MENTALIDAD NOVEDOSA DE LOS NOVATORES


La crisis de valores y la decadencia imperial como tema de filosofía y literatura surgieron durante el reinado de Felipe IV, en la primera mitad del siglo XVII, con las aportaciones de Francisco de Quevedo, Pedro Fernández de Navarrete y Antonio de Vega. Sin embargo, esta nueva disciplina de pensamiento apareció de modo evidente a finales del siglo XVII y primera década del XVIII, con la aparición de los llamados novatores, pues en ellos la crisis de valores se convirtió en auténtico cambio de mentalidad. Rechazaron las actitudes metafísico-teológicas para acercarse a un planteamiento científico de las cuestiones y temas.

El movimiento novator supuso una ruptura con las posiciones tradicionales de orden escolástico y aristotélico, para adoptar un pensamiento moderno con carácter científico.

La equiparación entre filósofos y científicos había sido tradicional en la filosofía europea. En los comienzos del siglo XVII todavía los cultivadores de la filosofía y de las ciencias son los mismos, y son precisamente los novatores los que inician el proceso de disociación entre filosofía y ciencias, como consecuencia del ambiente y dificultades en que tienen que moverse. Un rechazo absoluto de la cosmovisión teológica heredada resultaba imposible, y por eso defendieron el cambio en el ámbito de la filosofía natural, que denominan física.

Esta innovación tuvo lugar en el terreno de la filosofía natural. Pero, en otras diciplinas del pensamiento como la lógica o la metafísica continuaron la tradición escolástica. Por primera vez en la historia de la filosofía occidental, se bifurcaban las distintas ramas del saber filosófico del primitivo tronco común. Pero, el proyecto que los novatores estaban ejecutando se basaba en la sustitución de la mentalidad teológica por la científica, y estaba limitado al ámbito parcial de la física.

El término novator deriva de novedad y apareció por primera vez en una obra de Francisco Palanco, religioso de la Orden de los Mínimos, titulada Dialogus physico-theologicus contra philosophiae novatores, en 1714. En su texto, se reprochaba a los novatores la introducción de novedades o la intención de hacerlas, porque la nueva mentalidad suponía la intrusión del laicismo en las investigaciones filosóficas y religiosas, que podían resultar peligrosas para la fe.

A esa actitud de libre designación se les imputa soberbia, primero, y herejía, después, por los cristianos más ortodoxos. Se les acusaba de que quisieran medirlo todo con su mente, sin darse cuenta de que sólo la mente de Dios es medida de las cosas. La acusación de novator era casi sinónimo de soberbio y de hereje. Y los novatores se defendieron recurriendo a los filósofos antiguos, de los que se consideraron herederos. Se presentaron como una vuelta a la pureza de las doctrinas, tergiversadas y mistificadas por la escolástica. Siendo la Eucaristía el tema en que más disintieron novatores y escolásticos.



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