ARBITRISMO POLÍTICO-ECONÓMICO


El Arbitrismo es un movimiento de pensamiento político y económico surgido durante la segunda mitad del siglo XVI y desarrollado hasta finales del siglo XVIII con el objetivo de aumentar los ingresos monetarios y reducir la presión financiera de la Monarquía española. Basada en planes tendentes a diagnosticar y solucionar la decadencia económica que sufría el Imperio, estuvo relacionado con la Escuela económica de Salamanca. Supuso la aparición de la primera literatura económica, precedente del Mercantilismo de otras naciones europeas, como Francia e Inglaterra.

Sus principales tratadistas políticos y económicos del nivel de Sancho de Moncada, Luis Ortiz, Tomás de Mercado, Martín González de Cellorigo, Luis Valle de la Cerda, Melchor Gaspar de Jovellanos o Jerónimo de Uztáriz.

ARBITRISMO POLÍTICO-ECONÓMICO

Se denominaba "arbitrio" a la toma de decisiones que la Monarquía adoptó para su propio beneficio en ejercicio de su soberanía y bajo su autoridad, tan típico de la época de los Habsburgo. En la práctica, el Arbitrismo fue el estudio de la decadencia económica española de la época, y los remedios para superarla.

En plural, "arbitrios" era un nombre que se daba a ciertos impuestos que captaban fondos para gastos públicos. El término arbitrio se encontraba ya en las actas de Cortes de 1558. En ellas figura la preparación de "diversos arbitrios para aumentar las rentas públicas".

En definitiva, los arbitrios trataban de enjuagar dentro de lo posible la carestía de la Real Hacienda tras la muerte aquel año del emperador Carlos V, gravemente endeudado con los prestamistas europeos que financiaban a la Corona española sus inacabables guerras mediante elevados intereses. Además, las nupcias del rey ascendente Felipe II con Isabel de Valois contraían más necesidades de financiación.

Este tipo de arbitrios consistían en transacciones comerciales basados en la venta de oficios públicos, títulos de hidalguía, dignidades eclesiásticas, tierras baldías, entre otras.

Mientras tanto, la Corona trató de adquirir avisos y memoriales que propusieran soluciones contra la falta de financiación del Estado, cuyo resultado tuvo un gran éxito de participación. Los economistas fueron los primeros que apreciaron la decadencia histórica que arrastraba la Monarquía.

Aparecía, entonces, la figura del arbitrista o memorialista que era aquella persona que exponía ante la Corte un plan político, económico o social de carácter reformista, es decir un arbitrio. En el siglo XVIII, el Diccionario de Autores recogió este concepto, definiéndolo como el que "discurre y propone medios para acrecentar el erario público, o las ventas del príncipe".

El memorando o real arbitrio podía ser atendido o rechazado tras previo análisis por una Comisión o Junta sin recurso posible por parte de su autor, hasta llegar a manos de los Consejos Reales. El solucionador exponía su memorial con una retórica típica de fiel vasallo a su majestad, aunque hay casos en los que intentan sacar provecho particular a su propuesta.

TERRITORIOS DE CARLOS V

En la década de 1560, las necesidades de liquidez aumentaron, ya que la Corte se trasladó a Madrid y la Guerra de Flandes se recrudecía, con la consecuente propuesta del uso de arbitrios para encontrar posibles soluciones. En 1588, se producía el desastre de la Real Felicísima Armada en la expedición de asalto a Inglaterra. Los memoriales fueron cada vez más abundantes y los visionarios fueron creciendo en cantidad y en calidad.

En torno a 1595, aparecieron los expedientes más importantes, redactados por profesores de la Universidad de Salamanca, aunque también provienen de Valladolid y Toledo entre otras ciudades. Se trataba de un grupo de teólogos y juristas que terminarían estableciendo las bases de la economía moderna en el siglo XVIII.

Las figuras más importantes de esta escuela de pensamiento fueron Luis Ortiz, Sancho de Moncada, Tomás de Mercado, Martín González de Cellorigo, Luis Valle de la Cerda, Pedro Fernández de Navarrete, Jerónimo de Cevallos, Mateo López Bravo, Andrés Velasco, Gaspar Gutiérrez y fray Benito de Peñalosa, entre muchos otros. Supieron reconocer los problemas y presentar algunas soluciones lúcidas y racionales. Aunque en la mayoría de ellos su visión se vió limitada por el hecho de reducir los problemas económicos a un solo factor, como es propio de la fase mercantilista de la historia del pensamiento económico: la inflación provocada por la llegada de metales preciosos desde América y la exportación a Europa. También trataron otros factores de carácter productivo: la austeridad en el gasto, la elaboración de productos manufacturados en lugar de exportar las materias primas, el aumento de la productividad, o el fomento del crecimiento demográfico.

retrato felipe habsbrugo anjou corte imperio español
FELIPE II Y FELIPE III

Los arbitristas de Salamanca habían heredado del Medievo una doctrina que consideraba que la usura era inmoral y que, por tanto, el préstamo con intereses también era inmoral. La Escuela económica de Salamanca desarrolló el primer movimiento de análisis macroeconómicos desde un punto de vista moral. Aquel pensamiento se vino abajo. Además, la llegada a Castilla de grandes remesas de metales preciosos provenientes de América generó una enorme inflación, y el surgimiento de las nuevas doctrinas mercantilistas basadas en el proteccionismo e intervencionismo regio en la actividad económica propiciaron la revisión de los modelos tradicionales. Los escolásticos de Salamsnca declararon a la moneda del vellón o Real de a ocho como inmoral y defraudatoria.

Uno de los primeros grandes arbitristas en analizar estos problemas monetarios y en aportar soluciones fue el burgalés Luis Ortiz, considerado como uno de los grandes precursores del Mercantilismo. Era un contador de Hacienda que expuso en 1558 su Memorial al Rey para que no salgan dineros de España, tras la bancarrota de los Austrias.

Este real arbitrio consideraba que la estabilización de los precios se basaba en el mantenimiento del oro de América en Castilla y, para tal fin, aprobaba un plan para el fomento de los recursos. Al error de exportar materias primas e importar manufacturas pagadas con las reservas de oro americano planteó la solución de la elaboración de productos manufacturados a cambio de exportar únicamente las materias primas.

Intuyó el concepto de estructura económica y de forma consecuente propuso una batería de medidas urgentes que hubiera podido sacar al reino de la crisis como la retirada de todo tipo de ocio, el aumento de la productividad y el estímulo del trabajo frente a la holganza del sector nobiliario, la supresión de las aduanas existentes entre los diversos reinos hispanos, la desamortización de los bienes de la iglesia, el fomento del crecimiento demográfico rural, la extensión de cultivos de regadíos, una repoblación forestal y una reforma fiscal. Desde un punto de vista moral, Ortiz consideraba que era lícito el enriquecimiento personal con proyección social.

RUTAS COMERCIALES DEL IMPERIO ESPAÑOL CON FELIPE II

En 1569, un profesor de la Escuela económica de Salamanca llamado Tomás de Mercado, teólogo y moralista, publicó Suma de tratos y contratos de mercaderes y tratantes. Reeditada dos años más tarde, describió los usos mercantiles de la época en Sevilla y Medina del Campo. Hizo una reflexión sobre el cobro de intereses en los préstamos y lo justificó desde un punto de vista ético frente a la interpretación restrictiva de la Iglesia católica, que lo definía como usura. Mercado hizo distinción entre el valor de uso de la moneda y el valor social, otorgando gran importancia a la estimación de la moneda, lo que los economistas actuales llaman poder adquisitivo.

También sentó las bases de la Teoría Cuantitativa del Dinero a partir de la tradición de la Escuela de Salamanca, en especial en lo relacionado a la circulación internacional de divisas. Observando la gran subida de los precios y la mayor circulación monetaria, concluyó con que el aumento de los precios se producía por tres razones: el tirón generado por la exportación sobre la demanda de productos locales, el recargo impuesto por la necesidad de financiar los envíos y la repercusión de la carestía europea sobre la americana.

La óptica teológica sobre las actividades económicas siguió siendo una fuente de producción literaria importante a principios del siglo XVII, como fue el caso del De monetae mutatione, una de las partes del Tractatus septem del padre Juan de Mariana. Escrita en Colonia, en 1609, fue denunciado por las alusiones a los ministros que modificaron el peso de la moneda y le causó un ingreso en la cárcel.

SIETE TRATADOS POR JUAN DE MARIANA Y MEMORIAL DE LA POLÍTICA POR GONZÁLEZ DE CEROLLIGO

Pero antes de cambiar de siglo, un abogado de la Real Chancillería de Valladolid, Martín González de Cellorigo, proyectó las nuevas doctrinas sobre la sociedad de su tiempo y dejó esta observación inquietante en un tiempo de crisis profunda. Cellorigo consideraba que:
"No sería fácil superar la decadencia que llega mientras abunden los ávidos de lujo, los acumuladores de metales preciosos para su propia riqueza, los pícaros y los especuladores."

Fue requerido por el rey Felipe II en 1597, para elaborar un memorial. Tras la muerte del monarca, en 1600, Cellorigo presentó en Valladolid al nuevo rey Felipe III su principal obra, Memorial de la política necesaria y útil restauración de España y estados de ella, y desempeño universal de estos reinos, convirtiéndose en su arbitrista personal.

Continuando el cuantitativismo monetario de la Escuela de Salamanca, manifiesto su repulsa ante la pasión del oro y de la plata desatada por sus compatriotas. Señaló que la inflación provocada por la llegada de metales americanos era la principal causa de los males del reino, ya que el dinero en circulación debía limitarse a la cantidad de transacciones producidas.

Desaprobaba con rotundidad la industria extractora de metales preciosos desde los Virreinatos (Zacatecas en México y Potosí en Perú), no por cuestiones de conciencia moral, sino por ser la causa del desastre económico que había conllevado la acumulación de monedas y metales. Frase suya es:
"El mucho dinero no sustenta a los Estados, ni está en él su riqueza. En buena política la cantidad de dinero no sube ni baja la riqueza de un reino, y el mucho dinero sube las rentas e impuestos, las mercancías y contratos. La verdadera riqueza no consiste en mucho oro y plata."

Cerolligo promovió el trabajo y la industria, ya que estaba convencido de que la riqueza sólo crece "por la natural y artificial industria" y, por tanto, las operaciones especulativas y los privilegios administrativos empobrecían al reino generando el abandono de los oficios y las actividades productivas. La creencia de que los economistas españoles y portugueses de esta época propusieron conservar los metales preciosos (bullonismo) ha sido pues una opinión sin fundamento.

Al entrar en el siglo XVII, la crisis se agudizó todavía más y ya era de toda índole: demográfica, económica, financiera y política. Si con el exceso de gasto de la administración española, la austera y prudente Corte de Felipe II suspendió pagos en 1596, con la ostentación y el derroche de la Corte de su hijo, Felipe III, y con la corrupción de su valido, el Duque de Lerma, se acentuó aún más la decadencia.

RIQUEZA FORME Y ESTABLE POR SANCHO DE MONCADA Y DESEMPEÑO DEL PATRIMONIO POR LUIS VALLE DE LA CERDA

El representante más destacado del pensamiento económico español del siglo XVII posiblemente sea Sancho de Moncada. Puede considerarse igualmente ligado a la Escuela de Salamanca y fundador de la economía política. En 1619, elaboró unos Discursos, precedidos un año antes por una Suma de ocho discursos.

Profundizó en la Teoría Cuantitativa del Dinero y representó el más completo modelo español de Mercantilismo. En sus discursos señalaba las debilidades de la economía española, la penuria hacendística y la invasión de productos extranjeros, y denunció que el reino se había convertido en un deudor de las potencias enemigas. Su solución fue proponer un severo Proteccionismo de corte mercantilista, supervisado por la Inquisición. Además, había que promocionar la industria, como propondría más tarde Colbert en Francia.

Su obra Discursos gozó de gran prestigio en Europa y fue fuente de inspiración de la rama científica de la literatura arbitrista. Fue asumida por los grandes ilustrados del siglo XVIII, en el que se reeditó como Restauración política de España.

Su libro explica como la causa de la decadencia española se debió a la importación de metales preciosos, que hizo elevar los precios de las manufacturas, por lo que de economía de exportación se pasó a economía de importación.

Defendió la nacionalización de la vida económica y política, consideraba que los problemas económicos sólo son eficaces si se ejecutan desde el punto de vista del Estado, pues sólo las economías nacionales son unidades económicas autónomas. Entre sus propuestas a tomar estaban: no sacar materias primas, prohibir la entrada de manufacturas extranjeras, nacionalizar la industria y el comercio, desarraigar el fraude y la ineficacia, reducir las alcabalas a un impuesto único sobre los cereales y que el producto de las rentas no estuviese en manos de prestamistas extranjeros.

Los escritores del siglo XVIII le consideraron padre de los economistas españoles, y José Luis Sureda llegó a decir que se adelantó en 70 años a Leibnitz.

tratados políticos barroco alcázar arriaza remedio españa discurso amparo herrera
DISCURSO DEL AMPARO DE LOS POBRES POR PÉREZ DE HERRERA Y MEDIOS POLÍTICOS PARA EL REMEDIO DE ESPAÑA POR ALCÁZAR ARRIAZA

Luis Valle de la Cerda escribió en 1600 su obra Desempeño del patrimonio de Su Majestad y de los reinos, sin daño del Rey y vasallos, y con descanso y alivio de todos, por medio de los Erarios públicos y Montes de Piedad. Fue muy valorada por las Cortes que apoyaban esa iniciativa, y la reeditaron en 1618. Los Montes de Piedad eran una idea en cierto modo similar a los depósitos que ya funcionaban, como entidades de crédito de fundación municipal y almacenes de grano que prestaban a los campesinos.

La fundación del primer Monte de Piedad fue realizada en Madrid por el padre Piquer a comienzos del siglo XVIII, y a mediados del siglo XIX fue asociado con la Caja de Ahorros, fundada por el marqués de Pontejos. Estas instituciones financieras ya corresponden a un mundo protocapitalista, en el que también funcionaban otras importantes instituciones, como los Cinco Gremios Mayores o el Banco de San Carlos, precedente del Banco de España.

Los arbitristas siguieron debatiendo la decadencia económica del siglo XVII, con un pensamiento económico de carácter científico y muchas veces socialista, que sirvió de inspiración a los ilustrados del siglo XVIII. Otros arbitristas españoles, que fueron escritores de una no menos importante literatura económica fueron Antonio Serra, Pedro Fernández de Navarrete, Cristóbal Pérez Herrera, Mateo López Bravo, Antonio López de Vega, Miguel Caxa de Leruela, Francisco Martínez de Mata, José Penso de la Vega, Narcís Feliú de la Penya, Gil de Córdoba, Diego Ramírez, José Pellicer de Osan, Diego de Saavedra Fajardo, Miguel Álvarez Osorio y Redín, Luis Valle de la Cerda, Pedro Hurtado de Alcocer, Mateo Lisón y Biedma, Lope de Deza, Pedro López de Reyno, Melchor de Soria y Vera, Ángel Manrique, Jacinto Alcázar de Arriaza, Damián de Olivares y otros.

El economista Antonio Serra> no era español, sino napolitano, entonces súbdito de la misma Monarquía Católica de los Habsburgo. Se puede asociar el contexto histórico e intelectual del Arbitrismo castellano su obra Breve trattato delle cause che possono far abbondare li regni d’oro e d’argento dove non sono miniere, que escribió encarcelado en 1613. En él, atribuía la escasez de moneda en el Reino de Nápoles a un déficit en la balanza de pagos, término que definió con un completo análisis, rechazando la idea de que la escasez monetaria se debiera al tipo de cambio, y proponiendo como solución incentivos a las exportaciones. También parece que formuló un concepto similar a la ley de rendimientos decrecientes para la agricultura.

El militar y canónigo Pedro Fernández de Navarrete se inspiró en Cellorigo y Moncada para escribir en 1626 su Conservación de las monarquías. En ella expuso el tema de la decadencia en términos dramáticos, como una enfermedad gravísima pero no incurable. Es una obra de sesgo mercantilista que preconizaba el control de las importaciones y el fomento de las exportaciones, si bien no cayó en la trampa del bullonismo, porque entendía que la sobreabundancia de dinero es perniciosa si no hay bienes que puedan ser adquiridos. Para solucionarlo propuso el desarrollo de inversiones productivas, el incremento patrimonial y la promoción industrial. Por otra parte criticó el lujo y el desprecio a los oficios industriales y manuales por parte de la nobleza y la hidalguía de la España de su época.

CONSERVACIÓN DE MONARQUÍA POR FERNÁNDEZ DE NAVARRETE Y RESTAURACIÓN DE LA ABUNDANCIA POR CAXA DE LERUELA

Cristóbal Pérez de Herrera, militar, médico y filántropo, es autor del memorial En razón de muchas cosas tocantes al bien, propiedad, riqueza, futilidad de estos reinos y restauración de ellos, donde pretendía el fomento de la laboriosidad, el ahorro, la agricultura, la ganadería y la repoblación, factores que consideraba en crisis.

Mateo López Bravo en su tratado Del rey y de la razón de gobernar de 1616 propuso una política paternalista, que incluya la represión de la mendicidad y el fomento del trabajo como única fuente de riqueza.

Antonio López de Vega consideraba a la guerra como la causa de la decadencia en Heráclito y Demócrito de nuestro.

Miguel Caxa de Leruela publicó en 1631 Discurso sobre la principal causa y reparo de la necesidad común carestía general y despoblación de estos reinos, un estudio centrado en el lamentable estado de la agricultura como una de las principales causas de la despoblación y de la decadencia españolas, que amplió y reelaboró en Restauración de la antigua abundancia de España o Prestantísimo, único y fácil reparo de su carestía general.

Abogado y juez de profesión, defendió la protección de los ganados y la Mesta como rápida solución a la decadencia económica que soportó España en el primer tercio del siglo XVII. Su propuesta fue una nacionalización de los pastos y la concesión a cada campesino de un número suficiente de cabezas de ganado para que pueda mantenerse. Una especie de socialismo agrario fundado en la ganadería y asentado en una clase media de ganaderos, que pasaba de ser trashumante a ser estante. Valoró la importancia histórica de la lana, y sus escritos motivaron la Pragmática de Felipe IV en 1633, que reguló los arrendamientos de tierras, haciendo los contratos irrevocables y hereditarios, prohibiendo que fuesen labradas las tierras y limitando el número de ganados a pacer por hectárea. Criticó también la política exterior con las Indias y el nulo beneficio que había aportado el descubrimiento de América, pues la carestía había despoblado los campos, por lo que propuso la salida de religiosos y eclesiásticos de sus claustros y monasterios, para incorporarlos a los trabajos campesinos.

Más alejado del mundo intelectual de los arbitristas estuvo José Penso de la Vega, judío de origen español que en Ámsterdam reflexionó sobre la naciente Bolsa. Su obra más importantes fue Confusión de confusiones: diálogos curiosos entre un philosopho agudo, un mercader discreto, y un accionista erudito, describiendo el negocio de las acciones, su origen, su ethimología, su realidad, su juego, y su enredo, escrita en 1688.

La conciencia de la decadencia y la necesidad de políticas activas para remediarla estuvieron en la política económica del conde-duque de Olivares basado en reformas monetarias y fiscales, y en la creación de múltiples Juntas. Su fracaso contribuyó más al desprestigio de sus inspiradores teóricos en la mitad del siglo XVII.

BARCELONA, SIGLO XVII

En la Cataluña posterior a la revuelta de 1640, el Arbitrismo estuvo representado por Narcís Feliú de la Penya, quien escribió Político discurso a S. M. suplicando mande y procure impedir el sobrado trato y uso de algunas tropas extranjeras que acaban el comercio y pierden las artes en Cataluña, en 1681, y Fénix de Cataluña, en 1683.

No sólo planteaba reformas para el caso específico del Principado de Cataluña, sino el de todo el Reino de España, en el que aquél se hallaba económicamente integrado. Fue un proteccionista, partidario de fomentar la industria local, sobre la base de imitar los géneros extranjeros, y mediante ello restaurar y reavivar el comercio. También creyó necesaria la fundación de una compañía privilegiada de comercio monopolístico con América y con base en Cataluña.

El epigonismo arbitrista de los reinados de Felipe IV y Carlos II está representado por Francisco Martínez de Mata, quien cierra cronológicamente la serie de arbitristas españoles de este siglo. Mantuvo una postura similar a la de Pedro Fernández Navarrete en una de sus obras, rechaza que la abundancia de oro y plata sea la base de la riqueza de un país, y defiende que toda política de fomento exige el empleo de capitales bancarios, única forma de financiar el establecimiento de nuevas industrias, fomentar la agricultura y la ganadería, regular el comercio exterior y sanear la Hacienda. Se ocupó de la importancia del dinero, y en 1666 escribió Memoriales y Discursos, sobre la situación económica de España y sus posibles remedios.

A mediados del siglo XVII vivió en Andalucía, donde el problema social era angustioso. Por eso, fue recorriendo los pueblos pronunciando discursos en las plazas públicas, y llegó a ser denunciado a la municipalidad de Sevilla en 1660. Fue una especie de agitador social, defensor de un socialismo ingenuo, con alusiones a Tomás Moro y al cuerpo místico de Cristo, por lo que fue partidario de un capitalismo controlado, preocupado por la despoblación y el empeño de la Hacienda. Propuso incrementar la industria y el comercio, por lo que basó también la decadencia española en la importación de manufacturas extranjeras, proponiendo un sistema proteccionista, sin perder la independencia de los distintos sectores económicos.

PEDRO RODRÍGUEZ DE CAMPOMANES Y ZENÓN DE SOMODEVILLA

En el siglo XVIII, tras la llegada de la influencia francesa del colbertismo de Jean Orry o Michel Amelot, la herencia del arbitrismo se trasladó al llamado Proyectismo ilustrado con mayor elevación intelectual, en el que pueden encuadrarse personalidades más cercanas a la fisiocracia de Quesnay, como el marqués de Ensenada, Zenón de Somodevilla, con su famoso Catastro, o el liberalismo de Adam Smith, como Pedro Rodríguez de Campomanes o Melchor Gaspar de Jovellanos, o personajes de menor nivel político, como Eugenio Larruga.

Adentrándose en el siglo XVIII, Jerónimo de Uztáriz, considerado un post-mercantilista, desarrolló los temas colbertistas para la identificación de la riqueza nacional con la balanza comercial excedentaria.

Posteriormente, en el siglo XIX, es innegable la conexión intelectual con el Regeneracionismo. El papel de los arbitristas de los siglos XVI y XVII fue subvalorado por la misma historiografía económica española en sus primeros estudiosos, como es el caso de Manuel Colmeiro.

Hubo que esperar a la llegada de los hispanistas para su reivindicación, especialmente por la obra dee Earl J. Hamilton. Con posterioridad han sido estudiados por muchos otros, tanto extranjeros como españoles, como Pierre Vilar, José Antonio Maravall, Fabián Estapé, etc.

MELCHOR GASPAR DE JOVELLANOS Y JERÓNOMO DE UZTÁRIZ

EXPEDICIÓN ETNOGRÁFICA A GUINEA ECUATORIAL POR MANUEL IRADIER


Manuel Iradier fue un explorador y científico cuya gran obra fue la realización de varias investigaciones etnográficas, geográficas, botánicas y lingüísticas en África, datos publicados en dos tomos bajo el título África. Viajes y trabajos de las Asociación La Exploradora.

A finales del siglo XIX, reclamó para España más de cincuenta mil kilómetros cuadrados de la parte continental del golfo de Guinea, que reducidos a solo veintisiete mil, sentaron las bases de la nación Guinea Ecuatorial.

EXPEDICIÓN ETNOGRÁFICA A GUINEA ECUATORIAL POR MANUEL IRADIER


Manuel Iradier y Bulfi nació en Vitoria-Gasteiz, el 6 de julio de 1854. Cuatro años después falleció su madre, dejando cuatro hijos. Su padre, sastre, les abandonó tras la muerte de su mujer y se marchó a Burgos. Manuel volvió entonces bajo la tutela de su tío Eusebio, quien deseaba que siguiera la carrera eclesiástica, pero él se negó e ingresó en el Instituto de Vitoria.

Creció entre sueños de aventuras y lecturas de libros de viajes. Desde joven había deseado viajar a tierras remotas y, ya en 1868, pronunció una conferencia sobre su proyecto Viaje de exploración a través de África. Para llevarlo a cabo, organizó la Sociedad Viajera La Exploradora en el convencimiento de que era necesaria la colaboración de otras personas que tuviesen las mismas inquietudes.

En 1870, confeccionó un ambicioso proyecto que recorrería desde Ciudad El Cabo, al sur de África, hasta Trípoli, en el Mediterráneo, en tres años y por cien mil pesetas, con la intención de reconocer el legado africanista que habían descrito Burton y Speke. Tras ser aprobado el proyecto en abril de ese mismo año, sus socios mantuvieron continuas reuniones para discutir cuál debía ser el equipaje, el trayecto, etc., y aumentaron la biblioteca con los últimos tomos acerca de las exploraciones.

En el curso de 1870-71, Iradier se matriculó en la facultad de Filosofía y Letras; y entre 1869 y 1873 escribió varios cuadernos etnográficos con el título Recuerdos de Álava. Su objetivo era realizar un álbum descriptivo de toda la provincia con meticulosas observaciones de todo tipo, incluyendo flora, fauna, climatología, costumbres, etc.

Su inquietud y la influencia de Henry Morton Stanley lo atrajeron a la exploración científica. Iradier admiraba a Stanley, un gran explorador inglés. Dio la casualidad de que el 2 de junio de 1873, en pleno desarrollo de la tercera Guerra Carlista, Stanley pasó por Vitoria como corresponsal del New York Herald, famoso ya por haber encontrado al desaparecido doctor David Livingstone y por haber escrito un libro-relato. Iradier consiguió hablar con él y exponerle su proyecto de atravesar África. Mantuvo una conversación en la que el vitoriano le describió su proyecto. Stanley, una vez que le puso al corriente de sus recursos, le aconsejó cruzar el continente de Oeste a Este, partiendo de las posesiones españolas del golfo de Guinea y le animó, asegurándole que, tras la primera expedición, gozaría de todas las ayudas que necesitara. Tras la entrevista, modificó sus planes y los expuso en el Ateneo de Vitoria.

El 30 de septiembre de 1874, Iradier consiguió su licenciatura en Filosofía y Letras y, el 16 de noviembre, se casó con Isabel Urquiola, dos días más joven que él e hija de un panadero de la ciudad.

IRADIER JUNTO A LA REVISTA ÁFRICA TROPICAL

La presencia europea de Guinea databa de 1470, cuando el portugués Fernando Poo descubrió la actual Bioko, que entonces se bautizó con su nombre. En 1778, Portugal se la cedió a España a cambio de unas tierras americanas, junto a la isla de Annobón, con derecho al libre comercio en la costa africana entre cabo Formoso, en la desembocadura del río Níger, hasta cabo López, al sur de Gabón, teniendo España el derecho a disponer de las tierras continentales comprendidas entre dichos puntos. Ese mismo año se envió una expedición que tomó posesión de Fernando Poo. Los británicos también la deseaban, por eso, en 1783, llegaron varios militares ingleses para negociar con los bubis, los nativos de la isla. En 1819, estaban plenamente establecidos en la isla y hasta bautizaron la actual Malabo como Port Clarence. El gobierno español la cedió a Gran Bretaña en 1827, como base para la lucha contra el tráfico de esclavos. En 1841, el gobierno pensó incluso en vendérsela para saldar una deuda. Se abrió un debate y se comenzó a buscar utilidad a aquella isla olvidada.

En 1841, se envió a la Marina para que tomara posesión y sustituyera los nombres ingleses. Rebautizó la capital como Santa Isabel, pero se hubo de nombrar gobernador a un inglés, pues no había habitantes españoles. Toda la población de Clarence Town era inglesa o nativos de las posesiones británicas que dominaban a los autóctonos de la isla. Al tomar posesión, los españoles llevaron un barco con colonos. De ellos, en cinco meses falleció el veinte por ciento y la mayoría de los supervivientes fueron repatriados. En 1864, el gobernador Pantaleón de la Torre propuso a las autoridades la ocupación de seiscientos kilómetros de costa entre río Bonny y Cabo Esterias, pero su propuesta cayó en el olvido hasta 1883.

Este era el panorama de Guinea Ecuatorial durante el siglo XIX, y en este marco político Iradier realizó grandes trabajos preparatorios para su primera expedición por aquellas tierras que se estaban perdiendo para España. Era una aventura que se entrevía peligrosa, puesto que hasta entonces los intentos de colonización de aquellos territorios habían sido poco menos que desastrosos. Partió en diciembre de 1874 con su mujer Isabel, su cuñada Juliana y diez mil pesetas. Llevaba instrumental científico, lápices, papel y dos fusiles. Se detuvo en Canarias, donde, el 24 de abril de 1875, embarcaron en el vapor Loanda.


MAPA DE GUINEA ECUATORIAL

Iradier realizó varias escalas a lo largo de la costa africana y en la actual Ghana. El 16 de mayo desembarcó en Santa Isabel, la capital de Fernando Poo. El gobernador trató de desanimarle, pero como vio que era inútil, se puso a su servicio. Allí se dio cuenta del abandono por parte del gobierno español y la falta de aprovechamiento de las grandes riquezas, de las que sólo sacaban beneficios los ingleses, siendo de esa nacionalidad también los transportes que unían la isla con Canarias. Se habían hecho concesiones de tierras a españoles pero estos no las ponían en explotación. La goleta española apenas visitaba las otras islas de Corisco y Elobey Chico. Annobon, muy alejada, estaba totalmente abandonada.

Se estableció en la isla de Elobey Chico, en la desembocadura del río Muni, en el golfo de Guinea. Construyó una cabaña y montó unas huertas, que serían base de futuras expediciones al interior africano. Su mujer se ocupaba de las mediciones meteorológicas. Iradier contó con un asistente, Elombanguani, que le acompañaba en sus marchas. Adquirió una embarcación con la que recorrer los ríos de la zona.

Durante el tiempo que duró su primera expedición, 830 días, Iradier recorrió casi 1.900 kilómetros, desde Aye hasta el río Muni. Después de remontarlo, llegó hasta otro río, el Utamboni, para intentar alcanzar la región de los Grandes Lagos, y desde allí llegar a la desembocadura del Muni. Visitó las islas de Corisco y Elobey Grande, así como Inguinna, Aye y el cabo San Juan, los ríos Muni, Utongo, Utamboni y Bañe, así como la cordillera Paluviole y la sierra de Cristal. Tomó contacto con diversos pueblos, como los vengas, itemus, valengues, vicos, bijas, bapukus, bandemus y pamues. Realizó estudios antropológicos, etnológicos y lingüísticos, recogió datos geográficos y tipográficos, numerosas muestras faunísticas y botánicas, y llegó a reconocer numerosas especies animales hasta entonces desconocidos para la ciencia.

En sus relatos explicó diferentes episodios: pasó una noche entera en lodo sin poder salir, sufrió incendios, naufragios, envenenamientos, e incluso en una ocasión un grupo de elefantes destrozó su campamento. Padeció fuertes fiebres palúdicas en varias ocasiones, sin contar las de carácter menos grave. Así lo escribió Iradier:
"Yo no era un hombre vivo, era el esqueleto de un cadáver... Mi cabello había caído, mechones de pelo había adheridos a la dura almohada en que descansé la cabeza, el rodete de las uñas había desaparecido y estas, largas y encorvadas, daban a la mano escuálida el carácter de la de un tísico."
"Las selvas son la desesperación del viajero. Sobre un terreno húmedo, encharcado, compuesto de capas superpuestas de vegetales en descomposición que los siglos han ido amontonando, se elevan variedad inmensa de vegetales buscando la luz del sol y alcanzando alturas considerables."

Se quejaba de los animales salvajes. Pero decía que "los peores enemigos eran el clima y la humedad".

En la sierra de Cristal le abandonaron muchos de los indígenas que le acompañaban, por lo que hubo de retornar a Fernando Poo. Al llegar, a finales de enero de 1876, fue nombrado profesor interino de la escuela de niños de Santa Isabel, profesión que ya ejercía su mujer en dicha institución.

En Santa Isabel sufrió sesenta y seis ataques de fiebre, treinta y siete su esposa, dieciséis su cuñada y quince su hija, quien falleció el 28 de noviembre de 1876, en el transcurso de la expedición.

Ante esta tragedia decidió mandar a Canarias a su mujer y a su cuñada.

MANUEL DE IRADIER SU CABAÑA DONDE PASÓ SUS PRIMERAS FIEBRES

El segundo viaje de exploración se inició poco tiempo después de finalizar el primero, a finales de 1877. Permaneció 15 meses más en la región de Fernando Poo, recorriendo cuando la salud se lo permitía, aunque sus observaciones no consiguieron la resolución de las efectuadas en Muni. Escaló al monte Santa Isabel, ahora llamado Basilé, donde encontró una botella con los nombres de los que lo habían subido antes. Entre otros se encontraba el nombre de Richard F. Burton, el explorador, que había estado allí como cónsul en 1861. Añadió su nombre con la fecha de 1877.

A partir de los datos obtenidos pudo trazar los mapas de las zonas visitadas, los cuales serían publicados por la Sociedad de Africanistas y Colonistas de Madrid a su regreso a España.

Poco después de su segunda expedición, partió rumbo a Canarias, donde le esperaba también su nueva hija Amalia. El 24 de noviembre de 1877, zarparon rumbo a Cádiz. En Madrid, hubo de pedir quince pesetas para trasladarse a Vitoria donde llegaron el 10 de diciembre. Fue a dar una conferencia en el ateneo provincial pero sufrió un ataque de fiebre y sólo pudo balbucear algunas frases incoherentes. En total se gastó 10.000 pesetas y recorrió 1.870 kilómetros durante más de 800 días.

Publicó un mapa en la Sociedad Geográfica de Madrid, numerosas observaciones y dibujos de todo tipo, vocabularios y gramáticas de las lenguas de las tribus que visitó, así como numerosas anotaciones sobre observaciones astronómicas, etnográficas, climatológicas y comerciales.

JORNADA DE CAZA DE IRADIER JUNTO A SUS EXPEDICIONARIOS

En Vitoria pasó muchas privaciones y se embarcó en negocios e inventos que no tuvieron ningún éxito. Durante 1878, se dedicó a realizar excursiones por los alrededores mientras redactaba sus libros. Ese año publicó África. Fragmentos de un diario de viajes de exploración en la zona de Corisco. Continuó el rechazo a sus proyectos por parte de la Sociedad Geográfica de Madrid y de la Asociación Española para la Exploración del África, creada en 1877.

El 16 de octubre de 1879, convocó una reunión ante los socios de La Exploradora para que la asociación financiara el viaje. Allí explicó la intención de continuar su labor para que España no se quedase rezagada en la carrera colonial:
"Viajeros de todas las naciones se encaminan al interior de África buscando lo desconocido y no está lejano el día en que todo aquel continente se conozca. España, por el porvenir que le ofrecen sus posesione en el golfo de Guinea, no debe abandonar a otros países la exploración de la rica zona limítrofe."

Presentó el proyecto que fue acogido con entusiasmo, aunque no consiguió los fondos necesarios. Comenzaba con las siguientes palabras:
"El porvenir de España está en África y la gloria de Euscaria es que sus hijos la exploren."

Su idea consistía en adentrarse a otras potencias europeas y reclamar para España la región explorada, así como otras que pudieran ser añadidas.

MANUEL IRADIER

En 1880, Iradier fue nombrado académico corresponsal en Álava de la Real Academia de la Historia española, para entonces trabajaba como profesor interino en el Instituto de Vitoria.

El 11 de junio de 1883, recibió una carta de la Sociedad Geográfica de Madrid proponiéndole participar en un congreso para debatir sobre la posibilidad de enviar una o dos expediciones al interior de África. Por problemas de salud no pudo asistir, pero mandó sus propuestas por escrito explicando las estaciones comerciales que debían establecerse en el territorio del Muni con un presupuesto de un millón de pesetas.

Se propuso la creación de una compañía colonizadora como tenían otros países desde siglos. No se logró, pero se creó otra sociedad, La Sociedad Española de Africanistas y Colonistas. Iriader preparó un plan, que fue aceptado, aunque con un ridículo presupuesto de veintisiete mil pesetas, que no permitía el establecimiento de factorías comerciales, ni cabañas. Propuso realizar acuerdos con jefes a los que, a la firma, se les asignaría un pequeño sueldo. Y finalmente, la Sociedad consiguió reunir los fondos necesarios para que, en julio de 1884, Iradier comenzase su tercera expedición africanista.

La nueva misión trataba de adquirir territorios del golfo de Guinea, a pesar de que en numerosos puntos de aquella geografía ondeaban las banderas francesa y alemana. Estuvo acompañado del doctor Amado Osorio, quien, como el propio Iradier, participaba como delegado de la Sociedad de Africanistas.

En esta expedición, Iradier recorrió los territorios ya explorados en la primera de ellas y algún otro. Exploró la orilla izquierda del Muni y los ríos Noya, Utambani y Bañe. Navegó el río Ulongo hasta donde fue posible. Desde allí pasó al río Congo hasta el río Muni, por el que descendió hasta la costa de Buru, sita al noreste de la bahía de Corisco. Logró adquirir, mediante acuerdos con los jefes locales, cincuenta mil kilómetros cuadrados de territorio.

Iradier enfermó de fiebres, tuvo que iniciar viaje de regreso a España, en noviembre del mismo año, cinco meses después de su llegada. Osorio permaneció en Guinea y, en agosto de 1885, emprendió una nueva expedición por el curso alto del río Noya y del Utamboni, logrando otros 18.000 kilómetros para España y firmado más de trescientos setenta tratados de reconocimientos de la soberanía española.

MAPA GEOGRÁFICO DEL PAÍS DE MUNI SEGÚN IRADIER

En febrero de 1885, Iradier entregó a la Sociedad de Africanistas y Colonistas de Madrid diversos documentos, contratos de anexión y actas notariales. Aquellos documentos trataban de proporcionar a España la legitimidad y dominio sobre centenares de miles de kilómetros cuadrados alrededor del río Muni, mediante la obtención del reconocimiento de dicha soberanía por parte de decenas de jefes indígenas, especialmente de los fang, el grupo más numeroso y dominante. Su presencia fue suficiente, no tuvo que enfrentarse a ningún acto hostil. Los naturales le respetaban y admiraban, y el alavés de igual manera a ellos.

Posteriormente, escribió Iradier:
"Lo digo de legítimo orgullo, sobre la bandera de mi querida España que tremolé durante tres años en los países africanos, que no se ha escrito el nombre de ninguna víctima ni caído una sola gota de sangre humana."

Durante la Conferencia de Berlín de 1885 para el reparto colonial de África, se fijaron las posesiones españolas en el golfo de Guinea, gracias a las exploraciones de Iradier y Osorio. El Tratado de Berlín asignó a España 300.000 kilómetros cuadrados. El acuerdo con Francia de 1901 los redujo a una docena, 25.000 veinticinco mil kilómetros cuadrados y 130.000 habitantes. Y, finalmente, una extensión de 14.000 kilómetros cuadrados de territorio, y 327 pueblos con unos 50.000 habitantes, proporcionaban a España el dominio colonial denominado como Guinea Española. Este territorio permaneció bajo la soberanía nacional hasta 1968, año en el que obtuvo su independencia y pasó a denominarse Guinea Ecuatorial.

Los relatos de Iradier se publicaron en dos tomos al poco tiempo de llegar a Vitoria, bajo el título de África. Viajes y trabajos de las Asociación La Exploradora.

Manuel Iradier y su esposa ya no volvieron más a Muni, en parte desencantados por la política llevada a cabo por las autoridades españolas, que nombraron en los puestos del gobierno local a personas con poco o ningún conocimiento de la realidad africana. En Vitoria, continuó con sus negocios y sus inventos, entre ellos: una caja de imprenta silábica, un avisador de incendios, un contador divisionario, un fototaquímetro, etc. En 1888, tuvo un hijo y, a partir de 1896, las relaciones con su mujer se deterioraron mucho. Tres años más tarde, su hija Amalia, de veintiún años, se arrojó por el balcón de casa.

El Desastre del 1989, por el cual España perdió sus últimas posesiones ultramarinas (Cuba, Puerto Rico y Filipinas), le afectó de forma profunda. Su amigo Irastorza escribió:
"He encontrado a Iradier casi delirante abrazado a un mapa de Filipinas y estrujando un montón de papeles."

Destacó de él una frase: "Nos vamos a quedar sin la España asiática y sin la americana!"

MANUEL IRADIER

En 1901, el gobierno le ofreció un puesto de subalterno en el Negocio de Colonias. Al respecto dijo:
"Yo no quiero saber nada de ese engendro que nos ha despojado de la mitad del Muni y de si hinterland, ni tampoco presentarme a darlo por bueno, por un triste plato de lentejas. Yo busqué el país del Muni para España. Si otros lo han desaprovechado allá ellos. La historia nos pedirá cuentas y las mías están claras."

Un amigo le regaló Bizcaya por su independencia, libro en el que Sabino Arana exponía por primera vez su ideario. Y ésta fue su respuesta:
"Veo que cuando las cosas de España marchan mal, no se nos ocurren sino soluciones a la desesperada. Pero yo, que me siento muy éuscaro, prefiero como modelo a Juan Sebastián Elcano."

Iradier obtuvo trabajando durante una temporada en la Compañía Española de Minas de Bilbao. En 1903, consiguió trabajo en Segovia en una compañía maderera. A partir de 1908, su salud empeoró notablemente. En enero de 1911, se trasladó a Valsaín, en la provincia de Segovia, para intentar recuperarse, pero falleció el 19 de agosto de 1911, a los cincuenta y siete años de edad, ignorado por todos.

MONUMENTO A IRADIER EN VITORIA

El homenaje póstumo de la figura de Iradier la efectuó el también vitoriano Ramiro de Maeztu, autor de la obra Defensa de la Hispanidad. Este literato emprendió una campaña de reivindicación de la memoria de su paisano, cuyos restos fueron trasladados a su ciudad natal el 7 de noviembre de 1927.

En 1929, se premió a sus descendientes con mil hectáreas de terrenos en río Muni y, en 1956, se le erigió un monumento en los jardines de la Florida en Vitoria y se le dedicó una calle.

En 1993, se reinstaló la francmasonería en la ciudad de Vitoria. La anterior Logia Victoria de la capital alavesa en la que ingresó Iradier adoptó el título distintivo de Respetable Logia Manuel Iradier, en homenaje al explorador.