El jesuita Pedro Arrupe fue el español superviviente de la detonación de la primera bomba atómica lanzada sobre la ciudad japonesa de Hiroshima el 6 de agosto de 1945, durante la Guerra del océano Pacífico entre el Imperio japonés y Estados Unidos de América.
Reconvirtió su novicio cristiano establecido en el periférico barrio de Nagatsuka en un improvisado hospital de emergencia que, junto con sus compañeros de la Orden de Jesús, se dedicó a ayudar a tantos heridos y enfermos concurrieron durante los primeros días tras la explosión. Su experiencia sobre el devastación de la ciudad por aquella bomba atómica fue descrita en su obra Yo viví la bomba atómica, publicado en Madrid, en 1952.
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| PEDRIO ARRUPE SUPERVIVIENTE DE LA BOMBA ATÓMICA DE HIROSHIMA |
Uno de los hechos más lamentables de la historia de la humanidad ha sido el estallido de la primera y segunda bombas atómicas en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Fue efectuado por el Ejército de los Estado Unidos de América durante la Guerra del Pacífico (1941-1944), englobaba en la II Guerra Mundial (1941-1945). Estados Unidos reaccionó por el frente del océano Pacífico cuando su base naval de Peral Harbour, establecida en Hawái, fue atacada el 7 de diciembre de 1941.
El Imperio de Japón de Hirohito había emprendido una política de expansión territorial por el sudeste asiático e islas del Pacífico, aliándose con las Potencias europeas del Eje (Alemania e Italia). En la primera fase del conflicto había invadido Filipinas, Malasia, Singapur, Hong Kong, Indonesia, parte de Birmania, Nueva Guinea y numerosas islas estratégicas como Guam, Wake y Salomón.
Sin embargo, las batallas del Mar del Coral y de Midway, a mediados de 1942, cambiaron el desarrollo del enfrentamiento. El Ejército estadounidense había infligió un daño irreparable a la flota de portaaviones japonesa y un freno a su expansión, que fue continuada por la estrategia de avance "salto de isla", atacando islas clave (Tarawa, Kwajalein, Saipán) para establecer aeródromos, evitando bastiones japoneses fuertemente defendidos.
Las crueles batallas de Iwo Jima y de Okinawa en 1945 no consiguieron forzar la rendición del Ejército japonés, demostrando una dura resistencia.
Informado el presidente Franklin D. Roosevelt de que su ejército había creado un arma para terminar con la guerra en un último golpe, dio su aprobación para que la primera bomba atómica de la historia fuese lanzada sobre la ciudad de Hiroshima, el 6 de agosto de 1945.
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| HIROHITO Y ROOSVELT |
Aquella bomba denominada Little Boy pesaba 4.300 kilos y fue transportada por un avión bombardero B-29 llamado Enola Gay, al mando del capitán Robert Lewis y del coronel Paul Tibbets. Aquel artefacto de uranio-235 fue lanzado desde el bombardero a 9,5 kilómetros de altura y estalló a 600 metros del suelo.
Hiroshima era una ciudad de unos 400.000 habitantes y objetivo militar de primer orden. Se trataba del segundo cuartel general de las tropas japonesas y desde su puerto se transportaban soldados y armamento a las diferentes zonas del conflicto. Además, la ciudad fue elegida por su tamaño y por estar rodeada de montañas que intensificarían la explosión, buscando forzar la rendición de Japón.
Sin embargo, Hiroshima no había recibido ningún ataque importante durante la contienda. Todas las ciudades colindantes, como Kure o Iwakuni, habían sido bombardeadas, dejando a Hiroshima en una extraña calma. Tal era así, que cuando en el cielo aparecía un B-29 norteamericano nadie acudía a los refugios, bajo la creencia de que la ciudad ya no sería bombardeada. Aquel bombardero aparecía casi a diario al amanecer, por lo que fue denominado el "correo americano".
Sus casas estaban construidas en madera, y sus calles estrechas y sinuosas. La altura media de los edificios era de dos plantas, permitiendo el paso de la luz.
En uno de aquellos edificios de la periferia de Hiroshima se encontraba el albergue de una misión católica regentada por miembros de la Compañía de Jesús, concretamente en un lugar llamado Nagatsuka. Constaba de parroquia y de residencia y se servía para su trabajo de los novicios que se formaban en otra casa jesuita cercana, a unos seis kilómetros de la ciudad. En este novicio jesuita era donde trabajaba Pedro Arrupe como rector del grupo de 35 compañeros repartidos por la ciudad y alrededores. Estaba destinado en Japón desde hacía siete años.
Si se salvó de sufrir los efectos de la explosión de la bomba y de fallecer de forma instantánea fue gracias a que su residencia estaba a seis kilómetros de distancia con respecto al centro de la ciudad.
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| PEDRIO ARRUPE EN NAGATSUKA |
Pedro Arrupe y Gondra había nacido en Bilbao en 1907. Sus estudios básicos los realizó en escuelas de carácter católico, cuyos valores determinarían su vida y carrera profesional.
En 1922, estudió Medicina en la Universidad de Valladolid, continuando en la Facultad de San Carlos, dependiente de la Universidad Central de Madrid. Se destacó como un excelente alumno, pues llegó ganar el premio extraordinario de carrera a uno de sus compañeros de aula, el neurólogo Severo Ochoa, premio Nobel de Medicina, en 1926. Durante su etapa universitaria, recibió clases de su profesor Jorge Negrín, quien más tarde sería presidente de la II República española.
En 1927, ingresó en la Compañía de Jesús. Pocos años después, en 1932, el gobierno de la II República ilegalizó su orden sacerdotal, por lo que tuvo que exiliarse a Bélgica y de allí a Holanda, donde continuó estudiando teología.
En 1938, Arrupe recibió una noticia que llevaba tiempo esperando, era su autorización como misionero a Japón, algo que ya había solicitados varias veces.
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| MONUMENTO A LOS MÁRTIRES DE NAGASAKI |
Para la Orden de los jesuitas, esta isla fue determinante en el avance del evangelio por el sudeste asiático poco tiempo después de que san Ignacio de Loyola fundase la compañía en el siglo XVI. En 1549, san Francisco de Javier introdujo el Cristianismo en Japón, logrando un rápido éxito inicial que alcanzó unas 300,000 conversiones para 1600. Enfocados en las élites, fundaron seminarios y adaptaron la cultura local. En 1597, se produjo la crucifixión de los Mártires de Nagasaki, donde veintiséis cristianos fue ejecutados, muchos de ellos jesuitas, marcando un hito en la persecución religiosa. A principios del siglo XVII, se enfrentaron a una brutal persecución, siendo expulsados o martirizados tras la prohibición del shogunato.
Arrupe había querido servir como misionero en Japón, siendo destinado en aquel novicio ubicado en Nagatsuka, en una colina a las afueras de Hiroshima. Desde el puerto estadounidense de Seattle se embarcó rumbo a Yokoyama, a finales de 1938. Estuvo varios meses aprendiendo el idioma y las costumbres autóctonas, hasta que fue trasladado a la Iglesia parroquial de Yamaguchi, en cuya ciudad comenzó a predicar san Francisco de Javier en 1550.
El 8 de diciembre de 1941, un día después de que Estados Unidos declarase la guerra a Japón, Arrupe fue acusado de ejercer el espionaje por las autoridades, por ello fue encerrado en una pequeña celda. Desde prisión, estuvo luchando por su honestidad y lealtad a sus convicciones católicas, tratando de convencer a las autoridades japonesas de las verdaderas intenciones en la isla: la ayuda al prójimo. Un mes después fue liberado, y unos meses más tarde fue destinado al novicio de Nagatsuka.
El 6 de agosto de 1945, el padre Arrupe se convirtió en un excepcional testigo de la masacre que sufrió la ciudad. Cuando regresó a Europa, ofreció cientos de conferencias y escribió su libro Yo viví la bomba atómica, publicado en Madrid, en 1952.
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| YO VIVÍ LA BOMBA ATÓMICA, POR PEDRIO ARRUPE |
A las 08:15 de la mañana, un bombardero B-29 lanzó sobre la ciudad una bomba que asesinó a decenas de miles de personas de forma instantánea.
Aquel día, Arrupe llevaba levantado desde muy temprano, estaba ofreciendo una misa mañanera cuando escuchó y vio el estruendo. Lo cuenta así en su libro:
"…, cuando de repente vimos una luz potentísima, como un fogonazo de magnesio, disparado ante nuestros ojos. Naturalmente, extrañados, nos levantamos para ver lo que se sucedía y al ir a abrir la puerta de aposento oímos una explosión formidable, parecía el mugido de un terrible huracán, que se llevó por delante puertas, ventanas, cristales, paredes endebles… que, hechos añicos, iban cayendo sobre nuestras cabezas."
Los supervivientes describieron aquello como una sucesión de explosiones y de ráfagas de aire extremadamente calientes. Los que estaban más alejados lo describieron como un inicial fogonazo, seguido un estruendoso ruido. Con ese estallido, cientos de llamas fueron diseminadas por la ciudad, a la vez que la onda expansiva de elevado calor barría las calles y viviendas, incendiándolas instantáneamente y rediciéndolas a cenizas.
En ese instante, sobre la ciudad se formó una enorme humareda, el llamado hongo nuclear, que sumió a Hiroshima en una nube de gas venenoso que volaba a una velocidad de 800 km/h. Después, apareció una llovizna negra, mezcla de ácido, agua, cenizas y sedimentos sólidos. El 92% de las personas a 600 metros del epicentro murieron. El calor extremo y la radiación provocaron incendios devastadores y enfermedades inmediatas como náuseas, vómitos y caída del cabello.
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| EXPLOSIÓN DE LA BOMA ATÓMICA EN NAGASAKI EN 1945 |
Pero cuando miraron por la ventana no vieron ni cráter ni explosión, pues "allí no había ningún hoyo, ninguna señal de explosión. Los árboles, las flores, todo, parecía normal." Solo cuando subieron a una colina cercana comprendieron la magnitud de la tragedia: "Desde allí pudimos distinguir en dónde había estado la ciudad, porque lo que teníamos delante era una Hiroshima completamente arrasada."
Las estructura de madera de los edificios estaban en llamas y habían convertido a la ciudad en una enorme hoguera, en la que miles de japoneses se preparaban para comenzar el día.
Arrupe se preparaba junto a sus compañeros para recibir una avalancha de personas heridas. Sin embargo, apenas contaban con botiquín formado por pequeñas cantidades de yodo, aspirina, sal de frutas y bicarbonato. Entonces, los jesuitas del novicio se organizaron para traer alimentos y ayudar a los heridos que hubiese en la ciudad. Si intención era convertir el centro espiritual en un improvisado hospital de emergencia.
"Nunca se me olvidará, porque fue una de mis impresiones primeras de la bomba atómica, aquel grupo de muchachas jóvenes, de dieciocho a veinte años, que venían agarradas unas a otras, arrastrándose. Una de ellas tenía una ampolla que le ocupaba todo el pecho. Tenía además la mitad del rostro quemado y un corte producido por la caída de una teja, que, desgarrándole el cuello cabelludo, dejaba ver el hueso, mientras gran cantidad de sangre le resbalaba por la cara. Y así la segunda, la tercera… en una progresión que si se continúa hasta 150.000 nos dará una idea aproximada del cuadro de Hiroshima."
Ante la imposibilidad de entrar en la ciudad para buscar a sus compañeros jesuitas de las otras dependencias, el padre Arrupe fue organizando la actividad en el noviciado. No tienen medicinas y tampoco personal cualificado para operar, así que tomó una decisión sencilla, pero que resultó trascendental para la recuperación de los 150 heridos que ya habían llegado al centro: acaparar cuanta comida pueda para nutrir a los desgastados cuerpos. Jóvenes de otros lugares fueron dejando una importante cantidad de alimentos que sirvió para combatir la anemia de muchos enfermos, así como la leucemia que desarrollaron los heridos por la radiación nuclear.
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| VICTIMAS DE NAGASAKI EN 1945 |
La situación se fue volviendo cada vez más catastrófica, superando las posibilidades médicas que tenía aquel reducido grupo de misioneros. A las heridas por contusión que había que limpiar en carne viva y a sangre fría por la ausencia de cloroformo, éter, morfina o cualquier anestésico que redijese el dolor, se unían los cortes y las quemaduras.
En su libro, el padre Arrupe describió el indescriptible sufrimiento de los japones que aguantaban sin apenas quejarse con total estoicismo:
"Sufrimientos espantosos, dolores terribles que hacían retorcerse a los cuerpos como serpientes y, sin embargo, no se oía un solo quejido. Todos sufrían en silencio. Nadie gritaba ni lloraba. En esto es donde el pueblo japonés se manifiesta muy superior a los occidentales: en el control absoluto del dolor y el estoicismo, tanto más admirable cuanto más espantosa es la hecatombe."
Después de esas primeras horas de descontrol y estupefacción, Arrupe y sus colaboradores consiguieron entrar en la ciudad avanzada la tarde. Aún no sabían nada de sus compañeros jesuitas que vivián en las dependencias de interior. La realidad del desastre les dejó desolados.
"… un espectáculo sencillamente indescriptible; visión dantesca y macabra imposible de seguir con la imaginación. Teníamos delante una ciudad completamente destruida, por la que íbamos avanzando sobre los escombros cuya parte inferior estaba aún llena de rescoldos… Pero mucho más terrible era la visión trágica de aquellos miles de personas heridas, quemadas, pidiendo socorro. Como aquel niño con quien me tropecé que tenía un cristal clavado en la pupila del ojo izquierdo, o aquel otro que tenía clavada en los intercostales, como si fuese un puñal, una gruesa astilla de madera."
Fue a primeras horas de la noche, tras varias de caminata por la ciudad, cuando este equipo de salvamento encontró a sus cinco compañeros jesuitas, todos ellos heridos, pero vivos. Entre estos, el padre Schiffer, a quien para cortar una hemorragia que tenía en la cabeza no tuvieron más remedio que cubrírsela con un turbante fabricado con papeles de periódicos y una camisa. Con estos heridos se iniciaba un viaje de regreso al noviciado que terminó a mitad de la noche.
Al día siguiente, 24 horas después de la explosión, se presentó en las estancias una persona que entregaba un saco de ácido bórico, más de 15 kilos de desinfectante, que salvarían la vida a cientos de heridos. Después habría que improvisar las vendas y gasas.
"Con nuestra ropa interior y con las sábanas que había en casa, fabricamos que gran cantidad de vendas y comenzamos nuestro trabajo, sumamente primitivo, pero que dio gran resultado. Consistía en poner una gasa sobre la herida, manteniéndola húmeda todo el día con una solución desinfectante de ácido bórico. Así se lograba calmar un poco el dolor y, además, manteníamos la lesión relativamente limpia y en contacto con el aire."
Si tantos heridos acudían al noviciado fue debido a que la ciudad fue arrasada, y los habitantes que sobrevivieron huían de ella, encontrándose este edificio a las afueras, en un lugar llamado Nagatsuka.
El número de niños heridos era superior al de adultos, los cuales fueron alcanzados por la explosión cuando se encontraban en las escuelas. Sin padres ni profesores, estaban deambulando por las calles a la intemperie, otros sufriendo las heridas en solitario.
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| NAGASAKI EN 1945 Y EL RÍO NAKASHIMA |
Al término de tres o cuatro días, los jesuitas de Arrupe se encontraron con otro tipo de síntomas en personas que estaban en la ciudad en el momento de la explosión, y que no habían sufrido heridas aparentes:
"… pasados unos cuantos días se sentían débiles y venían a nosotros diciendo que se abrasaban por dentro, que quizá habían respirado un gas venenoso… y al poco tiempo morían."
Todas aquellas personas estaban experimentando en su cuerpo los efectos de la radiación atómica, y nadie los conocía.
Arrupe pudo realizar investigaciones y estudiar diversos casos, encontrando los siguientes síntomas:
"Destrucción de los órganos hematopoyéticos, médula, bazo, ganglios linfáticos y los bulbos capilares; es decir, un caso típico de ataque radioactivo."
Y, tras conocer las cusas y las consecuencias, pudieron salvar ayudar a muchos enfermos y salvar la vida a otras a través de transfusiones de sangre, y algún otro método.
Para realizar estas curas, Arrupe fue ayudado por los médicos que fueron llegando a Hiroshima procedentes de Tokio, Osaka y otras ciudades cercanas. Estos se afanaban en saber que era lo que había ocurrido.
Otra de las descripciones que Arrupe realizó en su libro fue la quema de personas muertos con fines higiénicos y salubres:
"… y comenzamos a levantar pirámides inmensas de cadáveres para rociarlos con petróleo y prenderles fuego después. Así desaparecieron los cadáveres que estaban en las calles. Pero a los tres o cuatro días, con el sol de agosto y el calor húmedo, el olfato nos iba diciendo dónde había más cuerpos en corrupción. Levantando los escombros no encontrábamos a familias de cinco o seis o más personas aplastadas bajo su casa. Ayudados por los transeúntes, que al azar cruzaban por allí, hacíamos montones de cincuenta o sesenta cadáveres para incinerarlos."
En esta tarea de incineración de muertos se encontraba Arrupe cuando, el 9 de agosto, tres días después de ataque a Hiroshima, otro B-29 arrojó la segunda bomba atómica sobre Nagasaki. Y, aunque más potente que la primera, esta segunda causó menor devastación, que fueron aproximadamente la mitad de las víctimas que las causadas en Hiroshima.
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| BOMBRDERO B-29 ENGOLA GAY Y BOMBA ATÓMICA LITTLE BOY |
Un día antes, el 8 de agosto, la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas había declarado la guerra a Japón. Las tropas del mariscal Rodion Malinowsky habían empezado a invadir amplias zonas de Manchuria, el norte de China, Corea y la isla de Sajalin.
Mientras tanto, el Ejército japonés no tenía capacidad de reacción de ningún tipo, estaba abatido y derrotado. Estados Unidos proponían la rendición del país del "sol naciente". Para evitar mayores sufrimientos al pueblo niponés, el emperador Hirohito aceptó el armisticio ofrecido. El 14 de agosto de 1945, Japón anunció su rendición.
El 2 de septiembre tuvo lugar la firma del Tratado de Paz que ponía fin a la Guerra del Pacífico, a bordo del acorazado Missouri, en aguas de la bahía de Tokio. Por parte estadounidense, el representante fue el general MacArthur, quien en un breve discurso dijo:
"Estamos reunidos aquí los representantes de las principales potencias para concluir un solemne acuerdo encaminado al restablecimiento de la paz (…) Tampoco no hemos reunido en un ambiente de desconfianza, reserva y odio (…) Roguemos para que la paz se restablezca ahora en el mundo y para que Dios la conserve siempre."
La explosión de la bomba atómicas en Hiroshima afectó a 13 millones de metros cuadrados, con el resultado de 56.111 edificios totalmente arrasados, 6.820 bastante perjudicados y 6.040 parcialmente dañados, de un total de 75.327 edificios existentes.
En cuanto a las víctimas, el dato más fiable procede del Information Center of Hiroshima, que asegura que fueron 260.000 muertos y 163.293 heridos o desaparecidos. De los muertos, 50.000 fallecieron en el momento de la explosión nuclear y 200.000 en las semanas siguientes, la gran mayoría por los efectos de la radiación nuclear (leucemia, cáncer, quemaduras). De todas formas, son cifras que contabilizan las primeras semanas, pero olvidan las víctimas que padecieron la radiación durante décadas, haciendo enfermar a personas que en un primer momento contabilizaron como heridos. La contaminación de la tierra, del aire y del agua continuó causando enfermos y muertos durante generaciones, hechos que los gobiernos japonés y estadounidense no les interesó estudiar y divulgar.
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| PEDRO ARRUPE DE MISIÓN |
En 1954, Arrupe fue nombrado jefe superior de la Compañía en Japón, con el cargo de viceprovincial.
En 1965, fue nombrado general de su compañía, cargo que desempeñó hasta 1983. Su mandato se caracterizó por la renovación interna de la orden y por enfocarse a ayudar a los pobres y excluidos sociales. Otra de sus actuaciones fue la fundación del Servicio Jesuita al Refugiado, en 1980. Al año siguiente, sufrió una trombosis que le dejó muy mermado físicamente y le obligase a dejar la dirección de general de la Compañía. Años después José Arrupe falleció en 1991.










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