El final del siglo XV significó la madurez de las artes cartográficas españolas dejando un legado encabezado por la Escuela mallorquina de Cartografía. Este movimiento científico estuvo formado por marinos, cartógrafos y cosmógrafos principalmente mallorquines, pero también hubo catalanes, que describieron la geografía de Europa, el norte de África y las costas del Mediterráneo.
En la Baja Edad Media, son muy destacables los portulanos de Angelino Dulcert, Jaime Ribes, Guillermo Soler, Mecía de Viladestes, Johanes de Viladestes, Gabriel Vallseca, Gabriel Vallseca y el Atlas Catalán de Abraham Cresques.
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| ESCUELA CARTOGRÁFICA MALLORQUINA |
En la Baja Edad Media, apareció el portulano o cartas portuláneas, también llamada carta a la brújula, que fue empleado hasta el siglo XVI. En contraposición a los mapas orientados de la Alta Edad Media, estas cartas náuticas son mucho más realistas porque están norteadas, es decir, el punto cardinal norte está ubicado en la parte superior. Estas cartas portuláneas podían ser náuticas, si atienden exclusivamente a la representación de litorales, y náutico-geográficas, si dibujan con igual detalle las zonas costeras y las interiores.
El portulano se caracteriza por poseer una red básica de líneas de rumbo, de rayos y rosas de viento, con escala o tronco de leguas. Su representación cartográfica no tenía en cuenta las graduaciones de longitud ni de latitud, pero acostumbraba a reflejar con detalle la configuración de las costas.
En el siglo XIV, cartógrafos mallorquines sentaron los fundamentos de esta ciencia, y en el XV, se emplearon en enseñarla a los cartógrafos genoveses y venecianos como únicos rivales que merecen atención. Estaba en juego el dominio de las rutas comerciales por el mar Mediterráneo.
Mallorca fue la vanguardia de la cartografía de esa época a causa de la concentración de hispano-judíos dedicadas al desarrollo y comercio de los instrumentos de navegación como astrolabios, cuadrantes, horas de arena y, especialmente, brújulas.
La escuela mallorquina se caracterizó en sus portulanos por la red de rumbos, y la rica toponimia del perfil de las costas. Aunque la situación de las islas presenta un error sistemático que no fue resuelto hasta descubrirse las variaciones de la declinación magnética. Entonces se comprendió que las cartas se estaban haciendo mediante la utilización de la brújula, tanto en mar como en tierra. Precisamente, los más afamados cartógrafos mallorquines, Abraham Cresques, su hijo Jefuda y Mecía de Viladestes, eran reputados bujolers (fabricantes de brújulas).
Mallorquina es la llamada Carta de París, la anónima de la Biblioteca Nacional de Madrid, la de Viladestes, la del rey Martín, la de la Cartuja de Valdecristo, la de Valseca, y muchas más, dibujadas todas ellas en los siglos XIV y XV. Se trata de un conjunto de cartas, tanto anónimas como firmadas, pertenecientes a la Escuela Mallorquina que abarcan desde su eclosión con Dulcert, una fase intermedia de 1380 con Cresques y Soler, y una etapa final del Medievo con Vallseca y Viladestes.
Estos portulanos, de unidad estilística admirable, son actualmente conservados en diversas bibliotecas de Europa, siendo los más notables los conservados en el Ministerio de la Instrucción Pública de Roma, en las Bibliotecas Nacionales de Nápoles, de Venecia, de París, el Archivo de Estado de Florencia, o en el Topüapü Sarayi Katufané de Estambul.
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| ATLAS CATALÁN DE ABRAHAM CRESQUES |
Un momento decisivo de la cartografía se produjo a mediados del siglo XVIII, en 1266, cuando un desconocido cartógrafo catalán trazó la primera carta del litoral mediterráneo con una precisión jamás antes desarrollada. Un científico como Nordenskiold afirmó que el tronco de escala de todos los portulanos italianos trazados con posterioridad se basaban en la carta del catalán, es decir, sobre unidades de medida catalanas.
Las cartas geográficas más antiguas con fecha y autor conocidos son españolas, trazadas por el gran cartógrafo mallorquín Angelino Dulcert, en los años 1323, 1330, y 1339. Una obra maestra de la Escuela Cartográfica mallorquina es la dibujada en 1339 por la riqueza de detalles y exactitud de contornos, que se conserva en la Biblioteca Nacional de París. Está realizada con dos sistemas de rumbos tangentes en el centro, y dividida en treinta y dos vientos.
Esta carta nautica comprende toda Europa, una parte del norte de África y una porción del Caspio. En el océano Atlántico están dibujados los archipiélagos Azores y Canarias, citados por primera vez, y una parte del litoral africano, muy extensa, al sur del cabo Nun, con lo que se demuestra que este territorio era ya conocido por los navegantes y cartógrafos españoles mucho antes de la famosa expedición de Jaime Ferrer en 1346.
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| PORTULANO MALLORQUÍN DE ANGELINO DULCERT |
El cartógrafo y geógrafo Abraham Cresques fue un hispano-judío protegido por los reyes aragoneses Pedro IV, Juan I y Martín I, a quienes asesoraba sobre temas científicos. Fue una figura clave en el desarrollo de la Escuela Cartográfica mallorquina. Tanto él como su hijo Jafuda Cresques dejaron una nutrida documentación sobre cartas náuticas.
Su portulano de 1375 fue elaborado en un taller de Palma de Mallorca por encargo del rey Pedro IV. Está constituido por seis pergaminos montados sobre siete planchas de madera dispuestas en forma de biombo. Está considerada la pieza que alcanzó el punto más alto del conocimiento cartográfico medieval. Fue llamado Atlas catalán por su idioma, pero en la actualidad es más conocido como Carta de París, por estar conservado en la Biblioteca Nacional de París.
La Carta de París tiene una importancia enorme, porque hace una de las primeras referencias del nocturlabio y porque relata el viaje que hizo el navegante mallorquín Jaime Ferrer hasta el Río del Oro, en el Sahara Occidental. Además, recoge una representación de Asia, que naturalmente no estaba en la de 1339, ya que entonces no se conocían los viajes de Benjamín de Tudela ni de Marco Polo.
Jafuda Cresques se convirtió al Cristianismo, conocido como Jaime Ribes el Mallorquín. Colaboró con el portugués Enrique el Navegante en la Escuela de Sagres, para que dirigiera los trabajos cartográficos de esta escuela que llegó a ser el primer complejo náutico, comercial y militar de Europa. Ribes pudo transmitir todos sus conocimientos en el arte de la cartografía, que posibilitaron las expediciones portuguesas por las costas africanas del Atlántico y del Índico. Por tanto, la Escuela cartográfica portuguesa es deudora de la Escuela mallorquina.
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| ATLAS CATALÁN DE ABRAHAM CRESQUES |
El otro gran cartógrafo mallorquín fue Guillermo Soler, que firmó una carta náutica en 1380, y otra náutico-geográfica de 1385. Este hecho significa que por primera vez un mismo un mismo cartógrafo representó los dos estilos mallorquines, como más tarde hicieron Valseca y Rosell.
La estima general que en el reino de Aragón alcanzaron las cartas náuticas, sobrepasó el marco de su uso científico-náutico, para ser apreciadas y conservadas por gentes cultas. La más importante de las referencias sobre este hecho es la correspondencia entre los reyes de Francia y Aragón, alrededor de la carta de los Cresques, destinada a Carlos V, o las referencias que Bofarull hizo sobre seis cartas existentes en la librería del rey Martín a comienzos del siglo XV.
A comienzos del siglo XV, la cartografía mallorquina prosiguió su evolución. La carta de Mecía de Viladestes de 1413, conservada en la Biblioteca Nacional de París, muestra un gran esplendor gráfico, pero el oro y las finas miniaturas no hacen decaer su precisión geográfica. Este cartógrafo trabajará todavía en 1423, y las referencias de otras dos cartas de 1420 y 1457 son inseguras y pueden referirse quizá a las mismas anteriores. Otro miembro de su familia, Johanes de Viladestes, compuso en 1428 la carta que actualmente se conserva en el Topüapü Sarayi Katufané de Estambul.
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| PORULANO DE MECÍA DE VILADESTES |
La labor de los Viladestes fue continuada por Gabriel Vallseca, que, al igual que Soler, cultivó los dos estilos mallorquines. Su monumental carta náutico-geográfica de 1439 está conservada en la Biblioteca General de Barcelona, en contraposición a su sobria carta de 1447, custodiada en la Biblioteca Nacional de París. Una leyenda dice que fue adquirida por Americo Vespucci por 130 ducados de oro.
La carta está construida con nueve meridianos abiertos al sur y seis paralelos perpendiculares a los meridianos y orientados este-oeste. Contiene dieciséis rosas de los vientos o rumbos simétricos trazados desde la rosa central, que le dan el carácter y sello de proyección plana.
Una característica es la ausencia absoluta, en la parte que representa el mar, de toda figura, alegoría y adornos que acostumbraban a poner los cartógrafos desde la Antigüedad, incluido sus compañeros de escuela. Este rasgo, unido a la profusión de nombres y detalles de la costa, demuestra que la carta estaba ejecutada para la navegación y usos expresos de los mercantes, es decir, para sus arrumbamientos y derrotas estimadas, que eran las únicas que podían trazarse en esta época.
Existe además otra carta firmada por Vallseca en 1449, actualmente se mantiene en el Archivo de Estado de Florencia. En la Biblioteca Nacional de París se conserva un pequeño fragmento de carta náutica en el que aparece únicamente representado el ángulo sur-este del Mediterráneo, es decir, parte de Palestina y Egipto, que podría pertenecer a Valseca.
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| PORTULANO DE GABRIEL VALLSECA |
A mediados del siglo XV, muchos cartógrafos mallorquines comenzaron a dispersarse. Los que continuaron en la isla balear, junto a otros que llegaron, pudieron mantener la tradición científica. Pero, a partir del siglo XVI, se advertía una decadencia de esta escuela.
Durante esta época dos reputados cartógrafos genoveses Francisco y Batista Becario trabajaron en la Escuela cartográfica mallorquina. Las dos únicas cartas localizadas de Batista Becario datan de 1426 y 1435, y se conservan en el Museo Nacional de Múnich y en la Biblioteca de Palma de Mallorca.
Surgía en este tiempo en Barcelona la figura de Petrus Rosell, de clara influencia mallorquina, como quedó patente en las múltiples cartas por él firmadas.
Cuando el rey Juan II de Portugal creó la famosa Junta de Matemáticas, en el siglo XV, los datos de su manual se obtuvieron con las tablas expuestas en su Almanaque perpetuo por Zacuto, hispano-judío de Salamanca, que lo había escrito entre 1473 y 1478.
Y ya en el siglo XVI, el máximo representante fue el mallorquín Mateo Prunes, con su mapa de 1553 en el que aparece la isla fantasma de Fixland. Otras dos cartas náuticas suyas han desaparecido: la de 1594 de la Biblioteca Trivulziana de Milán fue destruida durante la Segunda Guerra Mundial, y otra que menciona el libro La cartografía mallorquina fue expoliada de la Abadía Cava Tirreni. Su hijo o nieto Vicente Prunes continuó la tradición familiar con una carta de 1597 y un atlas de 1600.








