EXPEDICIÓN GEOGRÁFICA A CHILOÉ POR JUAN MANUEL DE MORALEDA


José Manuel de Moraleda fue teniente de navío de la Real Armada española, geógrafo y cartógrafo que dirigió la Expedición geográfica al archipiélago de Chiloé de 1786 y la Expedición geográfica a la costa occidental de La Patagonia de 1792, realizando mapas cartográficos, derrotas marítimas y descripciones de las islas y canales del litoral de la Provincia de Chiloé.

EXPEDICIÓN GEOGRÁFICA A LA PATAGONIA POR JOSÉ MANUEL DE MORALEDA

José Manuel de Moraleda y Montero de Espinosa era natural de la guipuzcoana villa de Pasajes, donde nació en 1750. Provenía de una familia relacionada con las actividades marítimas, algo muy habitual en su villa natal, pues su padre, Manuel de Moraleda, era piloto de profesión. Este había casado con una hija de los Montero de Espinosa, una familia en la que algunos de sus miembros eran generales de la Real Armada. Llegó a ser maestro de la asignatura de Hidrografía en la Escuela del Departamento Naval de Cádiz, en 1771.

Ante la imposibilidad de ingresar en la Academia de Guardiamarinas, Moraleda lo hizo en la Real Escuela de Navegación de Cádiz, en 1760, a muy temprana edad. Además de estudiar el pilotaje y artes náuticas, también Matemáticas, Astronomía, Geodesia y Dibujo técnico.

En 1764, ingresó en la Real Armada española para poner en práctica sus conocimientos teóricos. Su primer viaje lo realizó en el navío Dragón con destino de Veracruz y La Habana, en el Virreinato de la Nueva España, con regreso a Cádiz.

En 1765, realizó su segundo viaje transatlántico en el buque Firme a los mismos destinos que primero, pero con el rango de pilotín.

En 1768, embarcó en el Buen Consejo con rumbo a los puertos surorientales de Asia: Achem, Malaca, Batavia, Manila y Fayal. Cuando regresó a Cádiz, al año siguiente, recibió el título de piloto de segunda clase.


NAVÍO REAL FELIPE EN EL COMBATE DE TOLÓN, POR JOSÉ DE MORALEDA
En 1770, estuvo en la urca Santa Ana con el cargo de piloto para transportar al Regimiento de Lombardía hasta las plazas americanas de La Guayra y Cartagena de Indias en el Virreinato de Nueva Granada y La Habana en Cuba. La misión era proteger estos estratégicos enclaves del Imperio español frente a ataques de la Armada británica.

En 1772, embarcó en la urca Nuestra Señora de Montserrat, de 40 cañones, que formaba parte de una flota destinada a los territorios españoles en el Pacífico sur, concretamente en la Capitanía General de Chile, donde pasó buena parte de su vida militar. Tras salir de Cádiz, en noviembre, hizo escala en la bahía de Concepción, en Chile, en abril de 1773, y llegó al puerto de El Callao, en Perú, en junio del mismo año.

En este viaje transoceánico, Moraleda demostró sus habilidades como ingeniero hidrógrafo. En su diario de navegación describió todas las incidencias meteorológicas y aspectos náuticos que consideró oportunos o bien dibujó con pluma o acuarela tantos accidentes geográficos y planos de interés. Estas informaciones las incorporaría a sus futuras expediciones marítimas.

Durante su estancia en El Callao, recogió noticias acerca de los viajes y exploraciones que otros marinos españoles habían realizado por el océano Pacífico. A su diario de navegación, añadió las investigaciones que Felipe González de Haedo realizó sobre la isla de Pascua durante su viaje de 1770 y otros datos sobre del archipiélago Tierra de Quirós.

Todo este conjunto de estudios científicos los integró en una obra llamada Viage al puerto del Callao o de Lima, en la urca afragatada del Rey, del porte de 40 cañones, nombrada Nuestra Señora de Monserrat, año de 1772.

CARTA ESFÉRICA DE LA COSTA OCCIDENTAL PATAGÓNICA, POR JOSÉ DE MORALEDA

Entre 1773 y 1777, siendo piloto del buque Montserrat, realizó dos viajes a Guayaquil y a las costas del norte del Perú en la ejecución de algunas comisiones que fue encomendado, recopilando tantos datos y noticias como pudo.

En 1778, realizó su siguiente periplo transpacífico que le llevó al archipiélago de Filipinas. Tuvo la oportunidad de visitar las islas de David y de Otahiti. Esta última ya había sido explorada ampliamente por otro marino vasco, Domingo de Bonechea, en las dos expediciones a la Polinesia de 1752 y 1754. Sobre los contenidos de estos viajes redactó la obra Descripción de los nuevos descubrimientos y reconocimientos hechos en este Océano Pacífico, fundada sobre las noticias adquiridas de los sujetos más inteligentes que han ejecutado los viajes que se han hecho.

Aquel año solicitó entrar al Cuerpo General de Marina. Contaba con el apoyo del comandante de su urca y del virrey del Perú, el navarro Manuel de Guirior, a los que ya había convencido de sus habilidades y méritos. Esta solicitud, fue reiterada en otras dos ocasiones más, en 1780 y en 1782, hasta que fue admitido, en 1783.

Durante la Guerra anglo-española de 1779-1783, sirvió a la Real Armada a bordo de varios buques en misiones de vigilancia de los accesos al Pacífico y la protección de las costas de la Capitanía General de Chile, con el rango de primer piloto. Pudo visitar los puertos de Juan Fernández, Chiloé, Valdivia y Concepción, este último convertido en apostadero de la escuadra. En esta etapa efectuó nuevos trazados y derrotas marítimas y amplió sus investigaciones del territorio chileno.

Tras la vitoria hispano-francesa sobre Gran Bretaña y la firma del Tratado de París de 1783, Moraleda volvió a su departamento habitual en El Callao, donde fue ascendido a alférez de fragata. En la travesía de regreso por las costas chilenas y peruanas, transportaba tropas y cargamentos en la misma urca Montserrat.

FALÚA REAL SOCORRO

En 1786, cuando Moraleda estaba a punto de regresar desde el Virreinato del Perú a la España peninsular, fue comisionado para participar en esta Expedición geográfica al archipiélago de Chiloé, por el virrey del Perú, Teodoro Francisco de Croix-Heuchin. Su función era la de asistir al teniente coronel Francisco Hurtado, gobernador de la Provincia de Chiloé, en el reconocimiento de las islas y en la realización de cartas náuticas de las costas, bahías y puertos.

El 3 de enero de 1787, Moraleda partió desde el puerto de Ancud, abordo de la falúa Real Socorro, realizando una exploración con enorme fatiga y riesgo en una costa peligrosa y con un clima extremo.

El 27 de abril llegaba a la base de Ancud, donde pasaría el invierno coordinando los datos recogidos y el dibujo técnico de los mapas y planos, desempeñando a la vez otras comisiones que le solicitó el gobernador Hurtado para reunir noticias geográficas y estadísticas.

El 11 de febrero de 1788, comenzó la exploración de los partidos de Calbuco y Carelmapu, y de toda la costa continental que circunda el archipiélago, reconocimientos que desempeñó en dos meses.

Todos tres viajes fueron descritos en su diario de navegación bajo el título Viage de reconocimiento de las Yslas de Chiloé. Año de 1786.

Durante todo el año 1789, estuvo ejecutando de la cartografía de todas las islas, canales y costas de este territorio, y una serie de planos especiales de los puertos y caletas con cierta importancia. Todo este trabajo de gabinete fue reunido en la obra Derrota los puertos de la isla de Chiloé, ya sea entrando por el canal del Chaceo ó Norte de la isla, ya por el Sur de ella, quien llaman Boca del Huafo.

Además, aportó informaciones sobre el estado económico y social del territorio y su población, abordando clima, historia, fauna y flora, producción maderera, agricultura, pesca, comercio, costumbres, características étnicas, etc. Estos contenidos fueron reunidos en una obra titulada Breve descripción de la provincia de Chiloé.

El 5 de febrero de 1790, la Expedición alrededor del mundo de la Alejandro Malaspina hacía escala en el puerto de San Carlos de Ancud. Moraleda mostró sus mapas, diarios y noticias geográficas a los integrantes de la expedición multidisciplinar, que fueron tomadas muy en consideración.

DERROTAS A LOS PUERTOS DE CHILOÉ, POR JOSÉ DE MORALEDA

Tras la conclusión, Moraleda presentó un diario, una carta general esférica y catorce planos de los puertos locales al coronel Francisco Garoz, nuevo gobernador de Chiloé. Este encargó al guipuzcoano la visita conjunta de las fortificaciones y desempeñó otros cargos en la provincia chilota, interesándose sobre todo en la apertura del camino entre Valdivia y Ancud.

El 18 de abril de 1790, Moraleda embarcó en la fragata Carmen, se detuvo en Valparaíso del 2 al 17 de mayo, y llegó a El Callao el 3 de junio. Allí entregó al nuevo virrey Francisco Gil de Taboada y Lemos, las mismas copias que al gobernador.

Considerado ya como el mejor piloto del Mar del Sur, en 1791, recibió el encargo de instruir y examinar a los pilotos, mercantes y militares del virreinato peruano con el objetivo de evitar los frecuentes naufragios.

Informada la Corte de los excelentes resultados de Moraleda, por real orden de 25 de diciembre de 1790, dispuso que efectuara el reconocimiento de los canales y archipiélagos situados más al sur de Chiloé. El 29 de agosto de 1792, el virrey encargaba al experto piloto Moraleda que preparase los recursos necesarios y se trasladase a San Carlos de Ancud, en la isla de Chiloé, para continuar la exploración de los archipiélagos del sur.

MAPA DE CENTROAMÉRICA POR JOSÉ DE MORALEDA

La Expedición geográfica a la Costa occidental de La Patagonia serviría de complemento de la anterior Expedición geográfica al archipiélago de Chiloé. El objetivo era reconocer del archipiélago de los Chonos, junto a la exploración de la boca del Aysén y la frontera de las islas Guaytecas.

El 17 de octubre, llegaba al puerto de San Carlos de Ancud, donde fue recibido por el gobernaba la provincia de Chiloé, Pedro de Claveral, brigadier de los Reales Ejércitos y capitán de navío de la Real Armada.

El 21 enero de 1793, la expedición partió desde el puerto de Ancud con rumbo al sur, y regresó el 2 de mayo. Estuvo formada por las goletas Carmen y Rosario, una de ellas al mando de José de Torres, de piloto de la Real Armada. Tras reconocer los fiordos de Aysén, el grupo puso rumbo al estuario del río Palena y posteriormente a la desembocadura del Yanteles. Reunió un valioso conjunto de datos geográficos, observados con discernimiento y expuestos con claridad. Habían estudiado la embocadura y curso del río Aysén y reconocido también una gran parte del archipiélago de los Chonos.

El 11 de febrero de 1794, Moraleda continuó el reconocimiento los archipiélagos y canales al sur de Chiloé, regresando a Ancud el 18 de mayo. Sin embargo, no pasó de la latitud 44 grados, limitándose sobre todo al reconocimiento del río Palena. Sus observaciones científicas determinaron que aquellos archipiélagos no estaban aptos para la fundación de nuevos asentamientos.

El 13 de febrero de 1795, Moraleda inició el último de los tres viajes, que estudio sirvió para perfeccionar sus mapas anteriores, aunque a costa de la pérdida accidental de la visión de un ojo. Exploró el fiordo de Comau y el golfo y el estero de Reloncaví, y remontando este último, se internó en las tierras continentales hasta el lago de Todos los Santos, y continuó por las costas de la parte del continente que circunda por el norte y por el este al archipiélago de Chiloé.

Resultado de sus trabajos fueron la Carta esférica de la costa occidental patagónica, y el Diario de la navegación desde el puerto de Callao de Lima al de San Carlos de Chiloé y de este al reconocimiento del Archipiélago de los Chonos.

PLANO DE LAS COSTAS DE EL CALLAO

En 1797, regresó al puerto de El Callao en la fragata Betsi, donde fue ascendido a alférez de navío. Allí obtuvo el mando militar de la fragata Castor, con la que llevó a cabo varias misiones como guardacostas del litoral de Perú y Colombia, ante posibles ataques e invasiones de la Armada inglesa. La Monarquía hispánica había vuelto a enfrentarse a la británica en su apoyo a la Convención francesa, en lo que fue la Guerra anglo-española de 1796-1802.

Después de más de veinticuatro años de servicios en los virreinatos españoles de América, a finales de 1797, permiso para regresar a España. Cuando llegó al Departamento Naval de Cádiz, el 27 de marzo de 1798, fue ascendido a teniente de fragata, en reconocimiento de sus méritos como piloto y oficial.

A inicios del siglo XIX, la Corte decidió que era necesario realizar nuevos reconocimientos y observaciones en el litoral americano. Tras varios años de descanso, en 1801, Moraleda fue comisionado a volver al Virreinato del Perú junto con otros oficiales de marina con el objetivo de rectificar las cartas geográficas existentes.

PLANO DE LA RADA DE ARICA POR JOSÉ DE MORALEDA

En 1802, Moraleda tomó parte de la Comisión hidrográfica de la costa de América central. Al mando de la fragata Castor, nuevamente, sirvió con el cargo de ayudante del comandante en jefe del Cuerpo de Pilotos.

Se ocupó de efectuar los planos generales del golfo de Panamá y de las costas de Veragua, Nicaragua y Guatemala, y los planos particulares de los puertos desde Panamá a Sonsonate, en conserva de la goleta Alavesa. Resultado de los trabajos hidrográficos fueron sus Diarios de los viages desde el puerto del Callao a los de Guayaquil y Panamá, y de estos al reconocimiento y demarcación de las costas de Veragua, Rica, Nicaragua y Guatemala, entre 1803 y 1804 en la costa de América Central.

En diciembre de 1804, fue ascendido a teniente de navío, el mayor de su carrera. En lo sucesivo, serviría a la Real Armada española como director de la Escuela Náutica del virreinato del Perú, con sede en El Callao. Alternaba esta función con numerosas misiones de guardacostas, protección de convoyes mercantes, transporte de tropas y caudales, represión del contrabando, y revisión de algunos mapas de diversas provincias.

En 1810, a los sesenta años de edad, el teniente de navío y marino científico José Manuel de Moraleda y Montero de Espinosa fallecía en el puerto de El Callo.

CARTA ESFÉRICA DE LA COSTA OCCIDENTAL PATAGÓNICA, POR JOSÉ DE MORALEDA

TELEGRAFÍA Y RADIOFONÍA ESPAÑOLA


Los inventos del siglo XIX conllevaron un cambio radical en la vida de las personas. En la tecnología empezaron a darse los primeros pasos de la telegrafía eléctrica, los inicios de la telefonía y la aparición de la radio.

España posee un grupo de ingenieros que fueron pioneros en estas tecnologías de la comunicación: Agustín de Betancourt y Juan José Lerena en telegrafía óptica, Francisco Salvá y José María Mathé en telegrafía eléctrica y Julio Cervera en la radiofonía inalámbrica.

TELEGRAFÍA Y RADIOFONÍA ESPAÑOLA

1. SISTEMA TELEGRÁFICO ÓPTICO DE AGUSTÍN DE BETANCOURT

Ingeniero civil y militar Agustín de Betancourt fue uno de los ingenieros mecánicos más relevantes e influyentes de Europa entre finales del siglo XVIII e inicios del XIX. Fue precursor de la primera máquina de vapor de doble efecto en la Europa continental por tanto, de la Termodinámica de fluidos, y había innovado una multitud de máquinas y tratados industriales, globos aerostáticos, y se destacó en la ingeniería industrial y el planeamiento urbanístico.

En cuanto a comunicaciones, su sistema telegráfico óptico desarrollado en París en 1795 fue superior que se estaba implantando en la República de Francia por Claude Chappe. Su telégrafo ganó el dictamen favorable de un comité de científicos enviado por el Directorio de la República, formado por Borda, Charles, Coulomb, Delambre, Lagrange, Laplace y Prony. Estos elogiaron la precisión, economía y rapidez en la transmisión de mensajes en las pruebas realizadas. Quedó patentado en la obra Memoria sobre un nuevo telégrafo y algunas ideas sobre la lengua telegráfica (Mémoire sur un nouveau télégraphe et quelques idées sur la langue télégraphique), publicada en 1797.

En 1800, fue inaugurada la primera línea española de telegrafía óptica entre Madrid y Aranjuez, compuesta por cuatro torres telegráficas: Palacio del Buen Retiro, ermita del Cerro de los Ángeles (Getafe), Cerro Espartinas (Valdemoro) y monte Parnaso (Aranjuez). La decisión del secretario de Hacienda dejó al proyecto de la construcción de torres de telégrafos en suspensión.

SISTEMA TELEGRÁFICO ÓPTICO POR AGUSTÍN DE BETANCOURT

2. SISTEMA TELEGRÁFICO ELÉCTRICO APLICADO

El médico, físico y meteorólogo, Francisco Salvá y Campillo fue uno de los primeros científicos en realizar estudios sobre la electricidad aplicada a la telegrafía. En 1804, presentó a la Real Academia de Ciencias de Barcelona el primer telégrafo eléctrico práctico de la historia de la ciencia, gracias al cual consiguió transmitir información a gran distancia, aprovechando la aparición de la pila voltaica y la descomposición del agua.

Para él y otros científicos, el telégrafo era considerado como la primera tecnología de comunicaciones realmente rápida y global. Tenía la visión de que el descubrimiento de la electricidad permitiría la emisión de mensajes a largas distancias a través de algún sistema telegráfico. Por eso, a finales del siglo XVIII, Salvá realizaba experimentos con cargas eléctricas en movimiento siendo director de la sección de electricidad en la Academia barcelonesa.

Así, tras varios años de ensayos y pruebas, en 1795, publicó La electricidad aplicada a la telegrafía. En esta memoria establecía las basas de la telegrafía eléctrica del futuro, dejaba obsoletos los sistemas telegráficos óptico y acústico que se desarrollaban en Europa y avanzaba conceptos sobre la telegrafía inalámbrica y submarina.

El telégrafo eléctrico Salvá necesita un cable de conducción eléctrica para cada una de las letras y números a transmitir en el mensaje, así como otro correspondiente de retorno. Cada uno de los cables está unido a un electrodo, inmerso en tubo de vidrio lleno de agua acidulada. Los segundos electrodos que hay dentro de cada uno de esos tubos están unidos al conductor de retorno. Cuando Salvá aplicaba electricidad a uno de los cables conductores, se producía en el otro extremo una electrólisis, y este efecto generaba burbujas de gas en el correspondiente tubo emitiendo hidrógeno, que señalaba la letra transmitida. Por tanto, el transmisor utilizaba la electricidad que le proporcionaba una pila voltaica y el receptor estaba basado en la descomposición del agua.

No existían bombillas, ni electroimanes, todo estaba aún por inventar en este campo, por lo que utilizar un receptor electroquímico como indicador era lo más adecuado y práctico para la época. El operador iba anotando secuencialmente los tubos que borboteaban para registrar el mensaje.

Este procedimiento fue relativamente incómodo en la transmisión y dificultoso en el reconocimiento de las señales. El hecho de que no tuviese ninguna posibilidad de desarrollarse de forma práctica fue debió a la complejidad de su estructura, puesto que necesita 35 cables para la transmisión.

Aunque no pudo comercializarse o implantarse en España, su sistema telegráfico fue el primer telégrafo eléctrico práctico de la historia de la ciencia. Su reconocimiento ha sido comprobado por el Institut of Electrical and Electronic Engineers, gracias a la colaboración del profesor Antonio Pérez Yuste de la Universidad Politécnica de Madrid.

Abrió el camino a la comunicación eléctrica en Europa y encontró un gran número de imitadores. El físico italiano Guillermo Marconi reconoció el valor de los descubrimientos de Salvá.

SISTEMA TELEGRÁFICO ELÉCTRICO POR FRANCISCO SALVÁ

3. SISTEMA TELEGRÁFICO ÓPTICO DE JUAN JOSÉ LERENA

Marino, diplomático e ingeniero militar, Juan José de Lerena y Barry destacó por desarrollar un sistema de telegrafía óptica que ponía la telegrafía civil al servicio del Estado, paso necesario para la llegada del telégrafo eléctrico. Este fue uno de los primeros sistemas de comunicación en España como los que había en los principales países de Europa.

Su telégrafo óptico diurno y nocturno fue presentó en Cuba ante una comisión de la Real Marina española en 1829, a bordo del navío Soberano. El sistema fue aceptado y valorado de forma positiva para una posible implantación en la España peninsular.

En 1830, se encontraba en la Corte de Madrid sirviendo como director de la Red Nacional de Telégrafos. Allí realizó pruebas de su sistema telegráfico mediante señales visuales que se podían observar con anteojos de larga distancia.

En 1831, reinauguró la primera línea de telégrafos Madrid-Aranjuez. Partía desde la Torre de los Lujanes en la plaza de la Villa, pasaba por otras dos torres ubicadas en el Cerro de los Ángeles en Getafe y el Cerro de Valdemoro, y la última torre estaba en el Monte Parnaso junto al Real Sitio de Aranjuez. En realidad, se trataba de reabrir una línea telegráfica formada por el ingeniero Agustín de Betancourt en 1800 que cayó en desuso durante la Guerra de la Independencia.

En los sucesivos años, fue ampliando la red de telégrafos ópticos conectando los Reales Sitios con la Corte de Madrid. En 1832, la segunda línea conectaba Madrid con La Granja de San Ildefonso, después con El Pardo y Rijofrío.

SISTEMA TELEGRÁFICO ÓPTICO POR JUAN JOSÉ LERENA


4. SISTEMA TELEGRÁFICO ÓPTICO DE JOSÉ MARÍA MATHÉ

En 1844, el gobierno de Ramón María Narváez aprobó un real decreto para la instalación de un sistema telegráfico de ámbito nacional. El Ministerio de Fomento dirigió el concurso al que se presentaron cuatro proyectos, resultando ganador el del ingeniero militar José María Mathé, por adecuarse mejor a las características técnicas.

El novedoso sistema de telegráfica óptica Mathé se basaba en líneas de torreones que conectasen las principales ciudades de la España peninsular. Sobre el piso superior de cada torreón se instalaría el aparato telegráfico Mathé, que constaba de un bastidor vertical con un travesaño móvil llamado brazo indicador. Este indicador podía adoptar diversas posiciones angulares, controladas desde el interior de la torre mediante un sistema de poleas, cuerdas y palancas. Cada posición del indicador corresponde a un número o letra, que significaba un mensaje concreto y prestablecido previamente, codificado y explicado en un diccionario de códigos secreto. Y cada combinación de posiciones podía formar frases completas. Los temas del código eran de interés estatal a cerda de la familia real, el Ejército español, el orden público, la administración, el gobierno, etc.

Una vez que una torre telegráfica emisora anunciase una posición, comenzaba la lectura de la siguiente torre repetidora situada a unos 10 kilómetros de distancia aproximadamente, utilizando unos prismáticos o catalejo de larga visión. Y esta repetiría la señal a la siguiente, y seguiría el proceso durante la línea hasta la torre receptora final.

Siendo director de la Red Telegráfica española, entre 1846 y 1850, se construyeron tres líneas telegráficas de ámbito nacional: la primera línea Madrid-Irún, pasaba por Valladolid, Burgos, Vitoria, Tolosa y San Sebastián; la segunda Madrid-Valencia-La Junquera, conectaba Cuenca, Sagunto, Benicasim, Castellón, Tarragona y Barcelona; y la tercera Madrid-Cádiz unía Ciudad Real, Córdoba y Sevilla. En 1849, publicó en Barcelona el Diccionario y tablas de transmisión para el telégrafo militar de noche y día.

SISTEMA TELEGRÁFICO ÓPTICO DE JOSÉ MARÍA MATHÉ


6. RED TELEGRÁFICA ELÉCTRICA ESPAÑOLA

A mediados del siglo XIX, el sistema telegráfico óptico de Mathé se estaba quedando obsoleto, pues en algunos países de Europa se estaba implantando otro de tipo electrónico y conectado con cables suspendidos. Pero resultaba más eficiente, rápido y barato. El sistema Morse utilizaba impulsos eléctricos para transmitir el código de puntos y rayas, el cual fue utilizado por la administración española durante más de cien años.

Por real decreto de 1852, el Ministerio de Fomento encargó la implantación del sistema de telegrafía eléctrica de cables suspendidos en la línea Madrid-Irún. La Dirección General de Caminos, Canales y Puertos, al mando de José María Mathé, se encargaría de materializar el proyecto, que contaba con un presupuesto de 1.544.720 reales.

La red nacional de telegrafía eléctrica en España se fue implantando entre 1854 y 1863. La primera línea conectaba Madrid con Guadalajara, Zaragoza, Pamplona, San Sebastián, Bilbao e Irún. Después, se ejecutaron las líneas Madrid-Extremadura y Madrid-Cataluña. Posteriormente, la red de telegrafía eléctrica se fue ampliando en forma de "estrella" el con centro en la capital, y enlazando con las líneas francesas y portuguesas, permitiendo la comunicación con los gobiernos de París y Lisboa. Tuvo una utilidad pública, a diferencia del anterior que era de exclusividad estatal, y los nuevos usuarios terminaron siendo periodistas, empresarios y políticos, además de militares.

La antigua Red Telegráfica Española fue sustituida por la nueva Dirección General de Telegrafía, cuyo director continuaba siendo Mathé. Además, fundó el Cuerpo de Telégrafos, cuyos operarios aprenderían unas reglamentaciones para el buen uso de la red, y publicó el nuevo Diccionario telegráfico, en 1858.

SISTEMAS TELEGRÁFICOS ESPAÑOLES


7. PRIMER TELEGRAMA ELÉCTRICO

El telégrafo que inventó Samuel Morse en Estados Unidos tenía por objetivo la transmisión de mensajes a largas distancias en poco tiempo. Este avance resultó decisivo para que los telegrafistas pudieran enviar un mensaje en código Morse a la estación de destino que, a su vez, se encargaba de descifrarlo. El primer telegrama en Estados Unidos se envío el 24 de mayo de 1844. Su texto decía: "What God has brought" (Lo que nos ha traído Dios). La facilidad con que se establecían las comunicaciones, que salvaban la larga espera de las cartas, hizo que el invento triunfara en los países de Europa.

En España, la primerea usuaria fue la reina Isabel II, que envió un telegrama en la Línea Madrid - Irún el 8 de noviembre de 1854, uniendo las ciudades de Guadalajara, Calatayud, Zaragoza, Pamplona y San Sebastián. El texto era un discurso de la reina por el que quedaban inauguradas las Cortes Constituyentes durante el bienio progresista.

El furor causado por este nuevo invento hizo que en abril del año siguiente se aprobara la construcción de una red telegráfica que uniría todas las capitales de provincia. Canarias quedó fuera por las dificultades técnicas, siendo en la década de 1880 cuando llegó el telégrafo a través de un cable enviado entre Cádiz y Santa Cruz de Tenerife.


8. PRIMER SISTEMA TELEFÓNICO

El 16 de diciembre de 1877, se efectuaría la primera comunicación telefónica en España, concretamente en Barcelona. Fue una conversación mantenida entre la antigua Ciudadela militar de Barcelona y el Castillo de Montjuic, para lo cual se instaló un tendido de los correspondientes cables.

Diez días después, Gerona y Barcelona quedaron unidas también por cables telefónicos, instalando junto al trazado ferroviario. Se iniciaba la instalación de los primeros aparatos de teléfono.

La Compañía Dalmau e Hijos fue la encargada de la fabricación de los primeros aparatos de telefonía. Sus primeros usuarios fueron las redacciones de periódicos y revistas y las grandes empresas, para más adelante ser adoptado por los particulares.

Otro hito importante fue la publicación de un artículo en la revista Crónica científica por Narcís Freixa, explicando el innovador sistema de comunicación de Graham Bell, convirtiéndose en uno de los pioneros de la divulgación telefónica a la sociedad.


9. SISTEMA DE RADIOTELEFONÍA INALÁMBRICA

Julio Cervera fue el ingeniero y comandante del Ejército español que inventó el primer sistema técnico de radiotelefonía de voz inalámbrica, es decir, la primera radio. Su patente fue registrada el 22 de marzo de 1902 ante el ante el notario Antonio Turón y Biscá, y fundó la Sociedad Anónima Española de Telegrafía y Telefonía sin Hilos en Madrid.

Estuvo trabajando en Londres durante tres meses con el ingeniero italiano Guillermo Marconi y con su ayudante George Kemp hasta finales de 1899. En diciembre de ese mismo año, tras resolver las dificultades técnicas de su investigación, obtuvo sus primeras patentes de la telefonía sin hilos.

Durante los años 1901 y 1902, mantuvo emisiones regulares de voz sin cables entre Tarifa y Ceuta durante tres meses consecutivos, así como entre Jávea e Ibiza, estableciendo el segundo y tercer servicio regular en la historia de la radiotelegrafía mundial. Era la primera máquina telegráfica sin hilos capaz de transmitir la voz humana.

El primer sistema regular de transmisión inalámbrica fue puesto en marcha por Marconi en 1898 entre la isla de Wight y Bournemouth. Cierto es que Marconi inventó la telegrafía sin hilos antes que Cervera, demostrando su eficacia en diciembre de 1901, pero se trataba de una telegrafía para transmitir señales, no sonidos. Es por ello que, Cervera desarrolló la radio once años antes de que lo hiciese Marconi, el cual no trabajó en la radio hasta 1913. Esto le convierte en el pionero indiscutible de la radiotelefonía en el mundo entero.

SISTEMA DE RADIOTELEFONÍA INALÁMBRICA DE JULIO CERVERA


10. PRIMERAS CADENAS RADIOFÓNICAS

Aunque hubo experimentos de transmisión radiofónica en diversas ciudades europeas y estadounidenses, en España la radio se remonta al 14 de noviembre de 1924, cuando se fundó Radio Barcelona, a la que siguieron Radio Asturias de Oviedo y Radio Unión de Madrid. Estas emisoras se fundaban en cumplimiento del decreto del año anterior en el que el gobierno estableció el monopolio de las estaciones radioeléctricas.

Con el paso del tiempo, la radio adquirió una fama inusitada hasta el punto en que Radio Nacional de España se fundó en plena Guerra Civil, en 1937, con el objetivo de mantener informados a los españoles regularmente con una línea editorial oficialista.

INGENIERÍA DE ANCLAS MARINAS DE JUAN FERMÍN DE GUILISASTI


Juan Fermín de Guilisasti fue ingeniero industrial, maestro mayor ancorero e inspector de la Real Fábrica de Anclas de Hernani en 1752, que, después de ejercer el espionaje industrial en las ferrerías de Holanda, pudo introducir las técnicas de fabricación de grandes anclas para buques de guerra de la Real Armada española, convirtiéndose en el mejor maestro ancorero de su tiempo desde su ferrería de Aya.

JUAN FERMÍN DE GUILISASTI

Juan Fermín de Guilisasti era natural de Aya, villa de Guipúzcoa, donde nació en 1705. Pertenecía a un linaje de ferrones y ancoreros establecido en las orillas del río Oria, que se dedicaban a la fabricación de anclas desde siglos atrás. Los primeros años de su vida profesional los realizó, básicamente, en la ferrería del barrio de Arrazubia, en su pueblo natal, situada junto al río que partiendo de las estribaciones del Ernio desemboca en la ría de Orio. Estaba al frente de una de las muchas ferrerías que abastecían de anclas de pequeño y mediano peso a embarcaciones de los astilleros de Pasajes y San Sebastián y que exportaban parte de su producción a Francia e Inglaterra.

En la década de 1730, solicitó a la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas una pensión para realizar una misión de espionaje industrial en las Provincias Unidas de los Países Bajos. El objetivo era estudiar los avances técnicos en el sistema de producción de anclas marinas de gran tamaño de las ferrerías holandesas, entonces a la vanguardia en Europa.

El siglo XVII fue la época de la expansión comercial holandesa por el mundo, despuntando también en la construcción naval que incluía elementos tan necesarios como las anclas, surtiendo de estas herramientas a otros países, como Francia o España. Ya, en el XVIII, los buques de guerra experimentaron un considerable aumento en dimensiones y tonelaje, provistos con mayor número cañones, que necesitaban anclas cada vez más pesadas. Debido a la incapacidad de las ferrerías guipuzcoanas para fabricar piezas de tanta envergadura, los constructores de grandes galeones y navíos de línea tuvieron que recurrir a fabricantes extranjeros.

FERRERÍA DE GRANDES ANCLAS

Por eso, bajo este contexto apareció la figura de Juan Fermín de Guilisasti dispuesto a visitar aquellas ferrerías. En unos meses aprendió los métodos de fabricación de las grandes anclas, incluyendo sus técnicas en soldadura. Difícil tarea tuvo que ejecutar, pues las autoridades holandesas descubrieron sus intenciones, y tuvo que abandonar precipitadamente aquel país ante el riesgo a ser capturado y procesado por espionaje industrial.

Tras completar su misión, Guilisasti pudo regresar al puerto de San Sebastián. Entre los instrumentos que trajo consigo estaban un pescante mayor (brazo de grúa sobre embarcación), un mazo grande de 20 arrobas, y otras herramientas para fabricar grandes anclas. Entre los conocimientos técnicos estaba la utilización del carbón piedra como combustible del proceso productivo, cuyo sistema estaba revolucionando la metalurgia en Centroeuropa. Estos fueron puestos en práctica en su propia fábrica de anclas del barrio de Arrazubia de Aya.

A finales de la década de 1730, su ferrería era la más importante de Guipúzcoa en este sector industrial. Así, las anclas labradas por Guilisasti fueron adquirieron gran fama y prestigio en los astilleros y puertos marítimos de España, no solo por sus dimensiones y formas, sino además por su calidad técnica.

En 1739, consiguió un hito en esta industria al fabricar un ancla de 72 quintales, el más grande construido para un barco español, por lo que fue felicitado por algunos generales del ejército, en ellos el ministro de Marina, Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada. A partir de este momento, comenzaría a fabricar anclas con destino a los navíos y fragatas de la Real Armada española y la Real Compañía de Caracas, convirtiéndose en el maestro ancorero más importante de España.

REAL FÁBRICA DE ANCLAS DE HERNANI

Ante el creciente aumento de la demanda de grandes anclas por parte de la Real Armada, en 1749, el ministro Somodevilla se interesó por su actividad y programó la instalación de una Real Fábrica de Anclas en Guipúzcoa por cuenta del Estado, con sede en Rentería.

En 1750, se fundó la Real Fábrica de Anclas de Hernani, uniendo las tres ferrerías de Fagollaga, Ereñozu y Picoaga. Por real orden de 1750, Juan Fermín de Guilisasti fue nombrado maestro mayor e inspector técnico de la Real Plaza de Hernani, un sueldo de 40 escudos mensuales. El inspector de anclas residía generalmente en San Sebastián, era oficial de la armada y no solamente hacía inspección en las ferrerías, sino también en los mismos muelles o lonjas antes del embarque. Durante su estancia, reglamentó quince clases de anclas, que variaban entre los 7 y los 12 quintales de peso.

Más tarde, Guilisasti fue apartado del cargo debido, entre otras cuestiones, a los problemas que surgieron con los asentistas de las oficinas, las imperfecciones aparecidas en algunas anclas, y la reestructuración de trabajadores de la fábrica. Esta fábrica estuvo funcionando hasta 1857, por algún tiempo posterior se usó como fábrica de cemento, en la actualidad sólo quedan las ruinas.

TRABAJADORES ANCOREROS DE HERNANI

Guilisasti regresó a su negocio privado en la ferrería de Arrazubia. Su reconocimiento en el sector industrial le sirvió también para asociarse con otros empresarios y armadores. Así, se asoció con Jerónimo de Goicoechea para fundar una sociedad ancorera con sede comercial en Caparrena, Usurbil. Continuó fundando varias fábricas en Guipúzcoa, llegando hasta el número de doce las que funcionaban en 1787, entre las suyas y las de otros industriales.

Gracias a sus resultados en el espionaje industrial, varios talleres siderúrgicos de Guipúzcoa comenzaron a desarrollar anclas de grandes dimensiones, que fueron compradas por todos los astilleros de las provincias del Imperio español e incorporadas a las embarcaciones que construían. No solo distribuían este producto metalúrgico a la Real Armada española, incluso abastecieron al Ejército francés, coaligados con el español a través de los Pactos de Familia, aunque también a Portugal e Inglaterra, evitando su importación desde Holanda.

La trayectoria industrial comenzada por Juan Fermín de Guilisasti fue continuada por su viuda, su hijo Juan Antonio de Guilisasti y su nieto Juan Fermín de Guilisasti, en la fábrica de Arrazubia.

Años más tarde, Juan Fermín de Guilisasti nieto fue nombrado por el Rey Carlos III, inspector de anclas por real orden de Carlos III. Este no sólo simplificó los innumerables tipos de anclas que entonces se fabricaban, sino también sus correspondientes pliegos de condiciones, fijando tolerancias en peso y medida, ensayos de choque, etc.

A fines del siglo XVIII, el número de ferrerías de anclas en Guipúzcoa alcanzaba la cifra de dieciocho, la mayoría estaba establecidas sobre los ríos Urumea, Oria y Leizarán. Aparte de los pedidos particulares, el Estado, en un periodo aproximado de un año, encargo más de 400 anclas por un valor de 1.200.000 reales de vellón. En esta época llegó a fabricarse en Guipúzcoa el ancla mayor que se había hecho en España, el cual pesó 9.560 libras.

El emprendimiento e ingeniería de este industrial guipuzcoano consiguió la implantación de una nueva industria de la marinería en la España del siglo XVIII, en plena Ilustración científica.

JUAN FERMÍN DE GUILISASTI

DESCUBRIMIENTO DEL ANTÁRTICO POR GABRIEL DE CASTILLA


Gabriel de Castilla fue uno de los primeros marinos exploradores en alcanzar el continente de la Antártida, en 1603, concretamente las actuales islas Shetland del Sur. Este hecho está compartido con el holandés Dirck Gerrits Pomp. El viaje de Castilla ha sido considerado como un logro fundamental para la historia de la exploración de los mares del sur.

DESCUBRIMIENTO DE LA ANTÁRTIDA POR GABRIEL DE CASTILLA

Gabriel de Castilla y de la Mata nació en Palencia, hacia 1577, cuyos padres fueron Alonso de Castilla y Cárdenas y Leonor de la Mata. Su familia tenía una tradición de servicio militar, lo que propició su temprano ingreso en la carrera de las armas.

En septiembre de 1589, partió al Virreinato de la Nueva España en su compromiso de defender los dominios del Imperio español, cuando era capitán de artillería. Lo hacía en compañía de su primo Luis de Velasco y Castilla, recién nombrado virrey en sustitución de Álvaro Manrique de Zúñiga. En aquel momento, España estaba involucrada en un enfrentamiento con Inglaterra en la Guerra anglo-española de 1588-1604, y era muy necesario reforzar las posiciones defensivas de los virreinatos españoles en América ante el riesgo de ser ocupados.

En 1589, participó en la Expedición exploratoria de las costas de la Capitanía General de Chile al mando del galeón San Francisco, en colaboración con los capitanes Hernando Lamero y Gallego de Andrade.

En 1596, fue nombrado general del puerto de El Callao, junto a la capital de Lima, en el Virreinato del Perú.

Por orden del virrey Velasco, acudió en ayuda del gobernador Martín García Óñez de Loyola, con el objetivo de defender los asentamientos españoles establecidos en las cercanías del río Bio-Bio, al sur de la Capitanía General de Chile, que estaban siendo asediados por las tribus de mapuches. Con el mando de maestre de campo, encabezaba una tropa de más de 200 solados no muy bien equipados, a los que luego se añadieron otros 140 más, con los que Óñez de Loyola pudo hacer frente al potente y valeroso ejército de la región del Arauco.

Lideró las labores de construcción de varias fortificaciones para asegurar las posiciones españolas en la Araucanía y encabezó los enfrentamientos contra piratas y corsarios de las potencias europeas que querían saquear los puertos españoles del cono sur americano. También fue responsable de transportar el quinto real, es decir, la parte correspondiente de metal precioso extraído en concepto de impuesto, desde el puerto de Arica al del Callao en varias ocasiones hasta 1602.

LUIS DE VELASCO GARCÍA ÓÑEZ DE LOYOLA

En 1603, el virrey Velasco le entregó el título de comandante de la Real Armada del Mar del Sur que se estaba preparando desde el Virreinato del Perú tras la desaparición de Juan de Velasco de Barrio. Tenía por misión proteger las aguas de las costas de Chile, Tierra de Fuego y el cabo de Hornos, y capturar a cuantos piratas avistase, especialmente holandeses. Estos habían actuado en algunos puertos del litoral del Pacífico sur causando graves daños en el comercio mercantes y a las poblaciones locales. Por otra parte, Castilla contaba con bastante experiencia para realizar este cometido, pues ya había realizado varias exploraciones y participado en algunos enfrentamientos navales.

La armada estaba formada por tres embarcaciones: el galeón Jesús María, nave capitana de 600 toneladas y 30 cañones de artillería; el galeón Nuestra Señora de la Visitación, nave almiranta que había sido capturada al corsario inglés Richard Hawkins; y el galeón Nuestra Señora de las Mercedes, de 400 toneladas.

En marzo de 1603, la expedición partió del puerto de Valparaíso, en la Capitanía General de Chile.

Poco después de zarpar, una fuerte tormenta empujó a las tres embarcaciones hacia las islas Shetland del Sur, a 64º de latitud, junto al continente de la Antártida. Los integrantes de la expedición fueron los primeros en primeros occidentales conocidos de la historia en contemplar su helada superficie y quizás también en pisarla. Este hecho ocurrió en 1603, nada menos que 160 años antes que lo hiciese James Cook, en 1773, quien descendió hasta los 71º 10' de latitud sur con una tecnología naval muy superior.

Y, un mes después, en abril, las naves de Gabriel de Castilla regresaron a Valparaíso. En 1605, contrajo matrimonio con Genoveva de Espinosa en Lima, una mujer natural de Chuquisaca (Sucre), con la que tuvo seis hijos. Durante el resto de su vida, fue administrador de las rentas de varias encomiendas y desempeñó distintos oficios públicos, destacando el de alguacil mayor de Cuzco y corregidor en dos jurisdicciones.

En 1629, murió ya retirado de la actividad marítima.

El 20 de diciembre de 1989, el Ejército español fundó la Base Antártica Gabriel de Castilla, en la isla Decepción, perteneciente al archipiélago de las Shetland. Sus principales misiones son la investigación científica y ofrecer apoyo logístico a otras expediciones científicas que recorren la Antártida.

MAPA DE LA ANTÁRTIDA DEL SIGLO XVIII

No se han encontrado documentos en archivos navales españoles que aseguren esta efeméride, más bien son de origen holandés. Lo único que existe es el relato del marinero holandés Laurenz Clasesz, que había participado en la Expedición a las Molucas de Jacop Mahu en 1598, detallando la latitud y la fecha:
"[haber] navegado bajo el Almirante don Gabriel de Castilla con tres barcos a lo largo de las costas de Chile hacia Valparaíso, i desde allí hacia el estrecho, en el año de 1603; i estuvo en marzo en los 64 grados i allí tuvieron mucha nieve. En el siguiente mes de abril regresaron de nuevo a las costas de Chile."

Este marino holandés podría haber sido contratado y participado en la armada de Castilla cuando su embarcación, el Blijde Boodschap, de la expedición de Jacop Mahu, tuvo que refugiarse en el puerto de Valparaíso en noviembre de 1599. Después de su sufrir una fuerte tormenta, quedó desarbolada y corta de suministros, viéndose obligada a repostar en un puerto español donde la tripulación fue apresada, entre ellos el capitán Dirck Gerrits Pomp.

Según otras fuentes, Castilla partió al mando del navío Buena Nueva desde algún puerto del cono sur americano a inicios de 1603. Superó los 60º de latitud sur, y observó tierras montañosas cubiertas de nieve. Las coordenadas de sus descubrimientos indican que reconoció a las islas actuales islas Shetland del Sur, a las que denominó islas de La Buena Nueva, en honor a su navío, y la parte septentrional de la península Antártica. Por las coordenadas que ofrece y por los aspectos geográficos que relata es muy probable que Castilla hubiese llegado a las actuales islas Melchior.

BASE ESPAÑOLA GABRIEL DE CASTILLA EN ANTÁRTIDA

Otros investigadores atribuyen este descubrimiento al marino holandés Dirck Gerrits Pomp, que habría alcanzado las mismas las islas Shetland del Sur, un poco antes de que lo hiciese Castilla, concretamente en 1599. Según el relato del capitán holandés Jacob Le Maire, llegó allí desviado por una fuerte tormenta después de cruza el estrecho de Magallanes, al regresar de la Expedición a las Molucas. Pero, como en el caso de Castilla, existen serias dudas sobre la veracidad del relato de Gerrits.

De quienes no hay dudas es de los hermanos Gonzalo y Bartolomé García de Nodal, marinos naturales de Pontevedra, que realizaron una expedición para explorar los mares al sur de La Patagonia, en 1619, por orden de Felipe III. Estos llegaron más allá de los 56º sur, descubriendo las islas Diego Ramírez, en honor de Diego Ramírez de Arellano, piloto de la expedición. Ambos hermanos anotaron todos los datos del viaje con exactitud científica en una relación que se conserva en la actualidad. Pero, tampoco se puede considerar que estos marinos gallegos estuvieran en tierras antárticas, pues las islas Diego Ramírez se consideran el punto más austral del cono sur americano, pero no pertenecen propiamente a la Antártida.

Pero, existe otra versión o hipótesis que asegura que fue otro marino español el que avistó por primera vez la Antártida: Francisco de Hoces, en 1526. Este capitán estaba al mando de la carabela San Lesmes en la Expedición a las Molucas, islas de las especias en la actual Indonesia, al mando de los comandantes Jofre García de Loaysa y Juan Sebastián de Elcano, que partió desde España en 1525. Cuando la expedición se aproximaba al estrecho de Magallanes, la San Lesmes tuvo que poner rumbo al sur para evitar una fuerte tempestad, lo que hizo que descubriera por primera vez el paso al sur del cabo de Hornos. El paso de Hoces o mar de Hoces es llamado paso de Drake de forma errónea en la actualidad, ya que el corsario inglés Francis Drake cruzó por allí medio siglo después de que lo hiciese el marino español Francisco de Hoces.

Esta fue la aventura del San Lesmes, a partir de aquí se especula que superó los 55º de latitud sur llegando al continente antártico, lo que convertiría a Francisco de Hoces en el verdadero descubridor. Después, su carabela regresó al estrecho de Magallanes para reunirse con el resto de la flota. Poco después, el capitán fue relevado por enfermedad y sustituido por Diego Alonso de Solis. Debido a una tormenta, el 1 de junio de 1526, se separó de la flota de la Especiería en pleno océano Pacífico y, según algunos investigadores, el San Lesmes llegó hasta Nueva Zelanda y Australia, al sur del archipiélago de las Molucas.

MAPA DE LA BASE ESPAÑOLA JUAN CARLOS I EN ANTÁRTIDA

POLÉMICA DE LA CIENCIA ESPAÑOLA


¿Existe una ciencia española? ¿Qué ha aportado España a las diversas ramas del saber científico a los largo de la historia? ¿Los intelectuales y científicos españoles han tenido la suficiente altura en sus conocimientos y aportaciones como para dejar una huella indeleble en el saber universal?

Estas preguntas y sus posibles respuestas originaron y originan una serie de investigaciones y debates con el objetivo de clarificar cuál era y cuál es la situación real y la categoría de nuestros conocimientos científicos. La polémica no sólo se reduce a examinar las posibles aportaciones, ya que con el tiempo, los interesados analizaron también las causas sociales y estructurales que pudieron imposibilitar el desarrollo de nuestro quehacer científico.

POLÉMICA DE LA CIENCIA ESPAÑOLA

Como ha ocurrido en diferentes ocasiones a la largo de la Historia, las potencias occidentales han infundado una mala imagen de España, de sus costumbres y de su ciencia. Falacias que se convirtieron en tópicos de una Leyenda Negra que, hasta la actualidad, parte del pueblo español ha asumido dichos mitos sin ningún esfuerzo de verificación histórica.

Otros españoles, en cambio, prefirieron combatir esta mala prensa extranjera. Un pionero de este tipo de literatura patriótica podría considerarse a Francisco de Quevedo con su España defendida, publicada en 1609.

Pero el origen de la polémica se encuentra en la figura de Nicolás Masson de Morvilliers, quien publicó su Enciclopedia Metódicaeditada por Charles-Joseph Panckoucke en París, en 1782que fue sucesora de la Enciclopedia de D'Alembert y Diderot. En su entrada dedicada a España de la sección de Geografía Moderna, se preguntaba:
"Pero, ¿qué se debe a España? ¿Desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace seis, ¿qué ha hecho por Europa?..." 
"En España no existen ni matemáticos, ni físicos, ni astrónomos, ni naturalistas. Sin el auxilio de otras naciones no tiene nada de los que se precisaría para hacer una silla... En todo es un niño que tiene necesidad de crecer todavía."
Movilliers calificaba a España con epítetos como "pueblo de pigmeos" o "la nación más ignorante de Europa".

Lo que había pasado en España, en comparación con la potencia intelectual que se había convertido Francia durante el Siglo de las Luces de la Razón, es que su desarrollo científico había avanzado mucho, pero la información se transmitía con lentitud. El resto de potencias europeas desconocieron por cierto tiempo el esfuerzo que estaba realizando. Por otra parte, el ambiente prerrevolucionario francés perjudicó también a España.

Los españoles se dividieron en defensores y denigradores de su propia nación: apologistas y detractores. También en el extranjero surgieron españoles y no españoles que se sumaron al debate. Varios ilustrados españoles reaccionaron con la pluma a la afrenta de Movilliers, demostrando la contribución de su patria en las humanidades y las ciencias.

La respuesta no se hizo esperar y comenzaron a publicarse artículos en los que aparecen glosas e inventarios de nuestras aportaciones a la cultura universal. El primero en responder fue el botánico español, residente en París, Antonio José de Cavanilles, que publicó Observations de M. L'abbé Cavanilles sur l'article Espagne de la Nouvelle encyclopédie, en 1784, enumerando indiscriminadamente algunos autores contemporáneos.

Ese mismo año, un abate piamontés residente en la Corte de Federico II de Prusia, Carlos Deninapronunció un discurso Reponse á le question "Que doit-on á l'Espagne?", en sesión solemne de la Academia de Ciencias de Berlín. Afirmaba que España había hecho por Francia más que Francia por las demás naciones, aunque reconociendo que había decaído durante los últimos tiempos, especialmente en el plano científico.

Entre los denigradores estuvo Luis Cañuelo, quién criticó la general incultura de los españoles en El Censor, publicado en Madrid en 1786. Al menos, reconocía que en España siempre hubo una minoría de intelectuales a la altura de cualquier país europeo.

Más contundente fue Juan Sempere y Guarinos, en Ensayo de una biblioteca española de los mejores escritores del reinado de Carlos III, publicado en Madrid entre los años 1785 y 1789. Responsabilizó del temor a toda innovación al espíritu partidista, la presunción y el catolicismo inquisitorial.

Como este debate se había convertido en una cuestión patriótica, en 1786, la Real Academia de la Lengua Española organizó un concurso público que consistía en redactar una respuesta apologética a la afrenta de Morvilliers en defensa de la tradición cultural y de la ciencia española, sin ninguna retribución económica al ganador. Juan Pablo Forner entregó la obra con la que pasaría a la historia: Oración apologética por la España y su mérito literario. El conde de Floridablanca, secretario real de Carlos III, quedó tan entusiasmado por el alegato de Forner que decidió publicarlo y otorgarle un premio de 6.000 reales.

La Oración apologética es una obra más oratórica que histórica, pues minusvalora la filosofía, y basa las ciencias y las artes en la utilidad y la virtud. Forner defendió a la cultura y literatura nacional, haciendo mención especial al literato Miguel de Cervantes, al humanista Luis Vives y a su promotor Floridablanca, aunque reconoció que nunca hubo un científico del nivel de Isaac Newton o un filósofo como Leibnitz. Destacó la contribución al Escolasticismo, ciencias sagradas, moral, derecho, náutica, arte militar, medicina, lógica, jurisprudencia, etc. Es un obra típica de la Ilustración de su tiempo, pues exaltaba las ciencias prácticas. Recibiría los reconocimientos del marqués de Valmar, Menéndez Pelayo, Wenceslao Ayguals de Izco y otros conservadores españoles.

ORACIÓN APOLOGÉTICA POR LA ESPAÑA Y SU MÉRITO LITERARIO

Frente a esta posición patriótica o paternalista fue Cañuelo quien, a través de la revista El Censor, dirigió sus ataques contra el atraso de las instituciones, subrayando su feudalismo.

Comenzaba un debate que no sólo trataba de ver lo que se ha aportado, sino también de si era posible aportar algo, e incluso si era conveniente de acuerdo con nuestra idiosincrasia. No obstante, como consecuencia de esta polémica, se inyectó en la España de entonces una sabia muy positiva, que conllevó un gran florecimiento artístico y científico.

La conocida como "polémica de la ciencia española" se estancó durante alguna décadas hasta experimentar un relanzamiento tras la Guerra de la Independencia española entre los años 1808-1014. Se produjo con un enfoque distinto, basado en una crítica constructiva para aportar soluciones al estancamiento del desarrollo científico nacional con respecto a otras naciones de Europa o a mejor el nivel cultural de la población. Es interesante a esta cuestión el plan de instrucción publicado, presentado por el poeta José Quintana ante las Cortes de Cádiz.

Con el avance del siglo XIX y la aparición de unas nuevas condiciones sociales más favorables, el conocimiento científico fue recibiendo un fuerte empuje mediante la fundación de academias y facultades. Entre las mismas son destacables la Escuela de Ingenieros, el Instituto Geológico y Minero, el Instituto Geográfico y Catastral, y las Academias de Ciencias y Letras.

Tras la instauración del Estado liberal en 1833, la polémica de la ciencia española tuvo lugar entre conservadores, que defendían el Antiguo Régimen absolutista, y liberales, que estaban a favor del Estado liberal. Un debate más, como los hubo en siglos anteriores, sobre la contribución nacional al acerbo europeo y occidental en Ciencias y Humanidades.

Varios nombres destacaron en el nuevo enfoque de la polémica, cuyo objetivo central será analizar mejor la situación científica presente como base y programa de un mejor desarrollo que facilite las vocaciones y las investigaciones. Así, n su discurso de ingreso en la Academia de las Ciencias,
Antonio Ramón Zarco del Valle indicó las excelentes condiciones climáticas, geográficas y físicas en que se encontraba España y que facilitaba enormemente el progreso de las ciencias.

Otra visión esperanzadora la ofreció José de Echegaray en un discurso sobre la Historia de las matemáticas puras en nuestra España. Aunque reconocía la falta de tradición española en las matemáticas y ciencias puras, reafirmaba su esperanza de recuperar el tiempo perdido para situar a España al mismo nivel que las europeas.

Tan esperanzadoras palabras recibirían una crítica más virulenta en la segunda mitad del siglo XIX, especialmente por los llamados krausistas, aquellos filósofos españoles de tendencia europeista y defensores de las ideas de Karl Krause. Sostenían que la causa del atraso científico se debía principalmente a la intolerancia religiosa.

Uno de ellos, Manuel de la Revilla, aseguró que España no había colaborado en nada al progreso científico europeo, un atraso mantenido durante la Edad Moderna. La causa principal fue la intransigencia de la Iglesia católica ejercida a través del riguroso control de la Inquisición sobre toda obra científica que pudiese aportar novedades y el despotismo de determinadas épocas de la historia de España.

Ante esta ofensa, el historiador y filósofo Marcelino Menéndez y Pelayo refutó al krausista señalando la tradición y lucidez del quehacer científico, aparte de sus innumerables aportaciones. En su artículo Masson redivivo, aludía al ilustrado francés del siglo XVIII, Nicolas Masson de Morvilliers, que abrió aquella polémica con su pregunta ¿Qué ha hecho España por Europa?, en esta ocasión recuperado en la persona de Manuel de la Revilla. Ese texto quedó englobado en su obra La ciencia española, publicado en 1876, en el que reivindicaba la existencia de una tradición científica española, en un estilo hiperbólico.

El motivo de la aversión de Menéndez Pelayo a los krausistas era su continua apología a la producción intelectual y científica de otros países e ignorancia o desprecio de la propia.
"... estimar en poco el rico legado de nuestros padres, despreciar libros que jamás leyeron, ver con burlona sonrisa el nombre de Filosofía española."
Su patriotismo le hizo reaccionar mediante la edición de La ciencia española, escribiendo contra ellos:
"Nuestros flamantes filósofos desprecian a los antiguos sabios españoles porque fueron católicos y escribieron bajo un gobierno de unidad religiosa y monárquica."
Aludiendo a eruditos de la talla de Ramón Llull, Luis Vives o Francisco Suárez escribió:
"Nadie procura enlazar sus doctrinas con las de antiguos pensadores ibéricos, nadie se proclama luliano, ni levanta bandera vivista, ni se apoya en Suárez; y la ciencia española se desconoce, se olvidan nuestros libros, se los estima de ninguna importancia."
Como consecuencia de aquel debate entre Manuel de la Revilla y Marcelino Menéndez y Pelayo, surgió toda una literatura defendiendo ambas tesis, es decir la existencia o no de una ciencia propiamente española. Los resultados de todo ellos resultaron positivos.

Según Ernesto García Camarero, autor de la obra La Ciencia española entre la polémica y el exilio:
"Se va perfilando la necesidad de estudiar científicamente la historia de la ciencia..., quedando claro que, si bien nunca han faltado cultivadores de la ciencia en los últimos siglos, la aportación española a la ciencia universal es muy reducida."

LA CIENCIA ESPAÑOLA ENTRE LA POLÉMICA Y EL ÉXITO

También fue relevante el artículo de José del Perojo aparecido en la Revista contemporánea, el 15 de abril de 1877, con el título La ciencia española bajo la Inquisición. Analizó casi de forma exhaustiva no sólo el contenido de la polémica, sino también las aportaciones nacionales y extranjeras a todas las disciplinas del saber, dando a entender la situación de atraso de la ciencia nacional.

Menéndez y Pelayo siguió siendo el gran valedor e historiador de la ciencia y cultura, cuya defensa fue concebida casi como un deber patriótico. En 1894, escribió otro polémico artículo en la publicación España Moderna, con el título Esplendor y decadencia de la cultura científica española. Lo más destacable fue el punto de vista personal con el que terminaba su artículo:
"Cuando tengamos una facultad de ciencias (basta una) constituida de esta suerte, y cuando en el ánimo de grandes y pequeños penetre la noción del respeto con que estas cosas deben ser tratadas, podremos decir que ha sonado la hora de la regeneración científica de España. Y para ello hay que empezar por convencer a los españoles de la sublime utilidad de la ciencia inútil."

A toda esta problemática no es ajeno el estado de decadencia intelectual en que se encontraba la Universidad española de finales de siglo. En 1876, un grupo de catedráticos, que fueron expulsados o dimitidos de las universidades oficiales por razones ideológicas, fundaron la Institución Libre de Enseñanza. Esta institución universitaria paralela impulsó la polémica, dada su preocupación por la formación de los jóvenes y futuros científicos.

Innumerables artículos sobre el tema continuaron apareciendo en un intento de clarificar posturas. Uno de ellos fue la conferencia pronunciada en Madrid por José R. Carracido en el Ateneo, en 1896, con el título Las condiciones de España para el cultivo de las ciencias, en donde se señala que:
"... si estuvimos postergados en la producción científica fue por efecto de condiciones accidentales, pero fundamentalmente en nada somos inferiores a los pueblos que forman hoy la vanguardia de la civilización."
También fue relevante el discurso de ingreso en la Academia de Santiago Ramón y Cajal, bajo el título de Deberes del Estado en relación con la producción científica. Analiza las causas del atraso científico, sus orígenes físicos, históricos y morales, así como sus posibles remedios. Era partidario de una revolución científica desde el gobierno, que debía trazar un plan y su correspondiente financiación para salir de la situación de crisis.

Por último, también fue relevante en este periodo el artículo del astrónomo José Comas y Solá publicado en La Vanguardia de Barcelona, el 28 de noviembre de 1899, con el título de Nuestra decadencia, y en el que se critica la anquilosada y rutinaria cultura científica, confiando en una reacción moral que la supere.

Así, el siglo XX se inició con la participación en el debate de un genio iluminador en esta materia, el médico Santiago Ramón y Cajal. Su discurso de ingreso en la Academia causó la actuación del gobierno y mediante Real decreto de 11 de enero de 1907 se fundó la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, bajo su presidencia. Esta institución pretendía ser la base de un nuevo surgir científico nacional a través de relaciones profesionales con los principales focos de irradiación de ciencia en Europa.

Gracias a esta Junta, apareció una generación de investigadores con una gran vocación y esforzada dedicación. A pesar de los escasos medios con que se contaban, supieron elevar al nivel cultural y científico en todos los órdenes.

LA CIENCIA ESPAÑOLA

Al margen de los debates y polémicas entre intelectuales, durante el siglo XX fueron apareciendo estudios sobre los inventos y avances al desarrollo científico y contribuciones al ámbito filosófico y cultural realizados por españoles en los siglos de la Edad Moderna. Aquellos hechos fueron olvidados o no fueron puestos en consideración por las autoridades españolas como habían estado haciendo las de otros países. 

Por otra parte, España tuvo otras particularidades sociopolíticas que la diferenciaban del resto, que fueron las concernientes a su proyección ultramarina, el descubrimiento geográfico del mundo, la fundación de virreinatos, y la militarización de la ciencia. Esta peculiaridad generó un avance enorme en el conocimiento geográfico, el conocimiento antropológico de los pueblos indígenas americanos y el estudio de las tierras descubiertas en materias relacionadas con las ciencias naturales.

En este ambiente de recuperación científica y revisionismo historiográfico, surgió un grupo de historiadores de la ciencia, cuyos principales artífices fuero Julio Rey Pastor y Francisco Sánchez Pérez y Vera. De hecho, Rey Pastor fundó la Asociación de historiadores de la ciencia española, en 1934.

Frente a la tesis de Unamuno de "que inventen ellos, para aprovecharnos nosotros", este innumerables grupo de jóvenes investigadores supo dar nivel internacional a sus nuevas aportaciones, elevando nuestro país a la categoría científica que merecía. En un artículo publicado por Rey Pastor en 1953 describía la situación:
"En oposición a la España introvertida, que deseaba Unamuno, poblada de faquires acurrucados al sol y derviches hirsutos de báculo rascador, consagrados a meditar sobre el enigma de la muerte, surgió una generación vigorosa y optimista que trabajó con tesón hasta lograr el ingreso de España en la comunidad internacional de la ciencia..."
Uno de los grandes inspiradores de la nueva corriente científica fue el filósofo José Ortega y Gasset, quien aseguraba que el resurgir científico era la única garantía de supervivencia moral y material de España.

Así pues, el eje central de la polémica cambió de rumbo: la discusión consistía ya en lo que España aportó o no en el pasado, sino en el planteamiento de las bases culturales y sociales sobre las que debe construirse la nueva tendencia y los métodos más útiles para alcanzarlo lo antes posible. En una cosa estaban todos de acuerdo, el progreso del país exige un avance científico inmediato, por lo que se impuso la ejecución de una urgente planificación de acuerdo con las necesidades del mismo.

Solo así se podría avanzar y cumplir el deseo del filósofo Ángel Ganivet:
"Algún día vendrá el saber y, entonces, todo se andará."

LA VERDADERA CIENCIA ESPAÑOLA