La Ilustración científica española fue un proceso de reformas y fundaciones de instituciones emprendidas durante el siglo XVIII por la Corte de los Borbones y el Ejército español, apoyados por grupos elitistas, que pretendían una renovación y actualización de la ciencia y la tecnología nacional para situarla al mismo nivel que las potencias europeas. Las características principales fueron la militarización, la centralización, el utilitarismo y el americanismo.
Las bases fueron la fundación de academias de ingeniería, medicina, matemáticas, química y ciencias naturales al estilo francés y anglosajón, la actualización de las cátedras universitarias, el desarrollo de la investigación a través del método experimental con aplicación práctica a la economía y al ejército, la divulgación mediante escuelas y publicaciones, la apertura de sociedas patrióticas económicas de carácter privado y regional, y la puesta en marcha de expediciones sobre los territorios virreinales del Imperio y las aguas oceánicas.
El resultado fue el desarrollo de una Revolución tecnológica y un inicio de Revolución industrial. Aparecieron grandes científicos e investigadores como Fausto Elhuyar, Jorge Juan, Antonio de Ulloa, Agustín de Betancourt, Cosme de Churruca, que se contagiaron del espíritu científico de la Ilustración.
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| CIENCIA DE LA ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA |
Al igual que sucedió en otros reinos de la Europa del siglo XVIII, la Ilustración española tuvo una indudable proyección práctica. Para los reformistas, mirando el ejemplo extranjero, había que incentivar la elaboración y aplicación de nuevos conocimientos susceptibles de ser puestos al servicio de una doble empresa: incrementar el prestigio de la Monarquía española en el concierto cultural europeo y aumentar la producción nacional evitando así la dependencia económica del país al exterior.
Paralelamente a la adquisición de nuevoas técnicas y conocimientos, debía plantearse el objetivo de la aplicación práctica de los mismos, con la finalidad de acrecentar las habilidades operativas de la Marina y el Ejército.
En los planes de los ministros, por orgullo y por necesidad, España formó parte del proceso de modernización científica y tecnológica que se estaba produciendo en las potencias europeas.
Al dominio de la naturaleza también debían aspirar los sabios españoles, quienes debían desterrar el tradicional sistema de conocimiento escolástico especulativo por el novedoso método experimental de utilidad práctica. Los grupos dirigentes entendieron que era preciso un saber que fuera susceptible de ser aplicado más allá de la simple especulación.
Por lo tanto, era doble el proceso que se necesitaba abrir: producir ciencia y aplicarla a la mejora de la vida material de los españoles. Ciencia y tecnología fueron un binomio inseparable en las pretensiones de los ilustrados y de los grupos sociales ligados al comercio y a la industria. Y cuando los primeros alcanzaron cotas importantes de poder en el gobierno de la nación intentaron dinamizar, al modo de los que se hacía en Europa, la Ilustración científica española.
La falta de desarrollo industrial provocó un mayor énfasis en las ciencias relacionadas con la agricultura, y por eso la botánica y las ciencias naturales se desarrollaron más que las ciencias físico-matemáticas. Proliferaron los jardines botánicos, se explotaron minas y se crearon gabinetes de historia natural. El Ejército español desarrolló la física, química y matemáticas, y la Marina abrió escuelas de náutica y renovó la técnica de los astilleros. En este sentido, José Chaix, Jorge Juan, Benito Bails y Gabriel Ciscar introdujeron la física newtoniana y la nueva matemática en las escuelas militares y academias de guardiamarinas. Así se construyó el alto horno de Sargadelos, donde surgieron los primeros esbozos de la industria siderúrgica.
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| ELEVACIÓN DE UN GLOBO ANTE LA CORTE DE CARLOS IV |
La evolución de la ciencia española fue bastante parecida al del resto de otros países europeos, desarrollándose en cinco etapas.
ETAPA DE INICIO
Esta primera fase comenzó a finales del siglo XVII con el movimiento de los novatores y duró hasta a publicación del Teatro Crítico Universal de Benito Jerónimo de Feijoo en 1726. Supuso un leve despegue, en la que las cuestiones científicas y filosóficas aún no podían abordarse con entera libertad, pero comenzaron a ponerse las bases institucionales que permitieron su posterior desarrollo. Fue una época en la que únicamente el Ejército español y la Compañía jesuita ofrecían garantías en la actividad científica y también en la que se comenzaba a debatir entre la obsolescencia de los viejos esquemas y la apertura a las nuevas realidades.
Fueron los años de enfrentamientos verbales entre novatores y tradicionalistas, que encontraron una evidente repercusión en las universidades. Se ampliaron los estudios de ciencias positivas como la iatroquímica, la geometría o la filosofía natural no aristotélica, comenzaban a ser levemente admitidos a través del Escepticismo y el Eclecticismo filosófico, pero sin prescindir de los tradicionales (metafísica, teología, jurisprudencia). También se fueron implantando los planes de observación y experiencia; se enfatizó la educación laica, se usó el idioma español en sustitución del latín, y se prefirieron los trabajos enciclopédicos y sistemáticos.
Al mismo tiempo, nuevas instituciones académicas fueron fundadas para la investigación de conocimientos útiles: la Academia de Medicina de Sevilla, en 1700; la Academia de Matemáticas para ingenieros militares de Barcelona, en 1715; la Academia de Guardias Marinas de Cádiz, en 1717; y la Biblioteca Real en Madrid, en 1716.
También fue importante la fundación de seminarios de nobles, que seguían los pasos del Real Seminario de Nobles de Madrid, fundado en 1725. Esta estrategia fundacional de organismos dependientes del poder central estaba encaminada al desarrollo científico libre, sin las resistencias conservadoras que existían todavía en la mayoría de las universidades.
De forma progresiva fueron publicándose monografías y tratados que sintetizaban los hallazgos y avances en las diferentes disciplinas del saber.
ETAPA DE DESARROLLO
La segunda fase se extendió desde los años treinta hasta mediados de siglo, en el que se aprecian elementos de transición. Continuó la apertura de instituciones médicas, como el Colegio de Cirugía de la Real Armada en Cádiz, en 1748.
Otro hito importante fue la publicación de los resultados de la Expedición geodésica para la Medición de la Tierra por Jorge Juan y Antonio de Ulloa en la comisión de La Condamine. En la Relación del viaje a la América Meridional para conocimiento de la verdadera Figura y Magnitud de la Tierra se determinó por primera vez la forma exacta del planeta y se descubrió el metal platino, en 1748, tres años antes que la edición francesa, aparecida en 1751.
En este tiempo, el marqués de la Ensenada, Zenón de Somodevilla, pretendió revitalizar la Real Armada española, así como la investigación de las ciencias ligadas a las cuestiones marítimas: Náutica, Astronomía, Cosmografía, Cartografía, y Arquitectura naval. Para conseguir una eficiente y combativa flota de guerra, se valió de la obra Proporciones más esenciales para la fábrica de navíos y fragatas, publicada por el teniente general Antonio de Gaztañeta, que sirvió de tratado oficial de construcción naval hasta 1752, momento en el que se adoptó el método de Jorge Juan. También son destacables las Observaciones astronómicas y físicas que Jorge Juan publicó en 1748, en colaboración con Antonio de Ulloa, en las que utiliza el cálculo infinitesimal.
Las tertulias científicas, el inicio del Cartesianismo, el rechazo al Aristotelismo y la preferencia por la experimentación como único sistema de investigación se fueron desarrollando a través de los textos de Antonio de Herrero y Rubira, como Impugnación universal de la doctrina Aristotélica y Física moderna experimental sistemática, publicado en 1738; o en las obras de Andrés Piquer, como Física moderna, racional y experimental, en 1745, y Medicina vetus et nova, en 1735.
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| REAL INSTITUTO Y OBSERVATORIO ASTRONÓMICO |
ETAPA DE ÁUGE
La tercera fase fue la de mayor importancia y desarrollo en la actividad científica, en las décadas de los años cincuenta y sesenta. Esta etapa se caracterizó por la militarización de la ciencia española y el progresivo predominio del método experimental. Los colegios de cirugía surgieron en el Ejército y la Marina, y en las academias militares y de guardiamarinas se introdujo el cálculo infinitesimal y la nueva física.
Linneo, Conti, Franklin o Tournefort empezaban a ser las referencias a seguir entre los círculos cultos de la nobleza española. En filosofía, el Eclecticismo acabó por constituirse en doctrina oficial y los jesuitas pasaron a controlar amplias parcelas de poder en la Corte.
Fue una etapa muy fecunda en cuanto a la creación de nuevas instituciones científicas, pues se fundaron entre otras instituciones:
La Academia de Guardia de Corps de Madrid, la Academia de Artillería de Barcelona y la Academia de Ingenieros de Cádiz se abrieron en 1750.
El Observatorio de Marina de Cádiz fue fundado en 1753, a instancias de Jorge Juan.
La Sociedad Militar de Madrid, en 1757, y el Colegio de Artillería de Segovia, en 1764, también estuvieron vinculados al Real Ejército como las anteriores.
La Junta Particular de Comercio de Barcelona fue fundada en 1758 para impulsar la industria y el comercio. Se encargó de difundir las nuevas técnicas en fabricación de tejidos y telares, instalar maquinarias y contratar técnicos extranjeros, o enviar industriales a las fábricas de Lyon para aprender la técnicas más actuales. Del impuso de esta junta se fundaron las Escuelas de Náutica, de Bellas Artes, de Química y Taquigrafía, o de Botánica, en las siguientes décadas.
Los Estudios de San Isidro fueron fundados en 1767 por orden de Carlos III, tomando por sede las antiguas instalaciones del Colegio Imperial de la Compañía de Jesús. Contaría con quince cátedras y una amplia biblioteca pública.
El Colegio de Cirugía de Barcelona, en 1760, dependiente del Real Ejército, promovido por Pedro Virgili y consolidad tras el modelo de Cádiz.
La Academia de Artillería de Segovia fue fundado en 1763 para albergar las Academias de Matemáticas de Barcelona y de Cádiz, desaparecidos en 1760. Estuvo funcionando un Laboratorio de Química dirigido por Louis Proust.
La Academia de Bellas Artes de San Fernando fue fundada en 1763.
La Conferencia Físico-Matemática fue organizada por los alumnos del padre Tomás Cerdá en el Colegio de Cordelles de Barcelona, en 1764. Esta institución fue el origen de la futura Academia de Ciencia Naturales, fundada en 1770.
La Escuela de Ingenieros de Minas en Almadén, abierta en 1771, fue el tercer centro de investigación de este especialidad de Europa.
El Gabinete de Historia Natural fue fundado en 1771, a instancias de Pedro Franco Dávila para el estudio y difusión de las ciencias de la naturaleza, y que tuvo su precedente en la Casa de la Geografía y Gabinete de Historia Natural fundado por Zenón de Somodevilla a instancias de Antonio de Ulloa en 1752. Sus colecciones formarían parte de varios museos nacionales como e Museo Nacional de Ciencias Naturales, el Museo Arqueológico Nacional y el Museo de América.
El Gabinete de Historia Natural y la Academia de Ciencias, ubicados en el Museo del Prado, y el Jardín Botánico formarían el madrileño Eje de las Ciencias, junto al futuro Observatorio Astronómico. Así, Jorge Juan solicitó a Carlos III la instalación de un observatorio como los de las grandes capitales europeas, respondiendo al espíritu de la Ilustración, parte de un proyecto urbanístico que reuniese ciencia y arquitectura neoclásica.
Casi todas las nuevas instituciones científicas eran el resultado de iniciativas cortesanas, miliares o empresariales, quedando los sectores eclesiástico y universitario desplazados.
Un iniciativa determinante fue la Expedición de Límites que debían establecer las nuevas fronteras de los territorios de España y Portugal en Suramérica, en cumplimiento del Tratado de Madrid de 1750. Esta aventura movilizó a cinco partidas de geógrafos, cosmógrafos y naturalistas que analizaron realidades de territorios aún por explorar. En la Expedición de Límites al Orinoco de 1754, Pehr Löfling, un discípulo de Carl Linneo, se encargó de dirigir los estudios de flora y fauna de la Provincia de Venezuela que compiló en Cumaná para el Jardín Botánico de Madrid: Primer Borrador de la Flora Cumanensis y Flora Cumanensis en botánica y observaciones hechas en el viaje de Cumaná a Guayana y Ycthilogia orinocensis sobre zoología.
Otro frente de acción fue el contacto con la comunidad científica europea, invitando a científicos y técnicos destacados como Joseph Louis Proust, Peter Loefling, Pierre François Chabaneau, Alexander von Humboldt y William Bowles.
Por último, en esta época comenzó una decidida política se salidas al extranjero a través de viajes programados y de provisión de pensiones a jóvenes científicos o industriales que fueron a capitales europeas, preferentemente a París, en busca de los más recientes descubrimientos técnicos. Algunos claros ejemplos fueron los siguientes:
Juan José Elhúyar fue becario de la Sociedad Económica Bascongada y obtuvo fondos de la Secretaría de Marina para viajar por Europa y aprender en las acerías y fundiciones suecas e inglesas la técnica de fabricación de cañones y aceros de mayor resistencia.
Jorge Juan viajó a Inglaterra por petición de Somodevilla en misión de espionaje industrial para conocer las nuevas técnicas navales, y a su regreso publicó el Compendio de navegación, en 1757, e implantó su sistema construcción de navíos y fragatas, renovando los astilleros.
Benito Bails estudió matemáticas y teología en la universidad de Toulouse y después colaboró en el Journal Historique et Politique de París, en 1751. A su regreso, trabajó en el Mercurio Histórico y Político de Madrid y fue catedrático de matemáticas en la Academia de San Fernando, en 1763. Publicó Principios de matemáticas de la Real Academia de San Fernando, en 1758; Elementos de matemáticas, en 1790, donde introdujo el análisis infinitesimal y la geometría analítica; Diccionario de arquitectura civil, en 1802; y Aritmética para negociantes.
José Chaix Isniel amplió estudios en Inglaterra y Francia, tras pasar por la Universidad de Valencia. Fue comisionado por el gobierno español para colaborar en la Expedición para la medición del arco de meridiano que daría origen a la determinación del metro como unidad de longitud, a las órdenes de Jean Baptiste Delambre y Pierre Méchain, participando junto con Juan López de Peñalver.
Eugenio Izquierdo amplió sus estudios de química, física y ciencias naturales en París, donde se relacionó Louis Proust, Hilaire Rouelle y Francois Chavaneau, y medió para este último impartiera clases particulares a diversos estudiantes españoles que estaban pensionados en la capital francesa.
Agustín de Bethencourt lideró un grupo de ingenieros españoles pensionados en la Escuela Nacional de Puentes y Caminos de París (Juan López de Peñalver, Tomas de Veri, Juan de la Fuente, Joaquín Abaitua y Juan de Mata), con el objetivo de disponer de colecciones de maquetas sobre máquinas de construcción de obras públicas y factorías industriales y su posterior implantación práctica en territorio español. En Inglaterra realizó un viaje para la observación de máquinas, a medio camino entre la investigación científica y el espionaje industrial, donde tomó contacto con la máquina de vapor doble efecto de James Watt.
ETAPA DE CONSOLIDACIÓN
La cuarta y última fase de aquel proceso dieciochesco estuvo basado en la investigación de aplicaciones concretas a los nuevos conocimientos, que se extendió en las décadas de los años setenta y ochenta. La investigación y la enseñanza de las ciencias útiles en instituciones dedicadas a la náutica, en escuelas de bellas artes, dibujo técnico y diseño industrial, en academias militares, en sociedades económicas o en consulados, fueron una constante de este período de la Ilustración científica española.
En 1777, se abrieron las Reales Compañías de Guardiamarinas de Ferrol y de Cartagena como extensión de la academia original en Cádiz, buscando descentralizar la formación de oficiales de la Real Armada hacia los departamentos navales principales. En sus academias para formación de marinos se aprovecharon las obras de Jorge Juan, verdadero promotor de sus estudios navales, quien publicó el Examen marítimo teórico-práctico, en 1771, y el Estado de la astronomía en Europa, en 1774.
En ciencias naturales, el definitivo Jardín Botánico de Madrid fue instalado en 1781 en el Paseo del Prado a instancias de José Quer Martínez, llegando a recoger unas 2.000 especies de plantas de España, Europa, América y el Pacífico. Quer fue autor del trabajo Flora española.
En medicina, el Protomedicato vio reformado su actuación en 1780 al ser dividido en tres audiencias: medicina, cirugía y farmacia. Este órgano encargado de examinar y acreditar a los aspirantes a ser médicos, cirujanos y boticarios existía desde el siglo XV en España, otro en el Río de la Plata en 1780, el tercer protomedicato virreinal tras el de Perú en 1570 y el de México en 1628.
El Colegio de Cirugía de San Carlos en Madrid fue fundado en 1787 a instancias de Antonio Gimbernat que aseguró una mejor preparación de cirujanos y médicos, aunque terminó siendo la facultad de Medicina de la Universidad Central de Madrid.
El Laboratorio de Química Metalúrgica fue fundado en 1787 por iniciativa de la Secretaría de Indias, cuyo primer director fue Francois Chavaneau. También fue nombrado catedrático de la Escuela de Mineralogía de Madrid, y publicó Elementos de Ciencias Naturales.
Al mismo tiempo, las autoridades como Vicente Tofiño y Alejandro Malaspina promocionaron una serie de expediciones científicas a través de los territorios del Imperio español y aguas aledañas, que culminaron bajo el liderazgo de José de Mazarredo. Estas empresas reforzaron ampliaron y mejoraron los conocimientos de cartografía, hidrografía y astronomía durante la actividad marítima y de botánica, medicina y geografía durante las actuaciones sobre el terreno.
La Expedición Botánica de Martín Sessé, organizada por el Jardín Botánico entre los años 1787-1803, continuó los estudios sobre plantas medicinales e historia natural del Virreinato de la Nueva España. Su resultado farmacológico para erradicar la "fiebre amarilla" quedó de manifiesto en el Ensayo a la materia vegetal de México.
La Expedición Botánica de José Celestino Mutis al Virreinato de la Nueva Granada, en 1783, realizó una extraordinaria representación iconográfica de la flora y la fauna de Colombia, Venezuela y Ecuador y pudo ampliar los conocimientos sobre las plantas. Fue relevante el estudio sobre la quina, remedio eficaz contra las fiebres como el paludismo o la malaria. Pero estos análisis del árbol de la quina ya habían sido abordados años antes por Miguel de Santisteban.
Estas dos expediciones botánicas y farmacéuticas fue emprendidas por Casimiro Gómez Ortega, director del Jardín Botánico, además de la Expedición Botánica al Virreinato del Perú y Chile de 1777-1788 por Hipólito Ruiz y José Pavón, o la de Juan de Cuéllar a Filipinas de 1786-1801. Describió 20 géneros de plantas, dando su propio nombre a los géneros: gomortega Ruiz y Pavón, gomozia Mutis y ortegia Loeft.
La Expedición Científico-política de Alejandro Malaspina fue desarrollada durante los años 1789 y 1794 con el propósito de trazar nuevos planos hidrográficos de los océanos Pacífico y Atlántico y cartográficos de América, Filipinas, Oceanía y numerosas islas, así como realizar observaciones astronómicas e incrementar el conocimiento sobre ciencias naturales. Fue una hazaña científica al máximo nivel de la Ilustración europea del siglo XVIII.
A la investigación y acumulación de los conocimientos botánicos y geográficos se unieron en esta etapa la progresiva consolidación de la química aplicada a la minería y la metalurgia.
En 1776, el Seminario de Bergara estableció las cátedras de química, metalurgia y mineralogía, que fueron desempeñadas por Luois Proust, Francois Chaveneau y Fausto Elhúyar, respectivamente. En su laboratorio, Fausto Elhuyar descubrió el mineral wolframio (tungsteno) en 1783.
Otro importante logro de este laboratorio guipuzcoano fue el primer método de purificación y separación del metal platino de sus compuestos, innovado por Chaveneau en colaboración con Elhúyar, y desarrolló las técnicas de amalgamación de metales nobles. Esto le valió para ser contratado al frente del moderno Laboratorio de la Platina en Madrid y seguir formando químicos para esta industria.
Las diversas consejerías reales promocionaron estos estudios en los años sucesivos por razones variadas. En 1787, se creó la cátedra de química aplicada a las artes, dos años más tarde se fundó la Escuela de Mineralogía y un año después el Laboratorio de Química del Jardín Botánico. Incluso en las universidades aparecieron cátedras de química, como en la de Valencia, mientras que el Colegio de Cirugía de Cádiz también promocionó estas enseñanzas.
Finalmente, en 1785, se abrió una Academia de Ciencias Naturales en Madrid, por el marqués de Floridablanca, anteriormente proyectada por Jorge Juan y Antonio de Ulloa.
Otro tipo de institución que fomentó la Ilustración tecnológica durante el reinado de Carlos III y sus sucesores fue la Real Sociedad Económica de Amigos del País, de carácter privado y empresarial. Fueron más de 60 sociedades económicas las que se fundaron desde la pionera, la Real Sociedad Económica Bascongada por Xabier de Munibe, en 1765, hasta principios del siglo XIX, como la de Extremadura, en 1816. En las décadas de 1770 y 1780, se fundaron la mayoría de estas, incluso en las provincias de Hispanoamérica, destacando la Matritense y la Sevillana, en 1775; la Aragonesa y la Valenciana en 1776. Estas instituciones buscaban difundir el ideario ilustrado, promover el desarrollo económico, científico y cultural, fomentar la agricultura, el comercio y la industria, e impulsar la educación en sus ciudades o regiones.
En definitiva, bajo el reinado de Carlos III, la ciencia española experimentó un movimiento de apogeo. Las diversas autoridades pasaron a tomarse el avance técnico como una cuestión de Estado que afectaba esencialmente al progreso de toda la nación y a las aspiraciones de fortalecimiento de la Monarquía. Fue un periodo en el que el mantenimiento del Imperio español en América, el incremento de las fuerzas productivas nacionales (agricultura e industria), y los motivos de carácter sanitario ayudaron a promover la atención de los gobiernos por la ciencia y la tecnología.
ETAPA DE RANTELIZACIÓN Y DECLIVE
El reinado de Carlos IV no fue un período de paralización y empobrecimiento de la ciencia. Aunque la iniciativa decreció sin duda, toda la lenta materialización del proceso institucional no marcó el límite de las posibilidades de la Ilustración. A finales del siglo XVIII y en los primeros años del XIX, los esfuerzos realizados en las décadas anteriores comenzaban a ofrecer resultados en la investigación científico-técnica.
Continuaron abriéndose instituciones relacionadas con la investigación científica y divulgación de conocimientos prácticos para la economía, como el Instituto de Náutica y Mineralogía de Gijón. Fundado en 1794 por Gaspar Melchor de Jovellanos, estuvo enfocado en la enseñanza de las ciencias útiles y el desarrollo económico de Asturias a través de la educación técnica.
El Real Gabinete de Máquinas de Madrid fue fundado por Agustín de Betancourt en 1791 e instalado en el Palacio del Buen Retiro, tuvo por objetivo realizar estudios de ingeniería y reunir colecciones de maquetas y láminas de máquinas industriales.
Agustín de Betancourt modernizó infraestructuras y revolucionó la tecnología en España. Organizó la primera red de telegrafía óptica avanzada en colaboración con Abraham Luois Breguet, instalando la primera línea entre Madrid y Aranjuez. En cuanto a ingeniería de máquinas y termodinámica, investigó la fuerza expansiva del vapor de agua y desarrolló múltiples ingenios, incluyendo una máquina de hilar seda junto su hermana María de Betancourt, dragas de vapor y maquinaria para la industria del papel moneda. Escribió Memoria sobre una máquina de vapor de doble efecto, en 1792; Memoria sobre la fuerza expansiva del vapor de agua, en 1795; Descripción del establecimiento donde se funden y barrenan cañones de hierro para la Marina, en 1797; y Memoria sobre la draga mecánica.
La Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de Madrid fue fundada en 1802 por solicitud del conde de Floridablanca en 1785, estuvo liderada por los ingenieros José María de Lanz y Agustín de Betancourt.
Entre otros hitos, fue destacable la Expedición Filantrópica de la Vacuna, la primera campaña médica internacional de la historia de la humanidad. Dirigida por Francisco Javier Balmis, dio la vuelta al mundo desde 1803 hasta 1810, con el objetivo de llevar la vacuna de la viruela a todas las provincias ultramarinas del Imperio español, desde los Virreinatos de la Nueva España y el Perú hasta Filipinas. Fue una hazaña científica jamás antes realizada y que salvó la vida a millones de personas de América y Asia.
También fue extraordinario el hallazgo de Félix de Zahara en ciencias naturales, pues el precursor de la Teoría de la Evolución de las Especies, siendo el primero en demostrar la existencia de mecanismos de adaptación de los animales al medio. En su obra Viajes a la América septentrional, realizó importantes investigaciones sobre la geografía y la descripción de 440 especies animales del Río de la Plata y Paraguay a finales del siglo XVIII, publicada en París en 1805, anticipándose en 60 años al Charles Darwin.
En el Jardín Botánico, Antonio José Cavanilles se encargó de describir las plantas traídas de las expediciones botánicas en América la década pasada. Descubrió y clasificó nuevas especies de la península Ibérica, que junto a las exóticas del Jardín, fueron recopiladas en un tratado en seis volúmenes Icones et descriptiones plantarum quae aut sponte in Hispaniae crescunt, aut in hortis hospitantur, en 1791-1801.
El descubrimiento del vanadio (pancromo o erotronio) está atribuido a Sefström, pero lo dio a conocer Andrés Manuel del Río Fernández en el Real Seminario de Minería de México, en 1801.
Al frente de la cátedra de química de la Escuela de Artillería de Segovia desde 1786, Louis Proust se ocupó de la formación de los artilleros en los principios de la química y en sus aplicaciones militares. A través de métodos analíticos y experimentales, consiguió encontrar mejoras en la producción y calidad de la pólvora, y perfeccionó las técnicas de fabricación de porcelanas y tintes. Uno de sus hallazgos fue la formulación de la Ley de las proporciones definidas. Sus resultados fueron publicados en el primer volumen de los Anales del Real Laboratorio de Segovia, en 1791.
José Chaix Isniel fue director del Observatorio Astronómico de Madrid y del Cuerpo de Ingenieros Cosmógrafos, desde 1796. Escribió Instituciones de cálculo diferencial e integral con sus aplicaciones principales a las matemáticas puras y mixtas, en 1801, y trabajos astronómicos en la revista Anales de Ciencias Naturales y Memoria sobre un nuevo método general para transformar en serie las funciones trascendentes, en 1807, volvió a colaborar con Méchain para prolongar la medición del meridiano a las islas Baleares, en 1803, y fue comisionado por la Junta Suprema Central para que opinara sobre la propuesta de un telégrafo ideado por Juan Soler y Sintes, en 1809.
Agustín Bernardo de Pedrayes y Foyo fue maestro de matemáticas de la Casa de Caballeros Pajes del Rey, desde donde escribió Nuevo y universal método de cuadraturas determinadas, en 1777. Pudo demostrar que las cuadraturas de algunas curvas hasta entonces expresadas por series de infinitos términos pueden, en algunos casos, tener una integral completa. En Solución del problema propuesto en 1797 resolvió el análisis infinitesimal. Innovó un nuevo sistema de pesas y medidas, origen del sistema métrico decimal en colaboración con Gabriel de Ciscar. Adoptó el círculo repetidor de Borda para medir el arco de meridiano que va de Dunquerque a Barcelona, y que sirvió para dividir el cuadrante de la circunferencia terrestre en diez millones de partes, una de ellas el metro.
Dos factores marcaron el declive de la Ilustración científica española: por un lado, la invasión francesa y la Guerra de Independencia de 1808-1814 metieron a las instituciones y el pueblo en una honda crisis; por otro, la Revolución francesa de 1789 abrió un período de desconfianza hacia las nuevas ideas en el terreno científico, especialmente las procedentes del país vecino.
A pesar de que la Monarquía hispánica y sus instituciones efectuaron una gran labor científica, los resultados científico-técnicos de la España ilustrada no consiguieron el nivel de éxito comparado con los obtenidos por las grandes potencias europeas. Aunque no faltaron individualidades de gran talla, la ciencia española fue más débil institucionalmente que las de otras monarquías. De hecho, este proceso científico y tecnológico dejó entrever cuáles fueron las características principales del desarrollo de la ciencia española dieciochesca: militarización, centralización, utilitarismo y americanismo.
En efecto, los diversos institutos militares de la monarquía tuvieron una actuación fundamental en el progreso científico español, de tal forma que en realidad se efectuó una militarización de la ciencia hispana, motivada esencialmente por cuestiones generales de carácter geopolítico. Los programas de renovación de las fuerzas armadas exigían técnicos cualificados en el terreno de la artillería y la marina. La guerra requería tecnología y ésta precisaba, a su vez, de investigación científica de base. Además, las fuerzas armadas eran las principales demandantes de productos manufacturados y, por tanto, estaban también interesadas en un abundante y barato aprovisionamiento.
Por otro lado, si algo era fácil de manejar por parte del poder real y de sus ministros eran las instituciones militares. La introducción de novedades era allí más fácil que en la universidad. Así que matemáticas, química, astronomía, metalurgia, medicina o náutica fueron en buena medida disciplinas que se cultivaron especialmente en las instituciones militares. La monarquía fue la que más se aplicó en la importancia de profesionales y científicos para la mejora inmediata de problemas prácticos que se iban planteando, política que a largo plazo supuso a veces una subordinación de las inversiones de base.
El progresivo interés de los gobiernos por el desarrollo científico-militar y sus múltiples aplicaciones supusieron en la práctica una relativa centralización de la actividad investigadora. La monarquía pasó a impulsar y controlar instituciones dedicadas al desarrollo de disciplinas científicas concretas de las que a juicio de los gobernantes estaba falto el país. Las academias y colegios cubrieron la triple vertiente de ser centros dedicados a la docencia, a la actividad científico-técnica y a la protección profesional, entidades que, por lo demás, siempre estuvieron tuteladas por los gobiernos. El reformismo fue muy normativo y bastante celoso de guardar las competencias que le permitían asegurar un proceso uniforme y controlado de la actividad científica, por lo demás tan relacionada con la constante aspiración gubernamental al crecimiento de la economía.
Ahora bien, partieran las iniciativas del gobierno o de los particulares (sobre todo de la burguesía comercial), resulta a todas luces evidente que se pretendió dar un sentido eminente práctico a las instituciones científico-docentes: la ciencia debía tener una clara vertiente utilitaria. La química tenía que servir para la metalurgia y para los tintes; la náutica y la astronomía para la armada y el comercio; el diseño y el dibujo para los tejidos, al igual que la geometría; la botánica, la medicina y la farmacia debían procurar adelantos notables en la curación de los enfermos.
Esa necesidad práctica hizo que junto a la ciencia pura se buscara a la aplicada, junto a la conquista de conocimientos la divulgación de los mismos en los diversos centros de enseñanza. Y cuando la difusión tomaba forma escrita, la Imprenta Real tenía un importante papel en el desarrollo textual de algunas ciencias. Casi todo estuvo pensado al servicio de la utilidad: los científicos hispanos partían de las necesidades más inmediatas para girar su vista hacia la investigación. El objetivo preferente fue conseguir buenos técnicos capaces de solucionar problemas concretos aplicando conocimientos. Desde la segunda mitad del siglo, se asistió al triunfo de lo empírico por encima de lo teórico, que pasó a segundo plano aunque no desapareció. Y, según los expertos, no debió de ser extraño a este fenómeno la implantación del eclecticismo como filosofía oficial.
América se convirtió en un excelente campo de actuación privilegiado. Se efectuó un americanismo de la ciencia española, fenómeno expresado a través del interés que gobernantes y científicos demostraron por aquel continente. Los virreinatos americanos eran parte esencial del plan de reforma ilustrada y todo lo referente a ella interesaba sobremanera.
Las diversas disciplinas y las diferentes instituciones científicas españolas se preocuparon de su agricultura, de su geografía, de sus minas, de su cultura y de su historia. Las secretarías de Hacienda o de Indias, el Jardín Botánico o el Real Gabinete de Historia Natural, por ejemplo, parecieron contribuir a un mismo fin: conocer mejor América para sacarle más adecuadamente sus frutos.
La meta a conseguir fue siempre la misma: explorar más racional y sistemáticamente el gran tesoro que las Indias atesoraban. La ciencia era, en este sentido, un elemento imprescindible en el conjunto de medidas que debían permitir tan importante objetivo de interés nacional. Las expediciones científicas o el viaje ilustrado a las Américas estuvieron en la agenda de los investigadores y políticos españoles.
Con estas características fundamentales, el Siglo de las Luces vio florecer en las diversas disciplinas científicas y tecnológicas una serie de significadas realizaciones que, sin llegar a resultar espectaculares y sin poder comparase con las que se estaban produciendo en los países más avanzados de Europa, sí que produjeron un doble efecto: primero, sirvieron para avanzar en determinadas parcelas concretas del conocimiento; segundo, en términos más generacionales, puede afirmarse que pusieron los fundamentos para que en algunas áreas científicas entraran incipientemente los rudimentos básicos de la ciencia moderna.
Por último, en esta época comenzó una decidida política se salidas al extranjero a través de viajes programados y de provisión de pensiones a jóvenes científicos o industriales que fueron a capitales europeas, preferentemente a París, en busca de los más recientes descubrimientos técnicos. Algunos claros ejemplos fueron los siguientes:
Juan José Elhúyar fue becario de la Sociedad Económica Bascongada y obtuvo fondos de la Secretaría de Marina para viajar por Europa y aprender en las acerías y fundiciones suecas e inglesas la técnica de fabricación de cañones y aceros de mayor resistencia.
Jorge Juan viajó a Inglaterra por petición de Somodevilla en misión de espionaje industrial para conocer las nuevas técnicas navales, y a su regreso publicó el Compendio de navegación, en 1757, e implantó su sistema construcción de navíos y fragatas, renovando los astilleros.
Benito Bails estudió matemáticas y teología en la universidad de Toulouse y después colaboró en el Journal Historique et Politique de París, en 1751. A su regreso, trabajó en el Mercurio Histórico y Político de Madrid y fue catedrático de matemáticas en la Academia de San Fernando, en 1763. Publicó Principios de matemáticas de la Real Academia de San Fernando, en 1758; Elementos de matemáticas, en 1790, donde introdujo el análisis infinitesimal y la geometría analítica; Diccionario de arquitectura civil, en 1802; y Aritmética para negociantes.
José Chaix Isniel amplió estudios en Inglaterra y Francia, tras pasar por la Universidad de Valencia. Fue comisionado por el gobierno español para colaborar en la Expedición para la medición del arco de meridiano que daría origen a la determinación del metro como unidad de longitud, a las órdenes de Jean Baptiste Delambre y Pierre Méchain, participando junto con Juan López de Peñalver.
Eugenio Izquierdo amplió sus estudios de química, física y ciencias naturales en París, donde se relacionó Louis Proust, Hilaire Rouelle y Francois Chavaneau, y medió para este último impartiera clases particulares a diversos estudiantes españoles que estaban pensionados en la capital francesa.
Agustín de Bethencourt lideró un grupo de ingenieros españoles pensionados en la Escuela Nacional de Puentes y Caminos de París (Juan López de Peñalver, Tomas de Veri, Juan de la Fuente, Joaquín Abaitua y Juan de Mata), con el objetivo de disponer de colecciones de maquetas sobre máquinas de construcción de obras públicas y factorías industriales y su posterior implantación práctica en territorio español. En Inglaterra realizó un viaje para la observación de máquinas, a medio camino entre la investigación científica y el espionaje industrial, donde tomó contacto con la máquina de vapor doble efecto de James Watt.
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| REAL JARDÍN BOTÁNICO DE MADRID |
ETAPA DE CONSOLIDACIÓN
La cuarta y última fase de aquel proceso dieciochesco estuvo basado en la investigación de aplicaciones concretas a los nuevos conocimientos, que se extendió en las décadas de los años setenta y ochenta. La investigación y la enseñanza de las ciencias útiles en instituciones dedicadas a la náutica, en escuelas de bellas artes, dibujo técnico y diseño industrial, en academias militares, en sociedades económicas o en consulados, fueron una constante de este período de la Ilustración científica española.
En 1777, se abrieron las Reales Compañías de Guardiamarinas de Ferrol y de Cartagena como extensión de la academia original en Cádiz, buscando descentralizar la formación de oficiales de la Real Armada hacia los departamentos navales principales. En sus academias para formación de marinos se aprovecharon las obras de Jorge Juan, verdadero promotor de sus estudios navales, quien publicó el Examen marítimo teórico-práctico, en 1771, y el Estado de la astronomía en Europa, en 1774.
En ciencias naturales, el definitivo Jardín Botánico de Madrid fue instalado en 1781 en el Paseo del Prado a instancias de José Quer Martínez, llegando a recoger unas 2.000 especies de plantas de España, Europa, América y el Pacífico. Quer fue autor del trabajo Flora española.
En medicina, el Protomedicato vio reformado su actuación en 1780 al ser dividido en tres audiencias: medicina, cirugía y farmacia. Este órgano encargado de examinar y acreditar a los aspirantes a ser médicos, cirujanos y boticarios existía desde el siglo XV en España, otro en el Río de la Plata en 1780, el tercer protomedicato virreinal tras el de Perú en 1570 y el de México en 1628.
El Colegio de Cirugía de San Carlos en Madrid fue fundado en 1787 a instancias de Antonio Gimbernat que aseguró una mejor preparación de cirujanos y médicos, aunque terminó siendo la facultad de Medicina de la Universidad Central de Madrid.
El Laboratorio de Química Metalúrgica fue fundado en 1787 por iniciativa de la Secretaría de Indias, cuyo primer director fue Francois Chavaneau. También fue nombrado catedrático de la Escuela de Mineralogía de Madrid, y publicó Elementos de Ciencias Naturales.
Al mismo tiempo, las autoridades como Vicente Tofiño y Alejandro Malaspina promocionaron una serie de expediciones científicas a través de los territorios del Imperio español y aguas aledañas, que culminaron bajo el liderazgo de José de Mazarredo. Estas empresas reforzaron ampliaron y mejoraron los conocimientos de cartografía, hidrografía y astronomía durante la actividad marítima y de botánica, medicina y geografía durante las actuaciones sobre el terreno.
La Expedición Botánica de Martín Sessé, organizada por el Jardín Botánico entre los años 1787-1803, continuó los estudios sobre plantas medicinales e historia natural del Virreinato de la Nueva España. Su resultado farmacológico para erradicar la "fiebre amarilla" quedó de manifiesto en el Ensayo a la materia vegetal de México.
La Expedición Botánica de José Celestino Mutis al Virreinato de la Nueva Granada, en 1783, realizó una extraordinaria representación iconográfica de la flora y la fauna de Colombia, Venezuela y Ecuador y pudo ampliar los conocimientos sobre las plantas. Fue relevante el estudio sobre la quina, remedio eficaz contra las fiebres como el paludismo o la malaria. Pero estos análisis del árbol de la quina ya habían sido abordados años antes por Miguel de Santisteban.
Estas dos expediciones botánicas y farmacéuticas fue emprendidas por Casimiro Gómez Ortega, director del Jardín Botánico, además de la Expedición Botánica al Virreinato del Perú y Chile de 1777-1788 por Hipólito Ruiz y José Pavón, o la de Juan de Cuéllar a Filipinas de 1786-1801. Describió 20 géneros de plantas, dando su propio nombre a los géneros: gomortega Ruiz y Pavón, gomozia Mutis y ortegia Loeft.
La Expedición Científico-política de Alejandro Malaspina fue desarrollada durante los años 1789 y 1794 con el propósito de trazar nuevos planos hidrográficos de los océanos Pacífico y Atlántico y cartográficos de América, Filipinas, Oceanía y numerosas islas, así como realizar observaciones astronómicas e incrementar el conocimiento sobre ciencias naturales. Fue una hazaña científica al máximo nivel de la Ilustración europea del siglo XVIII.
A la investigación y acumulación de los conocimientos botánicos y geográficos se unieron en esta etapa la progresiva consolidación de la química aplicada a la minería y la metalurgia.
En 1776, el Seminario de Bergara estableció las cátedras de química, metalurgia y mineralogía, que fueron desempeñadas por Luois Proust, Francois Chaveneau y Fausto Elhúyar, respectivamente. En su laboratorio, Fausto Elhuyar descubrió el mineral wolframio (tungsteno) en 1783.
Otro importante logro de este laboratorio guipuzcoano fue el primer método de purificación y separación del metal platino de sus compuestos, innovado por Chaveneau en colaboración con Elhúyar, y desarrolló las técnicas de amalgamación de metales nobles. Esto le valió para ser contratado al frente del moderno Laboratorio de la Platina en Madrid y seguir formando químicos para esta industria.
Las diversas consejerías reales promocionaron estos estudios en los años sucesivos por razones variadas. En 1787, se creó la cátedra de química aplicada a las artes, dos años más tarde se fundó la Escuela de Mineralogía y un año después el Laboratorio de Química del Jardín Botánico. Incluso en las universidades aparecieron cátedras de química, como en la de Valencia, mientras que el Colegio de Cirugía de Cádiz también promocionó estas enseñanzas.
Finalmente, en 1785, se abrió una Academia de Ciencias Naturales en Madrid, por el marqués de Floridablanca, anteriormente proyectada por Jorge Juan y Antonio de Ulloa.
Otro tipo de institución que fomentó la Ilustración tecnológica durante el reinado de Carlos III y sus sucesores fue la Real Sociedad Económica de Amigos del País, de carácter privado y empresarial. Fueron más de 60 sociedades económicas las que se fundaron desde la pionera, la Real Sociedad Económica Bascongada por Xabier de Munibe, en 1765, hasta principios del siglo XIX, como la de Extremadura, en 1816. En las décadas de 1770 y 1780, se fundaron la mayoría de estas, incluso en las provincias de Hispanoamérica, destacando la Matritense y la Sevillana, en 1775; la Aragonesa y la Valenciana en 1776. Estas instituciones buscaban difundir el ideario ilustrado, promover el desarrollo económico, científico y cultural, fomentar la agricultura, el comercio y la industria, e impulsar la educación en sus ciudades o regiones.
En definitiva, bajo el reinado de Carlos III, la ciencia española experimentó un movimiento de apogeo. Las diversas autoridades pasaron a tomarse el avance técnico como una cuestión de Estado que afectaba esencialmente al progreso de toda la nación y a las aspiraciones de fortalecimiento de la Monarquía. Fue un periodo en el que el mantenimiento del Imperio español en América, el incremento de las fuerzas productivas nacionales (agricultura e industria), y los motivos de carácter sanitario ayudaron a promover la atención de los gobiernos por la ciencia y la tecnología.
ETAPA DE RANTELIZACIÓN Y DECLIVE
El reinado de Carlos IV no fue un período de paralización y empobrecimiento de la ciencia. Aunque la iniciativa decreció sin duda, toda la lenta materialización del proceso institucional no marcó el límite de las posibilidades de la Ilustración. A finales del siglo XVIII y en los primeros años del XIX, los esfuerzos realizados en las décadas anteriores comenzaban a ofrecer resultados en la investigación científico-técnica.
Continuaron abriéndose instituciones relacionadas con la investigación científica y divulgación de conocimientos prácticos para la economía, como el Instituto de Náutica y Mineralogía de Gijón. Fundado en 1794 por Gaspar Melchor de Jovellanos, estuvo enfocado en la enseñanza de las ciencias útiles y el desarrollo económico de Asturias a través de la educación técnica.
El Real Gabinete de Máquinas de Madrid fue fundado por Agustín de Betancourt en 1791 e instalado en el Palacio del Buen Retiro, tuvo por objetivo realizar estudios de ingeniería y reunir colecciones de maquetas y láminas de máquinas industriales.
Agustín de Betancourt modernizó infraestructuras y revolucionó la tecnología en España. Organizó la primera red de telegrafía óptica avanzada en colaboración con Abraham Luois Breguet, instalando la primera línea entre Madrid y Aranjuez. En cuanto a ingeniería de máquinas y termodinámica, investigó la fuerza expansiva del vapor de agua y desarrolló múltiples ingenios, incluyendo una máquina de hilar seda junto su hermana María de Betancourt, dragas de vapor y maquinaria para la industria del papel moneda. Escribió Memoria sobre una máquina de vapor de doble efecto, en 1792; Memoria sobre la fuerza expansiva del vapor de agua, en 1795; Descripción del establecimiento donde se funden y barrenan cañones de hierro para la Marina, en 1797; y Memoria sobre la draga mecánica.
La Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de Madrid fue fundada en 1802 por solicitud del conde de Floridablanca en 1785, estuvo liderada por los ingenieros José María de Lanz y Agustín de Betancourt.
Entre otros hitos, fue destacable la Expedición Filantrópica de la Vacuna, la primera campaña médica internacional de la historia de la humanidad. Dirigida por Francisco Javier Balmis, dio la vuelta al mundo desde 1803 hasta 1810, con el objetivo de llevar la vacuna de la viruela a todas las provincias ultramarinas del Imperio español, desde los Virreinatos de la Nueva España y el Perú hasta Filipinas. Fue una hazaña científica jamás antes realizada y que salvó la vida a millones de personas de América y Asia.
También fue extraordinario el hallazgo de Félix de Zahara en ciencias naturales, pues el precursor de la Teoría de la Evolución de las Especies, siendo el primero en demostrar la existencia de mecanismos de adaptación de los animales al medio. En su obra Viajes a la América septentrional, realizó importantes investigaciones sobre la geografía y la descripción de 440 especies animales del Río de la Plata y Paraguay a finales del siglo XVIII, publicada en París en 1805, anticipándose en 60 años al Charles Darwin.
En el Jardín Botánico, Antonio José Cavanilles se encargó de describir las plantas traídas de las expediciones botánicas en América la década pasada. Descubrió y clasificó nuevas especies de la península Ibérica, que junto a las exóticas del Jardín, fueron recopiladas en un tratado en seis volúmenes Icones et descriptiones plantarum quae aut sponte in Hispaniae crescunt, aut in hortis hospitantur, en 1791-1801.
El descubrimiento del vanadio (pancromo o erotronio) está atribuido a Sefström, pero lo dio a conocer Andrés Manuel del Río Fernández en el Real Seminario de Minería de México, en 1801.
Al frente de la cátedra de química de la Escuela de Artillería de Segovia desde 1786, Louis Proust se ocupó de la formación de los artilleros en los principios de la química y en sus aplicaciones militares. A través de métodos analíticos y experimentales, consiguió encontrar mejoras en la producción y calidad de la pólvora, y perfeccionó las técnicas de fabricación de porcelanas y tintes. Uno de sus hallazgos fue la formulación de la Ley de las proporciones definidas. Sus resultados fueron publicados en el primer volumen de los Anales del Real Laboratorio de Segovia, en 1791.
José Chaix Isniel fue director del Observatorio Astronómico de Madrid y del Cuerpo de Ingenieros Cosmógrafos, desde 1796. Escribió Instituciones de cálculo diferencial e integral con sus aplicaciones principales a las matemáticas puras y mixtas, en 1801, y trabajos astronómicos en la revista Anales de Ciencias Naturales y Memoria sobre un nuevo método general para transformar en serie las funciones trascendentes, en 1807, volvió a colaborar con Méchain para prolongar la medición del meridiano a las islas Baleares, en 1803, y fue comisionado por la Junta Suprema Central para que opinara sobre la propuesta de un telégrafo ideado por Juan Soler y Sintes, en 1809.
Agustín Bernardo de Pedrayes y Foyo fue maestro de matemáticas de la Casa de Caballeros Pajes del Rey, desde donde escribió Nuevo y universal método de cuadraturas determinadas, en 1777. Pudo demostrar que las cuadraturas de algunas curvas hasta entonces expresadas por series de infinitos términos pueden, en algunos casos, tener una integral completa. En Solución del problema propuesto en 1797 resolvió el análisis infinitesimal. Innovó un nuevo sistema de pesas y medidas, origen del sistema métrico decimal en colaboración con Gabriel de Ciscar. Adoptó el círculo repetidor de Borda para medir el arco de meridiano que va de Dunquerque a Barcelona, y que sirvió para dividir el cuadrante de la circunferencia terrestre en diez millones de partes, una de ellas el metro.
Dos factores marcaron el declive de la Ilustración científica española: por un lado, la invasión francesa y la Guerra de Independencia de 1808-1814 metieron a las instituciones y el pueblo en una honda crisis; por otro, la Revolución francesa de 1789 abrió un período de desconfianza hacia las nuevas ideas en el terreno científico, especialmente las procedentes del país vecino.
A pesar de que la Monarquía hispánica y sus instituciones efectuaron una gran labor científica, los resultados científico-técnicos de la España ilustrada no consiguieron el nivel de éxito comparado con los obtenidos por las grandes potencias europeas. Aunque no faltaron individualidades de gran talla, la ciencia española fue más débil institucionalmente que las de otras monarquías. De hecho, este proceso científico y tecnológico dejó entrever cuáles fueron las características principales del desarrollo de la ciencia española dieciochesca: militarización, centralización, utilitarismo y americanismo.
En efecto, los diversos institutos militares de la monarquía tuvieron una actuación fundamental en el progreso científico español, de tal forma que en realidad se efectuó una militarización de la ciencia hispana, motivada esencialmente por cuestiones generales de carácter geopolítico. Los programas de renovación de las fuerzas armadas exigían técnicos cualificados en el terreno de la artillería y la marina. La guerra requería tecnología y ésta precisaba, a su vez, de investigación científica de base. Además, las fuerzas armadas eran las principales demandantes de productos manufacturados y, por tanto, estaban también interesadas en un abundante y barato aprovisionamiento.
Por otro lado, si algo era fácil de manejar por parte del poder real y de sus ministros eran las instituciones militares. La introducción de novedades era allí más fácil que en la universidad. Así que matemáticas, química, astronomía, metalurgia, medicina o náutica fueron en buena medida disciplinas que se cultivaron especialmente en las instituciones militares. La monarquía fue la que más se aplicó en la importancia de profesionales y científicos para la mejora inmediata de problemas prácticos que se iban planteando, política que a largo plazo supuso a veces una subordinación de las inversiones de base.
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| LA ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA Y AMERICANA |
El progresivo interés de los gobiernos por el desarrollo científico-militar y sus múltiples aplicaciones supusieron en la práctica una relativa centralización de la actividad investigadora. La monarquía pasó a impulsar y controlar instituciones dedicadas al desarrollo de disciplinas científicas concretas de las que a juicio de los gobernantes estaba falto el país. Las academias y colegios cubrieron la triple vertiente de ser centros dedicados a la docencia, a la actividad científico-técnica y a la protección profesional, entidades que, por lo demás, siempre estuvieron tuteladas por los gobiernos. El reformismo fue muy normativo y bastante celoso de guardar las competencias que le permitían asegurar un proceso uniforme y controlado de la actividad científica, por lo demás tan relacionada con la constante aspiración gubernamental al crecimiento de la economía.
Ahora bien, partieran las iniciativas del gobierno o de los particulares (sobre todo de la burguesía comercial), resulta a todas luces evidente que se pretendió dar un sentido eminente práctico a las instituciones científico-docentes: la ciencia debía tener una clara vertiente utilitaria. La química tenía que servir para la metalurgia y para los tintes; la náutica y la astronomía para la armada y el comercio; el diseño y el dibujo para los tejidos, al igual que la geometría; la botánica, la medicina y la farmacia debían procurar adelantos notables en la curación de los enfermos.
Esa necesidad práctica hizo que junto a la ciencia pura se buscara a la aplicada, junto a la conquista de conocimientos la divulgación de los mismos en los diversos centros de enseñanza. Y cuando la difusión tomaba forma escrita, la Imprenta Real tenía un importante papel en el desarrollo textual de algunas ciencias. Casi todo estuvo pensado al servicio de la utilidad: los científicos hispanos partían de las necesidades más inmediatas para girar su vista hacia la investigación. El objetivo preferente fue conseguir buenos técnicos capaces de solucionar problemas concretos aplicando conocimientos. Desde la segunda mitad del siglo, se asistió al triunfo de lo empírico por encima de lo teórico, que pasó a segundo plano aunque no desapareció. Y, según los expertos, no debió de ser extraño a este fenómeno la implantación del eclecticismo como filosofía oficial.
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| EXPEDICIÓN POLÍTICO-CIENTÍFICA DE ALEJRANDO MALASPINA |
América se convirtió en un excelente campo de actuación privilegiado. Se efectuó un americanismo de la ciencia española, fenómeno expresado a través del interés que gobernantes y científicos demostraron por aquel continente. Los virreinatos americanos eran parte esencial del plan de reforma ilustrada y todo lo referente a ella interesaba sobremanera.
Las diversas disciplinas y las diferentes instituciones científicas españolas se preocuparon de su agricultura, de su geografía, de sus minas, de su cultura y de su historia. Las secretarías de Hacienda o de Indias, el Jardín Botánico o el Real Gabinete de Historia Natural, por ejemplo, parecieron contribuir a un mismo fin: conocer mejor América para sacarle más adecuadamente sus frutos.
La meta a conseguir fue siempre la misma: explorar más racional y sistemáticamente el gran tesoro que las Indias atesoraban. La ciencia era, en este sentido, un elemento imprescindible en el conjunto de medidas que debían permitir tan importante objetivo de interés nacional. Las expediciones científicas o el viaje ilustrado a las Américas estuvieron en la agenda de los investigadores y políticos españoles.
Con estas características fundamentales, el Siglo de las Luces vio florecer en las diversas disciplinas científicas y tecnológicas una serie de significadas realizaciones que, sin llegar a resultar espectaculares y sin poder comparase con las que se estaban produciendo en los países más avanzados de Europa, sí que produjeron un doble efecto: primero, sirvieron para avanzar en determinadas parcelas concretas del conocimiento; segundo, en términos más generacionales, puede afirmarse que pusieron los fundamentos para que en algunas áreas científicas entraran incipientemente los rudimentos básicos de la ciencia moderna.





