A
finales del siglo XIX, los primeros planteamientos modernizadores en el ámbito
de la filosofía, de la ciencia, de la cultura y de la política conducían en
España a una crisis de muy profundas consecuencias y terminarían por arrastrar
al país, a largo plazo, a la Guerra Civil.
La
crisis se hizo patente con fuerza en los años que iban de 1898 a 1905,
coincidiendo con el cambio entre el siglo XIX y el XX, lo que dio origen a la
expresión “crisis de fin de siglo”. Estos siete años se iniciaron con la
derrota militar española ante Estados Unidos en 1898, la pérdida de las últimas
colonias ultramarinas y la profunda crisis social y militar que esto provocó. A
finales de 1905, las consecuencias trajeron la aprobación de la Ley de
Jurisdicciones, expresión clara de una nueva mentalidad político-militar en
todo el ámbito peninsular. Ambos acontecimientos acotaban el periodo dentro de
una evidente autonomía. El hecho de que la crisis se iniciara en 1898, con la
pérdida de la hegemonía política en el mar Caribe a favor de Estados Unidos y
la conmoción que estos significó en la opinión pública española, produjo la
inflación historiográfica del mismo.
Los
historiadores han identificado la crisis de “fin de siglo” con la “crisis del
98” y, desde la óptica literaria, el comienzo del nuevo siglo, con la
emergencia de la generación del mismo nombre. El hecho cierto es que la
realidad histórica y cultural del momento resultó mucho más compleja que lo que
se desprendía de la expresión que la identifica con la conmoción de 1898.
En
el periodo acotado entre 1898 y 1905, no sólo surgió la Generación de 1898,
sino la pervivencia de movimientos y tendencias intelectuales como Socialismo,
Anarquismo, Krausopositivismo, Regeneracionismo, Teosofía y Espiritualismo,
entre otras, junto a la irrupción plena de manifestaciones nuevas como
Modernismo literario y religioso, Catalanismo, Noucentisme, Novocentismo,
Casticismo, Europeísmo, etc.
La
confusión intelectual provocada por la presencia y eclosión plural de semejante
número de tendencias y movimientos no admitía otra denominación que Crisis
de fin de siglo. La múltiple y rica eclosión cultural representada por esa
expresión requiere una apropiada definición conceptual. Fue una reacción
antipositivista, donde los vitalismo e irracionalismos de todo tipo tuvieron
lugar. Esa reacción contra el Positivismo y el Naturalismo literario tuvo un
cierto matiz neorromántico, pero sobre todo se distinguió por su carácter
neoespiritualista, que vino a definir las fronteras con el Modernismo, la
expresión más concreta del nuevo momento histórico.
En
Francia, gran foco difusor del Modernismo, definieron la nueva filosofía
eruditos como Henri Bergson, Maurice Blondel, Edouard Le Roy, Alfred Loisy, en
todos los cuales la preocupación religiosa y espiritual es fundamental. La
situación intelectual que emergía al filo del siglo estaba caracterizada por un
buen historiador del periodo con los siguientes rasgos: la súbita repudiación
del Positivismo, la desconfianza hacia la ciencia y la adopción de una postura
más receptiva hacia lo espiritual y místico, aunque fuera bajo formas
irracionalistas y vitalistas.
La
reacción libre y plural contra el Positivismo, así como la aproximación a
actitudes neoespiritualistas, determinaron dos conceptos básicos: libertad e
innovación. Si pon un lado, se recoge libertad plena para el creador, por otro,
se invocaba el criterio supremo de la innovación, ambos como derechos
inalienables de ese nuevo rebelde que es el “intelectual”, protagonista de la
Revolución modernista.
En
la definición del concepto de Crisis de fin de siglo aparece con frecuencia el
de Modernismo. En Europa, el concepto de Fin de Siglo ha servido para designar
toda una época, que habitualmente abarca desde 1885 a 1914. En Francia se
inicia con la muerte de Victor Hugo, en 1885, y termina con el inicio de la I
Guerra Mundial, en 1914. Aunque de origen francés, el fin de siglo como
concepto filosófico comenzó a gestarse partir de 1890 por buena parte de
Europa, relacionándose a los conceptos complementarios de “decadencia” y
“decedentismo”, así como a la expresión “modernismo”.
En
el sintagma “fin de siglo” se reúnen lo viejo del siglo XIX y la sensación de
novedad producida por la entrada en el XX, afirmación que resultó válida para
todo el entramado histórico del momento, y no sólo para la historia de la
literatura o las corrientes literarias. En España, sin embargo, ha sido la
expresión Modernismo, aplicable a todo el ámbito de habla hispana, la que tuvo
mayor aceptación como una especie de “palabra mágica fruto de la propia
cosecha”, como dijo Hans Hinterhäuser en Actas del Congreso internacional
sobre el Modernismo español e hispanoamericano, celebrado en Córdoba, en
1987.
“El
Modernismo pretendía mucho más: pretendía ser una postura y una amplia visión
del mundo y la vida. Por supuesto que sus adictos querían, al igual que los
decadentes y acólitos del fin de siglo, ser decididamente moderno. Pero el
Modernismo significaba también una sensibilidad y receptividad a los valores de
la Europa central y occidental; significaba en poesía una nueva estética de la
palabra, de las formas y de los géneros y un repertorio en parte clasicista, en
parte exótico. Es probable que la pose antiburguesa de los modernistas se haya
dado en forma más masiva que en el resto de Europa debido a su relación con el
anarquismo español, que entonces constituía un fenómeno muy extendido, en parte
de tipo terrorista y por ello temido. Y no en el último término representó el
Modernismo un gran lazo de unión cultural entre los integrantes de la comunidad
lingüística hispánica de la Península y de Ultramar, con Rubén Darío como
indiscutible iniciador y príncipe del movimiento y con seguidores igualmente valiosos
a uno y otro lado del Atlántico.”
En
este sentido, la expresión “fin de siglo” fue cada vez más utilizada, sobre
todo, a partir de la década de los sesenta, por críticos como Philippe Jullian,
Gonzalo Sobejano, Giovanni Allegra, Lily Litvak y Ricardo Gullón; entre los más
jóvenes, José Carlos Mainer lo ha adoptado plenamente en sus estudios e
investigaciones a partir de 1975.
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