LITERATURA DE LA HISPANIDAD

 

Comentaristas españoles y extranjeros reconocen que lo español ocupa un lugar prominente en el audaz esfuerzo del Renacimiento para ensanchar sin límites el espacio vital de la Humanidad civilizada. Hasta en los sueños y los escepticismos de don Quijote se refleja este pensamiento.

Ese fue un espíritu que se prolongó en una literatura hispánica en tiempos modernos. Así, el ecuatoriano Juan Montalvo escribió:

¡España, España!
Cuanto de puro hay en nuestra sangre,
de noble en nuestro corazón,
de claro en nuestro entendimiento,
de ti lo tenemos, a ti de lo debemos.

En el ideal de los que hicieron una España engrandecida, un auténtico hacedor de España, se encuentra Hernán Cortés a quien Lope de Vega se refirió en la novela pastoril La Arcadia, escrita a petición del duque de Alba:

Di a España triunfos y palmas
con felices, santas guerras,
al Rey infinitas tierras,
y a Dios infinitas almas.

El descubrimiento de América fue exaltado. López de Gómara calificó "como la mayor cosa después de la creación del mundo es el descubrimiento de las Indias". Lo mismo haría años más tarde el gran épico en lengua catalana Mosén Jacinto Verdaguer, que cantaba "la memoria del gran acontecimiento que ensanchó los límites del orbe hasta términos nunca sospechados". También escriben poemas dedicados al rey Felipe II sobre tan insignes hechos.

Recuerdo especial merecen La Araucana de Ercilla y El Arauco domado de Oña, como los méritos y triunfos del Gran Capitán en Italia, materia épica más que dramática.

La Araucana es el poema épico que escribió Alonso de Ercilla y Zúñiga relatando la primera fase de la Guerra de Arauco entre españoles y mapuches. Ercilla formó parte de la expedición de refuerzo comandado por el gobernador García Hurtado de Mendoza para la conquista definitiva del territorio sobre el actual estado de Chile, en 1555. De su participación en aquella cruenta guerra nos ha dejado inmortal testimonio en sus épicos versos:

Vi allí también de la nación de España
la flor de juventud y gallardía,
la nobleza de Italia y de Alemaña,
una audaz y bizarra compañía: 
todos ornados de riqueza estraña,
con animosa muestra y lozanía,
y en las popas, carceses y trinquetes,
flámulas, banderolas, gallardetes.

Canto el furor del pueblo castellano
con ira justa y pretensión movido,
y el derecho del reino lusitano
a las sangrientas armas remitido.
La paz, la unión, el vínculo christiano
en rabiosa discordia convertido,
las lanzas de una parte y otra airadas
a los parientes pechos arrojadas.

El ejemplo tenemos en las manos,
y nos muestra bien claro aquí la historia
cuán poco les duró a los araucanos
el nuevo gozo y engañosa gloria,
pues llevando de rota a los cristianos
y habiendo ya cantado la vitoria,
de los contrarios hados rebatidos,
quedaron vencedores los vencidos.

La rabia de la muerte y fin presente
crió en los nuestros fuerza tan extraña,
que con deshonra y daño de la gente
pierden los araucanos la campaña,
al fin dan las espaldas; claramente
suenan voces: ¡Victoria! ¡España! ¡España!

Los versos rinden un homenaje a la valentía tanto de conquistadores como de indígenas en una guerra lejana y olvidada; pretendían reivindicar el valor del indio mapuche y su carácter indómito contra el que le tocó enfrentarse:

... mas el valor, los hechos, las proezas
de aquellos españoles esforzados,
que a la cerviz de Arauco no domada
pusieron duro yugo con la espada.

Ercilla influyó en la aparición de un género literario que trataban de forma culta y artística sobre temas americanos, en clara imitación a su estilo poético, como La ArgentinaArauco domadoPurén indómito, etc. Con el paso del tiempo estas poesías se fueron distanciando de la crónica y narración de hechos históricos para tratar más sobre sentencias morales, el amor romántico, o tópicos latinos, ya que los autores optaron por trasladar temáticas del Renacimiento europeo al exótico escenario americano.

La indómita resistencia de la etnia de los mapuches que Arcilla elogió no gustó nada a Hurtado de Mendoza. Este gobernador del virreinato de Chile ordenó a Pedro de Oña dar respuesta a la idealización del indígena hecha en La Araucana y con la intención de realzar su valentía. Así es como Oña compuso el poema épico Arauco Domado:

Como las ondas temidas que vienen
sus vientres más que hidrópicos alzando
y el trono celestial amenazado
en dando con las peñas se detienen.

Ycomo allí les hacen que se enfrenen
en su dureza el ímpetu quebrando
se ven así quebrar las Indas olas,
llagadas a las peñas españolas.

Mas bien, como esas ondas no pudiendo
romper por las barreras peñascosas,
revientan de coraje y espumosas están,
aún siendo frígidas, hirviendo,
así los enemigos no rompiendo
las contrapuestas armas poderosas
comienzan a hervir con nueva rabia
subiendo ya su cólera a la gabia.

Revuélvense con los campos en un punto
el poderoso Arauca y fuerte España,
cuya mezclada sangre al suelo baña,
nadando en ella el vivo y el difunto.

El humo, el fuego, el polvo todo junto
al sol, al cielo, al aire a la campaña ofusca,
ciega, turba y oscurece,
y el mar de tanto golpe se ensordece.

La Argentina y conquista del Río de la Plata fue el poema épico escrito por Martín del Barco Centenera donde se menciona por primera vez el nombre de Argentina para designar a gran parte de la región que actualmente se encuentra la República homónima.

Estas obras de literatura culta con un carácter estilístico, aunque con un contenido histórico, fueron precedidas por gran cantidad de crónicas que describían el Nuevo Mundo y que tenían un sentido más didáctico. Son destacables los Naufragios de Cabeza de Vaca, que relataban las aventuras de su autor en Norteamérica, y la Historia verdadera de la conquista de Nueva España por Bernal Díaz del Castillo, que divulgó la asombrosa caída del Imperio azteca.

Bernardo de Balbuena nació en Valdepeñas (Ciudad Real) en 1562. A este poeta español del siglo XVI se le considera uno de los primeros poetas hispanoamericanos. Sus obras más importantes son el Victoria de Roncesvalles, más conocido como el Bernardo y el poema de Grandeza Mexicana en el que se describe así la ciudad de México en el siglo XVI:

México es la ciudad más rica y opulenta,
de más contratación y más tesoro,
que ni el norte enfría, ni que el sol calienta.
En ti se junta España con la China, Italia con Japón,
y finalmente un mundo entero en trato y disciplina.

La india marfil, la Arabia olores cría,
hierro Vizcaya, las Dalmacias oro,
plata el Pirú, el Maluco especiería,
seda el Japón, el mar del Sur tesoro
de ricas perlas, cácares la China,
púrpura Tiro, y dátiles el moro.

México hermosura peregrina,
y altísimos ingenios de gran vuelo,
por fuerza de astros o virtud divina;
al fin, si es la beldad parte del cielo,
México puede ser cielo del mundo,
pues cría la mahor que goza el suelo.

¡Oh ciudad rica, pueblo sin segundo,
más lleno de tesoros y bellezas
que de peces y arena el mar profundo!


Una de las grandes aportaciones que la sociedad española realizó durante los siglos de la colonización americana fue el mestizaje de razas y etnias.

Cuando en vientres de América cayó semilla
de la raza de hierro que fue de España,
mezcló su fuerza heroica la gran Castilla
con la fuerza del indio de la montaña.

Así de claro expresó aquella fusión de pueblos el poeta nicaragüense Rubén Darío en un poema dedicado A Colón. Esta descripción del mestizaje realizado entre españoles y nativos precolombinos también fue expresada en su Salutación del Optimista:

Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
espíritus fraternos, luminosas almas, ¡Salve¡,
porque llega el momento en el que habrán de cantar nuevos himnos,
lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos;
mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto. 

Únanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos;
formen todos un solo haz de energía ecuménica.
Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,
muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo,
que regará lenguas de fuego en esa epifanía. 

La latina estirpe verá la gran alba futura,
en un trueno de música gloriosa, millones de labios
saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente,
Oriente augusto en donde todo lo cambia y renueva
la eternidad de Dios, la actividad infinita. 

Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros,
ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda.


La trayectoria de tantos españoles que escribieron páginas de heroicidad, sacrificio, entrega y fortaleza en la colonización de América, fueron elogiados siglos después por literatos hispanistas como si de su propia nación se trataran, pues como dijo Miguel de Unamuno: "Quien no conoce América, no conoce España."

A principios del siglo XX, Rubén Darío encabezó a movimiento de literatura hispanista en la que escritores hispanoamericanos añoraban una soñada fraternidad hispana y americana. El poeta nicaragüense en sus Ecos de Hispanidad anunciaba que la "latina estirpe verá la gran alba futura". El mismo que cantó a España:

Dejad que siga y bogue la galera
bajo la tempestad, sobre las olas:
va con rumbo a una Atlántida española,
en donde el porvenir calla y espera.

No se apague el rencor ni el odio muera
ante el pendón que el bárbaro enarbola:
si un día la justicia estuvo sola,
lo sentirá la humanidad entera.

Y bogue entre las olas espumeantes,
y bogue la galera que ya ha visto
cómo son las tormentas de inconstantes.

Que la raza está en pie y el brazo listo,
que va en el barco el capitán Cervantes,
y arriba flota el pabellón de Cristo.

Dedicado a otros de los grandes literatos de su tiempo en lengua hispana A Juan Ramón Jiménez:

A vosotros mi lengua no debe ser extraña.
A Garcilaso visteis, acaso alguna vez…
Soy un hijo de América, soy un nieto de España.
Quevedo pudo hablaros en verso en Aranjuez.

La América española como la España entera,
fija está en el Oriente de su fatal destino.
Yo interrogo a la Esfinge que el porvenir espera,
con la interrogación de tu cuello divino.

¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿callaremos ahora para llorar después?


Esta dedicación y admiración de Rubén Darío por España fue recompensada por Antonio Machado, quien dedicó A la muerte de Rubén Darío:

Si era toda en tu verso la armonía del mundo, 
¿dónde fuiste, Darío, la armonía a buscar? 
Jardinero de Hesperia, ruiseñor de los mares, 
corazón asombrado de la música astral, 

¿te ha llevado Dionysos de su mano al infierno 
y con las nuevas rosas triunfantes volverás? 
¿Te han herido buscando la soñada Florida, 
la fuente de la eterna juventud, capitán? 

Que en esta lengua madre la clara historia quede; 
corazones de todas las Españas, llorad. 
Rubén Darío ha muerto en sus tierras de Oro, 
esta nueva nos vino atravesando el mar. 

Pongamos, españoles, en un severo mármol, 
su nombre, flauta y lira, y una inscripción no más: 
Nadie esta lira pulse, si no es el mismo Apolo, 
nadie esta flauta suene, si no es el mismo Pan.



Contemporáneo suyo fue el prosista y poeta mejicano Amado Nervo, quien en un estilo modernista compuso versos dedicados a la patria madre de México. En Águilas y Leones, describió el mestizaje hispanoamericano resultante de dos razas (águilas y leones) originarios de ambos lados del Atlántico.

Somos de raza de águilas y de raza de leones;
maridaje sublime de una y otra realeza;
la del ala que burla todas las extensiones
y la del rey ungido por la Naturaleza. 

Somos de raza de águilas y de raza de leones;
ya apunta nuestra aurora, nuestro destino empieza.
Somos de raza de águilas y raza de leones;
de leones indómitos de corona fulgentes,
y de águilas reales que en los hoscos peñones
estrangulan serpientes. 

En tanto, recordamos con emoción amante
el día en que una nave, cruzando las llanuras
del nunca hollado Atlante,
trajeron a estos mundos al fiero león rampante,
para unirlo a las águilas, diosas de las alturas.

De entonces, juntos ambos, mientras el león defiende,
la heredad que en sus garras formidables afianza
el águila, su aliada, las extensiones hiende,
y su mirada inmóvil la emboscada sorprende,
sortea los peligros y burla la asechanza. 
¡Oh España que nos diste tu altivo león rugiente.

Gracias!, seremos dignos de tu pujanza heroica,
y en premio del regalo y a cambio del presente
te ofrendamos el vuelo del águila potente,
y en el combate brava y en el dolor estoica. 

Los numerosos pueblos hermanos que en ti fijos
tienen los grandes ojos negros y soñadores,
y que como nosotros se ufanan de ser hijos,
de cepa tan gloriosa, te ofrecen sus cóndores,
te brindan sus estrellas, sus manos enlazadas,
sus vivos gorros frigios, sus cerros humeantes.

Y todos erigimos nuestras cimas nevadas
como torres gigantes,
para que a ellas asciendan las águilas osadas,
o rujan en sus crestas los leones rampantes.

¡Oh, madre, madre augusta de las veinte naciones,
rimemos los latidos de nuestros corazones,
y unidos para siempre nuestros veintiún pendones,
marchemos por caminos de paz y bienandanza!
Somos de raza de águilas y raza de leones,
tengamos esperanza.


La Historia de España fue alabada por Amado Nervo en El Lirio Cárdeno:

En el jardín del Alcázar luce un gran lirio morado,
un gran lirio cuya pompa las demás flores humilla
y que en su altivez enhiesta parece un abanderado
que majestuoso enarbola el pendón real de Castilla.

No hay reyes ya, ni hay infantes que por los sitios umbrosos
discurran como en las tardes de otros tiempos discurrían,
comentando bellos lances venatorios o amorosos,
y ostentando, a las miradas de los villanos ingenuos,
aquellas ropas chapadas que traían.

La sala de Alfonso el Sabio luce grecas de oro viejo
y hay un balcón donde el cielo miraba el Rey, que al saber
los absurdos del sistema tolemaico, muy perplejo
pensó que si le llamara Dios a su santo consejo
antes que construir el mundo, mejor le hubiera de hacer.

¡Cuántas acordadas músicas aquellos muros oyeron!
¡Cuántas trovas estas torres en la quietud oportuna!,
y estas grises galerías, ¡cuántas veces pasar vieron
la majestad desdeñosa de don Álvaro de Luna¡

En los campos melancólicos los cierzos vienen y van,
y parece que, añorando las dulces cosas que fueron,
nos murmuran al oído: ¿qué se hizo el rey Don Juan?
los infantes de Aragón, ¿qué se hicieron?


La poetisa argentina Margarita Abella Caprile, en París, al dirigirse a la reina de España, así le habló, recitando uno de sus bellísimos sonetos:

Yo he venido a deciros que en la América mía
es orgullo ser hijos de la sana hidalguía
y del altivo empuje del ánimo español,
y que la luz del Cristo de los conquistadores,
con su inmenso destello, nubló los resplandores
que ardían milenarios, en el templo del sol. 


El también argentino Jorge Luis Borges fue uno de los autores más destacados de la literatura del siglo XX, ganador del Premio Novel en esta disciplina. A España, que continuaba en Buenos Aires en un atardecer del mes de julio de 1964, dedicó estos versos:

Más allá de los símbolos,
más allá de la pompa y la ceniza de los aniversarios,
más allá de la aberración del gramático
que ve en la historia del hidalgo
que soñaba ser don Quijote y al fin lo fue,
no una amistad y una alegría
sino un herbario de arcaísmos y un refranero,
estás, España silenciosa, en nosotros.

España del bisonte, que moriría
por el hierro o el rifle,
en las praderas del ocaso, en Montana,
España donde Ulises descendió a la Casa de Hades,
España del íbero, del celta, del cartaginés, y de Roma,
España de los duros visigodos,
de estirpe escandinava,
que deletrearon y olvidaron la escritura de Ulfilas,
pastor de pueblos.

España del Islam, de la cábala
y de la Noche Oscura del Alma.
España de los inquisidores,
que padecieron el destino de ser verdugos
y hubieran podido ser mártires.

España de la larga aventura
que descifró los mares y redujo crueles imperios
y que prosigue aquí, en Buenos Aires,
en este atardecer del mes de julio de 1964.

España de la otra guitarra, la desgarrada,
no la humilde, la nuestra, España de los patios.
España de la piedra piadosa de catedrales y santuarios,
España de la hombría de bien y de la caudalosa amistad,

España del inútil coraje, podemos profesar otros amores,
podemos olvidarte como olvidamos nuestro propio pasado,
porque inseparablemente estás en nosotros,
en los íntimos hábitos de la sangre,
en los Acevedo y los Suárez de mi linaje,
España, madre de ríos y de espadas
y de multiplicadas generaciones, incesante y fatal.

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