RENACIMIENTO POLÍTICO-SOCIAL ESPAÑOL


El Renacimiento español sólo duró la centuria del Quinientos. Esta se extendió a capas muy limitadas de la población, con la enemistad de amplios sectores sociales, y la vigilancia de la Iglesia para que no fuera heterodoxo.

En el siglo XV ya había surgido un Prerrenacimiento con importantes antecedentes, aunque todavía no generó un cambio en el espíritu y mentalidad de época. Se crearon diversas bibliotecas por nobles y se consolidaron las universidades medievales, además hubo dos granes cortes humanistas: la de Juan II de Castilla y la de Alfonso V en Nápoles, que marcaron la pauta de lo que después fue la corte de los Reyes Católicos. La llegada de Isabel y Fernando al trono de Castilla, en 1474, fue el inicio de este movimiento socio-cultural.

Ambos monarcas establecieron las bases del nuevo Estado nacional, mediante la ampliación de los organismos administrativos existentes y la creación de otros nuevos. El rasgo más determinante fue su política territorial: la unión de Castilla y Aragón (1474), la conquista de Granada (1492), el descubrimiento de América (1492), la anexión de Navarra (1512), y la toma de las primeras plazas norte africanas. La búsqueda de la unidad religiosa se basó en la fundación de la Santa Inquisición (1478), la expulsión de los judíos (1492) y la huida de los moriscos (1502). Este nuevo Estado de los Reyes Católicos procuraba asentarse sobre el Autoritarismo de la realeza frente al poder político de la aristocracia terrateniente, aunque mantuvo su predominio social y su fuerza económica; y un alto sentido del destino nacional que, tras el descubrimiento de América, también fue misional.

ISABEL LA CATÓLICA

La nueva España engrandecida se fue convirtiendo en un ente supranacional aglutinador de diferentes naciones, lenguas y etnias, con incorporación a lo largo del Quinientos de los reinos de Nápoles, los países del círculo de Borgoña, el ducado de Milán, el Reino de Portugal, los Países Bajos, Sicilia, más los virreinatos de América y las islas Filipinas.

Los Reyes Católicos consiguieron terminar con lo que el historiador Manuel Fernández Álvarez llamó en su libro Casadas, rameras, monjas y brujas, publicado en Barcelona, en 2002: “La apariencia de Estado dentro del Estado que tenían las poderosas Órdenes Militares.” Y esta sustracción del poder de las órdenes militares (Santiago, Calatrava, Montesa, Alcántara y Temple) se hizo con la aprobación del pueblo llano y la intención de las Cortes parlamentarias.

Otro paso a la modernidad de Reino se dio mediante la fundación de estas tres instituciones: 1. los Consejos Reales, al lado del monarca, embriones de los futuros ministerios; 2. la Santa Hermandad, para la protección de caminos y ciudades; 3. los corregidores, que representaban al rey en las ciudades y pueblos.

A finales del siglo XV, en España había 13 duques, con una renta anual de 565.000 ducados; 13 marqueses con 330.000 ducados, y 34 condes y 2 vizcondes con 41.000 ducados, lo que totaliza 1.309.000 ducados en rentas anuales de nobleza castellana. Algunos de estos nobles se aprovecharon del reparto de tierras del reconquistado Reino de Granada, y prácticamente todos se beneficiaron de las Leyes de Toro (1505), mediante las que se confirmó y extendió el derecho a establecer mayorazgos, sistema por el que el hijo mayor heredaba todas las propiedades de la familia, sin que pudiesen venderse, enajenarse o dividirse, pero sí aumentarse o ampliarse. Si a esto añadimos las frecuentes alianzas matrimoniales entre las grandes familias, tenemos todo un sistema de concentración agraria, estableciéndose las bases de las infraestructuras socioeconómicas del Antiguo Régimen, que provocará el inmovilismo secular de la sociedad española: el 2 % de la población poseía el 97 % del suelo, y más de la mitad de ese 2 % eran grandes familias, nobles. Situación que quedó consolidada con la decisión de Carlos V de jerarquizar a la aristocracia española (1520).

Y es que los Reyes Católicos se vieron en la necesidad de allegar recursos para hacer frente a los cuantiosos gastos del nuevo Estado, por lo que no debemos olvidar que Isabel I tuvo que vender sus joyas para financiar el descubrimiento de América. Por eso prohibieron la exportación de oro y plata, protegieron la industria naval, reorganizaron el sistema gremial y ofrecieron alicientes a artesanos flamencos e italianos para que se establecieran en España. Esto originó un acrecentamiento de la riqueza del Estado, y un incremento extraordinario de los reyes frente a la nobleza. Aunque se tomaron también medidas que afectaron negativamente al desarrollo de España, como fueron el sistema de mayorazgos, el latifundismo, la expulsión de los judíos y la protección de la ganadería mediante la Mesta. Los gremios castellanos se reorganizaron imitando la rígida estructura corporativista de los gremios catalano-aragoneses, pues la unión de las Coronas de Castillo y Aragón no supuso la integración de instituciones y organismos.

En general, todo este tipo de medidas políticas y económicas que se tomaron repercutieron negativamente en la organización social, pues no estimularon la formación de una nueva clase social burguesa, que fue la que impulsó en otros países europeos el Capitalismo y el Renacimiento cultural.

Los mercados medievales continuaron inalterables, principalmente los de Sevilla, Valencia y Medina del Campo. El noble terrateniente continuó acaparando el capital y la sociedad rural permaneció adscrita a la tierra.

Al comienzo del reinado de los Reyes Católicos, España tenía unos 8 millones de habitantes, de los cuales 7 eran campesinos, sin acceso a actividades artesanales. Hacia el 1500, el 83% de la población era campesina; el 12% menestrales; el 3,5% clase media; el 1,4% patriciado urbano, hidalgos y caballeros; y el 0,062% magnates y grandes eclesiásticos.

El tráfico comercial con América tampoco desarrolló el libre Capitalismo ni un potente sistema bancario, porque los beneficios se invirtieron en Iglesias. Los monarcas de la dinastía Habsburgo sufrieron para financiar sus empresas, siempre solicitando los préstamos de la banca genovesa o la alemana. El problema de que no se desarrollase un sistema bancario nacional fue la rigidez moral de la Edad Media que aún perduraba en buena parte de los agentes económicos. Esta prohibía obtener beneficio de la actividad prestamista cobrando un interés por considerarlo un abuso y que cohibió a los propios mercaderes realizar proyectos de capital a gran escala.

Como ejemplo de esa mentalidad la del financiero y mercader Simón Ruiz Embito. En 1583, llegó a confesar a sus prestamistas banqueros, la familia Balbani:

"Yo no tengo por muy escrupuloso esto del depósito y nunca acostumbro a llevarlo y así habiéndolo vuestras mercedes dado a terceras personas, yo no quiero tal provecho, y así les suplico me saquen desde escrúpulo de conciencia."

Con estas objeciones morales, los empresarios españoles siempre estuvieron en inferioridad competitiva respecto a sus homólogos europeos. El unitarismo religioso afectó pues a los judíos y a los moriscos de Levante y Andalucía, y el triunfo del cristiano viejo significó el desprecio del espíritu de lucro y del afán de producción, por una tendencia al espíritu de casta.

Estas reticencias éticas sobre el emprendimiento y la obtención de beneficio empresarial fueron la razón por la que los metales preciosos llegados de las Indias nunca se utilizaron para desarrollar potentes compañías financieras, terminando en las arcas de los bancos holandeses y alemanes.

A mediados del siglo XVI, los gremios comenzaron a exigir la prueba de la limpieza de sangre, que generó un frenazo a la entrada al Capitalismo. Además, el predominio de la Iglesia tampoco favoreció la producción y circulación de riqueza; pero sí la multiplicación de clérigos e instituciones de beneficencia, confiscaciones y donaciones. Durante el reinado de Felipe II, esta política fue incluso más intolerante debido a la reacción contra el Luteranismo y contra el Erasmismo.

Quizá, el hecho más trascendental en la España del XVI fuese la ausencia de una aristocracia comercial e industrial que fuese la base de una burguesía promotora de las actividades renacentistas que hubo en otros países. La única aristocracia que tuvo poder económico y social fue la nobleza rural, que basaba su riqueza en la posesión de la tierra. Era una clase de origen medieval, defensora de una estructura estamental e inmovilista que no estimuló la creación de un espíritu renovador.

Donde si se sintió el influjo renacentista con toda su fuerza fue en el diseño de las ciudades modernas. El hombre renacentista soñaba con emular el poder de Roma y la elegancia de Atenas, por eso se construyeron casonas en estilo palacial italiano, se decoraron fachadas como la de la Universidad de Salamanca (1529), y se construyeron edificios como el Palacio de Carlos V en la Alhambra (1527) o el Monasterio de El Escorial a mediados de siglo.

Cada enclave se especializó en un ámbito económico propio, adoptando las medidas necesarias para el desarrollo de su sector productivo. Barcelona y Valencia prosiguieron con su fuerte comercio interior, Salamanca se afianzó como centro cultural en torno a su prestigiosa universidad, Santiago como centro espiritual por su apóstol, Sevilla como puerto mercante con América, Madrid sería más tarde en el nuevo centro administrativo, y Bilbao se diseñó para permitir el tráfico marítimo del hierro vizcaíno y la lana castellana.

La fisonomía de las ciudades fue renovada: se fueron eliminando las murallas, se levantaron edificios con soportales y se construyeron las plazas centrales con su Casa Consistorial. En la Plaza Mayor se celebraban ferias, teatros, fiestas, corridas de toros, juicios y ejecuciones, pregones regios y avisos consistoriales.

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