El Renacimiento cultural español fue un fenómeno cultural de la Edad Moderna que alcanzó tanta fuerza y vigor como el italiano. Incluso, en la literatura alcanzó una lucidez y creatividad que no consiguió ningún otro país de Europa. Aunque tuvo una inspiración italiana en sus comienzos, supo desarrollar su propia personalidad en la arquitectura y en la pintura a través de escuelas verdaderamente creadoras.
La literatura española supo plasmar aportaciones originales, como fue el caso de la novela picaresca, contando con grandes individualidades como Juan Boscán, Garcilaso de la Vega, Francisco de Quevedo o Miguel de Cervantes. El alto nivel de la cartografía y las ciencias relacionadas con la navegación permitieron descubrir el Nuevo Mundo y establecer el mayor Imperio geográfico global de la Modernidad.
El Renacimiento supuso la aparición de las nacionalidades, teniendo la España de los Reyes Católicos conciencia nacional y personalidad propia, ampliando fronteras por el Mediterráneo y el Atlántico y defendiéndolas en Centroeuropa.
A pesar de que España experimentó una profunda transformación desde 1492 hasta las primeras décadas del siglo XVI, seguía teniendo a la religión católica como función de Estado. La doctrina dogmática y la Santa Inquisición impidieron un pleno Renacimiento filosófico, sino más bien teológico, y especialmente artístico, literario y científico.
A finales del siglo XV y durante todo el XVI, los dos estamentos con mayor poder político y económico fomentaron el desarrollo científico y cultural del Renacimiento español. Estos fueron la nobleza y la realiza.
El historiador Jaume Vicens Vives, en su Historia de España y América, publicada en Barcelona, en 1961, estuvo muy acertado cuando escribió que como norma general a la clase social de la nobleza: “no le faltó el sentido de responsabilidad para impulsar el desarrollo cultural del país e identificarse con las esencias que informaron el despliegue de la corriente humanista en España.”
Efectivamente, la nobleza se encargó de promover el desarrollo de las artes y las letras, y ejemplos claros fueron los siguientes: Álvaro Colón y Portugal, segundo conde Gelves, presidió en Sevilla una tertulia literaria en la que brillaron Mal-lara, Argote de Molina y Fernando de Herrera; el duque de Alcalá y marqués de Santa Cruz protegió a Baltasar del Alcázar, genio Sevilla de la poesía festiva; el duque de Alba distinguió con su amistad a fray Luis de Granada, a quien nombró su confesor; el príncipe de Éboli protegió a Diego de Estella, también su confesor; el conde Portocarrero protegió a fray Luis de León; el conde de Lemos fue mecenas de Miguel de Cervantes; el duque de Osuna protegió a Francisco de Quevedo, a quien llevó a Italia; el duque de Villahermosa protegió a los hermanos Argensola; y el duque de Alba, el marqués de Malpica, el conde de Lemos y el duque de Sessa protegió al popular dramaturgo Félix Lope de Vega, a cambio de servirles como secretario.
Estos grandes terratenientes financiaron buena parte de la cultura renacentista, y de la nobleza baja salieron eruditos hidalgos del nivel de Juan Boscán, Garcilaso de la Vega, Hernando de Acuña, Gutierre de Cetina, Diego Hurtado de Mendoza, fray Antonio de Guevara, Juan Ginés de Sepúlveda, Juan de Tassis y Peralta, etc.
Pero también la Monarquía hispánica tuvo una importancia clave. Los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II también favorecieron la promoción cultural del Renacimiento.
La Corte de los Reyes Católicos fue el centro neurálgico de la vida cultural castellana. La reina Isabel alcanzó fama europea como protectora de la cultura y de la ciencia; contrató a numerosos eruditos extranjeros para constituir una escuela palatina, donde brillaron genios tanto nacionales como foráneos: Pedro Mártir de Anglería, Lucio Marineo Sículo, Beatriz Galindo y Elio Antonio de Nebrija, el mejor gramático y lexicógrafo español tras haber estudiado en Italia en la escuela de Lorenzo Valla. La publicación de la Gramática de la lengua castellana, por Nebrija, en 1492, fue un hito decisivo para la lengua y la literatura castellana, porque había convertido por primera vez una lengua vernácula en culta en toda Europa. En adelante, “siempre la lengua fue compañera del Imperio”. Esta gramática ofreció un impulso humanista que llevaría a obras como la Celestina de Fernando de Rojas, la fundación de la Universidad renacentista de Alcalá de Henares, o la elaboración de la impresionante Biblia Políglota complutense por Francisco Jiménez de Cisneros.
Según el historiador británico John Elliot en su obra España imperial, 1469-1716, publicada en Barcelona, en 1965, fue evidente que el entusiasmo caracterizó la vida cultural durante el reinado de los Reyes Católicos. Fue una sociedad abierta, interesada por las ideas extranjeras, y dispuesta a aceptarlas.
"Existía en el país una inquietud intelectual y un afán por los contactos culturales con el extranjero. Esto es lo que distingue, por encima de todo, a la España de los Reyes Católicos de la de Felipe II. La España de Isabel I y Fernando era una sociedad abierta, interesada por las ideas extranjeras y dispuesta a aceptarlas. La creación de la Inquisición y la expulsión de los judíos fueron sendos pasos hacia atrás, pero al mismo tiempo resultaron insuficientes para desviar a España de su viaje de exploración más allá de sus fronteras. Bajo el gobierno de Fernando e Isabel, Castilla estaba preparada para lanzarse a nuevas experiencias, culturales o políticas, con toda la energía de una nación salida de un largo aislamiento. Para los castellanos, castilla era ya España y se veía lanzada a un futuro aún más grande, pues las circunstancias, tanto internas como exteriores, la arrastraban inexorablemente a un papel imperial."
Este ímpetu de la Corte de los Católicos sobre la cultura del país se prolongó en los siguientes dos reinados de los Austrias Mayores. La Corte de Carlos V impulsó el principal movimiento renacentista español: el Humanismo; pero en una clara tendencia al Erasmismo. El emperador pensionó a Erasmo de Rotterdam y al Aretino, tuvo por secretario al filósofo erasmista Alfonso de Valdés, entre otros mecenazgos.
Felipe II cambió el modo de abordar el Renacimiento: tuvo una actitud claramente identificada con el Antierasmismo de Melchor Cano y el Contrarreformismo del Concilio de Trento. Pero fue continuista de la obra cultural mediante la construcción del Palacio del Escorial con su avanzada Biblioteca Real, la fundación de la Academia Real de Matemáticas, la promoción de la Biblia Políglota de Amberes por Benito Arias Montano, entre otros hitos.
De todas formas, el empleo de la religión como instrumento de la política por parte de la Monarquía española estaba llevando a unas nefastas consecuencias en el desarrollo cultural.
Aun así, se experimentó un gran desarrollo en matemáticas, cosmografía, cartografía, etc. La cultura renacentista fue resultado de una sociedad aristocrática y elitista, donde surgió un tipo de intelectual independiente, crítico con la sociedad, con un judaísmo converso del que surgieron Fernando de Rojas, Fernando de Córdoba, Antonio de Nebrija, Luis Vives, Juan de Vergara, Sebastián Fox Morcillo, Francisco Sánchez, Francisco de Vitoria, Benito Arias Montano, fray Luis de León, Huarte de San Juan, Miguel Servet, Andrés Laguna, Mateo Alemán, fray Bartolomé de las Casas, Santa Teresa de Jesús, Diego Laínez y Miguel de Cervantes Saavedra.
Uno de los peores hechos que aconteció en el continente europeo durante el Renacimiento fue la aparición de la peste, cuyas pandemias diezmaron las poblaciones. Para paliar los efectos de estas enfermedades, los reyes Carlos V y Felipe II contrataron los servicios del médico Andrés Vesalio, que había publicado su obra magna De humani corporis fabrica, en 1543, donde se diseccionaba la anatomía humana de una forma inédita hasta entonces. Dos de sus discípulos más aventajados fueron los españoles Luis Collado y Juan Valverde de Amusco, autor este último de Historia de la composición del cuerpo humano, perfeccionando los avances de su maestro.
En ciencias destacaron Francisco López de Villalobos, autor del primer tratado sobre la sífilis; y Luis Mercado, abordando el tema de la peste. Miguel de Servet fue un teólogo que demostró por primera vez la circulación pulmonar de la sangre en el ser humano, además de publicar un libro contrario a la imagen de la Trinidad católica, por lo que fue quemado por la Inquisición en Ginebra. El astrónomo Jerónimo Muñoz alcanzó fama europea por el informe sobre la supernova de 1572, a petición de Felipe II, y que fue comentada por diversos astrónomos de su tiempo. Entonces, ya se enseñaba el modelo heliocéntrico del sistema planetario en las universidades.

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