INGENIERÍA DE ANCLAS MARINAS DE JUAN FERMÍN DE GUILISASTI


Juan Fermín de Guilisasti fue ingeniero industrial, maestro mayor ancorero e inspector de la Real Fábrica de Anclas de Hernani en 1752, que, después de ejercer el espionaje industrial en las ferrerías de Holanda, pudo introducir las técnicas de fabricación de grandes anclas para buques de guerra de la Real Armada española, convirtiéndose en el mejor maestro ancorero de su tiempo desde su ferrería de Aya.

JUAN FERMÍN DE GUILISASTI

Juan Fermín de Guilisasti era natural de Aya, villa de Guipúzcoa, donde nació en 1705. Pertenecía a un linaje de ferrones y ancoreros establecido en las orillas del río Oria, que se dedicaban a la fabricación de anclas desde siglos atrás. Los primeros años de su vida profesional los realizó, básicamente, en la ferrería del barrio de Arrazubia, en su pueblo natal, situada junto al río que partiendo de las estribaciones del Ernio desemboca en la ría de Orio. Estaba al frente de una de las muchas ferrerías que abastecían de anclas de pequeño y mediano peso a embarcaciones de los astilleros de Pasajes y San Sebastián y que exportaban parte de su producción a Francia e Inglaterra.

En la década de 1730, solicitó a la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas una pensión para realizar una misión de espionaje industrial en las Provincias Unidas de los Países Bajos. El objetivo era estudiar los avances técnicos en el sistema de producción de anclas marinas de gran tamaño de las ferrerías holandesas, entonces a la vanguardia en Europa.

El siglo XVII fue la época de la expansión comercial holandesa por el mundo, despuntando también en la construcción naval que incluía elementos tan necesarios como las anclas, surtiendo de estas herramientas a otros países, como Francia o España. Ya, en el XVIII, los buques de guerra experimentaron un considerable aumento en dimensiones y tonelaje, provistos con mayor número cañones, que necesitaban anclas cada vez más pesadas. Debido a la incapacidad de las ferrerías guipuzcoanas para fabricar piezas de tanta envergadura, los constructores de grandes galeones y navíos de línea tuvieron que recurrir a fabricantes extranjeros.

FERRERÍA DE GRANDES ANCLAS

Por eso, bajo este contexto apareció la figura de Juan Fermín de Guilisasti dispuesto a visitar aquellas ferrerías. En unos meses aprendió los métodos de fabricación de las grandes anclas, incluyendo sus técnicas en soldadura. Difícil tarea tuvo que ejecutar, pues las autoridades holandesas descubrieron sus intenciones, y tuvo que abandonar precipitadamente aquel país ante el riesgo a ser capturado y procesado por espionaje industrial.

Tras completar su misión, Guilisasti pudo regresar al puerto de San Sebastián. Entre los instrumentos que trajo consigo estaban un pescante mayor (brazo de grúa sobre embarcación), un mazo grande de 20 arrobas, y otras herramientas para fabricar grandes anclas. Entre los conocimientos técnicos estaba la utilización del carbón piedra como combustible del proceso productivo, cuyo sistema estaba revolucionando la metalurgia en Centroeuropa. Estos fueron puestos en práctica en su propia fábrica de anclas del barrio de Arrazubia de Aya.

A finales de la década de 1730, su ferrería era la más importante de Guipúzcoa en este sector industrial. Así, las anclas labradas por Guilisasti fueron adquirieron gran fama y prestigio en los astilleros y puertos marítimos de España, no solo por sus dimensiones y formas, sino además por su calidad técnica.

En 1739, consiguió un hito en esta industria al fabricar un ancla de 72 quintales, el más grande construido para un barco español, por lo que fue felicitado por algunos generales del ejército, en ellos el ministro de Marina, Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada. A partir de este momento, comenzaría a fabricar anclas con destino a los navíos y fragatas de la Real Armada española y la Real Compañía de Caracas, convirtiéndose en el maestro ancorero más importante de España.

REAL FÁBRICA DE ANCLAS DE HERNANI

Ante el creciente aumento de la demanda de grandes anclas por parte de la Real Armada, en 1749, el ministro Somodevilla se interesó por su actividad y programó la instalación de una Real Fábrica de Anclas en Guipúzcoa por cuenta del Estado, con sede en Rentería.

En 1750, se fundó la Real Fábrica de Anclas de Hernani, uniendo las tres ferrerías de Fagollaga, Ereñozu y Picoaga. Por real orden de 1750, Juan Fermín de Guilisasti fue nombrado maestro mayor e inspector técnico de la Real Plaza de Hernani, un sueldo de 40 escudos mensuales. El inspector de anclas residía generalmente en San Sebastián, era oficial de la armada y no solamente hacía inspección en las ferrerías, sino también en los mismos muelles o lonjas antes del embarque. Durante su estancia, reglamentó quince clases de anclas, que variaban entre los 7 y los 12 quintales de peso.

Más tarde, Guilisasti fue apartado del cargo debido, entre otras cuestiones, a los problemas que surgieron con los asentistas de las oficinas, las imperfecciones aparecidas en algunas anclas, y la reestructuración de trabajadores de la fábrica. Esta fábrica estuvo funcionando hasta 1857, por algún tiempo posterior se usó como fábrica de cemento, en la actualidad sólo quedan las ruinas.

TRABAJADORES ANCOREROS DE HERNANI

Guilisasti regresó a su negocio privado en la ferrería de Arrazubia. Su reconocimiento en el sector industrial le sirvió también para asociarse con otros empresarios y armadores. Así, se asoció con Jerónimo de Goicoechea para fundar una sociedad ancorera con sede comercial en Caparrena, Usurbil. Continuó fundando varias fábricas en Guipúzcoa, llegando hasta el número de doce las que funcionaban en 1787, entre las suyas y las de otros industriales.

Gracias a sus resultados en el espionaje industrial, varios talleres siderúrgicos de Guipúzcoa comenzaron a desarrollar anclas de grandes dimensiones, que fueron compradas por todos los astilleros de las provincias del Imperio español e incorporadas a las embarcaciones que construían. No solo distribuían este producto metalúrgico a la Real Armada española, incluso abastecieron al Ejército francés, coaligados con el español a través de los Pactos de Familia, aunque también a Portugal e Inglaterra, evitando su importación desde Holanda.

La trayectoria industrial comenzada por Juan Fermín de Guilisasti fue continuada por su viuda, su hijo Juan Antonio de Guilisasti y su nieto Juan Fermín de Guilisasti, en la fábrica de Arrazubia.

Años más tarde, Juan Fermín de Guilisasti nieto fue nombrado por el Rey Carlos III, inspector de anclas por real orden de Carlos III. Este no sólo simplificó los innumerables tipos de anclas que entonces se fabricaban, sino también sus correspondientes pliegos de condiciones, fijando tolerancias en peso y medida, ensayos de choque, etc.

A fines del siglo XVIII, el número de ferrerías de anclas en Guipúzcoa alcanzaba la cifra de dieciocho, la mayoría estaba establecidas sobre los ríos Urumea, Oria y Leizarán. Aparte de los pedidos particulares, el Estado, en un periodo aproximado de un año, encargo más de 400 anclas por un valor de 1.200.000 reales de vellón. En esta época llegó a fabricarse en Guipúzcoa el ancla mayor que se había hecho en España, el cual pesó 9.560 libras.

El emprendimiento e ingeniería de este industrial guipuzcoano consiguió la implantación de una nueva industria de la marinería en la España del siglo XVIII, en plena Ilustración científica.

JUAN FERMÍN DE GUILISASTI

DESCUBRIMIENTO DEL ANTÁRTICO POR GABRIEL DE CASTILLA


Gabriel de Castilla fue uno de los primeros marinos exploradores en alcanzar el continente de la Antártida, en 1603, concretamente las actuales islas Shetland del Sur. Este hecho está compartido con el holandés Dirck Gerrits Pomp. El viaje de Castilla ha sido considerado como un logro fundamental para la historia de la exploración de los mares del sur.

DESCUBRIMIENTO DE LA ANTÁRTIDA POR GABRIEL DE CASTILLA

Gabriel de Castilla y de la Mata nació en Palencia, hacia 1577, cuyos padres fueron Alonso de Castilla y Cárdenas y Leonor de la Mata. Su familia tenía una tradición de servicio militar, lo que propició su temprano ingreso en la carrera de las armas.

En septiembre de 1589, partió al Virreinato de la Nueva España en su compromiso de defender los dominios del Imperio español, cuando era capitán de artillería. Lo hacía en compañía de su primo Luis de Velasco y Castilla, recién nombrado virrey en sustitución de Álvaro Manrique de Zúñiga. En aquel momento, España estaba involucrada en un enfrentamiento con Inglaterra en la Guerra anglo-española de 1588-1604, y era muy necesario reforzar las posiciones defensivas de los virreinatos españoles en América ante el riesgo de ser ocupados.

En 1589, participó en la Expedición exploratoria de las costas de la Capitanía General de Chile al mando del galeón San Francisco, en colaboración con los capitanes Hernando Lamero y Gallego de Andrade.

En 1596, fue nombrado general del puerto de El Callao, junto a la capital de Lima, en el Virreinato del Perú.

Por orden del virrey Velasco, acudió en ayuda del gobernador Martín García Óñez de Loyola, con el objetivo de defender los asentamientos españoles establecidos en las cercanías del río Bio-Bio, al sur de la Capitanía General de Chile, que estaban siendo asediados por las tribus de mapuches. Con el mando de maestre de campo, encabezaba una tropa de más de 200 solados no muy bien equipados, a los que luego se añadieron otros 140 más, con los que Óñez de Loyola pudo hacer frente al potente y valeroso ejército de la región del Arauco.

Lideró las labores de construcción de varias fortificaciones para asegurar las posiciones españolas en la Araucanía y encabezó los enfrentamientos contra piratas y corsarios de las potencias europeas que querían saquear los puertos españoles del cono sur americano. También fue responsable de transportar el quinto real, es decir, la parte correspondiente de metal precioso extraído en concepto de impuesto, desde el puerto de Arica al del Callao en varias ocasiones hasta 1602.

LUIS DE VELASCO GARCÍA ÓÑEZ DE LOYOLA

En 1603, el virrey Velasco le entregó el título de comandante de la Real Armada del Mar del Sur que se estaba preparando desde el Virreinato del Perú tras la desaparición de Juan de Velasco de Barrio. Tenía por misión proteger las aguas de las costas de Chile, Tierra de Fuego y el cabo de Hornos, y capturar a cuantos piratas avistase, especialmente holandeses. Estos habían actuado en algunos puertos del litoral del Pacífico sur causando graves daños en el comercio mercantes y a las poblaciones locales. Por otra parte, Castilla contaba con bastante experiencia para realizar este cometido, pues ya había realizado varias exploraciones y participado en algunos enfrentamientos navales.

La armada estaba formada por tres embarcaciones: el galeón Jesús María, nave capitana de 600 toneladas y 30 cañones de artillería; el galeón Nuestra Señora de la Visitación, nave almiranta que había sido capturada al corsario inglés Richard Hawkins; y el galeón Nuestra Señora de las Mercedes, de 400 toneladas.

En marzo de 1603, la expedición partió del puerto de Valparaíso, en la Capitanía General de Chile.

Poco después de zarpar, una fuerte tormenta empujó a las tres embarcaciones hacia las islas Shetland del Sur, a 64º de latitud, junto al continente de la Antártida. Los integrantes de la expedición fueron los primeros en primeros occidentales conocidos de la historia en contemplar su helada superficie y quizás también en pisarla. Este hecho ocurrió en 1603, nada menos que 160 años antes que lo hiciese James Cook, en 1773, quien descendió hasta los 71º 10' de latitud sur con una tecnología naval muy superior.

Y, un mes después, en abril, las naves de Gabriel de Castilla regresaron a Valparaíso. En 1605, contrajo matrimonio con Genoveva de Espinosa en Lima, una mujer natural de Chuquisaca (Sucre), con la que tuvo seis hijos. Durante el resto de su vida, fue administrador de las rentas de varias encomiendas y desempeñó distintos oficios públicos, destacando el de alguacil mayor de Cuzco y corregidor en dos jurisdicciones.

En 1629, murió ya retirado de la actividad marítima.

El 20 de diciembre de 1989, el Ejército español fundó la Base Antártica Gabriel de Castilla, en la isla Decepción, perteneciente al archipiélago de las Shetland. Sus principales misiones son la investigación científica y ofrecer apoyo logístico a otras expediciones científicas que recorren la Antártida.

MAPA DE LA ANTÁRTIDA DEL SIGLO XVIII

No se han encontrado documentos en archivos navales españoles que aseguren esta efeméride, más bien son de origen holandés. Lo único que existe es el relato del marinero holandés Laurenz Clasesz, que había participado en la Expedición a las Molucas de Jacop Mahu en 1598, detallando la latitud y la fecha:
"[haber] navegado bajo el Almirante don Gabriel de Castilla con tres barcos a lo largo de las costas de Chile hacia Valparaíso, i desde allí hacia el estrecho, en el año de 1603; i estuvo en marzo en los 64 grados i allí tuvieron mucha nieve. En el siguiente mes de abril regresaron de nuevo a las costas de Chile."

Este marino holandés podría haber sido contratado y participado en la armada de Castilla cuando su embarcación, el Blijde Boodschap, de la expedición de Jacop Mahu, tuvo que refugiarse en el puerto de Valparaíso en noviembre de 1599. Después de su sufrir una fuerte tormenta, quedó desarbolada y corta de suministros, viéndose obligada a repostar en un puerto español donde la tripulación fue apresada, entre ellos el capitán Dirck Gerrits Pomp.

Según otras fuentes, Castilla partió al mando del navío Buena Nueva desde algún puerto del cono sur americano a inicios de 1603. Superó los 60º de latitud sur, y observó tierras montañosas cubiertas de nieve. Las coordenadas de sus descubrimientos indican que reconoció a las islas actuales islas Shetland del Sur, a las que denominó islas de La Buena Nueva, en honor a su navío, y la parte septentrional de la península Antártica. Por las coordenadas que ofrece y por los aspectos geográficos que relata es muy probable que Castilla hubiese llegado a las actuales islas Melchior.

BASE ESPAÑOLA GABRIEL DE CASTILLA EN ANTÁRTIDA

Otros investigadores atribuyen este descubrimiento al marino holandés Dirck Gerrits Pomp, que habría alcanzado las mismas las islas Shetland del Sur, un poco antes de que lo hiciese Castilla, concretamente en 1599. Según el relato del capitán holandés Jacob Le Maire, llegó allí desviado por una fuerte tormenta después de cruza el estrecho de Magallanes, al regresar de la Expedición a las Molucas. Pero, como en el caso de Castilla, existen serias dudas sobre la veracidad del relato de Gerrits.

De quienes no hay dudas es de los hermanos Gonzalo y Bartolomé García de Nodal, marinos naturales de Pontevedra, que realizaron una expedición para explorar los mares al sur de La Patagonia, en 1619, por orden de Felipe III. Estos llegaron más allá de los 56º sur, descubriendo las islas Diego Ramírez, en honor de Diego Ramírez de Arellano, piloto de la expedición. Ambos hermanos anotaron todos los datos del viaje con exactitud científica en una relación que se conserva en la actualidad. Pero, tampoco se puede considerar que estos marinos gallegos estuvieran en tierras antárticas, pues las islas Diego Ramírez se consideran el punto más austral del cono sur americano, pero no pertenecen propiamente a la Antártida.

Pero, existe otra versión o hipótesis que asegura que fue otro marino español el que avistó por primera vez la Antártida: Francisco de Hoces, en 1526. Este capitán estaba al mando de la carabela San Lesmes en la Expedición a las Molucas, islas de las especias en la actual Indonesia, al mando de los comandantes Jofre García de Loaysa y Juan Sebastián de Elcano, que partió desde España en 1525. Cuando la expedición se aproximaba al estrecho de Magallanes, la San Lesmes tuvo que poner rumbo al sur para evitar una fuerte tempestad, lo que hizo que descubriera por primera vez el paso al sur del cabo de Hornos. El paso de Hoces o mar de Hoces es llamado paso de Drake de forma errónea en la actualidad, ya que el corsario inglés Francis Drake cruzó por allí medio siglo después de que lo hiciese el marino español Francisco de Hoces.

Esta fue la aventura del San Lesmes, a partir de aquí se especula que superó los 55º de latitud sur llegando al continente antártico, lo que convertiría a Francisco de Hoces en el verdadero descubridor. Después, su carabela regresó al estrecho de Magallanes para reunirse con el resto de la flota. Poco después, el capitán fue relevado por enfermedad y sustituido por Diego Alonso de Solis. Debido a una tormenta, el 1 de junio de 1526, se separó de la flota de la Especiería en pleno océano Pacífico y, según algunos investigadores, el San Lesmes llegó hasta Nueva Zelanda y Australia, al sur del archipiélago de las Molucas.

MAPA DE LA BASE ESPAÑOLA JUAN CARLOS I EN ANTÁRTIDA

POLÉMICA DE LA CIENCIA ESPAÑOLA


¿Existe una ciencia española? ¿Qué ha aportado España a las diversas ramas del saber científico a los largo de la historia? ¿Los intelectuales y científicos españoles han tenido la suficiente altura en sus conocimientos y aportaciones como para dejar una huella indeleble en el saber universal?

Estas preguntas y sus posibles respuestas originaron y originan una serie de investigaciones y debates con el objetivo de clarificar cuál era y cuál es la situación real y la categoría de nuestros conocimientos científicos. La polémica no sólo se reduce a examinar las posibles aportaciones, ya que con el tiempo, los interesados analizaron también las causas sociales y estructurales que pudieron imposibilitar el desarrollo de nuestro quehacer científico.

POLÉMICA DE LA CIENCIA ESPAÑOLA

Como ha ocurrido en diferentes ocasiones a la largo de la Historia, las potencias occidentales han infundado una mala imagen de España, de sus costumbres y de su ciencia. Falacias que se convirtieron en tópicos de una Leyenda Negra que, hasta la actualidad, parte del pueblo español ha asumido dichos mitos sin ningún esfuerzo de verificación histórica.

Otros españoles, en cambio, prefirieron combatir esta mala prensa extranjera. Un pionero de este tipo de literatura patriótica podría considerarse a Francisco de Quevedo con su España defendida, publicada en 1609.

Pero el origen de la polémica se encuentra en la figura de Nicolás Masson de Morvilliers, quien publicó su Enciclopedia Metódicaeditada por Charles-Joseph Panckoucke en París, en 1782que fue sucesora de la Enciclopedia de D'Alembert y Diderot. En su entrada dedicada a España de la sección de Geografía Moderna, se preguntaba:
"Pero, ¿qué se debe a España? ¿Desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace seis, ¿qué ha hecho por Europa?..." 
"En España no existen ni matemáticos, ni físicos, ni astrónomos, ni naturalistas. Sin el auxilio de otras naciones no tiene nada de los que se precisaría para hacer una silla... En todo es un niño que tiene necesidad de crecer todavía."
Movilliers calificaba a España con epítetos como "pueblo de pigmeos" o "la nación más ignorante de Europa".

Lo que había pasado en España, en comparación con la potencia intelectual que se había convertido Francia durante el Siglo de las Luces de la Razón, es que su desarrollo científico había avanzado mucho, pero la información se transmitía con lentitud. El resto de potencias europeas desconocieron por cierto tiempo el esfuerzo que estaba realizando. Por otra parte, el ambiente prerrevolucionario francés perjudicó también a España.

Los españoles se dividieron en defensores y denigradores de su propia nación: apologistas y detractores. También en el extranjero surgieron españoles y no españoles que se sumaron al debate. Varios ilustrados españoles reaccionaron con la pluma a la afrenta de Movilliers, demostrando la contribución de su patria en las humanidades y las ciencias.

La respuesta no se hizo esperar y comenzaron a publicarse artículos en los que aparecen glosas e inventarios de nuestras aportaciones a la cultura universal. El primero en responder fue el botánico español, residente en París, Antonio José de Cavanilles, que publicó Observations de M. L'abbé Cavanilles sur l'article Espagne de la Nouvelle encyclopédie, en 1784, enumerando indiscriminadamente algunos autores contemporáneos.

Ese mismo año, un abate piamontés residente en la Corte de Federico II de Prusia, Carlos Deninapronunció un discurso Reponse á le question "Que doit-on á l'Espagne?", en sesión solemne de la Academia de Ciencias de Berlín. Afirmaba que España había hecho por Francia más que Francia por las demás naciones, aunque reconociendo que había decaído durante los últimos tiempos, especialmente en el plano científico.

Entre los denigradores estuvo Luis Cañuelo, quién criticó la general incultura de los españoles en El Censor, publicado en Madrid en 1786. Al menos, reconocía que en España siempre hubo una minoría de intelectuales a la altura de cualquier país europeo.

Más contundente fue Juan Sempere y Guarinos, en Ensayo de una biblioteca española de los mejores escritores del reinado de Carlos III, publicado en Madrid entre los años 1785 y 1789. Responsabilizó del temor a toda innovación al espíritu partidista, la presunción y el catolicismo inquisitorial.

Como este debate se había convertido en una cuestión patriótica, en 1786, la Real Academia de la Lengua Española organizó un concurso público que consistía en redactar una respuesta apologética a la afrenta de Morvilliers en defensa de la tradición cultural y de la ciencia española, sin ninguna retribución económica al ganador. Juan Pablo Forner entregó la obra con la que pasaría a la historia: Oración apologética por la España y su mérito literario. El conde de Floridablanca, secretario real de Carlos III, quedó tan entusiasmado por el alegato de Forner que decidió publicarlo y otorgarle un premio de 6.000 reales.

La Oración apologética es una obra más oratórica que histórica, pues minusvalora la filosofía, y basa las ciencias y las artes en la utilidad y la virtud. Forner defendió a la cultura y literatura nacional, haciendo mención especial al literato Miguel de Cervantes, al humanista Luis Vives y a su promotor Floridablanca, aunque reconoció que nunca hubo un científico del nivel de Isaac Newton o un filósofo como Leibnitz. Destacó la contribución al Escolasticismo, ciencias sagradas, moral, derecho, náutica, arte militar, medicina, lógica, jurisprudencia, etc. Es un obra típica de la Ilustración de su tiempo, pues exaltaba las ciencias prácticas. Recibiría los reconocimientos del marqués de Valmar, Menéndez Pelayo, Wenceslao Ayguals de Izco y otros conservadores españoles.

ORACIÓN APOLOGÉTICA POR LA ESPAÑA Y SU MÉRITO LITERARIO

Frente a esta posición patriótica o paternalista fue Cañuelo quien, a través de la revista El Censor, dirigió sus ataques contra el atraso de las instituciones, subrayando su feudalismo.

Comenzaba un debate que no sólo trataba de ver lo que se ha aportado, sino también de si era posible aportar algo, e incluso si era conveniente de acuerdo con nuestra idiosincrasia. No obstante, como consecuencia de esta polémica, se inyectó en la España de entonces una sabia muy positiva, que conllevó un gran florecimiento artístico y científico.

La conocida como "polémica de la ciencia española" se estancó durante alguna décadas hasta experimentar un relanzamiento tras la Guerra de la Independencia española entre los años 1808-1014. Se produjo con un enfoque distinto, basado en una crítica constructiva para aportar soluciones al estancamiento del desarrollo científico nacional con respecto a otras naciones de Europa o a mejor el nivel cultural de la población. Es interesante a esta cuestión el plan de instrucción publicado, presentado por el poeta José Quintana ante las Cortes de Cádiz.

Con el avance del siglo XIX y la aparición de unas nuevas condiciones sociales más favorables, el conocimiento científico fue recibiendo un fuerte empuje mediante la fundación de academias y facultades. Entre las mismas son destacables la Escuela de Ingenieros, el Instituto Geológico y Minero, el Instituto Geográfico y Catastral, y las Academias de Ciencias y Letras.

Tras la instauración del Estado liberal en 1833, la polémica de la ciencia española tuvo lugar entre conservadores, que defendían el Antiguo Régimen absolutista, y liberales, que estaban a favor del Estado liberal. Un debate más, como los hubo en siglos anteriores, sobre la contribución nacional al acerbo europeo y occidental en Ciencias y Humanidades.

Varios nombres destacaron en el nuevo enfoque de la polémica, cuyo objetivo central será analizar mejor la situación científica presente como base y programa de un mejor desarrollo que facilite las vocaciones y las investigaciones. Así, n su discurso de ingreso en la Academia de las Ciencias,
Antonio Ramón Zarco del Valle indicó las excelentes condiciones climáticas, geográficas y físicas en que se encontraba España y que facilitaba enormemente el progreso de las ciencias.

Otra visión esperanzadora la ofreció José de Echegaray en un discurso sobre la Historia de las matemáticas puras en nuestra España. Aunque reconocía la falta de tradición española en las matemáticas y ciencias puras, reafirmaba su esperanza de recuperar el tiempo perdido para situar a España al mismo nivel que las europeas.

Tan esperanzadoras palabras recibirían una crítica más virulenta en la segunda mitad del siglo XIX, especialmente por los llamados krausistas, aquellos filósofos españoles de tendencia europeista y defensores de las ideas de Karl Krause. Sostenían que la causa del atraso científico se debía principalmente a la intolerancia religiosa.

Uno de ellos, Manuel de la Revilla, aseguró que España no había colaborado en nada al progreso científico europeo, un atraso mantenido durante la Edad Moderna. La causa principal fue la intransigencia de la Iglesia católica ejercida a través del riguroso control de la Inquisición sobre toda obra científica que pudiese aportar novedades y el despotismo de determinadas épocas de la historia de España.

Ante esta ofensa, el historiador y filósofo Marcelino Menéndez y Pelayo refutó al krausista señalando la tradición y lucidez del quehacer científico, aparte de sus innumerables aportaciones. En su artículo Masson redivivo, aludía al ilustrado francés del siglo XVIII, Nicolas Masson de Morvilliers, que abrió aquella polémica con su pregunta ¿Qué ha hecho España por Europa?, en esta ocasión recuperado en la persona de Manuel de la Revilla. Ese texto quedó englobado en su obra La ciencia española, publicado en 1876, en el que reivindicaba la existencia de una tradición científica española, en un estilo hiperbólico.

El motivo de la aversión de Menéndez Pelayo a los krausistas era su continua apología a la producción intelectual y científica de otros países e ignorancia o desprecio de la propia.
"... estimar en poco el rico legado de nuestros padres, despreciar libros que jamás leyeron, ver con burlona sonrisa el nombre de Filosofía española."
Su patriotismo le hizo reaccionar mediante la edición de La ciencia española, escribiendo contra ellos:
"Nuestros flamantes filósofos desprecian a los antiguos sabios españoles porque fueron católicos y escribieron bajo un gobierno de unidad religiosa y monárquica."
Aludiendo a eruditos de la talla de Ramón Llull, Luis Vives o Francisco Suárez escribió:
"Nadie procura enlazar sus doctrinas con las de antiguos pensadores ibéricos, nadie se proclama luliano, ni levanta bandera vivista, ni se apoya en Suárez; y la ciencia española se desconoce, se olvidan nuestros libros, se los estima de ninguna importancia."
Como consecuencia de aquel debate entre Manuel de la Revilla y Marcelino Menéndez y Pelayo, surgió toda una literatura defendiendo ambas tesis, es decir la existencia o no de una ciencia propiamente española. Los resultados de todo ellos resultaron positivos.

Según Ernesto García Camarero, autor de la obra La Ciencia española entre la polémica y el exilio:
"Se va perfilando la necesidad de estudiar científicamente la historia de la ciencia..., quedando claro que, si bien nunca han faltado cultivadores de la ciencia en los últimos siglos, la aportación española a la ciencia universal es muy reducida."

LA CIENCIA ESPAÑOLA ENTRE LA POLÉMICA Y EL ÉXITO

También fue relevante el artículo de José del Perojo aparecido en la Revista contemporánea, el 15 de abril de 1877, con el título La ciencia española bajo la Inquisición. Analizó casi de forma exhaustiva no sólo el contenido de la polémica, sino también las aportaciones nacionales y extranjeras a todas las disciplinas del saber, dando a entender la situación de atraso de la ciencia nacional.

Menéndez y Pelayo siguió siendo el gran valedor e historiador de la ciencia y cultura, cuya defensa fue concebida casi como un deber patriótico. En 1894, escribió otro polémico artículo en la publicación España Moderna, con el título Esplendor y decadencia de la cultura científica española. Lo más destacable fue el punto de vista personal con el que terminaba su artículo:
"Cuando tengamos una facultad de ciencias (basta una) constituida de esta suerte, y cuando en el ánimo de grandes y pequeños penetre la noción del respeto con que estas cosas deben ser tratadas, podremos decir que ha sonado la hora de la regeneración científica de España. Y para ello hay que empezar por convencer a los españoles de la sublime utilidad de la ciencia inútil."

A toda esta problemática no es ajeno el estado de decadencia intelectual en que se encontraba la Universidad española de finales de siglo. En 1876, un grupo de catedráticos, que fueron expulsados o dimitidos de las universidades oficiales por razones ideológicas, fundaron la Institución Libre de Enseñanza. Esta institución universitaria paralela impulsó la polémica, dada su preocupación por la formación de los jóvenes y futuros científicos.

Innumerables artículos sobre el tema continuaron apareciendo en un intento de clarificar posturas. Uno de ellos fue la conferencia pronunciada en Madrid por José R. Carracido en el Ateneo, en 1896, con el título Las condiciones de España para el cultivo de las ciencias, en donde se señala que:
"... si estuvimos postergados en la producción científica fue por efecto de condiciones accidentales, pero fundamentalmente en nada somos inferiores a los pueblos que forman hoy la vanguardia de la civilización."
También fue relevante el discurso de ingreso en la Academia de Santiago Ramón y Cajal, bajo el título de Deberes del Estado en relación con la producción científica. Analiza las causas del atraso científico, sus orígenes físicos, históricos y morales, así como sus posibles remedios. Era partidario de una revolución científica desde el gobierno, que debía trazar un plan y su correspondiente financiación para salir de la situación de crisis.

Por último, también fue relevante en este periodo el artículo del astrónomo José Comas y Solá publicado en La Vanguardia de Barcelona, el 28 de noviembre de 1899, con el título de Nuestra decadencia, y en el que se critica la anquilosada y rutinaria cultura científica, confiando en una reacción moral que la supere.

Así, el siglo XX se inició con la participación en el debate de un genio iluminador en esta materia, el médico Santiago Ramón y Cajal. Su discurso de ingreso en la Academia causó la actuación del gobierno y mediante Real decreto de 11 de enero de 1907 se fundó la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, bajo su presidencia. Esta institución pretendía ser la base de un nuevo surgir científico nacional a través de relaciones profesionales con los principales focos de irradiación de ciencia en Europa.

Gracias a esta Junta, apareció una generación de investigadores con una gran vocación y esforzada dedicación. A pesar de los escasos medios con que se contaban, supieron elevar al nivel cultural y científico en todos los órdenes.

LA CIENCIA ESPAÑOLA

Al margen de los debates y polémicas entre intelectuales, durante el siglo XX fueron apareciendo estudios sobre los inventos y avances al desarrollo científico y contribuciones al ámbito filosófico y cultural realizados por españoles en los siglos de la Edad Moderna. Aquellos hechos fueron olvidados o no fueron puestos en consideración por las autoridades españolas como habían estado haciendo las de otros países. 

Por otra parte, España tuvo otras particularidades sociopolíticas que la diferenciaban del resto, que fueron las concernientes a su proyección ultramarina, el descubrimiento geográfico del mundo, la fundación de virreinatos, y la militarización de la ciencia. Esta peculiaridad generó un avance enorme en el conocimiento geográfico, el conocimiento antropológico de los pueblos indígenas americanos y el estudio de las tierras descubiertas en materias relacionadas con las ciencias naturales.

En este ambiente de recuperación científica y revisionismo historiográfico, surgió un grupo de historiadores de la ciencia, cuyos principales artífices fuero Julio Rey Pastor y Francisco Sánchez Pérez y Vera. De hecho, Rey Pastor fundó la Asociación de historiadores de la ciencia española, en 1934.

Frente a la tesis de Unamuno de "que inventen ellos, para aprovecharnos nosotros", este innumerables grupo de jóvenes investigadores supo dar nivel internacional a sus nuevas aportaciones, elevando nuestro país a la categoría científica que merecía. En un artículo publicado por Rey Pastor en 1953 describía la situación:
"En oposición a la España introvertida, que deseaba Unamuno, poblada de faquires acurrucados al sol y derviches hirsutos de báculo rascador, consagrados a meditar sobre el enigma de la muerte, surgió una generación vigorosa y optimista que trabajó con tesón hasta lograr el ingreso de España en la comunidad internacional de la ciencia..."
Uno de los grandes inspiradores de la nueva corriente científica fue el filósofo José Ortega y Gasset, quien aseguraba que el resurgir científico era la única garantía de supervivencia moral y material de España.

Así pues, el eje central de la polémica cambió de rumbo: la discusión consistía ya en lo que España aportó o no en el pasado, sino en el planteamiento de las bases culturales y sociales sobre las que debe construirse la nueva tendencia y los métodos más útiles para alcanzarlo lo antes posible. En una cosa estaban todos de acuerdo, el progreso del país exige un avance científico inmediato, por lo que se impuso la ejecución de una urgente planificación de acuerdo con las necesidades del mismo.

Solo así se podría avanzar y cumplir el deseo del filósofo Ángel Ganivet:
"Algún día vendrá el saber y, entonces, todo se andará."

LA VERDADERA CIENCIA ESPAÑOLA