TEOLOGÍA POSITIVA DE MELCHOR CANO


Teólogo dominico, Melchor Cano pasó a la historia del pensamiento de Occidente por renovar la Escolástica definiendo un novedoso sistema: la Teología positiva. Reunidas en De Locis Theologicis, sus ideas se expandieron por toda la Europa católica del siglo XVI.

MELCHOR CANO

Melchor Cano había nacido en Tarancón, Cuenca, en 1509, y era hijo de Fernando Cano, un reputado jurista franciscano que llegó a ser confesor de las hijas de Carlos I.

Su infancia transcurrió en Pastrana, Guadalajara. Realizó sus primeros estudios de humanidades en la Universidad de Salamanca. Desde 1527 hasta 1531, estudió artes y teología, fue alumno de Francisco de Vitoria y ordenado miembro de la Orden de Santo Domingo en el convento de San Esteban de dicha ciudad en 1524.

En 1531, fue enviado al colegio de San Gregorio en Valladolid donde estudió con Bartolomé de Carranza y con Luis de Granada y asistió a las lecciones de Diego de Astudillo. Allí fue profesor de artes y maestro de estudiantes, posteriormente fue nombrado catedrático de vísperas al ascender Bartolomé de Carranza a la prima con motivo de la muerte de Astudillo, en 1536. Desde entonces, surgieron diferencias doctrinales entre Cano y Carranza, dura polémica que provocó la división de los colegiales en "canistas" y "carrancistas".

En 1536 obtuvo el grado de bachiller de teología en el colegio de San Gregorio y, en 1542, el de magistratura de la Universidad de Bolonia.

Un año más tarde, en 1543, consiguió la cátedra prima de teología en la Universidad de Alcalá de Henares, por entonces la Complutense, hecho singular por ser un dominico de orientación tomista cuando la universidad complutense era el baluarte del Erasmismo. Cuando murió Francisco de Vitoria en 1546 y tras superar en la oposición al moralista Juan Gil de Nava, pasó a dirigir la cátedra teológica en la Universidad de Salamanca, por lo que es considerado uno de los miembros de la llamada Escuela de Salamanca. Allí tuvo como aventajado discípulo a Domingo Báñez, más adelante sucesor de su cátedra.

Como oráculo académico y del consejo imperial de Carlos V, participó en la primera fase de la Junta de Valladolid, en agosto de 1550. Aquella controversia intentaba resolver la polémica de los naturales o de los Justos Títulos entre Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas.

Carlos V lo envió a las sesiones del reanudado Concilio de Trento en enero 1551, junto a los dominicos Domingo de Soto y Bartolomé de Carranza, donde se hizo notar como impugnador de las posturas teológicas de los jesuitas. Su erudición histórica y su maestría en la escolástica y teología positiva, le capacitaron para rendir importantes servicios en las deliberaciones y logros del concilio. Destacó por sus intervenciones acerca de los sacramentos de la eucaristía, la penitencia y el sacrificio de la misa. Sus puntos de vista influyeron notablemente en las constituciones sobre la gracia y la justificación.

CONCILIO DE TRENTO

En 1552, Carlos V promocionó a Melchor Cano como obispo de la Diócesis de Canarias, cargo del que dimitió al año siguiente para ser rector de la Universidad de San Gregorio en Valladolid en 1554.

En 1556, el rey Felipe II le encomendó la defensa jurídico-moral de su soberanía frente a las pretensiones papales. Para ello, publicó su famosa Consultatio theologica, en el que aconsejó a Felipe II a emprender un Catolicismo nacional y cerrado a toda influencia europea, resistiendo a las pretensiones temporales de Paulo IV. Como monarca absoluto de un grandísimo imperio, solicitó al rey la defensa de sus derechos a la administración de las rentas y bienes de la iglesia española, con lo que haría al estado menos dependiente de Roma. En esta obra Melchor Cano justificaba la licitud de la guerra contra la autoridad pontificia como señor temporal. Por apoyar estas tesis, fue requerido a compadecer en Roma, pero el estallido de la guerra en 1556 entre España y los Estados Pontificios, respaldados por Francia, hizo olvidar su proceso. Esto le valió ser llamado "hijo de la perdición" por parte del papa Pablo IV. Poco tiempo después fue detenido por la Inquisición.

En 1557 fue nombrado provincial de su orden en el colegio de San Esteban de Salamanca, donde fue profesor de fray Luis de León. La confirmación fue ratificada por el nuevo papa Pío IV dos años después en Roma. Pero durante su viaje de regreso a España, Melchor Cano falleció en el convento toledano de San Pedro Mártir, en 1560, durante su primera visita canónica a la provincia.

Junto a escolástico de la Escuela de Salamanca como Vitoria, Molina, Soto, Suárez y Mariana, Melchor Cano representó a un sector de la Iglesia española del siglo XVI especialmente preocupado por las consecuencias de la Reforma protestante, a las cuales opusieron una profunda renovación de los estudios teológicos y una intensa participación en la elaboración y defensa de las disposiciones de la Contrarreforma. Desde esta posición criticó las prácticas más obsoletas del Escolasticismo, entre ellas la filosofía peripatética y el afán polemista, aunque ello no significara en ningún caso una renuncira al Tomismo tradicional.

Melchor Cano actuó como defensor de la ortodoxia católica, acusando a Sepúlveda de hereje y participando en el proceso que el gran inquisidor Fernando de Valdés promovió contra Bartolomé de Carranza en 1558. Sus sospechas de herejías se extendieron hacia el Iluminismo y el Erasmismo, asimismo, contra la recién creada Compañía de Jesús, en su opinión una secta que reencarnaba al anticristo al igual que el Luteranismo. Este argumento fue retomado por Carlos III cuando procedió a la expulsión de los jesuitas dos siglos después.

Fue durante su estancia en la Universidad de Salamanca cuando pasó a la Historia del pensamiento europeo por elaborar su Teología positiva, consistente en un tratado para construir y de enseñar la ciencia de Dios. Este sistema teológico quedó escrita en 1563 en su obra más importante: De Locis Theologicis libri duodecim (De los lugares comunes teológicos).

DE LOCIS THEOLOGICIS, POR MELCHOR CANO

Hasta comienzos del siglo XVI, la teología medieval e incluso autores renacentistas como Erasmo o Melanchton se referían a objetos temáticos como la encarnación, la trinidad o la gracia. Francisco de Vitoria inauguró un movimiento de restauración de la mejor doctrina patrística y para dar a la ciencia teológica una dicción más pura y una forma literaria mejorada. Su discípulo Melchor Cano, recogió su obra y tras años de estudio aportó un método histórico y antropológico que procedía de Aristóteles y de Cicerón, algo digno de las aspiraciones y esfuerzos de ambos.

El objetivo de Melchor Cano era el de establecer los ámbitos de estudio de la Ciencia teológica. Los lugares teológicos se convertían para él en los "domicilios de todos los argumentos de la teología", es decir, simplemente en las fuentes de las que emana la teología. De Locis Theologicis es un tratado metodológico sobre la teología como ciencia.

Tras dilucidar la distinción entre los argumentos basados en autoridad y los argumentos basados en la razón, Melchor Cano estableció diez lugares (locis), cada uno tema de un libro: la autoridad de las Santas Escrituras, la tradición Apostólica, la autoridad de la Iglesia Católica, la autoridad de los Concilios ecuménicos, la autoridad del Sumo Pontífice, la doctrina de los Padres de la Iglesia, la doctrina de los doctores escolásticos y canonistas, la verdad racional humana, la doctrina de la filosofía y la realidad histórica.

La dificultad añadida deriva de su bello latín clásico que a veces supera a la claridad del contenido. El contexto general de fondo es la lucha dialéctica entre la Teología escolástica y la Teología humanista; esta última proponía una nueva teología en la línea del método filológicobíblico.

Este novedoso tratado fue esencial en el desarrollo teológico por su sabio empleo de la metodología y de los principios de la filosofía aristotélica en cuestiones teológicas. Se exportó a todas las universidades de Europa: Roma, Sorbona, Lovaina, Colonia, Ingolstadt, etc., y dominó la teología católica hasta el siglo XX.

Por su elegancia clásica, pureza de estilo y clara precisión, De Locis Theologicis se acerca a los grandes tratados didácticos de Aristóteles, Cicerón y Quintiliano, siendo una de las más admiradas producciones del Renacimiento sólo debido a su fluidez y libertad, por su lúcido juicio y profundidad de su erudición y por su alta calidad científico literaria. Para algunos críticos esta obra marca una nueva época en la historia de la teología y está situada al mismo nivel de importancia e influencia que las Exaplas de Orígenes, la Ciudad de Dios de San Agustín, las Sentencias del Lombardo o la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino. Y desde luego está a la altura de las grandes obras de su época como las Relecciones De Indis de Francisco de Vitoria, De natura et gratia de Soto, De ecclesiasticis scripturis et dogmatibus de Driedo; Enchiridion christianae institutionis de Gropper, o De disciplinis de Vives.

Paradójicamente y a pesar del poco aprecio que sentía Cano por los miembros de la Compañía de Jesús, fueron precisamente los jesuitas los más implicados en expandir la teología positiva por la Europa católica. El agente de difusión en París fue el jesuita Maldonado, y en Lovaina fueron los jesuitas belgas Lépide y Tirinus. Otro jesuita, Alfonso Salmerón, publicó en dieciséis volúmenes unos comentarios del Nuevo Testamento directamente inspirados en el método de Melchor Cano.

PARECER DE FRAY MELCHOR CANO AL EMPERADOR CARLOS V

También destacó en la literatura en lengua vulgar castellana, escribiendo una amplia y personal traducción de la Opera utilissima de la cognizione et vittoria di sé stesso (Venecia, 1531) de Giovanni Battista da Crema refundida por el canónigo lateranense Serafino Aceti da Fermo, con el título de Trattato per la vita cristiana utilissimo della cognitione e vittoria di se stesso (1538), su Tratado de la victoria de sí mismo (Toledo, 1551), que toma por estructura de exposición la de los siete pecados capitales. Su sobrino, el franciscano fray Antonio Delgado Torre y Neyra, del convento de Ocaña, hizo una segunda edición que alteró con la excusa de continuar y extender la obra de su tío, sin advertir, acaso interesadamente, que la había dejado completa (Madrid, 1595); más tarde se hicieron otras más cuidadas (Madrid, 1780 y Barcelona, 1860).

Un siguiente libro trata sobre la utilización estas fuentes en el debate escolástico o en las polémicas teológicas. Tenía pensado redactar dos libros más sobre los loci en aplicación de las Santas Escrituras y empleados contra varias clases de adversarios de la Iglesia católica, que no pudo completar por su fallecimiento.

FELISA MARTÍN BRAVO PIONERA EN METEOROLOGÍA


Física y meteoróloga, Felisa Martín Bravo fue la primera mujer científica española en ingresar en el Cuerpo Superior de Meteorología; en 1931 y la primera doctora en Física en España. En 2018, su nombre su fue incluido en la Tabla Periódica de las Científicas.

FELISA MARTÍN BRAVO PIONERA EN METEOROLOGÍA ESPAÑOLA

Felisa Martín Bravo era natural de San Sebastián, donde nació en 1898. Siendo joven, estudió el bachillerato en el Instituto General y Técnico de Guipúzcoa de su ciudad natal. Entre 1918 y 1922, cursó estudios superiores en la Universidad Central de Madrid en la carrera de Ciencias Físicas. Durante su estancia madrileña se alojaba en la Residencia de Señoritas hasta 1930.

Mientras que se formaba, colaboraba en la Sección de Ciencias del Instituto-Escuela, dependiente de la Junta para la Ampliación de Estudios, con la aspiración de ingresar en el Magisterio secundario. Se trataba de unas prácticas de física impartidas por los científicos Blas Cabrera y José María Torroja.

En 1922, se licenció en Ciencias Físicas, e ingresó en el Laboratorio de Investigaciones Físicas, fundado por la Junta para la Ampliación de Estudios en Madrid, núcleo científico-técnico fundamental para el desarrollo en la Restauración monárquica y precursor del moderno Instituto Nacional de Física Y Química. Martín era becaria, siendo la primera mujer en un departamento que dirigía Julio Palacios. Este físico aragonés estaba realizando los primeros trabajos sobre rayos X aplicados a estructuras cristalinas.

Martín realizó prácticas junto con Enrique de Rafael Verhulst a través de la Cristalografía de rayos X, aplicando los métodos de Bragg y de Debye-Scherrer. Estableció la estructura cristalina de los óxidos de níquel y de cobalto, y del sulfuro de plomo. Aquellos resultados químicos formaron las bases de la tesis doctoral que Marín realizó entre 1923 y 1926 mediante una beca, bajo el título Determinación de la estructura cristalina del óxido de níquel, de cobalto y del sulfuro de plomo. Estas estructuras cristalinas tenían un gran valor potencial para las investigaciones magnéticas de Blas Cabrera en su Laboratorio, pues permitía conocer las propiedades de las tierras raras.

BLAS CABRERA Y JULIO PALACIOS

De todas formas, Martín no pudo profundizar en este proyecto, ya que en 1925, decidió opositar a la Cátedra de Física y Química del Instituto-Escuela, algo que consiguió al año siguiente, siendo la primera mujer de España en doctorarse en esta materia. Se había convertido en un pionera en esta disciplina científica, como lo fueron otras contemporáneas como Martina Casiano y Mayor, primera mujer miembro de la Sociedad Española de Física y Química, en 1912, o Dorotea Barnés González, cuyas investigaciones sirvieron para el desarrollo de técnicas como la Espectroscopia Raman a los departamentos de Química en España.

Tras esto, aquel año de 1926, Martín renovó la beca con la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, una institución creada en 1907, en el marco de la Institución Libre de Enseñanza, para promover la investigación y la educación científica en España. Martín viajó a Estados Unidos al objeto de impartir un curso de lengua española y nociones de física en la Connecticut College, ubicado en New London. Así pues, durante un tiempo estuvo impartiendo clases en el Club Español desde una perspectiva pedagógica, no científica, y pudo visitar las universidades de Harvard, de Yale y el Wellesley College. Finalmente, trabajó en The Spanish School de Vermort durante el verano de 1927.

En 1928, regresada a España, continuó en la Residencia de Señoritas, en donde colaboró en la docencia de Física y otras disciplinas científicas, haciéndose cargo del grupo de estudiantes de la Residencia ubicada en la calle Rafael Calvo.

En 1929, consiguió un puesto como investigadora en el recién fundado Instituto Nacional de Física y Química, del que pasó a forma parte el Laboratorio de Investigaciones Físicas. Su amistad y experiencia con el científico Julio Palacios consiguieron que este le admitiera en su sección de rayos X para la determinación de estructuras cristalinas, y al que se incorporó Martín como becaria de la Cátedra Cajal.

RESIDENCIA DE ESTUDIANTES E INSTITUTO-ESCUELA

En 1931, ingresó como auxiliar en el Servicio Meteorológico Español, siendo la primera mujer en hacerlo de España.

En 1932, la Juan de Ampliación de Estudios concedió de nuevo una beca de diez meses para estudiar Espectrografía de los rayos X en la Universidad de Cambridge. Allí trabajaba su marido, José Vallejo Sánchez, catedrático de Filología Latina de la Universidad de Sevilla. Recibió clases de Ernest Rutherford, físico neozelandés Premio Nobel de Química en 1908, considerado el padre de la Física nuclear por sus descubrimientos sobre la estructura atómica. Realizó pruebas sobre sondeos atmosféricos para su aplicación a la protección aeronáutica, por petición del Servicio Meteorológico Español. Esta investigación estuvo supervisada por el físico escocés Charles Wilson, especializado en electricidad atmosférica, quien recibió el Premio Nobel de Física en 1927 por la invención de la Cámara de Niebla.

En 1933, regresaba a Madrid y entregaba el resultado de sus estudios en el Servicio Meteorológico Nacional, convirtiéndose como en los otros dos casos en la primera mujer española en ser admitida. Era un destino muy acorde con su preparación y experiencia, pero muy alejado del ambiente investigador que vivió en el Instituto Nacional de Física y Química.

En 1936, cuando comenzó la Guerra Civil, la mayoría de la plantilla del Servicio Meteorológico se trasladó a la oficina de Valencia siguiendo al Gobierno de la II República. No tuvieron más opción que partir en el mes de octubre, cuando el frente nacional había cercado la capital. Martín se negó a abandonar Madrid y fue apartada de su actividad profesional inmediatamente. Incluso, logró trasladarse hasta San Sebastián, su ciudad natal en zona nacional, en 1937. En aquel momento, existían otras dos mujeres auxiliares en el Servicio, una era Antonia Roldán, que permaneció en la oficina central de Madrid, y la otra era Cristina Gonzalo, que se mantuvo en su destino de Santander en zona republicada, hasta la caída en agosto de 1937.

En 1939, terminada la contienda, Martín pudo reincorporarse al cuerpo de meteorólogos, aunque con reticencias. Hacían falta profesionales en las estructuras científicas del nuevo Régimen franquista, por eso, Martín tuvo que someterse previamente a un expediente de responsabilidades. En este departamento no volvió a ingresar a una mujer hasta la década de 1960.

PERSONAL DEL SERVICIO METEOROLÓGICO ESPAÑOL EN 1942

En 1969, tomó parte en las I Jornadas Científicas de la Asociación de Meteorólogos Españoles que se organizó en Salamanca. Durante los últimos años de su vida, perteneció a la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, a la Sociedad Matemática Española y a la Sociedad Española de Física y Química.

En 1973, fue nombrada presidente de la Asociación Meteorológica Española, cargo que desempeñó hasta el año siguiente. También fue pionera, pues además de ser la primera científica española en la dirección no volvió a acceder al alto puesto otra mujer hasta 2019.

A lo largo de su vida formativa y profesional publicó varios trabajos sobre estructuras cristalinas y electricidad atmosférica en revistas españolas de Física y Meteorología, siendo las más destacadas:

Determinación de la estructura cristalina del óxido de níquel, del de cobalto y del sulfuro de plomo, tesis doctoral de 1926 que fue publicada en los Anales de la Sociedad Española de Física y Química nº24 en 1943.

Corrientes eléctricas verticales originadas por la acción de las puntas bajo nubes tormentosas, lluvias, etc., incluida en las Publicaciones del Servicio Meteorológico Nacional, Serie A nº15, en 1945.

Modernas investigaciones sobre electricidad atmosférica, realizada para la Revista de Geofísica nº4, en 1954.

Instrucciones para el montaje y el manejo de aparatos, trabajo realizado para las Publicaciones del Servicio Meteorológico Nacional, Serie C nº28, en 1954.

FELISA MARTÍN BRAVO

El 29 de octubre de 1979, falleció en Madrid. Tendrían que pasar varias décadas para que algunas instituciones científicas y políticas le realizasen algunos reconocimientos.

En 1997, Carmen Magallón escribió el trabajo Felisa Martín Bravo, primera española en Física. Del laboratorio de Investigaciones Físicas a la Meteorología, que publicado en las Actas del II Congreso Internacional Junta para Ampliación de Estudios, en Madrid en 1998.

En 2017, el Ayuntamiento de San Sebastián le homenajea con una calle a su nombre.

En 2018, su nombre su fue incluido en la La Tabla Periódica de las Científicas con motivo de la celebración del 150 Aniversario de la publicación de Medeléyev y la declaración del 2019 el Año Internacional de la Tabla Periódica de los Elementos Químicos.