INTELECTUALES DE LA GENERACIÓN DEL 14 EN LA COYUNTURA HISTÓRICA


La Generación de 1914 se sentía un grupo intelectual, con carácter propio y específico respecto a otros grupos intelectuales. Fue heredera del espíritu del 98 y recibió como legado de ella su preocupación por el "problema de España". Como escribió José Ortega y Gasset en sus Obras completas:
"Es una generación, acaso la primera, que no ha negociado nunca con los tópicos del patriotismo, y que… al escuchar la palabra España meramente siente, y esto que siente es dolor."
Sin embargo, bajo ese legado común, percibía su propia peculiaridad y se consideraba portadora de una misión propia. En Obras completas de Ortega:
"Como cada individuo, cada generación, si quiere ser útil a la humanidad, ha de comenzar por ser fiel a sí misma (…). Por esto es menester que nuestra generación se preocupe con toda conciencia, premeditadamente, orgánicamente, del porvenir nacional. Es preciso, en suma, hacer una llamada enérgica a nuestra generación, y si no la llama quien tenga positivos títulos para llamarla, es forzoso que la llame cualquier, por ejemplo, yo."

Esta fue la raíz de lo que J. Marichal llamó, en La vocación de Manuel Azaña, "la novedad de la generación de 1914 en la historia intelectual española", novedad que "procede, sobre todo, de su actitud ante la política y ante los políticos".

En esta actitud, lo específico era que los hombres de 1914 iban a intervenir en política en cuanto intelectuales, por considerar que la participación de estos en la política resulta imprescindible, en determinados momentos históricos. Así, por ejemplo, lo interpretó Ortega en 1927 cuando decía que España estaba en un momento "en el cual sólo puede salvarla políticamente la seria colaboración de los intelectuales". En realidad, ese era el mismo sentimiento que tenían en 1914 cuando decidieron hacer pública su oferta de la Liga de Educación Política. Se constituía así una tendencia de acción intelectual en la política que uniese a tres generaciones constitutivas: la del 98, la del 14 y la del 27; es decir lo que Vicens Vives llamaría "Generación acumulativa del 98".

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El proceso se inició con la Generación del 98, primero que hizo uso del término "intelectual" con carácter sustantivo, frente a su tradicional utilización como adjetivo. Así, se convertía en la primera generación española que tenía conciencia clara de su papel rector en la vanguardia política y social. Quizá el más influyente en esa introducción y aceptación del término fue Ramiro de Maeztu, que ya lo usaba en 1899. Su conferencia en el Ateneo de 1910, bajo el título La revolución y los intelectuales, tuvo gran éxito, pero que, como señaló Inman Fox en La crisis de fin de siglo: "todo su pensamiento prepara el terreno para la actividad de los intelectuales de la generación de Ortega."

La primera generación de intelectuales con conciencia de si misma fue la de 1914, aunque la del 98 introdujese el término y preparase el terreno para el advenimiento de la misma. Así lo reconocieron cuando, en el Prospecto de la Liga de Educación Política, afirmaron:
"El hombre y menester de una gran parte de nuestros agrupados podía atraernos el apelativo pernicioso de intelectuales, si no acentuamos desde luego el convencimiento de que la política no es faena que se satisfaga con sólo el intelecto ni solo mediante la acción individual."

Siguiendo esta pauta, cuando Ortega pronunció su conferencia Vieja y nueva política, dirigió su llamamiento de acción pública, según consta en sus Obras completas: "a las nuevas generaciones y especialmente a las minorías que viven en ocupaciones intelectuales."

El espaldarazo a la emergencia social de esta generación de intelectuales lo dio la coyuntura histórica. En este caso, un acontecimiento que conmocionó el mundo: el inicio de la I Guerra Mundial, en 1914. Como ha escrito José Carlos Mainer en su obra La literatura y pequeña burguesía en España, de 1972:
"El estallido de la Gran Guerra, a finales del verano de 1914, quebró vigorosamente el letargo inmemorial en que la sociedad española vivía… Aunque el gobierno se obstinara en una neutralidad que previas alianzas con la Entente a los torpedeamientos de cargueros no había de romper, el país vivió una efervescencia política inusual, y en más de un caso los españoles de 1914 consideraron una vergüenza nacional el no intervenir con las armas en la contienda: aliadófilos y germanófilos se repartieron la opinión pública, la prensa, la política y hasta las familias."

Sin embargo, el enfrentamiento afectó de modo más directo que a nadie a los intelectuales, llegando a identificarse en la práctica este nombre con el de la causa aliada. A ellos contribuyó sin duda de modo decisivo la campaña que para despertar simpatías organizaron en los países neutrales los gobiernos beligerantes u otras entidades e individuos. Incluso hubo visitas con tal fin como la que hicieron a España en 1916 los académicos franceses (Bergson, Lamy, Imbart de Latour, Perrier, Widor y Maurice Legender) y que les llevó a ciudades como Madrid, Sevilla, Granada, Salamanca y Oviedo, luego correspondida en 1917 por una misión españoles que visitó los frentes franceses. Entre los visitantes españoles, que fueron también a París, Burdeos y Toulouse, se encontraban Manuel Azaña, Ramón Menéndez Pidal, Américo Castro, Odón de Buen, Rafael Altamira, Gonzalo Bilbao, etc.

GENERACIÓN DE 1914

Un interesante aspecto de los citados enfrentamientos fue lo que un investigador, Christopher H. Cobb en su obra Hispanofilia de 1957, llamó "una guerra de manifiestos". La primera manifestación vino a estar a favor de la paz y en contra de la guerra. Según Luis de Zulueta:
"La guerra es la negación brutal de todos los valores que la civilización ha creado."

En ese ambiente se proclamó el Manifiesto de los Amigos de la Unidad Moral de Europa, el 27 de noviembre de 1914, dirigido a Romain Rolland. La actitud pacifista se fue transformando en otra cada vez más aliadófila y, sobre todo, francófila: así se produjeron diversas adhesiones a la causa francesa hasta llegar al en que se publicó en Francia "el mas importante de esta serie de manifiestos", que recogió la forma de los intelectuales españoles más destacados.

La versión francesa del manifiesto apareció en Le Journal, el 5 de julio de 1915, y la española en la revista España, cuatro días después.

Entre los firmanes del manifiesto en francés destacaron José Ortega y Gasset, Américo Castro, Gumersindo de Azcárate, Gregorio Marañón, Manuel B. Cossio, Ramón Menéndez Pidal, Miguel de Unamuno, Ignacio de Zulueta, Luis Ariquistain, Manuel Azaña, Eloi Azorín, Antonio machado, marino de Maeztu, Benito Pérez Galdós, Blasco Ibáñez, Pérez de Ayala, Manuel de Falla, entre otros. La versión española contaba con más de 300 firmantes de primera línea intelectual y cultural, en la que estaban, además de los anteriores, también R. Altamira, Pompeu Gener, Ramón Gómez de la Serna, Enrique Granados, Salvador de Madariaga, F. Onís, etc.

Así, se fueron identificando el nombre de intelectual con el de aliadófilo, hasta el punto de que los germanófilos fueron casi una excepción: Francisco Rodríguez Marín, Emilio Cotarelo y Jacinto Benavente. Según J. C. Mainer en Literatura y pequeña burguesía, Benavente era el más importante de los germanófilos:
"No era un secreto que la decidida postural aliadófila por parte de los intelectuales encarnada en el quehacer de dos grupos homogéneos: la generación de 1898, por un lado, y la generación de 1914, por otro; integrada esta última en torno a la significativa Liga de Educación Política Española, creada por Ortega y Gasset en 1913."

El conflicto internacional se fue convirtiendo en un enfrentamiento interno, donde los aliadófilos eran "liberales" y los germanófilos se llamaban a sí mismos "tradicionalistas". De la intención de la polémica ofrecen una idea las expresiones utilizadas por Unamuno para referirse a los últimos: "trogloditas", "jóvenes turcos" españoles, "caverna del tradicionalismo español", entre otros. En realidad, ese fue el sentir común; en el manifiesto de la Liga Antigermanófila puede leerse:
"no admiran a Alemania en lo que tiene de despreciable, su fuerza mecánica más que orgánica y un sistema de vida colectiva en la que no cabe el libre juego de la personalidad. En conjunto, admiran a Alemania porque es enemiga de Francia, Inglaterra e Italia, ilustres cunas de tantas libertades político-religiosas."

Como señalaba el periódico El Liberal, edición del 6 de enero de 1917, que recogió Mainer, el resultado fue que:
"las peleas cotidianas fraguaron un grupo coherente que incluye miembros de las generaciones de 1898 y 1914, cuya consideración es imprescindible al abordar la historia intelectual de este período. Para ellos, el mal de España era por encima de la injusticia social y de la falsificación del sufragio, la incultura, el desinterés secular por los problemas del espíritu, las cerriles raíces celtibéricas de nuestras costumbres. De la seriedad y del rigor se hicieron virtudes."

A una conclusión semejante llegó C. H. Cobb cuando, al final de su estudio escribió:
"Desde la Primera República, si no antes, una buena parte de los escritores e intelectuales había ido cobrando una conciencia más clara de su misión en la Sociedad."

Esa conciencia alcanzó su punto culminante entre 1914 y 1919, durante la Primera Guerra Mundial, acontecimiento que sirvió de catalizador para el surgimiento de la primera "generación de intelectuales" española con clara conciencia de ambas cosas al mismo tiempo.


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