Un territorio que quedaba por explorar en la región de América del sur a finales del siglo XIX era la del parque natural del Chaco, una extensa área entre Argentina, Paragua y Bolivia.
En 1897, el expedicionario y militar Pedro Enrique de Ibarreta intentó atravesar el Chaco a través del río Pilcomayo con el objetivo de establecer un itinerario navegable desde el lago Poopó en la cordillera de los Andes hasta su desembocadura en el río Paraguay, del cual es afluente, abriendo una estratégica vía de comunicación de la encerrada Bolivia con el exterior.
Aunque Ibarreta murió durante la marcha, parte de la expedición consiguió llegar desde Colonia Crevaux, una villa al sureste de Bolivia y fronteriza con Paraguay y Argentina, en el actual departamento de Torija, hasta Asunción, capital de Paraguay. Fue una avanzadilla de la exploración en tierras inhóspitas y una proeza para la época.
Pedro Enrique de Ibarreta y Uhagón nació en 1859, en Bilbao, perteneciente a la alta burguesía comercial y aristocracia de dicha ciudad. Una de sus hermanas fue dama de honor de la reina María Cristina. Su familia tuvo que huir de esta ciudad ante el asedio al que sometió el Ejército tradicionalista durante la III Guerra Carlista.
En 1878, obtuvo plaza en la Academia Militar de Ingenieros de Guadalajara, donde se destacó por su clara inteligencia y sus condiciones naturales de líder entre sus condiscípulos. Abandonó estos estudios dos años después a causa de un duelo a pistola. Posteriormente, trabajó con su padre en la construcción del ferrocarril de vía estrecha de Durango a Bilbao.
En 1833, emigró a Argentina para emprender negocios. Tras su paso por Buenos Aires y Rosario, se estableció en Córdoba como vicecónsul de España y graduándose como ingeniero geógrafo. Allí fue entablando relaciones comerciales y políticas con altos cargos de la administración y la economía, como por ejemplo el general Mitre o el banquero Carlos Casado del Alisal, el cual era asesor del presidente Avellaneda. Este rico terrateniente era propietario de una concesión de unos 90.000 kilómetros cuadrados al norte de Argentina, en el Chaco santafecino, la mayor parte de ella territorio inexplorado. En uno de estos terrenos de 100 leguas, propiedad de Carlos Casado, trabajó como ingeniero geógrafo.
Casado necesitaba alguien que lo explorase, para poder desarrollarlo y confió en Ibarreta para realizar una expedición a la región del Chaco. El Chaco era una región selvática extendida entre Argentina, Bolivia y Paraguay, englobados en la provincia de Santa Fe.
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| PEDRO IBARRETA |
A finales de 1887, Ibarreta se internó en el Chaco sur o Gualamba, que se extiende al sur del río Pilcomayo, con la misión de hacer las mediciones de este a oeste de las tierras de Carlos Casado. La expedición contaba con la participación de un socio, el ingeniero Joaquín de Posadillo, y un grupo de expedicionarios.
Cumplió con su misión, pero seducido por la inmensidad del territorio, cruzó de este a oeste el Chaco junto con todo su grupo de expedición. La hazaña duró ocho meses, hasta que llegaron a Fortín Tostado, en la línea en proyecto con el ferrocarril a Tucumán y a 325 kilómetros al noroeste de la ciudad de Santa Fe. En esta última ciudad, capital de la provincia del mismo nombre, surgieron especulaciones sobre la desaparición de la expedición. Se les consideró muertos, se celebraron funerales en Argentina y se comunicó el fallecimiento a su familia en España. Al poco tiempo, aparecieron los integrantes de la expedición al Chaco "medio comidos por los mosquitos de aquella región y extenuados por la fatiga y el hambre y la sed".
En 1893, en emprendió otra exploración en búsqueda de unos yacimientos auríferos al norte de Puerto Casado, situado entre el alto Paraguay y la frontera con Brasil, del que había recibido informaciones de algunos indígenas. Esta ciudad había sido fundad por Carlos Casado y que hoy recibe el nombre de Santa Victoria, junto al río Pilcomayo, y muy cerca de la frontera con Paraguay y Bolivia. Funcionaba como centro comercial para la explotación del quebracho, árbol cuya madera es muy dura y muy apreciada para el curtido de pieles.
La expedición estuvo formada por dos amigos españoles y un guía local, resultando un desastre desde el comienzo. Al cruzar un río uno de sus acompañantes murió ahogado, las provisiones fueron llevadas por la corriente junto a la mula de arrastre, el guía desertó, e Ibarreta enfermó por las picaduras de mosquitos. Finalmente, fueron rescatados por una barca a vapor de una compañía que operaba en Puerto Deseado, y que los condujo de vuelta a la ciudad de partida en pésimo estado físico.
Ibarreta regresó a España para encargarse de la herencia de su padres tras la defunción. Al poco, en 1985, se presentó como voluntario irregular en el Ejército de Martínez Campos para someter a las fuerzas insurgentes que se había sublevado durante la Guerra de Cuba.
Durante un año y medio, combatió bajo las órdenes de los generales Echagüe y García Navarro y el jefe de guerrilleros Lolo Benítez, participando en numerosas acciones bélicas. Por su heroico comportamiento ascendió al grado de oficial y condecorado con la cruz de María Cristina y la medalla al Mérito Militar de 1ª clase con distintivo rojo.
En 1897, regresó de nuevo a la España peninsular, desde donde organizó la expedición al río Pilcomayo. También llamado Paraguay, es un río de 1.590 kilómetros de largo, cuyo origen está en el lago Poopó, situada en el altiplano de Bolivia, atraviesa Argentina y Paraguay y sirve de frontera entre estos dos Estados. Su curso es sinuoso y peligroso, lleno de pantanos y humedales, y en su parte final se abre en viarios brazos, que desembocan en el río Paraguay, a la altura de la capital Asunción.
A lo largo de toda la historia virreinal, se organizaron varias expediciones que remontasen el curso del río, y tas iniciar su travesía desistían y regresaban a Asunción. Varias causas hicieron inexplorable las tierras de su ribera: la dificultad del terreno, la mala agricultura, la presencia de indios hostiles, la aparición de enfermedades, y dificultad para remontar el curso.
El pionero fue el navegante y cosmógrafo italiano Sebastián Caboto, en 1527, al servicio del Consejo de Indias. Dos décadas después, en 1545, el colonizador de la actual Paragua y del oriente de Bolivia, Ñuflo de Chaves, trató de remontarlo, pero desistió ante las dificultades y la resistencia de los indios. El primero en cruzarlo fue el capitán Andrés Manzo, rival de Chávez, pero toda su expedición murió en el intento.
La independencia de las repúblicas sudamericanas convirtió en necesidad la delimitación de las nuevas fronteras estatales y surgieron nuevas expediciones. Las dos primeras fueron bolivianas, realizadas sin éxito, por el general Manuel Rodríguez Magariños, en 1843, y por el holandés Enric Van Nivel, al año siguiente. El escarceo del comandante Río también fracasó en 1863.
En 1870, la expedición paraguaya al mando del francés André Porraz solo consiguió remontar unas cincuenta leguas del río. En 1875, lo intentó el gobernador del Chaco argentino, Uriburu, que sufrió tantos infortunios que su expedición duró unos días. Y, en 1878, el intento de Luis Bernet.
En 1882, el médico francés Jules Nicolás Crevaux y veintidós compañeros fueron masacrados por los indios Tobas y Chorotis. Aquella matanza conmocionó a Sudamérica, por ello Bolivia organizó una expedición de castigo que acabó a su vez en desastres. Un año antes, el gobernador boliviano organizó otra columna punitiva, formada por unos setenta soldados, de los cuales diez supervivientes regresaron a Asunción seis meses después. En 1890, el oficial de la Armada de los Estados Unidos, John Page, perdió la vida intentando recorrer aquel río.
Todas las expediciones que se organizaban terminaban derrotadas de vuelta al lugar de partida o trágicas ante las pérdidas de sus participantes. Pedro Ibarreta estaba dispuesto a romper con esta maldición y ser el primero en recorrerlo y explorarlo hasta el final.
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| INDIOS TOBAS DEL PILCOMAYO Y JULES NICOLÁS CREVAUX |
En 1897, estaba en Argentina, desde donde partió hacia Bolivia para realizar la definitiva expedición al río Pilcomayo y encontrar algún yacimiento de oro. En enero de 1898, estaba en La Paz, la capital de Bolivia, intentando conseguir financiación para la expedición.
Su plan fue propuesto al gobierno del presidente Alonso: establecer un itinerario navegable desde el lago Poopó hasta la desembocadura de Pilcomayo en el río del Paraguay, del cual es afluente, abriendo una estratégica puerta de comunicación de la encerrada Bolivia con el exterior. El ejecutivo boliviano denegó la propuesta ante los fracasados antecedentes e intentó convencer de Ibarreta de su intento. Pero finalmente, mantuvo bajo su presupuesto la organización de la expedición, mientras que el Estado boliviano permitió el tránsito legal por el territorio. Así mismo, si Ibarreta cumplía con su objetivo, el Estado le entregaría grandes extensiones de territorio boliviano.
Para efectuar el recorrido fluvial, Ibarreta construyó un par de embarcaciones de tipo chalanas, achatadas de proa sin quilla, con borda alta y con troneras, para protegerse así de las flechas. Estas embarcaciones tenían seis metros de largo, estaban construidas de madera delgada pero fuerte, forradas con cuero crudo y navegarían sujetas la popa de la primera con la proa de la segunda. Sobre cada una de ellas, corría un armazón de hierro para la colocación de un toldo para protegerse del sol y especialmente de la vista de los aborígenes en caso de ataque. La primera de ellas tenía un castillete a proa para la ubicación de un vigía. Completaba el ingenioso trabajo un pequeño bote remolcado por la segunda chalana.
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| IBARRETA EN UNA CHALANA SOBRE EL PILCOMAYO |
La sede organizativa de la expedición fue Colonia Crevaux, una villa al sureste de Bolivia y fronteriza con Paraguay y Argentina, en el actual departamento de Torija. Su nombre es un homenaje al expedicionario Crevaux, quien murió quince años antes en estas tierras por un ataque de los indios Tobas.
Desde aquel enclave en pleno corazón del parque natural de El Chaco se construyeron las chalanas y se contrataron a los expedicionarios, que fueron advertidos de los riesgos que implicaba esta misión y que serían recompensados si se lograba el objetivo. Tomaron parte el español Beltrán Martín, los argentinos Tomás Moyano, Florentino Leiva, Telésforo Burgos y Belisario Antolín, y los bolivianos Eloy Rivera, Ceferino Aya, José Sánchez, Rómulo Giráldez, y un menor de edad huérfano Manuel Díaz. Algunos de ellos tenían experiencia, pues habían trabajado en la comisión de Límites Argentino-Boliviana.
Llevaban útiles de pesca, instrumental científico, vajilla, cuerdas, machetes, hachas, brújula, un teodolito, mercadería para cambiar con los indios y víveres para dos meses. Entre las armas, portaban doce carabinas Winchester con 2.750 balas, tres escopetas con mil cartuchos y pólvora y perdigón para recargar, ya que la caza era vital para asegurar la alimentación del grupo. Además, disponían de 30 granadas de mano diseñadas por el propio Ibarreta y doscientos cartuchos de dinamita, para abrirse paso por esa naturaleza hostil.
El 22 de mayo de 1898, la expedición partió en ambas embarcaciones a través del río Pilcomayo en dirección sur, hacia su desembocadura. Días después envío cartas informado de la expedición a diversos destinatarios. Una de las cartas estaba dirigida a su amigo Juan J. Gutiérrez, y decía:
"Hoy mismo me embarco, Alea Jacta Est. Marchoen la peor época del año por ser la seca en estos climas y porque todas las indiadas se acercan al río para vivir de la pesca... de los serios ataques a los que estamos expuestos no queda otro remedio que aumentar la vigilancia y, cuando el caso llegue, pelear como buenos: Yo como español."
Al poco de partir, se incorporaron dos indígenas de la tribu de los Mansos, Rosa y Cochona, que pretendían comerciar con la Colonia Crevaux, los cuales servirían como interpretes con otros indios y guías del territorio.
Durante el día remaban para tratar de recorrer la mayor distancia posible, y al anochecer dejaban que la corriente los empujase hasta que encontraban un fondeadero adecuado. Era la forma más segura de pernoctar sin ser sorprendido por alguna tribu hostil, pero en ocasiones también se dormían en tierra, tras una minuciosa exploración.
En el sexto día, Ibarreta tuvo que detonar un tapón de ramas y rocas que impedían en tránsito fluvial a las embarcaciones. Tras abrirse paso, encontraron a un grupo de unos 200 indios de la tribu de los Chortís, que se concentraron desde ambas orillas sin intención de atacar. Pero dos indios Mansos que llevaban no se fiaron de sus intenciones y aconsejaron a Ibarreta no arribar y mantenerse por el medio del cauce.
Cada tramo de río que estaba poblado le sucedía otro deshabitado, y esto indicaba que estaban atravesando un territorio fronterizo entre dos tribus enemigas. Estos sucedió al noveno día, cuando llegaron a un poblado habitado por unos 2.000 indios hostiles con pintura de guerra. Para evitar el enfrentamiento y mantenerlos a distancia, Ibarreta hizo estallar un par de granadas en el río.
La siguiente tribu a esa resultó ser la de Rosa y Cochona, que dejaron la chalana y desembarcaron en su territorio. Los expedicionarios, bien recibidos, aprovecharon para hacer algunas reparaciones, antes de proseguir río abajo.
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| EXPEDICIONRIOS DEL RÍO PILCOMAYO |
Dos días después de dejar a las indias, llegaron a un tramo difícil de rápidos y dos cataratas. Eran los rápidos del padre Patiño, lo que les indicaba que estaban en territorio argentino. Llevaba ese nombre en memoria del sacerdote que fue asesinado allí. Se trata de una cascada de cinco metros de altura de caída casi vertical, el agua se deslizaba por una meseta de unos ochenta a cien metros y luego un nuevo salto de dos metros y medio.
La situación era difícil, Ibarreta descartó la idea de transportar por tierra las embarcaciones y equipo, pues para lograrlo deberían hacer picadas en el monte a ambas márgenes del río. Para sortear la caída de agua construyó una especie de andamiaje sobre la cascada con árboles cercanos, por el que audazmente y en compañía del niño Manuel Díaz, se lanzó con la primera chalana, que logró detener casi sobre el segundo salto. Con esta experiencia exitosa pasaron la segunda embarcación y el salto más pequeño les costó menos esfuerzo.
El 14 de julio habían atravesado aquel tramo de rápidos; en toda esta operación demoraron seis o siete días, veintiocho días después de la partida de San Antonio. Aunque reanudaron la marcha, esta fue cada vez más penosa por las características cambiantes del río. El río perdía cada vez más caudal, por ser estación seca, y obligaba a sondear de continuo, para evitar el peligro de embarrancamiento. Era una forma de navegar lenta y muy trabajosa que les llevó los meses de julio y agosto.
El 2 de agosto celebraron el cuarenta cumpleaños de Ibarreta con los restos de anís. Los víveres empezaban a escasear.
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| CARTOGRAFÍA DEL BAJO PILCOMAYO |
A mediados de agosto, llegaron a los llamados Esteros de Patiño, que eran unos humedales extensos, cubiertos de la planta de totora. Tan tupida era la vegetación que los exploradores tuvieron que abrirse paso trabajosamente a golpe de machete, con el agua a la altura del pecho y bajo un sol abrasador. Tan bajo estaba el nivel del río que la navegación se hizo imposible, escondieron las chalanas y acamparon. La zona presentaba escasa navegabilidad y con los víveres agotados, debieron alimentarse con un viejo caballo comprado a unos indios y uno de los dos perros que llevaban.
El 12 de octubre, tomaron la decisión de dividir la expedición, debido a la situación tan crítica que sufrían. Ibarreta, el peón Telésforo Burgos, enfermo de fiebres reumáticas contraídas al trabajar en el agua, y el huérfano Manuel Díaz, demasiado joven para continuar el viaje, esperarían en un improvisado campamento ubicado en 23º 30' de latitud sur. Se quedaron con el instrumento científico, un Winchester, mil balas, café, té y media arroba de sal.
La causa fue que Ibarreta no estaba dispuesto a renunciar a la empresa y creía poder sobrevivir un año hasta la llegada de ayuda desde alguna ciudad de Argentina o Boliviana, y seguir entonces el río abajo. Les recordó que la expedición al río Pilcomayo podía considerarse exitosa, pues nadie había recorrido antes lugares tan lejanos y desconocidos para el hombre blanco.
El resto de la expedición partió al mando de Beltrán Martín para tratar de llegar caminando hasta la ciudad de Formosa o de Asunción. Llevaban las cartas y telegramas para despachar desde Formosa, un par de mapas con el itinerario a seguir, una brújula de bolsillo, una libreta para el registro diario del recorrido, accidentes geográficos, etc. Continuaron la marcha siguiendo en la dirección indicada durante varios días, pero la dificultad del terreno formado por esteros y pajonales y la escasez de caza les hizo poner rumbo al sudeste.
El agotamiento por los trabajos y la sinuosa caminata, las enfermedades que fueron contrayendo y la debilidad por la falta de alimento hicieron que los expedicionarios fueran cayeran uno tras otro. El primero en fallecer fue Beltrán Martín al octavo día de marcha que, enfermó de reúma, no pudo proseguir y quedó bajo la compañía del peón José Sánchez.
Los demás continuaron la marcha penosamente, hasta llegar al río Pilcomayo. Construyeron una balsa de troncos para dejarse llevar por la corriente, esta zozobró perdiendo todo el equipo en el agua. Vadearon el río, que no era profundo, del otro lado del río vieron huellas de caballos, las siguieron pero al poco tiempo se perdieron por las características del terreno.
El siguiente en caer fue Tomás Moyano, muerto repentinamente por el hambre y la sed. Este fue seguido de Eloy Rivera, que tuvo tiempo de entregar un testamento, antes de quedarse bajo un árbol, a esperar la muerte. Florentino Leiva se pone al mando de la expedición. Días después caían Ceferino Ayala y Belisario Antolín. Solo el argentino Leiva, de cuarenta años de edad, y el soldado boliviano Rómulo Giráldes, de veinte, lograron salir del empeño con vida, comiendo raíces o algún animal. Más tarde se averiguaría que, en su vagar por la selva, habían estado muy cerca de Asunción, la capital de Uruguay.
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| EXPEDICIÓN DE PEDRO IBARRETA AL RÍO PILCOMAYO |
El 29 de noviembre, casi a tres meses de marcha, encontraron a dos indios mansos, que entendían algo de castellano. Consiguieron de ellos su hospitalidad, saciar el hambre y la sed durante doce días.
El 11 de diciembre, arribar a una misión anglicana donde fueron atendidos y les dieron ropas. Los misioneros los condujeron en sus carretas hasta Villa Concepción, su fuente de abastecimiento, desde donde embarcaron en un vapor a Asunción, y desde allí hasta Formosa. Fueron recibidos por el gobernador Uriburu, quien impresionado por el relato de los sobrevivientes Leiva y Giráldez ordenó que los internaran en el Hospital Militar en donde fueron asistidos.
Cerca del campamento de Ibarreta se encontraba una toldería de los indios pilagás gobernada por el cacique Cubataga. Los indios se ganaron la confianza de Ibarreta y le convencieron para que visitase unas plantaciones que tenía cerca de su campamento. El vizcaíno olvidó las advertencias de los indios mansos. Pero una tarde dos de los hijos de Cubataga se acercaron a Ibarreta, mientras uno trataba de entretenerle venderle una oveja, el otro se acercó por detrás y lo degolló a golpes de macana. Después degollaron a Díaz y a Burgos, y saquearon el campamento. Este fue el relato descrito por los indios tobas a José Fernández Cancio, comerciante de Clorinda y gran amigo de los indios.
La noticia de la muerte de Ibarreta y el resto de expedicionarios causó sensación en Argentina, y tras algún intento fallido, se pudo recuperar sus restos en 1900 y darles sepultura en el cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires. Hoy en día existe al norte de Argentina un pueblo que lleva su apellido, Ibarreta.
Tras tres meses de navegación, el resultado de la expedición fue llegar a Esteros de Patiño, donde el Pilcomayo se enfanga y es imposible continuar por agua. Nadie había llegado tan lejos.













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