SEVILLA CAPITAL DEL COMERCIO MUNDIAL EN LA MODERNIDAD


Tras el descubrimiento de América, una de las consecuencias más inmediatas fue la organización de una importante red comercial que la Monarquía hispánica estableció entre la metrópoli y las Indias, inicios de la primera economía a escala global. Sevilla se transformó en una flamante sede comercial y capital del rico intercambio mercantil del Imperio español, durante los siglos XVI y XVII.

La capital hispalense fue una ciudad abierta, puerto y puerta de las Indias, urbe y orbe, mapa de todas las naciones, capital de dos mundos, América y Europa, centro de atracción y confluencia de una heterogénea muchedumbre de hombres, mercancías, capitales y negocios, en la que todos ellos contribuyeron al esplendor de una nueva Roma sevillana y gran Babilonia de España.

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SEVILLA CAPITAL DEL COMERCIO MUNDIAL EN LA MODERNIDAD

El asentamiento de españoles en los primeros enclaves caribeños y centroamericanos a finales del siglo XV, y la necesidad de seguir avanzando en el proceso de descubrimientos, hizo que los Reyes Católicos estableciesen una línea comercial que uniera los reinos hispanos con el Nuevo Mundo, fue la llamada Carrera de Indias. Tras un período de dudas y expectativas, adoptaron una serie de medidas inspiradas por el naciente mercantilismo:

1. la designación del puerto de Sevilla como única cabecera de la ruta que uniría la península Ibérica con las tierras americanas.

2. el derecho al monopolio del comercio con las Indias a los súbditos españoles.

3. el establecimiento de un organismo de administración y control.

Desde el segundo viaje del almirante Cristóbal Colón, Sevilla había funcionado como el centro de administración y de gobierno en la mayoría de los aprestos de expediciones a cargo de la Hacienda Real y algunas de particulares. Además, Sevilla reunía un excelente conjunto de condiciones geoestratégicas para establecerse como cabecera del Imperio, que Huguette y Pierre Chaunu resumieron en una obra clásica, Sevilla y el Atlántico (1504-1650).

El puerto fluvial está situado en el río Guadalquivir, siendo navegable durante 100 kilómetros hasta su desembocadura en la costa occidental andaluza, para aprovechar los vientos y las corrientes, los alisios durante el verano y la corriente de Canarias durante el invierno. Frente a la exposición marítima que ofrecían Huelva, Cádiz o Sanlúcar de Barrameda, la antigua Colonia Iulia Romula Hispalis estaba blindada para evitar el contrabando y eventuales ataques de corsarios y piratas.

mapa río Guadalquivir Sevilla
CURSO DEL RÍO GUADALQUIVIR

La ciudad hispalense disponía de una adecuada infraestructura viaria y de comunicaciones con el interior peninsular, estaba bien abastecida gracias a la abundante producción agrícola del valle del Guadalquivir, al tiempo que contaba con una nutrida colonia de mercaderes asentada en su solar desde tiempos posteriores de la Reconquista, en 1247, por Fernando III el Santo. Sus intercambios con los puertos del Mediterráneo acreditaban su experiencia.
"El río grande estaba cansado de sostener sobre sus aguas diversas culturas cuando los barcos de América comienzan a herir su curso. Pero es entonces, repetimos, cuando el río se hace universal y es también entonces cuando Sevilla comienza a ser un don del río y a cobrar esa grandeza que le lleva en el siglo XVI a ser una de las primeras urbes del mundo."

Así es como lo explicaba Tomás de Mercado, economista de la Escuela de Salamanca, quien afirmó en 1569 que "soliendo antes, Andalucía y Lusitania ser el extremo y fin de toda la tierra, el descubrimiento de las Indias, es ya como medio". Es más, tras la reconquista de Granada y la colonización de América en 1492, en Sevilla se inventó el concepto de "Nuevo Mundo" y "Viejo Mundo".

Además, los marinos gaditanos y onubenses eran expertos en la navegación por aguas atlánticas, al mismo nivel que los portugueses de la Escuela Náutica de Sagres. Desde Lepe a Cádiz se desarrolló una incipiente industria náutica, con perfeccionamiento de naos y carabelas, velas redondas, rectangulares y latinas, cartas de marear, sistemas de proyección, astrolabios y cuadrantes, tablas y almanaques, bitácoras, ampolletas y sondas.

RENDICIÓN DE SEVILLA POR FERNANDO III, POR FRANCISCO PACHECO

La Monarquía basaba el derecho a la conquista y colonización, a la explotación de los recursos y a la evangelización de los pueblos del Nuevo Mundo gracias a las Bulas Alejandrinas otorgadas por el Papa en 1493 y el Tratado de Tordesillas de 1494.

Desde el inicio de la colonización del Nuevo Mundo hasta la mitad del siglo XVI, desde Sevilla partieron numerosos proyectos privados que navegaron en solitario hasta las islas Antillas, primero, y hasta Tierra Firme, después. A esta ruta comercial se la denominó Carrera de Indias Occidentales. Esta iniciativa privada era un sistema de viajes irregulares que emprendía la travesía en cualquier fecha y que sufrió el ataque de corsarios ingleses. El llamado sistema del "navío suelto" marchaba desprotegido, utilizaba carabelas, naos, urcas y otros barcos de escaso tonelaje, y en ocasiones en pésimas condiciones y en momentos indebidos, lo que ocasionó muchas pérdidas de barcos y hombres.

Este ineficaz sistema propició el establecimiento de un sector comercial regulado y protegido de un modo más estricto y que culminó con la adopción en 1564 del Sistema de Flotas y Galeones.

SALA DE LOS PILOTOS DE LA CASA DE CONTRATACIÓN

Este novedoso sistema establecía la salida anual de dos flotas de galeones, embarcaciones artilladas, más robustas y seguras para los viajes transatlánticos. La primera de estas flotas, conocida como "la Flota", partía en abril apoyada por una nave Capitana y una Almiranta fuertemente artilladas para la protección en caso de ataques, con destino en Veracruz. La segunda, "los Galeones", partía en agosto escoltada por seis u ocho galeones de guerra, con final en Nombre de Dios, primero, y Portobelo, después, con un ramal a Cartagena de Indias y otros puertos cercanos. Previamente, ambas flotas pasaban por Santo Domingo y La Habana. En estos puertos virreinales descargaban sus productos europeos, que se llevaban hasta la ciudad de México y Acapulco en el caso de la Flota, y hasta Panamá, el Callao y otros puertos del Pacífico sur americano. Pasaban el invierno allí y en el mes de marzo se reunían en La Habana para regresar unidas hasta Sevilla. Desde 1571, se organizó el llamado Galeón de Manila, una línea comercial que enlazaba Acapulco con las islas Filipinas.

Para organizar la actividad comercial y coordinar las relaciones con las tierras descubiertas y por descubrir se fundó la Casa de Contratación de las Indias. Funcionó como máximo organismo responsable del comercio ultramarino entre 1503 y 1717 establecido en Sevilla. Tenía su sede en el Salón del Almirante, perteneciente al Real Alcázar, construido en estilo mudéjar en el siglo XIV, por Pedro I de Castilla, donde estaca su Patio de las Doncellas por su magnífica galería de arcos polibulados con una fuente central en estilo renacentista.

PATIO DE LAS DONCESLLAS DEL REAL ALCÁZAR

Este sistema institucional aplicó desde su inicio las doctrinas intervencionistas en el comercio exterior propias de la época, para ir perfeccionándose durante el siglo XVI hasta quedar institucionalizado en el último cuarto del mismo. Las dificultades crecientes que ofrecían los cada vez más robustos y cargados navíos para remontar el curso del Guadalquivir hasta el puerto hispalense fue la causa del traslado de esta institución a la ciudad de Cádiz, en 1717 y hasta 1790.

Entre sus competencias estaban el fomento y regulación del comercio y la navegación con las Indias, el apreso de sus flotas como la instrucción a capitanes y maestres o la visita e inspección de navíos, la defensa de las rutas oceánicas mediante una escolta armada de unos seis u ocho galeones, el control del embarque de pasajeros, el cobro de derechos aduaneros, la persecución del fraude fiscal, el perfeccionamiento de la ciencia al servicio de la náutica y la cosmografía, la formación de tripulantes y oficiales marinos, el ejercicio judicial tanto civil como criminal relacionados con el comercio mercantil, el registro y depósito de las mercancías que iban o venían, o el mantenimiento del Padrón Real o Padrón General, mapa cartográfico secreto donde se anotaban todas las novedades referentes a avistamientos de tierras o de accidentes geográficos y el ensayo de derroteros diferentes.

ARCHIVO GENERAL DE INDIAS

La Casa de Contratación oficializó los cargos técnicos de piloto mayor en 1508 y de cosmógrafo mayor en 1523, aunque también se crearon una cátedra de Navegación y Cosmografía, una plaza de piloto mayor arqueador y una cátedra de artillería, fortificaciones y escuadrones.

Frente a los intereses de la Corona en el comercio colonial, los beneficiarios del monopolio instituyeron su propia asociación gremial, el Consulado de Indias o Universidad de Cargadores a Indias, sancionado por Carlos V en 1543 y confirmado por Felipe II en 1566. Se trata de una corporación profesional de mercaderes relacionados con el comercio colonial para defender sus intereses frente a los de la Corona y los de otros mercaderes, y para participar en los litigios y querellas surgidas entre sus miembros o con otros agentes en una amplia serie de materias que abarcan desde las transacciones mercantiles hasta las quiebras de compañías, los contratos de fletes de naves, los préstamos a la gruesa o loa seguros marítimos.

En 1569, se constituyó la Universidad de Mareantes, por los dueños de naos, maestres y pilotos de la Carrera de Indias. Fue un organismo menos poderoso que el Consulado, a pesar de su extraordinaria contribución económica y técnica de sus miembros al tráfico ultramarino. Tuvo su sede central en el arrabal de Triana, en la orilla derecha del Guadalquivir. Trataba la enseñanza práctica de la navegación, el servicio hospitalario de los marineros y otro tipo de necesidades de sus integrantes.

Un ejemplo más del poder que llegó a alcanzar el Consulado de Mercaderes fue la fundación de la Lonja de Mercaderes, en 1598. Es un magnífico edificio situado entre la Catedral y el Alcázar, que en la actualidad alberga la sede del Archivo General de Indias.

BODA REAL ENTRE CARLOS I DE ESPAÑA E ISABEL DE PORTUGAL

En 1508, se produjo la visita del rey Fernando el Católico, en cuyo honor se erigieron dos arcos de triunfo decorados con textos y relieves que evocaban sus victorias militares al mando del general cordobés Gonzalo Fernández de Córdoba.

Ante el creciente esplendor y prosperidad que experimentaba Sevilla no es extraño que el emperador Carlos V de Alemania eligiese esta ciudad para contraer matrimonio con la princesa Isabel de Portugal en marzo de 1526. Este Carlos I de España había restablecido la paz tras la Guerra de las Comunidades de Castilla y la ciudad volvió a decorarse con simbología religiosa y mitológica, exponiéndose siete arcos de triunfo por sus calles al estilo romano y un programa idealizado del buen gobierno, como expresión figurativa de la nueva alianza del emperador y su pueblo. Los siete arcos ponían las siete virtudes del príncipe: prudencia, fuerza, clemencia, paz, justicia, fe y gloria.

Era la expresión del fin de una ciudad islámica y medieval a favor de una ciudad idealizada, clásica, renacentista y cristiana. Porque, aunque sus cimientos fuesen de origen romano y musulmán, fue decorándose con monumentos y palacios que imitaban a la Roma imperial y pontificia. Y este proceso fue culminado con el enlace matrimonial del nuevo césar hispánico, el emperador de Sacro Imperio Romano Germánico con la princesa de Portugal que formalizaría la unión ibérica de todos los reinos hispánicos de la España perdida visigoda.

Esta nueva concepción quedó reflejada por el bachiller Luis de Peraza en su Historia de Sevilla, hacia 1530-1535.

Andrea Navagero, embajador de Florencia que asistió a la boda imperial, quedó maravillado por el esplendor de la ciudad y escribió en su libro de viaje: "Sevilla se parece más que ninguna ciudad de España a las ciudades de Italia."

CATEDRAL DE SEVILLA

Se trataba del enclave sito en un hermoso, fértil y amplio valle por el que circula un gran río, el Guadalquivir, protegido del exterior por sus murallas. Por encima de ellas se divisaban las espadañas y los campanarios de sus iglesias y conventos, entre los que destacaba la imponente catedral de Sevilla. Esta empezó a construirse a finales del siglo XIV, en el lugar de la antigua mezquita. Al terminarse en 1503, se convirtió en la mayor catedral gótica del mundo.

De esta catedral destacaba su torre de Santa María, el aminar almohade que anunciaba al viajero el final de su trayecto. El campanario de aquella torre fue remodelado en 1578, convertido en cristiano y renacentista, rematado con una veleta, y bautizado como la Giralda. Las campanas de tan alta y bella torre sonaban anunciando el regreso de la flota de los galeones o las victorias militares, el nacimiento de algún príncipe o infante o daban la alarma si las costas andaluzas eran amenazadas por corsarios.

Desde lo alto de la torre se observaba el perímetro urbano, dibujado por la muralla circular, alta, soberbia y ancha, un cinturón de seis kilómetros de longitud, con 166 torres y más de una docena de puertas. También se contemplaba la trama urbana, una estructura irregular de calles estrechas e intrincadas, un claro estilo musulmán, cuya finalidad era resguardarse del sol en verano. Sus calles estaban jerarquizadas, unas formaban el corazón económico, muy concurrido por gentes relacionadas con los negocios de ultramar, otras en cambio eran de paso.

Calcografía Sevilla Pedro Tortolero
SEVILLA, SIGLO XVIII

Durante el siglo XVI, una fiebre constructora levantó edificios públicos y privados modernos que suplieron el estilo medieval y la herencia mudéjar. Abundaron los palacetes de influencia artística italiana, pertenecientes a aristócratas, regidores y funcionarios municipales, y a mercaderes indianos, en cuyas fachadas lucían escudos y blasones de sus linajes. Un buen ejemplo de este tipo de palacios fue la Casa de Pilotos, iniciada a finales del siglo XV en el tradicional estilo mudéjar, por miembros de dos poderosos linajes andaluces, Pedro Enríquez y Catalina Ribera. Su hijo, Fadrique Enríquez de Ribera lo reformó añadiendo elementos clásicos del Renacimiento, mientras que su sobrino, Afán de Ribera, virrey de Nápoles, introdujo una gran colección de estatuas que representaban a personajes de la Antigüedad.

Entraban en contraste las pequeñas casas de las gentes humildes, o los corrales de vecinos donde convivían libertos, moriscos y emprendedores pobres con el objetivo de embarcarse hacia las Américas.

Era Sevilla una ciudad donde abundaban las procesiones y los edificios religiosos: iglesias, conventos, torres y campanarios. El dinero propició la creación artística privada patrocinada por mecenas adinerados y la celebración de actos litúrgicos públicos para adoctrinar a las masas. Las procesiones fueron la máxima expresión de la fe católica hispalense, y la diversión de la ciudadanía por su glamur y su sentimiento, su música y su colorido, su carácter festivo y teatral.

MERCADERES EN EL ARARBAL DE SEVILLA

En torno a la catedral de Sevilla se encontraban las Gradas de los comerciantes, lugar en el cual un gentío cosmopolita y heterogéneo dirigía los negocios que enlazaban Europa con el Nuevo Mundo. Estos agentes cambiaban, compraban o vendían productos de ambos continentes, organizaban compañías navieras, contrataban personal, en líneas generales, participaban en los orígenes de una economía global.

Cerca de allí se encontraba el puerto fluvial, más conocido como el Arenal, tratándose de un gran espacio económico desde el cual se realizaba una importante actividad comercial con puertos del Mediterráneo y las Canarias antes del descubrimiento de América. Su carácter mercantil determinó el desarrollo del centro urbano, originando la aparición de arrabales, atarazanas, aduanas, astilleros, almacenes y posadas. El Arenal acogía gentes de toda clase: mercaderes, hidalgos, soldados, aguadores, calafates, carreteros, marineros, vendedores ambulantes, etc. Era también un lugar propicio para los encuentros galantes, las reyertas, y las salidas en barca río abajo, para organizar picnics amenizados con música de guitarra y palmas.

TORRE DEL ORO Y GIRALDA

La Torre del Oro fue construida en el siglo XIII con carácter defensivo, pero en la práctica sirvió para marcar la entrada en el Arenal, para descargar los buques a modo de grúa, y en ocasiones para proteger el oro y la plata traídos por la flota de Indias.

Al otro lado del Guadalquivir se encontraba el barrio de Triana, en su orilla se instalaron talleres de reparación de naves. Ambas orillas estaban unidas por puentes de barcas. Entre la Torre del Oro y la Puerta de Triana, construida a finales del siglo XVI y derribada en 1868, se alzaban almacenes para guardar las mercancías llegadas al puerto.

En las orillas del puerto se cargaba una enorme cantidad de productos europeos con destino americano: herramientas y productos fabricados de hierro precedentes de Vizcaya, sedas de Granada, sombreros de Portugal, gorras de Toledo, aceitunas del Aljarafe de Sevilla, peines de París, camisas y jubones de Ruán, libros y obras de arte, hasta esclavos negros de Angola.

Desde América llegaban metales preciosos, oro, plata, diamante, materias primas y productos exóticos, y desde Filipinas sedas y porcelanas chinas, algodón indio, piedras preciosas y especias de los países más exóticos, y otros géneros filipinos y japoneses.

SEVILLA, SIGLO XVI

La Modernidad inicia un novedoso modelo de pensamiento y estilo de vida con más comodidades que en el Medievo, generando una demanda europea de nuevas necesidades. El tráfico de estas mercancías enriqueció a la sociedad y Estado modernos españoles y contribuyó a la prosperidad de Europa. La fama que se ganó Sevilla propició una corriente especulativa y humana que transformó muy pronto la ciudad.

Entre 1503 y 160, desembarcaron en el puerto hispalense aproximadamente 100.000 kilos de oro en lingotes. Desde 1560, ante la escasez de oro, la plata sustituyó al primero en importancia y se convirtió en el principal metal a tratar gracias a la explotación de las minas de Durango y Zacatecas y Guanajuato en México, de las del Potosí en Bolivia, y de los yacimientos del Cerro de Pasco en Perú. En la década de los 50, entre 1551 y 1560, se calcula que llegaron unas 30 toneladas de plata anuales, en la década siguiente la cantidad se multiplicó hasta llegar a las 90 toneladas, y en los últimos años del siglo XVI en el puerto hispalense se desembarcaron una media de 250 toneladas al año. Hasta 1620 las remesas que llegaban se mantuvieron a un nivel elevado, pero a partir de 1630 empezaron una progresiva reducción.

Las riquezas indianas modificaron la fisonomía de la urbe, la cantidad y la procedencia de sus habitantes, y hasta sus valores morales. Y la transformaron, según fray Tomás de Mercado, en "la más rica sin exageración que hay en todo el orbe".

PRINCIPALES RUTAS COMERCIALES DEL IMPERIO ESPAÑOL

El auge económico surgido en el siglo XVI explica el fuerte crecimiento demográfico experimentado en el mismo periodo, del mismo modo que durante su caída en el XVII explica el traslado de la sede de la Casa de Contratación a Cádiz en 1717. A finales del siglo XV la población hispalense no excedía de 15.000 habitantes, pero a principios del siglo XVI, como consecuencia de su capitalidad económica, la población se incrementó llegando casi a los 60.000. En la década de 1580, en pleno esplendor del Siglo de Oro español, la población alcanzó los 120.000 habitantes, lo que la situaba como la segunda ciudad más poblada de Europa, sólo superada por Nápoles, el otro gran puerto europeo.

El tráfico comercial ultramarino fue monopolizado durante todo el periodo colonial por los españoles naturales de la Monarquía hispánica: los naturales del reino de Castilla con las provincias Vascongadas, la corona de Aragón formada por Aragón, Valencia, Cataluña y Mallorca, el reino de Navarra, y las islas Canarias. Dentro del grupo de comerciantes españoles no andaluces, destacaron los burgaleses y los vascongados.

Los burgaleses se dedicaron desde finales del siglo XV a la exportación de la lana castellana desde el puerto de Sevilla hacia los mercados flamencos. Fue muy destacable la participación de los vascos en la Casa de Contratación. Se especializaron en la carga y el patrocinio de navíos, y en el comercio del hierro, gracias a su tradicional construcción armera y férrea en tierras del Señoría de Vizcaya. Aprovecharon también la condición de hidalguía universal de todos los vizcaínos para ir acaparando puestos en la administración de las instituciones públicas, que utilizaron como rampa de lanzamiento hacia otros negocios en América. De hecho, funcionaron como una colonia endogámica de intereses familiares, estableciendo lazos conyugales entre los miembros de las compañías mercantiles para consolidar sus posiciones de poder.

SEVILLA, SIGLO XVI

A este contingente exclusivamente español se sumaba el de los extranjeros, a los que se permitía viajar a tierras americanas concediéndoles licencias extraordinarias o a través del recurso de la naturalización que consistía en demostrar un habitual desarrollo de las actividades económicas en la región andaluza durante más de diez años o a través del matrimonio con una española. Otros utilizaron factores españoles como mediadores. Destacaron los genoveses, flamencos y portugueses, entre otros grupos de mercaderes considerados como extranjeros naturalizados. A pesar del monopolio protegido para españoles, los extranjeros llegaron a ser mayoría sobre los naturales.

Los genoveses se instalaron en Sevilla desde el siglo XIII, estaban más interesados en la distribución de las mercancías americanas hacia Europa que participar en las rutas coloniales desde América. Los florentinos se establecieron como consecuencia del descubrimiento americano; comerciaban con sedas, azúcar canario, libros venecianos, textiles florentinos, pimienta y sal, y hasta esclavos negros; además siempre mantuvieron la tradición bancaria propia de la Toscana consistente en el crédito, el depósito y los seguros marítimos desarrollados en la Carrera de Indias. Los flamencos, provenientes de Brujas y Amberes, llegaron a formar durante su mayor apogeo una congregación de 200 familias; se dedicaban al pequeño comercio y al tráfico indiano.

La sociedad mercantil hispalense, compuesta por todos aquellos mercaderes, cargadores, intermediarios, banqueros, factores, armadores, almacenistas se caracterizó por ser emprendedora, inquietante, dinámica y ambiciosa. La principal base de la organización empresarial de Sevilla durante los siglos XVI y XVII era la familia, es decir, la empresa familiar, y la forma jurídica de asociación más utilizada era la sociedad mercantil, compuesta por un reducido grupo de socios.

La iniciativa privada descartaba la implantación de un monopolio estatal, de hecho, la Corona sólo retenía el 20% de las mercancías que llegaban a Sevilla, era el llamado "quinto real", y el cobro de los derechos de aduanas recaudados tanto en la metrópoli como en los puertos coloniales.

En aquella sociedad cosmopolita y burguesa la nobleza ocupada una posición privilegiada, a pesar de no tomar parte directa en el trato económico indiano. El poder de los diferentes linajes nobiliarios se consolidó en las instituciones municipales desde tiempos de la Reconquista, acaparando amplios terrenos rústicos. Posteriormente, se fueron introduciendo en este mercado convirtiéndose en emprendedores, al mismo tiempo que adinerados mercaderes iban adquiriendo títulos nobiliarios convirtiéndose en nobles.

El dinero consiguió que la estructura social hispalense sufriera cambios. Como escribiera Francisco de Quevedo "poderoso caballero es don dinero", consiguió que el poder social de los nobles fuese nominal, mientras que el poder económico de los mercaderes, banqueros y comerciantes fuese efectivo. Aquel proceso de aristocratización de los hombres de negocios fue recogido por Miguel de Cervantes quien escribió que "la ambición y la riqueza mueren por manifestarse".

Dibujo Sevilla Franz Hogenberg Civitates orbis terrarum Ortelius
SEVILLA, SIGLO XVI

Las economías de la metrópoli sevillana y de las provincias americanas fueron complementándose hasta la década de 1570. La ciudad y los amplios terrenos colindantes proveían a los puertos americanos de productos agrícolas que necesitaban, especialmente trigo, aceite y vino, al mismo tiempo que la demanda indiana de productos manufacturados servía estímulo a la industria castellana. Pero a partir de aquella década los productos de primera necesidad se empezaron a elaborar en América en proporción a sus necesidades. El surgimiento de una economía autóctona indiana unido a la competencia de Cádiz como puerto comercial propició un progresivo declive durante el siglo XVII.

Visitantes ilustres como Miguel de Cervantes o Lope de Vega y otros muchos artistas quedaron impresionados por los monumentos, los palacios y, sobre todo, la incesante actividad que se generaba en la Sevilla del siglo XVI, cuando la capital andaluza era el corazón del primer del Imperio transoceánico y universal. Muchas fueron las obras literarias y las pinturas que describían el ambiente cosmopolita y variopinto de la "Gran Babilonia de España".

Muchos grabados con panorámicas de Sevilla de los siglos XVI y XVII, llevan el lema: "Quien no ha visto Sevilla, no ha visto maravilla". Esa es la imagen de la ciudad que difundieron grabadores y viajeros europeos, a los que se sumaron escritores nacionales, comom Luis de Peraza que escribió la primera Historia de Sevilla en 1535.

Alonso Sánchez Coello retrató de genial manera la actividad económica y la vida social del puerto en el óleo sobre gran lienzo de finales del siglo XVI llamado El Arrabal.

MERCADERES EN EL ARRABAL DE SEVILLA, POR SÁNCHEZ COELLO

En Sevilla apareció el género literario de los laudes patriae pocas décadas después de su Reconquista. En 1288, se escribió Rithmi de Iulia Romulea seu Hispalensi Urbe, continuadas por las composiciones poéticas de Alfonso Álvarez de Villasandino y las de Francisco Imperial, en el siglo XV.

En el Siglo de Oro de la Literatura española, el auge y esplendor de esta metrópoli fue abordado por sus literatos más destacados: Luis de Góngora, Miguel de Cervantes, Mateo Alemán, Félix Lope de Vega o Teresa de Jesús.

Luis de Góngora dedicó estos versos a su ciudad natal:
Gran Babilonia de España
mapa de todas las naciones
dónde el flamenco a su Gante
y el inglés halla su Londres.


Félix Lope de Vega describió en su obra teatral El Arenal de Sevilla (acto I) el espectáculo que ofrecía el puerto hispalense:
Lo que es más razón
que alabeses ver salir destas
naves tanta diversa nación;
las cosas que desembarcan,
el salir y entrar en ellas
y el volver después a ellas
con otras muchas que embarcan.

Por cuchillos, el francés,
mercerías y ruán,
lleva aceite; el alemán
trae lienzo, fustán, llantés...
carga vino de Alanís,
hierro trae el vizcaíno,
el cuartón, el tiro, el pino,
el indiano, el ámbar gris,
la perla, el oro, la plata,
palo de Campeche, cueros...
toda esta arena es dineros.

Los barcos de Gibraltar
traen pescado cada día,
aunque suele Berbería
algunos dellos pescar.

Es cosa de admiración
ver los que vienen y van.
Por aquí viene la fruta,
la cal, el trigo, hasta el barro.


En 1647, todavía Gil González Dávila describía Sevilla de esta manera:
"Corte sin Rey. Habitación de Grandes y Poderosos del Reyno y de gran multitud de Gentes y de Naciones, compuesta de la opulencia y riqueza de dos Mundos, Viejo y Nuevo, que se juntan en sus plazas a conferir y tratar la suma de sus negocios. Admirable por la felicidad de sus ingenios, templanza de sus aires, serenidad de su cielo, fertilidad de la tierra..."

El periodista y poeta Salvador Rueda Santos, precursor del Modernismo literario español, sobre el río Guadalquivir y la Torre del Oro:
"El Guadalquivir arrastra a su velo de cristal, que riza en largos pliegues el profundo aire de la primavera. La Torre del Oro, coronada de pequeñas almenas, se retrata en el agua adormecida y se sumerge en las leyendas que el tiempo ha acumulado sobre sus muros."
RINCONETE Y CORTADILLO, POR RODRÍGUEZ DE GUMÁN

Paradójicamente, aquella ciudad mundo en pleno auge y esplendor económico escondía una cara pobre, ociosa y delincuente. Se trataba de una clase social formada por los más vividores de aquel entonces, los aventureros y pícaros que se mantenían al margen de los negocios y llenaban con frecuencia las cárceles, inspirando novelas y comedias de autores del Siglo de Oro español como Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Luis de Góngora y Tirso de Molina, y representaciones pictóricas como Velázquez.

En efecto, los escritores del Siglo de Oro de las Letras reflejaron en sus obras los ambientes rufianescos y las pendencias amorosas, las disputas, las intrigas, los alborotos…, típicos de una sociedad criada en el arte de la guerra, la ambición económica y el ocio pendenciero. Se trataba de autóctonos con un carácter altivo, orgulloso y ocioso, se mezclada con extranjeros que ambicionaban riquezas.

Existía una gran cantidad de niños abandonados, huérfanos y vagabundos, buscando un amo a quien servir. Niños criados en la picaresca, como Rinconete y Cortadillo, que fueron protagonistas de novela de Miguel de Cervantes, víctimas de la indiferencia, de la ruptura familiar y del egoísmo individualista, y que vivían de la caridad ofrecida por los numerosos hospitales levantados en el Medievo. Se trata de dos adolescentes castellanos que, en busca de aventuras, marchan a Sevilla, donde ingresan en una cuadrilla de delincuentes. Tras varias peripecias, uno de ellos intenta abandonar ese modo de vida, encareciendo "cuan descuidada justicia había en aquella tan famosa ciudad de Sevilla, pues casi al descubierto vivía en ella gente tan perniciosa y tan contraria a la misma naturaleza".

EL JOVEN MENDIGO Y RINCONETE Y CORTADILLO, POR ESTEBAN DE MURILLO

Miguel de Cervantes fue el literato que mejor supo describir el ambiente del populacho sevillano. Instalado entre 1587 y 1600, aquella Sevilla esplendorosa y pícara le sirvió de fuente de inspiración: una ciudad universal, escenario del mundo, teatro de todo lo humano. Estuvo preso en la Cárcel Real hispalense en 1597, por un incidente relacionado con su trabajo como recaudador de impuestos, y eso le permitió acercarse al mundo de la picaresca, del trapicheo y de la mancebía, tan bien reflejados en dos de sus Novelas ejemplares: El rufián dichoso y Rinconete y Cortadillo.

Santa Teresa de Jesús quedó escandalizada por aquella pobreza que se escondía bajo el esplendor de la sociedad mercantil de Sevilla, ciudad a la que definió como "Babel de Engaño".

Tal es así que la imagen de Sevilla que transmiten los escritores podía ser entusiasta, como expresara Pedro Mártir de Anglería, o podía llegar a ser corrosiva, como en el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán.

El emporio comercial determinó que la ciudad se convirtiera en un foco cultural de primer orden europeo. Se movieron humanistas como Juan de Mal-Lara y Benito Arias Montano, este último era extremeño pero muy vinculado a la ciudad. Desarrollaron una literatura poética autores como Gutierre de Cetina y Fernando Herrera. Dramaturgos que hicieron de la ciudad el centro teatral de la península.

EL AGUADOR DE SEVILLA, POR DIEGO VELÁZQUEZ

Pintores y escultores que desarrollaron durante dos siglos un arte con denominación de origen, la Escuela Sevillana.

Bartolomé Esteban Murillo, pintor del barroco sevillano realizó obras realistas durante la mitad del siglo XVII, entre ellas están las dedicadas a mendigos o pilluelos, bien en escenas, bien solos, El realismo no le impide presentarlos de forma amable, con la gracia propia de Murillo, sin expresar dolor o miseria como en la obra El Joven mendigo.

Diego Velázquez perteneció a esta escuela; nacido en Sevilla en 1599, se formó en el taller del pintor y humanista Francisco Pacheco. Una parte significativa de su obra la dedicó a retratar los ambientes populares de su ciudad, en cuadros como Vieja friendo huevos, Los borrachos y El aguador de Sevilla. Este estilo de juventud, lejos de ser un fácil costumbrismo, evidenciaba la influencia de las tendencias más innovadoras de la pintura europea, desde el realismo flamenco hasta el tenebrismo de Caravaggio.

Más tarde, Velázquez marchó a la corte de Madrid donde trabajaría como pintor de cámara, al amparo del conde-duque de Olivares. Fue en aquel período cuando la importancia de Madrid fue aumentando como villa y Corte de la Monarquía, en detrimento del auge de Sevilla. La capital del Imperio sustituyó a la andaluza como centro del mecenazgo artístico lo que originó la llegada de numerosos pintores sevillanos de aquella generación como Velázquez, Murillo, Zurbarán o Alonso Cano.

Entre los escultores, destacó Juan Martínez Montañés, máximo representante de la Escuela sevillana de Imaginería. Su obra, casi toda religiosa, es un tránsito entre la sobriedad del Renacimiento y la profundidad del Barroco.

ARTISTAS SEVILLANOS DEL SIGLO DE ORO

La debilidad política de España y el poderío progresivo de varias naciones (Inglaterra, Holanda) que quieren entrar en contacto directo con las Indias, la independencia de Portugal, las guerras interiores de España y las que se sostienen en Europa, con participación española, debilitan el monopolio, debilitamiento que llega al máximo alrededor de finales del Siglo XVII.

TORNAVIAJE DEL PACÍFICO POR ANDRÉS DE URDANETA


El marino, cosmógrafo y religioso agustino Andrés de Urdaneta se hizo un nombre en la Historia Universal al descubrir y documentar una ruta de oeste a este a través del océano Pacífico, desde Filipinas hasta Acapulco, fue el Tornaviaje, o viaje de regreso por el sentido contrario al realizado por la expedición de Magallanes y Elcano.

El Tornaviaje de Urdaneta permitió la organización de la primera ruta comercial estable entre América y Asia, la Ruta del Galeón de Manila, vigente desde 1565 hasta 1815. Hasta que llegó Urdaneta, todas las expediciones destinadas a unir en esta línea las posesiones asiáticas españolas, llamadas islas de Poniente, con las americanas habían fracasado estrepitosamente.

TORNAVIAJE DEL PACÍFICO POR ANDRÉS DE URDANETA

En 1519, zarpaba desde Sevilla la primera Expedición al archipiélago de las Molucas, islas de las Especias, formada por cinco naves al mando de Fernando de Magallanes, que supuso el regreso de la nao Victoria de Juan Sebastián de Elcano en 1522 y la primera vuelta al Mundo.

Tras este relativo éxito, el emperador Carlos V quiso reeditar la empresa exploratoria y comercial, y organizó la segunda Expedición a la Especiería, formada por siete naves al mando de García Jofré de Loaysa, y con Elcano como segundo comandante. A las órdenes de este, viaja un joven de diecisiete años, también guipuzcoano, llamado Andrés de Urdaneta y Cerain, natural de Villafranca de Ordicia, donde nació hacia 1508.

En esta catastrófica expedición llegó tan solo uno de los siete barcos a la isla moluqueña de Tidore en enero de 1527. Tras las muertes de Loaysa y de Elcano, Urdaneta permaneció en la isla de Gilolo (Halmahera), entregado a la construcción y reparación de naves y empeñado en la lucha mantenida al mismo tiempo contra algunos estados moluqueños y contra los portugueses que había instalado sus bases en aquellas latitudes.

La posición española se reforzó con la llegada de la expedición de Álvaro de Saavedra, pero el proyecto se fue abandonando mediante la firma del Tratado de Zaragoza de 1529, que actualizaba al de Tordesillas. Carlos V cedía los derechos sobre las Molucas a la Corona portuguesa, la cual permitía a la Monarquía hispánica la soberanía sobre las Filipinas. En adelante, los españoles tenían prohibido la navegación por el océano Índico, además los portugueses llevaban décadas instalados en enclaves de la costa africana y asiática, cuya ruta comercial estaba consolidada. 

Este hecho no supuso, sin embargo, el regreso de Urdaneta, que permaneció en la región durante varios años más. Allí pudo adquirir conocimientos de geografía y navegación, así como sobre los pueblos y sus lenguas, que le servirían en empresas posteriores.

Finalmente, en 1535, emprendió el regreso a España junto a otros 24 supervivientes, a través de Malaca y Cochín, hasta alcanzar al año siguiente Lisboa, dando así la vuelta al mundo. En la capital lusa le requisaron sus escritos, sus libros y todos los materiales acumulados durante su estancia en el océano Pacífico. No obstante, pudo entregar a Carlos V una Relación escrita de los sucesos de la armada del comendador Loaisa desde el 24 de julio de 1525 hasta el año de 1535.

ANDRÉS DE URDANETA

En 1538, Urdaneta se instaló en la ciudad de México en el Virreinato de la Nueva España, después de pasar por la isla La Española. Allí se puso a la órdenes de Pedro de Alvarado, con el que tuvo una buena sintonía como hombres de acción que eran. Ambos ostentaron el mando de las tropas que acudieron a sofocar una revuelta indígena en la región de Guadalajara y otra acción de guerra en Nueva Galicia, en 1540. Después, con el rango de capitán, preparó una expedición por orden de Alvarado, cuya muerte en 1541 frustró el proyecto. A partir de entonces, desempeñó diversos cargos en la administración neoespañola, cuyo virrey era Antonio de Mendoza, y ejerció como corregidor en varias poblaciones.

En 1553, a los cuarenta y cuatro años, ingresó en la Orden de los Agustinos, con quienes había mantenido contactos a raíz de su expedición moluqueña, y fue nombrado maestro de novicios en el monasterio de los agustinos de México. Quiso cambiar su vida tras décadas de viajes y combates. En aquellos años, se implicó en la organización de la exploración de Tristán de Luna sobre Florida en 1558, entre otras.

Mientras tanto, nuevas expediciones que partieron desde la costa pacífica del Virreinato neoespañol con destino a los archipiélagos de las Molucas y las Filipinas se habían revelado infructuosos. Se sabía cómo llegar a estas tierras, el problema es que nadie había descubierto un itinerario de vientos favorables y que escapara a los fuertes temporales que cerraba la ruta en ambas direcciones.

El primero fue en 1522 por la nave Trinidad, mandada por Gonzalo Gómez de Espinosa durante la expedición de Magallanes, que había partido desde la isla de Tidore y concluyó con el regreso al punto de partida.

Igual suerte habían corrido el segundo y el tercer intentos, ambos realizados desde Tidore por la nave Florida, de la expedición de Álvaro de Saavedra. En 1528 la nave volvió al mismo lugar de partida, y en 1529 fue a parar a la isla de Gilolo (Hawai), donde el comandante de la expedición encontró la muerte. Los vientos y corrientes contrarias y las tormentas impidieron alcanzar el objetivo americano, regresando a Tidore, en el archipiélago de las Molucas.

Quince años después, la expedición dirigida por Ruy López de Villalobos lo intentó otras dos veces, igualmente sin éxito, con la nave San Juan. La primera vez en 1544, al mando de Bernardo de la Torre, partió de la isla de Sarangani, en las Filipinas, y la segunda vez en 1545, mandada por Íñigo Ortiz de Retes, zarpó de la isla de Tidore y descubrió la isla de Nueva Guinea.

El proyecto de establecer una ruta comercial entre América y Asia fue quedando en el olvido por las autoridades durante el reinado de Carlos V. Pero, con la llegada de Felipe II, la Monarquía hispánica renovó su voluntad para continuar la expansión por las indias orientales.

En Valladolid, con fecha de 24 de junio de 1559, el rey firmó dos cartas. El primer documento daba respuesta al virrey Luis de Velasco, ordenando la organización de una armada con cuatro objetivos fundamentales: acceder al mercado de las especias, asegurar la presencia española en Oriente de manera estable, encontrar una ruta que permita la vuelta por el Pacífico, y evangelizar a los pueblos nativos encontrados. La segunda carta iba dirigida a Urdaneta, instándole a servir a Velasco para asesorarle en la organización de tal armada.

Urdaneta presentó sus credencias para tal propósito al virrey, y escribió un Derrotero de la navegación que debía hacerse desde Acapulco para las islas de Poniente. A su vez, el virrey envío una carta al rey exponiendo su parecer:
"... la navegación que se ha de hacer ninguna persona es estos reinos ni es ésos lo entiende tan bien como él, además que para toda manera de negocios es prudente y templado y tiene muy buen parecer."

Urdaneta había sido nombrado piloto mayor, una especie de director técnico que debía guiar la flota hasta su destino final. Además de director náutico, sus superiores religiosos le nombraron guía espiritual, esta última función bajo el título de prelado y de "protector de los indios" de las tierras por descubrir. Su plan inicial era el de atravesar el océano Pacífico en dirección a Nueva Guinea y pasar por Filipinas solo para recoger a los supervivientes de la expedición de Ruy López de Villalobos de 1542-1545. Pero no pretendía establecerse allí, pues este territorio consideraba que le pertenecía a Portugal por el Tratado de Zaragoza, sino que debería establecer un derrotero de regreso. Pero el propósito de Felipe II era mucho más amplio.

Según el virrey, Urdaneta era "el mejor y más cierto cosmógrafo que hay en esta Nueva España"Sus conocimientos cosmográficos y experiencias marítimas le capacitaban para resolver el dilema de regresar a América desde la Especiería asiática por el océano Pacífico. Además, tras haber pasado ocho años en las Molucas, tenía conocimientos de las lenguas nativas.

También es verdad, que ya habían pasado varias décadas de aquella aventura y en México existían otros marinos con conocimientos y experiencias más recientes. Fray Gerónimo de Santisteban, también agustino, o Escalante Alvarado habían marchado con Villalobos y también participaban en los debates previos. Sin embargo, Urdaneta se destacó sobre los demás pretendientes mediante la elaboración de un plan de campaña muy realista, la instrucción sobre la navegación transpacífica que ofreció a Felipe II mediante cartas, y la redacción de su Derrotero de la Navegación.

Con quien Urdaneta tuvo alguna disputa fue Juan Pablo de Carrión, piloto veterano de la expedición de Villalobos, encargado de la construcción de las embarcaciones para la flota. Había sido elegido por el virrey para dirigir las operaciones navales. Ante las discrepancias entre ambos, el cosmógrafo agustino solicitó que fuese relevado del cargo y sustituido por Miguel López de Legazpi. Este era un rico empresario y alto administrador asentado en el Virreinato desde hacía casi tres décadas, natural de Zumárraga, y por tanto guipuzcoano como Urdaneta. Eran amigos y parientes, y miembros de la Cofradía del Santísimo Nombre de Jesús en México.



A mediados del siglo XVI, los marinos españoles ya sabían que en el Atlántico, los vientos dominantes en los trópicos soplan constantes hacia el oeste, mientras que los que dominan alrededor de los 40º Norte lo hacen en dirección inversa, hacia Europa. Y, con la precariedad del saber de la época, todo parecía que en el Pacífico los vientos también funcionaban de forma parecida. La hipótesis teórica estaba servida, pero faltaba la prueba empírica que la demostrase.

Un dato muy relevante sobre el circuito de vientos del Pacífico ya la había adelantado Juan Rodríguez de Cabrillo tras su viaje de 1542. En un principio, su intención era poner rumbo norte por la costa de California hasta encontrar un paso marítimo que uniese el Pacífico y el Atlántico en la costa más septentrional. Pero tan solo pudo llegar hasta los 38º Norte, antes de ser arrastrado por los fuertes vientos hacia el sur.

Urdaneta tuvo en su poder la única copia conservada de la relación del viaje de Cabrillo. Por tanto, estaba en la certeza de que desde el centro norte del Pacífico, a la altura de 38ºNorte, soplaban fuertes y constantes vientos del noroeste hasta el litoral americano. Solo había que encontrar el origen de tales vientos al otro lado del Pacífico y que estos propulsaran las naves españolas para el tornaviaje.

Otro aspecto que Urdaneta tendría en mente fue el tema de la logística, muy importante. Supo que la nao Trinidad de Gómez de Espinosa que formaba parte de la flota Magallánica estaba muy castigada y con tripulantes muy fatigados tras partir de Sevilla y navegar durante dos años y medio. Esta nao tenía un peso de 100 toneladas, muy poco robusta y fuerte en cuanto a las dimensiones necesarias para resistir a las tormentas marítimas, y de muy pequeña capacidad para almacenar víveres, agua y otras provisiones. Es por eso, que más tarde se puso al mando de una sólida nave de 500 toneladas, la San Pedro, unas 400 más que la Trinidad.




La elección de Urdaneta y la voluntad de Velasco por emprender aquel proyecto convenció a la Corte de la viabilidad, permitiendo comenzar el desarrollo de una nueva expedición transpacífica.

En los astilleros del puerto de Barra de Navidad se construyeron dos buques de gran porte, que se unirían a otros que ya estaban operativos. Siguiendo las instrucciones de Felipe II, el objetivo de la expedición debía mantenerse en absoluto secreto para evitar que fuese conocido por la Corona de Portugal. Desde un principio, el virrey Velasco intentó distraer la atención de los rumores afirmando que las embarcaciones en construcción iban a servir para enlazar los puertos marítimos de los Virreinatos de la Nueva España y del Perú, al mismo tiempo que harían funciones de guardacostas.

Otra decisión importante fue la propuesta del virrey para nombrar a Miguel López de Legazpi, como comandante de la expedición, en febrero de 1561. Velasco escribió a Felipe II para informarle del nombramiento, destacando que el guipuzcoano:
"... veintinueve años que está en esta Nueva España, y de los cargos que ha tenido y negocios de importancia que se le han cometido ha dado buena cuenta y a los que de su cristiandad y bondad hasta ahora se entiende no se ha podido elegir persona más conveniente y más a contento de fray Andrés de Urdaneta."
Como se comprueba en la carta, que el mando de la expedición estuviese en su amigo, pariente y también guipuzcoano Legazpi, sustituyendo a su rival Carrión, fue una afortunada sorpresa.



La muerte del virrey Luis de Velasco trajo una serie de cambios en el programa inicial de la expedición. A partir de ese momento los nuevos impulsores del proyecto fueron el visitador real Jerónimo de Valderrama y la Audiencia de México. Estos se encargaron de hacer cumplir los deseos de Felipe II para colonizar las islas Filipinas, dejando por el momento a un lado las Molucas, y respetar el Tratado de Zaragoza firmado con Portugal. Una vez emprendido el proceso de colonización, se debía organizar un viaje de vuelta a América por alguna embarcación para consolidar la posición.

Las nuevas autoridades guardaron en silencio el objetivo final de la expedición a su piloto mayor, pues la verdadera intención de Urdaneta era el de alcanzar las Molucas, ricas islas de las especias. Era de vital importancia su liderazgo, pues los preparativos estaban muy avanzados y nadie como él reunía las capacidades para desarrollar el proyecto con éxito. Dictaron una carta de Instrucción con las nuevas órdenes que debía ser abierto por Legazpi cuando estuviesen a más de cien millas del puerto de salida, evitando así la deserción del fraile navegante y de otros responsables. 

La expedición sufrió retrasos por diversas circunstancias, hasta que a finales de 1564 ya estaba dispuesta una flota de cinco embarcaciones: la nao capitana San Pedro de 500 toneladas, la nao almiranta San Pablo de 300 toneladas, el patache San Juan de Letrán de 80 toneladas, el patache San Lucas de 40 toneladas, y el bergantín San Pedro. Estas naves transportaban a unos 380 hombres, de los cuales 150 eran marineros, 200 solados, 5 misioneros agustinos y varios criados y otros oficios.

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ESCULTURAS DE LEGAZPI Y URDANETA


DERROTAS MARÍTIMAS DE SAAVEDRA, VILLALOBOS Y URDANETA

El 21 de noviembre de 1564, partió del puerto de Barra de Navidad, en Jalisco. Cuatro días después, algo avanzada la travesía, el comandante Legazpi reunió en la nao capitana San Pedro, a los frailes agustinos, capitanes, oficiales de la Real Hacienda, alférez, sargento mayor, alguacil mayor y pilotos, para que actuasen como testigos en la apertura del sobre lacrado que contía la Instrucción. El escribano de la gobernación mexicana Hernando de Riquel se encargó de leer las ordenes de tan Instrucción antes todos los presentes:
"... su derecha derrota avían de ser las islas felipinas y a las demás a ellas comarcanas, que están dentro de la demarcaçión, de su majestad..."
La sorpresa inicial de Urdaneta fue seguida de un momentáneo enfado que, ante las circunstancias, tuvo que asumir el nuevo objetivo y continuar con la dirección náutica de la flota.

La navegación continuó sin problemas hasta que se produjo un amotinamiento de algunos de los pilotos. Aseguraban que Urdaneta estaba errando en sus cálculos náuticos y que las Filipinas había quedado atrás de su trayecto. Se negaban a continuar y obligaban a dar la vuelta hasta encontrarlas. El cosmógrafo agustino demostró con datos sobre la cartografía la posición de la flota sobre el océano Pacífico, consiguiendo que los rebeldes pilotos continuaran la navegación.

A partir de enero de 1565, se fueron sucediendo los descubrimientos, como los de las islas de los Barbudos, en la actualidad Marshall: Placeres, Pájaros, Corrales y Jardines. Posteriormente arribaron a isla Guam, perteneciente a las islas de los Ladrones, que son las actuales Marianas. El día 26 de enero, el comandante ordenó el desembarco de tripulantes, tomó posesión de las islas en nombre de Felipe II y Urdaneta celebró una misa de agradecimiento a la que asistieron los principales oficiales. Allí pudo relacionarse medianamente con algunos nativos en su idioma.

El 3 de febrero de 1565, tras aprovisionarse de vituallas y agua, la flota reanudo el viaje. Diez días después, alcanzó Cibabao, la actual Ibabao, en la isla de Leyte, ya en el archipiélago de Filipinas, que había nombrado así Villalobos. A partir de este punto iban a surgir problemas y dificultades.

En la isla de Bohol, la falta de víveres se hizo preocupante y la hostilidad de los nativos empeoró aún mas la situación. Legazpi reunió a sus oficiales para plantearles la necesidad de seguir buscando un lugar adecuado para construir un asentamiento permanente, un enclave serviría de fuerte defensivo y base operativa para la conquista y colonización del archipiélago. Continuaron explorando por las islas de Samar, Limasawa, Camiguín, Mindanao, Siquijor y Negros.

El 27 de abril de 1565, las naos San Pedro y San Pablo, y el patache San Juan, arribaron a las costas de la isla Cebú. Lo hicieron junto a un poblado donde décadas antes, en 1521, se produjo la emboscada en la que murió Diego de Barbosa, comandante de la primera expedición a las Molucas iniciada por Magallanes, durante un supuesto banquete honorífico. Ahora, estos expedicionarios anunciaron su llegada con descargas de artillería y disparos de arcabuz, que atemorizaban a los nativos.

En aquella población pudieron capturar algunos restos de comida como arroz o frutos que tanta falta hacía, pero hubo un hallazgo que rozaba lo milagroso. En el interior de una de las cabañas,  el marinero Juan Camuz, natural de Bermeo, encontró una pequeña escultura del Niño Jesús. Legazpi enfatizó este hallazgo con carácter de milagro divino para insuflar algo de moral entre la fatigada tripulación. Prometió fundar en aquel lugar una iglesia, pues se trataba de un signo enviado desde el Cielo para continuar con la causa.

Casi con toda probabilidad, aquella escultura del Niño Jesús había sido entregada por el veneciano Antonio Pigafetta, cronista de la expedición de Magallanes, a la reina de Cebú para celebrar su bautismo. Desde entonces, había sido guardada como un valioso recuerdo, como hicieron con otros obsequios entregados a los nativos en aquel viaje y que también fueron encontrados. En la actualidad, rinde honor y homenaje a este acto la Basílica del Santo Niño de Cebú, siendo el santo con más devoción en todo el país filipino.

El 8 de mayo, Legazpi fundó en aquel asentamiento la villa de San Miguel. Era el momento de establecer el Tornaviaje, objetivo principal del cosmógrafo agustino. 

El 1 de junio de 1565, Urdaneta zarpó desde San Miguel en la nave San Pedro, junto al nieto de Legazpi, el capitán Felipe de Salcedo, y una tripulación de 18 marinos en total.

Partió desde Cebú, cruzando entre las islas de Samar y Luzón por el estrecho de San Bernardino.  Tras abandonar el archipiélago filipino a mar abierto, puso rumbo hacia el noreste, en dirección a Japón, pero sin alcanzarlo, en busca de los contra-alisios. Unos días después, se hallaba aproximadamente frente a la isla de Taiwán. El 3 de agosto, se encontraba al norte de Japón, desde donde derivó hacia el este, evitando así la acción de los vientos y aprovechando la corriente marina favorable de Kuro Shivo, en el paralelo 40. A partir de aquí enlazaba con el Pacífico norte que le llevaría hasta la costa de California.

Así, el 26 de septiembre alcanzó el cabo Mendocino de California, en honor del primer virrey Antonio de Mendoza. Recorrió la costa de Nueva España en dirección sur hasta llegar a Acapulco el 8 de octubre, y unos días después, el 18 de octubre, el puerto inicial de Barra de Navidad. Habían sido 130 días de navegación y casi 1.900 leguas recorridas.

Cuarenta años después, los intentos sexto y séptimo fueron coronados por el éxito. Pero, antes de llegar Urdaneta ya lo había hecho Alonso de Arellano, el 17 de julio de aquel año, después de haber partido desde Mindanao el 22 de abril. Fue este quien había completando así la primera travesía del Pacífico en dirección oeste-este. No obstante, su conducta insolidaria, las escasas indicaciones náuticas legadas y la valoración de su empeño más como fruto de un afortunado azar que de una acción planificada han menoscabado el mérito de la empresa en favor de la realizada por Urdaneta.

ITINERARIO DE URDANETA EN EL OCÉANO PACÍFICO

Urdaneta inauguraba una ruta por el norte del Pacífico que se utilizaría durante dos siglos y medio, era la Ruta del Galeón de Manila, que escapaba de los temibles alisios del sur. No obstante, la información náutica de su tornaviaje fue redactada por los pilotos del San Pedro.

Este descubrimiento permitió la posterior colonización de las posesiones asiáticas y la existencia de una vía de comunicación regular que propiciaría las relaciones comerciales entre Filipinas y Nueva España, sobre todo, el comercio de la plata, tan codiciada por los chinos y con los que, ya entonces, se iniciaron los primeros contactos. Con ello se haría posible la evangelización y la presencia española, haciendo que el océano Pacífico fuera un mar español durante dos siglos.

El viaje de Acapulco a Manila necesitaba un promedio de 3 meses para recorrer las 7.300 millas que separan ambos puertos. Desde Acapulco, los buques navegaban al suroeste hasta alcanzar el paralelo de los 12º norte, corriendo dicha latitud hacia el oeste para recalar en la isla de Guam, y desde allí dar rumbo al estrecho de San Bernardino, entre el extremo sur de la isla de Luzón y el norte de la isla de Samar.

El Tornaviaje precisaba entre 6 y 9 mese de navegación para recorrer 7.800 millas. Los buques ponían rumbo a las islas Marianas, aprovechando las corrientes favorables para recalar en el cabo Mendocino, al norte de la actual bahía de San Francisco. En este punto se completaba todo el aparejo y se giraba al sur a estribor para bajar la costa de California hasta fondear en Acapulco.

En el Virreinato de Nueva España, un largo camino terrestre, llamado el Camino de los Virreyes, comunicaba la ciudad atlántica de Veracruz con la capital, Méjico, y ésta con el puerto de Acapulco, en el Pacífico, a través del llamado Camino de Asia.

Urdaneta volvió a España al año siguiente y arribó a Sanlúcar de Barrameda, desde donde se trasladó a Madrid y Valladolid para entregar a Felipe II los resultados de sus descubrimientos: mapas, relaciones de la expedición y libros de navegación. Asimismo, expuso sus ideas sobre la legitimidad o ilegitimidad de las empresas españolas en unos territorios que posiblemente se encontrasen en el área asignada a Portugal por el Tratado de Zaragoza, dando lugar a una significativa publicación: Ocho pareceres dados por Andes de Urdaneta y otros cosmógrafos en 1566 y 1567, sobre si las islas Filipinas estaban comprendidas en el empeño que el emperador había hecho al rey de Portugal, y si las Molucas y otras estaban en la demarcación de Castilla.

Tras ello, en el año 1567, regresó a México, donde murió el 3 de junio de 1568.