ANDANZAS Y VIAJES DE PERO TAFUR


Pedro Tafur fue hidalgo, viaje y escritor de mediados del siglo XV, que ganó cierta relevancia por su serie de viajes realizados por el centro de Europa, el norte de África y el Oriente próximo entre 1436 y 1439, más con un carácter etnográfico que comercial, incluso en alguna ocasión con función diplomática.

El resultado de sus cuatro expediciones con base en Venecia fue el libro Las Andanças y Viajes de Pero Tafur, en el que describió los Santos Lugares de las tres culturas como Jerusalén, La Meca o Tel-Aviv, y especialmente de Constantinopla, capital del Imperio romano oriental, poco antes de su caída por el Imperio otomano.

LAS ANDANZAS Y VIAJES DE PERO TAFUR

Pedro Tafur nació en Sevilla, en 1410. Era de origen hidalgo, pertenecía a la clase más adinerada de su ciudad y poseía cierto nivel cultural. Siendo joven fue criado del maestre de la Orden de Calatrava, Luis de Guzmán, que vivía en Córdoba.

Su vocación fue la de ser viajero y escritor, su objetivo de vida fue el de recorrer largas distancias a través de Europa central, el mar Mediterráneo, el norte de África y el Oriente próximo. No era embajador ni mercader, tan solo un hidalgo con entusiasmado por descubrir el mundo conocido. En Castilla reinaba Juan II.

En otoño de 1436, comenzó el primer viaje partiendo desde Sanlúcar de Barrameda. En Gibraltar fue testigo de la muerte del conde Niebla. Su primer destino fue Venecia, que utilizaría como base de sus futuras exploraciones. En esta próspera ciudad de mercaderes y viajeros conoció al explorador y comerciante Niccolo de Conti, que ya había recorrido el sudeste asiático y llegado hasta la India. Este le proporcionó informaciones sobre estos territorios y la manera de organizar los viajes a Oriente próximo.

Después, visitó Roma, capital de la Cristiandad, pasando por Pisa, Florencia y Génova. No había mejor santo lugar que Roma para ganar alguna indulgencia y contemplar reliquias para un cristiano como Tafur.

VENECIA, SIGLO XV

El segundo viaje fue el más largo y arriesgado, en el que recorrería territorios de los tres continentes que hasta el momento se conocía. Pero el objetivo principal era la visita a Tierra Santa. Desde Venecia, partió rumbo oriente por el mar Adriático, embarcado en una nave de peregrinos cuyo destino era la ciudad de Jerusalén, en Tierra Santa, a la que llegó haciendo diversas escalas en puertos del Mediterráneo oriental. La ciudad estaba dominada por los mamelucos desde tiempos de Saladino, a finales del siglo XII. Durante tres semanas, Tafur se adentró en los santos lugares realizando detalladas descripciones sobre sus templos religiosos y edificios civiles. Para pasar desapercibido tuvo que disfrazarse de islámico.

Después, pasó por Jaffa, al sur de la actual Tel-Aviv, y Beirut, urbe desde la que embarcó con rumbo a Chipre. En esta isla, el rey le encargó una misión diplomática, la entrega de unas cartas al sultán de Egipto. En el viaje que emprendió alcanzó el desierto del Sinaí y las orillas del mar Rojo, para regresar a El Cairo y Alejandría. Tras abandonar el Sultanato de Egipto, regresó a Chipre con los resultados de su comisión diplomática.

La última fase de este exótico segundo viaje tenía por objetivo llegar a la península de Crimea. Desde Chipre, se embarcó para rodear toda la península de Anatolia, pasando por el mar Egeo, el canal de Dardanelos, el mar Mármara, y el estrecho del Bósforo hasta presentarse en Constantinopla, la capital de Imperio Romano de Oriente refundada por el emperador Constantino, antigua Bizancio. Esta ciudad no tardaría mucho en ser tomada por un Imperio otomano en expansión. Visitó la cercana ciudad de Adrianópolis, una urbe fundada por el emperador hispanorromano Adriano, que también fue un consumado viajero. Tafur tendría una supuesta devoción por este emperador natural de la provincia de Baetica y la villa de Itálica, actual municipio de Santiponce, muy cercano a su ciudad natal Sevilla, pues no solo compartían origen territorial sino la inquietud de viajar.

Su último lugar en visitar fue la península de Crimea. Había llegado por tierra, bordeando la costa occidental del mar Negro, atravesando los caudalosos ríos Danubio y Dniéper.

En 1438, llegó de vuelta a Venecia. En la ciudad de Ferrara, se entrevistó con el papa Eugenio IV. El sumo pontífice se encontraba involucrado en conflictos con el Concilio de Basilea y, durante ese año en particular, había trasladado a esta ciudad a los conciliaristas griegos para intentar la unión con la Iglesia ortodoxa junto a la católica, en lo que fue el Concilio de Ferrara. También tuvo la fortuna de conocer al emperador de Constantinopla, Juan VIII Paleólogo, pues también se encontraba en involucrado en el Concilio ferrarés para buscar apoyos contra los turcos otomanos y gestionar la unión de ambas iglesias. Y, en este sentido, el testimonio de Tafur sobre su reciente visita posiciones otomanas y bastiones militares sería tenido en cuenta por el monarca constantinopolitano.

CONSTANTINOPLA, SIGLO XV

El tercer viaje iba a recorrer las tierras al norte de la cordillera de los Andes. Desde Venecia, pasó por Parma y Milán, para intentar atravesar esta barrera natural tan sinuosa y peligrosa en los meses de invierno. Para logar este objetivo, el sevillano se sirvió de una especie de trineo y dos bueyes para vencer la fatiga. Así, consiguió atravesar el paso de San Gotardo hasta llegar a Basilea. Permaneció en esta ciudad recuperándose del desgaste físico, así como en la cercana Baden-Baden, en la Selva Negra, donde pudo tomar las aguas termales curativas que brotan del suelo a 68ºC. Sin duda, pudo reconfortase de tan heladoras jornadas alpinas.

Tafur continuó hacia el noroeste hasta alcanzar Estrasburgo, conocer la feria comercial de Frankfurt, y quedarse en Colonia, de la que aseguró que era la ciudad más rica de toda Europa central. Desde este punto alcanzó el río Mosa, que le llevó hasta Amberes, y visito la región de Flandes.

El regreso lo hizo más o menos por los mismos lugares hasta Basilea, donde comenzaba la segunda parte de su viaje por ciudades al noreste de la cordillera de los Alpes y el valle del Danubio. Pasó por la ciudad de Costanza, las regiones de Moravia y Bohemia hasta la ciudad de Breslau, actual Wroclaw. Después, emprendió el regreso por Viena, Ulm y Nüremberg.

JERUSALÉN, SIGLO XV

El cuarto viaje supuso su regreso al Reino de Castilla. Comenzaba con un recorrido por el norte de la península Itálica, pasando por Verona, Vicenza, Ferrara y Bolonia. Durante un mes, esperó en Venecia hasta conseguir una embarcación apropiada que recorriera los mares Adriático y Jónico, haciendo escala en los puertos de Rímini, Pesaro, Fano, Ancona y Brindisi, hasta llegar a Catania, en Sicilia. Desde algún puerto siciliano transbordó con destino a Cerdeña, bordeando la isla siciliana por el norte, donde pudo contemplar el estrecho de Messina, el amenazante volcán Etna y el majestuoso volcán Strómboli, en los cercanos islotes Eolia.

Una tempestad arrastró la embarcación a la costa del Sultanato de Túnez, que estaba bajo el dominio de la dinastía Hafsidam, antes de que fuera integrado en el Imperio otomano, en el siglo siguiente. Desde ahí, hizo escala en Cerdeña, hasta llegar a Sanlúcar de Barrameda, su destino final, en 1439.

Atrás quedaron momentos de frío, hambre y soledad; en una ocasión recibió el impacto de una fecha que le hirió levemente y en otra esquivó un intento de atraco en las cercanías de Viena. Pero también supo establecer relaciones diplomáticas con algunas autoridades locales que le ayudaron a cruzar alguna frontera o bien evitar entrar en alguna prisión.

Entre los personajes que le ayudaron a sobrevivir destacaron un intérprete de mercaderes en negocios comerciales que conoció en Egipto; en la isla griega Quíos le ayudó a llegara a la costa turca un patrón de nao llamado Juan Caro, natural de Sevilla; en Cafa, actual ciudad de Teodesia en Crimea, le ayudó el magistrado Paolo Imperiale, que había vivido también en Sevilla; y en Constantinopla conoció a otro trujamán al servicio del emperador y músico llamado Juan de Sevilla.

VIAJES DE PERO TAFUR

El resultado de sus viajes entre 1436 y 1439 fue descrito en una de las obras maestras de la literatura medieval de viajes: Las Andanças y Viajes de Pero Tafur, cuyo título original fue Tractado de las andanças e viajes de Pero Tafur o Itinerario.

En la actualidad, se conserva un único códice manuscrito de inicios del siglo XVIII, de 91 folios, en el fondo histórico de la Biblioteca Universitaria de Salamanca. En 1874, fue publicado por primera vez con el título Andanças é viajes de Pero Tafur por diversas partes del mundo ávidos.

Autores como Ambrosio de Morales o Gonzalo Argote de Molina citaron este libro con el título Itinerario, por lo que era conocido. De hecho, Argote de Molina tuvo un manuscrito de Tafur entre sus libros de consulta para escribir su gran obra Nobleza de Andalucía.

Tardó catorce años en ponerse a escribir el libro, entre 1453 y 1457 estuvo ordenando todos los datos y referencias, y componiendo el texto del libro. Fue un libro de referencia en el que narró sus experiencias, muchas de ellas conmovedoras y cautivadoras, con un estilo refinado, un explícito sentido del humor, en un periodo en transición de la Baja Edad Media al Renacimiento. En su relato a veces inocente, otras algo fantástico, introdujo mitos como el de las sirenas.

Pero, ¿por qué tardó tanto en poner se a escribir sus Andanças y viajes? ¿qué pasó concretamente en 1453? Sucedió que aquel año, fue la toma de Constantinopla por el Imperio otomano, lo que supuso la caída del antiguo Imperio romano de Occidente, y la suplantación del Cristianismo por el Islamismo en aquella ciudad, que pasó a llamarse Estambul. Para los historiadores, esta fecha supone el cambio de edad de la Media a la Moderna, pero para un cristiano como Tafur que había visitado y admirado esa ciudad años atrás supuso un drama. Quizás, el motivo de su libro de viajes era presentar a Constantinopla como una ciudad cristiana, de herencia greco-romana, es sintonía con Roma o Santiago de Compostela.

MONASTERIO DE SANTA CATALIA EN LAS ANDAZAS DE PERO TAFUR

En el texto incluyó mayormente datos etnográficos y culturales de los territorios y ciudades por los que pasaba, desde edificios hasta costumbres. Hacía especial énfasis en presentar aspectos exóticos y diferentes con respecto a la cultura castellana y cristiana. Por ejemplo, aseguró que en El Cairo estuvo “mirando cosas e muy extrañas, mayormente a las de nuestra nación”. O, por ejemplo, se mostró asombrado por la belleza de la ribera del Rin, pues aseguró que era “sin duda la más fermosa cosa de ver en el mundo”.

Solía hacer comparaciones de las ciudades que visitaba con las castellanas, especialmente con Sevilla. Por ejemplo, la torre Giralda de su ciudad fue comparada con la veneciana torre del Campanile de San Marcos o con las pirámides de Egipto. Y, en cuanto a tamaño, asemejaba Sevilla con Cafra, Braslau, Padua, Palermo y la Meca.

Y resaltaba el hecho de haber trabado amistad con el papa de Roma, el emperador de Constantinopla, el sultán de Egipto, el rey de Chipre, y otros gobernadores de ciudades y territorios, quienes siempre le recibieron con honores y prestaron su protección, debido a su condición de caballero.

Tiene especial relevancia el relato que hizo sobre los otomanos. Su intención era informar a los reinos occidentales acerca de las costumbres de los pueblos considerados como antagónicos, e incluso rivales, de la Cristiandad. Ensalzaba sus logros y adelantos, pero también describía las debilidades y atrasos de su administración política y desarrollo económico. De hecho, puso especial interés en la describir la organización defensiva y militar de los otomanos para poder asaltar sus puertos y ciudades, por si en un futuro se convirtieran en rivales de las potencias cristianas. Y como si fuese un oráculo, la expansión del Imperio otomano hasta las costas del Mediterráneo occidental se fue desarrollando un siglo después enfrentado a los española en Lepanto. En el siglo XV, no era nada habitual entre escritores la descripción de una cultura y etnografía diferente a la suya.

ANDANZAS Y VIAJES DE PERO TAFUR

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