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POLÉMICA DE LA CIENCIA ESPAÑOLA


¿Existe una ciencia española? ¿Qué ha aportado España a las diversas ramas del saber científico a los largo de la historia? ¿Los intelectuales y científicos españoles han tenido la suficiente altura en sus conocimientos y aportaciones como para dejar una huella indeleble en el saber universal?

Estas preguntas y sus posibles respuestas originaron y originan una serie de investigaciones y debates con el objetivo de clarificar cuál era y cuál es la situación real y la categoría de nuestros conocimientos científicos. La polémica no sólo se reduce a examinar las posibles aportaciones, ya que con el tiempo, los interesados analizaron también las causas sociales y estructurales que pudieron imposibilitar el desarrollo de nuestro quehacer científico.

POLÉMICA DE LA CIENCIA ESPAÑOLA

Como ha ocurrido en diferentes ocasiones a la largo de la Historia, las potencias occidentales han infundado una mala imagen de España, de sus costumbres y de su ciencia. Falacias que se convirtieron en tópicos de una Leyenda Negra que, hasta la actualidad, parte del pueblo español ha asumido dichos mitos sin ningún esfuerzo de verificación histórica.

Otros españoles, en cambio, prefirieron combatir esta mala prensa extranjera. Un pionero de este tipo de literatura patriótica podría considerarse a Francisco de Quevedo con su España defendida, publicada en 1609.

Pero el origen de la polémica se encuentra en la figura de Nicolás Masson de Morvilliers, quien publicó su Enciclopedia Metódicaeditada por Charles-Joseph Panckoucke en París, en 1782que fue sucesora de la Enciclopedia de D'Alembert y Diderot. En su entrada dedicada a España de la sección de Geografía Moderna, se preguntaba:
"Pero, ¿qué se debe a España? ¿Desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace seis, ¿qué ha hecho por Europa?..." 
"En España no existen ni matemáticos, ni físicos, ni astrónomos, ni naturalistas. Sin el auxilio de otras naciones no tiene nada de los que se precisaría para hacer una silla... En todo es un niño que tiene necesidad de crecer todavía."
Movilliers calificaba a España con epítetos como "pueblo de pigmeos" o "la nación más ignorante de Europa".

Lo que había pasado en España, en comparación con la potencia intelectual que se había convertido Francia durante el Siglo de las Luces de la Razón, es que su desarrollo científico había avanzado mucho, pero la información se transmitía con lentitud. El resto de potencias europeas desconocieron por cierto tiempo el esfuerzo que estaba realizando. Por otra parte, el ambiente prerrevolucionario francés perjudicó también a España.

Los españoles se dividieron en defensores y denigradores de su propia nación: apologistas y detractores. También en el extranjero surgieron españoles y no españoles que se sumaron al debate. Varios ilustrados españoles reaccionaron con la pluma a la afrenta de Movilliers, demostrando la contribución de su patria en las humanidades y las ciencias.

La respuesta no se hizo esperar y comenzaron a publicarse artículos en los que aparecen glosas e inventarios de nuestras aportaciones a la cultura universal. El primero en responder fue el botánico español, residente en París, Antonio José de Cavanilles, que publicó Observations de M. L'abbé Cavanilles sur l'article Espagne de la Nouvelle encyclopédie, en 1784, enumerando indiscriminadamente algunos autores contemporáneos.

Ese mismo año, un abate piamontés residente en la Corte de Federico II de Prusia, Carlos Deninapronunció un discurso Reponse á le question "Que doit-on á l'Espagne?", en sesión solemne de la Academia de Ciencias de Berlín. Afirmaba que España había hecho por Francia más que Francia por las demás naciones, aunque reconociendo que había decaído durante los últimos tiempos, especialmente en el plano científico.

Entre los denigradores estuvo Luis Cañuelo, quién criticó la general incultura de los españoles en El Censor, publicado en Madrid en 1786. Al menos, reconocía que en España siempre hubo una minoría de intelectuales a la altura de cualquier país europeo.

Más contundente fue Juan Sempere y Guarinos, en Ensayo de una biblioteca española de los mejores escritores del reinado de Carlos III, publicado en Madrid entre los años 1785 y 1789. Responsabilizó del temor a toda innovación al espíritu partidista, la presunción y el catolicismo inquisitorial.

Como este debate se había convertido en una cuestión patriótica, en 1786, la Real Academia de la Lengua Española organizó un concurso público que consistía en redactar una respuesta apologética a la afrenta de Morvilliers en defensa de la tradición cultural y de la ciencia española, sin ninguna retribución económica al ganador. Juan Pablo Forner entregó la obra con la que pasaría a la historia: Oración apologética por la España y su mérito literario. El conde de Floridablanca, secretario real de Carlos III, quedó tan entusiasmado por el alegato de Forner que decidió publicarlo y otorgarle un premio de 6.000 reales.

La Oración apologética es una obra más oratórica que histórica, pues minusvalora la filosofía, y basa las ciencias y las artes en la utilidad y la virtud. Forner defendió a la cultura y literatura nacional, haciendo mención especial al literato Miguel de Cervantes, al humanista Luis Vives y a su promotor Floridablanca, aunque reconoció que nunca hubo un científico del nivel de Isaac Newton o un filósofo como Leibnitz. Destacó la contribución al Escolasticismo, ciencias sagradas, moral, derecho, náutica, arte militar, medicina, lógica, jurisprudencia, etc. Es un obra típica de la Ilustración de su tiempo, pues exaltaba las ciencias prácticas. Recibiría los reconocimientos del marqués de Valmar, Menéndez Pelayo, Wenceslao Ayguals de Izco y otros conservadores españoles.

ORACIÓN APOLOGÉTICA POR LA ESPAÑA Y SU MÉRITO LITERARIO

Frente a esta posición patriótica o paternalista fue Cañuelo quien, a través de la revista El Censor, dirigió sus ataques contra el atraso de las instituciones, subrayando su feudalismo.

Comenzaba un debate que no sólo trataba de ver lo que se ha aportado, sino también de si era posible aportar algo, e incluso si era conveniente de acuerdo con nuestra idiosincrasia. No obstante, como consecuencia de esta polémica, se inyectó en la España de entonces una sabia muy positiva, que conllevó un gran florecimiento artístico y científico.

La conocida como "polémica de la ciencia española" se estancó durante alguna décadas hasta experimentar un relanzamiento tras la Guerra de la Independencia española entre los años 1808-1014. Se produjo con un enfoque distinto, basado en una crítica constructiva para aportar soluciones al estancamiento del desarrollo científico nacional con respecto a otras naciones de Europa o a mejor el nivel cultural de la población. Es interesante a esta cuestión el plan de instrucción publicado, presentado por el poeta José Quintana ante las Cortes de Cádiz.

Con el avance del siglo XIX y la aparición de unas nuevas condiciones sociales más favorables, el conocimiento científico fue recibiendo un fuerte empuje mediante la fundación de academias y facultades. Entre las mismas son destacables la Escuela de Ingenieros, el Instituto Geológico y Minero, el Instituto Geográfico y Catastral, y las Academias de Ciencias y Letras.

Tras la instauración del Estado liberal en 1833, la polémica de la ciencia española tuvo lugar entre conservadores, que defendían el Antiguo Régimen absolutista, y liberales, que estaban a favor del Estado liberal. Un debate más, como los hubo en siglos anteriores, sobre la contribución nacional al acerbo europeo y occidental en Ciencias y Humanidades.

Varios nombres destacaron en el nuevo enfoque de la polémica, cuyo objetivo central será analizar mejor la situación científica presente como base y programa de un mejor desarrollo que facilite las vocaciones y las investigaciones. Así, n su discurso de ingreso en la Academia de las Ciencias,
Antonio Ramón Zarco del Valle indicó las excelentes condiciones climáticas, geográficas y físicas en que se encontraba España y que facilitaba enormemente el progreso de las ciencias.

Otra visión esperanzadora la ofreció José de Echegaray en un discurso sobre la Historia de las matemáticas puras en nuestra España. Aunque reconocía la falta de tradición española en las matemáticas y ciencias puras, reafirmaba su esperanza de recuperar el tiempo perdido para situar a España al mismo nivel que las europeas.

Tan esperanzadoras palabras recibirían una crítica más virulenta en la segunda mitad del siglo XIX, especialmente por los llamados krausistas, aquellos filósofos españoles de tendencia europeista y defensores de las ideas de Karl Krause. Sostenían que la causa del atraso científico se debía principalmente a la intolerancia religiosa.

Uno de ellos, Manuel de la Revilla, aseguró que España no había colaborado en nada al progreso científico europeo, un atraso mantenido durante la Edad Moderna. La causa principal fue la intransigencia de la Iglesia católica ejercida a través del riguroso control de la Inquisición sobre toda obra científica que pudiese aportar novedades y el despotismo de determinadas épocas de la historia de España.

Ante esta ofensa, el historiador y filósofo Marcelino Menéndez y Pelayo refutó al krausista señalando la tradición y lucidez del quehacer científico, aparte de sus innumerables aportaciones. En su artículo Masson redivivo, aludía al ilustrado francés del siglo XVIII, Nicolas Masson de Morvilliers, que abrió aquella polémica con su pregunta ¿Qué ha hecho España por Europa?, en esta ocasión recuperado en la persona de Manuel de la Revilla. Ese texto quedó englobado en su obra La ciencia española, publicado en 1876, en el que reivindicaba la existencia de una tradición científica española, en un estilo hiperbólico.

El motivo de la aversión de Menéndez Pelayo a los krausistas era su continua apología a la producción intelectual y científica de otros países e ignorancia o desprecio de la propia.
"... estimar en poco el rico legado de nuestros padres, despreciar libros que jamás leyeron, ver con burlona sonrisa el nombre de Filosofía española."
Su patriotismo le hizo reaccionar mediante la edición de La ciencia española, escribiendo contra ellos:
"Nuestros flamantes filósofos desprecian a los antiguos sabios españoles porque fueron católicos y escribieron bajo un gobierno de unidad religiosa y monárquica."
Aludiendo a eruditos de la talla de Ramón Llull, Luis Vives o Francisco Suárez escribió:
"Nadie procura enlazar sus doctrinas con las de antiguos pensadores ibéricos, nadie se proclama luliano, ni levanta bandera vivista, ni se apoya en Suárez; y la ciencia española se desconoce, se olvidan nuestros libros, se los estima de ninguna importancia."
Como consecuencia de aquel debate entre Manuel de la Revilla y Marcelino Menéndez y Pelayo, surgió toda una literatura defendiendo ambas tesis, es decir la existencia o no de una ciencia propiamente española. Los resultados de todo ellos resultaron positivos.

Según Ernesto García Camarero, autor de la obra La Ciencia española entre la polémica y el exilio:
"Se va perfilando la necesidad de estudiar científicamente la historia de la ciencia..., quedando claro que, si bien nunca han faltado cultivadores de la ciencia en los últimos siglos, la aportación española a la ciencia universal es muy reducida."

LA CIENCIA ESPAÑOLA ENTRE LA POLÉMICA Y EL ÉXITO

También fue relevante el artículo de José del Perojo aparecido en la Revista contemporánea, el 15 de abril de 1877, con el título La ciencia española bajo la Inquisición. Analizó casi de forma exhaustiva no sólo el contenido de la polémica, sino también las aportaciones nacionales y extranjeras a todas las disciplinas del saber, dando a entender la situación de atraso de la ciencia nacional.

Menéndez y Pelayo siguió siendo el gran valedor e historiador de la ciencia y cultura, cuya defensa fue concebida casi como un deber patriótico. En 1894, escribió otro polémico artículo en la publicación España Moderna, con el título Esplendor y decadencia de la cultura científica española. Lo más destacable fue el punto de vista personal con el que terminaba su artículo:
"Cuando tengamos una facultad de ciencias (basta una) constituida de esta suerte, y cuando en el ánimo de grandes y pequeños penetre la noción del respeto con que estas cosas deben ser tratadas, podremos decir que ha sonado la hora de la regeneración científica de España. Y para ello hay que empezar por convencer a los españoles de la sublime utilidad de la ciencia inútil."

A toda esta problemática no es ajeno el estado de decadencia intelectual en que se encontraba la Universidad española de finales de siglo. En 1876, un grupo de catedráticos, que fueron expulsados o dimitidos de las universidades oficiales por razones ideológicas, fundaron la Institución Libre de Enseñanza. Esta institución universitaria paralela impulsó la polémica, dada su preocupación por la formación de los jóvenes y futuros científicos.

Innumerables artículos sobre el tema continuaron apareciendo en un intento de clarificar posturas. Uno de ellos fue la conferencia pronunciada en Madrid por José R. Carracido en el Ateneo, en 1896, con el título Las condiciones de España para el cultivo de las ciencias, en donde se señala que:
"... si estuvimos postergados en la producción científica fue por efecto de condiciones accidentales, pero fundamentalmente en nada somos inferiores a los pueblos que forman hoy la vanguardia de la civilización."
También fue relevante el discurso de ingreso en la Academia de Santiago Ramón y Cajal, bajo el título de Deberes del Estado en relación con la producción científica. Analiza las causas del atraso científico, sus orígenes físicos, históricos y morales, así como sus posibles remedios. Era partidario de una revolución científica desde el gobierno, que debía trazar un plan y su correspondiente financiación para salir de la situación de crisis.

Por último, también fue relevante en este periodo el artículo del astrónomo José Comas y Solá publicado en La Vanguardia de Barcelona, el 28 de noviembre de 1899, con el título de Nuestra decadencia, y en el que se critica la anquilosada y rutinaria cultura científica, confiando en una reacción moral que la supere.

Así, el siglo XX se inició con la participación en el debate de un genio iluminador en esta materia, el médico Santiago Ramón y Cajal. Su discurso de ingreso en la Academia causó la actuación del gobierno y mediante Real decreto de 11 de enero de 1907 se fundó la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, bajo su presidencia. Esta institución pretendía ser la base de un nuevo surgir científico nacional a través de relaciones profesionales con los principales focos de irradiación de ciencia en Europa.

Gracias a esta Junta, apareció una generación de investigadores con una gran vocación y esforzada dedicación. A pesar de los escasos medios con que se contaban, supieron elevar al nivel cultural y científico en todos los órdenes.

LA CIENCIA ESPAÑOLA

Al margen de los debates y polémicas entre intelectuales, durante el siglo XX fueron apareciendo estudios sobre los inventos y avances al desarrollo científico y contribuciones al ámbito filosófico y cultural realizados por españoles en los siglos de la Edad Moderna. Aquellos hechos fueron olvidados o no fueron puestos en consideración por las autoridades españolas como habían estado haciendo las de otros países. 

Por otra parte, España tuvo otras particularidades sociopolíticas que la diferenciaban del resto, que fueron las concernientes a su proyección ultramarina, el descubrimiento geográfico del mundo, la fundación de virreinatos, y la militarización de la ciencia. Esta peculiaridad generó un avance enorme en el conocimiento geográfico, el conocimiento antropológico de los pueblos indígenas americanos y el estudio de las tierras descubiertas en materias relacionadas con las ciencias naturales.

En este ambiente de recuperación científica y revisionismo historiográfico, surgió un grupo de historiadores de la ciencia, cuyos principales artífices fuero Julio Rey Pastor y Francisco Sánchez Pérez y Vera. De hecho, Rey Pastor fundó la Asociación de historiadores de la ciencia española, en 1934.

Frente a la tesis de Unamuno de "que inventen ellos, para aprovecharnos nosotros", este innumerables grupo de jóvenes investigadores supo dar nivel internacional a sus nuevas aportaciones, elevando nuestro país a la categoría científica que merecía. En un artículo publicado por Rey Pastor en 1953 describía la situación:
"En oposición a la España introvertida, que deseaba Unamuno, poblada de faquires acurrucados al sol y derviches hirsutos de báculo rascador, consagrados a meditar sobre el enigma de la muerte, surgió una generación vigorosa y optimista que trabajó con tesón hasta lograr el ingreso de España en la comunidad internacional de la ciencia..."
Uno de los grandes inspiradores de la nueva corriente científica fue el filósofo José Ortega y Gasset, quien aseguraba que el resurgir científico era la única garantía de supervivencia moral y material de España.

Así pues, el eje central de la polémica cambió de rumbo: la discusión consistía ya en lo que España aportó o no en el pasado, sino en el planteamiento de las bases culturales y sociales sobre las que debe construirse la nueva tendencia y los métodos más útiles para alcanzarlo lo antes posible. En una cosa estaban todos de acuerdo, el progreso del país exige un avance científico inmediato, por lo que se impuso la ejecución de una urgente planificación de acuerdo con las necesidades del mismo.

Solo así se podría avanzar y cumplir el deseo del filósofo Ángel Ganivet:
"Algún día vendrá el saber y, entonces, todo se andará."

LA VERDADERA CIENCIA ESPAÑOLA

LENGUA FILOSÓFICA, ¿LATÍN-ESPAÑOL?


Hasta bien entrada la Baja Edad Media, el latín fue usado por eruditos y sabios como lengua de escritura de textos jurídicos y filosóficos. La irrupción del Humanismo renacentista y la primera Gramática de la lengua castellana por Antonio de Nebrija a finales del siglo XVI, supuso que el español avanzase como medio de expresión de las disciplinas del conocimiento y el pensamiento, en retroceso del tradicional latín, que se mantuvo sólo en el ámbito universitario hasta la Ilustración.

Reyes, catedráticos, literatos, juristas, teólogos o filósofos, fomentaron el uso de las lenguas vernáculas para la difusión de la cultura y el saber en el pueblo llano o promovieron el mantenimiento del latín como la tradicional lengua culta y académica.

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LENGUA FILOSÓFICA ¿LATÍN O ESPAÑOL?

El latín ha sido utilizada como medio de expresión de las ideas de pensadores y eruditos en exclusividad hasta aproximadamente el siglo XIII. Desde este siglo, la lengua filosófica comenzó a ser el castellano, desapareciendo el latín como lengua de uso, aunque permaneció como reducto de eruditos hasta el siglo XVII. El castellano también hado sido la principal lengua literaria utilizada desde la Baja Edad Media.

Los orígenes de la lengua castellana están estrechamente vinculados al romancero y a la épica, al lenguaje poético y los cantares de gesta. El uso del latín quedó para escribir en prosa, hasta el citado siglo XIII, y se mantuvo como medio de expresión en las universidades hasta bien entrada la Edad Moderna.

En los últimos siglos de la Edad Media, las lenguas romances, derivadas del latín, se fueron imponiendo como principal idioma de cultura y erudición en sus respectivos territorios. No sólo serían lenguas habladas por el pueblo, sino lenguas de cultura por doctos y eruditos.

En el Reino de Castilla, el uso de su lengua vernácula como lengua culta tomó impulso gracias a Fernando III el Santo, y especialmente Alfonso X el Sabio, que intentaron establecer la unidad lingüística en España, prefiriendo el uso del castellano para la prosa y del gallego para la poesía. Entre los literatos que fomentaron una rica literatura castellana fueron don Juan Manuel y el Arcipreste de Hita.

A pesar del empuje de las lenguas romances, el latín seguía tomándose como la principal lengua culta y algunos reyes como Alfonso V de Aragón en el siglo XIV o Juan II de Castilla en el XV fomentaron su revisión. Los literatos de su época, especialmente Juan de Mena, adaptaron el castellano a la sintaxis y la retórica latina, usando un lenguaje latinizante.

Durante los años del Renacimiento, surgió una vuelta a los textos clásicos y la utilización del latín, pero el idioma español se imponía como principal lengua en la publicación de libros impresos. La reina Isabel I la Católica fomentó la afición del latín como principal medio de expresión de un importante foco humanista. Entre sus principales eruditos estaban Beatriz Galindo, Alfonso de Palencia, Lucio Marineo Sículo, Pedro Mártir de Anglería y Elio Antonio de Nebrija.

En 1492, Nebrija componía la primera Gramática de la lengua española, ofrecida a su reina Isabel para ser tomada como lengua del Imperio. Fue la primera gramática escrita de una lengua vulgar, desde entonces el castellano moderno o español fue considerado como una lengua culta al mismo nivel que el latín y el griego. Y tras esta, fueron apareciendo gramáticas de otras lenguas vulgares que se convertían en cultas, como el portugués, el catalán, el francés, el italiano, etc.

estatuas catedráticos Universidad Salamanca Luis León Francisco Vitoria
FRAY LUIS DE LEÓN Y FRANCISCO DE VITORIA

Carlos I impuso el español como la principal lengua de Europa, una lengua de relación y diplomacia entre las Chancillerías, hablándolo y defendiéndolo ante el papa Paulo III.

Pero, a pesar del prestigio que el idioma español había alcanzado durante el Siglo de Oro de las Letras, la inmensa mayoría de las obras dedicadas a la teología, la filosofía, la ciencia, el derecho y la erudición universitaria se escribían en la tradicional lengua latina.

El cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, que publicó la primera Biblia políglota, fundó la Universidad Complutense de Alcalá de Henares como foco humanista. Y la Universidad de Salamanca, con su famosa escuela de escolásticos encabezada por Francisco de Vitoria, se convirtió en el principal centro de pensamiento español, e incluso europeo, en teología y derecho, dando comienzo a la macroeconomía como ciencia moderna y debatiendo los principales problemas filosóficos y morales de la Modernidad, todo ello en latín, la lengua universitaria.

Por contra estuvo el Erasmismo, un movimiento que entroncaba del Humanismo siguiendo la doctrina de Erasmo de Rotterdam, con Luis Vives como máxima figura española. Defendía la utilización de las lenguas nacionales como principal medio de difusión de la cultura y el saber para ponerla a disposición del pueblo llano ignorante del latín, traduciéndose al castellano las obras de Erasmo.

esculturas humanistas Biblioteca nacional Antonio Nebrija Luis Vives
ANTONIO DE NEBRIJA Y LUIS VIVES

También el Misticismo, corriente literaria y religiosa que alcanzó gran profusión e influencia en España, prefirió la lengua vernácula del pueblo. Sus principales representantes fueron Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, Luis de Granada, Miguel de Molina y Luis de León.

Fray Luis de León fue un gran defensor del español, lo que le tuvo cinco años en las cárceles de la Inquisición. Desde su cátedra salmantina se expresó siempre en español, defendiendo el uso del romance hasta para la difusión de la Biblia, y recordando que todos los autores clásicos escribieron en su lengua materna. Su seguidor, Pedro Simón Abril, reconociendo que el latín era ya lengua eclesiástica o universitaria.

Hasta el siglo XVIII, el latín no desapareció como lengua culta. La Ilustración española y sus instituciones consiguieron que desde entonces el español fuese la única lengua de las publicaciones. Se fundó la Real Academia de la Lengua española, se fundaron decenas de Sociedades Económicas Amigos del País, y se fomentó la prensa escrita, instituciones que promovieron que el español no sólo fuese el medio de expresión de la cultura y la ciencia, sino de la vida social del país.

La permanencia del latín como lengua culta había provocado que hasta llegado el siglo XIX, no existiese en España un vocabulario filosófico. El movimiento del Krausismo creó un verdadero léxico para la filosofía española, gracias a su máximo promotor Julián Sanz del Río.

DEBATE DE LA ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA


La consideración muy generalizada de la Ilustración como un movimiento cultural identificado con el Enciclopedismo francés y de carácter ateo o deísta, sustentado en un racionalismo radical y agresivo, ha llevado a muchos historiadores e investigadores a preguntarse si España participó efectivamente de aquel movimiento en el siglo XVIII. Posteriormente, el debate se abrió a la comprobación de una serie de coincidencias y divergencias con respecto a la variante francesa.

En España se desarrolló una Ilustración cristiana y nacional, dotada de una personalidad propia, pero que no es una copia servil de su mayor exponente, el Enciclopedismo francés. Los ilustrados españoles se esforzaron en adecuar las aportaciones extranjeras, no sólo francesas, armonizándolas a las características nacionales y católicas propias.

DEBATE DE LA ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA

Según escribió Pere Molas i Ribalta en Las constantes de las reformas en la España del siglo XVIII, de su obra Historia general de España y América, editada por Rialp:
"El concepto de Ilustración cristiana adquiere un nuevo sentido cuando dejamos de reducir la Ilustración europea al grupo de filósofos franceses. Hoy conocemos la importancia que tuvieron sobre los ilustrados españoles los autores de otros países: los alemanes y, muy singularmente, los italianos. La similitud de problemas entre ambas penínsulas (reforma agraria, prepotencia eclesiástica, regalismo) era suficiente para producir entre ellas una activa corriente intelectual, aunque no hubiera existido la densa red de relaciones dinásticas."

A pesar de que la influencia francesa dominaba en la Europa del siglo XVIII, en España encontró bastante trabas para su difusión (censura, bajo nivel cultural, etc.), alcanzando a sectores muy reducidos de la sociedad. Sólo a partir del reinado de Carlos III, este movimiento adquirió una verdadera importancia.

Sin embargo, como apunta una investigación de Luis Jiménez Moreno, existen raíces ilustradas en autores españoles anteriores al siglo XVIII, como es el caso de Baltasar Gracián, "a quien podemos considerar ya un ilustrado por sus recursos novelísticos-ensayísticos al filosofar y, por referir la filosofía, ante todo, a un saber vivir y descubrir los elementos del interés que tergiversan, con las apariencias públicas, la verdad".

En el siglo XVIII, según afirma Domínguez Ortiz, se recogía la semilla sembrada "a partir de los Reyes Católicos: la igualación de todos los súbditos ante el poder real, representante de los intereses de la nación, del estado, sin perjuicio de mantener unas distinciones honoríficas, basadas en una jerarquía de valores de singular arraigo".

Aquel movimiento tuvo una doble manifestación construida una por la política y otra por la intelectualidad. Ambas vertientes vivieron en una clara simbiosis que es comúnmente conocida por Despotismo ilustrado. Según J. Regla en El siglo XVIII, en Historia de la cultura española, tomo VI:
"El despotismo ilustrado, analiza entre los teóricos del Estado liberal, es decir, de la Revolución, y los hombres representativos del despotismo, no en sentido de absolutismo monárquico del derecho divino, sino del Estado racionalista, entre abstracto y artificial formulado por Hobbes, es una de las mayores paradojas del siglo XVIII. En el fondo representa un equilibrio entre lo viejo y lo nuevo, entre tradición y revolución, entre los "déspotas" y los "ilustrados". El despotismo ilustrado buscó el equilibrio, la conveniencia, entre dos fuerzas antagónicas, permitiendo un dorado canto de cisne a la tradición antes de ser arrollada por la revolución."

Ornatos calle Mayor Carlos III pintura Lorenzo Quirós
ORNATOS EN LA CALLE MAYOR

Pero ese equilibrio se rompía con frecuencia, como ha sostenido A. Mestre en Despotismo e Ilustración en España:
"Una cosa es el despotismo ilustrado como una serie de intereses políticos y otra, muy distinta, el planteamiento reformista de los ilustrados. En determinados momentos, los puntos de vista y los criterios de acción coincidieron. El equilibrio gubernamental apoyó entonces las reformas programadas por los ilustrados. Pero cuando sus puntos de vista discrepan, lo que ocurrió con relativa frecuencia, los gobiernos españoles del XVIII rechazaron los proyectos más lúcidos. Ahora bien, ante los proyectos de reformas no se desdijo el despotismo ilustrado. Apoyó el planteamiento del intelectual cuando le interesaba y lo rechazó cuando consideraba el proyecto contrario a su propio criterio que, por supuesto, identificaba con la Ilustración. La reforma intelectual tenía que pasar por la Corte. Era la Ilustración oficial."

Es decir, que no toda la actividad gubernamental responde a criterios ilustrados y, a la inversa, que no todas las ideas y proyectos de los ilustrados españoles tuvieron reflejo en la gestión de los gobiernos de la época.

Muchas fueron las dificultades y contradicciones, externas o internas, que tuvieron que afrontar los ilustrados españoles, animosos siempre. La primera de ellas fue el estado de atraso sociocultural en que se encontraba el país. Después, fue iniciando un largo proceso de recuperación, cuyos frutos no se recogieron hasta mediados de la centuria, reinando en España Carlos III.

Los esfuerzos de la élite intelectual escasa, según Albert Dérozier, encontraron grandes dificultades y ello fue la causa de la lentitud con que fueron produciéndose las reformas y de la superioridad abrumadora de los proyectos sobre las realizaciones. Para Alfredo Floristán, si bien es cierto que los ilustrados encontraron grandes dificultades externas, "fue mayor su propia incoherencia cuando no se atrevieron a llevar hasta el final las consecuencias lógicas que se derivaban de muchos de sus postulados. Por esto, como en otros campos, durante el reinado de Carlos III, los proyectos y la legislación fueron muy por delante de la realidad y de los hechos".

jardín botánico paseo prado Luis Paret
EL JARDÍN BOTÁNICO DESDE EL PASEO DEL PRADO, POR LUIS PARET

El aislamiento de la élite ilustrada era grande; sus esfuerzos, siempre bienintencionados a pesar de las limitaciones referidas, se estrellaban en la indiferencia y la ignorancia en que estaba sumida la mayoría de los españoles.

Junto a las dificultades inherentes a la empresa y al carácter propio de los reformadores dieciochescos, se han de considerar las derivadas de la actuación de sectores sociales adversos:

1. la Inquisición, que si bien en decadencia continúa estando presente.

2. la recién nacida ideología reaccionaria, favorecida por la pervivencia de las estructuras tradicionales del país.

3. el tradicionalismo de amplios sectores populares, con frecuencia explotado con objeto de entorpecer o anular las reformas emprendidas.

Una tenaz labor de desgaste, de oposición sistemática a las novedades, fue ejercida de manera más o menos encubierta. Según A. Dérozier:
"Esta despiadada y militante ideología contribuye a fraccionar a España y a imposibilitar para siempre la terrible ausente revolución burguesa."

De cualquier modo, Richard Herr, en su obra España y la revolución del siglo XVIII, prefirió minimizar la importancia de la actividad reaccionaria en la época de Carlos III:
"Desde que Menéndez y Pelayo escribió su Historia de los heterodoxos españoles, los historiadores españoles se han inclinado a ver el origen de las "dos Españas" en el advenimiento de la política de Carlos III. Cierto que algunos puntos de disputa ulteriores aparecieron entonces… pero mientras Carlos III y sus ministros dirigieron el gobierno, estas tensiones no pudieron igualar las fuerzas cohesivas del prestigio real tradicional, de la fe religiosa y del bien sazonado patriotismo. Este ideal del despotismo ilustrado fue destrozado en la primera década del reinado de Carlos IV por la Revolución francesa y las guerras subsiguientes."

BAILES EN SAN ISIDRO

Al abordar el tema de las relaciones entre Ilustración y catolicismo, las tensiones aumentan. Tradicionalmente la cuestión se ha estudiado con más pasión que objetividad. Quizás ahora se esté en mejores condiciones para esbozar una síntesis del problema.

Si bien la radicalización teórica de los principios ilustrados conduce en última instancia al ateísmo, tan extremo no se da uniformemente en todos los países, ni tampoco en todos los representantes de la Ilustración. La distinción entre pre-Ilustración e Ilustración es el movimiento que arranca de los últimos decenios del siglo XVII y se extiende a los primeros años del siglo XVIII. Se caracteriza por la coexistencia de Cristianismo y cultura ilustrada; en España, sin embargo, se prolongó más allá de la mitad de la centuria, contando entre sus más ilustres representantes a Benito Jerónimo Feijoo, Gregorio Mayans, Enrique Flórez y Josep Finestres.

Durante el reinado de Carlos III, el monarca español ilustrado por excelencia, la influencia francesa se incrementó, pero no se produjeron cambios sustanciales en la orientación de las cuestiones religiosas. Entonces, los ilustrados españoles tuvieron el máximo interés en la reforma de la Iglesia, en sus diferentes aspectos: económicos (crítica de la riquezas acumuladas por las "manos muertas") relaciones con el Estado (Regalismo), sociales (moralidad y religión).

Los modernos historiadores de la Iglesia vienen considerando los movimientos reformistas surgidos en su seno como una Ilustración cristiana, que se manifiesta en la orientación antibarroca del culto y de los estudios teológicos. En España, por otra parte, no se dio como tal un movimiento ilustrado de perfiles ateos. Como explicó M. Batllori, en Notas sobre la Iglesia en el siglo de la Ilustración, perteneciente a la obra La Ilustración. Claroscuro de un siglo maldito:

paseo delicias pintura Francisco Bayeu
EL PASEO DE LAS DELICIAS

Las fundaciones de las Reales Academias fueron logros del esfuerzo cultural ilustrado, pero en sus inicios no resultan demasiado eficaces: la Real Academia Española de la Lengua, en 1713; la de Buenas Letras, en Barcelona, en 1729; la de Historia, en 1744.

De cualquier modo, la actividad precursora de los reinados de Felipe V y Fernando VI no quedó en balde. Además, el panorama cultural de la época fue en realidad mucho más complejo de lo que con frecuencia se ha considerado: estudios recientes han demostrado que los comienzos de la filosofía y de la ciencia modernas se remontan en España al final del siglo XVII. Con anterioridad se ha hablado en las páginas de esta obra del nuevo concepto que merecido a los historiadores el reinado de Carlos II.

Oponer hoy la "luces" del reinado del Carlos III al oscurantismo de la época del último Austria constituye cuando menos una simplificación excesiva. En palabras de Pierre Vilar, "el siglo XVIII, en todo lo que tiene de creador y de dinámico para la economía de la Europa occidental, se anuncia a partir de 1680-1690".

Por tanto, en el siglo XVIII no se produce la ruptura con la tradición española. El proceso es más rico y complejo: hay españoles que se inspiran en el extranjero pero también los hay que vuelven sus ojos hacia la tradición nacional, especialmente a los autores del siglo XVI, cuyas obras conocen y difunden ante la incomprensión general. El espíritu humanista tiene su continuación en el ilustrado. Gregorio Mayans i Siscar es quizás el representante más característico de esta tendencia.

Ascensión globo Montgolfier Aranjuez pintura Antonio Carnicero
ASCENSIÓN DE UN GLOBO MONTGOLFIER EN ARANJUÉZ, POR ANTONIO CARNICERO

Según la visión de A. Dérozier, en el apartado Visión cultural e ideológica, del tomo VII de la Historia de España, obra dirigida por M. Tuñón de Lara:
"La Ilustración no se inicia en España a mediados del siglo XVIII, sino unos cincuenta años antes, cuando se comienza a contradecir a los escolásticos en nombre de la filosofía moderna."

En este sentido, quizá valga la pena recordar la existencia de un movimiento conocido como Criticismo tardío del barroco, que tuvo su proyección en los círculos intelectuales españoles y cuya personalidad más relevante fue el andaluz Nicolás Antonio.

La dificultad del avance de la Ilustración se debe también al carácter propio de la Monarquía que la sume y dirige. Como señala Rafael Altamira y Crevea en su Historia de España y de la civilización española, los Borbones mezclaban "el sentido tutelar y filantrópico del pueblo" con el hecho de que "eran francamente absolutistas".

El carácter centralista y autoritario del gobierno, aunque éste fuera progresista, dificultaba el desarrollo de las iniciativas ilustradas; por otro lado, el personal encargado de las realizaciones tenía sus limitaciones: constituía una élite cortesana que no cuestionaba la estructura clasista vigente en su sociedad.

Aunque algunos autores han visto en la Ilustración una ofensiva contra los valores aristocráticos por parte de una burguesía anhelante de poder, parece más ajustada a la realidad la tesis que cree en la lucha, en el seno de la nobleza, entre los funcionarios ennoblecidos, apoyados por los nobles que trabajan, y la nobleza áulica. Así, según explica Laura Rodríguez en su Reforma e Ilustración en el siglo XVIII español. P. R. Campomanes, los funcionarios eran "burócratas que luchaban por el poder del Estado y no combatientes en una lucha de clases".

En esta línea, A. Dérozier opina con cierto pesimismo "que las categorías sociales que no forman parte de la nobleza ni de la incipiente burguesía no pueden en absoluto promover reformas, mientras que aquéllas no son partidarias de confundirse con la plebe".

UN CAFÉ EN LA ORILLA DEL RÍO, POR ALONSO PÉREZ

La cultura y la enseñanza iban dirigidos a cierto nivel social, esto sin la menor ambigüedad. Sólo las élites cortesanas se beneficiaron de las reformas culturales. Las clases populares "nada tienen que hacer en el Estado, sino obedecer y trabajar pasivamente". En la obra citada de J. Regla:
"La orientación pedagógica, el ideal de educar al pueblo por parte de los hombres del siglo XVIII, hizo que éstos descubrieran al pueblo como político de la vida intelectual y política. Lo descubrieron, sin embargo, con un sentimiento extraño de atención afectuosa y, a la vez, de desprecio… Junto a lo que se publica, esto es, lo que se da al público ignorante, está lo que sólo se confía en la correspondencia particular, al cambio de ideas entre iniciados, que saben lo que todos pueden saber."

Y tal y como comenta L. Sánchez Agesta en El pensamiento político del despotismo ilustrado:
"Si el autor de las famosas Cartas al conde de Lerena se decide a hablar de la libertad civil y del Contrato social es sólo en correspondencia particular, porque no es lo mismo escribir para el pueblo ignorante que para un ministro prudente… Ello explica que en las figuras más representativas de la minoría ilustrada se encuentren dos capas diversas de pensamiento: la que representa el saber esotérico de esa minoría, sólo para iniciados, y las manifestaciones del mismo que se consideran aptas para el público…"
"Frente a los casos de ateísmo extremoso de una barón de Holbach en Francia o un Radicati di Primeglio en Italia, España apenas puede presentar el pálido reflejo de un Olavide, que además luego vuelva a entrar en la Iglesia. Las impiedades e irreverencias sólo epistolares de un Roda y de un Azara no pueden comparase ni de lejos con las radicales actitudes de Voltaire y sus seguidores."

Sobre este tema, J. Sarrailh afirmó en La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII:
"En la misma medida que el mal régimen social y el defectuoso sistema económico, (la religión y la Iglesia) reciben dardos acerados, emponzoñados a veces. Pero estos dardos no viene más que de una minoría de españoles de espíritu libre, libertinos unos, creyentes otros, que demuestran, con sus ataques, un afán de reforma, pero que no son ateos… distinguen entre la fe y la Iglesia, entre la religión y sus ministros. El derecho de pensar libremente y de no sacar las opiniones sino de la razón se detiene, para casi todos, en el reino de la fe."

Siguiendo a M. Batllori, los españoles se encontraban entre aquellos pensadores católicos que se esforzaron por asimilar los postulados de la Ilustración que el Cristianismo podía y debía absorber.

pradera Isidro pintura Francisco Goya
LA PRADERA DE SAN ISIDRO, POR FARNCISCO DE GOYA

Los ilustrados españoles representaron lo que Julián Marías definió como la España posible, de la cual con orgullo se sintieron iniciadores y tutores. Muchas fueron sus realizaciones culturales: creación de academias, museos y sociedades; proliferación de las tertulias de intelectuales; aparición de los periódicos; auge de la impresión de obras literarias; alto nivel de la crítica (no así otros géneros literarios); promoción de los estudios económicos y jurídicos; renovación de la enseñanza. Pero el balance de toda esa actividad quizás resultó un poco escasa.

La ausencia casi total de un público y la oposición sistemática de los sectores conservadores dificultaron extraordinariamente cualquier progreso. Pero la semilla de una España ilustrada y liberal estaba sembrada para germinar en el siglo XIX, según explica Sarrailh:
"Gracias a la virtud de la ciencia y a la reforma de los espíritus y de los corazones, esta España del siglo XVIII creyó asegurar la vuelta a la edad de oro. Si no lo consiguió, ¿quién será capaz de echáselo en cara? Los excesos de la Revolución francesa alarmaron en tal medida a su gobierno y a los propios reformadores, que éstos parecen haber suspendido todo progreso. Sin embargo, la simiente estaba echada y prosperará, prueba de ello son las Cortes de Cádiz. Así, el siglo XVIII tiene derecho a un sitio de honor en la historia de la España liberal."
Es muy aventurado opinar sobre lo que hubiera acontecido al movimiento ilustrado español de no mediar la Revolución francesa. Según la visión de Pere Molas:
"Las valoraciones de la Ilustración española han variado a tenor de la circunstancia política; ha sido exaltada como precursora del liberalismo; denostada por los mismos motivos e incluso criticada por conservadora."

Frente a la visión clásica de la Ilustración como un movimiento "europeizador, reformista, poseído de un claro afán pedagógico", la historiografía actual plantea numerosas reservas a una concepción tan idílica del fenómeno.

Merienda campo pintura Francisco Bayeu
MERIENDA EN EL CAMPO

Marcelino Menéndez y Pelayo negó la existencia de Ilustración alguna, en su opinión España había seguido fiel a la ortodoxia tradicional católica y los escasos ilustrados no eran sino afrancesados con nula influencia. Jean Sarrailh y Richard Herr entendieron la Ilustración española como una élite fomentada por Carlos III, amiga de lo nuevo y obsesionada por la "instrucción y la mejora de la agricultura", que se oponía a una masa rutinaria e inerte aferrada a la tradición. Antonio Elorza explicó la Ilustración como la ideología de una nueva clase en ascenso que aspiraba al poder: la burguesía.

Tanto en el tradicionalismo de Menéndez Pidal como en el marxismo de Elorza existió la misma falta metodológica en el análisis de la historia de las ideas. No prestaron atención a las polémicas concretas que suscitaron estos movimientos, no entendieron el contexto histórico de los debates que surgieron, no estudiaron las fuentes originarias. Sus interpretaciones rebelan hasta qué punto el estudio histórico está contaminado por la aplicación inconsciente de mitologías particulares.

A finales del siglo XX, el profesor Francisco Sánchez Blanco recuperó las fuentes que demuestran la fuerza y la originalidad de un movimiento intelectual que inició el camino de la emancipación de la autoridad doctrinal, religiosa y política, un movimiento que comenzó con un cambio de dinastía y que culminó con la proclamación de una Constitución en 1812. Sus obras Europa y el pensamiento español del siglo XVIII (1991), La prosa del siglo XVIII (1992), La Ilustración Española (1997), y La mentalidad ilustrada (1999), devolvieron la dimensión real histórica, no mitológica de la Ilustración española.

En este sentido, la Ilustración española, aunque fue moderada con respecto a la Ilustración histórica, si tuvo como valor la toma de conciencia de que la España de finales del siglo XVI y del siglo XVII, tras el esplendor del Imperio, fue perdiendo progresivamente todo contacto con la modernidad, y era necesario iniciar un proceso de adecuado reciclaje.

Como conclusión final, en palabras del profesor José Luis Aranguren:
"La Ilustración significó para la tibetanizada España su tardía incorporación a la marcha de la cultura europea y la relativa generalización de esfuerzos hasta entonces tan eminentes como aislados, tales los de un Cervantes, un Baltasar Gracián. Sí, España se abre a Europa en el siglo XVIII. Se abre a aquella cosmovisión europea, en la cual la ciencia, todavía lejos del ciencismo, ocupa el lugar sumamente importante que le asigna Feijoo, quien, al carácter enciclopedista de su obra, agrega, formalmente, el hecho de ser nuestro primer cultivador de la información, del ensayismo y del periodismo intelectual."

 

CONTROVERSIA DEL ADOPCIONISMO HISPÁNICO


El Adopcionismo es la doctrina según la cual Jesucristo fue un ser humano, elevado a categoría divina por designio de Dios por su adopción, o bien al ser concebido, o en algún momento a lo largo de su vida, o tras su muerte. 
Se trata de un acercamiento interconfesional de la Iglesia mozárabe con la cultura árabe, desde el ámbito de la doctrina Cristológica, que apareció cuando la mayoría de la España visigoda había caído bajo el poder de los invasores musulmanes.

La querella del adopcionismo hispánico fue un debate surgido en el último cuarto del siglo VIII, que enfrentó adopcionistas mozárabes del Califato de Córdoba frente a los encarnacionistas del Reino de Asturias.

Los adopcionistas estaban encabezados por el obispo Elipando de Toledo, el abad Félix de Urgel, el obispo Ascario de Braga y el predicador Migencio. Los encarnacionistas estaban liderado por el abad Beato de Liébana, autor los Comentarios al Apocalipsis de San Juan, y el obispo Eterio de Osma.

controversia teológica Adopcionismo Beato Elipando Jesucristo
CONTROVERSIA DEL ADOPCIONISMO HISPÁNICO

Antes del Cristianismo, hubo al menos dos concepciones más o menos similares, no necesariamente excluyentes la una de la otra, de las cuales puede emanar esta idea:

1. En el pensamiento judío, el mesías es un ser humano elegido por Dios para llevar a cabo su obra espectacular: tomar a los hebreos (un pueblo hasta entonces frecuentemente sometido por otros más poderosos), rescatarlos de la opresión y llevar el Reino de los Cielos a la tierra trayendo paz y prosperidad. En este sentido, el mesías no es el Hijo de Dios tal como lo considera el Cristianismo.

2. En la tradición griega existían héroes elevados a la condición divina después de extraordinarias proezas o hazañas, por medio de la apoteosis. El más importante ejemplo de esto es Heracles, que después de haber sido quemado en una pira es tomado por su padre Zeus para gobernar a su lado. Debido al predominio del Imperio romano, cuya orientación cultural era predominantemente griega, en la época de los primeros cristianos es altamente probable que este ejemplo estuviera a su alcance, a la manera de una historia popular.

Al mismo tiempo, el adopcionismo era psicológicamente interesante para los primeros cristianos, y era fácil identificarse con un héroe como Jesús, un ser humano como cualquiera que es elegido ("adoptado") por Dios y que en consecuencia daba esperanzas de salvación a los propios cristianos, tan humildes ante Dios como su héroe máximo.

Uno de los adopcionistas más famosos fue Teódoto el Curtidor, habitante de Bizancio que llevó la prédica de esta doctrina a Roma en el año 190.

A medida que el cristianismo prendió en las capas superiores del Imperio romano, fue imponiéndose como doctrina el Encarnacionismo, según la cual Jesús desde siempre había sido Hijo de Dios (concretamente la Segunda Persona de Dios). El adopcionismo fue progresivamente arrinconado, a pesar de que teológicamente el Encarnacionismo plantea una serie de dificultades que el adopcionismo no las ofrece (la mayor de ella: reconocer la existencia de varias personas divinas, y al mismo tiempo profesar el monoteísmo).

A lo largo de las llamadas disputas cristológicas, el adopcionismo volvería a ser resucitado, en una versión más refinada, por Pablo de Samosata (en el Siglo III) y por su discípulo Arrio. También fue adopcionista el obispo Fotino de Sirmio, depuesto el año 351 por el Sínodo de Sirmio.

El Arrianismo se transformaría en la herejía más atosigadora que debería afrontar la joven Iglesia en sus primeros siglos. Finalmente, después de la formulación del credo en los Concilios de Nicea (325) y Calcedonia (381), el adopcionismo fue finalmente abandonado.

mapa califato córdoba siglo viii
PENÍNSULA IBÉRICA AÑO 750

La querella del Adopcionismo hispánico fue un debate que se desarrolló en el último cuarto del siglo VIII cuando la mayoría de la España visigoda había caído bajo el poder de los invasores musulmanes. La convivencia entre las dos religiones y sus correspondientes culturas atravesó períodos de especial virulencia. Los pactos iniciales firmados entre los conquistadores y los visigodos permitieron una cierta autonomía religiosa. Pero la situación fue cambiando a contextos de incomprensión y enfrentamiento. La comunidad cristiana se mantuvo fiel a la fe de sus mayores, lo que suponía una incomodidad para las creencias de los nuevos titulares del poder político en la península.

Los cristianos sometidos al poder musulmán, mozárabes, habían establecido su capital en Córdoba, pero manteniendo su fe y sus costumbres, sus creencias y su liturgia. Aunque se influenciaran por ciertos usos orientales en el vestido y en la alimentación.

El rito mozárabe consiguió mantenerse en ciertos lugares de la ciudad de Toledo, era el llamado rito hispánico o visigótico. En la capilla del Corpus Christi de la catedral primada es obligatorio el uso de la liturgia mozárabe, permitida también en las iglesias mozárabes de la ciudad. Ciertos usos de la liturgia mozárabe pasaron de la romana en las reformas del Concilio Vaticano II. El detalle más significativo es el paso de las dos lecturas tradicionales romanas (Epístola y Evangelio) a las tres de la liturgia hispánica (Profecía, Apóstol y Evangelio).

La antigua liturgia hispánica (visigótica) poseía textos que se remontan a San Isidoro de Sevilla y a otros grandes teólogos hispanos. Tenía una gran fuerza hasta que las reformas cluniacenses influyeron en su decadencia, a la que se resistieron los mozárabes toledanos y los de otros lugares. Desde mediados del siglo XI los dos ritos compitieron abiertamente. A pesar de las presiones, el rito hispánico no desapareció del todo, sino que pervivió unido a determinadas comunidades mozárabes.

Fue precisamente el recelo originado por ciertas expresiones de la liturgia lo que representó una dificultad grave a la hora de aceptar como ortodoxo el rito hispano-mozárabe. Daba la impresión de que no era clara la confesión de la filiación divina de Cristo por naturaleza, sino que su relación con el Padre se reducía a la mera adopción.

ELIPANDO DE TOLEDO

El Adopcionismo español se sitúa en el intento de acercamiento interconfesional de la Iglesia mozárabe con la cultura árabe, desde el ámbito de la doctrina Cristológica.

El vocablo "adopción" fue importado de Oriente a Occidente por Teodisco, obispo de Toledo y sucesor de San Isidoro de Sevilla. Teodisco fue depuesto por afirmar que Jesucristo no era Dios con el Padre y el Espíritu Santo (Santa Trinidad), sino adoptivo. Posteriormente, el vocablo pasó a los árabes.

El principal defensor del Adopcionismo fue el monje Elipando de Toledo. Nacido el año 717, se educó en una escuela monacal y pronto se dedicó al estudio y profesión monástica. Se cree que pudo haber recibido influencias de escuelas religiosas sirias. Los sirios habían llegado a la península procedentes del norte de África en la temprana juventud de Elipando, durante la invasión islámica. Entre el 754 y el 800 rigió la sede de Toledo. Combatió contra los intentos de Carlomagno de someter la Iglesia española a la franca.

Elipando, con un arzobispado cuyo vasto territorio estaba bajo el influjo de los árabes, intentó pactar con los mahometanos para quien Jesús era solo un profeta y por lo tanto mero hombre. La doctrina proclamada por el obispo de Toledo es que Cristo, según su naturaleza humana, es hijo adoptivo de Dios. Por lo tanto, en diálogo con los hijos de Mahoma convenía sostener la filiación adoptiva en cuanto hombre, y con los cristianos la filiación natural en virtud de su naturaleza divina.

Para los musulmanes había en el Cristianismo un motivo de escándalo en la Trinidad, ya que parecía incidir en el politeísmo, tres dioses, y así acusaban a los mozárabes. Elipando trató de hacer frente a la acusación acudiendo de algún modo a las raíces arrianas del goticismo. Más tarde, en el Sínodo celebrado en Sevilla el 784 propuso una modificación del Credo en el sentido de que no pudiera decirse que las dos naturalezas se identificaran en la segunda Persona de la Trinidad: Cristo habría "adoptado" la carne como una especie de revestimiento, nada más, sin quebrantar en modo alguno la unicidad divina que Muhammad con empeño había defendido y enseñado.

CARLOMAGNO Y ALFONSO II

La exposición de la doctrina de Elipando también aparece en relación a la refutación de Migencio, predicador que sembró ideas confusas en algunas regiones de la Bética. Su doctrina se conoce por una carta que le escribe Elipando, en contestación a una especie de carta circular, método propagandístico usado por Migencio. Decía el arzobispo de Toledo:
"Leímos tu carta sin poder contener la risa. En ella aparece tu fatua e ignorante locura de tu corazón. Vimos la carta y la encontramos ridícula por la falta de consistencia de tus afirmaciones y no sólo nosotros, sino toda la catolicidad te desprecia por tu pútrida doctrina y te declara digno de anatema... No se puede curar tu enfermedad con fomentos de vino y aceite, sino con un cuchillo de doble filo ha de amputarse podredumbre tan Antigua."

Migencio afirmaba que la Trinidad estaba compuesta de tres personas: el padre David, el hijo Jesús de Nazaret y el Espíritu Santo que era el apóstol San Pablo. Decía también que los sacerdotes mienten cuando se confiesan pecadores siendo en realidad santos y si no lo son ¿porqué se atreven a celebrar los sagrados misterios? Roma, para Migencio, era el único lugar santo, ya que allí habitaba Cristo.

Según Elipando:
"Dios Padre no engendró la carne […] A la manera que ningún hombre engendra el alma de su hijo, sino la carne, a la que se une el alma, Dios Padre, que es espíritu, engendra el espíritu, no la carne. El Padre divino engendra la naturaleza y la persona; el padre humano la naturaleza, no la persona. En el Hijo de Dios subsistía la naturaleza divina antes que tomara la naturaleza humana. […] En una sola persona hay dos substancias: una producida por generación, otra no engendrada. La carne nace de la carne; el alma es propagada por Dios. Si a alguien le place dividir a Cristo en hijo propio y adoptivo, divida de una manera semejante a todo hombre. Pero como repugna a la razón suponer ni en el Hijo de Dios ni en el hijo del hombre dos padres, reconozcamos en uno y otro unidad de personas."

El error adopcionista de Elipando se encuentra en la refutación de la doctrina sobre la segunda persona de la Trinidad, que para Migencio era de la descendencia de David, pero no la engendrada por el Padre. Elipando enfurecido contestó que cómo puede ser el Hijo de Dios, nacido únicamente de la madre y no engendrado por el Padre sin principio. Y, si en la Trinidad nada puede haber que sea corpóreo ni mayor ni menor, cómo se atreven a decir que aquella forma servil es la segunda persona de la Trinidad, ya que el mismo Hijo de Dios, con relación a esta forma por la cual es criatura del Padre dice de sí mismo el "Padre es mayor que yo" (Jn.4,28).

El
 error, admitiendo una diversidad de hijos, uno según la naturaleza divina que es igual al Padre, y otro (inferior) según la natura humana que era hijo de María y siervo de Dios, era una clara herejía.

ELIPANDO DE TOLEDO

Los primeros en responder y poner en duda la doctrina del metropolitano de Toledo fueron Beato de Liébana, abad de Santo Toribio de Liébana, y Eterio de Osma, obispo de Osma. Pertenecían al Reino de Asturias y, por tanto, a la Iglesia libre de la invasión musulmana. Por medio de su rey Alfonso IIacudieron al emperador Carlomagno para que condenase esta herejía. Y así, en un Concilio, presidido por legados del Papa, condenó el adopcionismo. 

En torno al 785, escribían a Elipando manifestando sus dudas por la doctrina expuesta. El escrito lleva el nombre de Apologeticus, más conocido como Los comentarios sobre el Apocalipsis de Beato.

Sólo uno de los obispos hispanos, Félix de Urgel, se atrevió a defender la doctrina de Elipando. Félix era de carácter más razonador e inteligente que el primero y, de hecho, hubo de retractarse. Estando su diócesis en la Marca hispánica (condado de Urgel bajo el dominio de Carlomagno), la doctrina traspasó el territorio peninsular convirtiéndose en una disputa de toda la Iglesia universal. Félix estuvo muchas veces solo frente a escuelas de teólogos que discutían sus tesis y las clasificaban con la etiqueta de heréticas.

La herejía fue condenada solemnemente durante el II Concilio Ecuménico de Nicea del año 787.

Entre los años 786 y 787, el papa Adriano I dirigía una carta a Ascario, metropolitano de Braga, y a Elipando, llamándolos a que abandonen su doctrina. Al no lograrse ninguna retractación, el Papa convocó en unión con Carlomagno (temeroso éste por la ruptura de la unidad del Imperio) un concilio en Ratisbona (792). Allí compareció Félix, quien expuso sus tesis. Habiendo sido convencido de sus errores, Félix marchó a Roma donde compuso una profesión de fe en la que condenaba la doctrina del hijo adoptivo y profesaba que Jesucristo est proprius et verus Filius Dei.

Tras regresar a su sede en Urgel, por invitación de Elipando, 
Félix volvía a caer nuevamente en el Adopcionismo, trasladándose a Toledo, donde tenía mayor apoyo.

Elipando replicó con menosprecio a sus adversarios del norte: "Cómo puede permitirse un monje de Liébana enseñar doctrina a un arzobispo de Toledo." Y a ello Beato pudo replicar con una noticia que desde la época de Dionisio el Exiguo venía circulando por Europa: "... lo mismo que Roma, España tenía un origen apostólico, ya que Jacobo (Santiago), hermano de Juan, había viajado hasta ella antes de su muerte para sembrar allí las primeras raíces cristianas."

En vista de la persistencia, y de las cartas que Elipando había dirigido a muchos obispos germanos y franceses, Carlomagno convocaba otro concilio general con el consentimiento del papa en Francfort, en el 794. Asistieron unos 300 obispos y una representación pontificia. Elipando expuso en un magnífico discurso la fe en litigio. Al terminar preguntó "¿cuál es vuestra opinión?". Las conclusiones dicen que la frase "hijo adoptivo" no solo es desconocida en la antigüedad, sino falsa, porque induce a creer que Cristo no es propio hijo de Dios. 

Elipando y Félix no reconocieron el Libellus Sacrosyllabus compuesto por el concilio. Por ello el nuevo papa León III reunió un sínodo romano en el 799 que pronunció un anatema contra Félix. Este fue convocado nuevamente por Carlomagno en Aquisgrán, donde después de haberle expuesto varios obispos la falsedad de su doctrina, con razones de la Sagrada Escritura, renunciaba a ellas. Elipando murió obstinado en sus doctrinas al parecer en Lyón, donde el emperador había mandado que permaneciera.

COMENTARIOS AL APOCALISIS DE SAN JUAN

Una discusión provinciana llegó a implicar a los grandes teólogos de la época como a Alcuino de York y a Paulino de Aquileya, y a turbar la paz del Imperio carolingio y de la Curia romana.

La serie de concilios convocados para abordar el problema planteado por los españoles, así como las cartas de los Papas que denunciaban el peligro demuestran con evidencia que no se trataba de un problema baladí: concilios de Ratisbona (791), de Francfort (por Carlomagno, 794), de Aquisgrán (799), de Roma (799), de Fréjus (799), etc. Los papas Adriano I y León III y los consejeros de Carlomagno comprendieron la magnitud del peligro y trabajaron para doblegar a los españoles que, con argumentos teológicos y con el acostumbrado recurso a la Sagrada Escritura, a los Santos Padres y a los textos litúrgicos, defendían con sus puntos de vista.

Pero todos pretendían purificar la fe y acomodarla a las exigencias del dogma. Tiene, por lo tanto, razón J. C. Cavadini cuando afirma que lejos de ser esta controversia una señal de la decadencia de la Iglesia visigoda, como algunos han insinuado, es una prueba de su vitalidad y de su apertura hacia el futuro. Es difícil aceptar la opinión del atraso de la teología española del siglo VIII.

En el último cuarto del siglo VII se habían celebrado en Toledo varios concilios entre los que destacaron el XI (675) con un preclaro Símbolo de la fe sobre la Trinidad y la Redención, el XV (688) con doctrinas sugestivas sobre la Trinidad y la Encarnación, y el XVI (693) en el que los padres conciliares abundan sobre la Trinidad. Del texto de este concilio son las palabras con las que Alcuino de York pretendía explicar su idea de la Trinidad en su carta a Elipando. Según aquel concilio, las personas de la Trinidad entre sí no son aliud, sino alius. No son distintas en naturaleza o sustancia, sino en las personas. Son una misma cosa, pero personas distintas. Los teólogos españoles del siglo VIII, sucesores de los grandes escritores eclesiásticos de siglos anteriores como Isidoro, Eugenio, Ildefonso, Julián, etc. contribuyeron positivamente al avance de la reflexión sobre la fe en los temas cristológicos.


ALCURNIO DE YORK

El cisma hispano, que se pudo producir de haberse formado un colegio de obispos adopcionistas en Al-Ándalus, no llegó a materializarse: los sucesores de Elipando y sus adláteres fueron católicos y los mozárabes mantuvieron la fe ortodoxa, en comunión con el papa hasta el último momento. Aparentemente, las conversiones logradas lo habían sido únicamente por el ejemplo personal (en el caso de Félix) o la pura autoridad de un cargo (en el caso de Elipando), y desaparecieron con ellos. Otra consecuencia positiva fue la difusión de las obras de un teólogo hispano singular, Beato de Liébana, popularizado a partir de su refutación del adopcionismo y posteriormente admirado en toda la Cristiandad por su Apocalipsis.

En Hispania, la controversia sirvió como excusa para que el rey asturiano alejara a su iglesia de la influencia de la Iglesia mozárabe, ahora sospechosa de herejía y contagio de las enseñanzas mahometanas. Alfonso II el Casto (791-842) acercó a su reino la influencia franca del Imperio carolingio, al que envió tres embajadas. También la iglesia astur recibió las nuevas formas litúrgicas y teológicas romanas que se abrían paso en la Cristiandad latina, iniciando la ruptura con la Iglesia mozárabe mártir bajo el dominio de los emires de Córdoba. Elipando puede ser responsabilizado del inicio de este proceso que concluiría durante el reinado de Alfonso VI con la reconquista de Toledo, el fin de la iglesia mozárabe y el triunfo romano en la Iglesia española.

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