1593, Ana María vivió junto a su madre Beatriz Clara en Concepción, y se casó con Juan Henríquez de Borja, hijo del III marqués de Alcañices y de una hija de san Francisco de Borja. Estos enlaces entre aristócratas y nobles procedentes de imperios precolombinos y del Imperio español tenía la finalidad de unificar ambas estirpes en una sola, de conseguir la legitimidad política en la gobernación de aquellos territorios.

En el Museo Pedro de Osma en Lima, se conserva un impresionante lienzo que representa las bodas entre la nobleza hispana y la incaica: Matrimonios de Martín de Loyola con Beatriz Ñusta y de Juan de Borja con Lorenza Ñusta de Loyola. La pareja de la izquierda es la de Martín Óñez de Loyola con Beatriz Clara Coya.

MATRIMONIO ENTRE MARTÍN ÓÑEZ DE LOYOLA Y BEATRIZ CLARA COYA

En 1581, se le otorgó el cargo de gobernador y adelantando del Virreinato del Río de la Plata, en sustitución del corregidor Eulogio de Zúñiga. Sin embargo, retrasó la toma de posesión del cargo y la actividad de sus funciones por retrasos en la aprobación de su matrimonio por parte del Obispado de Perú.

En 1591, fue nombrado gobernador de Paraguay por el virrey Toledo, pero antes de haber jurado el cargo recibió una real cédula de Felipe II que le convertía en gobernador y capitán general de la Capitanía General de Chile, en sustitución de Alonso de Sotomayor y Andía. Las órdenes de la Corte nombraban a García Hurtado de Mendoza y Manrique en sustitución de Francisco de Toledo.

Óñez de Loyola tenía la difícil misión de someter a los rebeldes indios araucanos, pacificar Chile y defender los puertos marítimos y la ruta mercante hasta El Callao de los asaltos de piratas ingleses. Después de partir del puerto de El Callao y seguir la ruta marítima marcada con anterioridad por el piloto Juan Fernández, recaló en Valparaíso, el 23 de septiembre de 1592. Desde ahí se trasladó por tierra hasta la fortaleza de Santiago, y tomó posesión de sus cargos en el cabildo el 6 de octubre. Nombró secretario a Domingo de Eraso, sargento mayor a Miguel de Olaverría, y obispo electo a fray Pedro de Arzuaga, todos ellos de origen vascongado.

Lo que se encontró al llegar allí fue una cruenta guerra con los hostiles indios araucanos. Aquellos enclaves, los más meridionales del Imperio español, estaban sumidos en la pobreza y carecían de las tropas necesarias para frenar los ataques de los araucanos y los piratas ingleses. Por si fuese poco, el virrey había prohibido a todos los gobernadores del virreinato la subida de los impuestos ni contribuciones extraordinarias a sus moradores.

MARTÍN GARCÍA ÓÑEZ DE LOYOLA

A inicios de 1593, Óñez de Loyola se estableció en Concepción, un enclave portuario a mitad de distancia entre Santiago y Valdivia, en la desembocadura del río Biobío. Tras analizar el modo de vida y estado económico-social de los indígenas, decidió imponer dos reglamentos de actuación, uno para las administraciones y otro para la protectoría de indios.

Se distinguió por su buen trato a los indios a los cuales consiguió reducir a cambio del abandono de las armas. Sentó así un importante precedente de política de negociación entre los españoles y los naturales, aplicado de manera masiva en el siglo XVII. Durante su gobierno, se establecieron en Chile los evangelizadores de la Orden de San Agustín y de la Compañía de Jesús.

Otra de las primeras acciones fue analizar la situación del conflicto con los indios hostiles al sur del Biobío, junto a los soldados más veteranos, en el marco de la Guerra de Arauco. Óñez de Loyola comprobó que vivían una situación insostenible porque se estaba defendiendo la ciudad con tan solo 200 soldados. Existía un riesgo de alzamiento por parte de los indios que vivían en Concepción, también aparecían enfermedades y la deserción de solados. Por eso, envió al sargento mayor Miguel de Olavarría con destino a Lima para la entrega de un mensaje solicitado al virrey Hurtado de Mendoza un refuerzo de tropas militares. Olavarría regresó con la aprobación, pero con nuevas limitaciones para sufragar los gastos y reclutamiento de tropas. Además, aquellos refuerzos tardarían en ser enviados.

A finales del siglo XVI, sobre las costas de Chile y el mar del Sur se fue incrementando la presencia de embarcaciones de piratas inglesas, que había seguido los pasos de su precursor Francis Drake. España estaba enfrentada a varias potencias europeas, en el caso del Reino de Inglaterra era la Guerra anglo-española de 1585-1604, y la actividad corsaria fue un utilizada por los piratas de Ilizabeth I para debilitar las rutas comerciales del imperio de Felipe II.

En abril de 1594, el pirata Richard Hawkins desembarcó en el puerto de Valparaíso, procedente de Plymouth, después de haber pasado por el estrecho de Magallanes. Al mando de 75 mercenarios que llevaba a bordo de su buque The Dainty, la ciudad fue asaltada, tomando por botín un barco de transporte cargado con polvo de oro y alimentos, además de otras embarcaciones menores.

Desde Santiago se conoció la noticia y se dispuso la preparación de una embarcación al mando del capitán Jua Martínez de Leiva para llegar El Callao e informar cuanto antes al virrey en Lima. Gracias a esta rápida reacción, se pudo capturar al Hawkins en la bahía de Atacama, en la costa ecuatoriana, en julio de aquel año. El corsario inglés fue llevado a la España peninsular para someterse a juicio.

FUNDACIÓN DE SANTA CRUZ DE ÓÑEZ POR ÓÑEZ DE LOYOLA

Este éxito permitió un tiempo de relativa tranquilidad en los puertos marítimos peruanos, y que Óñez de Loyola centrase sus esfuerzos en pacificar el territorio de Chile. El problema es que no podía organizar una campaña militar contundente por falta de efectivos. Las autoridades locales de Santiago y demás enclaves chilenos se negaban a efectuar levas de vecinos armados para entregárselos a las escasas tropas del gobernador, y los refuerzos provenientes de Lima no terminaban de llegar. Ante esta situación, el gobernador se limitó a la lanzar una serie de ataques selectivos y dispersos a enclaves indios, logrando algunos éxitos.

Para asentar y custodiar el pequeño avance español sobre el territorio de la Araucanía, Óñez de Loyola estableció el fuerte de Santa Cruz, en mayo de 1594. Estaba situado al sur de Concepción, en la confluencia de los ríos Biobío y Laja, permitiendo controlar las áreas de Catirai y Mereguano. Un año después, el virrey le concedió el título de ciudad bajo el nombre de Santa Cruz de Óñez. A finales de ese año, también fundó el fuerte Jesús, en la ribera norte del Biobío.

A finales del 1596, llegaron algunos refuerzos militares provenientes de Perú, que sumados a los que había en Santa Cruz, el gobernador Óñez de Loyola reunía a unos 300 soldados más otros 300 indios de servicio. No eran muchos, pero suficientes para comenzar la definitiva Expedición de Pacificación a la Araucanía.

REGIÓN DE LA ARAUCANÍA

En enero de 1597, la expedición se adentró hacia el sur para recorrer las ciénagas de Purén, hasta fundar el fuerte San Salvador de Coya, también llamado fuerte Lumaco. Quedó defendido por un grupo de soldados al mando del capitán Andrés Valiente.

En esos territorios, el toqui Pelantaro se había levantado en contra de los nuevos asentamientos españoles, lanzando diversos ataques sobre los fuertes en colaboración con otras tribus nativas. Se mostraron disconformes con la estrategia seguida por Óñez de Loyola basada en fundar una línea de fuertes para aumentar el dominio que décadas antes había comenzado el adelantado Pedro Gutierre de Valdivia. Por eso, atacaron el fuerte Lumaco por un superior grupo de indios mapuches al mando del toqui Paillamapu, aplastaron a los colonizadores y consiguieron un botón de guerra basado en piezas de artillería, arcabuces y otras armas.

Entre mediados de 1597 y finales del siguiente, se interrumpieron los avances territoriales y cualquier tipo de ataque, limitándose a resistir y esperara a la llegada de provisiones desde Santiago. Pero desde esta ciudad fue imposible el envío de tales vituallas por el desbordamiento del río Mapocho.

En diciembre de 1598, con el objetivo de aplastar la rebelión, la expedición de Óñez de Loyola continuó su marcha para alcanzar las arriesgadas ciénagas de Lumaco y Tucapel, bastión de los araucanos. Estaba revisando el estado de las fundaciones más meridionales: Valdivia, Osorno, Villarrica y La Imperial. A la vez, trataba de incorporar a cuantos soldados pudiese a fin de aumentar su reducido batallón y continuar la expedición.

BATALLA DE CURALABA

Se encontraba en La Imperial cuando llegó un mensajero desde la villa Los Confines de Angol, fundada por Valdivia en 1553, que pedía la rápida ayuda del gobernador a petición del capitán Hernando Vallejo. Las tribus de Purén se habían sublevado y amenazaban aquel baluarte hispánico. A toda diligencia, el 21 de diciembre partió Óñez de Loyola al mando de una fuerza de auxilio compuesta por unos 150 soldados españoles y 300 indios auxiliares.

Esta zona entre los bastiones de La Imperial y Angol estaba siendo muy disputada en lo que fue toda la Guerra de Arauco. Su riesgo incrementaba al estar formada por abundantes ciénagas y humedales de difícil recorrido, entre los ríos Lumaco y Tucapel.

La noche del 22 de diciembre, la expedición decidió pernoctar en un paraje llamado Curalaba, que en idioma mapuche significa "piedra partida". Estaba ubicado junto al río Lumaco, rodeado de cerros abruptos, en un lateral del Camino Real. A poca distancia se podían ver las ruinas del fuerte Lumaco (San Salvador de Coya), fundado el año anterior y arrasado por los indios mapuches unos días antes. Por tanto, la opción más favorable para Óñez de Loyola era acampar a las afueras y confiar en la superioridad de las armas españolas.

Pero, una avanzadilla de centenares de guerreros mapuches al mando de los tokis Paillamapu y Pelontrarü avanzaban hacia el campamento expedicionario, mientras por otro lado los de Ankanamün y Huaquimilla pretendían rodearlo. En la madrugada del 23 de diciembre, estos lanzaron un sorpresivo ataque sobre el desorganizado campamento español. Los soldados españoles no tuvieron tiempo ni para cargar los arcabuces, ponerse armaduras o poner la silla a los caballos, y algunos trataron de huir despeñándose por un barranco cercano. El capitán general y gobernador de Chile, Martín García Óñez de Loyola, alcanzaba la muerte por el golpe de una macana y una lanza de Ankanamün, durante la Emboscada de Curalaba.

ÓÑEZ DE LOYOLA Y LA BATALLA DE CURALABA

Murieron todos los expedicionarios, el corregidor Juan Guirao de Angol, el capitán Antonio de Galleguillos y Villegas, los indios auxiliares, y los sacerdotes Miguel Rosillo y Juan de Tovar, de la Orden de San Francisco, siendo este último más tarde considerado un mártir en la evangelización chilena. Según la tradición, sobrevivieron solo dos españoles, el clérigo Bartolomé Pérez y el soldado Bernardo de Pereda. El toki Pelontrarü que ya guardaba el cráneo de Valdivia, añadió el de Óñez de Loyola.

Con esta victoria de los indios araucanos, la rebelión se extendió a todos los bastiones españoles al sur del río Biobío. Las siete ciudades destruidas fueron: Arauco, Tucapel, Angol, Imperial, Villarrica, Valdivia y Santa Marina, además de la ya tomadas Lumaco y Osorno. Solo sobrevivió Castro, por su condición insular en Chiloé.

La desastrosa campaña generó un efecto desmoralizador en los gobernadores chilenos y virreyes peruanos, quienes olvidaron la idea de colonizar la región de la Araucanía. Se limitaron a defender lo conseguido mediante la organización de un ejército profesional permanente al mando del general Diego de Ribera, veterano de las guerras en Flandes. También se implementó una estrategia de pacificación mediante parlamentos con los tokis araucanos.

Por tanto, la Capitanía General de Chile quedaría formada por los territorios al norte del río Biobío, además de la isla de Chiloé. En 1645, se refundó la ciudad de Valdivia, y en el siglo siguiente se estableció el Camino Real que uniría la isla chilota y las principales ciudades de la capitanía general.

MATRIMONIO ENTRE MARTÍN GARCÍA ÓÑEZ DE LOYOLA Y BEATRIZ CLARA COYA

POLÉMICA DE LA CIENCIA ESPAÑOLA


¿Existe una ciencia española? ¿Qué ha aportado España a las diversas ramas del saber científico a los largo de la historia? ¿Los intelectuales y científicos españoles han tenido la suficiente altura en sus conocimientos y aportaciones como para dejar una huella indeleble en el saber universal?

Estas preguntas y sus posibles respuestas originaron y originan una serie de investigaciones y debates con el objetivo de clarificar cuál era y cuál es la situación real y la categoría de nuestros conocimientos científicos. La polémica no sólo se reduce a examinar las posibles aportaciones, ya que con el tiempo, los interesados analizaron también las causas sociales y estructurales que pudieron imposibilitar el desarrollo de nuestro quehacer científico.

POLÉMICA DE LA CIENCIA ESPAÑOLA

Como ha ocurrido en diferentes ocasiones a la largo de la Historia, las potencias occidentales han infundado una mala imagen de España, de sus costumbres y de su ciencia. Falacias que se convirtieron en tópicos de una Leyenda Negra que, hasta la actualidad, parte del pueblo español ha asumido dichos mitos sin ningún esfuerzo de verificación histórica.

Otros españoles, en cambio, prefirieron combatir esta mala prensa extranjera. Un pionero de este tipo de literatura patriótica podría considerarse a Francisco de Quevedo con su España defendida, publicada en 1609.

Pero el origen de la polémica se encuentra en la figura de Nicolás Masson de Morvilliers, quien publicó su Enciclopedia Metódicaeditada por Charles-Joseph Panckoucke en París, en 1782que fue sucesora de la Enciclopedia de D'Alembert y Diderot. En su entrada dedicada a España de la sección de Geografía Moderna, se preguntaba:
"Pero, ¿qué se debe a España? ¿Desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace seis, ¿qué ha hecho por Europa?..." 
"En España no existen ni matemáticos, ni físicos, ni astrónomos, ni naturalistas. Sin el auxilio de otras naciones no tiene nada de los que se precisaría para hacer una silla... En todo es un niño que tiene necesidad de crecer todavía."
Movilliers calificaba a España con epítetos como "pueblo de pigmeos" o "la nación más ignorante de Europa".

Lo que había pasado en España, en comparación con la potencia intelectual que se había convertido Francia durante el Siglo de las Luces de la Razón, es que su desarrollo científico había avanzado mucho, pero la información se transmitía con lentitud. El resto de potencias europeas desconocieron por cierto tiempo el esfuerzo que estaba realizando. Por otra parte, el ambiente prerrevolucionario francés perjudicó también a España.

Los españoles se dividieron en defensores y denigradores de su propia nación: apologistas y detractores. También en el extranjero surgieron españoles y no españoles que se sumaron al debate. Varios ilustrados españoles reaccionaron con la pluma a la afrenta de Movilliers, demostrando la contribución de su patria en las humanidades y las ciencias.

La respuesta no se hizo esperar y comenzaron a publicarse artículos en los que aparecen glosas e inventarios de nuestras aportaciones a la cultura universal. El primero en responder fue el botánico español, residente en París, Antonio José de Cavanilles, que publicó Observations de M. L'abbé Cavanilles sur l'article Espagne de la Nouvelle encyclopédie, en 1784, enumerando indiscriminadamente algunos autores contemporáneos.

Ese mismo año, un abate piamontés residente en la Corte de Federico II de Prusia, Carlos Deninapronunció un discurso Reponse á le question "Que doit-on á l'Espagne?", en sesión solemne de la Academia de Ciencias de Berlín. Afirmaba que España había hecho por Francia más que Francia por las demás naciones, aunque reconociendo que había decaído durante los últimos tiempos, especialmente en el plano científico.

Entre los denigradores estuvo Luis Cañuelo, quién criticó la general incultura de los españoles en El Censor, publicado en Madrid en 1786. Al menos, reconocía que en España siempre hubo una minoría de intelectuales a la altura de cualquier país europeo.

Más contundente fue Juan Sempere y Guarinos, en Ensayo de una biblioteca española de los mejores escritores del reinado de Carlos III, publicado en Madrid entre los años 1785 y 1789. Responsabilizó del temor a toda innovación al espíritu partidista, la presunción y el catolicismo inquisitorial.

Como este debate se había convertido en una cuestión patriótica, en 1786, la Real Academia de la Lengua Española organizó un concurso público que consistía en redactar una respuesta apologética a la afrenta de Morvilliers en defensa de la tradición cultural y de la ciencia española, sin ninguna retribución económica al ganador. Juan Pablo Forner entregó la obra con la que pasaría a la historia: Oración apologética por la España y su mérito literario. El conde de Floridablanca, secretario real de Carlos III, quedó tan entusiasmado por el alegato de Forner que decidió publicarlo y otorgarle un premio de 6.000 reales.

La Oración apologética es una obra más oratórica que histórica, pues minusvalora la filosofía, y basa las ciencias y las artes en la utilidad y la virtud. Forner defendió a la cultura y literatura nacional, haciendo mención especial al literato Miguel de Cervantes, al humanista Luis Vives y a su promotor Floridablanca, aunque reconoció que nunca hubo un científico del nivel de Isaac Newton o un filósofo como Leibnitz. Destacó la contribución al Escolasticismo, ciencias sagradas, moral, derecho, náutica, arte militar, medicina, lógica, jurisprudencia, etc. Es un obra típica de la Ilustración de su tiempo, pues exaltaba las ciencias prácticas. Recibiría los reconocimientos del marqués de Valmar, Menéndez Pelayo, Wenceslao Ayguals de Izco y otros conservadores españoles.

ORACIÓN APOLOGÉTICA POR LA ESPAÑA Y SU MÉRITO LITERARIO

Frente a esta posición patriótica o paternalista fue Cañuelo quien, a través de la revista El Censor, dirigió sus ataques contra el atraso de las instituciones, subrayando su feudalismo.

Comenzaba un debate que no sólo trataba de ver lo que se ha aportado, sino también de si era posible aportar algo, e incluso si era conveniente de acuerdo con nuestra idiosincrasia. No obstante, como consecuencia de esta polémica, se inyectó en la España de entonces una sabia muy positiva, que conllevó un gran florecimiento artístico y científico.

La conocida como "polémica de la ciencia española" se estancó durante alguna décadas hasta experimentar un relanzamiento tras la Guerra de la Independencia española entre los años 1808-1014. Se produjo con un enfoque distinto, basado en una crítica constructiva para aportar soluciones al estancamiento del desarrollo científico nacional con respecto a otras naciones de Europa o a mejor el nivel cultural de la población. Es interesante a esta cuestión el plan de instrucción publicado, presentado por el poeta José Quintana ante las Cortes de Cádiz.

Con el avance del siglo XIX y la aparición de unas nuevas condiciones sociales más favorables, el conocimiento científico fue recibiendo un fuerte empuje mediante la fundación de academias y facultades. Entre las mismas son destacables la Escuela de Ingenieros, el Instituto Geológico y Minero, el Instituto Geográfico y Catastral, y las Academias de Ciencias y Letras.

Tras la instauración del Estado liberal en 1833, la polémica de la ciencia española tuvo lugar entre conservadores, que defendían el Antiguo Régimen absolutista, y liberales, que estaban a favor del Estado liberal. Un debate más, como los hubo en siglos anteriores, sobre la contribución nacional al acerbo europeo y occidental en Ciencias y Humanidades.

Varios nombres destacaron en el nuevo enfoque de la polémica, cuyo objetivo central será analizar mejor la situación científica presente como base y programa de un mejor desarrollo que facilite las vocaciones y las investigaciones. Así, n su discurso de ingreso en la Academia de las Ciencias,
Antonio Ramón Zarco del Valle indicó las excelentes condiciones climáticas, geográficas y físicas en que se encontraba España y que facilitaba enormemente el progreso de las ciencias.

Otra visión esperanzadora la ofreció José de Echegaray en un discurso sobre la Historia de las matemáticas puras en nuestra España. Aunque reconocía la falta de tradición española en las matemáticas y ciencias puras, reafirmaba su esperanza de recuperar el tiempo perdido para situar a España al mismo nivel que las europeas.

Tan esperanzadoras palabras recibirían una crítica más virulenta en la segunda mitad del siglo XIX, especialmente por los llamados krausistas, aquellos filósofos españoles de tendencia europeista y defensores de las ideas de Karl Krause. Sostenían que la causa del atraso científico se debía principalmente a la intolerancia religiosa.

Uno de ellos, Manuel de la Revilla, aseguró que España no había colaborado en nada al progreso científico europeo, un atraso mantenido durante la Edad Moderna. La causa principal fue la intransigencia de la Iglesia católica ejercida a través del riguroso control de la Inquisición sobre toda obra científica que pudiese aportar novedades y el despotismo de determinadas épocas de la historia de España.

Ante esta ofensa, el historiador y filósofo Marcelino Menéndez y Pelayo refutó al krausista señalando la tradición y lucidez del quehacer científico, aparte de sus innumerables aportaciones. En su artículo Masson redivivo, aludía al ilustrado francés del siglo XVIII, Nicolas Masson de Morvilliers, que abrió aquella polémica con su pregunta ¿Qué ha hecho España por Europa?, en esta ocasión recuperado en la persona de Manuel de la Revilla. Ese texto quedó englobado en su obra La ciencia española, publicado en 1876, en el que reivindicaba la existencia de una tradición científica española, en un estilo hiperbólico.

El motivo de la aversión de Menéndez Pelayo a los krausistas era su continua apología a la producción intelectual y científica de otros países e ignorancia o desprecio de la propia.
"... estimar en poco el rico legado de nuestros padres, despreciar libros que jamás leyeron, ver con burlona sonrisa el nombre de Filosofía española."
Su patriotismo le hizo reaccionar mediante la edición de La ciencia española, escribiendo contra ellos:
"Nuestros flamantes filósofos desprecian a los antiguos sabios españoles porque fueron católicos y escribieron bajo un gobierno de unidad religiosa y monárquica."
Aludiendo a eruditos de la talla de Ramón Llull, Luis Vives o Francisco Suárez escribió:
"Nadie procura enlazar sus doctrinas con las de antiguos pensadores ibéricos, nadie se proclama luliano, ni levanta bandera vivista, ni se apoya en Suárez; y la ciencia española se desconoce, se olvidan nuestros libros, se los estima de ninguna importancia."
Como consecuencia de aquel debate entre Manuel de la Revilla y Marcelino Menéndez y Pelayo, surgió toda una literatura defendiendo ambas tesis, es decir la existencia o no de una ciencia propiamente española. Los resultados de todo ellos resultaron positivos.

Según Ernesto García Camarero, autor de la obra La Ciencia española entre la polémica y el exilio:
"Se va perfilando la necesidad de estudiar científicamente la historia de la ciencia..., quedando claro que, si bien nunca han faltado cultivadores de la ciencia en los últimos siglos, la aportación española a la ciencia universal es muy reducida."

LA CIENCIA ESPAÑOLA ENTRE LA POLÉMICA Y EL ÉXITO

También fue relevante el artículo de José del Perojo aparecido en la Revista contemporánea, el 15 de abril de 1877, con el título La ciencia española bajo la Inquisición. Analizó casi de forma exhaustiva no sólo el contenido de la polémica, sino también las aportaciones nacionales y extranjeras a todas las disciplinas del saber, dando a entender la situación de atraso de la ciencia nacional.

Menéndez y Pelayo siguió siendo el gran valedor e historiador de la ciencia y cultura, cuya defensa fue concebida casi como un deber patriótico. En 1894, escribió otro polémico artículo en la publicación España Moderna, con el título Esplendor y decadencia de la cultura científica española. Lo más destacable fue el punto de vista personal con el que terminaba su artículo:
"Cuando tengamos una facultad de ciencias (basta una) constituida de esta suerte, y cuando en el ánimo de grandes y pequeños penetre la noción del respeto con que estas cosas deben ser tratadas, podremos decir que ha sonado la hora de la regeneración científica de España. Y para ello hay que empezar por convencer a los españoles de la sublime utilidad de la ciencia inútil."

A toda esta problemática no es ajeno el estado de decadencia intelectual en que se encontraba la Universidad española de finales de siglo. En 1876, un grupo de catedráticos, que fueron expulsados o dimitidos de las universidades oficiales por razones ideológicas, fundaron la Institución Libre de Enseñanza. Esta institución universitaria paralela impulsó la polémica, dada su preocupación por la formación de los jóvenes y futuros científicos.

Innumerables artículos sobre el tema continuaron apareciendo en un intento de clarificar posturas. Uno de ellos fue la conferencia pronunciada en Madrid por José R. Carracido en el Ateneo, en 1896, con el título Las condiciones de España para el cultivo de las ciencias, en donde se señala que:
"... si estuvimos postergados en la producción científica fue por efecto de condiciones accidentales, pero fundamentalmente en nada somos inferiores a los pueblos que forman hoy la vanguardia de la civilización."
También fue relevante el discurso de ingreso en la Academia de Santiago Ramón y Cajal, bajo el título de Deberes del Estado en relación con la producción científica. Analiza las causas del atraso científico, sus orígenes físicos, históricos y morales, así como sus posibles remedios. Era partidario de una revolución científica desde el gobierno, que debía trazar un plan y su correspondiente financiación para salir de la situación de crisis.

Por último, también fue relevante en este periodo el artículo del astrónomo José Comas y Solá publicado en La Vanguardia de Barcelona, el 28 de noviembre de 1899, con el título de Nuestra decadencia, y en el que se critica la anquilosada y rutinaria cultura científica, confiando en una reacción moral que la supere.

Así, el siglo XX se inició con la participación en el debate de un genio iluminador en esta materia, el médico Santiago Ramón y Cajal. Su discurso de ingreso en la Academia causó la actuación del gobierno y mediante Real decreto de 11 de enero de 1907 se fundó la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, bajo su presidencia. Esta institución pretendía ser la base de un nuevo surgir científico nacional a través de relaciones profesionales con los principales focos de irradiación de ciencia en Europa.

Gracias a esta Junta, apareció una generación de investigadores con una gran vocación y esforzada dedicación. A pesar de los escasos medios con que se contaban, supieron elevar al nivel cultural y científico en todos los órdenes.

LA CIENCIA ESPAÑOLA

Al margen de los debates y polémicas entre intelectuales, durante el siglo XX fueron apareciendo estudios sobre los inventos y avances al desarrollo científico y contribuciones al ámbito filosófico y cultural realizados por españoles en los siglos de la Edad Moderna. Aquellos hechos fueron olvidados o no fueron puestos en consideración por las autoridades españolas como habían estado haciendo las de otros países. 

Por otra parte, España tuvo otras particularidades sociopolíticas que la diferenciaban del resto, que fueron las concernientes a su proyección ultramarina, el descubrimiento geográfico del mundo, la fundación de virreinatos, y la militarización de la ciencia. Esta peculiaridad generó un avance enorme en el conocimiento geográfico, el conocimiento antropológico de los pueblos indígenas americanos y el estudio de las tierras descubiertas en materias relacionadas con las ciencias naturales.

En este ambiente de recuperación científica y revisionismo historiográfico, surgió un grupo de historiadores de la ciencia, cuyos principales artífices fuero Julio Rey Pastor y Francisco Sánchez Pérez y Vera. De hecho, Rey Pastor fundó la Asociación de historiadores de la ciencia española, en 1934.

Frente a la tesis de Unamuno de "que inventen ellos, para aprovecharnos nosotros", este innumerables grupo de jóvenes investigadores supo dar nivel internacional a sus nuevas aportaciones, elevando nuestro país a la categoría científica que merecía. En un artículo publicado por Rey Pastor en 1953 describía la situación:
"En oposición a la España introvertida, que deseaba Unamuno, poblada de faquires acurrucados al sol y derviches hirsutos de báculo rascador, consagrados a meditar sobre el enigma de la muerte, surgió una generación vigorosa y optimista que trabajó con tesón hasta lograr el ingreso de España en la comunidad internacional de la ciencia..."
Uno de los grandes inspiradores de la nueva corriente científica fue el filósofo José Ortega y Gasset, quien aseguraba que el resurgir científico era la única garantía de supervivencia moral y material de España.

Así pues, el eje central de la polémica cambió de rumbo: la discusión consistía ya en lo que España aportó o no en el pasado, sino en el planteamiento de las bases culturales y sociales sobre las que debe construirse la nueva tendencia y los métodos más útiles para alcanzarlo lo antes posible. En una cosa estaban todos de acuerdo, el progreso del país exige un avance científico inmediato, por lo que se impuso la ejecución de una urgente planificación de acuerdo con las necesidades del mismo.

Solo así se podría avanzar y cumplir el deseo del filósofo Ángel Ganivet:
"Algún día vendrá el saber y, entonces, todo se andará."

LA VERDADERA CIENCIA ESPAÑOLA

SUBMARINO DE PROPULSIÓN ANAERÓBICA DE COSME GARCÍA SÁEZ


Cosme García Sáez es conocido por ser uno de los primeros ingenieros en desarrollar un submarino de propulsión anaeróbica en 1860, fabricado en Barcelona, que denominó Garcibuzo. Fue bota con resultados favorables el mismo año que el Ictíneo de Narcís Monturiol y precediendo al sumergible de Isaac Peral en 1888.

Además, inventó una imprenta portátil con mejoras en los caracteres, un sistema de timbre para sellar cartas con tinta utilizado en las oficinas del Servicio Nacional de Correos, y tres versiones de un fusil carabina de retrocarga elaborado en la Fábrica de Armas de Oviedo para el Ejército español, en 1863.

SUBMARINO DE PROPULSIÓN ANAERÓBICA DE COSME GARCÍA SÁEZ

Cosme García Sáez nació en Logroño en 1818. Pertenecía a una familia modesta, en la que su padre falleció cuando tenía quince años, por lo que tuvo que ocuparse de su madre y hermanos. Con diecinueve años, contrajo matrimonio con Úrsula Parres, y con quien tuvo cuatro hijos en los siguientes años.

Había sido soldado en la compañía de tiradores del Batallón de Murcia y después en la Milicia Nacional Urbana, al menos hasta 1843, aunque también trabajaba como carpintero de guitarras de madera, oficio que había aprendido de su difunto padre.

En 1854, vivía en Madrid, donde estuvo trabajando en una imprenta que realizaba las tiradas de varios diarios y en la regencia de la Imprenta Nacional. Pero su principal inquietud y vocación fue la de construir inventos y aplicar mejoras en instrumentos que fuese beneficiosos para la vida de las personas.

El 16 de mayo de 1856, patentó tres inventos: una imprenta portátil, una máquina de sellar, y un tipo de fusil.

BOLETO DE COSME GARCÍA SÁEZ

La invención de la imprenta portátil estaba relacionada con su trabajo en la Imprenta Nacional. En esta introdujo mejoras en la fundición de los caracteres de imprenta. Constaba de un receptáculo para la tinta, un cilindro y varios rodillos tomadores y distribuidores de la tinta sobre la platina, desde se encontraba establecido el carácter, y exenta de cintas. Desde uno de los laterales, sobresalía una manivela adosada a una rueda que al girarla se ponía en movimiento los rodillos y en funcionamiento todo el sistema. Diseñó una imprenta con caracteres del alfabeto griego por encargo del rector de la Universidad Central de Madrid, donde se imprimió la gramática griega del catedrático Lázaro Bardón, entre otras publicaciones.

Tuvieron mayor éxito las máquinas de timbre para sellar cartas y postales, que se utilizó en las oficinas del Servicio Nacional de Correos, durante más de veinte años. Se componía de una armadura de hierro, un émbolo y varios rodillos que recogían y distribuían la tinta almacenada en el bote sobre una platina de bronce. Permitía sellar cartas con total limpieza en la estampación de sellos. Otro invento relacionado fueros las máquinas de timbrado de la Casas de la Moneda.

La tercera de estas patentes estuvo relacionada con sus servicios en los cuerpos militares de Murcia en los que sirvió años ante. Se trataba de una carabina de retrocarga, que no consiguió un contrato por parte del Ejército español después de haberlo presentando.

La carga de munición del fusil consistía en girar a la derecha la palanca, que permitía que el tornillo se aflojase y dejase el tambor libre. Este se giraba por medio de un pulsador que dejaba descubierta la recámara. Después se introduce el proyectil del calibre adecuado. Una vez cargado, se gira el tornillo sobre su tuerca en el sentido contrario al de la palanca, y así ajustaba el tambor.

SELLOS DE COSME GARCÍA SÁENZ

En uno de los viajes que hizo a Barcelona para explicar el manejo de su fusil de retrocarga, empezó a planificar la construcción de un prototipo de embarcación sumergible. Esta nave experimental fue desarrollada en el taller Maquinista Terrestre y Marítima de la ciudad condal. Tan solo era un bote de metal cerrado y propulsado por remos articulados desde el interior, es decir, de propulsión manual. Tenía 3 metros de eslora, 1,5 de manga y 1,5 de puntal.

En 1858, realizó sus primeras pruebas en el puerto de Barcelona. No era nada práctico y útil esta nave experimental, pero fue suficiente para que García se lanzase a construir otro más eficiente, en un proyecto más ambicioso. Para esta aventura le acompañaba su hijo mayor Enrique.

Esta nueva versión de submarino fue denominada Garcibuzo. Fue construida en la misma factoría de Barcelona. Tenía 6 metros de eslora, 2 de manga, 1,75 de manga y 2 de puntal, y también era totalmente metálico. Su casco estaba hecho de chapa de hierro, tenía una capacidad interior de dos tripulantes, que además de manejar la dirección, tenían que girar una hélice con fuerza pues era el motor de propulsión de la nave.

Tenía una entrada en la cubierta del casco que se cerraba de forma hermética desde el interior. En los laterales, hay dos remos para girar la nave, cerca de la proa había otros dos remos para mantenerlo y hacerlo descender o elevar, y la hélice estaba en la popa. El casco disponía de varias escotillas, distribuidas por los laterales y otras partes para poder ver el exterior. En el interior, había dos tanques ubicados en un segundo fondo, cuya utilidad era la de hacer descender o elevar la nave.

PLANOS DEL SUBMARINO GARCIBUZO DE COSME GARCÍA SÁEZ

A inicios del 1859, se realizaron las primeras pruebas en el puerto. El 8 de mayo de 1860, fue patentado en España con el nombre de Aparato-Buzo, y el 16 de noviembre del mismo año también en Francia con el nombre de Bateau Plongeur.

En verano de aquel 1859, García trasladó por tierra hasta el sumergible desde Barcelona hasta puerto de Alicante. Desde allí siguió un completo programa de ensayos. El 4 de agosto de 1860, García y su hijo efectuaron el examen oficial ante una comisión de científicos marinos, autoridades locales y curiosos. El acta de la Comandancia de Marina aseguró que las pruebas fueron aprobadas. Había permanecido sumergido durante tres cuartos de hora de forma constante, maniobraba y se desplazaba sin problemas tanto por la superficie como por el fondo marino.

En aquel momento, el Garcibuzo de García competía con el Ictíneo I de Narcis Monturiol para que la Real Armada española lo adoptase y desarrollara como prototipo de submarino oficial. No tenía mucho tiempo y en vista del buen resultado, se dispuso a construir otra nueva versión con nuevas incorporaciones.

El nuevo Garcibuzo iba a tener una utilidad de combate, equipado con un cañón de retrocarga que disparase por aberturas a proa y popa. Otra novedad fue su forro metálico de cobre. Fue trasladado a la Corte de Isabel II, y presentado a la reina. Aunque fue recibido con entusiasmo y admirado por su ingenio, el gobierno de Leopoldo O’Donnell le advirtió que el Estado no podía ni comprar su sumergible ni adoptarlo para ser desarrollado por la Marina. La principal fue el fuerte endeudamiento del Ejército debido a la Guerra de África de 1860-1861, pero también sería por la preferencia del proyecto de su competidor Narcís Monturiol.

Tras patentar su tercer sumergible en Madrid, marchó a París donde lo hizo el 5 de mayo de 1861. La Marina francesa estaba interesada en ponerse a la vanguardia en este tipo de barcos sumergibles aún por desarrollar. Por eso, García fue recibido por el gobierno de Napoleón III, y sus técnicos se mostraron agradecidos, pero ya tenían su propio proyecto de ingeniería submarina en marcha, que también llegó a fracasar.

RÉPLICA DEL SUBMARINO GARCIBUZO DE COSME GARCÍA SÁEZ

García estaba fracasando con su sueño de convertir su prototipo de submarino en una realidad, después de haber invertido todo el dinero ganado con la máquina de sellar de Correos. Aún tuvo esperanzas cuando patentó otros modelos del anterior fusil de retrocarga aún mejorados.

El segundo fue patentado el 1 de junio de 1863, el que tuvo realmente un cierto éxito. Tras pasar los análisis pertinentes por los comisionarios del Ejército española, consiguió que se la se fabricaron 500 unidades en la Real Fábrica de armas de Oviedo con destino a dos batallones de cazadores. Permitía disparar más de 3.000 balas sin que se atascara o hubiese que limpiarlo. La mayoría de estas unidades se perdieron durante la Revolución de la Gloriosa, aunque en los museos militares nacionales se conservan algunas. Al entrar la Primera República, en 1873, se modificó el reglamento de los armamentos y la carabina de García quedó desplazada.

En 1874, Cosme García Sáenz murió a los 55 años de edad, estaba arruinado y sufría una depresión por haber dedicado toda su vida y patrimonio en el cumplimiento de sus objetivos profesionales, sin conseguirlo.

Su hijo Enrique García Parres continuó la actividad que había aprendido de su padre, a quien acompañó en los ensayos del submarino y en las pruebas del fusil en la fábrica de Oviedo. El Garcibuzo quedó anclado en el puerto de Alicante, hasta que fue hundido en su fondo marino por Enrique, porque no podía pagar las tasas de anclaje a las autoridades portuarias.

Durante la Guerra hispano-estadounidense, volvió a ofrecer el proyecto del submarino Garcibuzo a la Comandancia de la Marina para defender las costas españolas en Cuba, Filipinas y Puerto Rico. Coincidió con este objetivo el ingeniero Antonio Sanjurjo Badía, quien también ofreció su modelo de submarino para que España ganase la contienda, pero obteniendo el mismo resultado. El Desastre de 1898 anticipaba el rechazo a ambos proyectos submarinistas.

PLANO DEL SUBMARINO GARCIBUZO Y COSME GARCÍA SÁEZ

En el siglo XX, se homenajeó a la figura de García Sáenz mediante diversas acciones:

En 1917, la Real Armada española contrató la construcción y compra de un submarino de la clase F a un astillero italiano, cuyo nombre fuer Cosme García A2.

En 1972, tuvo la compra del segundo de estos submarinos, con el nombre Cosme García S-34.

En 1985, se abrió el Instituto Cosme García Sáenz de educación secundaria en su ciudad natal, Logroño.

En 2026, se nombró Cosme García S-83 al submarino de la Armada española de la clase S-80, que fue construido en el astillero de Navantia, en El Ferrol.

SUBMARINO COSME GARCÍA S-34

RACIONALISMO EXISTENCIALISTA DE ANTONIO GÓMEZ PEREIRA


Médico y mercader de profesión, Antonio Gómez Pereira fue un humanista que se dedicó también a la filosofía y la ingeniería, y escribió dos destacadas obras:

Novae Veraeque Medicinae sobre medicina, en 1558, demostró ser un pionero en rechazar los conceptos clásicos y medievales como Aristóteles y Galeno, proponiendo la aplicación del Método empírico-analítico como base de investigación. Abordó la relación que existe entre la fiebre y las enfermedades en el cuerpo humano.

Antoniana Margarita sobre filosofía, en 1554, fue precursor del Método racionalista y precedente de la corriente cartesiana. Suya fue la cita "Pienso, luego existo", por lo que está considerado el más genuino de los precursores de René Descartes, quien copió esta máxima en su Discurso del método, en 1637.

RACIONALISMO EXISTENCIALISTA DE GÓMEZ DE PEREIRA

Antonio Gómez Pereira nació en Medina del Campo (Valladolid), en 1500. Posiblemente fuese descendiente de una familia de judíos conversos procedentes de Portugal y dedicados al comercio textil, era el segundo de cinco hermanos.

Estudió filosofía natural en la Universidad de Salamanca, siendo discípulo del profesor Juan Martínez Silíceo, posterior arzobispo de Toledo, e intervino en las disputas entre teólogos realistas y nominalistas, inclinándose por la defensa del Nominalismo. También estudió medicina en la misma universidad.

Tras concluir los estudios en 1520, regresó a Medina donde trabajó como médico. Mientras, se ocupaba de los negocios familiares relacionados con las telas y los tejidos, otros propios de bodegas y vinos, y se relacionaba con mercaderes que comerciaban en la Feria de Medina, una de las más importantes de España. Como médico alcanzó gran fama, llegando a ejercer en Burgos, Segovia, Ávila y otras ciudades importantes de Castilla, incluso en la Corte de Felipe II.

Como ingeniero elaboró algunos aparatos hidráulicos. El más relevante fue un molino de sifón capaz de moler con la fuerza del agua sin ocupar el cauce del río Zapardiel que fue diseñado junto al ingeniero Francisco Lobato, que patentado en 1563.

UNIVERSIDAD DE SALAMANCA

Pero Gómez Pereira ha pasado a la Historia sobre todo por sus ideas filosóficas, que dejó escritas principalmente en dos destacadas obras: Antoniana Margarita y Novae veraeque Medicinae. En él influyeron clásicos como Aristóteles y Platón, y escolásticos como Averroes, San Agustín y Ockam. En la Edad Moderna se le consideró miembro de la Escuela de Salamanca.

Su original pensamiento surgió de la unión de filosofía y medicina, que rechazaba el criterio de autoridad de los teólogos clásicos y medievales frente al conocimiento mediante la aplicación de la razón, la lógica y la experiencia. Así, combatió el supremacismo que tradicionalmente estaban ejerciendo Galeno en la medicina y Aristóteles en la filosofía, para optar por el Razonamiento como principal guía de conocimiento de las ciencias humanas.

Para la exposición de sus ideas recurría con frecuencia al uso de paradojas y silogismos que describían los errores de aquellos a quienes cuestionaba, en un tono más crítico que positivo.

El historiador y ensayista Marcelino Menendez Pelayo afirmó que:
"En psicología experimental, Gómez Pereira está, a no dudarlo, más adelantado que la filosofía de su tiempo, más que la del siglo XVII, más que Bacon, más que Descartes. Ninguno observa como él los fenómenos de la inteligencia."

ANTONIO GÓMEZ DE PEREIRA

Novae Veraeque Medicinae Prima Pars fue escrita en latín y publicada en Medina del Campo, en 1558. Es un tratado exclusivamente médico, nada filosófico.

Es un estudio sobre el origen de las fiebres y la tipología de varias enfermedades, como la lepra o la viruela. Para el estudio de la ciencia, utilizó el Método empírico y racional, basándose en su experiencia profesional como criterio supremo de verdad, y desarrolló métodos curativos sencillos. Por el contrario, rechazaba los tradicionales textos de los maestros medievales y de los clásicos de la medicina como Aristóteles y Galeno. Así lo expresó: "En no tratándose de cosas de Religión, no me rendiré al parecer y sentencia de algún filósofo, si no está fundado en la razón."

Gómez Pereira consideraba que el calor que emana un cuerpo humano cuando tiene fiebre es la reacción como sistema defensivo para expulsar la enfermedad que le afecta, con la finalidad de que el organismo restablezca su equilibrio natural. Se trata de una concepción totalmente moderna de la fiebre como un efecto generado por el cuerpo para erradicar las enfermedades. Llegó a elaborar conclusiones a cerca de las enfermedades que años más tarde fueron elogiadas por el historiador y médico del periodo ilustrado Antonio Hérnández Morejón.

ANTONIANA MARGARITA, POR ANTONIO GÓMEZ DE PEREIRA

Antoniana Margarita fue también escrita en latín y publicada en Medina del Campo, en 1554. Fue titulada así en memoria de sus padres Antonio Pereira y Margarita de Medina, y dedicada a su maestro salmantino Juan Martínez Silíceo. Pero el subtítulo explica a quienes está dirigido este trabajo: Opus nempe phisicis, medicis ac teologis, non minus utile quam neccessarium (Una obra tan útil como necesaria a médicos, físicos y teólogos).

Es un tratado realmente filosófico, de orientación nominalista por influencia de Martínez Silíceo, una mezcla de psicología y metafísica. Expuso ideas que parten del Empirismo hasta acercarse al Materialismo. Se desarrolla en base a tres temas principales: el "automatismo de las bestias", la teoría del conocimiento humano y la inmortalidad del alma.

Su estructura es anárquica, sin apartados ni capítulos, ya que al ser un cristiano nuevo (judeoconverso), Gómez Pereira quiso esconder de alguna manera sus razonamientos personales, evitando el riesgo de ser perseguido por alguna institución eclesiástica.

En teoría del conocimiento defendió el método psicológico de la observación interior, un principio de los nominalistas, identificando intelección e inteligencia, negando el sentido común, y admitiendo la imaginación o fantasía como facultad interior. No admitió por tanto distinción real entre la facultad sensitiva y la intelectiva, ni entre el conocimiento de lo singular y el conocimiento por reflexión. En suma, el médico de Medina redujo todos los fenómenos psicológicos al pensamiento, y éste para él no es otra cosa que el alma misma modificada diversamente por los objetos.

Pero su importancia está en que abordó por primera vez en la historia de la filosofía una serie de cuestiones sobre psicología experimental y, sobre todo, porque despreciaba a los filósofos clásicos como base de conocimiento, prefiriendo el Razonamiento crítico. Se esforzó en buscar por sí mismo la verdad, mediante la observación atenta de la naturaleza y de los fenómenos conscientes.

En su obra, ya advertía al lector la importancia de la observación interna para el estudio de la ciencia psicológica:
"Antes de explicar las funciones internas y externas del debo advertir que juzguen de la verdad de lo que voy a exponer por lo que ellos mismos en el sentir o en el entender hayan experimentado, porque no se trata aquí de esta o la otra situación del orbe en que es preciso dar crédito a aquellos que la han visto, sino que se discuten y explican los actos del alma, de que cada cual tiene conciencia tan clara…, la ciencia psicológica es la más cierta de todas."

Para Gómez Pereira, mediante el conocimiento mismo de cualquier objeto el hombre llega a adquirirlo, puesto que por el mero hecho de existir en nosotros el pensamiento, tiene que existir el alma, es decir, el sujeto pensante.

En el hombre ha de preceder siempre alguna noción de cosa extrínseca al conocimiento con que el alma se conoce a sí misma. Y de aquí se seguirá que esa noción sólo puede servir de antecedente conocido, de donde saque el alma la consecuencia de que se conoce a sí misma, procediendo de este modo: "Conozco que yo conozco algo; todo lo que conoce es; luego yo soy." (Nosco me alquid noscere, et quidquid noscit est; ergo sum.)

Esta doctrina del médico de Medina es igual a la de Descartes y hasta se parece a la del filósofo francés en la forma de la exposición, puesto que Gómez Pereira, al deducir la propia existencia del pensamiento, condensaba su argumentación en un silogismo que viene a coincidir con el famoso cogito; ergo sum del pensador de La Haye Touraine.

RENÉ DESCARTES

En esta obra, Gómez Pereira formuló el célebre principio "pienso, luego existo", elemento esencial del Racionalismo occidental a través de esta sentencia: "Todo lo que conoce existe, luego yo existo." (At quidquid noscit est, ergo ego sum).

Esta máxima fue copiada un siglo después por el filósofo francés René Descartes en su Discurso del método, de 1637, donde escribió una sentencia de igual razonamiento: "Pienso, luego existo." (Cogito, ergo sum). La misma idea de Gómez Pereira, pero acotada y rescrita con otras palabras.

Las semejanzas entre la obra de Descartes y la de Gómez Pereira son evidentes, tanto en el modo de definir el alma de las bestias, su automatismo, como en el método y el silogismo utilizado.

El filósofo español había sido estudiado por numerosos intelectuales de prestigio durante los siglos XVI y XVII. Así, varios eruditos contemporáneos de Descartes, como Pierre Daniel Huet, Isaac Cardoso o François-Marie Arouet Voltaire entre otros, cuestionaron la originalidad y autoría de sus razonamientos, acusándole de haber plagiado a Gómez Pereira. Descartes se defendió asegurando que no conocía la obra del español.

En palabras de Menendez Pelayo, el filósofo Descartes utiliza las mismas palabras y ejemplos que Gómez Pereira:
"Si en las primeras líneas Descartes glosa a G. Pereira, en las últimas compendia lo que había dicho Vallés, copiando hasta sus palabras textuales y sus ejemplos: quare cum illorum peritiam non agnoscamus, superest ut ad peritiam authoris referatur velut quod horologium, motu gnomonis et pulsatione cymbali, metiatur et distinguat nostra tempora, refertur ad peritiam artificis."

El primero en sugerir la excesiva coincidencia con los escritos del español fue obispo de Avranches, Pedro Daniel Huet, primero seguidor y después opositor a la filosofía cartesiana. Este afirmó:
"Nadie defendió con más calor, ni enseñó más a las claras esta doctrina (la del Automatismo) que Gómez Pereira en su Antoniana Margarita, el cual rompiendo las cadenas del Lyceo en que había sido educado, y dejándose llevar de la libertad de su genio, divulgó en España ésta y otras muchas paradojas."

Otra apreciación interesante sobre Gómez Pereira fue la del abate y erudito jesuita Francisco Javier Lampillas, quien afirmó que fue el primer médico en rechazar el Aristotelismo en filosofía y el Galenismo en medicina como bases de conocimiento.

Ante estas acusaciones, Descartes se tuvo que defenderse, por ejemplo, una carta que escribió a su amigo el filósofo y matemático Marin Mersenne, en 1641.

Para otro médico de la Universidad de Cophenague, Olaus Boorrichius, que Descartes hubiera tomado esas ideas sobre el cogito y el automatismo animal sin mencionar a Gómez Pereira suponía un descrédito, como escribió en una de sus epístolas, en 1667.

En cambio, Descartes fue defendido y respaldado por los filósofos de la Ilustración francesa, como el escritor Pierre Bayle, y los enciclopedistas Denis Diderot y Jean Le Rond d'Alembert, quienes realizaron esta reseña en su Enciclopedia:
"Descartes fue el primer filósofo que se atrevió a tratar a las bestias como puras máquinas: pues, Gómez Pereira, que lo dijo un tiempo antes que él, apenas merece que se hable aquí de él, cayó en esta hipótesis por puro azar."

Llegó a ser tanta la influencia de los enciclopedistas que hasta el ensayista ilustrado Benito Jerónimo Feijóo admitió el relato de que Gómez Pereira había llegado por azar a ese razonamiento. Y el filósofo y matemático Gottfried Wilhelm Leibniz afirmó en sus correspondencias que las tesis de Descartes son coincidentes con las de Gómez Pereira, pero que no creía que el francés leyese al español previamente, antes de redactar su Discurso del método, ocho décadas más tarde.

Otras críticas efectuadas en España fue la publicación del libro Endecálogo contra Antoniana Margarita, publicado por Francisco de Sosa en 1556, médico contemporáneo de Gómez Pereira y vecino suyo de Medina del Campo. Es un diálogo renacentista en el que realizó una crítica del libro del filósofo mediante la burla y la sátira, para que "sea sepultado en los infiernos".

ANTONIANA MARGARITA, POR ANTONIO GÓMEZ DE PEREIRA

Claro que tampoco fueron los primeros en proponer esta idea. Los teólogos escolásticos San Agustín y Santo Tomás ya habían abordado la imposibilidad de dudar de la propia existencia, basándose en que la afirmación de ésta va implícitamente contenida en todo pensamiento, y, por consiguiente, en el acto mismo de dudar.

San Agustín: "Si me equivoco, existo, pues quien no es, ciertamente no puede equivocarse, y, por lo tanto, existo si me equivoco." (Si enim fallor sum, nam quinon est utique nec falli potest, ac per hoc sum si fallor.)

Santo Tomás: "Nadie puede pensar que no existe con asentimiento, pues en lo que piensa percibe que existe." (Nullus potest cogitare se non esse cum assensu; in hoc enim quod cogitat percipit se esse.)

La citada obra de Pereira únicamente ha sido traducida del latín al español en el año 2000, lo que ofrece una idea de la importancia que se le ha dado en su país natal. Pero, en la actualidad Gómez Pereira no ha sido suficientemente reconocido como el primer intelectual en formular la sentencia "Pienso, luego existo".