ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA


Se denomina Ilustración al movimiento de renovación intelectual, cultural, ideológica y política que surgió en Europa en el siglo XVIII, como resultado del progreso y difusión de las nuevas ideas filosóficas y conocimientos científicos.

El pensamiento ilustrado se basaba en la libertad crítica de la razón, y su ejercicio condujo a los primeros desarrollos del Liberalismo. Fue, por tanto, una corriente filosófica racionalista. El libre ejercicio de la crítica se aplicó en los planos científico, económico, social, cultural, religioso e intelectual, incluso en el político.

MOVIMIENTO DE LA ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA

Los llamados ilustrados, iluminados por la luz de la razón, debían establecer una nueva organización que reemplazase al caduco Antiguo Régimen y contribuyera a modificar la mentalidad de la sociedad. Eran partidarios del Utilitarismo, corriente filosófica que perseguía conseguir la mayor felicidad posible para el mayor número de personas. Poseían una visión amable del hombre, a quien querían mejorar con la razón, la educación, la ciencia y la tecnología.

Bajo el dominio de la razón, el hombre se planteó nuevas interrogaciones, renegó de las viejas creencias, se enfrentó a las doctrinas inamovibles de la iglesia y se inclinó hacia nuevas formas de pensamiento con la intención de iluminar sus conocimientos. Por ello, el siglo XVIII se conoce como "Siglo de las Luces".

El movimiento ilustrado se caracterizó por el excesivo predominio de la razón, del "libre examen", como único método de conocimiento del hombre, no sólo en la búsqueda del saber y el incremento de los conocimientos, sino también, en el estudio de su época y su cultura. Otro aspecto fundamental fue su dura crítica al imperante orden establecido, que se manifestó apartándose de lo abstracto e indemostrable en las ciencias, de las revelaciones de la Iglesia en la religión, y del tradicional absolutismo en política. Su objetivo final fue aprender y enseñar los conocimientos, hacer progresar las ciencias, y lograr el desarrollo de la cultura.

Al igual que el resto de las potencias europeas del siglo XVIII, España también desarrolló su personal y particular movimiento de la Ilustración gracias, especialmente, al cambio dinástico que a inicios de centuria asentó a la dinastía francesa de los Borbones en el trono: Felipe V, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV.

CARRERA DE SAN JERÓNIMO, POR JAN VAN KESSEL

La Ilustración fue transición entre la sociedad estamental y la nueva sociedad burguesa, entre el feudalismo y el liberalismo. La razón se debía imponer en todos los órdenes y no debía hacer excepción en el orden político. Una misión de difícil cumplimento: hacer crecer la economía, renovar las diversas clases sociales, racionalizar la administración pública y remover la vida cultural sin tocar el sistema político ni alterar básicamente la estructura social.

Pero esa reforma había de ser realizada desde el Poder civil del despotismo ilustrado, asesorado por una élite culta. Al pueblo tocaba recibir pasivamente esa Ilustración, pues se consideraba que el pueblo no estaba todavía suficientemente preparado.

El ilustrado español creyó en la necesidad de una reforma constante frente al inmovilismo de los tradicionalistas y a la Revolución de los más exaltados. Extendió la libertad crítica al campo político, pensando que no debía ser un islote de autoritarismo en medio de una sociedad liberal. Fue así como entre una minoría de españoles apareció la conciencia crítica como una reforma de patriotismo. Gobernantes e intelectuales, altos funcionarios y comerciantes, clérigos y profesionales, coincidieron en la necesidad de una pronta y profunda regeneración de la monarquía. Así también, fue cuajando un movimiento plural pero cohesionado alrededor de unos objetivos mínimos a veces contradictorio.

En la segunda mitad del siglo XVIII, surgió un selecto grupo de escritores y pensadores ilustrados, procedentes de diferentes sectores sociales: José Patiño, Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro, Gaspar Melchor de Jovellanos, Pablo de Olavide, Gregorio Mayans y Siscar, Antonio José Cavanilles, Francisco Pérez Bayer, Jorge Juan y Santacilia, José Cadalso, Francisco Cabarrús, José de Carvajal, Abarca de Bolea (conde de Aranda), Zenon de Somodevilla (marqués de la Ensenada), el conde de Campomanes, el conde de Floridablanca, Capmany, Macanaz, etc. Formaban parte de este movimiento los miembros de las sociedades patrióticas de Amigos del País, de las reales academias, de las secretarías de los ministerios, de los consulados de comercio, o de la oficialidad del Ejército y la Armada. Pensaron que un cambio en la estructura socio-económica exigía un poder despótico que venciera las resistencias tradicionales y los obstáculos a la expansión de las luces.

JARDÍN BOTÁNICO

Mediante una crítica razonada, desmontaron las bases sobre las que se asentaba la Monarquía absoluta: reminiscencias señoriales de la época feudal, que articulaban a la nobleza y al clero dentro de un sistema de privilegios vinculados a la soberanía regia, defendida por el despotismo ilustrado.

Los ilustrados españoles se convirtieron en representantes de la incipiente burguesía, no como poder económico, sino como clase social y mentalidad. Ejemplos esclarecedores fueron los fundadores y promotores de las Reales Sociedades Económicas de Amigos del País, que fueron nobles identificados con las aspiraciones burguesas.

En aquella época los Ilustrados se enfrentaron a los Poderes eclesiástico y aristocrático apoyándose en el Poder real, encarnación entonces de la sociedad civil. Pero para cambiar la estructura socio-económica que sustentaba a la Aristocracia y la Iglesia era necesario cambiar la organización política, tomando parte una burguesía culta y enriquecida, con derechos adquiridos por su propio esfuerzo y no por títulos nobiliarios y privilegios feudales. Y ya en el reinado de Carlos III fue surgiendo una oposición política que pidió la reunión de Cortes y una reforma profunda.

Aunque los filósofos ilustrados criticaron la política y la sociedad de su época, no pretendieron que los cambios se dieran por la vía revolucionaria, sino a través de la reforma. Eran cristianos y monárquicos que confiaban en una evolución pacífica y gradual, orientada desde el poder civil para educar a las masas no ilustradas. Este pensamiento lo dejó escrito Jovellanos:
"Creo que una nación que se ilustra puede hacer grandes reformas sin sangre, y creo que para ilustrarse tampoco sea necesaria la rebelión."

Carlos comiendo Corte pintura Paret
CARLOS III COMIENDO EN SU CORTE, POR LUIS PARET

Carlos III, el rey ilustrado, supo rodearse de ministros competentes con la intención de reformar las estructuras económicas y sociales de España y desarrollar el movimiento de la Ilustración como en otros países europeos. La preocupación científica fue constante en los primeros Borbones españoles, que veían en la ciencia un instrumento para la regeneración de España, y los Ilustrados pensaron igual.

Los ilustrados pretendían construir un país autosuficiente y, sobre todo, capaz de fabricar los productos manufacturados que las provincias americanas demandaban. Se habían propuesto recuperar un mercado invadido por los extranjeros y financiar con esas ganancias el desarrollo español. Contaban a su favor con una notable recuperación demográfica, que se activó a lo largo del siglo, así como un desarrollo paralelo de la agricultura.

La tendencia era al crecimiento económico y la meta era alcanzar a las potencias europeas del momento. Para ello, el gobierno se fijó dos objetivos: orden y economía. Para ello, pretendían la eliminación de los antiguos privilegios y mercedes otorgados desde la Edad Media que ralentizaban el curso del progreso, como los de la Mesta, que mantenía ineficiente la agricultura en extensas regiones.

Los ilustrados apoyaban la libre empresa, que la gente pudiera enriquecerse sin trabas estamentales o comerciales, porque de este modo el Estado se enriquecería con ellos, y el beneficio de los particulares redundaría en el común, una ideología liberal plenamente moderna.

Además, querían producir una sociedad culta y libre de prejuicios, en la que cada cual viviera en perfecta libertad de conciencia. También había que eliminar los prejuicios hidalgos contra el trabajo manual. Un real decreto de 1783 declaró que el trabajo manual no deshonraba a nadie. Una medida no sólo encaminada a los vagos de alcurnia, sino también a los mendigos, otro estamento gandul de la sociedad.

Los ilustrados fundaron Sociedad Económicas de Amigos del País, destinadas a enseñar a sus compatriotas sobre los beneficios de la libre empresa y a divulgar las modernas técnicas agrícolas y artesanales. Estas propuestas hallaron escaso eco. España ya era, irremediablemente, diferente. En otros países, los ilustrados habían impulsado sus reformas apoyándose en una activa e inquieta clase media.

El periodismo fue uno de los grandes avances del siglo XVIII, en el que la prensa crítica adquirió gran importancia durante el reinado de Carlos III, gracias a publicaciones como El pensador y El censor.

Arco triunfo calle Mayor entrada Carlos Madrid Luis Paret
ORNATOS EN CALLE MAYOR

Todos los ilustrados estuvieron animados por un impulso de transformación cultural, filosófica, social y económica, por un profundo deseo de cambio que originó el giro que desde entonces sufrió la cultura española. Pero este pensamiento moderno, europeo y renovador chocó de frente contra, por un lado, el pensamiento de la tradicional sociedad campesina, rural y ultracatólica, y por el otro, los intereses inmovilistas de la Iglesia y la nobleza.

Pero en España, esa clase que debía suministrar progresistas no existía, ya que este seguía siendo un país campesino y bastante atrasado, con un pueblo impermeable a toda idea renovadora. Además, había que contar con el inmenso poder de la Iglesia, gran enemiga de los cambios, y con la resistencia de la nobleza, anclada en sus privilegios de clase.

El rústico cacique se cerró al progreso, adoctrinado por el cura en pausadas tertulias de bizcocho y chocolate, en el cuarto de respeto, con señoras de misa y comunión diaria enlutada y digna. La Iglesia tenía una fuerza tremenda y no estaba por la labor de acatar ideas disolventes llegadas de Francia, donde eran enarboladas por ateos y librepensadores de la calaña de Voltaire y Rousseau. La revolución francesa, con su secuela de subversión social y aniquilamiento de la aristocracia, vino a darles la razón desde su punto de vista.

Ningún ministro ilustrado se atrevía a erradicar el poder que tenía la Iglesia. A todo lo que llegaron fue a expulsar a los jesuitas de la Compañía de san Ignacio (una medida que ya habían tomado Francia y Portugal), lo que no trajo consecuencia alguna porque la Iglesia siguió obstaculizando el progreso.

Estas barreras al cambio hicieron que los ilustrados españoles fuesen algo utópicos en cuanto a la materialización de sus ideales. Uno de ellos, fue Jovellanos, quien entendía la propiedad privada desde una utopía socialista, basada en un estado de felicidad paradisíaca, en el que reinaría la fraternidad universal.

El programa reformista ilustrado tuvo un carácter práctico y racionalista, aunque inspirado en un profundo sentido ético, centrado en la búsqueda de la felicidad y el bien común. Sus bases fueron las siguientes:

1. La redefinición de la política internacional, dedicando especial atención a los virreinatos españoles en América y a la construcción de una potente armada naval.

2. La modificación las estructuras políticas del Estado mediante mecanismos que permitieran la uniformidad administrativa, la centralización del poder y la eficiencia de sus recursos.

3. El fomento la economía nacional a través de la liberalización de las fuerzas productivas y la iniciativa privada, inspirándose en la doctrina mercantilista.

4. La regeneración de la sociedad promoviendo una actitud favorable hacia el trabajo y la inversión.

5. La investigación de los conocimientos científicos y la cultura en general, basadas en la fundación de academias y sociedades patrióticas, de la prensa y las publicaciones, y en reformas de la educación y las universidades.

CORTES GENERALES DE 1789, POR LUIS PARET

Este proyecto global que acabó convirtiéndose en el eje de la vida nacional, alrededor del cual se situaron decididos partidarios, acérrimos detractores y muchos indiferentes. Este movimiento ilustrado universalista, poco sensible a las realidades locales, promovió una progresiva unificación institucional y legal de las diferentes entidades políticas de la España peninsular y consiguió un creciente, aunque no completo, sentimiento de pertenencia a una misma comunidad nacional.

A finales del siglo se había formado ya una monarquía unitaria en tránsito hacia el Estado-nación en el marco de un modelo social cambiante y de un contexto político conflictivo que no anularía, en cambio, las seculares identidades regionales. Así, a finales del siglo XVIII, el movimiento ilustrado había conseguido una unificación protonacional, fase previa del movimiento liberal del siglo XIX.

La renovación económica no tuvo más suerte que la social. Naturalmente, los ilustrados propusieron una reforma agraria que pusiera a producir las grandes fincas mal cultivadas o dedicadas a dehesa ganadera en Andalucía, Castilla y Extremadura. La idea era buena, pero no hubo gobierno que se atreviera a ponerla en marcha.

La gran aristocracia y la Iglesia, propietarias de la tierra, eran todavía dos escollos formidables contra los que ningún ministro quería hacer naufragar su carrera política. La Iglesia había acumulado un gigantesco patrimonio agrícola procedente de donaciones pías inalienables (manos muertas), que estaba, como casi todo lo demás, pésimamente administrado.

Y en cuanto a la industria, esta no consiguió despegar de la mera producción artesana para mercados regionales y preferentemente en la periferia (textiles en Cataluña, hierro en Vasconia, pesca en Galicia y Andalucía) mientras que el centro de Castilla permanecía comparativamente atrasado. Algo remedió la supresión del monopolio del comercio americano, que había pasado de Sevilla a Cádiz, y la liberalización de la economía colonial combinada con su reestructuración administrativa.

Pues en líneas generales así es como el pensamiento moderno, europeo y renovador de los ilustrados del siglo XVIII chocó de frente contra, por un lado, el pensamiento de la tradicional sociedad campesina, rural y ultracatólica, y por el otro, los intereses inmovilistas de la Iglesia y la nobleza.

ORNATOS EN LA CALLE MAYOR POR CALOR III, POR LUIS LORENZO QUIRÓS


1. REFORMA EDUCATIVA

El plan ilustrado era un proyecto de reforma en profundidad de la sociedad española, y por tanto tenía que comprender la educación y la reforma educativa.

El panorama español antes de las reformas de Carlos III era lamentable, por proliferación caótica y conservadurismo reaccionario, al ser beneficencia social practicada por las órdenes religiosas y las instituciones eclesiásticas.

La enseñanza primaria y secundaria se impartía en conventos y casas parroquiales, con algunos centros privados de latinidad, que preparaban para la enseñanza universitaria. Jesuitas, dominicos, agustinos y franciscanos adquirieron fama por su rigor y pericia en la formación de la juventud, pero enseñando a través del latín y del método de la escolástica.

También era conflictiva y caótica la enseñanza universitaria, pontificia o regia. Las Universidades fueron fundadas por bula papal y aprobadas por el rey; y en el siglo XVIII era aún más conflictiva a causa del regalismo de los primeros Borbones. Muchas universidades dependían de órdenes religiosas, con disputas de escuela, de patronatos nobiliarios o incluso de fundación episcopal. Las más célebres eran las de Salamanca, Alcalá de Henares, Valladolid, Santiago de Compostela, Valencia y Sevilla.

Además existían conventos que se titulaban universidades, dominicos: Almagro, Ávila y Orihuela; benedictinos: Irache; jerónimos: San Lorenzo del Escorial; de fundación episcopal: Burgo de Osma y Baeza; o de patronato nobiliario: Osuna y Oñate. En todas el dominio eclesiástico era total, con anarquía a nivel nacional, y sólo cuatro Facultades posibles (Artes, Teología, Derecho y Medicina), Artes y Teología en la mayoría de ellas, siendo Artes una prolongación de los estudios secundarios, y Teología formación del clero secular y regular.

Misionerísmo, métodos anticuados de enseñanza, apego a las disciplinas filosófico-teológicas, despego por las ciencias útiles, absentismo del profesorado, abusos en la provisión de cátedras, indisciplina e insuficiencia de dotaciones eran frecuentes por dos motivos:

1. el partidismo de diversas tendencias y escuelas, que muchas veces se despreciaban entre sí.

2. los métodos escolásticos de enseñanza basados en la memoria y el silogismo, sin experiencia, observación o análisis racional.

Los Colegios Mayores se fundaron durante los siglos XVI y XVII como protección a los estudiantes pobres, destacando el de San Bartolomé el Viejo en Salamanca, fundado en 1408; el de Santa Cruz en Valladolid, en 1480; el de San Ildefonso en Alcalá de Henares, en 1500; el de Cuenca en Salamanca, en 1506; y San Salvador y el Arzobispo en Salamanca, en 1517 y 1521.

Al fundarse a mediados del siglo XVII la Junta Real de Colegios se creó una red de intereses comunes entre ellos, pues los consejeros y camaristas de Castilla que componían la Junta tenían que haber sido colegiales. Se constituyó así una especie de casta cerrada e inmovilista, independiente del clero o de la nobleza, pero vinculada a ellos por lazos familiares. Esta casta acaparaba los puestos claves de la administración, las becas, las cátedras y los cargos rectores, monopolizando el gobierno y las funciones de la enseñanza superior. En Sevilla el rector del Colegio Mayor Santa María de Jesús solía ser el de la universidad, y lo mismo ocurría en el de San Ildefonso de Alcalá de Henares. Por lo que los seis Colegios mencionados se convirtieron en árbitros de la política universitaria, despreciando a los demás Colegios, y practicando abusos en admisión de alumnos, absentismo profesional, provisión de becas y cátedras, concesión de habitaciones individuales, etc. Muchas veces reinaba desprecio por la cultura, frivolidad de costumbres, licenciosidad de conducta, hipocresía y vanidad.

Luis Curiel afirma que en 1714 era falta grave que un colegial llevase un libro práctico. Aun así, sin los colegios de San Ildefonso en Alcalá de Henares, San Bartolomé el Viejo en Salamanca y Santa Cruz en Valladolid no habrían sido tan famosas sus universidades.

El Colegio de San Ildefonso de Alcalá de Henares fue prácticamente su universidad hasta que fueron trasladados a Madrid, pues fue diseñado por el arquitecto Pedro Gumiel, y el cardenal Cisneros colocó su primera piedra en 1498, siendo su fachada de Rodrigo Gil de Hontañón. Por esta Universidad-Colegio han pasado personalidades de la talla de Antonio de Nebrija, más ligado a la universidad de Salamanca, pero que en 1502 intervino como latinista en la Biblia Políglota Complutense, y en 1513 fue catedrático de retórica de la Universidad de Alcalá de Henares, en cuya ciudad murió en 1522.

Las Reformas universitarias del reinado de Carlos III fueron posibles gracias a la expulsión de los jesuitas en 1767, principal apoyo de los Colegios Mayores durante la primera mitad del siglo XVIII.

Manuel Lanz de Casafonda (1721-1785) escribió una durísima sátira contra los colegiales mayores y su excesivo predominio en Consejos y Audiencias, a los que considera causa de la decadencia española.

Francisco Pérez Bayer (1711-1794) arremetió también contra los Colegios Mayores y sus poderes universitarios, contando con la ayuda de Felipe Bertrán, obispo de Salamanca y autor de un Informe sobre los Colegios Mayores de Salamanca (1772). Y como ambos contaban con la protección de Manuel de Roda, entonces secretario de Gracia y Justicia, y el beneplácito de Joaquín de Eleta, confesor de Carlos III, se redactaron los decretos del 15 y 22 de febrero, y del 3 de marzo de 1771, que ordenaron una investigación.

En 1777 se promulgó la nueva ordenación de los Colegios, desapareciendo la Junta Central de Colegios, siendo elegidos los colegiales por el Real Consejo, suprimiéndose las ceremonias de admisión, prohibiéndose permanecer en el Colegio más de ocho años, quedando los colegiales obligados por los reglamentos universitarios y nombrándose inspectores que visitarían anualmente los seis Colegios citados, con lo que fue desapareciendo la casta colegial, democratizándose y uniformándose la enseñanza universitaria.

CORTES GENERALES DE 1789, POR LUIS PARET


Gregorio Mayans y Siscar recibió en 1766 el encargo de redactar un nuevo plan de estudios universitarios, que terminó en abril de 1767 con el título de Idea del nuevo método que se puede practicar en la enseñanza de las universidades de España.

Valladolid, Salamanca y Alcalá de Henares renovaron materias y textos en 1771, Santiago de Compostela en 1772, Oviedo en 1774, Granada en 1776 y Valencia en 1786. La universidad de Sevilla se renovó con el Plan de estudios para la universidad de Sevilla (1768) de Pablo de Olavide, aprobado por el Consejo de Castilla en 1769, que también se opuso a los Colegios Mayores; considera el espíritu de partido de las distintas escuelas teológicas y el espíritu escolástico obstáculos para el progreso universitario, y se manifestó partidario de una centralización estatal que acabase con el atomismo. Siguieron las cuatro Facultades de artes, teología, derecho y medicina, añadiéndose un curso de matemáticas, llamándose Física la de artes, a la que se añadieron estudios de geometría, matemáticas, biología, ciencias naturales y física. Se suprimieron los cursos dictados y los apuntes de clase, y se propuso el uso de un libro de texto, que al principio tuvieron que ser extranjeros.

Así se centralizó y uniformó la universidad española, labor que terminó con el primer Plan de estudios general para todas las universidades (1807), con la universidad ya como servicio público. Pero las universidades españolas quedaron mediatizadas por el poder político, que fue introduciendo la ideología ilustrada, contra el deseo de las antiguas Facultades de Artes. Por lo que el Consejo de Castilla cambió los cursos de filosofía para dar paso a cursos de ciencias y matemáticas en 1778, si bien José Cadalso dijo que los profesores universitarios estudiaban a Newton, pero explicaban a Aristóteles. Lo que pudo no ser verdad, porque Juan Meléndez Valdés leía a Montesquieu, Rousseau, Voltaire, Condillac y estuvo muy influido por John Locke; en 1778 fue nombrado catedrático de Humanidades, cátedra que adquirió en propiedad en 1781. Cadalso, Somoza, Gallardo, Quintana, etc., se educaron también en las nuevas ideas, y se constituyó un grupo de profesores sensualistas, como fueron Juan Justo García, Miguel Martel, Salas y Núñez.

El cambio de mentalidad universitaria se apreció también en el Derecho natural y de gentes, con idea inicial de Mayans y Siscar, y la Historia del derecho natural y de gentes (1776) de Joaquín Marín y Mendoza.

Fuera de la universidad, la reforma educativa fue realizada también en el Real Seminario Patriótico Vascongado, las Sociedades Económicas del País, Academias militares y de Bellas Artes, etc. El Instituto de Gijón, fundado por Jovellanos en 1794, suprimió la enseñanza religiosa, implantó una tarde de descanso dirigido, extendió la enseñanza primaria a todos los niños, dio importancia a la educación física y estimuló el comercio, la artesanía, la industria y la agricultura.


ORNATOS EN LA CALLE MAYOR POR CALOR III, POR LUIS LORENZO QUIRÓS


2. 
REFORMA ECONÓMICA

La Ilustración va unida al Liberalismo, pero no se impuso de un modo repentino y excluyente. El librecambio inglés compartió su vigencia con la fisiocracia y el mercantilismo, y al mercantilismo de Colbert pertenece Teórica y práctica de comercio y de marina, de Jerónimo de Uztáriz (1670-1732). Este fue un famoso navarro de vida agitada, pues fue soldado, diplomático y secretario de distintos consejos, sobresaliendo como economista. Su citado libro parte de la consideración de que la riqueza está en la posesión de metales y el provecho de un país en exportar más de lo que importa.

Para Uztáriz, el gobierno debía aligerar de impuestos a las exportaciones y gravar las importaciones, prohibiendo importar ciertos géneros y exportar materias primas, a fin de estimular la fabricación nacional de determinados productos. Sólo una circulación no gravada por tributos ni estorbada por obstáculos permitirá equilibrar los precios y hacer competencia a los productos extranjeros.

Esta era una postura liberal y mercantilista, que Melchor Gaspar de Jovellanos utilizó para pronunciarse contra la alcabala, las aduanas internas, los aranceles de las marítimas y concebir un plan de comercio activo; aunque Jovellanos se adhirió después a la fisiocracia y al liberalismo económico de Riqueza de las Naciones de Adam Smith, pues Jovellanos fue ecléctico, y por eso unos lo consideran fisiócrata (Informe sobre la Ley Agraria), otros liberal (Informe sobre el libre ejercicio de las Artes) y algunos mercantilista (Dictamen sobre el embarque de paños extranjeros para nuestras colonias o Informe sobre fomento de la Marina mercante).

El triunfo de la fisiocracia en Francia con Quesney, Turgot y Mirabeau, con la tierra como principal fuente de riqueza, alcanzó también mucha vigencia en España, pues era la estructura económica del Antiguo Régimen, y la que adoptaron Campomanes, Cadmany, Ignacio de Asso y Jovellanos, que en el Informe sobre la Ley Agraria (1795), redactado como vocal de la Sociedad Matritense, aunque tardó casi siete años en elaborarlo (1787-1794), se muestra posibilista, y como siempre adaptado a las circunstancias.

El Informe sobre la Ley Agraria de Jovellanos es pues una aplicación del liberalismo económico al campo de la agricultura, afirmando:

1. que la agricultura tiende a la perfección

2. que las leyes sólo pueden favorecerla animando esa tendencia

3. que se eliminen los estorbos que retarden su progreso

Con lo que cree que la libre iniciativa económica de los individuos establece equilibrio, basado en la conveniencia, la utilidad e incluso el egoísmo.

Textualmente: "Las leyes para favorecer la agricultura deben reducirse a proteger el interés particular de sus agentes, removiendo los estorbos que se opongan a esa tendencia." Estorbos que son políticos (leyes), morales (opiniones) y físicos (naturales). Los estorbos morales se reducen promoviendo el estudio de la economía civil y de todas las ciencias útiles, creando institutos en todas las provincias, con enseñanzas dirigidas a propietarios y labradores, adecuadas al nivel intelectual de cada uno; y los físicos mediante medios técnicos y financieros que faciliten la creación de riegos y canales, comunicaciones terrestres y marítimas, puertos mercantes, etc: los políticos derogando leyes antinaturales.

El Informe sobre la Ley Agraria de Jovellanos tuvo como antecedentes:

1. el informe de Vicente Paino y Hurtado, representante por Extremadura en el Consejo de Castilla y defensor de Extremadura en la lucha contra la Mesta

2. el dictamen del conde de Floridablanca, entonces fiscal del Consejo de Castilla (1770)

3. el de Campomanes, nuevo fiscal del Consejo de Castilla, quien ya habla de promulgar una Ley Agraria en 1771

4. el Memorial ajustado de 1771, emitido por el Consejo de Castilla para fomentar la agricultura, cría de ganados y corregir los abusos de los ganaderos trahumantes: inspirado en el Tratado de la regalía de amortización (1765) de Campomanes, que demostraba:

a. que la acumulación de riquezas por la Iglesia, con excepción del diezmo, iba en contra de su doctrina

b. que el Concordato de 1737 no bastaba para remediar el daño que causaba la amortización.

Se necesitaba pues una ley de amortización que prohibiera la enajenación de bienes de manos muertas sin previo permiso gubernativo, por lo que dejaba inmune a los mayorazgos.


PASEO DEL PRADO, POR JAN VAN KESSEL

El tipo de organización en que se basaba el Antiguo Régimen era la sociedad estamental, Nobleza, Clero y Pueblo, y Jovellanos sabía bien que ese régimen había conducido a la inmovilidad de la propiedad territorial, por lo que era necesaria una ley de amortizaciones, pues se había encarecido el precio de las tierras al quedar fuera del mercado grandes extensiones territoriales, con perjuicio para los intereses individuales, ya que los grandes propietarios no podían cultivar todas sus tierras.

Los privilegios de la Mesta también incidían en la propiedad territorial, pues al prohibir cerrar las fincas obstaculizaban el desarrollo de la agricultura. Pero el mayor atentado contra la propiedad privada residía en las leyes que protegían la amortización de las tierras, eclesiástica y civil, producto de vinculaciones y mayorazgos. No escandaliza pues a Jovellanos la injusticia en el reparto de tierras, pero sí que su propiedad quede en pocas manos, disminuyendo su compraventa en el mercado y limitando sus posibilidades productivas.

Había pues que abolir cuanto impidiera la libertad del comercio de tierras, y Jovellanos comenzó su reforma con la amortización de bienes eclesiásticos, obtenidos en la guerra de la Reconquista. Y si el clero no desamortizaba tierras baldías había que detener el proceso de amortización, para que no aumentaran las tierras improductivas.

También se debía detener la amortización civil, pues la nobleza ya no tenía misiones guerreras, aunque Jovellanos respetó ciertos mayorazgos para no enemistarse con la minoría ilustrada que debía apoyar sus reformas.

Pero la tímida reforma agraria de Jovellanos no invalida el carácter revolucionario del análisis al que sometió la estructura económica de la sociedad estamental, pues demostró el antagonismo entre la historia y la razón, con la necesidad de acabar con las estructuras sociales que sólo se apoyaban en la tradición. Por eso concluye que la propiedad de la tierra debe ser plena, ya que sabía que las transformaciones sociales sólo son posibles cuando se atacan las estructuras económicas que les sirven de fundamento.

Las doctrinas agrarias de Jovellanos habían sido pues propuestas por políticos de los siglos XVII y XVIII, y su mérito consistió en recopilar las ideas útiles, exponiéndolas y divulgándolas con método y claridad. Supo reunir y profundizar lo que era literatura bisecular. Por eso Miguel Artola dijo que la ley agraria de Jovellanos es posiblemente el libro que más influencia ha ejercido en la historia de España; Valentín Andrés Álvarez que es una de las joyas de la prosa castellana moderna, y Francisco Galindo García que es un hito en la historia del agro español, y una valiosa aportación a la economía del país.

El Informe sobre la Ley Agraria no se tradujo en una legislación que suprimiese los estorbos y obstáculos que denuncia. Tuvo que pasar al reinado de Carlos IV y llegar las Cortes de Cádiz para que la Reforma ilustrada se convirtiese en una verdadera Revolución liberal. Pero su valor doctrinal no dejó de percibirse en ningún momento, ya que para los liberales gaditanos fue una especie de credo económico de las primeras Cortes españolas y uno de los documentos que más han influido en la historia económica del siglo XIX. La alusión a ella fue frecuente en las desamortizaciones de Juan de Dios Álvarez Mendizábal y Pascual Madoz Ibáñez, y en las polémicas con Álvaro Flórez Estrada.

La Inquisición la incluyó en el Índice de libros prohibidos en 1825, acompañada del Tratado de la regalía de amortización de Campomanes. Pero iluminó las conciencias más lúcidas de España, y sus efectos se sintieron en la política española.

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