CARTAS ESFÉRICAS DE URUGUAY Y RÍO DE LA PLATA POR ANDRÉS DE OYARVIDE


Teniente de fragata de la Real Armada española, Andrés de Oyarvide fue geógrafo y cartógrafo náutico de la Segunda Expedición al Río Grande en 1776, y en la Expedición de Límites del Río de la Plata en 1783, levantó la Carta Esférica del Río Uruguay en 1802 y la Carta Esférica del Río de la Plata en 1804.

ANDRÉS DE OYARVIDE

Andrés de Oyarvide, también escrito Oyarbide, nació en alguna villa de la Provincia de Guipúzcoa a mediados del siglo XVIII.

Debió pertenecer a algún linaje de la nobleza vasca relacionado con las actividades marítimas, pues comenzó una carrera profesional en la Real Armada española. Y, tras demostrar su hidalguía, cursó estudios náuticos en la Academia de Guardiamarinas de Cádiz, graduándose como piloto de primera clase con el rango de alférez de fragata, en 1771.

Su primera operación naval estuvo en la armada del general Luis de Córdova y Córdova, con el cargo de tercer oficial en la fragata Santa Teresa de Jesús, de 30 cañones, al mando del capitán Basco Díaz de Morales. En 1772, cruzó el océano Atlántico desde Cádiz a Veracruz, de cuya derrota realizó su primera obra hidrográfica ultramarina.

Continuó con algunas operaciones en el Mediterráneo, primero en la expedición de auxilio de Melilla, en 1774, y una vez traspasado a la armada del general Pedro González de Castejón y Salazar en el infructuoso asedio de Argel, en 1776.

En 1776, fue seleccionado para tomar parte de la Segunda Expedición al Río Grande del virrey del Perú, Pedro de Cevallos Cortés y Calderón. Se trataba de una potente armada formada por 20 buques navales y 96 embarcaciones de transporte que llevaban a 9.000 soldados, además de pertrechos de guerra y materiales de defensa para fuertes y puertos, al mando del teniente general Francisco Javier de Everando-Tilly. El objetivo era terminar con el expansionismo territorial del Reino de Brasil que los portugueses estaban efectuando sobre el cono sur de América.

El 13 de noviembre, partió desde el Departamento Naval de Cádiz a bordo de la fragata Santa Clara, de 30 cañones, con la función de piloto, al mando del capitán Pedro de Cárdenas. Tras tomar la isla de Santa Catalina, el 22 de febrero de 1777, la fragata sufrió un naufragio en el estuario del Río de la Plata, el 26 de julio, en el que Oyarvide consiguió sobrevivir.

TRATADO DE SAN ILDEFONSO POR CARLOS III DE Y MARÍA I

La firma del Tratado de San Ildefonso, en 1 de octubre de 1777, puso fin a las hostilidades entre los Ejércitos de España y Portugal en Suramérica y el comienzo de la Expedición de Límites del Río de la Plata que delimitaría la definitiva frontera entre el Virreinato rioplatense y el Reino brasileño.

La expedición estaría formada por cuatro partidas delimitadoras, cada una al mando de un comisario que sería un oficial de la Real Armada y acompañados de científicos y soldados, que se pondrían de acuerdo con su correspondiente partida portuguesa sobre el terreno fronterizo entre las cuencas de los ríos Uruguay y Amazonas, incluyendo el litoral entre el estuario de La Plata y la isla Santa Catalina. Además de las cuestiones delimitadoras, las comisiones debían realizar observaciones y estudios sobre la naturaleza y la etnografía del territorio, el desarrollo económico y las posibilidades de explotación minera, ganadera, agrícola, etc.

En 1783, Oyarvide fue integrado en la segunda partida de la Comisión Delimitadora, cuyo comisario era el teniente de navío Diego de Alvear y Ponce de León, junto al geógrafo e ingeniero militar José María Cabrer. Se encargarían del trazado fronterizo desde la ciudad de Montevideo, hacia el interior siguiendo el estuario del Río de la Plata y el río Uruguay, hasta la desembocadura del afluente Pepirí Guazú, y hasta la Barra de Chuy por la costa atlántica.

VIRREINATO DEL RÍO DE LA PLATA

El 23 de diciembre de 1783, la comisión partió del puerto de Buenos Aires con destino a Colonia Sacramento, donde se reunió con la partida portuguesa al mando del comisario Juan Francisco Roscio, dando comienzo los trabajos.

El 21 de enero de 1784, zarpó desde San Fernando de Maldonado para repasar el litoral atlántico hasta Barra del Chuy.

En algún momento hubo una parálisis de la comisión portuguesa debido a sus discrepancias sobre los criterios utilizados en los estudios y trazados cartográficos. De todas formas, la expedición española entró por el estuario de La Playa, poniendo rumbo norte por el río Uruguay y, en 1786, alcanzaba el río Grande del sur, Monte Grande y Misiones Orientales.

En 1787, se realizaron amplios trabajos en el Alto Uruguay y, en 1788, se buscó la fuente del río en la sierra del Mar, donde fue atacada por una tribu indígena.

Tras este inconveniente, el comisario Alvear decidió remontar el río Paraná junto a los expedicionarios lusos. A bordo de seis embarcaciones, zarparon río arriba desde Candelaria (junto a Posadas) hasta alcanzar las cataratas del Iguazú, a finales de 1788. Sobre este accidente hidrográfico, Oyarvide escribió en su diario:
"El confuso ruido de las aguas, sus choques y embates, el color cetrino y turbio de ellas, el casi negro de las paredes, su altura cubierta de bosques y el silencio de las aves hacen del sitio junto al Salto, tristísimo y asombroso."

CATARATAS DE IGUAZÚ

En la confluencia de los ríos Paraná e Iguazú se marcaría la frontera entre el territorio español de Misiones Occidentales al sur y el brasileño de Matto Grosso al norte. Desde este lugar, el comisario Alvear decidió delegar en Oyarvide la misión de remontar el río Iguazú hasta encontrar el canal de Pepirí Guazú, que pasa paralelo a la sierra de Misiones y se comunica con el Uruguay. Partió junto a la comisión portuguesa de Francisco das Chagas, que fracasó por la falta de víveres y la oposición lusa.

En marzo de 1789, la partida de Oyarvide llegó a Santo Ángel Guardián de las Misiones, una de las misiones jesuíticas asentadas al oeste del Pepirí Guazú, donde se recuperaron de las fatigas y enfermedades. Los demarcadores habían soportado las inclemencias del clima y la dificultad del terreno para trabajar sobre el terreno, en pleno centro de las Misiones. Oyarvide describió en su diario el sacrificio que estaban haciendo sus compañeros para cumplir con la misión, atravesando intrincadas selvas con animales peligrosos, a la vez que quedaban asombrados al descubrir la naturaleza exuberante.

En mayo, regresaron al canal y en junio ya habían llegado a la orilla opuesta en el Paraná. En la actualidad, este canal repleto de meandros y algunos saltos hace de frontera entre Argentina y Brasil.

Tras volver a Santo Ángel, en Misiones Orientales, en 1789, ambas partidas enviaron la cartografía correspondiente a Buenos Aires y Río de Janeiro. Pero las autoridades brasileñas no aceptaron la demarcación de las vertientes del río Pepirí Guazú y sus afluentes en la región del río Paraná. Oyarvide regresó a una misión que quedaría paralizada a mediados de 1791, por las disconformidades de los expedicionarios portugueses sobre los límites fronterizos, que nunca los reconocieron en esta área.

MISIÓN JESUITA GUARANÍ ORIENTAL

De todas formas, sus trabajos cartográficos fueron los primeros realizados de forma seria, precisa y rigurosa entre el río Paraná y el Alto Uruguay.

A pesar de la negativa de las autoridades lusas de continuar con la misión, Oyarvide permaneció en Santo Ángel, apoyando a su capitán y comisario de su partida Diego de Alvear y colaborando en las tareas que realizaba el comisario y botánico Félix de Azara.

A finales de 1795, recibieron la orden del nuevo virrey rioplatense Pedro Melo de Portugal y Villena para realizar un reconocimiento integral del río Uruguay, desde Misiones Orientales hasta Buenos Aires, y levantar trabajos cartográficos. Alvear permitió que fuese Oyarvide el encargado de esta nueva misión dando por concluida su participación en la Expedición de Límites. Junto a él también viajaría el piloto Juan de Inciarte. Todas sus mediciones y comprobaciones quedaron anotadas en su Diario de Viaje, que después formaría su Carta Esférica del río Uruguay, considerada la primera carta hidrográfica de este río. Era un trabajo preciso, riguroso y detallado, con sus profundidades, que perfeccionaría en un viaje posterior.

Así describía al río Uruguay en su Diario:
"De acuerdo al tratado de 1777 se hizo un relevamiento integral del río Uruguay desde el Pepirí a San Javier, unas 250 leguas en total. El Uruguay es el que junto con el Paraná componen el gran Río de la Plata y sin controversia uno de los que riegan el vasto continente de la América Meridional. Tiene su origen no distante de la costa del océano Atlántico, por la latitud austral de 27° 30´, poco más o menos, en las altas serranías que están frente de la isla de Santa Catalina y corriendo de principio al occidente recibe tantas aguas vertientes de la misma sierra que a las 20 o 25 leguas de su nacimiento por donde atraviesa el camino que hacen de San Pablo a Viamon, lo pasan los portugueses con el nombre de río de las Canoas, donde es ya caudaloso."

En enero de 1798, zarpó desde Montevideo a bordo de la fragata Santa Clara, de 34 cañones, al mando del capitán de fragata José de Quevedo, siendo el tercer oficial. Antes, el gobernador de Montevideo, José de Bustamante y Guerra, le había solicitado efectuar el derrotero náutico desde el estuario rioplatense hasta Cádiz, pues se había ganado su respeto y admiración. Pero, debido al bloqueo británico que sufría esta ciudad, la fragata finalizó en el Departamento Naval de El Ferrol, a finales de marzo, acompañada de las fragatas Santa Florentina y La Medea.

Por los excelentes servicios prestados en la Expedición de Límites, en agosto de 1798, fue ascendido a alférez de navío.

En 1799, recibió la orden de embarcar en el Departamento Naval de Cádiz, que ya había sido despejado de navíos británicos, para partir de nuevo al Virreinato del Río de la Plata.

DESEMBOCADURA DEL RÍO DE LA PLATA

El Río del Plata es un amplio valle por el que discurren dos ríos principales, el Paraná y el Uruguay, de norte a sur, recibiendo otros caudalosos afluentes como el Iguazú, el Paraguay, el Pilcomayo, el Salado o el Negro hasta su desembocadura en el estuario del Plata, en cuyo litoral se ubican ciudades tan importantes como Buenos Aires, Colonia Sacramento y Montevideo. Tiene una longitud de 300 kilómetros y una anchura de 220 en su desembocadura. Una de sus características es la gran cantidad de fango que arrastra su caudal, provocando la elevación de sus fondos y la complejidad de su navegación.

Con el establecimiento del Apostadero de Buenos Aires, en 1776, se hacía necesario continuar estudiando los fondos fluviales que el marino José de Bustamante y Guerra ya había empezado unos años antes durante su Expedición científica y política alrededor del Mundo liderada por Alejandro Malaspina. Ahora ya como gobernador de Montevideo y conocedor de la experiencia que había demostrados el marino guipuzcoano, encomendó a Oyarvide la investigación hidrográfica y la elevación de cartas de navegación entre el estuario del Río de la Plata al sur y la confluencia de los ríos Paraná y Uruguay al norte.

En enero de 1800, comenzó su misión, recorriendo en pocos meses el litoral entre la ensenada de Barragán y el puerto de Montevideo.

Debido a la continuación de la Guerra anglo-española de 1796-1802, a inicios de 1801, se puso al mando de una de las veintiuna lanchas cañoneras con las que contaba la flota defensiva de Montevideo.

CARTA ESFÉRICA DE RÍO URUGUAY

Entre octubre de 1801 y marzo de 1802, por solicitud del comisario Félix de Azara al virrey, Oyarvide efectuó las comprobaciones sobre el curso inferior del río Uruguay, dando continuidad a sus estudios de 1796. Prácticamente, había terminado el levantamiento de la Carta Esférica del Río Uruguay, en cuya memoria del viaje indicaba la "configuración del Uruguay desde la isla de Martín García, hasta el Pepirí inclusive". Después, revisó toda la documentación y cartas realizadas hasta el momento por otros cartógrafos, que Bustamante le fue entregando.

A inicios de 1803, desde Colonia de Sacramento y Buenos Aires, Oyarvide inició la ejecución de la Carta Superior del Río de la Plata, es decir de la zona media y alta del curso del Uruguay. Primero, empezó con el sondeo, descripción de corrientes, mareas y observaciones astronómicas del espacio de Samborombóm y cabo San Antonio y los bancos de la Gaviota, Magdalena, Chico, Ortiz y Playa Honda. De allí pasó al levantamiento de la zona más peligrosa del río, el curso medio donde se encontraban los peligrosos bancos Arquímedes e Inglés.

En 1804, continuó desarrollando el litoral atlántico oriental, y con ello el levantamiento de los planos de Maldonado, Rocha, Castillos, cabo Polonio y la desembocadura del Río Solís, apoyados en las cartas realizadas por la expedición de Malaspina, Gundín y los demarcadores.

CARTA ESFÉRICA DEL RÍO DE LA PLATA

En agosto de 1804, partieron cuatro fragatas de guerra desde Montevideo hasta Cádiz: Medea, Clara, Fama y Mercedes. En esta escuadra estaban de vuelta el retirado gobernador y marino José de Bustamante y el comisario de límites y mayor general Diego de Alvear, ambos habían sido jefes de Oyarvide. La fragata Nuestra Señora de las Mercedes estaba al mando del capitán donostiarra José Manuel de Goicoa y Labart. El 5 de octubre, esta escuadra fue atacada por una flota británica al mando del comodoro Graham Moore a la altura del cabo de San Vicente. La Mercedes fue estallada a cañonazos mientras se defendía, muriendo casi 300 tripulantes, entre ellos el comisario Alvear y el capitán Goicoa, y un valiosísimo cargamento de monedas. Las otras tres fragatas tuvieron que rendirse ante la superioridad de fuerzas británicas.

En otra ocasión, el nuevo gobernador montevideano, Pascual Ruiz Huidobro, envió una carta al secretario real de Marina, Domingo Pérez de Grandallana, exigiendo un nuevo destino para Oyarvide, por solicitud del guipuzcoano debido a su estado de fatiga y enfermedad. Según su propuesta, se haría cargo del Real Apostadero de Montevideo como ayudante de la jefatura y profesor del Cuerpo de Pilotos, continuando con sus estudios sobre el Río de la Plata.

En octubre de 1804, el virrey le puso al mando de la goleta Dolores, con la misión de reconocer la costa del sur hasta el cabo Corrientes, actual ciudad Mar del Plata, al objeto de incrementar el área de control de la Provincia de Buenos Aires por la costa atlántica sur. Tras regresar a Montevideo, en diciembre del mismo año, Oyarvide había completado la Carta Esférica del Río de la Plata. Allí supo del visto bueno por la Corte para el empleo en el Apostadero naval montevideano y su ascenso a teniente de fragata.

CARTA ESFÉRICA DEL RÍO DE LA PLATA

Sin embargo, una nueva Guerra anglo-española empezada en 1804 y el consiguiente riesgo de invasión por alguna flota británica impidió su retiro. A inicios del 1805, fue incorporado a las fuerzas navales rioplatenses al mando del brigadier Pascual Ruiz Huidobro, formadas por cuatro corbetas, una fragata, un bergantín, una goleta, un falucho, y veinticinco embarcaciones menores armadas con cañones.

En mayo, se produjo el hundimiento de la fragata Asunción al encallar en el llamado Barco Inglés. Conocedor del litoral, Oyarvide embarcó en la corbeta Fuerte, al mando del teniente de navío Baltasar Unquera, en misión al rescate de sus más de 300 tripulantes, de los que fallecieron casi todos.

En octubre, la derrota en el combate de Trafalgar supuso un punto de inflexión en el devenir de la hegemonía española en mares y océanos ante la emergente potencia naval que se estaba convirtiendo Gran Bretaña.

En diciembre, continuaron las desgracias para la Real Armada española. Una escuadra británica se acercaba a Río de la Plata al mando del comodoro Home Riggs Popham llegando desde Sao Paulo. El gobernador ordenó la salida de dos embarcaciones, una vigilaría la boca sur del estuario, y el San Ignacio de Loyola, al mando de Oyarvide, controlaría las aguas atlánticas más allá del cabo de Santa María. La tempestad que se desató a inicios de 1806 produjo el naufragio del velero San Ignacio, cuando chocó contra las rocas del litoral uruguayo, muriendo todos sus integrantes, incluido el teniente de fragata y gran marino científico Andrés de Oyarvide. Seguramente estaba esperando en las aguas alrededor de cabo Polonio, Castillos y las playas de Santa María, una zona de fuertes corrientes y numerosos arrecifes de muy difícil navegación.

CARTA ESFÉRICA DEL RÍO DE LA PLATA

UNIVERSIDAD DE SANTO DOMINGO


La Universidad de Santo Domingo ha pasado a la historia de América por ser la primera fundada y por el debate de los naturales.

UNIVERSIDAD DE SANTO DOMINGO
La Universidad de Santo Domingo es la primera fundada en América, ubicada en la ciudad de Santo Domingo de Guzmán de la isla La Española. Su origen estuvo en el estudio conventual, que después se convirtió en Estudio General desde 1518, que regentaba la Orden de los Dominicos o Predicadores.

En virtud de la bula In Apostolatus Culmine otorgada por el papa Paulo III el 28 de octubre de 1538, permitió ser elevada a la categoría de Universidad con el nombre de Real y Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino. Pero no obtuvo reconocimiento real por Carlos V, siendo aprobada dos décadas después, con el reinado de Felipe II.

La nueva institución tomó como modelo a seguir a la Universidad Complutense de Alcalá de Henares, fundada a inicios del siglo XVI por el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, pues se trataba de un símbolo y la vanguardia de las ideas de Renacimiento español. Obtuvo los estatutos de Alcalá, pero eso implicaba también estar influenciada por la Universidad de Salamanca, ya que los de la primera eran los mismo salmantinos, otorgados por la Monarquía y por el Papado a la fundación cisneriana.

No es extraño que fuese la primera universidad fundada en América, pues Santo Domingo tuvo el primer asentamiento europeo y primera sede administrativa española en este continente, primero por Bartolomé Colón a la margen occidental del río Ozama, en 1498, y después trasladada por Nicolás de Ovando a la margen oriental, en 1502. Además, consiguió el levantamiento de la primera catedral primada de América, la Catedral de Santo Domingo o Basílica Menor de Santa María de la Encarnación; y también el primer castillo, el Alcázar o Palacio Virreinal de Diego Colón, el primer hospital y la primera oficina aduanera. Y todo su conjunto es en la actualidad Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

IGLESIA Y CONVENTO DE LOS DOMINICOS

Es el primer trasplante del tipo de universidad de tipo híbrido, porque se realizó con la colaboración y conjunción de otra institución base, el convento, en este caso de dominicos, modelo de inspiración la Universidad de Alcalá de Henares, que era colegio-universidad. Esta institución metropolitana, fundada a inicios del siglo XVI, a su vez tomó modelo de la primera fundación hispánica de este tipo, el Colegio Menor de San Antonio de Portaceli, en Singüenza, que tenía facultad para otorgar grados. A partir de entonces, esta tipología híbrida de convento-universidad, colegio-universidad o seminario-universidad se fue multiplicando en Hispanoamérica.

Sin embargo, el hecho por el cual la Universidad Autónoma de Santo Domingo fuese fundada de manera oficial por bula papal en 1538 y aún tardase de forma real por la Corona española suscitó una controversia con la Universidad de San Marcos de Lima, en Perú, que fue fundada por real provisión en 1551, por Carlos V. Es la denominada Controversia de la Primera Universidad Americana. Pero este centro educativo no pasaría a la historia universal por esta controversia sobre la adjudicación de la institución de educación superior más antigua de América, sino por un debate mucho más profundo y determinante para el desarrollo de la colonización por los españoles y su relación con los indígenas naturales del Nuevo Mundo, fue la denominada Polémica de Indis.

PLACA DEL ESTUDIO MAYOR Y ESTATUA DE ANTONIO DE MONTESINOS

La llegada de los primeros dominicos a la isla La Española y de los fundadores del estudio conventual en Santo Domingo eran procedentes del convento de San Esteban, incorporado a la Universidad de Salamanca. En ese momento se estaba produciendo el establecimiento de las primeras instituciones en las islas Antillas, que permitió a los padres de la orden afrontar el problema más importantes: el de la defensa de los derechos del indio.

Los primeros misioneros evangelizaron y enseñaron en aquella incipiente comunidad desde su llegada. De entre ellos destacaron Pedro de Córdoba, Bernardo de Santo Domingo y Antonio de Montesinos, los primeros dominicos en afrontar los problemas suscitados por la conquista.

Así, surgió en esta ciudad y en el Estudio General de Santo Domingo, germen de la futura universidad, la denominada Polémica de los Naturales. Con el sermón pronunciado por Antonio de Montesinos en 1511, licenciado en la Universidad de Salamanca, a favor de los derechos del indio, se planteó todo un dilema jurídico-teológico de enorme repercusión a uno y a otro lado del Atlántico. Desde entonces, se especuló sobre el origen del indígena americano, su capacidad racional, su condición de pagano o infiel con respecto a una herejía de la que había abjurado, su condición de caníbales y, por tanto, si deberían ser hechos esclavos. Fue un dilema de cuyas respuestas a todos estas cuestiones iban a determinar que al indio se le pudiera despojar de sus tierras, se le obligara a pagar tributos, se le esclavizara, pagase diezmos, etc.

Santo Domingo  Guzmán Española
SANTO DOMINGO DE GUZMÁN

Un debate que también implicaba el nivel de instrucción religiosa que los indios podrían recibir, el papel de la Inquisición para protegerles de la herejía y cuestiones de otra índole.

¿Qué tipo de trato se debería dar al indígena? Sobre su consideración no hubo consenso en los comienzos. Para unos eran seres sumisos, pacíficos y virtuosos, para otros eran idólatras, vagos y mentirosos. Por eso, al año siguiente del sermón de Montesinos en Santo Domingo, se reunió en Junta a un grupo de teólogos y juristas en la ciudad de Burgos para debatir y aportar soluciones a algunos de estos asuntos. El resultado final fue la aprobación de las llamadas Leyes de Burgos, en 1512, durante el reinado de Fernando el Católico.

Las Leyes de Burgos reconocían la libertad "relativa" de los indios, porque debido a su naturaleza perezosa debían ser adoctrinados bajo supervisión española. Aunque no se suprimían las encomiendas, se regulaban las obligaciones del encomendero en favor del indígena.

De la Junta surgió también la denominada Doctrina del Requerimiento, que explicaba las razones de los cristianos con respecto al mantenimiento, evangelización y gobierno de los indígenas. Además, otorgaban legalidad a la llamada teoría de la Guerra Justa en caso contrario.

Todas estas medidas fueron desarrolladas con más exactitud y legitimidad por las explicaciones que en su cátedra de Derecho de la Universidad de Salamanca hizo el gran jurista y teólogo Francisco de Vitoria en la década de los años 1530. Sentó las bases del Derecho Internacional a través de sus dos relecciones: De inis y De iure belli.

ESCUDO Y ESTATUTOS DE LA UNIVERSIDAD DE SANTO DOMINGO

Pero, ante todo, Santo Domingo ha significado el comienzo de los primeros y más modestos pasos de la Universidad en el continente de América. Con escasos medios y personal, concentró el interés de los estudiantes de la zona del mar Caribe y las islas Antillas descubiertas por el emergente Imperio español. A través de esta institución, sus habitantes pudieron formarse en las facultades tradicionales: Teología, Cánones, Derecho, Medicina y Artes.

Aunque se creó con carácter de universidad menor, fue un foco de irradiación y de intercambio con las otras universidades que se fueron fundando en el sector antillano, tanto en Cuba como luego en Tierra Firme, en Caracas, y más tardes en Mérida (Venezuela). Los dominicos que llegaban al Nuevo Mundo eran formados en la Universidad de Salamanca, normalmente, se instalaban en Santo Domingo para adaptarse. Se dedicaba a la docencia en el Estudio Conventual, después en el Estudio General y en la Universidad cuando fue fundada, y desde ahí pasaban a Tierra Firme hacia otras instituciones académicas.

Algunos destacados docentes fueron:

Tomás de Berlanga, primer prior por elección del convento de La Española, después provincial de esta provincia de Santa Cruz de Indias, y por último obispo de Panamá. Descubrió la isla de los Galápagos y vislumbró y proyectó el trazado del canal de Panamá.

Domingo de Betanzos, luego misionero en México y Guatemala, cuyas provincias de la Orden fundó, provincial de México.

Bartolomé de Ledesma, uno de los grandes teólogos, discípulo de Francisco de Vitoria en el Convento de San Esteban y alumno de la Universidad de Salamanca, que enseñó en Santo Domingo, y luego fue uno de los miembros más destacados de la naciente Universidad de México, pasando después a Lima, como catedrático de Prima de Teología.

BARTOLOMÉ DE LEDESMA, DOMINGO DE BETANZAS Y TOMÁS DE BERLANGA

La trayectoria universitaria, aunque mantuvo su continuidad, tuvo ciertos altibajos, en algunos casos promovidos por los pleitos sostenidos durante el siglo XVIII con otros centros dirigidos por los jesuitas. El decreto de expulsión de la Orden de San Ignacio de Loyola por el rey Carlos III en 1767 de todos los territorios españoles y la real cédula que mandaba extinguir las cátedras de la escuela jesuítica terminó un conflicto que no llegó a sentenciarse.

Sin embargo, la oleada de fundaciones en el ámbito antillano durante el siglo XVIII, con las pujantes Universidades de La Habana, Caracas y Popayán, restó preponderancia a la primera universidad americana.

La universidad afrontó diversos problemas a comienzos del siglo XIX con la administración francesa de Haití. Tras la independencia de los haitianos, esta institución fue reabierta por los políticos José Gabriel García y Emiliano Tejera, en 1866, bajo el nombre de Instituto Profesional. En 1914, recobró su nombre original hasta la actualidad, que es conocida como Universidad Autónoma de Santo Domingo. Su sede central se sigue manteniendo en la capital de la moderna e independiente República Dominicana, siendo la única estatal, pero mantiene recintos, centros y subcentros en diferentes puntos del país. La Universidad Autónoma de Santo Domingo tiene convenios vigentes con universidades en los cinco continentes, mediante los cuales se establece intercambio profesoral, estudiantil, becas y se promueve la investigación conjunta.

En la actualidad, se conserva la iglesia, con fachada de un gótico primitivo, y parte del antiguo convento de los dominicos, primera sede de la universidad. También recuerda su pasado una placa expuesta en la contemporánea Universidad Autónoma, en cuyo recinto del rectorado se guarda la cátedra antigua, del siglo XVI, testigo de su laborioso pasado académico. Y en el campus universitario se ubica un homenaje a fray Antonio de Montesinos, que es el escenario para las protestas y manifestaciones estudiantiles.

UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE SANTO DOMINGO

INGENIO HIDRÁULICO DE PEDRO DE ZUBIAURRE


General de la Real Armada del mar Océano, Pedro de Zubiaurre luchó en la Guerra anglo-española de 1585-1604 y en la Guerra de los Ochenta Años, realizó importantes misiones diplomáticas en Londres y de transporte de tropas a Flandes e Irlanda, participó en la Campaña de Bretaña de 1592 y la Campaña de Irlanda de 1601, ganó combates, defendió plazas fuertes, escoltó flotas mercantes, ejerció el corso y apresó numerosos buques y hundió otros tantos, e ingenió un novedoso sistema hidráulico sobre el río Pisuerga en Valladolid en 1604

PEDRO DE ZUBIAURRE E IBARGUREN

Pedro de Zubiaurre y Ibarguren era natural de Puebla de Bolívar, Cenarruza, en el Señorío de Vizcaya, donde nació en 1540. También es conocido por Pedro de Zubiaur porque solía firmar con la ortografía de la época por Çubiaur. Fue el segundo hijo de Martín de Zenarruzabeitia, señor de la casa solar de Zubiaurre, y de Teresa de Ibarguren. Este linaje nobiliario se había dedicado a la marinería y al comercio con naves de su propiedad, y algunos de sus miembros habían conseguido cargos en el Consulado del Mar. Siguiendo la tradición familiar, decidió dedicarse a las artes marítimas y ofrecer sus servicios a la Corona española.

En 1568, a los veintiocho años de edad, realizó su primera Misión logística a Flandes, con el objetivo de entregar caudales al duque de Alba. España estaba involucrada en la Guerra de los Ochenta Años contra los protestantes holandeses. Al mando de dos zabras, partió de Bilbao, pero tuvo que refugiarse en un puerto de Inglaterra ante la llegada de una armada de 40 hugonotes franceses hugonotes procedentes de La Rochelle. Fue detenido, su cargamento requisado, y pasó un año en presión. Recobrada su libertad pudo ir a Flandes con sus zabras, pero sin los caudales, y se puso a las órdenes del duque de Alba.

En 1573, fue comisionado por la Casa de Contratación de Sevilla para desempeñar su primera Misión diplomática a Londres y negociar ante la Corte de Isabel I de Tudor una compensación económica del llamado Tesoro del Perú, capturado por el corsario Francis Drake en el tránsito de Panamá a Nombre de Dios.

Este objetivo fue reeditado en 1581, en su segunda Misión diplomática a Londres, tras la primera de 1573. Mientras tanto, preparaba un plan invadir el puerto holandés de Flesinga utilizando como base de operaciones algún puerto inglés, y en colaboración con el general Alejandro Farnesio. Aunque ya había comprado dos buques y preparaba sus dotaciones, fue descubierto y encarcelado en la Torre de Londres, donde pasó cautiverio durante dos años, sometido a un trato denigrante y padeciendo incluso torturas.

Pero también pudo realizar espionaje industrial sobre las técnicas hidráulicas inglesas. Desde su celda en la Torre de Londres, observó el ingenio del alemán Peter Morice implantado a orillas del Támesis, que era capaz de bombear agua a la ciudad. Pudo memorizar este novedoso sistema hidráulico, y dibujar unas maquetas del artificio cuando fue liberado, tras duras gestiones. Desde Flandes, quiso enviar a la Corte de Felipe II aquellos planos y explicaciones a través de carta con la intención de implantarlo en las ciudades españolas. Finalmente, fue engañado por el recadero a quien confió su misiva, quien vendió su proyecto a un tercero. Más tarde, tras su regreso a España, el traidor fue denunciado y encarcelado.

TORRE DE LONDRES, SIGLO XVI

En 1580, tomó parte de la Expedición a la isla de Santo Domingo, regresando con importante cargamento que condujo con la mayor pericia.

En enero de 1590, Zubiaur fue comisionado en su tercera Misión diplomática a Londres, con el objetivo de para negociar ante la Corte inglesa el rescate cientos de prisioneros españoles que habían sido capturados durante el intento de invasión de Inglaterra de 1588, a bordo de la Grande y Feliz Armada.

El marino vizcaíno se presentó en el puerto de Dartmouth al mando de tres filibotes y una urca de transporte. Tras serias negociaciones, consiguió la liberación de al rededor de 500 españoles entre soldados y marinos de aquella armada y otros procedentes de otros encuentros, no sin antes partir de forma secreta a toda vela, y perseguidos por cinco galones ingleses. La expedición llegó al puerto de La Coruña en febrero de 1590, con tal éxito que fue recompensado con el el título naval de Cabo de una escuadra de filibotes, que se constituyó bajo su coste, y quedando subordinado del capitán general Álvaro de Bazán, el hijo.

Se iba a dedicar a la persecución de corsarios y mercantes, tanto ingleses como holandeses, en el Atlántico europeo, desde el canal de La Mancha hasta las costas de Portugal. Su escuadra estaba compuesta por 10 embarcaciones de tipo filibote de alrededor de 100 toneles.

Aquel año de 1590, realizó un servicio de escolta a varios navíos al mando de 3 de sus filibotes. Frente a las costas gallegas de Bayona, fue sorprendido por 14 buques holandeses con los que trabó combate, logrando capturara 7 de ellos que condujo a El Ferrol. Volvió a salir ese mismo año para transportar armas y municiones a Flandes y, cuando regresaba a España, se encontró, a unas 40 millas de Muxía, con 9 galeones y 1 patache ingleses a los que se enfrentó con audacia en un combate que se prolongó a lo largo de nueve horas.

ESCUADRA DE FILIBOTES

A partir de 1592, tomó parte en la Campaña de Bretaña, sirviendo como "cabo de los felibotes de mi armada que me sirven en la costa de Bretaña". Siempre a las órdenes del general Diego Brochero, se encargó de transportar suministros, caudales, refuerzos y pertrechos de todo tipo a las tropas españolas desplegadas en Blavet y Brest.

En noviembre de 1592, Zubiaur tuvo una destacada actuación bélica combate del golfo de Vizcaya. Atacó con su escuadra de 12 filibotes a un convoy inglés de 40 buques mercantes escoltados por 6 buques de guerra, quemando su capitana y apresando otros 3 más. Pero tuvo que batirse en retirada ante la llegada de 6 galeones de guerra en apoyo de los franceses protestantes de Enrique IV, consiguiendo escapar pese a que desarbolaron su propia nave capitana a base de cañonazos.

En abril de 1593, Zubiaur se destacó en la defensa de la ciudadela de Blaye, en ayuda de los franceses católicos que estaba siendo atacada por 6 galeones ingleses e infantería francesa protestante. Apresó a la capitana de esa flota y quemó a la almiranta con todos sus hombres, llevándose las banderas de ambas naves, que pidió al rey su incorporación a su escudo nobiliario.

Después de haber rendido la flota de seis galeones, desembarcar las tropas de refuerzo y los suministros en el puerto de Blaye. Pronto se presentaron en el mismo punto de la costa de Brest otros 11 buques, esta vez franceses protestantes de La Rochelle y Broage. Pese a sufrir un incendio, consiguió hundir la nave capitana, y salvó todos sus buques filibotes.

CIUDAD DE LA BLAYE

En junio de 1597, fue nombrado capitán general de escuadra de galeones, con el cargo de general de la Real Armada del mar Océano. En Pasajes recibió el mando de una flota de seis galeones y cuatro galizabras, dependiente del general Martín de Padilla, cargado de armas y pertrechos de guerra con destino a Lisboa. Su nuevo escenario de sus operaciones era el litoral cantábrico y portugués, en cuyas aguas debía eliminar a cuantos corsarios encontrase, asegurar el tráfico marítimo de los mercantes españoles o transportar tropas, armas y suministros.

En 1596, atacó a 6 buques ingleses que llevaban municiones, provisiones y pertrechos para la flota que saqueó Cádiz, hundiendo dos de ellos y capturando a los otros cuatro. Tal vez fue la más señalada de sus exitosas actuaciones en esta campaña.

Aquel año, se integró en la Real Armada para la invasión de Inglaterra al mando del general Martín de Padilla que terminó en fracaso por un fuerte temporal. Al año siguiente, en octubre de 1597, partió desde Ferrol la siguiente expedición que consiguió tomar la costa inglesa, poniendo en tierra a 400 hombres.

Este año resistió a dos enfermedades, que le tuvieron al borde de la muerte, primero el tifus exantemático, y después una neumonía. Pero pudo superarlas pese a su avanzada edad y la primitiva medicina existente en la época.

A partir de ese momento, sus actuaciones tuvieron como escenario las aguas comprendidas entre el estrecho de Gibraltar y las islas Madeiras, siendo numerosos los buques enemigos que capturó. Fue destacable el enfrentamiento que mantuvo con una escuadra holandesa de la que pudo capturar cinco navíos y un valioso cargamento que llevó a Cádiz.

PEDRO DE ZUBIAURRE E IBARGUREN

Tras la firma del Tratado de Paz de Vervins entre España y Francia, continuaba la Guerra anglo-española de 1585-1604, en la que el siguiente escenario de operaciones fue Irlanda, en poder de los invasores inglesas.

En septiembre de 1601, Zubiaur formó parte de la Campaña de Irlanda, integrado en la armada de 33 buques con casi 4.500 hombres, que partió de puertos gallegos al mando al mando del almirante general Diego Brochero y del capitán general Juan del Águila. Zubiaur comendaba ocho, entre ellos el galeón San Felipe, y cuatro urcas, con otros 1.000 hombres.

Una vez desembarco en el sur de Irlanda, Juan del Águila se atrincheró en el viejo castillo de Kinsale, mientras que Zubiaur se estableció en Castlehaven. Tras artillar la fortaleza y asegurar su bahía, hizo lo mismo en los de Baltimore y Berehaven, dejando artillería e infantería. De esta forma, los puertos más importantes del litoral sur de Irlanda quedaron en poder de la fuerza de desembarco española.

El 16 de diciembre, el almirante Levison atacó a los seis buques españoles fondeados en aquel pequeño puerto, dando comienzo el Combate de Castlehaven. Apoyado con cinco grandes piezas de artillería, el duro combate se prolongó durante más de un día. Zubiaur perdió la nao María Francisca, y dos sobrinos suyos murieron a bordo de la nace capitana. Pero más pérdidas sufrió la flota de Levison.

COMBATE DE CASTLEHAVEN

Aprovechando su dominio del idioma inglés, Zubiaur se coordinó con los líderes locales O’Neil, O’Donnell y O’Sullivan, a los que entregó armas. Se preparaban para atacar a las tropas inglesas acantonadas en Kinsale, en una estrategia conjunta hispano-irlandesa con las de Águila y las de Zubiaur. El general Mountjoy mantenía a unos 7.000 hombres.

El 3 de enero de 1602, las tropas irlandesas fueron rechazadas en la Batalla de Kinsale, sin apenas resistencia. Estaban mal armadas y peor entrenada, y divididas en tres cuerpos diferentes, que apenas podían apoyarse mutuamente. El ejército rebelde irlandés perdió más de 1.000 hombres por muerte y unos 300 fueron hechos prisioneros.

El mismo Hugo O’Donnell huyó hasta Castlehaven, y pidió ayuda a Zubiaur para ser conducido a España y entrevistarse con Felipe III. Atendiendo a esta petición, el 6 de enero, Zubiaur partió en uno de sus buques y siete días después entró en Luarca con O’Donnell.

La muerte de Isabel de Tudor en marzo de 1603 y su sucesión por Jacobo Estuardo vino a apagar los últimos brotes de rebelión, por la muy distinta actitud del nuevo monarca, mucho más partidario de llegar a acuerdos.

En España, el fracaso de la tentativa se saldó con una comisión de investigación que ordenó la detención y el juicio de la conducta de los generales. Zubiaur fue acusado de separarse de la expedición de Brochero y de otros asuntos, en noviembre de 1602.

SITIO DE KINSALE DE 1601

En 1603, Zubiaur estuvo retenido en la nueva la Corte real de Valladolid, aunque con derecho a vivir en libertad hasta resolverse el juicio. Entonces, pudo poner en práctica aquel sistema hidráulico que había estudiado durante su cautiverio en la Torre de Londres, que había ingeniado el alemán Peter Morice y que operaba sobre las aguas del Támesis.

Los llamados "ingenios el agua" fueron complejos sistemas mecánicos en cuya instalación participaban reputados ingenieros, al objeto de proveer de agua viviendas y regadíos de una ciudad, que implicaba una alta creatividad técnica y una considerable calidad en los materiales empleados.

La máquina hidráulica de Zubiaur, el llamado Ingenio de Zubiaurre, fue durante siglos atribuido a Juanelo Turriano, quien aplicó otro sistema idéntico en Toledo sobre el río Tajo. Este sistema de ingeniería trataba de elevar el agua del río Pisuerga para regar las huertas del poderoso favorito de Felipe III, el duque de Lerma.

Consistía en unas bombas de émbolo que eran movidas mediante cadenas, ruedas y baquetones, que eran impulsadas por dos ruedas hidráulicas, a su vez empujadas por la corriente del río. Tanto el mecanismo de aspiración, como el dispositivo de los émbolos, se basaban en su propia experiencia marina. Zubiaur conoció las bombas de achique de los barcos, que no eran otra cosa que tisibicas movidas a brazo.

Uno de los mayores investigadores en la historia de la técnica española, Nicolás García Tapia, en su libro Ingeniería y arquitectura en el Renacimiento español (1990), sintetiza la importancia de tales disparidades:
"Las "tisibicas" contienen en sí mismas el principio mecánico de lo que serán los cilindros con los pistones que se mueven alternativamente en las máquinas de vapor y en los motores de combustión.... Naturalmente falta el conocimiento de la forma científica de actuación del vapor..., [pero] los ingenieros como Juanelo Turriano, Juan Fernández del Castillo y Pedro de Zubiaurre, tenían ya conocimientos prácticos suficientes en los mecanismos de transmisión, conversión del movimiento y sistemas émbolo-cilindro ..."

PALACIO DE LA RIBERA Y ARTIFICIO DE ZUBIAUR

Tras elaborar unas maquetas que fueron aprobadas por el rey, Zubiaur costeó el proyecto empleando 6.000 ducados de su propiedad, con la promesa de ser abonados más tarde por parte del Cabildo de la ciudad y de la Corte real. La obra de construcción terminó en ocho meses y, en marzo de 1604, la máquina ya estaba en funcionamiento. Edificada junto al puente del río, disponía de una torre decorada con pinturas y mesas de jaspe, con una gran fuente y figuras de mármol.

Curioso es que en este mismo río Pisuerga y ante el rey Felipe III, otro ingeniero navarro llamado Jerónimo de Ayanz y Beaumont pudo demostrar la eficiencia del primer traje de buceo operativo, en agosto de 1602, dos años antes que Zubiaur. Ayanz permaneció sumergido a tres metros de profundidad durante más de una hora hasta que el monarca le ordenó salir.

A pesar del éxito en su funcionamiento, el ingenio de Zubiaur no fue explotado como un servicio social para la comunidad vallisoletana. Tan solo el codicioso duque de Lerma sacó partido regando las huertas y jardines de su palacio, mientras que los vallisoletanos no llegaron a obtener nada de agua.

En su testamento, Zubiaur señaló que "el ingenio que hice a mi costa, en el puente de Valladolid, para las huertas del Excmo. Sr. Duque de Lerma me costó más de seis mil ducados, y todo a mi costa que no se me ha dado nada hasta ahora". En vida no recibió compensación alguna, pero tras su muerte, Felipe III ordenó que se pagaran a su viuda unos 2.000 ducados.

MÁQUINA HIDRÁULICA DE ZUBIAUR

Pero en mayo de 1605, Zubiaur fue declarado inocente de tres de los cuatro cargos que se le imputaban y puesto en libertad con todos los honores.

Aquel año, volvió a integrarse en la Real Armada española, realizando su último servicio. Partió desde Lisboa al mando de un convoy de 8 buques que conducía el Tercio de Infantería de Pedro Sarmiento, con 2.400 soldados veteranos. En el canal de La Mancha fue interceptado por una poderosa escuadra holandesa a las órdenes del almirante Hautain, formada por cerca de 80 unidades, sucediéndose el Combate de Dunquerque. Tras un desigual enfrentamiento, optó por refugiar su flota en el puerto de Dover, cubriendo la retaguardia con la capitana y otra de sus naves, contra nada menos que 18 buques enemigos.

El marino vizcaíno resultó herido de extrema gravedad, y en Dover sus heridas se infectaron, por lo que otorgó testamento el 2 de agosto de 1605, "enfermo del cuerpo, sano de la voluntad y entendimiento y en todo mi libre albedrío". Murió pocos días después, a los 65 años de edad, tras una dilatada vida de servicio a la Monarquía hispánica.

Sus últimos pensamientos fueron dirigidos a su esposa, María Ruiz de Zurco, de ilustre familia nobiliaria de Rentería, que debía de ser mucho más joven, pues le sobrevivió nada menos que 45 años. Legó su herencia a sus tres hijas legítimas: Ana, Mariana y María. También se acordó de sus dos hijos bastardos reconocidos, nacidos en relaciones anteriores a su matrimonio: Catalina, que quedó a cargo de su hermano Juan, y Pedro, al cuidado de su mujer y convivió con las hijas legítimas.

Su cuerpo fue embalsamado y trasladado a Dunquerque en un ataúd de plomo. Después fue llevado a Bilbao, donde se ocuparía su hermano Juan, quien decidió enterrarlo en la Iglesia parroquial de Rentería, en la capilla de sus suegros, en cumplimiento testamentarios. Pero, posteriormente fue trasladado a Irún, para ser puesto en un hermoso sepulcro de piedra con sus armas, las de Zubiaurre, y las de su mujer, los Zurco.

Su mayor biógrafo fue el conde de Polentinos, que publicó un artículo en su obra Euskalerriaren aldede 1916, documento base para reseñas biográficas posteriores, entre ellas las que aparecen en la Enciclopedia Espasa y en la Enciclopedia General del Mar.

Fue uno de los más grandes marinos vascos, forjado en las duras aguas del Cantábrico que, por encima de sus errores, fue un hombre que consagró su vida a la mar, logrando alcanzar un lugar preeminente al servicio de la Corona. Su audacia y su valor, el cariño a su tierra y su constante preocupación por los hombres que tuvo a su cargo fueron aspectos significativos de su personalidad.

PEDRO DE ZUBIAURRE E IBARGUREN

PEDRO ARRUPE SUPERVIVIENTE DE LA BOMBA ATÓMICA DE HIROSHIMA


El jesuita Pedro Arrupe fue el español superviviente de la detonación de la primera bomba atómica lanzada sobre la ciudad japonesa de Hiroshima el 6 de agosto de 1945, durante la Guerra del océano Pacífico entre el Imperio japonés y Estados Unidos de América.

Reconvirtió su novicio cristiano establecido en el periférico barrio de Nagatsuka en un improvisado hospital de emergencia que, junto con sus compañeros de la Orden de Jesús, se dedicó a ayudar a tantos heridos y enfermos concurrieron durante los primeros días tras la explosión. Su experiencia sobre el devastación de la ciudad por aquella bomba atómica fue descrita en su obra Yo viví la bomba atómica, publicado en Madrid, en 1952.

PEDRIO ARRUPE SUPERVIVIENTE DE LA BOMBA ATÓMICA DE HIROSHIMA

Uno de los hechos más lamentables de la historia de la humanidad ha sido el estallido de la primera y segunda bombas atómicas en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Fue efectuado por el Ejército de los Estado Unidos de América durante la Guerra del Pacífico (1941-1944), englobaba en la II Guerra Mundial (1941-1945). Estados Unidos reaccionó por el frente del océano Pacífico cuando su base naval de Peral Harbour, establecida en Hawái, fue atacada el 7 de diciembre de 1941.

El Imperio de Japón de Hirohito había emprendido una política de expansión territorial por el sudeste asiático e islas del Pacífico, aliándose con las Potencias europeas del Eje (Alemania e Italia). En la primera fase del conflicto había invadido Filipinas, Malasia, Singapur, Hong Kong, Indonesia, parte de Birmania, Nueva Guinea y numerosas islas estratégicas como Guam, Wake y Salomón.

Sin embargo, las batallas del Mar del Coral y de Midway, a mediados de 1942, cambiaron el desarrollo del enfrentamiento. El Ejército estadounidense había infligió un daño irreparable a la flota de portaaviones japonesa y un freno a su expansión, que fue continuada por la estrategia de avance "salto de isla", atacando islas clave (Tarawa, Kwajalein, Saipán) para establecer aeródromos, evitando bastiones japoneses fuertemente defendidos.

Las crueles batallas de Iwo Jima y de Okinawa en 1945 no consiguieron forzar la rendición del Ejército japonés, demostrando una dura resistencia.

Informado el presidente Franklin D. Roosevelt de que su ejército había creado un arma para terminar con la guerra en un último golpe, dio su aprobación para que la primera bomba atómica de la historia fuese lanzada sobre la ciudad de Hiroshima, el 6 de agosto de 1945.

HIROHITO Y ROOSVELT

Aquella bomba denominada Little Boy pesaba 4.300 kilos y fue transportada por un avión bombardero B-29 llamado Enola Gay, al mando del capitán Robert Lewis y del coronel Paul Tibbets. Aquel artefacto de uranio-235 fue lanzado desde el bombardero a 9,5 kilómetros de altura y estalló a 600 metros del suelo.

Hiroshima era una ciudad de unos 400.000 habitantes y objetivo militar de primer orden. Se trataba del segundo cuartel general de las tropas japonesas y desde su puerto se transportaban soldados y armamento a las diferentes zonas del conflicto. Además, la ciudad fue elegida por su tamaño y por estar rodeada de montañas que intensificarían la explosión, buscando forzar la rendición de Japón.

Sin embargo, Hiroshima no había recibido ningún ataque importante durante la contienda. Todas las ciudades colindantes, como Kure o Iwakuni, habían sido bombardeadas, dejando a Hiroshima en una extraña calma. Tal era así, que cuando en el cielo aparecía un B-29 norteamericano nadie acudía a los refugios, bajo la creencia de que la ciudad ya no sería bombardeada. Aquel bombardero aparecía casi a diario al amanecer, por lo que fue denominado el "correo americano".

Sus casas estaban construidas en madera, y sus calles estrechas y sinuosas. La altura media de los edificios era de dos plantas, permitiendo el paso de la luz.

En uno de aquellos edificios de la periferia de Hiroshima se encontraba el albergue de una misión católica regentada por miembros de la Compañía de Jesús, concretamente en un lugar llamado Nagatsuka. Constaba de parroquia y de residencia y se servía para su trabajo de los novicios que se formaban en otra casa jesuita cercana, a unos seis kilómetros de la ciudad. En este novicio jesuita era donde trabajaba Pedro Arrupe como rector del grupo de 35 compañeros repartidos por la ciudad y alrededores. Estaba destinado en Japón desde hacía siete años.

Si se salvó de sufrir los efectos de la explosión de la bomba y de fallecer de forma instantánea fue gracias a que su residencia estaba a seis kilómetros de distancia con respecto al centro de la ciudad.

PEDRIO ARRUPE EN NAGATSUKA

Pedro Arrupe y Gondra había nacido en Bilbao en 1907. Sus estudios básicos los realizó en escuelas de carácter católico, cuyos valores determinarían su vida y carrera profesional.

En 1922, estudió Medicina en la Universidad de Valladolid, continuando en la Facultad de San Carlos, dependiente de la Universidad Central de Madrid. Se destacó como un excelente alumno, pues llegó ganar el premio extraordinario de carrera a uno de sus compañeros de aula, el neurólogo Severo Ochoa, premio Nobel de Medicina, en 1926. Durante su etapa universitaria, recibió clases de su profesor Jorge Negrín, quien más tarde sería presidente de la II República española.

En 1927, ingresó en la Compañía de Jesús. Pocos años después, en 1932, el gobierno de la II República ilegalizó su orden sacerdotal, por lo que tuvo que exiliarse a Bélgica y de allí a Holanda, donde continuó estudiando teología.

En 1938, Arrupe recibió una noticia que llevaba tiempo esperando, era su autorización como misionero a Japón, algo que ya había solicitados varias veces.

MONUMENTO A LOS MÁRTIRES DE NAGASAKI

Para la Orden de los jesuitas, esta isla fue determinante en el avance del evangelio por el sudeste asiático poco tiempo después de que san Ignacio de Loyola fundase la compañía en el siglo XVI. En 1549, san Francisco de Javier introdujo el Cristianismo en Japón, logrando un rápido éxito inicial que alcanzó unas 300,000 conversiones para 1600. Enfocados en las élites, fundaron seminarios y adaptaron la cultura local. En 1597, se produjo la crucifixión de los Mártires de Nagasaki, donde veintiséis cristianos fue ejecutados, muchos de ellos jesuitas, marcando un hito en la persecución religiosa. A principios del siglo XVII, se enfrentaron a una brutal persecución, siendo expulsados o martirizados tras la prohibición del shogunato.

Arrupe había querido servir como misionero en Japón, siendo destinado en aquel novicio ubicado en Nagatsuka, en una colina a las afueras de Hiroshima. Desde el puerto estadounidense de Seattle se embarcó rumbo a Yokoyama, a finales de 1938. Estuvo varios meses aprendiendo el idioma y las costumbres autóctonas, hasta que fue trasladado a la Iglesia parroquial de Yamaguchi, en cuya ciudad comenzó a predicar san Francisco de Javier en 1550.

El 8 de diciembre de 1941, un día después de que Estados Unidos declarase la guerra a Japón, Arrupe fue acusado de ejercer el espionaje por las autoridades, por ello fue encerrado en una pequeña celda. Desde prisión, estuvo luchando por su honestidad y lealtad a sus convicciones católicas, tratando de convencer a las autoridades japonesas de las verdaderas intenciones en la isla: la ayuda al prójimo. Un mes después fue liberado, y unos meses más tarde fue destinado al novicio de Nagatsuka.

El 6 de agosto de 1945, el padre Arrupe se convirtió en un excepcional testigo de la masacre que sufrió la ciudad. Cuando regresó a Europa, ofreció cientos de conferencias y escribió su libro Yo viví la bomba atómica, publicado en Madrid, en 1952.

YO VIVÍ LA BOMBA ATÓMICA, POR PEDRIO ARRUPE

A las 08:15 de la mañana, un bombardero B-29 lanzó sobre la ciudad una bomba que asesinó a decenas de miles de personas de forma instantánea.

Aquel día, Arrupe llevaba levantado desde muy temprano, estaba ofreciendo una misa mañanera cuando escuchó y vio el estruendo. Lo cuenta así en su libro:
"…, cuando de repente vimos una luz potentísima, como un fogonazo de magnesio, disparado ante nuestros ojos. Naturalmente, extrañados, nos levantamos para ver lo que se sucedía y al ir a abrir la puerta de aposento oímos una explosión formidable, parecía el mugido de un terrible huracán, que se llevó por delante puertas, ventanas, cristales, paredes endebles… que, hechos añicos, iban cayendo sobre nuestras cabezas."

Los supervivientes describieron aquello como una sucesión de explosiones y de ráfagas de aire extremadamente calientes. Los que estaban más alejados lo describieron como un inicial fogonazo, seguido un estruendoso ruido. Con ese estallido, cientos de llamas fueron diseminadas por la ciudad, a la vez que la onda expansiva de elevado calor barría las calles y viviendas, incendiándolas instantáneamente y rediciéndolas a cenizas.

En ese instante, sobre la ciudad se formó una enorme humareda, el llamado hongo nuclear, que sumió a Hiroshima en una nube de gas venenoso que volaba a una velocidad de 800 km/h. Después, apareció una llovizna negra, mezcla de ácido, agua, cenizas y sedimentos sólidos. El 92% de las personas a 600 metros del epicentro murieron. El calor extremo y la radiación provocaron incendios devastadores y enfermedades inmediatas como náuseas, vómitos y caída del cabello.

EXPLOSIÓN DE LA BOMA ATÓMICA EN NAGASAKI EN 1945

Pero cuando miraron por la ventana no vieron ni cráter ni explosión, pues "allí no había ningún hoyo, ninguna señal de explosión. Los árboles, las flores, todo, parecía normal." Solo cuando subieron a una colina cercana comprendieron la magnitud de la tragedia: "Desde allí pudimos distinguir en dónde había estado la ciudad, porque lo que teníamos delante era una Hiroshima completamente arrasada."

Las estructura de madera de los edificios estaban en llamas y habían convertido a la ciudad en una enorme hoguera, en la que miles de japoneses se preparaban para comenzar el día.

Arrupe se preparaba junto a sus compañeros para recibir una avalancha de personas heridas. Sin embargo, apenas contaban con botiquín formado por pequeñas cantidades de yodo, aspirina, sal de frutas y bicarbonato. Entonces, los jesuitas del novicio se organizaron para traer alimentos y ayudar a los heridos que hubiese en la ciudad. Si intención era convertir el centro espiritual en un improvisado hospital de emergencia.

"Nunca se me olvidará, porque fue una de mis impresiones primeras de la bomba atómica, aquel grupo de muchachas jóvenes, de dieciocho a veinte años, que venían agarradas unas a otras, arrastrándose. Una de ellas tenía una ampolla que le ocupaba todo el pecho. Tenía además la mitad del rostro quemado y un corte producido por la caída de una teja, que, desgarrándole el cuello cabelludo, dejaba ver el hueso, mientras gran cantidad de sangre le resbalaba por la cara. Y así la segunda, la tercera… en una progresión que si se continúa hasta 150.000 nos dará una idea aproximada del cuadro de Hiroshima."

Ante la imposibilidad de entrar en la ciudad para buscar a sus compañeros jesuitas de las otras dependencias, el padre Arrupe fue organizando la actividad en el noviciado. No tienen medicinas y tampoco personal cualificado para operar, así que tomó una decisión sencilla, pero que resultó trascendental para la recuperación de los 150 heridos que ya habían llegado al centro: acaparar cuanta comida pueda para nutrir a los desgastados cuerpos. Jóvenes de otros lugares fueron dejando una importante cantidad de alimentos que sirvió para combatir la anemia de muchos enfermos, así como la leucemia que desarrollaron los heridos por la radiación nuclear.

VICTIMAS DE NAGASAKI EN 1945

La situación se fue volviendo cada vez más catastrófica, superando las posibilidades médicas que tenía aquel reducido grupo de misioneros. A las heridas por contusión que había que limpiar en carne viva y a sangre fría por la ausencia de cloroformo, éter, morfina o cualquier anestésico que redijese el dolor, se unían los cortes y las quemaduras.

En su libro, el padre Arrupe describió el indescriptible sufrimiento de los japones que aguantaban sin apenas quejarse con total estoicismo:
"Sufrimientos espantosos, dolores terribles que hacían retorcerse a los cuerpos como serpientes y, sin embargo, no se oía un solo quejido. Todos sufrían en silencio. Nadie gritaba ni lloraba. En esto es donde el pueblo japonés se manifiesta muy superior a los occidentales: en el control absoluto del dolor y el estoicismo, tanto más admirable cuanto más espantosa es la hecatombe."

Después de esas primeras horas de descontrol y estupefacción, Arrupe y sus colaboradores consiguieron entrar en la ciudad avanzada la tarde. Aún no sabían nada de sus compañeros jesuitas que vivián en las dependencias de interior. La realidad del desastre les dejó desolados.
"… un espectáculo sencillamente indescriptible; visión dantesca y macabra imposible de seguir con la imaginación. Teníamos delante una ciudad completamente destruida, por la que íbamos avanzando sobre los escombros cuya parte inferior estaba aún llena de rescoldos… Pero mucho más terrible era la visión trágica de aquellos miles de personas heridas, quemadas, pidiendo socorro. Como aquel niño con quien me tropecé que tenía un cristal clavado en la pupila del ojo izquierdo, o aquel otro que tenía clavada en los intercostales, como si fuese un puñal, una gruesa astilla de madera."

Fue a primeras horas de la noche, tras varias de caminata por la ciudad, cuando este equipo de salvamento encontró a sus cinco compañeros jesuitas, todos ellos heridos, pero vivos. Entre estos, el padre Schiffer, a quien para cortar una hemorragia que tenía en la cabeza no tuvieron más remedio que cubrírsela con un turbante fabricado con papeles de periódicos y una camisa. Con estos heridos se iniciaba un viaje de regreso al noviciado que terminó a mitad de la noche.

Al día siguiente, 24 horas después de la explosión, se presentó en las estancias una persona que entregaba un saco de ácido bórico, más de 15 kilos de desinfectante, que salvarían la vida a cientos de heridos. Después habría que improvisar las vendas y gasas.
"Con nuestra ropa interior y con las sábanas que había en casa, fabricamos que gran cantidad de vendas y comenzamos nuestro trabajo, sumamente primitivo, pero que dio gran resultado. Consistía en poner una gasa sobre la herida, manteniéndola húmeda todo el día con una solución desinfectante de ácido bórico. Así se lograba calmar un poco el dolor y, además, manteníamos la lesión relativamente limpia y en contacto con el aire."

Si tantos heridos acudían al noviciado fue debido a que la ciudad fue arrasada, y los habitantes que sobrevivieron huían de ella, encontrándose este edificio a las afueras, en un lugar llamado Nagatsuka.

El número de niños heridos era superior al de adultos, los cuales fueron alcanzados por la explosión cuando se encontraban en las escuelas. Sin padres ni profesores, estaban deambulando por las calles a la intemperie, otros sufriendo las heridas en solitario.

NAGASAKI EN 1945 Y EL RÍO NAKASHIMA

Al término de tres o cuatro días, los jesuitas de Arrupe se encontraron con otro tipo de síntomas en personas que estaban en la ciudad en el momento de la explosión, y que no habían sufrido heridas aparentes:
"… pasados unos cuantos días se sentían débiles y venían a nosotros diciendo que se abrasaban por dentro, que quizá habían respirado un gas venenoso… y al poco tiempo morían."

Todas aquellas personas estaban experimentando en su cuerpo los efectos de la radiación atómica, y nadie los conocía.

Arrupe pudo realizar investigaciones y estudiar diversos casos, encontrando los siguientes síntomas:
"Destrucción de los órganos hematopoyéticos, médula, bazo, ganglios linfáticos y los bulbos capilares; es decir, un caso típico de ataque radioactivo."

Y, tras conocer las cusas y las consecuencias, pudieron salvar ayudar a muchos enfermos y salvar la vida a otras a través de transfusiones de sangre, y algún otro método.

Para realizar estas curas, Arrupe fue ayudado por los médicos que fueron llegando a Hiroshima procedentes de Tokio, Osaka y otras ciudades cercanas. Estos se afanaban en saber que era lo que había ocurrido.

Otra de las descripciones que Arrupe realizó en su libro fue la quema de personas muertos con fines higiénicos y salubres:
"… y comenzamos a levantar pirámides inmensas de cadáveres para rociarlos con petróleo y prenderles fuego después. Así desaparecieron los cadáveres que estaban en las calles. Pero a los tres o cuatro días, con el sol de agosto y el calor húmedo, el olfato nos iba diciendo dónde había más cuerpos en corrupción. Levantando los escombros no encontrábamos a familias de cinco o seis o más personas aplastadas bajo su casa. Ayudados por los transeúntes, que al azar cruzaban por allí, hacíamos montones de cincuenta o sesenta cadáveres para incinerarlos."

En esta tarea de incineración de muertos se encontraba Arrupe cuando, el 9 de agosto, tres días después de ataque a Hiroshima, otro B-29 arrojó la segunda bomba atómica sobre Nagasaki. Y, aunque más potente que la primera, esta segunda causó menor devastación, que fueron aproximadamente la mitad de las víctimas que las causadas en Hiroshima.

BOMBRDERO B-29 ENGOLA GAY Y BOMBA ATÓMICA LITTLE BOY

Un día antes, el 8 de agosto, la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas había declarado la guerra a Japón. Las tropas del mariscal Rodion Malinowsky habían empezado a invadir amplias zonas de Manchuria, el norte de China, Corea y la isla de Sajalin.

Mientras tanto, el Ejército japonés no tenía capacidad de reacción de ningún tipo, estaba abatido y derrotado. Estados Unidos proponían la rendición del país del "sol naciente". Para evitar mayores sufrimientos al pueblo niponés, el emperador Hirohito aceptó el armisticio ofrecido. El 14 de agosto de 1945, Japón anunció su rendición.

El 2 de septiembre tuvo lugar la firma del Tratado de Paz que ponía fin a la Guerra del Pacífico, a bordo del acorazado Missouri, en aguas de la bahía de Tokio. Por parte estadounidense, el representante fue el general MacArthur, quien en un breve discurso dijo:
"Estamos reunidos aquí los representantes de las principales potencias para concluir un solemne acuerdo encaminado al restablecimiento de la paz (…) Tampoco no hemos reunido en un ambiente de desconfianza, reserva y odio (…) Roguemos para que la paz se restablezca ahora en el mundo y para que Dios la conserve siempre."

La explosión de la bomba atómicas en Hiroshima afectó a 13 millones de metros cuadrados, con el resultado de 56.111 edificios totalmente arrasados, 6.820 bastante perjudicados y 6.040 parcialmente dañados, de un total de 75.327 edificios existentes.

En cuanto a las víctimas, el dato más fiable procede del Information Center of Hiroshima, que asegura que fueron 260.000 muertos y 163.293 heridos o desaparecidos. De los muertos, 50.000 fallecieron en el momento de la explosión nuclear y 200.000 en las semanas siguientes, la gran mayoría por los efectos de la radiación nuclear (leucemia, cáncer, quemaduras). De todas formas, son cifras que contabilizan las primeras semanas, pero olvidan las víctimas que padecieron la radiación durante décadas, haciendo enfermar a personas que en un primer momento contabilizaron como heridos. La contaminación de la tierra, del aire y del agua continuó causando enfermos y muertos durante generaciones, hechos que los gobiernos japonés y estadounidense no les interesó estudiar y divulgar.

PEDRO ARRUPE DE MISIÓN

En 1954, Arrupe fue nombrado jefe superior de la Compañía en Japón, con el cargo de viceprovincial.

En 1965, fue nombrado general de su compañía, cargo que desempeñó hasta 1983. Su mandato se caracterizó por la renovación interna de la orden y por enfocarse a ayudar a los pobres y excluidos sociales. Otra de sus actuaciones fue la fundación del Servicio Jesuita al Refugiado, en 1980. Al año siguiente, sufrió una trombosis que le dejó muy mermado físicamente y le obligase a dejar la dirección de general de la Compañía. Años después José Arrupe falleció en 1991.