FUNDACIÓN DE LA GENERACIÓN DEL CATORCE


Si las generaciones tienen un ritmo quincenal, a los quince años de la aparición pública de la del 98 debería surgir una nueva generación. Con exactitud matemática, ese año sería el de 1913, fecha en que se cumplen además los treinta del nacimiento de José Ortega y Gasset, considerado como "epónimo" de la nueva generación por la mayoría de los críticos. A ambos motivos, sin duda de peso, se añade el que "en 1913 tuvo lugar uno de los actos que mejor simbolizan su acceso a la plena vigencia social, el homenaje a Azorín en los jardines de Aranjuez". Y concluyó Laín Entralgo, de quien son las anteriores palabras: "¿Por qué no llamarla generación del trece?"

Es un hecho, sin embargo, que frente a dicha denominación la mayoría de los críticos e historiadores han optado por la de Generación de 1914, basándose también en motivaciones orteguianas, pues dicho año es aquel en que Ortega publicó su primer libro Meditaciones del Quijote y pronunció la conferencia Vieja y nueva política como acto del lanzamiento de la recién creada Liga de Educación Política.

A estas motivaciones se añaden otra, basadas en dos consideraciones centrales de la teoría generacional:

1. Que toda generación es de "sustancia vital", y no matemática, por lo que los automatismos matemáticos deben ser alejados en el estudio de las mismas.

2. Que el origen de una generación actúa como espoleta dinamizadora la producción de un gran acontecimiento histórico, plataforma de surgimiento de la misma.

Estas dos consideraciones decidieron que 1914 debía ser el año denominador de la nueva generación, ya que el comienzo de la Primera Guerra Mundial durante el mismo va a producir una honda división de la sociedad española, muy especialmente en el ámbito intelectual.

La etiqueta de "generación de 1914" para designar a la generación encabezada por Ortega y Gasset fue utilizada por primera vez por Lorenzo Luzuriaga en 1947, y ha sido después ampliamente recogida y usada por Juan Marichal, que hablaba de 1971 como "el año bautismal de la generación de Ortega", en su obra La vocación de Manuel Azaña, de 1975. La calificó no sólo como "la generación más importante de la historia intelectual de la España moderna", sino también como "una de las generaciones más completas de la historia europea del siglo XX", en La crisis de fin de siglo: ideología y literatura, de 1975. Al resto de los miembros europeos de esta generación se vieron afectados y diezmados por las consecuencias de la I Guerra Mundial.

GENERACIÓN DEL CATORCE

El homenaje a Azorín, José Martínez Ruiz, en los jardines de Aranjuez, que para Laín Entralgo representa el acceso a "la plena vigencia social" de la nueva generación, no es más que un pórtico a dicho acceso, producido de hecho en 1914. El acto, sin embargo, tuvo evidente importancia, pues representa simbólicamente un encuentro entre las dos generaciones más importantes de la España moderna y constituye un antecedente en el surgimiento de la generación de 1914. El motivo fue un homenaje de desagravio a Azorín por haber sido desdeñado por la Real Academia Española. La convocatoria y ofrecimiento corrió a cargo de José Ortega y Gasset, quien rechazaba en carta previa dirigida a Roberto Castrovido (directos del diario El País), que tuviese el carácter de un motín contra la Academia:

La obra Fiesta de Aranjuez en honor de Azorín, por Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, de 1915, relata su intervención:
"No cabe hacer un motín contra la Academia, porque esta dama es inexpugnable. Bastaría que nuestro acto tomara un matiz ligero de imposición y viva protesta para que la Academia elevara a caso de conciencia la exclusión de Azorín."

El homenaje se celebró el 23 de noviembre de 1013 en uno de los cenadores de Aranjuez y los ofreció Ortega y Gasste como un acto generoso de honra a los valores literarios del homenajeado:
"Nos hemos juntado aquí unas cuantas gentes dispuestas a otorgar con fruición el santo sacramento del aplauso."

Es un impulso moral de reconocimiento a los valores ajenos, "dando cara a la envidia, a la ligereza, al desdén y a la desatención", en un país donde estos sentimientos negativos imperan. La misma intención domina las poesías de Juan Ramón Jiménez y de Antonio Machado. Jiménez le ofreció:
"… laurel vivo, para mayor decoro,
regio, ardiente y divino por la magia serena
del otoño, que enciende nuestras almas de oro."

Machado elogió su libro Castilla y le hizo un envío donde, con caracteres de arenga, propugnaba el surgimiento de una nueva España:
"Oh tú, Azorín, escucha: España quiere
surgir, brotar; toda una España empieza!
Para salvar la nueva epifanía,
hay que acudir, ya es hora,
con el hacha y el fuego al nuevo día.
¡Oye cantar los gallos de la aurora!"

JOSÉ MARTINEZ RUIZ "ARORÍN", POR IGANCIO ZULOAGA

Quizá es con este tono con lo que mejor enlaza el discurso de Azorín, en agradecimiento en el que no está ausente la indignación por la injusticia social y la frivolidad literaria. En él contraponía la soledad, el desamparo y la pobreza de la España rural con el ambiente banal y frívolo de Madrid:
"Al recorrer estos campos secos y grises; después de hablar con estos labriegos resignados y tristes… un sentimiento profundo se apodera de nuestro espíritu. Es indignación y es desesperanza; es abatimiento y es impetuoso deseo de aniquilamiento y renovación. Todo se junta y se revuelve tumultuosamente en el fondo de nuestro ser. Ya en Madrid, ya en el Salín de Conferencias, ya con las diarias informaciones políticas delante de los ojos, no acertamos, perplejos, desorientados, a casar la realidad angustiosa y brutal que acabamos de ver con la siniestra frivolidad que desfila frente a nosotros. Discursos grandilocuentes, conferencias, entrevistas, idas y venidas, conciertos y desconciertos, manifestaciones, declaraciones, programas, todo esto, ¿qué te importará a ti, labriego atenazado por el hambre, labriego a quien tus hijos piden pan, pan que no tienes?... Todo esto, ¿qué nos importará a nosotros, los que ante el panorama de Castilla, de Levante o de Andalucía, hemos meditado en el presente trágico de España?"

Esta denuncia de la injusticia social es motivo, por otro lado, para afirmar la solidaridad intelectual entre la nueva y la vieja generación. Así lo dice:
"Una consideración capital se ha impuesto a mi espíritu cuando surgió la idea de este acto: la consideración de que se trataba, más que de celebrar una persona, de reiterar y afirmar una tendencia. Afirmar, reiterar, corroborar, renovar una tendencia, haciendo una pública manifestación de solidaridad, de hermandad espiritual, de fraternidad compañerismo. Los que nos une aquí son ideas, sentimientos y anhelos que todos llevamos en nuestro espíritu y por los que todos suspiramos… No es principalmente una orientación literaria lo que, a mi parecer, nos congrega aquí. La estética no es más que una parte del gran problema social. Para los que vivimos en España; para los que sentimos sus dolores; para los que nos sumamos (¡con cuánta fe!) a sus esperanzas, existe un interés supremo, angustioso, trágico, por encima de la estética."

La fiesta de Aranjuez en honor de Azorín fue la antorcha que transmitió la Generación del 98 a las del 14, y en esa antorcha fue prendiendo el amor y la inquietud por el problema de España. Los asistentes al acto lo demostraron: Juan Ramón Jiménez, Alberto Jiménez Fraud, Corpus Barga, Luis de Zulueta, Pedro Salinas, etc.; no menos la carta de Píos Baroja y la poesía de Machado que se leen en el homenaje, como las adhesiones de numerosos personajes de la época, entre los que se cuentan, significativamente, Eugenio d'Ors y Américo Castro. Una generación llamando a la puerta en Aranjuez en 1913, puerta que se abriría de para en par en 1914.


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