INGENIERÍA DE ANCLAS MARINAS DE JUAN FERMÍN DE GUILISASTI


Juan Fermín de Guilisasti fue ingeniero industrial, maestro mayor ancorero e inspector de la Real Fábrica de Anclas de Hernani en 1752, que, después de ejercer el espionaje industrial en las ferrerías de Holanda, pudo introducir las técnicas de fabricación de grandes anclas para buques de guerra de la Real Armada española, convirtiéndose en el mejor maestro ancorero de su tiempo desde su ferrería de Aya.

JUAN FERMÍN DE GUILISASTI

Juan Fermín de Guilisasti era natural de Aya, villa de Guipúzcoa, donde nació en 1705. Pertenecía a un linaje de ferrones y ancoreros establecido en las orillas del río Oria, que se dedicaban a la fabricación de anclas desde siglos atrás. Los primeros años de su vida profesional los realizó, básicamente, en la ferrería del barrio de Arrazubia, en su pueblo natal, situada junto al río que partiendo de las estribaciones del Ernio desemboca en la ría de Orio. Estaba al frente de una de las muchas ferrerías que abastecían de anclas de pequeño y mediano peso a embarcaciones de los astilleros de Pasajes y San Sebastián y que exportaban parte de su producción a Francia e Inglaterra.

En la década de 1730, solicitó a la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas una pensión para realizar una misión de espionaje industrial en las Provincias Unidas de los Países Bajos. El objetivo era estudiar los avances técnicos en el sistema de producción de anclas marinas de gran tamaño de las ferrerías holandesas, entonces a la vanguardia en Europa.

El siglo XVII fue la época de la expansión comercial holandesa por el mundo, despuntando también en la construcción naval que incluía elementos tan necesarios como las anclas, surtiendo de estas herramientas a otros países, como Francia o España. Ya, en el XVIII, los buques de guerra experimentaron un considerable aumento en dimensiones y tonelaje, provistos con mayor número cañones, que necesitaban anclas cada vez más pesadas. Debido a la incapacidad de las ferrerías guipuzcoanas para fabricar piezas de tanta envergadura, los constructores de grandes galeones y navíos de línea tuvieron que recurrir a fabricantes extranjeros.

FERRERÍA DE GRANDES ANCLAS

Por eso, bajo este contexto apareció la figura de Juan Fermín de Guilisasti dispuesto a visitar aquellas ferrerías. En unos meses aprendió los métodos de fabricación de las grandes anclas, incluyendo sus técnicas en soldadura. Difícil tarea tuvo que ejecutar, pues las autoridades holandesas descubrieron sus intenciones, y tuvo que abandonar precipitadamente aquel país ante el riesgo a ser capturado y procesado por espionaje industrial.

Tras completar su misión, Guilisasti pudo regresar al puerto de San Sebastián. Entre los instrumentos que trajo consigo estaban un pescante mayor (brazo de grúa sobre embarcación), un mazo grande de 20 arrobas, y otras herramientas para fabricar grandes anclas. Entre los conocimientos técnicos estaba la utilización del carbón piedra como combustible del proceso productivo, cuyo sistema estaba revolucionando la metalurgia en Centroeuropa. Estos fueron puestos en práctica en su propia fábrica de anclas del barrio de Arrazubia de Aya.

A finales de la década de 1730, su ferrería era la más importante de Guipúzcoa en este sector industrial. Así, las anclas labradas por Guilisasti fueron adquirieron gran fama y prestigio en los astilleros y puertos marítimos de España, no solo por sus dimensiones y formas, sino además por su calidad técnica.

En 1739, consiguió un hito en esta industria al fabricar un ancla de 72 quintales, el más grande construido para un barco español, por lo que fue felicitado por algunos generales del ejército, en ellos el ministro de Marina, Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada. A partir de este momento, comenzaría a fabricar anclas con destino a los navíos y fragatas de la Real Armada española y la Real Compañía de Caracas, convirtiéndose en el maestro ancorero más importante de España.

REAL FÁBRICA DE ANCLAS DE HERNANI

Ante el creciente aumento de la demanda de grandes anclas por parte de la Real Armada, en 1749, el ministro Somodevilla se interesó por su actividad y programó la instalación de una Real Fábrica de Anclas en Guipúzcoa por cuenta del Estado, con sede en Rentería.

En 1750, se fundó la Real Fábrica de Anclas de Hernani, uniendo las tres ferrerías de Fagollaga, Ereñozu y Picoaga. Por real orden de 1750, Juan Fermín de Guilisasti fue nombrado maestro mayor e inspector técnico de la Real Plaza de Hernani, un sueldo de 40 escudos mensuales. El inspector de anclas residía generalmente en San Sebastián, era oficial de la armada y no solamente hacía inspección en las ferrerías, sino también en los mismos muelles o lonjas antes del embarque. Durante su estancia, reglamentó quince clases de anclas, que variaban entre los 7 y los 12 quintales de peso.

Más tarde, Guilisasti fue apartado del cargo debido, entre otras cuestiones, a los problemas que surgieron con los asentistas de las oficinas, las imperfecciones aparecidas en algunas anclas, y la reestructuración de trabajadores de la fábrica. Esta fábrica estuvo funcionando hasta 1857, por algún tiempo posterior se usó como fábrica de cemento, en la actualidad sólo quedan las ruinas.

TRABAJADORES ANCOREROS DE HERNANI

Guilisasti regresó a su negocio privado en la ferrería de Arrazubia. Su reconocimiento en el sector industrial le sirvió también para asociarse con otros empresarios y armadores. Así, se asoció con Jerónimo de Goicoechea para fundar una sociedad ancorera con sede comercial en Caparrena, Usurbil. Continuó fundando varias fábricas en Guipúzcoa, llegando hasta el número de doce las que funcionaban en 1787, entre las suyas y las de otros industriales.

Gracias a sus resultados en el espionaje industrial, varios talleres siderúrgicos de Guipúzcoa comenzaron a desarrollar anclas de grandes dimensiones, que fueron compradas por todos los astilleros de las provincias del Imperio español e incorporadas a las embarcaciones que construían. No solo distribuían este producto metalúrgico a la Real Armada española, incluso abastecieron al Ejército francés, coaligados con el español a través de los Pactos de Familia, aunque también a Portugal e Inglaterra, evitando su importación desde Holanda.

La trayectoria industrial comenzada por Juan Fermín de Guilisasti fue continuada por su viuda, su hijo Juan Antonio de Guilisasti y su nieto Juan Fermín de Guilisasti, en la fábrica de Arrazubia.

Años más tarde, Juan Fermín de Guilisasti nieto fue nombrado por el Rey Carlos III, inspector de anclas por real orden de Carlos III. Este no sólo simplificó los innumerables tipos de anclas que entonces se fabricaban, sino también sus correspondientes pliegos de condiciones, fijando tolerancias en peso y medida, ensayos de choque, etc.

A fines del siglo XVIII, el número de ferrerías de anclas en Guipúzcoa alcanzaba la cifra de dieciocho, la mayoría estaba establecidas sobre los ríos Urumea, Oria y Leizarán. Aparte de los pedidos particulares, el Estado, en un periodo aproximado de un año, encargo más de 400 anclas por un valor de 1.200.000 reales de vellón. En esta época llegó a fabricarse en Guipúzcoa el ancla mayor que se había hecho en España, el cual pesó 9.560 libras.

El emprendimiento e ingeniería de este industrial guipuzcoano consiguió la implantación de una nueva industria de la marinería en la España del siglo XVIII, en plena Ilustración científica.

JUAN FERMÍN DE GUILISASTI

DESCUBRIMIENTO DEL ANTÁRTICO POR GABRIEL DE CASTILLA


Gabriel de Castilla fue uno de los primeros marinos exploradores en alcanzar el continente de la Antártida, en 1603, concretamente las actuales islas Shetland del Sur. Este hecho está compartido con el holandés Dirck Gerrits Pomp. El viaje de Castilla ha sido considerado como un logro fundamental para la historia de la exploración de los mares del sur.

DESCUBRIMIENTO DE LA ANTÁRTIDA POR GABRIEL DE CASTILLA

Gabriel de Castilla y de la Mata nació en Palencia, hacia 1577, cuyos padres fueron Alonso de Castilla y Cárdenas y Leonor de la Mata. Su familia tenía una tradición de servicio militar, lo que propició su temprano ingreso en la carrera de las armas.

En septiembre de 1589, partió al Virreinato de la Nueva España en su compromiso de defender los dominios del Imperio español, cuando era capitán de artillería. Lo hacía en compañía de su primo Luis de Velasco y Castilla, recién nombrado virrey en sustitución de Álvaro Manrique de Zúñiga. En aquel momento, España estaba involucrada en un enfrentamiento con Inglaterra en la Guerra anglo-española de 1588-1604, y era muy necesario reforzar las posiciones defensivas de los virreinatos españoles en América ante el riesgo de ser ocupados.

En 1589, participó en la Expedición exploratoria de las costas de la Capitanía General de Chile al mando del galeón San Francisco, en colaboración con los capitanes Hernando Lamero y Gallego de Andrade.

En 1596, fue nombrado general del puerto de El Callao, junto a la capital de Lima, en el Virreinato del Perú.

Por orden del virrey Velasco, acudió en ayuda del gobernador Martín García Óñez de Loyola, con el objetivo de defender los asentamientos españoles establecidos en las cercanías del río Bio-Bio, al sur de la Capitanía General de Chile, que estaban siendo asediados por las tribus de mapuches. Con el mando de maestre de campo, encabezaba una tropa de más de 200 solados no muy bien equipados, a los que luego se añadieron otros 140 más, con los que Óñez de Loyola pudo hacer frente al potente y valeroso ejército de la región del Arauco.

Lideró las labores de construcción de varias fortificaciones para asegurar las posiciones españolas en la Araucanía y encabezó los enfrentamientos contra piratas y corsarios de las potencias europeas que querían saquear los puertos españoles del cono sur americano. También fue responsable de transportar el quinto real, es decir, la parte correspondiente de metal precioso extraído en concepto de impuesto, desde el puerto de Arica al del Callao en varias ocasiones hasta 1602.

LUIS DE VELASCO GARCÍA ÓÑEZ DE LOYOLA

En 1603, el virrey Velasco le entregó el título de comandante de la Real Armada del Mar del Sur que se estaba preparando desde el Virreinato del Perú tras la desaparición de Juan de Velasco de Barrio. Tenía por misión proteger las aguas de las costas de Chile, Tierra de Fuego y el cabo de Hornos, y capturar a cuantos piratas avistase, especialmente holandeses. Estos habían actuado en algunos puertos del litoral del Pacífico sur causando graves daños en el comercio mercantes y a las poblaciones locales. Por otra parte, Castilla contaba con bastante experiencia para realizar este cometido, pues ya había realizado varias exploraciones y participado en algunos enfrentamientos navales.

La armada estaba formada por tres embarcaciones: el galeón Jesús María, nave capitana de 600 toneladas y 30 cañones de artillería; el galeón Nuestra Señora de la Visitación, nave almiranta que había sido capturada al corsario inglés Richard Hawkins; y el galeón Nuestra Señora de las Mercedes, de 400 toneladas.

En marzo de 1603, la expedición partió del puerto de Valparaíso, en la Capitanía General de Chile.

Poco después de zarpar, una fuerte tormenta empujó a las tres embarcaciones hacia las islas Shetland del Sur, a 64º de latitud, junto al continente de la Antártida. Los integrantes de la expedición fueron los primeros en primeros occidentales conocidos de la historia en contemplar su helada superficie y quizás también en pisarla. Este hecho ocurrió en 1603, nada menos que 160 años antes que lo hiciese James Cook, en 1773, quien descendió hasta los 71º 10' de latitud sur con una tecnología naval muy superior.

Y, un mes después, en abril, las naves de Gabriel de Castilla regresaron a Valparaíso. En 1605, contrajo matrimonio con Genoveva de Espinosa en Lima, una mujer natural de Chuquisaca (Sucre), con la que tuvo seis hijos. Durante el resto de su vida, fue administrador de las rentas de varias encomiendas y desempeñó distintos oficios públicos, destacando el de alguacil mayor de Cuzco y corregidor en dos jurisdicciones.

En 1629, murió ya retirado de la actividad marítima.

El 20 de diciembre de 1989, el Ejército español fundó la Base Antártica Gabriel de Castilla, en la isla Decepción, perteneciente al archipiélago de las Shetland. Sus principales misiones son la investigación científica y ofrecer apoyo logístico a otras expediciones científicas que recorren la Antártida.

MAPA DE LA ANTÁRTIDA DEL SIGLO XVIII

No se han encontrado documentos en archivos navales españoles que aseguren esta efeméride, más bien son de origen holandés. Lo único que existe es el relato del marinero holandés Laurenz Clasesz, que había participado en la Expedición a las Molucas de Jacop Mahu en 1598, detallando la latitud y la fecha:
"[haber] navegado bajo el Almirante don Gabriel de Castilla con tres barcos a lo largo de las costas de Chile hacia Valparaíso, i desde allí hacia el estrecho, en el año de 1603; i estuvo en marzo en los 64 grados i allí tuvieron mucha nieve. En el siguiente mes de abril regresaron de nuevo a las costas de Chile."

Este marino holandés podría haber sido contratado y participado en la armada de Castilla cuando su embarcación, el Blijde Boodschap, de la expedición de Jacop Mahu, tuvo que refugiarse en el puerto de Valparaíso en noviembre de 1599. Después de su sufrir una fuerte tormenta, quedó desarbolada y corta de suministros, viéndose obligada a repostar en un puerto español donde la tripulación fue apresada, entre ellos el capitán Dirck Gerrits Pomp.

Según otras fuentes, Castilla partió al mando del navío Buena Nueva desde algún puerto del cono sur americano a inicios de 1603. Superó los 60º de latitud sur, y observó tierras montañosas cubiertas de nieve. Las coordenadas de sus descubrimientos indican que reconoció a las islas actuales islas Shetland del Sur, a las que denominó islas de La Buena Nueva, en honor a su navío, y la parte septentrional de la península Antártica. Por las coordenadas que ofrece y por los aspectos geográficos que relata es muy probable que Castilla hubiese llegado a las actuales islas Melchior.

BASE ESPAÑOLA GABRIEL DE CASTILLA EN ANTÁRTIDA

Otros investigadores atribuyen este descubrimiento al marino holandés Dirck Gerrits Pomp, que habría alcanzado las mismas las islas Shetland del Sur, un poco antes de que lo hiciese Castilla, concretamente en 1599. Según el relato del capitán holandés Jacob Le Maire, llegó allí desviado por una fuerte tormenta después de cruza el estrecho de Magallanes, al regresar de la Expedición a las Molucas. Pero, como en el caso de Castilla, existen serias dudas sobre la veracidad del relato de Gerrits.

De quienes no hay dudas es de los hermanos Gonzalo y Bartolomé García de Nodal, marinos naturales de Pontevedra, que realizaron una expedición para explorar los mares al sur de La Patagonia, en 1619, por orden de Felipe III. Estos llegaron más allá de los 56º sur, descubriendo las islas Diego Ramírez, en honor de Diego Ramírez de Arellano, piloto de la expedición. Ambos hermanos anotaron todos los datos del viaje con exactitud científica en una relación que se conserva en la actualidad. Pero, tampoco se puede considerar que estos marinos gallegos estuvieran en tierras antárticas, pues las islas Diego Ramírez se consideran el punto más austral del cono sur americano, pero no pertenecen propiamente a la Antártida.

Pero, existe otra versión o hipótesis que asegura que fue otro marino español el que avistó por primera vez la Antártida: Francisco de Hoces, en 1526. Este capitán estaba al mando de la carabela San Lesmes en la Expedición a las Molucas, islas de las especias en la actual Indonesia, al mando de los comandantes Jofre García de Loaysa y Juan Sebastián de Elcano, que partió desde España en 1525. Cuando la expedición se aproximaba al estrecho de Magallanes, la San Lesmes tuvo que poner rumbo al sur para evitar una fuerte tempestad, lo que hizo que descubriera por primera vez el paso al sur del cabo de Hornos. El paso de Hoces o mar de Hoces es llamado paso de Drake de forma errónea en la actualidad, ya que el corsario inglés Francis Drake cruzó por allí medio siglo después de que lo hiciese el marino español Francisco de Hoces.

Esta fue la aventura del San Lesmes, a partir de aquí se especula que superó los 55º de latitud sur llegando al continente antártico, lo que convertiría a Francisco de Hoces en el verdadero descubridor. Después, su carabela regresó al estrecho de Magallanes para reunirse con el resto de la flota. Poco después, el capitán fue relevado por enfermedad y sustituido por Diego Alonso de Solis. Debido a una tormenta, el 1 de junio de 1526, se separó de la flota de la Especiería en pleno océano Pacífico y, según algunos investigadores, el San Lesmes llegó hasta Nueva Zelanda y Australia, al sur del archipiélago de las Molucas.

MAPA DE LA BASE ESPAÑOLA JUAN CARLOS I EN ANTÁRTIDA

POLÉMICA DE LA CIENCIA ESPAÑOLA


¿Existe una ciencia española? ¿Qué ha aportado España a las diversas ramas del saber científico a los largo de la historia? ¿Los intelectuales y científicos españoles han tenido la suficiente altura en sus conocimientos y aportaciones como para dejar una huella indeleble en el saber universal?

Estas preguntas y sus posibles respuestas originaron y originan una serie de investigaciones y debates con el objetivo de clarificar cuál era y cuál es la situación real y la categoría de nuestros conocimientos científicos. La polémica no sólo se reduce a examinar las posibles aportaciones, ya que con el tiempo, los interesados analizaron también las causas sociales y estructurales que pudieron imposibilitar el desarrollo de nuestro quehacer científico.

POLÉMICA DE LA CIENCIA ESPAÑOLA

Como ha ocurrido en diferentes ocasiones a la largo de la Historia, las potencias occidentales han infundado una mala imagen de España, de sus costumbres y de su ciencia. Falacias que se convirtieron en tópicos de una Leyenda Negra que, hasta la actualidad, parte del pueblo español ha asumido dichos mitos sin ningún esfuerzo de verificación histórica.

Otros españoles, en cambio, prefirieron combatir esta mala prensa extranjera. Un pionero de este tipo de literatura patriótica podría considerarse a Francisco de Quevedo con su España defendida, publicada en 1609.

Pero el origen de la polémica se encuentra en la figura de Nicolás Masson de Morvilliers, quien publicó su Enciclopedia Metódicaeditada por Charles-Joseph Panckoucke en París, en 1782que fue sucesora de la Enciclopedia de D'Alembert y Diderot. En su entrada dedicada a España de la sección de Geografía Moderna, se preguntaba:
"Pero, ¿qué se debe a España? ¿Desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace seis, ¿qué ha hecho por Europa?..." 
"En España no existen ni matemáticos, ni físicos, ni astrónomos, ni naturalistas. Sin el auxilio de otras naciones no tiene nada de los que se precisaría para hacer una silla... En todo es un niño que tiene necesidad de crecer todavía."
Movilliers calificaba a España con epítetos como "pueblo de pigmeos" o "la nación más ignorante de Europa".

Lo que había pasado en España, en comparación con la potencia intelectual que se había convertido Francia durante el Siglo de las Luces de la Razón, es que su desarrollo científico había avanzado mucho, pero la información se transmitía con lentitud. El resto de potencias europeas desconocieron por cierto tiempo el esfuerzo que estaba realizando. Por otra parte, el ambiente prerrevolucionario francés perjudicó también a España.

Los españoles se dividieron en defensores y denigradores de su propia nación: apologistas y detractores. También en el extranjero surgieron españoles y no españoles que se sumaron al debate. Varios ilustrados españoles reaccionaron con la pluma a la afrenta de Movilliers, demostrando la contribución de su patria en las humanidades y las ciencias.

La respuesta no se hizo esperar y comenzaron a publicarse artículos en los que aparecen glosas e inventarios de nuestras aportaciones a la cultura universal. El primero en responder fue el botánico español, residente en París, Antonio José de Cavanilles, que publicó Observations de M. L'abbé Cavanilles sur l'article Espagne de la Nouvelle encyclopédie, en 1784, enumerando indiscriminadamente algunos autores contemporáneos.

Ese mismo año, un abate piamontés residente en la Corte de Federico II de Prusia, Carlos Deninapronunció un discurso Reponse á le question "Que doit-on á l'Espagne?", en sesión solemne de la Academia de Ciencias de Berlín. Afirmaba que España había hecho por Francia más que Francia por las demás naciones, aunque reconociendo que había decaído durante los últimos tiempos, especialmente en el plano científico.

Entre los denigradores estuvo Luis Cañuelo, quién criticó la general incultura de los españoles en El Censor, publicado en Madrid en 1786. Al menos, reconocía que en España siempre hubo una minoría de intelectuales a la altura de cualquier país europeo.

Más contundente fue Juan Sempere y Guarinos, en Ensayo de una biblioteca española de los mejores escritores del reinado de Carlos III, publicado en Madrid entre los años 1785 y 1789. Responsabilizó del temor a toda innovación al espíritu partidista, la presunción y el catolicismo inquisitorial.

Como este debate se había convertido en una cuestión patriótica, en 1786, la Real Academia de la Lengua Española organizó un concurso público que consistía en redactar una respuesta apologética a la afrenta de Morvilliers en defensa de la tradición cultural y de la ciencia española, sin ninguna retribución económica al ganador. Juan Pablo Forner entregó la obra con la que pasaría a la historia: Oración apologética por la España y su mérito literario. El conde de Floridablanca, secretario real de Carlos III, quedó tan entusiasmado por el alegato de Forner que decidió publicarlo y otorgarle un premio de 6.000 reales.

La Oración apologética es una obra más oratórica que histórica, pues minusvalora la filosofía, y basa las ciencias y las artes en la utilidad y la virtud. Forner defendió a la cultura y literatura nacional, haciendo mención especial al literato Miguel de Cervantes, al humanista Luis Vives y a su promotor Floridablanca, aunque reconoció que nunca hubo un científico del nivel de Isaac Newton o un filósofo como Leibnitz. Destacó la contribución al Escolasticismo, ciencias sagradas, moral, derecho, náutica, arte militar, medicina, lógica, jurisprudencia, etc. Es un obra típica de la Ilustración de su tiempo, pues exaltaba las ciencias prácticas. Recibiría los reconocimientos del marqués de Valmar, Menéndez Pelayo, Wenceslao Ayguals de Izco y otros conservadores españoles.

ORACIÓN APOLOGÉTICA POR LA ESPAÑA Y SU MÉRITO LITERARIO

Frente a esta posición patriótica o paternalista fue Cañuelo quien, a través de la revista El Censor, dirigió sus ataques contra el atraso de las instituciones, subrayando su feudalismo.

Comenzaba un debate que no sólo trataba de ver lo que se ha aportado, sino también de si era posible aportar algo, e incluso si era conveniente de acuerdo con nuestra idiosincrasia. No obstante, como consecuencia de esta polémica, se inyectó en la España de entonces una sabia muy positiva, que conllevó un gran florecimiento artístico y científico.

La conocida como "polémica de la ciencia española" se estancó durante alguna décadas hasta experimentar un relanzamiento tras la Guerra de la Independencia española entre los años 1808-1014. Se produjo con un enfoque distinto, basado en una crítica constructiva para aportar soluciones al estancamiento del desarrollo científico nacional con respecto a otras naciones de Europa o a mejor el nivel cultural de la población. Es interesante a esta cuestión el plan de instrucción publicado, presentado por el poeta José Quintana ante las Cortes de Cádiz.

Con el avance del siglo XIX y la aparición de unas nuevas condiciones sociales más favorables, el conocimiento científico fue recibiendo un fuerte empuje mediante la fundación de academias y facultades. Entre las mismas son destacables la Escuela de Ingenieros, el Instituto Geológico y Minero, el Instituto Geográfico y Catastral, y las Academias de Ciencias y Letras.

Tras la instauración del Estado liberal en 1833, la polémica de la ciencia española tuvo lugar entre conservadores, que defendían el Antiguo Régimen absolutista, y liberales, que estaban a favor del Estado liberal. Un debate más, como los hubo en siglos anteriores, sobre la contribución nacional al acerbo europeo y occidental en Ciencias y Humanidades.

Varios nombres destacaron en el nuevo enfoque de la polémica, cuyo objetivo central será analizar mejor la situación científica presente como base y programa de un mejor desarrollo que facilite las vocaciones y las investigaciones. Así, n su discurso de ingreso en la Academia de las Ciencias,
Antonio Ramón Zarco del Valle indicó las excelentes condiciones climáticas, geográficas y físicas en que se encontraba España y que facilitaba enormemente el progreso de las ciencias.

Otra visión esperanzadora la ofreció José de Echegaray en un discurso sobre la Historia de las matemáticas puras en nuestra España. Aunque reconocía la falta de tradición española en las matemáticas y ciencias puras, reafirmaba su esperanza de recuperar el tiempo perdido para situar a España al mismo nivel que las europeas.

Tan esperanzadoras palabras recibirían una crítica más virulenta en la segunda mitad del siglo XIX, especialmente por los llamados krausistas, aquellos filósofos españoles de tendencia europeista y defensores de las ideas de Karl Krause. Sostenían que la causa del atraso científico se debía principalmente a la intolerancia religiosa.

Uno de ellos, Manuel de la Revilla, aseguró que España no había colaborado en nada al progreso científico europeo, un atraso mantenido durante la Edad Moderna. La causa principal fue la intransigencia de la Iglesia católica ejercida a través del riguroso control de la Inquisición sobre toda obra científica que pudiese aportar novedades y el despotismo de determinadas épocas de la historia de España.

Ante esta ofensa, el historiador y filósofo Marcelino Menéndez y Pelayo refutó al krausista señalando la tradición y lucidez del quehacer científico, aparte de sus innumerables aportaciones. En su artículo Masson redivivo, aludía al ilustrado francés del siglo XVIII, Nicolas Masson de Morvilliers, que abrió aquella polémica con su pregunta ¿Qué ha hecho España por Europa?, en esta ocasión recuperado en la persona de Manuel de la Revilla. Ese texto quedó englobado en su obra La ciencia española, publicado en 1876, en el que reivindicaba la existencia de una tradición científica española, en un estilo hiperbólico.

El motivo de la aversión de Menéndez Pelayo a los krausistas era su continua apología a la producción intelectual y científica de otros países e ignorancia o desprecio de la propia.
"... estimar en poco el rico legado de nuestros padres, despreciar libros que jamás leyeron, ver con burlona sonrisa el nombre de Filosofía española."
Su patriotismo le hizo reaccionar mediante la edición de La ciencia española, escribiendo contra ellos:
"Nuestros flamantes filósofos desprecian a los antiguos sabios españoles porque fueron católicos y escribieron bajo un gobierno de unidad religiosa y monárquica."
Aludiendo a eruditos de la talla de Ramón Llull, Luis Vives o Francisco Suárez escribió:
"Nadie procura enlazar sus doctrinas con las de antiguos pensadores ibéricos, nadie se proclama luliano, ni levanta bandera vivista, ni se apoya en Suárez; y la ciencia española se desconoce, se olvidan nuestros libros, se los estima de ninguna importancia."
Como consecuencia de aquel debate entre Manuel de la Revilla y Marcelino Menéndez y Pelayo, surgió toda una literatura defendiendo ambas tesis, es decir la existencia o no de una ciencia propiamente española. Los resultados de todo ellos resultaron positivos.

Según Ernesto García Camarero, autor de la obra La Ciencia española entre la polémica y el exilio:
"Se va perfilando la necesidad de estudiar científicamente la historia de la ciencia..., quedando claro que, si bien nunca han faltado cultivadores de la ciencia en los últimos siglos, la aportación española a la ciencia universal es muy reducida."

LA CIENCIA ESPAÑOLA ENTRE LA POLÉMICA Y EL ÉXITO

También fue relevante el artículo de José del Perojo aparecido en la Revista contemporánea, el 15 de abril de 1877, con el título La ciencia española bajo la Inquisición. Analizó casi de forma exhaustiva no sólo el contenido de la polémica, sino también las aportaciones nacionales y extranjeras a todas las disciplinas del saber, dando a entender la situación de atraso de la ciencia nacional.

Menéndez y Pelayo siguió siendo el gran valedor e historiador de la ciencia y cultura, cuya defensa fue concebida casi como un deber patriótico. En 1894, escribió otro polémico artículo en la publicación España Moderna, con el título Esplendor y decadencia de la cultura científica española. Lo más destacable fue el punto de vista personal con el que terminaba su artículo:
"Cuando tengamos una facultad de ciencias (basta una) constituida de esta suerte, y cuando en el ánimo de grandes y pequeños penetre la noción del respeto con que estas cosas deben ser tratadas, podremos decir que ha sonado la hora de la regeneración científica de España. Y para ello hay que empezar por convencer a los españoles de la sublime utilidad de la ciencia inútil."

A toda esta problemática no es ajeno el estado de decadencia intelectual en que se encontraba la Universidad española de finales de siglo. En 1876, un grupo de catedráticos, que fueron expulsados o dimitidos de las universidades oficiales por razones ideológicas, fundaron la Institución Libre de Enseñanza. Esta institución universitaria paralela impulsó la polémica, dada su preocupación por la formación de los jóvenes y futuros científicos.

Innumerables artículos sobre el tema continuaron apareciendo en un intento de clarificar posturas. Uno de ellos fue la conferencia pronunciada en Madrid por José R. Carracido en el Ateneo, en 1896, con el título Las condiciones de España para el cultivo de las ciencias, en donde se señala que:
"... si estuvimos postergados en la producción científica fue por efecto de condiciones accidentales, pero fundamentalmente en nada somos inferiores a los pueblos que forman hoy la vanguardia de la civilización."
También fue relevante el discurso de ingreso en la Academia de Santiago Ramón y Cajal, bajo el título de Deberes del Estado en relación con la producción científica. Analiza las causas del atraso científico, sus orígenes físicos, históricos y morales, así como sus posibles remedios. Era partidario de una revolución científica desde el gobierno, que debía trazar un plan y su correspondiente financiación para salir de la situación de crisis.

Por último, también fue relevante en este periodo el artículo del astrónomo José Comas y Solá publicado en La Vanguardia de Barcelona, el 28 de noviembre de 1899, con el título de Nuestra decadencia, y en el que se critica la anquilosada y rutinaria cultura científica, confiando en una reacción moral que la supere.

Así, el siglo XX se inició con la participación en el debate de un genio iluminador en esta materia, el médico Santiago Ramón y Cajal. Su discurso de ingreso en la Academia causó la actuación del gobierno y mediante Real decreto de 11 de enero de 1907 se fundó la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, bajo su presidencia. Esta institución pretendía ser la base de un nuevo surgir científico nacional a través de relaciones profesionales con los principales focos de irradiación de ciencia en Europa.

Gracias a esta Junta, apareció una generación de investigadores con una gran vocación y esforzada dedicación. A pesar de los escasos medios con que se contaban, supieron elevar al nivel cultural y científico en todos los órdenes.

LA CIENCIA ESPAÑOLA

Al margen de los debates y polémicas entre intelectuales, durante el siglo XX fueron apareciendo estudios sobre los inventos y avances al desarrollo científico y contribuciones al ámbito filosófico y cultural realizados por españoles en los siglos de la Edad Moderna. Aquellos hechos fueron olvidados o no fueron puestos en consideración por las autoridades españolas como habían estado haciendo las de otros países. 

Por otra parte, España tuvo otras particularidades sociopolíticas que la diferenciaban del resto, que fueron las concernientes a su proyección ultramarina, el descubrimiento geográfico del mundo, la fundación de virreinatos, y la militarización de la ciencia. Esta peculiaridad generó un avance enorme en el conocimiento geográfico, el conocimiento antropológico de los pueblos indígenas americanos y el estudio de las tierras descubiertas en materias relacionadas con las ciencias naturales.

En este ambiente de recuperación científica y revisionismo historiográfico, surgió un grupo de historiadores de la ciencia, cuyos principales artífices fuero Julio Rey Pastor y Francisco Sánchez Pérez y Vera. De hecho, Rey Pastor fundó la Asociación de historiadores de la ciencia española, en 1934.

Frente a la tesis de Unamuno de "que inventen ellos, para aprovecharnos nosotros", este innumerables grupo de jóvenes investigadores supo dar nivel internacional a sus nuevas aportaciones, elevando nuestro país a la categoría científica que merecía. En un artículo publicado por Rey Pastor en 1953 describía la situación:
"En oposición a la España introvertida, que deseaba Unamuno, poblada de faquires acurrucados al sol y derviches hirsutos de báculo rascador, consagrados a meditar sobre el enigma de la muerte, surgió una generación vigorosa y optimista que trabajó con tesón hasta lograr el ingreso de España en la comunidad internacional de la ciencia..."
Uno de los grandes inspiradores de la nueva corriente científica fue el filósofo José Ortega y Gasset, quien aseguraba que el resurgir científico era la única garantía de supervivencia moral y material de España.

Así pues, el eje central de la polémica cambió de rumbo: la discusión consistía ya en lo que España aportó o no en el pasado, sino en el planteamiento de las bases culturales y sociales sobre las que debe construirse la nueva tendencia y los métodos más útiles para alcanzarlo lo antes posible. En una cosa estaban todos de acuerdo, el progreso del país exige un avance científico inmediato, por lo que se impuso la ejecución de una urgente planificación de acuerdo con las necesidades del mismo.

Solo así se podría avanzar y cumplir el deseo del filósofo Ángel Ganivet:
"Algún día vendrá el saber y, entonces, todo se andará."

LA VERDADERA CIENCIA ESPAÑOLA

SUBMARINO DE PROPULSIÓN ANAERÓBICA DE COSME GARCÍA SÁEZ


Cosme García Sáez es conocido por ser uno de los primeros ingenieros en desarrollar un submarino de propulsión anaeróbica en 1860, fabricado en Barcelona, que denominó Garcibuzo. Fue bota con resultados favorables el mismo año que el Ictíneo de Narcís Monturiol y precediendo al sumergible de Isaac Peral en 1888.

Además, inventó una imprenta portátil con mejoras en los caracteres, un sistema de timbre para sellar cartas con tinta utilizado en las oficinas del Servicio Nacional de Correos, y tres versiones de un fusil carabina de retrocarga elaborado en la Fábrica de Armas de Oviedo para el Ejército español, en 1863.

SUBMARINO DE PROPULSIÓN ANAERÓBICA DE COSME GARCÍA SÁEZ

Cosme García Sáez nació en Logroño en 1818. Pertenecía a una familia modesta, en la que su padre falleció cuando tenía quince años, por lo que tuvo que ocuparse de su madre y hermanos. Con diecinueve años, contrajo matrimonio con Úrsula Parres, y con quien tuvo cuatro hijos en los siguientes años.

Había sido soldado en la compañía de tiradores del Batallón de Murcia y después en la Milicia Nacional Urbana, al menos hasta 1843, aunque también trabajaba como carpintero de guitarras de madera, oficio que había aprendido de su difunto padre.

En 1854, vivía en Madrid, donde estuvo trabajando en una imprenta que realizaba las tiradas de varios diarios y en la regencia de la Imprenta Nacional. Pero su principal inquietud y vocación fue la de construir inventos y aplicar mejoras en instrumentos que fuese beneficiosos para la vida de las personas.

El 16 de mayo de 1856, patentó tres inventos: una imprenta portátil, una máquina de sellar, y un tipo de fusil.

BOLETO DE COSME GARCÍA SÁEZ

La invención de la imprenta portátil estaba relacionada con su trabajo en la Imprenta Nacional. En esta introdujo mejoras en la fundición de los caracteres de imprenta. Constaba de un receptáculo para la tinta, un cilindro y varios rodillos tomadores y distribuidores de la tinta sobre la platina, desde se encontraba establecido el carácter, y exenta de cintas. Desde uno de los laterales, sobresalía una manivela adosada a una rueda que al girarla se ponía en movimiento los rodillos y en funcionamiento todo el sistema. Diseñó una imprenta con caracteres del alfabeto griego por encargo del rector de la Universidad Central de Madrid, donde se imprimió la gramática griega del catedrático Lázaro Bardón, entre otras publicaciones.

Tuvieron mayor éxito las máquinas de timbre para sellar cartas y postales, que se utilizó en las oficinas del Servicio Nacional de Correos, durante más de veinte años. Se componía de una armadura de hierro, un émbolo y varios rodillos que recogían y distribuían la tinta almacenada en el bote sobre una platina de bronce. Permitía sellar cartas con total limpieza en la estampación de sellos. Otro invento relacionado fueros las máquinas de timbrado de la Casas de la Moneda.

La tercera de estas patentes estuvo relacionada con sus servicios en los cuerpos militares de Murcia en los que sirvió años ante. Se trataba de una carabina de retrocarga, que no consiguió un contrato por parte del Ejército español después de haberlo presentando.

La carga de munición del fusil consistía en girar a la derecha la palanca, que permitía que el tornillo se aflojase y dejase el tambor libre. Este se giraba por medio de un pulsador que dejaba descubierta la recámara. Después se introduce el proyectil del calibre adecuado. Una vez cargado, se gira el tornillo sobre su tuerca en el sentido contrario al de la palanca, y así ajustaba el tambor.

SELLOS DE COSME GARCÍA SÁENZ

En uno de los viajes que hizo a Barcelona para explicar el manejo de su fusil de retrocarga, empezó a planificar la construcción de un prototipo de embarcación sumergible. Esta nave experimental fue desarrollada en el taller Maquinista Terrestre y Marítima de la ciudad condal. Tan solo era un bote de metal cerrado y propulsado por remos articulados desde el interior, es decir, de propulsión manual. Tenía 3 metros de eslora, 1,5 de manga y 1,5 de puntal.

En 1858, realizó sus primeras pruebas en el puerto de Barcelona. No era nada práctico y útil esta nave experimental, pero fue suficiente para que García se lanzase a construir otro más eficiente, en un proyecto más ambicioso. Para esta aventura le acompañaba su hijo mayor Enrique.

Esta nueva versión de submarino fue denominada Garcibuzo. Fue construida en la misma factoría de Barcelona. Tenía 6 metros de eslora, 2 de manga, 1,75 de manga y 2 de puntal, y también era totalmente metálico. Su casco estaba hecho de chapa de hierro, tenía una capacidad interior de dos tripulantes, que además de manejar la dirección, tenían que girar una hélice con fuerza pues era el motor de propulsión de la nave.

Tenía una entrada en la cubierta del casco que se cerraba de forma hermética desde el interior. En los laterales, hay dos remos para girar la nave, cerca de la proa había otros dos remos para mantenerlo y hacerlo descender o elevar, y la hélice estaba en la popa. El casco disponía de varias escotillas, distribuidas por los laterales y otras partes para poder ver el exterior. En el interior, había dos tanques ubicados en un segundo fondo, cuya utilidad era la de hacer descender o elevar la nave.

PLANOS DEL SUBMARINO GARCIBUZO DE COSME GARCÍA SÁEZ

A inicios del 1859, se realizaron las primeras pruebas en el puerto. El 8 de mayo de 1860, fue patentado en España con el nombre de Aparato-Buzo, y el 16 de noviembre del mismo año también en Francia con el nombre de Bateau Plongeur.

En verano de aquel 1859, García trasladó por tierra hasta el sumergible desde Barcelona hasta puerto de Alicante. Desde allí siguió un completo programa de ensayos. El 4 de agosto de 1860, García y su hijo efectuaron el examen oficial ante una comisión de científicos marinos, autoridades locales y curiosos. El acta de la Comandancia de Marina aseguró que las pruebas fueron aprobadas. Había permanecido sumergido durante tres cuartos de hora de forma constante, maniobraba y se desplazaba sin problemas tanto por la superficie como por el fondo marino.

En aquel momento, el Garcibuzo de García competía con el Ictíneo I de Narcis Monturiol para que la Real Armada española lo adoptase y desarrollara como prototipo de submarino oficial. No tenía mucho tiempo y en vista del buen resultado, se dispuso a construir otra nueva versión con nuevas incorporaciones.

El nuevo Garcibuzo iba a tener una utilidad de combate, equipado con un cañón de retrocarga que disparase por aberturas a proa y popa. Otra novedad fue su forro metálico de cobre. Fue trasladado a la Corte de Isabel II, y presentado a la reina. Aunque fue recibido con entusiasmo y admirado por su ingenio, el gobierno de Leopoldo O’Donnell le advirtió que el Estado no podía ni comprar su sumergible ni adoptarlo para ser desarrollado por la Marina. La principal fue el fuerte endeudamiento del Ejército debido a la Guerra de África de 1860-1861, pero también sería por la preferencia del proyecto de su competidor Narcís Monturiol.

Tras patentar su tercer sumergible en Madrid, marchó a París donde lo hizo el 5 de mayo de 1861. La Marina francesa estaba interesada en ponerse a la vanguardia en este tipo de barcos sumergibles aún por desarrollar. Por eso, García fue recibido por el gobierno de Napoleón III, y sus técnicos se mostraron agradecidos, pero ya tenían su propio proyecto de ingeniería submarina en marcha, que también llegó a fracasar.

RÉPLICA DEL SUBMARINO GARCIBUZO DE COSME GARCÍA SÁEZ

García estaba fracasando con su sueño de convertir su prototipo de submarino en una realidad, después de haber invertido todo el dinero ganado con la máquina de sellar de Correos. Aún tuvo esperanzas cuando patentó otros modelos del anterior fusil de retrocarga aún mejorados.

El segundo fue patentado el 1 de junio de 1863, el que tuvo realmente un cierto éxito. Tras pasar los análisis pertinentes por los comisionarios del Ejército española, consiguió que se la se fabricaron 500 unidades en la Real Fábrica de armas de Oviedo con destino a dos batallones de cazadores. Permitía disparar más de 3.000 balas sin que se atascara o hubiese que limpiarlo. La mayoría de estas unidades se perdieron durante la Revolución de la Gloriosa, aunque en los museos militares nacionales se conservan algunas. Al entrar la Primera República, en 1873, se modificó el reglamento de los armamentos y la carabina de García quedó desplazada.

En 1874, Cosme García Sáenz murió a los 55 años de edad, estaba arruinado y sufría una depresión por haber dedicado toda su vida y patrimonio en el cumplimiento de sus objetivos profesionales, sin conseguirlo.

Su hijo Enrique García Parres continuó la actividad que había aprendido de su padre, a quien acompañó en los ensayos del submarino y en las pruebas del fusil en la fábrica de Oviedo. El Garcibuzo quedó anclado en el puerto de Alicante, hasta que fue hundido en su fondo marino por Enrique, porque no podía pagar las tasas de anclaje a las autoridades portuarias.

Durante la Guerra hispano-estadounidense, volvió a ofrecer el proyecto del submarino Garcibuzo a la Comandancia de la Marina para defender las costas españolas en Cuba, Filipinas y Puerto Rico. Coincidió con este objetivo el ingeniero Antonio Sanjurjo Badía, quien también ofreció su modelo de submarino para que España ganase la contienda, pero obteniendo el mismo resultado. El Desastre de 1898 anticipaba el rechazo a ambos proyectos submarinistas.

PLANO DEL SUBMARINO GARCIBUZO Y COSME GARCÍA SÁEZ

En el siglo XX, se homenajeó a la figura de García Sáenz mediante diversas acciones:

En 1917, la Real Armada española contrató la construcción y compra de un submarino de la clase F a un astillero italiano, cuyo nombre fuer Cosme García A2.

En 1972, tuvo la compra del segundo de estos submarinos, con el nombre Cosme García S-34.

En 1985, se abrió el Instituto Cosme García Sáenz de educación secundaria en su ciudad natal, Logroño.

En 2026, se nombró Cosme García S-83 al submarino de la Armada española de la clase S-80, que fue construido en el astillero de Navantia, en El Ferrol.

SUBMARINO COSME GARCÍA S-34

RACIONALISMO EXISTENCIALISTA DE ANTONIO GÓMEZ PEREIRA


Médico y mercader de profesión, Antonio Gómez Pereira fue un humanista que se dedicó también a la filosofía y la ingeniería, y escribió dos destacadas obras:

Novae Veraeque Medicinae sobre medicina, en 1558, demostró ser un pionero en rechazar los conceptos clásicos y medievales como Aristóteles y Galeno, proponiendo la aplicación del Método empírico-analítico como base de investigación. Abordó la relación que existe entre la fiebre y las enfermedades en el cuerpo humano.

Antoniana Margarita sobre filosofía, en 1554, fue precursor del Método racionalista y precedente de la corriente cartesiana. Suya fue la cita "Pienso, luego existo", por lo que está considerado el más genuino de los precursores de René Descartes, quien copió esta máxima en su Discurso del método, en 1637.

RACIONALISMO EXISTENCIALISTA DE GÓMEZ DE PEREIRA

Antonio Gómez Pereira nació en Medina del Campo (Valladolid), en 1500. Posiblemente fuese descendiente de una familia de judíos conversos procedentes de Portugal y dedicados al comercio textil, era el segundo de cinco hermanos.

Estudió filosofía natural en la Universidad de Salamanca, siendo discípulo del profesor Juan Martínez Silíceo, posterior arzobispo de Toledo, e intervino en las disputas entre teólogos realistas y nominalistas, inclinándose por la defensa del Nominalismo. También estudió medicina en la misma universidad.

Tras concluir los estudios en 1520, regresó a Medina donde trabajó como médico. Mientras, se ocupaba de los negocios familiares relacionados con las telas y los tejidos, otros propios de bodegas y vinos, y se relacionaba con mercaderes que comerciaban en la Feria de Medina, una de las más importantes de España. Como médico alcanzó gran fama, llegando a ejercer en Burgos, Segovia, Ávila y otras ciudades importantes de Castilla, incluso en la Corte de Felipe II.

Como ingeniero elaboró algunos aparatos hidráulicos. El más relevante fue un molino de sifón capaz de moler con la fuerza del agua sin ocupar el cauce del río Zapardiel que fue diseñado junto al ingeniero Francisco Lobato, que patentado en 1563.

UNIVERSIDAD DE SALAMANCA

Pero Gómez Pereira ha pasado a la Historia sobre todo por sus ideas filosóficas, que dejó escritas principalmente en dos destacadas obras: Antoniana Margarita y Novae veraeque Medicinae. En él influyeron clásicos como Aristóteles y Platón, y escolásticos como Averroes, San Agustín y Ockam. En la Edad Moderna se le consideró miembro de la Escuela de Salamanca.

Su original pensamiento surgió de la unión de filosofía y medicina, que rechazaba el criterio de autoridad de los teólogos clásicos y medievales frente al conocimiento mediante la aplicación de la razón, la lógica y la experiencia. Así, combatió el supremacismo que tradicionalmente estaban ejerciendo Galeno en la medicina y Aristóteles en la filosofía, para optar por el Razonamiento como principal guía de conocimiento de las ciencias humanas.

Para la exposición de sus ideas recurría con frecuencia al uso de paradojas y silogismos que describían los errores de aquellos a quienes cuestionaba, en un tono más crítico que positivo.

El historiador y ensayista Marcelino Menendez Pelayo afirmó que:
"En psicología experimental, Gómez Pereira está, a no dudarlo, más adelantado que la filosofía de su tiempo, más que la del siglo XVII, más que Bacon, más que Descartes. Ninguno observa como él los fenómenos de la inteligencia."

ANTONIO GÓMEZ DE PEREIRA

Novae Veraeque Medicinae Prima Pars fue escrita en latín y publicada en Medina del Campo, en 1558. Es un tratado exclusivamente médico, nada filosófico.

Es un estudio sobre el origen de las fiebres y la tipología de varias enfermedades, como la lepra o la viruela. Para el estudio de la ciencia, utilizó el Método empírico y racional, basándose en su experiencia profesional como criterio supremo de verdad, y desarrolló métodos curativos sencillos. Por el contrario, rechazaba los tradicionales textos de los maestros medievales y de los clásicos de la medicina como Aristóteles y Galeno. Así lo expresó: "En no tratándose de cosas de Religión, no me rendiré al parecer y sentencia de algún filósofo, si no está fundado en la razón."

Gómez Pereira consideraba que el calor que emana un cuerpo humano cuando tiene fiebre es la reacción como sistema defensivo para expulsar la enfermedad que le afecta, con la finalidad de que el organismo restablezca su equilibrio natural. Se trata de una concepción totalmente moderna de la fiebre como un efecto generado por el cuerpo para erradicar las enfermedades. Llegó a elaborar conclusiones a cerca de las enfermedades que años más tarde fueron elogiadas por el historiador y médico del periodo ilustrado Antonio Hérnández Morejón.

ANTONIANA MARGARITA, POR ANTONIO GÓMEZ DE PEREIRA

Antoniana Margarita fue también escrita en latín y publicada en Medina del Campo, en 1554. Fue titulada así en memoria de sus padres Antonio Pereira y Margarita de Medina, y dedicada a su maestro salmantino Juan Martínez Silíceo. Pero el subtítulo explica a quienes está dirigido este trabajo: Opus nempe phisicis, medicis ac teologis, non minus utile quam neccessarium (Una obra tan útil como necesaria a médicos, físicos y teólogos).

Es un tratado realmente filosófico, de orientación nominalista por influencia de Martínez Silíceo, una mezcla de psicología y metafísica. Expuso ideas que parten del Empirismo hasta acercarse al Materialismo. Se desarrolla en base a tres temas principales: el "automatismo de las bestias", la teoría del conocimiento humano y la inmortalidad del alma.

Su estructura es anárquica, sin apartados ni capítulos, ya que al ser un cristiano nuevo (judeoconverso), Gómez Pereira quiso esconder de alguna manera sus razonamientos personales, evitando el riesgo de ser perseguido por alguna institución eclesiástica.

En teoría del conocimiento defendió el método psicológico de la observación interior, un principio de los nominalistas, identificando intelección e inteligencia, negando el sentido común, y admitiendo la imaginación o fantasía como facultad interior. No admitió por tanto distinción real entre la facultad sensitiva y la intelectiva, ni entre el conocimiento de lo singular y el conocimiento por reflexión. En suma, el médico de Medina redujo todos los fenómenos psicológicos al pensamiento, y éste para él no es otra cosa que el alma misma modificada diversamente por los objetos.

Pero su importancia está en que abordó por primera vez en la historia de la filosofía una serie de cuestiones sobre psicología experimental y, sobre todo, porque despreciaba a los filósofos clásicos como base de conocimiento, prefiriendo el Razonamiento crítico. Se esforzó en buscar por sí mismo la verdad, mediante la observación atenta de la naturaleza y de los fenómenos conscientes.

En su obra, ya advertía al lector la importancia de la observación interna para el estudio de la ciencia psicológica:
"Antes de explicar las funciones internas y externas del debo advertir que juzguen de la verdad de lo que voy a exponer por lo que ellos mismos en el sentir o en el entender hayan experimentado, porque no se trata aquí de esta o la otra situación del orbe en que es preciso dar crédito a aquellos que la han visto, sino que se discuten y explican los actos del alma, de que cada cual tiene conciencia tan clara…, la ciencia psicológica es la más cierta de todas."

Para Gómez Pereira, mediante el conocimiento mismo de cualquier objeto el hombre llega a adquirirlo, puesto que por el mero hecho de existir en nosotros el pensamiento, tiene que existir el alma, es decir, el sujeto pensante.

En el hombre ha de preceder siempre alguna noción de cosa extrínseca al conocimiento con que el alma se conoce a sí misma. Y de aquí se seguirá que esa noción sólo puede servir de antecedente conocido, de donde saque el alma la consecuencia de que se conoce a sí misma, procediendo de este modo: "Conozco que yo conozco algo; todo lo que conoce es; luego yo soy." (Nosco me alquid noscere, et quidquid noscit est; ergo sum.)

Esta doctrina del médico de Medina es igual a la de Descartes y hasta se parece a la del filósofo francés en la forma de la exposición, puesto que Gómez Pereira, al deducir la propia existencia del pensamiento, condensaba su argumentación en un silogismo que viene a coincidir con el famoso cogito; ergo sum del pensador de La Haye Touraine.

RENÉ DESCARTES

En esta obra, Gómez Pereira formuló el célebre principio "pienso, luego existo", elemento esencial del Racionalismo occidental a través de esta sentencia: "Todo lo que conoce existe, luego yo existo." (At quidquid noscit est, ergo ego sum).

Esta máxima fue copiada un siglo después por el filósofo francés René Descartes en su Discurso del método, de 1637, donde escribió una sentencia de igual razonamiento: "Pienso, luego existo." (Cogito, ergo sum). La misma idea de Gómez Pereira, pero acotada y rescrita con otras palabras.

Las semejanzas entre la obra de Descartes y la de Gómez Pereira son evidentes, tanto en el modo de definir el alma de las bestias, su automatismo, como en el método y el silogismo utilizado.

El filósofo español había sido estudiado por numerosos intelectuales de prestigio durante los siglos XVI y XVII. Así, varios eruditos contemporáneos de Descartes, como Pierre Daniel Huet, Isaac Cardoso o François-Marie Arouet Voltaire entre otros, cuestionaron la originalidad y autoría de sus razonamientos, acusándole de haber plagiado a Gómez Pereira. Descartes se defendió asegurando que no conocía la obra del español.

En palabras de Menendez Pelayo, el filósofo Descartes utiliza las mismas palabras y ejemplos que Gómez Pereira:
"Si en las primeras líneas Descartes glosa a G. Pereira, en las últimas compendia lo que había dicho Vallés, copiando hasta sus palabras textuales y sus ejemplos: quare cum illorum peritiam non agnoscamus, superest ut ad peritiam authoris referatur velut quod horologium, motu gnomonis et pulsatione cymbali, metiatur et distinguat nostra tempora, refertur ad peritiam artificis."

El primero en sugerir la excesiva coincidencia con los escritos del español fue obispo de Avranches, Pedro Daniel Huet, primero seguidor y después opositor a la filosofía cartesiana. Este afirmó:
"Nadie defendió con más calor, ni enseñó más a las claras esta doctrina (la del Automatismo) que Gómez Pereira en su Antoniana Margarita, el cual rompiendo las cadenas del Lyceo en que había sido educado, y dejándose llevar de la libertad de su genio, divulgó en España ésta y otras muchas paradojas."

Otra apreciación interesante sobre Gómez Pereira fue la del abate y erudito jesuita Francisco Javier Lampillas, quien afirmó que fue el primer médico en rechazar el Aristotelismo en filosofía y el Galenismo en medicina como bases de conocimiento.

Ante estas acusaciones, Descartes se tuvo que defenderse, por ejemplo, una carta que escribió a su amigo el filósofo y matemático Marin Mersenne, en 1641.

Para otro médico de la Universidad de Cophenague, Olaus Boorrichius, que Descartes hubiera tomado esas ideas sobre el cogito y el automatismo animal sin mencionar a Gómez Pereira suponía un descrédito, como escribió en una de sus epístolas, en 1667.

En cambio, Descartes fue defendido y respaldado por los filósofos de la Ilustración francesa, como el escritor Pierre Bayle, y los enciclopedistas Denis Diderot y Jean Le Rond d'Alembert, quienes realizaron esta reseña en su Enciclopedia:
"Descartes fue el primer filósofo que se atrevió a tratar a las bestias como puras máquinas: pues, Gómez Pereira, que lo dijo un tiempo antes que él, apenas merece que se hable aquí de él, cayó en esta hipótesis por puro azar."

Llegó a ser tanta la influencia de los enciclopedistas que hasta el ensayista ilustrado Benito Jerónimo Feijóo admitió el relato de que Gómez Pereira había llegado por azar a ese razonamiento. Y el filósofo y matemático Gottfried Wilhelm Leibniz afirmó en sus correspondencias que las tesis de Descartes son coincidentes con las de Gómez Pereira, pero que no creía que el francés leyese al español previamente, antes de redactar su Discurso del método, ocho décadas más tarde.

Otras críticas efectuadas en España fue la publicación del libro Endecálogo contra Antoniana Margarita, publicado por Francisco de Sosa en 1556, médico contemporáneo de Gómez Pereira y vecino suyo de Medina del Campo. Es un diálogo renacentista en el que realizó una crítica del libro del filósofo mediante la burla y la sátira, para que "sea sepultado en los infiernos".

ANTONIANA MARGARITA, POR ANTONIO GÓMEZ DE PEREIRA

Claro que tampoco fueron los primeros en proponer esta idea. Los teólogos escolásticos San Agustín y Santo Tomás ya habían abordado la imposibilidad de dudar de la propia existencia, basándose en que la afirmación de ésta va implícitamente contenida en todo pensamiento, y, por consiguiente, en el acto mismo de dudar.

San Agustín: "Si me equivoco, existo, pues quien no es, ciertamente no puede equivocarse, y, por lo tanto, existo si me equivoco." (Si enim fallor sum, nam quinon est utique nec falli potest, ac per hoc sum si fallor.)

Santo Tomás: "Nadie puede pensar que no existe con asentimiento, pues en lo que piensa percibe que existe." (Nullus potest cogitare se non esse cum assensu; in hoc enim quod cogitat percipit se esse.)

La citada obra de Pereira únicamente ha sido traducida del latín al español en el año 2000, lo que ofrece una idea de la importancia que se le ha dado en su país natal. Pero, en la actualidad Gómez Pereira no ha sido suficientemente reconocido como el primer intelectual en formular la sentencia "Pienso, luego existo".