CRÍTICA EPISTOLAR DE MANUEL MARTÍ Y ZARAGOZA


Escritor, helenista, epigrafista, antropólogo, arqueólogo y humanista, Manuel Martí fue deán de Alicante, miembro de la Academia de la Arcadia de Roma en 1686 y perteneciente al movimiento novator de Valencia en 1697. Realizó trabajos de arqueología sobre el teatro romano de Sagunto, el anfiteatro de Itálica y la estatua ibérica de Isis.

Su Epistolarum libri duodecim de 1735 reunió todo su pensamiento filosófico y cultural mediante cartas a eruditos de su época, que consistió en ofrecer una crítica al desarrollo de la cultura y de los estudios clásicos que sufría la sociedad española en su época. Fue reeditada en Ámsterdam en 1738, por el humanista holandés Wesselingio alcanzando relevancia por toda Europa.

CRÍTICA EPISTOLAR DE MANUEL MARTÍ Y ZARAGOZ

Manuel Martí y Zaragoza nació en Oropesa de Mar, en 1663. Su padre pertenecía al séquito del conde de Cervellón, señor de Oropesa.

Entre 1673 y 1676, estudió Gramática bajo la tutela de Miguel Falcó, quien le introdujo en el conocimiento de los humanistas del siglo XVI español.

En 1676, se inició en el estudio de Filosofía y Teología en la Universidad de Valencia, en la escuela escolástica tomista, teniendo por catedráticos a Vicente Esteve, Marona o Prats. Fue miembro de las Academias literarias del Parnaso y del Alcázar, donde se representaron algunas de sus comedias influidas por Pedro Calderón de la Barca. Si que se conserva una obra poética llamada Soledad, de 1682, con influencia de Luis de Góngora.

En 1686, se instaló en Roma al servicio del cardenal José Sáenz de Aguirre, donde se mantuvo durante diez años. Colaboró en la edición de diversas obras teológicas como la Collectio Maxima Conciliorum omnium Hispaniae et novi orbis, entre 1693 y 1694, sobre los concilios de España, o en la Bibliotheca Hispana Vetus de Nicolás Antonio, en 1696.

Se dedicó al estudio del Griego clásico y otros idiomas, y pudo conocer las obras básicas de la metodología histórica crítica, especialmente De re diplomática, compuesta por Jean Mabillon en 1681.

ACADEMIA DE LA ARCADIA

Fue miembro de la Academia de la Arcadia, donde adoptó el nombre académico de Eumelus Olenius. Formaba parte del grupo seguidor de las ideas del historiador del derecho Gianvincenzo Gravina y enemigo de la Compañía de Jesús. Uno de aquellos jesuitas, el monseñor Sergardi, publicó unas Satyrae muy críticas hacia Gravina. En respuesta a estas sátiras, Marti editó el Satyromastix, basado en textos latinos clásicos, donde desmontaba las mentiras de Sergardi.

El Satyromastix fue aportó cierta relevancia entre los grupos cultos de Roma. Desde entonces, cobró fama de hombre sabio y erudito. En agradecimiento a su apoyo, Gravina le dedicó el Dialogus de lingua latina ad Emmanuelem Martinum.

Gracias a esta relevancia, pudo acceder a la Academia de los Infecundi, y fue invitado a pronunciar discursos latinos, tanto en actos eclesiásticos como en academias de ocio. Fue para estas actividades de diversión literaria el motivo de su trabajo más famoso, el Pro crepitu ventris, publicado de forma póstuma y traducido a varios idiomas.

Además de Gravina, mantuvo amistad con otros eruditos del momento como Fabretti, Zacagni, Bianchini o el cardenal agustino Enrico Noris. A final de su estancia en Roma se había graduado en Leyes por la Universidad de La Sapienza.

Otros trabajos filosóficos y teológicos redactado en Roma fueron Amaltea geographica, compuesto en Valencia, pero publicado en Roma en 1686; Sylva de Tyberis alluvione, publicado en 1688; Notae in Theocritum, Tractatus, en 1694; y Etymologicon linguae latinae, que pretendía completar el publicado por Vosio, pero que en España no podía finalizar por falta de la bibliografía apropiada y quedó inédita.

EPISTOLARIUM LIBRI DUODECIM, POR MANUEL MARTÍ

Durante estos años, habían surgido divergencias entre el cardenal Sáenz de Aguirre y el embajador de Carlos II ante la Santa Sede, Francisco de la Cerda, duque de Medinaceli. Este último ofreció el cargo de bibliotecario personal cuando fue nombrado virrey de Nápoles. Pero Martí solicitó un cambio de destino, el de deán de Alicante, que fue confirmado por el papa Inocencio XII en 1696.

A inicios de 1697, fue ordenando sacerdote en Alicante y, en 1699, se trasladó a Valencia. Allí tuvo contacto con un grupo de intelectuales y eruditos llamados novatores, hasta dirigir la Academia Nuestra Señora de los Desamparados-San Javier, fundada en 1690, con sede en el palacio del marqués de Villatorcas, José Castellví Alagón. Después, aquellas tertulias pasaron al palacio del conde de la Alcudia, Baltasar Escrivá de Híjar y Monsoriu. En esta academia, Martí se influenció del ambiente preilustrado de finales del siglo XVII, cuyos miembros novatores estaban los matemáticos Tomás Vicente Tosca y Juan Bautista Corachán, o el historiador José Manuel Miñana, entre otros.

A partir de 1704, permaneció al servicio del duque de Medinaceli en su palacio de Madrid, encargándose de su gabinete y su biblioteca, muy rica en monedas clásicas y tesoros artísticos. Cuando se estableció en la Corte, pudo mantener relaciones epistolares con un amplio sector de intelectuales de la época interesados en la cultura humanista, como el nuncio Zondadari y su hermano, el historiador Gaspar Ibáñez de Segovia Peralta, o el teólogo y tratadista Juan Interián de Ayala, catedrático de Salamanca y fundador de la Academia de la Lengua española.

Estos años entre Valencia y Madrid fueron muy activos en cuanto a trabajos de erudición. Destacan la traducción de las Rapsodias de Eustatio comentando a Homero o la edición de la obra poética escrita en latín de Hernán Ruiz de Villegas, humanista del Renacimiento, que encontró en la biblioteca de Cervellón, en 1702.

Aquel año, realizó excavaciones y mediciones en el teatro romano de Sagunto y, en 1705, redactó una descripción sobre este yacimiento en una epístola enviada a Félix Antonio Zondadari. También envió en otra carta la Antología Griega, en 1706, y compuso el tratado De animi affectionibus, en 1708, ambos publicados años más tarde.

EPISTOLARIUM LIBRI DUODECIM, POR MANUEL MARTÍ

La Guerra de Sucesión le afectó de modo muy directo, pues su protector, el duque de Medinaceli, se enfrentó con la política antiforal y centralista de Felipe V, lo que le llevó a la prisión hasta 1710, año en el que murió.

Entre 1711 y 1715, sirvió al marqués de Priego, heredero de Medinaceli, establecido en la Casa de Pilatos en Sevilla. Realizó varios viajes por Andalucía para ocuparse de cuestiones arqueológicas y epigráficas, con excavaciones en el anfiteatro de Itálica, estudios sobre estatuas romanas e ibéricas, y la compra de numerosas monedas.

En 1715, regresaba a la Corte con la intención de ocupar el cargo de bibliotecario real en sustitución de Gabriel Álvarez de Toledo, que acababa de morir. Estaba respaldado por Juan Interián de Ayala, marqués de Villena y protegido el conde de Cervellón. Sin embargo, Guillaume Daubenton, confesor de Felipe V, rechazó su solicitud, sin que supiera las causas, prefiriendo a Juan de Ferreras. Su larga enemistad hacia los jesuitas y su favoritismo hacia los austracistas debieron influir en el aislamiento al que se vio sometido.

El hecho es que, en 1716, Martí se retiró a su deanato de Alicante, pero con la intención de regresar a Roma. Establecido en Roma, desde 1718, regresó al poco tiempo por el decreto de Alberoni de expulsar a todos los españoles de la ciudad eterna.

Aquellos años, había iniciado una interesante correspondencia con el marino Bernard de Montfaucon y el británico residente en Algeciras John Conduith. En esas cartas expresaba el desencanto que atravesaba España, pues había un interés de los extranjeros y una despreocupación de los españoles por el pasado cultural hispano. Continuaba las relaciones epistolares con otros eruditos del momento, como Felipe Bilifón, de la diplomacia vaticana, Gravina, o el marqués Scipione Maffei, a quien entregó sus estudios sobre monedas e inscripciones realizados en Roma.

En 1718, al frente del deanato de Alicante, escribió el bello poema latino Apasterosis, publicado en Madrid, 1722, por medio de César Bofilón, deán de Madrid.

Aquel año de 1718, recibió la primera carta del erudito valenciano Gregorio Mayans y Siscar que le había escrito desde Salamanca, y que habría de iniciar una estrecha relación entre ambos. Martí fue la persona que quizá influyó más decisivamente en la orientación de sus estudios y le aconsejó la lectura de los clásicos latinos, como Cicerón, Terencio y Plauto.

Sobre esta relación epistolar, el historiador Antonio Mestre escribió:
"La correspondencia constituye un monumento de las letras españolas. El viejo deán, desengañado y retirado, vuelve a revivir sus ideales humanistas. Aconseja y reprende al joven y apasionado jurista, le incita al estudio de los clásicos griegos, ensalza la belleza literaria de Cicerón y Terencio, censura la indolencia intelectual española, la ignorancia y despreocupación de las altas esferas y la cerrazón mental de los eclesiásticos y universitarios."

GREGORIO MAYANS Y SISCAR

La admiración de Mayans por Martí es bastante clara. En 1735, confesó que en sus estudios tenían los retratos de Juan Luis Vives y de Manuel Martí como estímulo al trabajo. Desde luego, Martí fue un impulso decisivo en la carrera intelectual de Mayans, e incluso la deuda de éste con Nicolás Antonio pasaba también por el deán de Alicante.

En 1731, Mayans propuso a Martí la edición de Epistolarum libri duodecim, su obra básica, publicada en Madrid, en 1735. Estaba acompañada de Emmanuelis Martini, ecclesiae alonensis decani, vita, escrita por el mismo Mayans. Esta obra de extraordinaria belleza literaria del latín fue financiada por los embajadores del Reino Unido (Benjamín Keene) y de la República de Génova (José Octavio Bustanzo).

El humanista holandés Wesselingio solicitara del embajador Keene la reedición del Epistolarum, que apareció en Ámsterdam en 1738, aumentada con Pro crepitu ventris oratio. La versión holandesa consiguió que Martí alcanzase relevancia por toda Europa como un gran latinista y conocedor de la lengua griega.

En estas epístolas, Martí demostró una actitud crítica ante el desprecio de las autoridades políticas, eclesiásticas e intelectuales, así como de la misma sociedad española, ante la cultura y estudios clásicos. Y este sentido crítico muy habitual en los novatores de la época le generó las burlas y censuras tanto de escolásticos, como Ignacio Luzán, como de nacionalistas, como Antonio Carrillo de Mendoza.

En 1734, fue publicada en Venecia la obra poética latina que Martí había recuperado de Hernán Ruiz de Villegas.

El 21 de abril de 1737, murió Manuel Martí y Zaragoza en Alicante, tras lo cual fue publicada su última obra Pro crepitu ventris, en Madrid.

MANUEL MARTÍ Y ZARAGOZA

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