DECADENCIA ESPAÑOLA A TRAVÉS DE LA LITERATURA

 

Se denomina proceso histórico de la Decadencia española al periodo comprendido entre los años 1598 y 1680, durante los reinados de Felipe III (1598-1621), Felipe IV (1621-1665) y parte del de Carlos II (1665-1680), con antecedentes durante de segunda mitad del reinado de Felipe II (1568-1598). De ser la primera potencia mundial, España descendió al rango de segunda potencia a nivel europeo.

La transición paulatina pero bastante acelerada de la España ascendente del siglo XVI a la España declinante del siglo XVII encuentra también su reflejo en nuestro pensamiento y en nuestras letras.

Los intelectuales españoles fueron los primeros en darse cuenta del proceso involutivo en que había entrado el país. Todavía en plena retórica y euforia imperial de los primeros Austrias, surgió una generación de pensadores y escritores que, anticipando el fin de la hegemonía política y militar, miraban a España con una visión crítica y desilusionante. De su análisis realista surgieron el pensamiento y literatura escéptica y anti-apologética que pasaron a formas parte importante de la cultura española.

Esta nueva filosofía representó la voz de lo real frente a lo ficticio, de la pura y escueta verdad frente a la mentira o el mito, el paso de la apologética a la autocrítica. Apareció antes en los gabinetes de trabajo de escritores solitarios que en las aulas universitarias. Y, sin embargo, contiene un inmenso caudal de pensamientos y una fuerza persuasiva muy superior casi siempre a los tratados producidos por los filósofos de cátedra de la época.

EL SOCORRO BRISACH, POR JUSEPE LEONARDO

La decadencia española como tema surgió pues en el siglo XVII, y se acentuó en su segunda mitad hasta convertirse en uno de los tópicos de nuestros escritores y pensadores. Se inició una profunda división ideológica entre los partidarios de las novedades europeas y los apegados a nuestras tradiciones, y surgió la conciencia disidente que ya había aparecido en el siglo XVI con el Erasmismo, Protestantismo, crítica de la conquista americana, etc.

A esta creencia de decadencia del sigo del Barroco se convirtió en tema de estudio e investigación por arbitristas y críticos de la política, y de elaboración literaria por escritores y artistas.

Aquellos delirios de grandeza durante la hegemonía imperial del siglo XVI resultaron tan exagerados que mayor fue la dolorosa decepción de los que crearon tales entusiasmos en todo un pueblo. No tardaron en llegar los tiempos de las lamentaciones ante el muro de las piedras "de la patria mía", como diría Quevedo.

El tono elegíaco a la vuelta de tanta grandeza empezó ya a advertirse en algunos episodios llevados al verso en tiempos de Felipe II, como en las descripciones del desastre portugués en la batalla de Alcazarquivir o de la reacción estoica después de la Armada "Invencible". Surgió como una emoción de estilo bíblico con imágenes tomadas de la Sagrada Escritura.

LA RENDICIÓN DE BREDA, POR DIEGO VELÁZQUEZ (1634)

En la Corte de Felipe IV trabajaban los más afamados pintores y los más talentosos poetas. Corrompida, asidua de fiestas y banquetes, embriagada de ingenio, de esta corte se dijo que ninguna otra vio tan alegremente perder un imperio.

La política de Felipe IV estuvo marcada por aquel annus horribilis que fue 1640 y que dividiría su reinado en al menos dos etapas.

La primera etapa del reinado de Felipe IV comenzó brillante, con victorias militares en todos los frentes, algunas tan sonadas como La rendición de Breda, inmortalizada por Velázquez. España defendía sus intereses en Italia, apoyaba a los Habsburgo austriacos en Alemania y se desangraba en el eterno frente holandés, sin perder de vista la defensa de las provincias ultramarinas. Al acecho estaba Francia, con el sibilino cardenal Richelieu dispuesto a combatir al Imperio español a la menor ocasión. La agónica victoria de los Tercios de infantería española en Nordlinger fue el reflejo de una grandeza que se iba empañando, ya que forzó la entrada de Francia en la Guerra de los Treinta Años. Richelieu veía que el Imperio, aun maltrecho, era capaz de resistir a sus rivales, pero la suerte cambió el destino.

En 1637, se perdía Breda, en 1638 Francia sitiaba Fuenterrabía, en 1639 la Armada del general Oquendo se hundía en el combate de las Dunas, y en 1640 estallaba la revuelta interior en Portugal y Cataluña, el primero se perdió de forma irreversible. La Paz de Westfalia en 1648 rubricaba la independencia de Holanda y enterraba la idea imperial, mientras que la humillante Paz de los Pirineos en 1659 consolidaba un cambio en el liderazgo europeo. España había dejado de ser la potencia hegemónica.

RECUPERACIÓN DE BAHÍA DE TODOS LOS SANTOS, POR JUAN BAUTISTA MAINO (1634)

Francisco de Quevedo y Villegas no pudo permanecer ajeno a lo que estaba experimentado su país bajo el reinado de Felipe III y Felipe IV, convirtiéndose en el primer intelectual español en tratar la crisis de la Monarquía hispánica. Muchos de sus escritos se movieron entre la reacción política y la apología de la cultura durante el reinado de Felipe IV y el gobierno de su valido, el conde-duque de Olivares.

"Bien se que a cuantos contradigo, i reconozco los que se an de armar contra mi, mas no fuera io español si no buscara peligros, despreziandolos antes para vencerlos despues..."
"Oh desdichada España, revuelto he mil veces en la memoria tus antiguedades y anales, y no he hallado por que causas seas digna de tan porfiada persecucion."
"Y es más fácil, ¡oh España!, en muchos modos, que lo que a todos les quitaste sola te puedan a ti sola quitarte todos."
En la Carta al cristianísimo Luis XIII, publicada en 1635, Quevedo arremetió contra Francia, no sólo por querer hacer la guerra, sino por hacerla contra las normas del derecho de gentes, siendo este escrito una vivísima justificación de la política internacional española, defensora de la paz entre las naciones cristianas europeas. El Liceo de Italia u Zahorí español, de 1628, es una carta dirigida a Felipe IV, en la que exponía el programa político a seguir en Italia y las causas que llevaron al fracaso español en aquel país. Ambos escritos son una especie de introducción a su España defendida, de 1639, opúsculo sobre la decadencia real, que reconoce una tradicional negligencia e intenta encontrar remedios. El carácter polémico de este escrito viene dado por la necesidad de salir en defensa de España, frente a los ataques de Josepho Scaligero, Marco Antonio Mureto y Mercator.

Por último, en la Epístola satírico-censoria al conde-duque de Olivares se ensañó con las costumbres castellanas de su tiempo, muy alejadas de la sobriedad y valentía de la de otras épocas, en especial fue crítico con el gasto femenino en adornos, y el de los hombres en galas. Quevedo identificó pues el inmovilismo y la decadencia española en la primacía de los hombres de letras sobre los de acción.

LA RENDICIÓN DE JULIERS, POR JUSEPE LEONARDO (1635)

A esta decadencia como tema de pensamiento y reflexión dedicó Quevedo el irónico y burlesco soneto Miré los muros de la patria mía, englobado en la obra Enseña cómo todas las cosas avisan de la muerte:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.


Otros versos de Quevedo que reflejan el cansancio de un Imperio:

A Navarra tedio, justicia y maña
y un casamiento, en Aragón, las sillas
con que a Sicilia y Nápoles humillas,
y a quien Milán espléndida acompaña.

Muerte infeliz en Portugal arbola
tus castillos. Colón pasó los godos
al ignorado cero de esta bola.

Y es más fácil, ¡oh España!, en muchos modos,
que los que a todos les quitase sola,
te puede a ti solo quitar todos.

¡Oh patria! Cuántos hechos, cuántos nombres,
cuántos sucesos y victorias grandes.
Pues tienes quién haga y quién te obliga,
¿por qué te falta, España, quién lo diga? 

DEFENSA DE CÁDIZ CONTRA LOS INGLESES, POR FRANCISCO DE ZURBARÁN

El secretario real Pedro Fernández de Navarrete publicó en 1626 la obra Conservación de monarquías y discursos políticos, estudiando las causas y ofreciendo remedios a la decadencia española. Entre las causas estaban la despoblación como consecuencia de la expulsión de moros y judíos y de la emigración hacia a América; el menosprecio de la nobleza por el trabajo y la vanidad de los aristócratas; los vínculos entre nobles y campesinos y la excesiva existencia de mayorazgos, conventos y órdenes religiosas; la escasa protección a la agricultura y artes; y otros problemas como el celibato, los altos tributos, los vagabundos, etc.

Otro de los consejeros reales de Felipe IV fue el jurista Antonio López de Vega, quien escribió El perfecto señor, sueño político, en 1626. No trató directamente la decadencia, pero sus reflexiones la presuponen, tratando de superarla y sustraerse a sus maleficios. La cuarta de sus Paradoxas es un ataque a la guerra y a la milicia como elementos perturbadores de la convivencia humana, y causa de la decadencia española. Predicó la tolerancia, el amor al prójimo y el uso de la razón.

Las lacras de una sociedad obsesionada con la nobleza, la hipocresía religiosa y el ridículo sentido del honor son los valores de una España en decadencia moral. No solo fue decadencia social, política y económica, también militar, la que pudo ver en primera persona el dramaturgo Pedro Calderón de la Barca:

¡Ay cielos,
que en los alemanes hallan
flaqueza que los retiran
de su puesto, los rechazan,
que vienen desordenados!
Hacia aquella parte cargan
que defiende don Martín,
que, porque no le deshagan
sus escuadrones viendo,
con las picas los aparta,
con las espadas castiga,
con la lengua los infama.


El poeta fray Luis de León presagió desde su celda de la cárcel los tormentos que reservaba la historia al Imperio de los Habsburgo españoles en su Oda a Santiago:

Y tú, España, segura
del mal y cautiverio que te espera
con fe y voluntad pura
ocupa la ribera;
recibirás tu guarda verdadera.

Que tiempo será cuando
de innumerables huestes rodeada,
del centro real y mando
te verás derrocada,
en sangre, en llanto y en dolor bañada.

TOMA DE RHEINFELDEN, POR VICENTE CARDUCHO (1634)

El epitafio de Pedro Girón, capitán de las Dos Sicilias, que vivió entre ambos siglos XVI y XVII expresa el auge y gloria militar y su posterior caída y muerte, como una vida paralela y paradigma de lo que estaba aconteciendo a las Armas española:

De la Asia fue terror, de Europa espanto,
y de la África rayo fulminante;
los golfos y los puertos de Levante
con sangre calentó, creció con llanto.

Su nombre solo fue victoria en cuanto
reina la luna en el mayor turbante;
pacificó motines en Brabante:
que su grandeza sola pudo tanto.
Divorcio fue del mar y de Venecia,
su desposorio dirimiendo el peso
de naves, que temblaron Chipre y Grecia.

¡Y a tanto vencedor venció un proceso!
De su desdicha su valor se precia,
¡murió en prisión, y muerto estuvo preso!

Faltar pudo su patria al grande Osuna,
pero no a su defensa sus hazañas;
diéronle muerte y cárcel las Españas,
de quien él hizo esclava la fortuna.

Lloraron sus envidias una a una
con las propias naciones las extrañas;
su tumba son de Flandes las campañas
y su epitafio la sangrienta luna.

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