CARACTERÍSTICAS DEL RENACIMIENTO EUROPEO


El Renacimiento fue un movimiento cultural de extraordinaria viveza que experimentó el occidente de Europa entre principios del siglo XV y mediados del XVI. Se inició en Italia, en la época del Prerrenacimiento entorno al 1300, y supuso cambios económicos, sociales, culturales y de mentalidad del hombre.

El término de “Renacimiento” fue acuñado por el historiador Jules Michelet en el siglo XIX no solo para referirse al resurgir de las artes y la literatura, sino también para denominar al nuevo hombre de la Modernidad que escapó del oscurantismo del Medievo. También Hildebrand aludió a la palabra “Renacimiento” como el segundo nacimiento del hombre, tratándose del hombre nuevo y hombre espiritual, al que aludían san Juan y san Pablo.

Este hombre renacentista se interesó por sus orígenes, por la Naturaleza y por el Ser humano desde un sentido antropológico. Renacía el hombre nuevo de san Juan y de san Pablo, con inspiración en la Antigüedad clásica. Un hombre como microcosmos, potenciando su personalidad y su individualidad, con acrecentamiento de la libertad crítica y creadora.

El Renacimiento supuso un cambio en las condiciones de vida, cambio iniciado en la Baja Edad Media, que provocó una transformación radical en las estructuras materiales y espirituales de la sociedad y del comportamiento humano con respecto al mundo que le rodea: cambios económicos, sociales, metales y culturales.

Cronológicamente, se da como referencia al inicio del periodo renacentista con la caída del Imperio bizantino y la toma de Constantinopla por los turcos en 1453, durante el reinado de Mohamed II. Desde entonces el poderío turco fue una amenaza para la cristiandad europea durante todo el período renacentista, hasta su derrota en Lepanto en 1571, por victoria de la escuadra de Juan de Austria contra la de Solimán el Magnífico, parando la expansión otomana por el Mediterráneo y Europa oriental.

Un importante acontecimiento tuvo lugar en 1454, la invención de la imprenta por Johannn Gutenberg en Maguncia. La imprenta, junto con la brújula y la pólvora, es uno de los tres inventos básicos que marcaron el comienzo de la nueva época. La brújula revolucionó el conocimiento geográfico de la Tierra. La pólvora hizo posible la consolidación militar de los nuevos Estados nacionales. Y la imprenta permitió la difusión casi masiva del pensamiento escrito, con todo lo que implicaba en la transformación de las estructuras mentales del nuevo hombre.

La apertura del horizonte humano es una de las manifestaciones de esa transformación. Apertura en muy distintas direcciones y en planos muy diversos: apertura de los límites geográficos hacia América y hacia Asia; apertura cultural hacia el pasado, estudiando y restaurando la tradición grecolatina; apertura cultural de los humanistas hacia nuevos ámbitos de la población, mediante la difusión impresa; apertura aeroespacial, por los nuevos descubrimientos astronómicos. Quizá el descubrimiento de América y la sustitución de la teoría ptolomaica por la heliocéntrica, según las investigaciones de Copérnico y Galileo, sean los hechos básicos del Renacimiento.

Además, al admitirse que es el Sol, y no la Tierra, el centro del sistema planetario, Dios quedaba más alejado de la atención humana, mientras que el hombre y la Naturaleza adquirieron una renovada importancia. Así, se produjo el típico acercamiento renacentista a la Naturaleza, con la consiguiente valoración de lo natural y lo espontáneo, como también el descubrimiento de nuevas técnicas de observación y de medición física. En el caso del hombre ocurrió lo mismo; la transposición de este a un segundo plano por el nuevo orden astronómico dio lugar a una nueva importancia concedida al individuo, así como a una mayor autonomía humana frente a la esfera divina. El resultado, en conjunto, fue una primacía de la inmanencia frente a la transcendencia, lo que llevó a un individualismo extremo, características quizá la más importante de la cultura occidental.

Se fue abandonando la Escolástica como método de enseñanza. Los textos ya no eran patrimonio exclusivo de los religiosos y muchos laicos indagaron en los archivos para aprender algo más sobre sus predecesores y sobre la cultura grecorromana que había dado forma al mundo. Así fue cómo descubrieron un amor por la vida que la Edad Media había sepultado durante siglos y quisieron recuperarlo, para forjar un nuevo tiempo en el que el hombre pudiera desarrollar sus facultades sin trabas ni impedimentos más allá de su propia iniciativa. Los cuadros se llenaron de color y de formas mucho más realistas, los libros ya no hablaban sólo de santos y las vestimentas se volvieron más vistosas y alegres.

La sociedad acogió con buen agrado estos cambios y progresivamente experimentó una desvalorización espiritual. Las personas ya no estaban sujetas a los designios de Dios. La norma y la vida ya no eran una, sino que podían caminar perfectamente por sendas opuestas. Este desapego por lo espiritual facilitó una mayor autovaloración individual, ya que el hombre podía vivir conforme a sus deseos y gustos, naciendo el Individualismo.

Fue una época de apertura cultural y restauración de la tradición grecolatina, donde Dios quedó en segundo plano. El Renacimiento fue un triunfo del espíritu, especialmente del espíritu latino, ya que las sociedades al norte los Alpes desarrollaban el oscurantismo del Gótico.

El movimiento renacentista se debe entender desde dos de sus tendencias básicas: el Humanismo y la Reforma. El Humanismo es un intento de recuperar los valores inmateriales del mundo pagano, mediante una vuelta a los estudios clásicos y una imitación de la cultura antigua. Así se produjo el enfrentamiento entre escolásticos y escrituristas: los primeros querían mantener el saber teológico medieval; los segundos buscaban la renovación en las fuentes clásicas, de donde surgieron casi todos los movimientos renacentistas: Neoplatonismo, Aristotelismo, Escepticismo, Escriturismo, Biblismo, Erasmismo, etc.

Esta vuelta a los estudios clásicos no representó una simple intención erudita, pues su fin fue comprender al hombre e interpretarlo desde una nueva perspectiva. Esto hizo que se estudiasen las lenguas clásicas (griego, latín y hebrero) y se cultivasen las lenguas romances: Nebrija escribió la primera gramática de una lengua vulgar, la Gramática española, Lutero realizó la traducción de la Biblia al alemán; Dante escribió la Divina comedia en toscano; los erasmistas españoles escribían sus obras en lenguas hispánicas. Mientras en Inglaterra, William Shakespeare se convertía en un sobresaliente autor de tragedias y comedias, en Portugal, Luis Camoens también lo fue gracias a la epopeya Los lusiadas.

Es sintomático que esta exaltación y cultivo de la lengua vernácula se produjese al mismo tiempo que se acentuasen las diferencias nacionales; es sintomático también que, a partir del Concilio de Trento, se volviese a hacer más uso del latín.

En estrecha conexión con el inmanentismo humanista se hallaba también la secularización de las costumbres y de las conductas, cada vez más alejadas del teocratismo medieval. En este sentido tuvo su origen el amor cortés del caballero a su dama y toda la literatura trovadoresca a que dio lugar. El prototipo de la época empezó a ser el cortesano, ducho en el arte de la espada, del verso, de la elocuencia y del galanteo.

El Humanismo renacentista buscaba la comprensión del hombre, y creyó que este se realizaba mejor integrándose en una comunidad nacional, que pretendía concretarse en la fundación del Estado moderno, sobre la base de la maquiavélica de la Razón de Estado. La nueva estructura administrativa y su nuevo Ejército profesional exigían nuevas formas de hacer la guerra y nuevos métodos de defensa, ante los cada vez más poderosos enemigos.

La Reforma de la Iglesia incidió en el surgimiento de estas nuevas nacionalidades. Pero su origen estuvo en una reacción contra la situación de abuso y de corrupción que se había producido en la Iglesia católica durante los últimos años de la Edad Media. La Reforma y la Contrarreforma aparecían como movimientos renacentistas para eliminar la corrupción y decadencia interna de la Iglesia.

La ruptura de la unidad cristiana estuvo dentro de esa profunda preocupación religiosa que recorrió todo el siglo XVI, y que se manifestaba en multitud de movimientos espirituales. Aunque la mayoría tengan su origen en la rebelión de Lutero, no en todos fue necesariamente así. Entre estos movimientos, destacaron el Erasmismo, los Alumbrados, el Anabaptismo, el Calvinismo, el Anglicanismo, la Mística española y alemana, entre otros.

Aunque esta enorme eclosión acabó polarizándose en los dos grandes bloques protestante y católico, fueron producto de una enorme riqueza espiritual, donde resultaba difícil establecer los límites entre la ortodoxia y la heterodoxia. El Concilio de Trento intentó resolver las diferencias ideológicas de la Iglesia entre la multitud de movimientos espirituales con ortodoxos y heterodoxos.

El Renacimiento se caracterizó por un cambio en las relaciones económicas de ciertos sectores sociales: el tráfico marítimo, el comercio a gran escala de los granos, la fabricación y venta de los paños, el trabajo en las minas. Mientras la mayor parte de las actividades económicas continuaban aún bajo el control de los gremios, estas actividades escapaban al mismo, con lo que el sistema de fijación de precios se alternaba radicalmente. Si los gremios establecían un precio justo, de acuerdo con la mentalidad estática medieval según la cual el valor de cada producto es inherente a la misma, lo cual se reflejaba en el precio fijo de cada mercancía.

Este nuevo cambio de perspectiva influyó en el comercio, la economía y las leyes. Las nuevas actividades mercantiles imposibilitaban el mantenimiento del mismo sistema, rompiendo con los principios éticos que regían las transacciones comerciales durante la Edad Media. Dichas actividades, al quedar al margen de los gremios, se empezaron a regir por el libre mercado de la oferta y la demanda, cuyas leyes obedecían a principios estrictamente económicos.

Es lógico que así fuera, pues los gremios podían imponer su ley del iustum pretium, porque vendían sus productos en el mercado local, pero las actividades mercantiles se cotizaban en un mercado internacional que los gremios no podían controlar. Así fue surgiendo el Mercantilismo, basado en una nueva moral de los negocios y una innovadora serie de instrumentos y agentes económicos: la burguesía, las ferias internacionales de comercio, las rutas mercantes entre continentes, la inversión bursátil, las letras de cambio, el interés en el préstamo, la contabilidad por partida doble, la inflación monetaria, etc.

Este aspecto mercantilista fue vital para dotar al Renacimiento de su característico dinamismo. Las ciudades ya no prosperaron por sus mercados internos, sino además por sus puertos, por su tráfico de mercancías entre países. La figura del señor feudal se fue transformando en un empresario capitalista. La calidad de vida y las condiciones sanitarias fueron mejorando y esto propició un aumento demográfico, especialmente en las ciudades, que necesitan más productos para cubrir sus necesidades.

La necesidad de importar y exportar dio un impulso a la navegación. La construcción naval se perfeccionó fabricando barcos más grandes y resistentes, capaces de circular por océanos y mares ignotos, llenos de leyendas de monstruos y tormentas. Así fue como surgieron los grandes descubrimientos geográficos: la llegada de Vasco de Gama a las Molucas por el este, el descubrimiento de América de Cristóbal Colón, la primera vuelta al mundo por Juan Sebastián Elcano y el tornaviaje de Filipinas a América por Andrés de Urdaneta. Estos hallazgos geográficos fueron consecuencia de las mejoras científicas en Astronomía y Cartografía.

Este incipiente Mercantilismo, basado en el control racionalizado de la práctica comercial, fue el comienzo de un Capitalismo tímido y embrionario. Se encarnó en un nuevo tipo humano: el empresario; origen a su vez de una nueva clase social: la burguesía. Ahora bien, esta nueva capa social constituyó una aristocracia del dinero y del talento, que sustituyó a la anterior de la sangre y el rango.

Los nuevos intelectuales, que eran los humanistas, se vincularon a esta clase social que favoreció el Mecenazgo de los artistas más pujantes del momento. En Italia, por ejemplo, hubo familias que se hicieron famosas por su protección a las artes y a las letras: los Visconti en Milán, los Este en Ferrara, los Gonzaga en Mantua, los Médicis en Florencia, etc.

El monje medieval, el compilador, el teólogo vinculado a una orden religiosa, el amanuense, fueron dejando paso al humanista ilustrado que vivía vinculado a la corte, a un mecenas, o a una familia adinerada.

Se producía así una nueva clase de intelectuales muy relacionada con el dinero y a la aristocracia mercantil, pero precisamente por eso más libre e independiente. Mientras que el nuevo empresario se creaba una fuerte base material mediante la acumulación de dinero, al humanista le falta esta, lo que dio el carácter "flotante". El humanista tendía a acercarse a las clases acomodadas, pero no estaba necesariamente ligada a una en particular, y ahí radicaba su fuerza y su debilidad. En cualquier caso, lo evidente es que, tanto en el nuevo burgués como en el humanista, su versión intelectual, el concepto que predominase, fue el de virtú frente al de virtus medieval; es decir, la habilidad y la capacidad para el desarrollo de unas aptitudes individuales, ya sea en el campo de la inteligencia, del comercio, de la política, etc., que se aceptaron y se cotizaron en la nueva sociedad. Y esta nueva moral se reflejó en la disciplina filosófica.

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