SUBMARINO MILITAR POR ISAAC PERAL


Isaac Peral fue un excelente ingeniero y marino de la Real Armada española que pasó a la Historia de la ciencia por inventar del primer submarino militar, el Peral en 1885. Fue un submarino propulsado eléctricamente que revolucionó la navegación subacuática.

También destacó en trabajos y misiones de carácter científico: inventó un acumulador eléctrico, un varadero de torpederos premiado, un proyector luminoso y una ametralladora eléctrica. Escribió un Tratado teórico-práctico sobre huracanes.


RETRATO DE ISAAC PERAL


Isaac Tomás Peral Caballero era natural de Cartagena, donde nació en 1851, perteneciente a una familia con tradición militar y naviera; tanto su padre como sus dos hermanos fueron oficiales marines de la Real Armada. Siguiendo los pasos de sus familiares, ingresó en el Colegio Naval Militar de San Fernando de Cádiz a los catorce años, donde comenzó sus estudios, aplicándose por entero a la aritmética de Serret, la geografía de Rouche y Camberouse y al álgebra de Briot, aunque también se aplicó en materias propias de náutica como la construcción naval, maniobra, pilotaje, astronomía, mecánica, física, máquinas de vapor, historia naval e historia de España.

Durante toda su vida fue adquiriendo una amplia formación técnica pasando por varias instituciones científicas: el Observatorio Astronómico de San Fernando, la Comisión Hidrográfica y la nueva Escuela de la Armada, en la que fue profesor de física y química en 1882.

Su vida militar comenzó en 1866 cuando fue nombrado guardiamarina de segunda clase y, al año siguiente, embarcó en la corbeta Villa de Bilbao, con la que realizó varios viajes y evoluciones.

En noviembre de 1867 inició su primer viaje de ultramares en la urca Santa María, un navío muy robusto preparado para largas navegaciones de altura. Peral fue designado gaviero de la seca o vega mayor de mesana. Arribó en Manila en junio del año siguiente tras 201 días de navegación, regresando a Cádiz en octubre de 1869. Peral tomó notas de todo cuanto se encontraba en el viaje, así como hallando posiciones tanto diurnas como nocturnas, por lo que en ningún momento se encontró sin trabajo.

Continuó realizando varios viajes más por el Mediterráneo y Caribe. Participó en la Guerra de Cuba de los Diez Años (1868-1878), en la que supo apaciguar la insurrección de los independentistas cubanos tras el Grito de Yara, y también tomó parte en la III Guerra Carlista (1872-1876).

En 1877 pasó al observatorio de San Fernando como profesor en la Academia de Ampliación de Estudios de la Armada durante cuatro años. Allí impartió clases de matemáticas, geografía, física, ingeniería naval y electricidad. Apenas unos años antes algunos físicos definían la electricidad como “un fluido desconocido que quemaba y no podía ser ponderado”. Sobre la labor a la investigación fueron destacables sus informes recogidos en el Tratado teórico práctico sobre huracanes que le valió la Cruz de Primera Clase del Mérito Naval con distintivo blanco. Su estancia en la institución científica y su contacto con otros profesores preocupados por la ciencia y la técnica naval, como José Luis Díaz y Joaquín Ariza, fueron decisivos para el futuro de Peral y de su invento.


PRUEBAS DEL SUBMARINO PERAL


En 1880 ascendió a teniente de navío, ocupando diversos destinos en Cádiz y Cartagena, a la Escuadra de Instrucción.

En 1881 fue enviado, nuevamente, en misión a Filipinas como jefe del arsenal de Cavite. El archipiélago era un territorio desconocido y hostil, que era preciso cartografiarlo. Más tarde fue miembro de la comisión hidrográfica, realizando misiones de control, vigilancia y transporte al mando del cañonero Caviteño y trabajó en el levantamiento de los planos del canal de Simanalés.

Al año siguiente regresó a España para trabajar en el observatorio de San Fernando como catedrático de física, química y alemán de la Escuela de Ampliación de Estudios de la Armada, alcanzado rápidamente la cátedra de física en la Academia de la Armada. Hasta aquí, había prestado servicio en 32 buques diferentes, embarcado durante 16 años con 1.318 días de mar.

En 1885 presentó el proyecto de torpedero sumergible a sus superiores del observatorio, los ilustres matemáticos Cecilio Pujazón y Juan Viniegra, proyecto en el que llevaba años trabajando en secreto en su domicilio gaditano. El comienzo del conflicto de las islas Carolinas, reivindicadas por Alemania, le hizo exponer su proyecto al servicio de la Armada para defender las costas del archipiélago. Mediante esta innovación tecnológica, Peral pretendía contribuir al Plan General de Renovación de la Armada española: el Plan Rodríguez Arias. La idea de su torpedero submarino empezaba a tomar forma en un contexto de creación de una Armada Nacional dotada de buques modernos y tecnológicamente adecuados a las nuevas misiones de las guerras modernas, con el objetivo de conservar los restos del Imperio español.

El ministro de Marina, vicealmirante Manuel de la Pezuela y Lobo le hizo acudir a Madrid, donde demostró su proyecto ante una comisión técnica, recibiendo un informe favorable y siendo autorizada la construcción del aparato de profundidades. Por la Real Orden de 4 de octubre de 1886, el gobierno de Cánovas autorizó el primer presupuesto de 5.000 pesetas. También fue comisionado para adquirir en el extranjero los materiales que no encontraba en España: aparatos ópticos en París, accesorios y torpedos en Berlín, acumuladores en Bruselas, y aceros, motores eléctricos, hélices y tubos lanzatorpedos en Londres.

Las obras del torpedero submarino Peral comenzaron en el arsenal de la Carraca Cádiz, el 23 de octubre de 1887 y, pese a todo y gracias al apoyo de la reina regenta María Cristina, fue finalmente botado el 8 de septiembre de 1888. El coste total del sumergible alcanzó las 300.000 pesetas de la época. Las pruebas oficiales se desarrollaron a lo largo de 1889 y 1890. Aunque las pruebas definitivas tuvieron gran éxito, el consejo superior de la marina no autorizó la construcción de nuevos submarinos.

Durante la construcción, presentó en Exposición Universal de Barcelona de 1888 un varadero de torpederos premiado con medalla de oro.





SUBMARINO PERAL REALIZANDO PRUEBAS DE EVALUACIÓN
ANTE LA COMISIÓN TÉCNICA



El submarino consistía en una nave de ensayo construido de plancha de acero, su forma era fusiforme y estaba capacitado para navegar a profundidades de hasta 30 metros. Medía 22 metros de eslora, 2´76 de puntal, 2´87, de manga y desplazaba 77 toneladas en superficie y 85 en inmersión. Sus dimensiones eran 22 metros de eslora y 2´87 metros de manga en su Cuaderna Maestra. Tenía una velocidad máxima de 7´7 nudos en superficie y 3´5 nudos en profundidad, pudiendo tener una autonomía de 396 millas.

La propulsión se obtenía mediante unos acumuladores eléctricos que suministraban corriente a unas dinamos. Estas, a su vez, por rotación, hacían girar dos hélices dispuestas en el eje vertical del submarino. Las hélices iban hundiendo la nave hasta que su resistencia era inferior a la presión del agua.

Como armamento tenía instalado 3 torpedos Schwarzkopff, con su correspondiente tubo lanzatorpedos, además de un periscopio, un sofisticado "aparato de profundidades", que permitía al submarino navegar hasta una cota máxima de inmersión de 30 metros de profundidad y mantener el rumbo del buque en todo momento, incluso tras el lanzamiento de los torpedos desde el tubo lanzatorpedos situado a proa, y todos los mecanismos necesarios para navegar en inmersión hacia el rumbo prefijado en mar abierto. Además, demostró que podía atacar sin ser visto a cualquier buque de superficie.

Todas estas características no volverían a verse, 30 años después, en los famosos Holland norteamericanos de la I Guerra Mundial.

Tenía todas las funcionalidades básicas que se pueden incorporar en un submarino militar moderno, y supuso un avance científico y militar sin comparación para la época.


PLANOS DEL SUBMARINO PERAL


La definición que la Real Academia española de la lengua dio a este buque submarino fue: "El de guerra que puede cerrarse herméticamente, sumergirse a voluntad con su tripulación y, por medio de una máquina eléctrica, navegar dentro del agua para hacer reconocimientos en los buques enemigos y lanzarles torpedos, o para exploraciones submarinas". Con esta definición se toma al submarino de Isaac Peral como el primer buque submarino de guerra de la historia, el cual puede ser visitado en el puerto de Cartagena.

La Comisión Técnica nombrada al efecto, avaló el éxito de las pruebas del primer submarino de la historia, ya que su rendimiento fue excelente. Recorrió cuatro millas bajo el agua durante más de una hora pasando prácticamente inadvertido y realizó el primer disparo de un torpedo en inmersión.

Con el éxito del Peral, este cartagenero había conseguido hacer realidad el sueño que otros científicos habían intentado infructuosamente antes que él: El Tortuga de David Bushell en 1776, el Nautilus de Robert Fulton, el Ictíneo I y II de Narciso Monturiol, el Plangeur del francés Bugeois o los ingenios de Cosme García y de Wilhem Bauer, todos resultaron un fracaso.


BOTADURA DEL SUBMARINO PERAL EN EL ARSENAL DE LA CARRACA,
CÁDIZ, 08-09-1888


El 7 de Junio de 1890 se disparó por primera vez en la historia un torpedo en inmersión. Fue un Whitehead de 350 milímetros disparado por el submarino de Peral, y que se conserva en la Base de Submarinos de Cartagena.

Este mismo año fue elegido diputado por el Puerto de Santa María, arrebatando el escaño al hijo del almirante Berenguer, lo que ocasionó que la Armada rechazase el invento y lo consideraran un vehículo inservible, al igual que en otros casos anteriores (C. García o N. Monturiol). La independencia del científico resultaba incómoda para los partidos tanto de Cánovas como de Sagasta. Por desgracia, los ministros de Defensa de los siguientes gobiernos, los almirantes Rodríguez de Arias y Beránger, demostraron indiferencia o enemistad. Ningún gobierno le concedería el permiso para efectuar la prueba definitiva que había solicitado: atravesar sumergido el estrecho de Gibraltar, desde Algeciras hasta Ceuta.

Desanimado, solicitó el cese de su actividad militar en 1890, siendo relegado del servicio a la Marina definitivamente el 5 de noviembre de 1891.

Simultáneamente, Peral desarrollaba un cáncer cerebral que viajaba hacia la muerte, aunque fue operado de cáncer en Madrid.

Peral trató de explicar su proyecto y todo lo sucedido a la opinión pública mediante un Manifiesto. En él, rebatía las acusaciones y ofrecía su versión. A pesar de la campaña de desprestigio que sufrió y la prohibición de publicar su Manifiesto en ningún medio de comunicación, consiguió publicarlo, costeándoselo de su bolsillo, en un periódico satírico llamado El Matute.

Dedicado a la vida civil, nunca dejó de interesarse por desarrollar el submarino. Consiguió fundar varias empresas industriales con éxito, relacionadas con su especialidad: el aprovechamiento de la energía eléctrica. Algunas de estas empresas fueron el Centro Industrial de Consultas Electro-Mecánicas o Electra Peral-Zaragoza, dedicadas a la fabricación de acumuladores eléctricos, llegando a montar las 22 primeras centrales de alumbrado eléctrico de España.

Isaac Peral registró en España en siete patentes entre 1887 y 1891. Tres patentes estaban referidas al acumulador eléctrico de su nave (nº 7.073, nº 7.079 y nº 10.582). Las demás fueron un varadero para embarcaciones (nº 7.503), un proyector de luz (7.975) y un ascensor eléctrico (nº 12.703 y nº 12.837). También inventó una ametralladora que funcionaba con electricidad que no llegó a registrar en España.

El día 4 de mayo de 1895, Isaac Peral se trasladó a Berlín para ser operado de cáncer por el cirujano Bergman. Un problema durante el tratamiento le causó una meningitis que terminó finalmente con su vida el día 22 de mayo, a los 44 años, sin haber recibido ningún tipo de reconocimiento.


SUBMARINO PERAL EN EL PASEO MARÍTIMO DE CARTAGENA


Los restos de Peral fueron trasladados a Madrid y enterrados el día 29 en el cementerio de la Almudena, cuando deberían reposar en el Panteón de Marinos Ilustres con todos los honores. El 11 de noviembre de 1911, los restos fueron exhumados y trasladados a Cartagena, donde se construyó un mausoleo. Asimismo, a instancias del pueblo de Cartagena y a través de su alcalde Miguel Tobal Yúfera, se solicitó el traslado de los restos del submarino a la ciudad departamental, donde se expone en el muelle de Alfonso XIII.

En 1951 se realizó un monumento conmemorativo a Peral en Cartagena en su ciudad natal, Cartagena también dedica un barrio con su nombre y un parque en el barrio de La Flota. También Puerto de Santa María dedica la plaza de Isaac Peral en honor al marino.

Cada 1 de noviembre, desde hace mucho tiempo. Marinos de la Armada rinden homenaje en el Cementerio de Cartagena, frente al mausoleo. A este homenaje se han ido sumando otras marinas internacionales: como la Armada Peruana, la Armada Alemana y la Armada Italiana.

La noche del 30 de octubre de 1993 de produjo una celebración única en el Puerto de Cartagena. Consistente en una Naumaquia. Miles de personas de todas las edades y lugares se congregaron para contemplar con efusividad el sonido de cientos de bocinas de barcos, campanas de iglesias, tambores, cañones del ejército de tierra y fuegos artificiales. En todo el mundo, sólo dos veces se ha realizado una Naumaquia. La vez anterior fue en 1550, que Enrique II de Francia celebró en Ruan. La última, a finales del siglo XX, en honor a Peral. 



BOTADURA DEL SUBMARINO PERAL

PRIMER MAPAMUNDI POR JUAN DE LA COSA


El primer gran expedicionario y cartógrafo español de ultramares del siglo XVI fue Juan de la Cosa. Participó en los dos primeros viajes de Colón, más tarde también realizó otros cinco por cuenta propia. Su aportación a la cartografía y geografía universal quedó de manifiesto en el primer mapamundi en el cual se representa América.
RETRATO DE JUAN DE LA COSA


Nacido en Santoña (Cantabria) participó en el descubrimiento de América como patrón de su navío mercante Santa María. De la Cosa no dudó en acompañar a Cristóbal Colón en su primer viaje. Ya era un navegante de sobra preparado para surcar el desconocido mar Océano, pues había navegado durante su juventud por el mar Cantábrico y por los mares de África occidental.

A pesar de que su nave encallase el día de Navidad de 1492 en la isla La Española, De la Cosa fue un hombre de confianza de Colón y por eso también tomó parte en el segundo viaje del marino genovés. Hacia finales del siglo XV su experiencia a bordo de las naos estaba demostrada y era respetada tanto por sus colegas de profesión como por los cortesanos, también estaba acreditada su habilidad en la construcción de mapas que le valieron su confianza para embarcar en tres grandes singladuras oceánicas.



JUAN DE LA COSA ESTUVO JUNTO A COLÓN EN EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA
AL MANDO DE LA NAO SANTA MARÍA


Su tercera expedición fue iniciada el 18 de mayo de 1499 desde el puerto de Cádiz con dos carabelas. Su máximo apoyo era una copia de la carta de marear que Colón trazó en su tercer viaje. Junto al cántabro viajaba el capitán Alonso de Hojeda y Américo Vespucio.

Tras hacer escala en Lanzarote y La Gomera, llegó a la costa de Venezuela con la intención de cartografiar lugares desconocidos, pero también con el propósito de revisar zonas exploradas anteriormente. Los pilotos llegaron a creer que se ubicaban en los confines de Asia, pues desde los comienzos de la singladura la tripulación pensó hallarse frente al litoral del sureste asiático, que para ellos se extendía de forma uniforme de norte a sur.

Nada de eso estaba sucediendo, pues en este viaje De la Cosa fue el primer marino que pasó la línea equinoccial en los mares del Nuevo Mundo. Llegó a las bocas del Amazonas, Guayanas, bocas del Orinoco, navegó frente a las islas Margarita y Trinidad y el golfo de las Perlas en dirección a poniente, siguiendo el litoral de Maracapana, Caquetíos, la isla de los Gigantes, el golfo de Venezuela y efectuó el descubrimiento del lago Maracaibo y lo recorrió totalmente, hasta llegar al cabo de la Vela en Colombia, poniendo nombre a Venezuela. Este país lo reconoce en la actualidad como su descubridor y padrino. Puso proa al golfo de México hasta el río Misissippi, que llevaba pronto hacia Santa María, pudieron encontrar La Española. Todo un itinerario que representaría De la Cosa en su mapa del mundo.

Al regresar a España en 1500, De la Cosa realizó su inmemorial aportación a la cartografía y geografía universal cuando presentó ante los reyes Católicos el primer mapa del mundo en el que se representan las costas del continente americano, y que hoy se encuentra expuesto en el Museo Naval de Madrid.




MAPAMUNDO DE JUAN DE LA COSA


El mapamundi de Juan de la Cosa marcaba el inicio de la cartografía americana, considerado como una de las joyas de la historia de la cartografía. La gran carta está fechada en junio de 1500, en El Puerto de Santa María de Cádiz.

Se trata de un portulano pintado a color sobre una gran hoja de pergamino junto con dos pieles unidas, formando un rectángulo irregular de 96 cm de ancho y 183 cm., y artísticamente iluminada.

Se muestra el mundo conocido hasta entonces, a finales del siglo XV. Con precisión relativa se dibuja Europa y más defectuosamente Asia, hasta el Ganges. Al oeste de Europa y África aparece el mar Oceanuz y allí una rosa de los vientos con la imagen de la Virgen María y el Niño Jesús, de donde parten líneas o rumbos que parecen una telaraña. Limitando al mar Oceanuz por Occidente, se pintan de verde las tierras continentales recién descubiertas hacia el norte y hacia el sur por Colón, Ojeda, Yáñez Pinzón y Juan y Sebastián Caboto.

Muestra además a Asia y América separadas por una masa de agua independiente, el océano Pacífico, y a América del norte y América del sur como dos continentes autónomos. América del norte aparece representada como un gran seno marinero, que correspondería al golfo de México, y sobre el “círculo cangro” se ven la isla de Cuba y muchas isletas alrededor, las Antillas están representadas con sus nombres, pero faltan las penínsulas de La Florida y Yucatán. El litoral de América del sur está representado desde el cabo de la Vela al de San Agustín y una parte del Brasil actual.

El contorno de África está dibujado de acuerdo con los últimos descubrimientos portugueses, mientras que el de Asia es muy impreciso. Las costas de Europa y particularmente del Mediterráneo están trazadas conforme a los más avanzados portulanos mallorquines e italianos de la época. Toda la carta ha sido ampliamente decorada con rosas de los vientos, banderas, naos, carabelas, ciudades y reyes africanos, personajes bíblicos y figuras míticas. La planimetría comprende cursos de agua, puertos y núcleos de población con representación convencional.

El mapa fue hecho de manera vertical, es decir que el Occidente corresponde a la parte superior del mapa y el Oriente a la parte inferior, el norte se sitúa a la derecha y el sur a la izquierda. En la parte superior aparece una efigie de San Cristóbal, aunque puede ser un retrato del mismo Colón, situado a poniente de las Antillas y aparece una inscripción que dice: “Juan de la Cosa la fizo en el Puerto de S. Mª en año de 1500”.




MAPAMUNDI DE JUAN DE LA COSA


Esta carta fue depositada por el Consejo de Indias en la Casa de la Contratación de Sevilla, de cuyas dependencias desapareció en circunstancias nunca aclaradas. En 1832, el barón de Walckenaer, ministro plenipotenciario de Holanda en París, la adquirió en una almoneda de esta capital. Al morir el barón en 1853, el Estado español la adquirió en una subasta por 4.321 francos gracias al interés de Ramón de la Sagra no sin ser objeto de una fuerte disputa entre diferentes interesados extranjeros y particularmente por la Biblioteca imperial española representada por M. Jomard. Finalmente fue depositada en el Museo Naval de Madrid por Real Orden de 14 de septiembre de 1853.

Entre finales de septiembre y mediados de octubre de 1501, el piloto santoñés efectuó desde el puerto de Cádiz su cuarto viaje al mando de dos carabelas. Junto a él viajaba Rodrigo de Bastidas. Pasaron por la Canarias, como marcaba la rutina del cabotaje en la Carrera de Indias, este viaje se coordinó con la cuarta expedición de Cristóbal Colón. Lejos de saltarse el Tratado de Tordesillas acordado entre españoles y portugueses en 1494, De la Cosa buscó un acceso al océano Índico.

Regresó al litoral venezolano, ya conocido en su anterior viaje, concretamente a la isla Verde, entre el sur de Guadalupe y Tierra Firme. Su exploración comenzó desde cabo de la Vela, recorrió la costa venezolana en dirección poniente, reconociendo una serie de accidentes geográficos desde la bahía de Santa Marta hasta la bahía del Retrete, pasando por la desembocadura del río Magdalena y el puerto de Galera de Zamba. Durante su curso pusieron nombre al puerto de Cartagena y las islas contiguas. Siguió por el golfo de Urabá, el puerto de Cispatá y el río Sinú, pero como consecuencia las carabelas sufrieron los efectos corrosivos de una plaga de moluscos anclada en los cascos de madera sumergida. Las naves tocaron fondo a pocas millas de la isla La Española, pero sobrevivieron tanto De la Cosa como su tripulación y consiguieron llegar a la isla. Allí se encontró con Colón en junio de 1502.




RETRATO DE JUAN DE LA COSA EN SANTOÑA


Cuando retornó a España en septiembre de 1503, el cosmógrafo cántabro presentó a la reina Isabel la Católica la primera carta marítima de las Indias fechada en 1500 y otros dos mapas hidrográficos más, que eran dos evoluciones con respecto al primero. La reina, por cédula real del 3 de Abril de 1503, le nombró alguacil mayor de Urabá y autorizó a navegar como capitán de tres navíos hacia el golfo de Urabá y provincia de las Perlas.

Esta vez estuvo al frente de las empresas geográficas de la Casa de Contratación de Sevilla, primera institución científica europea fundada por los reyes Católicos en el mismo año. Por lo tanto, se convirtió en el primer cartógrafo o maestro de hacer cartas de navegar de la Casa sevillana, sucedido en este arte por Américo Vespucio.

En el quinto viaje de 1504, fue con cuatro barcos, como capitán general de la expedición. Descubrió nuevas tierras y recorrió las islas de las Perlas, golfo de Uraba, Trinidad, Margarita, golfo de Cumaná, Cartagena y el Darién. Regresó el año 1506.

En el sexto viaje de 1507, con Bastidas, recorrió las costas e interior de Panamá volviendo en 1508. En el transcurso de estos últimos viajes, progresivamente fue abandonando sus funciones de cartógrafo y marinero para buscar oro.

En su séptimo y último viaje de 1509, iniciado el 10 de noviembre de 1509, De la Cosa ocupó el cargo de primer piloto de Ojeda y segundo comandante en una nueva travesía hacia La Española, la gran obsesión del marino santoñés. Embarcados en dos buques y dos bergantines, les acompañaba un joven Francisco Pizarro y 300 hombres.

Esta vez el puerto de salida estaba en Santo Domingo. Llegaron al litoral colombiano y a comienzos de 1510 tomaron tierra en el puerto de Cartagena. Tras el desembarco y a penas adentrarse en la selva, en Turbaco, una tribu de indígenas atacó a los expedicionarios que corrieron en retirada. Mala suerte para Juan de la Cosa, que murió alcanzado por una de las flechas envenenadas que usaron los indios durante su ataque.





MONUMENTO A JUAN DE LA COSA EN SANTOÑA



Compañero de aquel fatal desenlace fue el cosmógrafo Martín Fernández de Enciso quien compuso la Suma de geografía que trata de todas las partes y provincias del mundo: en especial de las Indias; un obra sumamente curiosa e impresa en Sevilla en 1519.

Años más tarde a la publicación del primer mapamundi de Juan de la Cosa, en 1507 aparecía el planisferio Universalis Cosmographia del alemán Martin Waldseemüller. Fue el primer mapa en denominar América con este nombre. El autor lo nombró así por Américo Vespucio, navegante italiano que consideró a las tierras descubiertas como un nuevo continente.

EXPEDICIÓN BOTÁNICA A NUEVA ESPAÑA


La Real Expedición Botánica al Virreinato de Nueva España fue organizada bajo la dirección científica del Real Jardín Botánico entre los años 1787-1803, para continuar los estudios sobre plantas medicinales de Nueva España y todo lo relacionado con su historia natural.


VIRREINATO DE NUEVA ESPAÑA AÑO 1796


La Expedición Botánica al virreinato de Nueva España se generó como resultado de la recuperación desde el Colegio Imperial de Madrid de los manuscritos de Francisco Hernández de Toledo. Este había sido el médico de Felipe II que en 1570 había efectuado la primera expedición científica para el estudio de la flora americana. La noticia fue comunicada a José de Gálvez, ministro de Indias y antiguo visitador de Nueva España. La flora y la fauna de México era hasta entonces poco conocidas para la ciencia Occidental y las especies conocidas no habían sido clasificadas científicamente.

En aquellas fechas el médico aragonés establecido en México, Martín Sessé expresó sus deseos de realizar una expedición botánica destinada a la catalogación de los recursos naturales del virreinato de Nueva España y a la institucionalización de las nuevas enseñanzas sanitarias en el territorio colonial. Su iniciativa fue solicitada al médico, botánico y farmacéutico Casimiro Gómez Ortega, director del Real Jardín Botánico de Madrid, quien promovió ante la Corte una nueva Expedición Botánica al Virreinato de Nueva España.

En marzo de 1787, el rey ilustrado Carlos III autorizó esta gran expedición que tendría como director a Martín Sessé. Su objetivo principal era la creación de un Jardín Botánico en México destinado, como el de Madrid, a continuar la obra de Francisco Hernández renovando los estudios sanitarios y a centralizando los trabajos de catalogación de las riquezas naturales del virreinato.


JARDÍN BOTÁNICO DE MADRID, SIGLO XVIII


La preparación de la expedición fue larga. Sessé recorrió Santo Domingo, Puerto Rico y Cuba, dónde se estaban realizando expediciones similares, para colaborar y aprender. En Cuba participó en la búsqueda de un remedio para una enfermedad parasitaria que se estaba extendiendo con rapidez.

En la expedición participaron un grupo de botánicos de España elegidos por Gómez Ortega entre los que se incluyen: Vicente Cervantes, uno de sus discípulos que fue nombrado catedrático de Botánica en México; Juan Diego del Castillo, botánico agregado que fue comisionado del Real Jardín desde 1785 en Puerto Rico, José Longinos Martínez, agregado naturalista que fue alumno de Cervantes en el Real Jardín de Madrid; y Jaime Senseve, fue incluido como profesor farmacéutico.

La expedición comenzó en octubre de 1787. Durante el primer año se realizaron cortas exploraciones: Sessé y Senseve herborizaron en el desierto de los Leones, mientras Cervantes preparaba las enseñanzas en el Jardín Botánico mexicano, que se inició en mayo de 1788. Los seis meses de aquella docencia fueron aprovechados por Longinos, Sessé y Senseve para visitar Morelos. Tras su vuelta a México, se incorporaron al equipo expedicionario Juan del Castillo, procedente de Puerto rico, y dos dibujantes novohispanos, Vicente de la Cerda y Atanasio Echeverría, formados en la Real Academia de San Carlos de México. Durante la primavera de 1789 los expedicionarios iniciaron su segundo periplo y visitaron, entre otros lugares, Cuernavaca, Tixtla, Chilpanzingo y Acapulco, lugares en los que fueron recogiendo numerosas y valiosas muestras.

En 1790, se incorporaron a la expedición dos alumnos de Cervantes formados en el Jardín Botánico de México, José Mariano Mociño y José Maldonado, en sustitución de Senseve, que fue trasladado contra su voluntad al jardín para hacerse cargo de las labores de disección y preparación de animales. Esta dirección molestó al naturalista de la expedición, José Longinos. Sus discrepancias como Sessé lo llevaron a abandonarla y a crear por su cuenta un Gabinete de Historia Natural en la Ciudad de México del cual se autoerigía en director. Juan a Senseve, realizó algunos viajes de exploración hacia el territorio de las Californias. Cuando el virrey de Nueva España les ordenó reintegrase a la expedición para estudiar los territorios de Guatemala, lo hicieron a disgusto, separándose del resto de los exploradores. Longinos permaneció en Guatemala hasta que las autoridades virreinales les obligaron a regresar a la Península.


INSTRUMENTOS DE INVESTIGACIÓN BOTÁNICA DEL SIGLO XVIII


Los exploradores realizaron una tercera salida para reconocer los territorios del noroeste novohispano, atravesando Michoacán, Sonora y Apatzingán hasta llegar a Guadalajara. Allí el grupo formado por Mociño, Castillo y Echeverría se dirigió hacia Aguascalientes, a través de Los Álamos y la sierra Tarahumara; mientras que Sessé alcanzó esta misma localidad cruzando el desierto de Sinaloa. Dos años que tardaron en hacer este recorrido (1790-1792). En Aguas Calientes recibieron la orden de desplazarse hasta la costa noroeste para estudiar la isla de Mazarredo (Nutka). Tenía un importante interés comercial para los gobiernos de España y Gran Bretaña y en aquellos tiempos se encontraba en disputa entre ambas potencias por hacerse con su control.

Allí zarparon Mociño, Echeverría y Maldonado en 1792. Juan del Castillo quedó enfermo de escorbuto en Aguas Calientes, donde murió en 1793. Los exploradores se integraron así en la parte de la Expedición de Límites dirigida por Juan Francisco de la Bodega y Quadra.




JUAN FRANCISCO DE LA BODEGA Y QUADRA


A la muerte de Castillo, Sessé volvió a la Ciudad de México con el propósito de fomentar el valor académico de los estudios impartidos en el jardín mexicano e iniciar los trámites burocráticos necesarios para la incorporación oficial de Mociñon a la expedición, en sustitución del difunto Castillo.

Una vez finalizada su estancia en Nutka, la expedición decidió afrontar el estudio del sur del virreinato: Mociño y Dela Cerda emprendieron viaje hacia Mixteca y la costa de Tabasco; Sessé, Del Villar y Echeverría se dirigieron a Jalapa y Guaztuco. Ambos grupos debían de confluir en Córdoba para, desde allí, partir a Veracruz. La expedición regresó a Ciudad de México pasando por Tehuantepec y Tabasco.

En 1794, Martín Sessé solicitó permiso a la Corte para una última exploración durante dos años. Su objetivo era reordenar las colecciones formadas y concluir el estudio de la América Central, esta vez en el Reino de Guatemala y las islas de Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico. Mientras tanto, Cervantes permanecería, en Ciudad de México ocupándose del traslado del jardín botánico desde su pantanosa anterior ubicación hasta el Palacio Real. El resto del equipo expedicionario se dividió en dos grupos:

Por una parte, Sessé, Senseve y Echeverría emprendieron viaje hacia Cuba y llegaron a La Habana en junio de 1795; en marzo de 1796 se encontraban en Puerto Rico y desde allí retornaron a Cuba a la espera de conseguir permiso para visitar Santo Domingo. La situación de guerra y la sublevación de los esclavos negros en la isla hicieron que aquel viaje resultara imposible de realizar. Sessé y Senseve regresaron a México, adonde llegaron en mayo de 1798. El dibujante Echeverría no los acompañó, pues en La Habana se enroló en la expedición de fomento dirigida por el conde de Mopox.

Por otra parte, Mociño y De la Cerda, acompañados a distancia por Longinos, emprendieron el viaje a Guatemala, pasando por Tehuantepec. Mociño tardaría dos años en componer su Flora de Guatemala, trabajo que simultaneó con la realización de informes sobre la viabilidad del comercio entre Guatemala y las posesiones españoles en México y las Californias. El límite sur de ese viaje se encuentra en León de Nicaragua, donde Mociño y De la Cerda llegaron en mayo de 1797. Desde allí emprendieron viaje de vuelta a Ciudad de México; en su viaje visitaron Chiapas, durante el cual Mociño se entretuvo en estudia la potabilidad de sus aguas, minas de mercurio, el índigo y remedios para la posible curación de la lepra. Vicente de la Cerda llegó a México a finales de 1798 y Mociño en febrero del año siguiente.

En México, Sessé emprendió la recopilación y preparación del material que habría de trasladar a España. En esta tarea, en la que se invirtieron dos años, colaboró todo el equipo expedicionario, salvo Longinos. Durante dos años Mociño trabajó en el Hospital General de Naturales, en compañía de Luis Montaña, un médico criollo; ambos elaboraron un conjunto de notas farmacológicas que luego resumió Cervantes bajo el título Ensayo a la materia vegetal de México.

Sus trabajos en el Hospital General de San Andrés sentaron las bases para el desarrollo de la clínica moderna, sustituyendo la terapia humoral por la brownista (una derivación vitalista), de la que fueron firmes divulgadores.



 


DIBUJOS DE LA FLORA NOVOHISPANA


Tras solventar algunos problemas, personales e institucionales, los expedicionarios decidieron regresar a la península. Mociño y la parte de los materiales que transportaba llegaron a Cádiz en julio de 1803. Sessé y Senseve, tras una larga estancia en La Habana, lo hicieron en octubre del mismo año junto a la parte correspondiente de las investigaciones. Vicente Cervantes permaneció definitivamente en México a cargo del Jardín Botánico de la capital, incluso hasta después de la independencia con respecto a España.

Los resultados que Sessé y Mociño ofrecieron en Madrid fueron más importantes y decisorios en los aspectos médicos y políticos que en los botánicos. Sessé promovió las reformas de las doctrinas médicas en la erradicación de la llamada “fiebre amarilla" aparecida en Andalucía en 1804, concienciando a los otros médicos españoles de que la causa de la enfermedad se debía a condiciones ambientales e higiénicas y no al supuesto efecto transmisor. Los trabajos médicos de ambos expedicionarios consiguieron su entrada como miembros de la Real Academia de Medicina de Madrid, en 1805.

El 4 de octubre de 1808 muere Martín Sessé. José María Mociño tuvo de abandonar España en 1812, refugiándose en Montpellier, por ser considerado un afrancesado. Allí conoció a De Candolle, a quien confió los manuscritos y dibujos de la Flora Mejicana cuando éste se trasladó a Ginebra. Finalmente murió en 1820 en Barcelona.

REINO HISPANOVISIGODO, FUNDADORES DE LA PRIMERA NACIONALIDAD DE EUROPA

Durante los primeros siglos de la Alta Edad Media, el pueblo visigodo fusionado con el hispano consiguió establecer un Estado independiente con identidad propia. Los visigodos se encargaron de recoger el legado de la Hispania romana, unificaron el territorio bajo una misma corona, recuperaron la herencia cultural, se convirtieron al catolicismo, establecieron un derecho común, se fusionaron con los hispanorromanos formando una misma sociedad y forjaron con todo ello un sentimiento de unidad política. Aunque no en el sentido moderno del concepto, los hispanovisigodos fueron los forjadores de una de las primeras nacionalidades de Europa: la Española. 



CRUZ VISIGODA DE LOS ESPAÑOLES ALTOMIEVALES


Europa nace cuando el Imperio romano aceptó su cristiandad y se dividió en dos mitades: la latina y la griega. Por ello, Diocleciano y Constantino restructuraron el territorio según la existencia de diversas nacionalidades llamadas Diócesis, o su equivalente germánico Volk, cuyo significado equivale a “pueblo”.

Cinco grandes Diócesis se establecieron en el lado Oeste del aquel Imperio romano dividido: Italia, Galias, Britania, Germania e Hispania. Mientras las Galias, Britania y Germania abandonaron su nombre por el de los Volk germánicos (francos, británicos, teutones, etc.), Italia y España conservaron su nombre debido a su acusada herencia romana. Hispania obtuvo su identidad a través de Roma, cuando a comienzos del siglo IV, fue reconocida como diócesis cristiana, abandonando el helenismo.

Los hispanorromanos habían comenzado a tener conciencia de formar una unidad. No se trataba de una conciencia nacional, porque el concepto de nación moderna no existía aún, pero si se estaba forjando un sentimiento de comunidad en la península Ibérica.

La muerte del emperador Teodosio en el 395 fue un acontecimiento decisivo. Empujados desde el este por los hunos de Atila, sucesivas oleadas de germanos invadieron el Imperio romano cruzando el Rhin y el Danubio. En el 409 d. C, suevos, vándalos y alanos penetraron en el territorio de una Hispania en descomposición interna. Los suevos se extendieron por Galicia, y los vándalos por Bética, ambos pueblos eran germánicos; los alanos que se extienden por Lusitania eran indoarios.




EXPANSIÓN TERRITORIAL DE LAS TRIBUS GERMÁNICAS


En el 414 penetraron también los visigodos, que se habían asentado a ambos lados de los Pirineos. Se trata de un pueblo de unas 200.000 personas que había llegado desde el algún territorio litoral al mar Báltico. Poseían un grado de civilización superior al resto de pueblos invasores, de hecho, llegaron a pactar con Roma. No eran un pueblo especialmente belicoso, tan sólo querían asentarse a vivir en tierras, por eso Roma aceptó su asentamiento a ambos lados de los Pirineos a cambio de derrotar a los pueblos invasores que estaban asolando el Imperio.

Al frente de los visigodos estaba el rey Ataúlfo, que sustituyó la legitimidad del Imperio romano y estableció su capital en Barcelona. La idea de los visigodos consistía en mantener las condiciones fijadas en la Lex de hospitalitate, intentando mantener la identidad germánica como el portador del poder.

Eurico intentó ofrecer a la sociedad hispanorromana un sistema jurídico aceptable, codificando y ajustando las leyes del emperador Teodosio II, llamándolas Lex romana visigothurum.



VESTIMENTA DEL PUEBLO VISIGODO


Finalmente, el Imperio romano de Occidente se desintegró en el año 476, debido a la fuerza de las invasiones de los pueblos bárbaros y a su decadencia interna; los visigodos se encargaron de recoger su legado: unificaron el territorio bajo una misma corona, recuperaron la herencia cultural, se convirtieron al catolicismo, establecieron un derecho común, se fusionaron con los hispanorromanos formando una misma sociedad y forjaron con todo ello un sentimiento de unidad política.

Se produjeron duras luchas entre las tribus germánicas hasta que en 585, los visigodos se hicieron dueños de la situación, incorporando el territorio que ocupaban los suevos. Leovigildo consiguió unificar políticamente el espacio hispano con capital en Toledo; un territorio que ahora formaba un Estado independiente con identidad propia.

Fue este rey quien permitió la fusión étnica, mediante la legalización de matrimonios mixtos entre godos e hispanorromanos. Fue en este siglo XVI cuando los hispanorromanos impusieron sus modos de ser y de vivir.

Desde 585, los visigodos dominaron en todo el territorio de la península Ibérica, y su dominio no se vio interrumpido hasta la invasión musulmana del 711. Durante ese tiempo, todo el territorio peninsular estuvo unificado bajo una única corona, una religión común, un legado cultural y un derecho unificado.

Durante el III Concilio de Toledo de 589, Recadero, hijo de Leovigildo, y su reino abrazaban la fe romana. El arrianismo fue sustituido por el catolicismo, el latín se impuso sobre la lengua goda, y se sometieron todos los habitantes a una Lex romana custodiada por los visigodos que adoptaron todos los usos y costumbres hispanorromanas. E incluso se terminó por abandonando parte de su herencia consuetudinaria al aprobar, en 654, una reglamentación estatal de fuerte tradición romana, el Liber Iudiciorum, aplicable tanto a visigodos como a hispanorromanos.


CONVERSIÓN DE RECADERO


Esta unidad religiosa condujo a una estrecha relación entre la Iglesia y la Monarquía, fortaleciéndose ambas merced a esta relación, pero significando también una cierta dependencia que se hizo especialmente acusada en la crisis de la Monarquía.

Por otra parte, la conversión al catolicismo de los distintos pueblos europeos fue determinó la vida cultural, así en la península Ibérica se desarrolló durante casi dos siglos una importante corriente, mezcla de la tradición latina con el espíritu cristiano.

Este movimiento de restauración cultural recuperó para Europa el antiguo derecho romano mediante el cual, los súbditos forman una sola comunidad, regida a su vez por esa ley hispano-visigoda, que reducía la servidumbre a dimensiones económicas. Era una ley que garantizaba a los campesinos la subsistencia mediante el trabajo de la tierra, aunque tenían que transcurrir todavía varios siglos para que la servidumbre desapareciera.

Cuando el brillo de Roma se oscureció, los visigodos revitalizaron la cultura clásica, adoptando como suyos el patrimonio y legado hispanorromanos. La cultura hispano-visigoda era floreciente, pujante y fecunda, la más refinada de todo Occidente durante los siglos VI y VII. Estaba basada en el mantenimiento de un sistema educativo heredado de las escuelas municipales que implantó el Imperio romano, y que había sido renovado en el siglo V, carente de parecidos en el resto de Occidente. Así pues, se fundaron nuevos monasterios que prosiguieron la labor evangelizadora, y las sedes episcopales organizaron escuelas, convirtiéndose en focos de cultura.

Destacaron los historiadores Paulo Osorio e Hidalcio, el poeta Prudencio, el filósofo Juan de Bíclaro, o el rey poeta Sisebuto. Cabe destacar, por la importancia de las obras conservadas, entre otros, de Martín de Braga, Braulio de Zaragoza, Julián y Eugenio de Toledo, Fructuosos de Braga o Valerio del Bierzo.

 


EXPANSIÓN DEL REINO HISPANOVISIGODO HASTA LEOVIGILDO


Otra personalidad representativa de la cultura hispano-visigoda fue Leandro de Sevilla, hermano mayor de Isidoro de Sevilla, cuya obra se ha perdido por completo excepto la homilía De triumpho ecclesiae ob convesionem Gothorum y el tratado De institutione virginum.

San Isidoro de Sevilla fue reconocido como el más sabio de su tiempo. Escribió innumerables obras. Las Etimologías resume las ciencias y los conocimientos de la cultura clásica, fue traducida por Alfonso X el Sabio. También escribió: Historia de regibus gothorum, vandalorum et suevorum, Chronica, y De Virus illustribus. En sus obras se recogen el "trivium" y el "cuadrivium", división de los estudios de la Antigüedad clásica y que pasó a la enseñanza durante la Edad Media.

Las Laudes Hispaniae constituyen un subgénero muy temprano de la literatura española. En ellos se reivindica la identidad nacional a partir del prólogo con el que Isidoro de Sevilla abre su Historia de regibus gothorum, vandalorum et suevorum (Historia de los reyes godos, vándalos y suevos).

Isidoro cantó las glorias de un pueblo en plena asunción de una existencia política propia. Su Loa a Hispania es una alabanza a la España de los primeros siglos de la Edad Media, que refleja el sentimiento de pertenencia y la identidad común de aquel reino hispano-visigodo, mezcla de la herencia romana, la cristiana y la germánica.

La influencia cultural gótica en la formación de España como nación y Estado fue enorme. Los vestidos visigodos, como el pantalón, la camisa y los zapatos, sustituyeron los vestidos talares romanos e ibéricos y las sandalias. Los balcones y voladizos en las casas los introdujeron los godos. Las reglas armónicas de la música son godas. Nuestro concepto del honor es godo, así como gran parte de nuestra ética. La lengua española está impregnada en su vocabulario, fonética y léxico de palabras góticas. Son palabras de orige gótico: zapato, gorro, galones, templado, daga, machete, garbo, estribo, trampa, trepar, rango, banda, bandera, ganado, heno, Galindo, Gutiérrez (hijo de godo), Godoy, Jiménez, Martínez, Rico, etc.

La filóloga Jurate Rosales ha demostrado que la lengua española ha recibido una influencia del latín vulgar los godos. Se comprueba en las diptongaciones de la o, a, e largas, en la pérdida de la f inicial, en la palatización de las silabas latinas ki y ti, en el cambio de la k latina por la g española, en la terminación ez de los patronímicos, en la ausencia de t en la terminación de la tercera persona del plural, cambios que son similares a los de las lenguas bálticas.



BRAULIO DE ZARAGOZA E ISIDORO DE SEVILLA


Codex Revisus, época de Leovigildo:
Que esté permitida la unión matrimonial tanto de un godo con una romana (Hispanorromana), como de un romano (Hispanorromano) con una goda. Se distingue una solícita preocupación en el Príncipe, cuando se procuran beneficios para su pueblo a través de ventajas futuras; y no poco deberá regocijarse la ingénita libertad al quebrantarse el vigor de una antigua ley con la abolición de la orden, que, incoherentemente, prefirió dividir con respecto al matrimonio a las personas que su dignidad igualaba como parejas en status. Saludablemente reflexionando por lo que aquí expuesto como mejor, con la remonición de la orden de la vieja ley, sancionamos con esta presente ley de validez perpetua: que tanto si un godo una romana, como también un romano una goda, quisiera tener por esposa-dignísima por su previa petición de mano-existía para ellos la capacidad de contraer nupcias y esté permitido a un hombre libre tomar por esposa a la mujer libre que quiera en honesta unión tras informar bien de su decisión y con el acompañamiento acostumbrado del consenso del linaje.



De Laude Spaniae por San Isidoro de Sevilla:

¡Oh España, madre sagrada y siempre feliz de príncipes y de pueblos! Eres la más hermosa de todas las tierras, habitadas y por habitar, desde Occidente hasta las Indias. Con todo derecho eres ahora la reina de todas las provincias, luminaria de la que se benefician tanto el orbe, la parte más ilustre de la tierra, en la que se regocijan sobremanera y florece espléndidamente la gloriosa fecunda del pueblo godo.

Con gran indulgencia, aunque merecidamente, te enriqueció la naturaleza con notable abundancia de todo tipo de bienes. Eres rica en frutos, copiosa en uvas, alegre en cosechas; te vistes de mieses, los olivos te ofrecen sus sombras, y las vides te sirven como vestido. Tus campos están llenos de flores, tus montes te hacen frondosa, y tus costas abundan en peces. Estás situada en la zona más agradable del mundo; gracias a ello, ni te abrasa el ardor del sol tropical, ni te agarrota el rigor de los hielos glaciares, sino que abrazada por la zona más templada del cielo, te nutres de felices céfiros. Porque, efectivamente, tú haces posible la fecundidad de los campos, el precioso valor de las minas, y cuanto de hermoso tienen los seres vivientes. Y de ninguna manera tienen por qué minusvalorarte esos ríos a los que ennoblece la merecida fama de sus rebaños.

Superas a Alfeo en caballos y al Clitumno en reses, por más que el sagrado Alfeo pueda entrenar a sus veloces cuadrigas por las pistas para hacerse con las palmas olímpicas, y el Clitumno se dedicara en el pasado a ofrecer en sacrificio enormes novillos en el Capitolio. Gracias a tus abundantísimos pastos, no necesitas ambicionar los prados de Etruria, ni rebosantes de palmas, te admiras ante los bosques de Molorco; tampoco sientes envidia de los carros de Élide en la carrera de tus caballos. Tú eres feracísima gracias a tus caudalosos ríos, los torrentes que arrastran pepitas de oro te visten de color amarillo, posees la fuente que engendra la mejor caballería, y te pertenecen los vellones teñidos de púrpura que brillan igual o más que los colores de Tiro. En ti se encuentra la piedra preciosa que brilla en el sombrío interior de los montes y resplandece casi como el sol.

Además, eres rica en hijos, en piedras preciosas y en púrpura; por otras parte, a tu otra parte, a tu gran fecundidad deben existencia numerosos talentos y gobernantes de imperios, eres opulenta para encumbrar príncipes y feliz a la hora de parirlos. Con razón te deseó desde siempre la áurea Roma, cabeza de los pueblos; y, aunque el romano terminara un día poseyéndote gracias a su Romúlea fortaleza, al final el floreciente pueblo godo, tras numerosas victorias por todo el orbe, te robó el corazón y te amó, y goza ahora de ti con segura felicidad entre la pompa regia y el esplendor del imperio.

SANTA HERMANDAD, LA PRIMERA POLICÍA NACIONAL DE EUROPA


La Santa Hermandad fue la primera unidad militar permanente que existió en España y una de las primeras tropas regulares organizadas de Occidente. Fue creada por los Reyes Católicos en 1476 para garantizar la seguridad y mantener el orden público en todos los territorios de la Corona, por tanto, fue el primer cuerpo nacional de policía de Occidente. Fue concebido como cuerpo de ejército permanente en teoría, pero en la práctica se formó para someter a la nobleza, ya que esta recurría al bandolerismo para solucionar sus problemas financieros.



Cuando los Reyes Católicos accedieron al trono, España sufría un periodo de disturbios y caos social, marcado por las pretensiones de la nobleza y por una guerra civil. En Castilla, numerosos nobles se dedicaban al bandolerismo y al saqueo, mientras que delincuentes controlaban los caminos y extorsionaban a los labradores. En Aragón, el bandolerismo era una constante en la vida cotidiana. Se trataba de un orden mafioso por el cual los magnates controlaban organizaciones de delincuentes y estos creyeron posible convertirse en magnates. Alguno de estos fueron el duque de Medina, el marqués de Cádiz, el conde de Cabra y Alonso de Aguilar, quienes controlaban Andalucía; el maestre de Alcántara, Alonso de Monroy devastaba la provincia de León; al alcalde de Castronuño, Pedro de Mendoza, quien sometía las ciudades de Valladolid, Toro, Salamanca o Zamora; y el conde de Treviño junto a con otros banderizos vascongados, quienes asolaron aquellas tierras hasta Fuenterrabía.

En el siglo XI los concejos de las villas y ciudades fundaron las primeras Hermandades de hombres armados, de carácter regional o local, con la intención de proteger sus campos, sus ferias y sus rutas comerciales de los ataques de los moros en tierras fronterizas o de los bandoleros. Estas milicias municipales, que tenían una organización similar a las Cofradías, eran asociaciones de ciudades o comarcas organizadas para la protección armada del comercio, los privilegios locales o la seguridad pública. La primera fue la de  Hermandad de Sisla Mayor o San Martín de la Montiña, en Toledo, fundada por Alfonso VI de Castilla quien concedió los primeros privilegios.

En el principado de Cataluña, tuvo su homólogo en el Somatén, y en Navarra en el Orde.

Más tarde, desde el siglo XIII y con el proceso de Reconquista avanzado, el poder feudal intentaba afirmarse frente al poder real y frente las villas y ciudades. El orden feudal ya no es lo que era, ya que la tradicional regla de la caballería cristiana, por la cual el fuerte debía proteger al débil, había sido quebrantada por una aristocracia en decadencia ante el poder del estamento de la burguesía y de las ciudades y villas.





Un precedente sucedió en 1300, cuando se unieron en una misma federación los toledanos de los Montes con los talaveranos de la Jara, y más tarde los de Villa Real, abriendo así una etapa donde la nueva institución resultante fue cobrando mayor efectividad al coordinar sus esfuerzos, aumentar el potencial humano y mejorar las estrategias de lucha contra el bandolerismo.

A petición de los procuradores, en 1473 Enrique IV de Castilla autorizó en Cortes la formación de la Hermandad Nueva General de los Reinos de Castilla y León, para asegurar el cumplimiento de la ley y perseguir la delincuencia en poblados y caminos. Este cuerpo se disolvió rápidamente, a la vez que el conflicto sucesorio a la muerte de Enrique agravó la situación de inseguridad en el reino.

Los Reyes Católicos sentaron las bases del primer Estado moderno de Europa, entre otras consideraciones establecieron como una prioridad el logro del orden público y la paz social. Para eso, prohibieron las luchas entre banderizos o clanes feudales, desterraron a los señores feudales más crueles y desmocharon los castillos de aquellos que no acataban las leyes. Pero estas medidas eran insuficientes, necesitaban ante todo renovar la Hermandad, entregar más autoridad, mejorar su organización, su unidad interna y su capacidad para actuar en todo el territorio del reino.

Los promotores de la idea fueron el contador mayor de cuentas, el asturiano Alonso de Quintanilla, el primer sacristán, el burgalés Juan de Ortega, y el provisor de Villafranca de Montes de Oca. En marzo de 1476, en la ciudad palentina de Dueñas organizaron la primera reunión general con representantes de las ciudades más importantes de la actual Castilla y León: Burgos, Palencia, Medina, Segovia, Olmedo, Salamanca y Zamora entre otras, componía el Consejo de la Hermandad.

Isabel y Fernando aceptaron la propuesta en la asamblea de las Cortes en Madrigal, y sancionaron sus Ordenanzas de Madrigal en carta fundacional con fecha del 19 de abril de 1476.






La creación de la Santa Hermandad fue una medida hábil porque limitó la jurisdicción de los alcaldes, actuó no solo contra los malhechores, sino también contra los nobles indisciplinados. La Hermandad se convirtió en un cuerpo policial y en un tribunal de justicia superior con la finalidad de perseguir delincuentes, obligando a las autoridades a entregar a los presos que reclamasen. Para ello, establecieron una reglamentación de delitos: asalto de caminos, robos de muebles o semovientes en despoblado, incendios en casas, saqueos en huertas, derramamientos de sangre, etc. El Ordenamiento se esforzaba en preservar la objetividad de la justicia y las garantías para el acusado.

En sus inicios, las ciudades aportaron un jinete por cada cien vecinos, y un infante por cada ciento cincuenta, agrupados en cuadrillas. Asturias, las merindades del norte del Ebro y de Aguilar de Campóo aportaban sólo soldados de infantería. La financiación se consiguió mediante el establecimiento del impuesto de la sisa sobre todas las mercancías menos la carne. En total se dispuso de un cuerpo de unos 2.000 hombres armados que podían actuar en todo el territorio de la Corona. El primer capitán fue el duque de Villahermosa, Alfonso de Aragón, hermanastro del rey Fernando.






Más tarde, la Junta de Hermandad dictó que todas las villas y lugares del reino quedaban obligadas a entrar en el nuevo sistema de seguridad, bajo sanciones económicas. La seguridad se convirtió en política de Estado. Para evitar tensiones con los concejos, los reyes permitieron que sobrevivieran las hermandades municipales preexistentes pero integradas en la nueva, como son los casos de las hermandades de Guipúzcoa, Álava y Vizcaya, y también con las de Toledo y Talavera. También se introdujo en la Corona de Aragón, con la idea de unificar instituciones entre Castilla y Aragón, aunque este intento fracasó. Estas ideas evolucionaron hacia las Guardas de Castilla.

Fue un cuerpo muy eficaz. La paz interior, la seguridad en los caminos y la tranquilidad social se consiguieron rápidamente. Los castigos fueron muy duros y la nobleza perdió gran parte de su inmenso poder terminando por doblegarse a la autoridad central ostentada por los reyes.

Este cuerpo también participó en la toma de Granada, en las expediciones a Nápoles y las Canarias. Efectuó los primeros censos y padrones modernos de España gracias a la información recogida de los municipios a principios del siglo XVI.

Pero poco a poco fue decayendo debido a las siguientes causas: resultar escaso como Ejército permanente y, sin embargo excesiva como cuerpo de seguridad; suponer una considerable carga para los pueblos que debían pagarla; el error de los monarcas al eliminar la Capitanía General y otros cargos intermedios, confiando en cuadrilleros y alcaides (cargos militar y judicial), de carácter político que eran elegidos anualmente, provocando el desprestigio y su caída; y el emplear cada vez más frecuentemente al Ejército regular en misiones de orden público.

La Santa Hermandad fue decayendo, hasta que en 1834, fue votada una ley en las Cortes por la que se ordenaba su desaparición total. Diez años más tarde, se crearía la Guardia Civil como sustituto.



COMISARÍA DE POLICÍA DE ENSCHEDE (HOLANDA)
SITUADA EN LA CALLE HERMANDAD