Durante la Edad Media, fue el estamento de la Iglesia cristiana, y no la real o aristocrática, el que se dedicó al cultivo de las humanidades y desarrollo de las ciencias. El monasterio y la abadía se había convertido en un centro de erudición, utilizando un método escolástico de enseñanza basado en la lección, y clasificando todo el saber humano en las siete Artes Liberales.
Los clásicos textos greco-latinos, religiosos y paganos, eran su referente intelectual. A través de los scriptorium, los monjes traducían del arábigo al latín y copiaban los manuscritos, que guardaban en pequeñas bibliotecas monasteriales.
Los principales centros de enseñanza y práctica de la medicina y cirugía quedaron localizados en los monasterios, y con el tiempo en los hospitales monásticos. A comienzos de la Alta Edad Media cobraron importancia las escuelas catedralicias, donde se desarrolló la medicina escolástica a cargo del clero secular.
También fue importante la labor desarrollada en el campo jurídico-religioso, ya que elaboraron compendios de textos religiosos, jurídicos e históricos en los que se fundamentara la monarquía.
Los manuscritos más frecuentes eran el Salterio, la Biblia, el Liber misarum, el Liber commicus, la Colección canónica hispana o los Beatos, y escritos de San Agustín, San Gregorio o San Isidoro de Sevilla.
Tras la caída del Imperio Romano de Occidente y las invasiones bárbaras, la única institución que dirigió la sociedad fue la Iglesia. La ciencia de la Europa cristiana estaba reunida en los monasterios, siendo el clero la clase culta, y no la realeza, ni la aristocracia, ni la burguesía.
A
partir de los siglos V y VI, la Iglesia cristiana, en especial la occidental,
fue adquiriendo cada vez una mayor importancia en todos los ámbitos. Fue la depositaria de tradiciones romanas, entre ellas el latín y la
visión de un orden universal. También acogió la nueva cultura germánica, coronando a los nuevos emperadores cristiano-germánicos.
En
las instituciones de gobierno de cada reino contaban con los eclesiásticos más
prestigiosos del momento. Sus bibliotecas tuvieron como objetivo fundamental la
continuidad de la tradición romana: los textos latinos antiguos, religiosos y
paganos, constituyéndose en referente intelectuales.
Un
pionero fue San Isidoro de Sevilla, quien hizo un gran esfuerzo para
salvar el patrimonio de la cultura clásica, por medio de una Biblioteca y de
una Escuela, que serían más adelante enraizadas en la obra imperial de
Carlomagno. El método de enseñanza entonces recomendado consistía en dar lectura
a un texto para comentarlo después; de ahí vino la costumbre de llamar Lección al
método de enseñanza. En aquella biblioteca figuraban abundantes ejemplares de autores romanos así
como de los padres de la Iglesia. La Escuela, siguiendo el modelo
de Boecio y de Casiodoro, dividía todo el saber humano en siete Artes
Liberales (Trivium y Quadrivium): Gramática, Retórica, Dialéctica, Aritmética, Geometría, Astronomía y
Música o Física.
Aunque
la Biblioteca Isidoriana fue destruida por la invasión de los
musulmanes, el legado cultural del Isidorismo fue instalándose en las
bibliotecas de los monasterios que resistían al islam o en los centros donde se
recluían los mozárabes. Por otra parte, el pensamiento de San Isidoro de Sevilla ejerció
gran influencia en la conformación de las doctrinas políticas que se
desarrollaban a partir de la nueva noción augustiana de la civitas
christiana. Pues, el principal colaborador de San Agustín fue Osorio, el
gran precedente de Isidoro.
Tras
la invasión islámica en el año 711 y la desaparición del Reino
hispano-visigodo, los monasterios se levantaron en el norte peninsular de la
España perdida como guardianes de la cultura y la ciencia, junto a las sedes
episcopales.
En la fundación y consolidación de las Monarquías hispánicas
cristianas durante las primeras fases de Reconquista tuvo un papel de vital
importancia el desarrollo de una amplia red de monasterios, ya que estos
custodiaban el saber en sus bibliotecas y en las personas de sus abades y obispos.
Y prestaban dirección ideológica a la nobleza, al pueblo y a la
corona. Esta dirección estaba basada principalmente en la defensa de la fe
cristiana y su expansión peninsular frente al islam. Y se mantenía
gracias a los códices de la Hispania visigoda y a la memoria colectiva de
la España cristiana, con sus Concilios de Toledo, su colección canónica hispana
y la obra inolvidable de san Isidoro de Sevilla.
Las donaciones que
los reyes hicieron a los monasterios muestran el carácter cristiano de las monarquías
y de sus reinos: Estado e Iglesia, política y religión, marcharon
conjuntamente.
Además de las funciones pastorales en sus diócesis,
los obispos del reino eran consejeros natos del monarca, miembros del
Aula Regia (Consejo asesor de nobles), y cercanos colaboradores reales que
firmaban los diplomas regios.
La creciente importancia política de los valles del Duero y
el Ebro, fronteriza con el enemigo musulmán, justificaba la envidiable posición
que alcanzaron las abadías y los monasterios leoneses, castellanos, navarros y aragoneses,
cuyas labores sobrepasaban las religiosas. Su posición estratégica controlaba
los respectivos valles en los que se asentaban, lo que hacía de ellos
auténticas fortalezas protectoras. A su vez, actuaban como agentes de la
Monarquía, organizando la actividad económica y social mediante políticas de
repoblación.
La influencia carolingia fue especialmente
visible en la zona próxima a Aragón, donde hubo numerosos monasterios dotados
de importantes bibliotecas. En los monasterios situados más al sur de Navarra y
La Rioja, los monjes mozárabes efectuaron una amplia labor de conservación de
los textos clásicos, muchos de los cuales se habían perdido incluso en la
avanzada y cosmopolita Córdoba.
San Eulogio de Córdoba fue el divulgador de
estos textos clásicos cuando, forzado por la inestabilidad del Reino franco de
Carlos el Calvo, se vio obligado a suspender el viaje que le llevaba hasta el
Rin, permaneciendo en Navarra durante el 848. En compañía del obispo de
Pamplona, Teodemundo, inició una visita que le llevó por los más
importantes monasterios, como eran los de Igal, Urdaspal, Leyre, Cillas y
Siresa. Durante su estancia en el monasterio de Leyre, quedó sorprendido por su
rica biblioteca y, de regreso a Córdoba, se llevó algunas copias de La
ciudad de Dios de San Agustín, la Eneida de Virgilio,
las Fábulas de Avieno, los Poemas de Juvenal
y de Horacio, opúsculos de Porfirio iluminados, epigramas de Adelelmo, y varios
himnos católicos, entre otras obras. Se trataba de una serie de libros
carolingios desconocidos por los mozárabes.
Los reyes de Navarra beneficiaron especialmente al Monasterio de San Salvador de Leyre, situado en el solar originario de la dinastía Jimena. Pero es un caso aislado dentro de Navarra, ya que la actividad monacal se desplazó hacia el sur, a los nuevos territorios conquistados en La Rioja. El Monasterio de San Martín de Albelda fue fundado por Sancho I Garcés y su esposa Toda, en conmemoración de la conquista de la región.
El Monasterio de San Millán de Yuso era un antiguo cenobio visigodo construido de la cueva del santo homónimo. Tras su paso a la órbita navarra, la institución se renovó y engrandeció consagrándose un nuevo edifico, el conocido actualmente como Monasterio de San Millán de Suso, en el 954, por García I Sánchez. Sancho III el Mayor convirtió al monasterio de San Millán de la Cogolla en un centro de intereses religiosos, económicos y políticos.
7. Códice Albeldense. El Códice Vigilano fue confeccionado en el año 976. Posee una completa colección de los cánones de los concilios españoles y de los concilios generales de la Iglesia, las decretales papales desde San Gregorio.
8. Fuero Juzgo. Fue el texto legislativo más importante de los visigodos, redactado en el siglo VII y ampliamente utilizado en la Edad Media. Contiene un compendio de las obras históricas más recientes, como la Crónica Profética y la Crónica Albeldense, además de otras obras más breves pero no por ello menos importantes, como un Calendario, donde aparecen por primera vez en Europa los números hindúes del 1 al 9.
9. Códice de Roda. De origen najerense, está compuesto de textos históricos donde destacan algunos opúsculos muy relevantes para conocer la historia navarra altomedieval, como son el De laude Pampilone, las Genealogías de Roda, la Epístola de Honorio y el Poema de Leodegundia.
El Monasterio de San Millán de Yuso era un antiguo cenobio visigodo construido de la cueva del santo homónimo. Tras su paso a la órbita navarra, la institución se renovó y engrandeció consagrándose un nuevo edifico, el conocido actualmente como Monasterio de San Millán de Suso, en el 954, por García I Sánchez. Sancho III el Mayor convirtió al monasterio de San Millán de la Cogolla en un centro de intereses religiosos, económicos y políticos.
También la
ciencia de la Edad Media estaba reunida en los monasterios, dando amparo a
los indigentes aparecidos por la disolución del Imperio, las invasiones
bárbaras, la pobreza y los estragos de la peste y el paludismo.
La práctica de la Medicina quedó en manos de los monjes, como
misión caritativa, y los principales centros de enseñanza y práctica médica
estaban localizados en los monasterios y, con el tiempo, en los Hospitales
Monásticos. Se fue desarrollando gracias a la transmisión e interpretación de la obra de Galeno, conocido a través de
comentaristas, puesto que entonces ya no se sabía leer en griego. Los textos de la
medicina monástica, escritos en latín, eran en su mayoría fragmentos simplificados
o resúmenes de las grandes obras griegas y tenían un carácter práctico.
A comienzos de la Alta Edad Media cobraron importancia las Escuelas Catedralicias, donde se desarrolló la Medicina escolástica a cargo del
clero secular. Pero fue en este última etapa del Medievo cuando se produjo una clara división entre la Medicina y la Cirugía.
La práctica quirúrgica quedó subordinada a la médica y,
menospreciada, finalmente quedó en manos de los barberos. Esta creencia se
mantuvo e, incluso, se acrecentó con el Cristianismo, donde el cuerpo del hombre
era una vil presión del alma y el organismo humano no merecía mayor estudio.
Este empobrecimiento de la Medicina medieval fue debido a que tenía un fuerte carácter
especulativo. La teoría médica constituía la parte más importante y sustancial, mientras que la labor práctica era desdeñada. Se debió también a un elemento
religioso, puesto que la enfermedad era considerada como el castigo a pecadores, o la posesión por el demonio, o la consecuencia de una brujería.
La Medicina monástica se extendió hasta el Concilio de Clermont, en 1130, que prohibió a los monjes ejercer la medicina porque perturbaba
la vida sacerdotal. Y, asimismo, la Medicina dejó de enseñarse en los
monasterios por influencia de los árabes.
Hubo también construcciones de hospitales anexos a los
monasterios, y a estos habría que añadir los fundados bajo influencia árabe.
Estos Hospitales cristianos eran hospicios, es decir, estaban
destinados a albergar a peregrinos y pobres, enfermos o sanos. Sólo algunas
órdenes, como la de San Juan, administraron centros con carácter propiamente
médico.
La transformación del hospicio en hospital se aceleró en el
siglo XIII. En España el primer establecimiento hospitalario que
aparece documentado es el Hospital de Mérida, fundado por el obispo
Masone, en el año 580. El documento más antiguo sobre un hospital hispano-árabe
es la inscripción fundacional del Hospital de Granada, en el
siglo XIV.
En la España cristiana hubo albergues para peregrinos,
vagabundos, pobres y enfermos que aparecieron a lo largo del Camino de
Santiago y junto a los grandes monasterios como Montserrat, Poblet y,
sobre todo, Guadalupe.
El Hospital del Monasterio de Guadalupe, fundado en 1389, tuvo una escuela de medicina
propia. Aquel precario laboratorio experimentó con mohos, comprobando su eficacia antiinfecciosa y trataron de reproducirlos. Los mohos del pan fueron recetados para los enfermos, consiguiendo curaciones que no pudieron demostrar de forma científica según los criterios de la época. Aquellos descubrimientos pasaron a la Universidad de Salamanca con el fin de continuar las investigaciones por los profesores y estudiantes.
Hacia los siglos XI y XII, surgieron los establecimientos destinados a
albergar, más que cuidar, a los enfermos de lepra: las Leproserías, cuyo número
llegó a ser altísimo. Los hospitales, a veces especializados según el tipo de
enfermos que recibían, solían estar dirigidos por personal religioso.
Esta acción social ejercida desde los monasterios y abadías se mantuvo durante los siglos de la Baja Edad Media, hasta que fue institucionalizada en las llamadas Casas de Misericordia, hospitales especializados y albergues para pobres en la Edad Moderna, cuando además aparecieron los primeros estatutos legislativos de la acción asistencial.
En
monasterios y abadías se creó el llamado Escritorio, scriptorium. Era un taller especializado en la escritura a mano de manuscritos, la traducción
de obras clásicas o arábigas al latín y la copia manual de libros, en buena
parte, por los monjes con destino a las pequeñas bibliotecas de sus
monasterios. El acto de transcripción además era un acto de meditación y oración, y no de simple copia. Los libros copiados se vendían a otros monasterios, catedrales, conventos, abadías, o nobles muy ricos, y este beneficio servía para adquirir otros nuevos. Y el conjunto de libros que se iba formando se guardaba en un armario para guardas Biblias, cuya denominación se conocería como Biblioteca. Pero estas bibliotecas se enriquecían con copias que se obtenían incluso del territorio más allá de la frontera islámica.
Estos libros eran imprescindibles para la vida monástica, tanto en
el aspecto litúrgico y formativo de los monjes como para la transmisión de la
moral y religiosidad imperante. Otros libros trataban sobre el pensamiento de filósofos y eruditos muy conocidos: Porfirio, Boecio, Casiodoro, Alcuino, Rabano, Mauro, san Beda el Venerable, san Isidoro de Sevilla, etc.
Las influencias que recibieron los copistas e ilustradores fueron numerosas, desde la antigua tradición cristiana hasta la musulmana, pasando por elementos procedentes del mundo carolingio e incluso irlandés. Los más famosos de estos talleres fueron los de san Millán de la Cogolla, santo Domingo de Silos, san Pedro de Cardeña y san Martín de Albelda. En algunos de ellos existieron personalidades notables como Florencio o Magio.
Los centros intelectuales más notables fueron los monasterios de Escala, Leire, Roda, san Juan de la Peña y especialmente Ripoll, que pronto superó el centenar de códices, junto a Silos y san Millán.
La biblioteca medieval más importante de España fue la del Monasterio de Ripoll, que en 1046 contaba con 192 códices, cantidad que fue incrementando. A ella se invitó a viajar al sabio más importante de su tiempo, Gerberto de Aurillac, donde conoció el tratado matemático de Al-Kwarizmi, que él rescató y tradujo. De este modo, en las matemáticas las letras mayúsculas latinas fueron sustituidas por las cifras o guarismos, entre las cuales el cero y el infinito iban a permitir expresar cantidades sin valor y sin límites, respectivamente. Desde aquel monasterio, el álgebra y el cálculo infinitesimal pudo ser introducido en Europa.
Otras bibliotecas monasteriales importantes de los Condados Catalanes fueron la de Vic y la Seo de Urgel. En el Monasterio de Montserrat existe una buena biblioteca a pesar de los avatares de guerras e incendios, que cuenta con 400 incunables.
Muy importantes fueron también las bibliotecas del Monasterio de San Salvador de Oña, que en el siglo XII tenía 132 códices; y la del Monasterio de Santo Domingo de Silos, que un siglo después tenía 105 manuscritos.
El Monasterio de Santa María de Vallbona tuvo un escritorio importante de donde
salieron grandes ejemplares y completar una relevante biblioteca. Del escritorio de Real
Monasterio de Nuestra Señora de Rueda, en Aragón, todavía se conserva su
espacio.
Otra
biblioteca a tener en cuenta fue la del Monasterio de Santa María de Huerta, en Soria, cuyo
salón fue construido en el siglo XII y decorado en el XVII.
En el Monasterio de
Valvanera perdura su rica biblioteca donde se conservan documentos sobre
la Biblia Políglota de Valvanera.
Sobre las bibliotecas medievales de los Estudios Generales y Universidades se posee muy poca información y, sobre todo, muy pocos ejemplares, por haber sido robadas, saqueadas o minimizadas por el fuego u otros accidentes.
El término "códice" proviene del latino codex, que se refiere a copia hecha normalmente en pergamino y con plumas de ganso, cuervo o cisne mojadas en tinta negra. A partir del siglo XII, aparecería el papel, una forma más barata de reproducir esos mismos textos. No todos los incunables, impresos antes del año 1500, fueron códices.
La labor más importante de los monasterios se efectuó en el campo jurídico-religioso. Las Cortes reales aprovecharon las cualidades intelectuales de los monjes para la elaboración de una serie de manuscritos que fueran un compendio de textos religiosos, jurídicos e históricos en los que se fundamentara la monarquía.
1. Codex Calixtinus. El Códice Calixtino fue la primera guía de viaje que existe del Camino de Santiago. Redactada en el siglo XII por un monje cistercense francés, describió la etnografía de los pueblos de la España medieval por los que fue pasando. Se conserva en el Museo Catedralicio de Santiago de Compostela.
2. Beato de Liébana. Elaborado a finales en 786 por Beato de Liébana, un monje del monasterio de San Martín de Turieno, quien escribió unos Comentarios al Apocalipsis de San Juan en estilo mozárabe con influencias carolingias. Constituye la primera gran manifestación artística de la pintura española. Se encuentra en el Museo diocesano de La Seu d'Urgel.
3. Codex Emilianense. Son glosas o anotaciones al margen de un códice y que está considerado el primer testimonio de un dialecto romance en la península Ibérica. Fue escrito en 992 por un monje del Monasterio de San Millán de la Cogolla y se conserva en la Real Academia de la Historia de Madrid.
4. Beato de Girona. También llamado Beato de San Salvador de Távara, fue escrito en 970. Conserva la primera ilustración del apóstol Santiago.
5. Códice Áureus. Son evangelios escritos con letras de oro en 1043. Fue un regalo del rey Felipe II a su tía la reina María de Hungría. Es uno de los libros más valiosos de la Biblioteca del Monasterio de El Escorial.
El término "códice" proviene del latino codex, que se refiere a copia hecha normalmente en pergamino y con plumas de ganso, cuervo o cisne mojadas en tinta negra. A partir del siglo XII, aparecería el papel, una forma más barata de reproducir esos mismos textos. No todos los incunables, impresos antes del año 1500, fueron códices.
La labor más importante de los monasterios se efectuó en el campo jurídico-religioso. Las Cortes reales aprovecharon las cualidades intelectuales de los monjes para la elaboración de una serie de manuscritos que fueran un compendio de textos religiosos, jurídicos e históricos en los que se fundamentara la monarquía.
Los manuscritos más frecuentes eran el Salterio, la Biblia, el Liber misarum, el Liber commicus, la Colección canónica hispana o los Beatos, y escritos de San Agustín, San Gregorio o San Isidoro, etc.
Pero los códices españoles más valiosos en la actualidad podrían ser los siguientes:
1. Codex Calixtinus. El Códice Calixtino fue la primera guía de viaje que existe del Camino de Santiago. Redactada en el siglo XII por un monje cistercense francés, describió la etnografía de los pueblos de la España medieval por los que fue pasando. Se conserva en el Museo Catedralicio de Santiago de Compostela.
2. Beato de Liébana. Elaborado a finales en 786 por Beato de Liébana, un monje del monasterio de San Martín de Turieno, quien escribió unos Comentarios al Apocalipsis de San Juan en estilo mozárabe con influencias carolingias. Constituye la primera gran manifestación artística de la pintura española. Se encuentra en el Museo diocesano de La Seu d'Urgel.
3. Codex Emilianense. Son glosas o anotaciones al margen de un códice y que está considerado el primer testimonio de un dialecto romance en la península Ibérica. Fue escrito en 992 por un monje del Monasterio de San Millán de la Cogolla y se conserva en la Real Academia de la Historia de Madrid.
4. Beato de Girona. También llamado Beato de San Salvador de Távara, fue escrito en 970. Conserva la primera ilustración del apóstol Santiago.
5. Códice Áureus. Son evangelios escritos con letras de oro en 1043. Fue un regalo del rey Felipe II a su tía la reina María de Hungría. Es uno de los libros más valiosos de la Biblioteca del Monasterio de El Escorial.
7. Códice Albeldense. El Códice Vigilano fue confeccionado en el año 976. Posee una completa colección de los cánones de los concilios españoles y de los concilios generales de la Iglesia, las decretales papales desde San Gregorio.
8. Fuero Juzgo. Fue el texto legislativo más importante de los visigodos, redactado en el siglo VII y ampliamente utilizado en la Edad Media. Contiene un compendio de las obras históricas más recientes, como la Crónica Profética y la Crónica Albeldense, además de otras obras más breves pero no por ello menos importantes, como un Calendario, donde aparecen por primera vez en Europa los números hindúes del 1 al 9.
9. Códice de Roda. De origen najerense, está compuesto de textos históricos donde destacan algunos opúsculos muy relevantes para conocer la historia navarra altomedieval, como son el De laude Pampilone, las Genealogías de Roda, la Epístola de Honorio y el Poema de Leodegundia.
10. Códice de Fernando y doña Sancha. Es una copia del original Beato de Liébana del año 786, y se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid.
También son dignos de consideración las obras clásicas de la literatura castellana de aquella época como son el Cantar del Mio Cid (siglo XI) y el Libro del Buen Amor del arcipreste de Hita (siglo XIV) del que solo existen tres copias, o las Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio (1284), que se componen de 1.300 miniaturas de las que se conservan tan solo cuatro copias.












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