INFLUENCIA CULTURAL DEL SIGLO DE ORO ESPAÑOL EN FRANCIA


Al poder militar, la expansión territorial, la influencia diplomática y la hegemonía monetaria que acaparaba durante el siglo XVI, España añadió la influencia en la producción cultural del Siglo de Oro. La hegemonía cultural es siempre consecuencia de la hegemonía política. Uno de los países que más recibió la influencia de la literatura española fue, paradójicamente, uno de sus principales rivales: Francia. Así fue reconocido por Voltaire o Braudel.

Brantôme o Charpentier tomaron préstamos de la lengua española al francés o tradujeron la Gramática de Nebrija. Literatos como Chateaubriand, Montaigne o Sorel debieron mucho a la literatura española de comienzos del siglo XVI. El Don Juan de Moliére y El Cid de Pierre Corneille son dos ejemplos de adaptación del teatro hispano al galo. Y Jean Bodin y René Descartes fueron influenciados por el pensamiento de los humanistas y teólogos españoles.

INFLUENCIA CULTURAL DEL SIGLO DE ORO ESPAÑOL EN FRANCIA 

En 1492, año del descubrimiento del Nuevo Mundo y del final de la Reconquista, el humanista Antonio de Nebrija tuvo la idea de aplicar el modelo de estudio de una lengua culta (latín y griego) a una lengua romance y escribió la primera Gramática de la lengua española. Fue un acontecimiento cultural de primer orden, pues nunca antes en Europa se había publicado una gramática de una lengua vulgar, sentando el precedente a las demás lenguas romances, germánicas, eslavas, etc. El italiano fijó su primera gramática en 1529, el portugués en 1536 y el francés en 1550.

En el siglo XVI, Castilla, obligada a cargar a solas con el peso de la política imperial de la Monarquía hispánica, logró alzarse hasta el primer puesto en la esfera de la cultura occidental. Desde ese punto de vista, los resultados fueron espectaculares y Voltaire no ocultó su admiración hacia España en su Ensayo sobre las costumbres:
"Los españoles tuvieron una clara superioridad sobre los demás pueblos: su lengua se hablaba en París, en Viena, en Milán, en Turín; sus modas, sus formas de pensar y de escribir, subyugaron a las inteligencias italianas y desde Carlos V hasta el comienzo del reinado de Felipe III España tuvo una consideración de la que carecían los demás pueblos."
El llamado Siglo de Oro español se sitúa entre 1580 y 1680, pero fue durante el reinado de Felipe II cuando se establecieron los primeros focos de la irradiación cultural. Por mucho que los franceses criticasen a la España imperialista, no por ello dejaron de sufrir la influencia "de un pueblo fuerte, de un imperio inmenso (…), de una civilización más refinada que la nuestra", como así escribió el historiador Fernand Braudel.

Desembarco Francisco Francia Pavia Ignacio Pinazo
DESEMBARCO DE FRANCISCO I DE FRANCIA EN VALENCIA

Dicha influencia fue apreciable sobre todo durante el reinado de Luis XIII. Entonces la moda procedía de Madrid: blanco de España, bermellón de España, artículos de cuero (guantes, botas, zapatos, etc.). La moda que en la actualidad puede asignarse a París, era España la que suministraba a Francia, del mismo modo que, un poco más tarde, la etiqueta de la Corte de Versalles se inspiró en la de Madrid. Antonio Pérez, exministro de Felipe II, exiliado político en Francia, lo sabía perfectamente, pues mandó traer de España guantes y artículos de lujo para ofrecérselos a sus anfitriones parisinos.

Lo mismo ocurrió con la
lengua y la literatura. En ese entorno, España recogió los resultados de un siglo de progresos continuos. El historiador y biógrafo Pierre de Brantôme apreciaba mucho la lengua castellana hasta el punto de calcar palabra a palabra su vocabulario. Tras él, los hispanismos florecieron en la lengua francesa como en la actualidad los anglicismos en la española, señal indiscutible de su influencia cultural. Algunos de esos préstamos que se incorporaron definitivamente al vocabulario francés fueron: bizarre, camarade, casque, escamoter, fanfaron...

Había tratados para facilitar la enseñanza del castellano a los extranjeros. En 1596, apareció en Francia una Parfaite méthode pour entendre, escrire et parler la langue espagnole, obra de Nicolas Charpentier, apaleado en París por haber participado en una conspiración a favor de España.

Pierre Brantome Ambrosio Salaza
PIERRE DE BRANTOME Y AMABROSIO DE SALAZAR

A principios del siglo XVI, tres hombres destacaron en las traducciones y enseñanzas de la lengua española en Francia: Juan de Luna, Ambrosio de Salazar y Cestar Oudin.


Juan de Luna escribió Arte breve y compendiosa para aprender a leer, pronunciar, escrevir y hablar la lengua española, impresa en París en 1616, unos Diálogos familiares escritos en París en 1619, y una antología de poesías llamada Ramillete de flores poéticas, seguida de un corto método para aprender a pronunciar, escribir y leer correctamente el español, publicado también en París en 1620, algo así como un "español sin esfuerzo".

Ambrosio de Salazar fue un murciano que había servido en Francia. En 1612. publicó en París un manual que reunía todo lo necesario para conocer España: historia, geografía, hombres ilustres, producciones, situación administrativa, estado de las carreteras, etc. En 1614, publicó en Ruán, donde se había establecido como maestro de escuela, un Moroir général, manual de gramática y pronunciación que tuvo dos ediciones, una en francés y otra en español. El rey Luis XIII lo contrató como su profesor particular de español.

A Salazar le surgió un competidor, Cestar Oudin, quien a diferencia de sus otros dos predecesores era francés. Su Grammaire espagnole expliquee en francois data de 1597. En 1605, publicó una traducción de proverbios españoles. Su gran éxito fue el Tesoro de las dos lenguas, de 1607, tratándose de un léxico español-francés y español-francés. Oudin no se contentó con enseñar las particularidades de la lengua, también deseaba dar a conocer la literatura y comenzando con lo esencial: primero tradujo de Cervantes algunas Novelas Ejemplares, después La Galatea, y finalmente la primera parte de Don Quijote, menos de diez años después de publicarse la primera edición española.

gramáticas artes lengua española francesa
GRAMÁTICAS ESPAÑOLAS EN LENGUA FRANCESA

A comienzos del siglo XVII, Francia se encaprichó con lo español hasta el punto de que Miguel de Cervantes pudo escribir en el Persiles: "En Francia, ni varón ni mujer deja de aprender la lengua castellana." Sin duda es exagerado, pero sitúa perfectamente un momento excepcional en la historia de las relaciones culturales entre ambos países.

La influencia de la literatura española en Francia comenzó ya desde el siglo XVI, cuando se realizaron las primeras traducciones de autores españoles en los años que siguieron a la cautividad del rey francés Francisco I en Madrid, tras su derrota por las armas españolas en la batalla de Pavía. Durante su presidio, ese rey, primo de Carlos I de España, cogió gusto por ciertas novelas que le habían ofrecido en español, o tal vez traducidas al francés.

Tres géneros consiguieron el aplauso del público francés: el ensayo, la novela, el teatro y, en menor medida, la historia. En ensayo estuvo representado por Pero Mejía (Pierre Messie) y más aún por Antonio de Guevara. De este último las Epístolas familiares, el Marco Aurelio, el Reloj del príncipe y el Aviso de privados y doctrina de cortesanos, traducidos de 1531 a 1540, fueron éxitos de librería. Michel de Montaigne debió mucho a esos dos autores y la fábula de La Fontaine El campesino del Danubio atestiguaba aún, un siglo después, la novela en todas sus formas: relatos psicológicos como la Cárcel de amor de Diego de San Pedro; novelas sobre el tema caballeresco que ponían en escena a caballeros moros y cristianos a cuál más bravo, más generoso y más galante durante la última guerra de la Reconquista, la que acabaría con la toma de Granada; François-René de Chateaubriand lo recodaría al escribir las Aventuras du dernier des Abencérages.

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DON QUIXOTE DE LA MANCHE

Dos géneros novelescos cautivaron más en particular a los franceses: la novela pastoril y la de caballerías. El modelo a seguir de la novela pastoril fue el de la Diada de Montemayor, publicada en 1542 y traducida en 1578, y La Galatea de Cervantes en 1584. En cuanto a novelas de caballerías, el Amadís, sus continuaciones e imitaciones, encantaría a varias generaciones de lectores desde la primera versión francesa, obra de Nicolas D'Herberay des Essarts, en 1540.

Las aventuras heroicas o galantes de los caballeros andantes y los pastores brindarían un pretexto para muchas diversiones a los asiduos del Hôtel de Rambouillet. Aspectos fundamentales del preciosismo o de la novela de análisis franceses, de Honoré d'Urfé a Madame de la Fayette, resultan incomprensibles sin esa influencia española. En menor medida, la vena realista (La Celestina, la novela picaresca, Cervantes,…) inspiraron a Charles Sorel antes de Lestage.

El teatro español, el de Lope de Vega, Guillén de Castro, Tirso de Molina, Calderón de la Barca, etc., proporcionó a los dramaturgos franceses del reinado de Luis XIII temas, situaciones, adaptaciones, por no hablar de plagios. Ejemplos claros se encuentran en la obra de Hardy, de Rotrou, de Boisrobert, de Scarron, de Thomas Corneille…; ejemplos también son el Don Juan de Moliére y El Cid de Pierre Corneille.

Pierre Cornielle representó la inspiración del teatro español, asimiló sus lecciones de heroísmo y temas novelescos y los transformó en expresión del genio francés. Al parecer, aprendió el español en Ruán para leer el texto de Guillén de Castro y el romancero.

Juan Moliére Corneille Cid novela francesa
DON JUAN DE MOLIÉRE Y EL CID DE CORNEILLE

La espiritualidad francesa del siglo XVII debió mucho también a fuentes españolas. Pierre de Bérulle introdujo en Francia la reforma carmelita. Mandó a llamar a Francia a seis religiosas, dos de las cuales (Ana de Jesús y Ana de San Bartolomé) habían sido discípulas directas de Santa Teresa de Ávila; fueron las que fundaron el primer Carmelo francés, en la Rue Saint-Jaques de París, calle dedicada Santiago, apóstol de España.

En 1622, se tradujo en francés el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz y varios pasajes de los Pensamientos de Blaise Pascal. Estos parecen directamente inspirados en autores españoles: Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, etc.

La influencia española en Francia siguió manifestándose durante algún tiempo con la boga del cortesano de Gracián, cuyo Héroe se tradujo en 1645, pero el clasicismo le debió poco.

En adelante, fue Francia la que tomó el relevo de España como modelo cultural, como también la suplantó en el plano diplomático. La hegemonía cultural de España reflejó una civilización superior que no descansaba solo en la fuerza de las armas, sino también en la de las letras.

BLAISE PASCAL Y PIERRE DE BÉRULLE

Los pensadores españoles del siglo XVI también ejercieron una enorme influencia en la filosofía francesa, especialmente en su máxima figura René Descartes, considerado como el padre de la filosofía moderna y de la geometría analítica. Es evidente que el pensamiento filosófico cartesiano tuvo claros antecedentes en Luis Vives, Antonio Gómez Pereira, Francisco Sánchez el Escéptico, Francisco Vallés, Miguel Sabuco y Sebastián Fox Morcillo, entre otros.

Luis Vives influenció a Descartes en la teoría de las pasiones; Francisco Sánchez en la duda metódica y el primado gnoseológico o repliegue en la propia conciencia; y Antonio Gómez Pereira en el concepto de silogismo o entimema y el automatismo de las bestias. Este último formuló casi de modo idéntico y con anterioridad a Descartes, en 1554, el célebre principio cogito ergo sum ("pienso, luego existo"), idea esencial del Racionalismo occidental, mediante la frase: Nosco me aliquid noscere. At quidquid noscit, est. Ergo ego sum. (Conozco que yo conozco algo. Todo lo que conoce, es. Luego yo soy.)

No porque Descartes copiara o se inspirara en estos autores españoles, sino porque trató desarrollar los mismos objetivos: reformar métodos, combatir sutilezas, abrir nuevos horizontes a la especulación filosófica, etc. Además, el pensamiento español del siglo XVI se había difundió por las imprentas europeas, dejando una marcada herencia en sus círculos intelectuales.

Vives estuvo enseñando en las universidades de Lovaina, París, Oxford y Brujas, publicándose sus obras en estas ciudades. Sánchez vivió también casi siempre fuera de España, enseñando en la universidad de Toulouse. Fox Morcillo residió hasta su muerte en los Países Bajos.

La Sacra Philosophia de Vallés tuvo en poco tiempo ocho ediciones en Francia, Italia y Alemania. La Quod nihil scitur de Sánchez tuvo cuatro, también en poco tiempo. La Nueva Filosofía de Miguel de Sabuco se reimprimió seis veces. Y la Antoniana Margarita de Gómez Pereira se editó en Francfurt am Meim en 1610.

En materia de economía, la teoría cuantitativa del dinero fue enunciada por Martín de Azpilcueta en 1556, en su Comentario resolutorio de usuras, doce años antes que la pronunciada por Jean Bodin en 1568, en la Réponse.

RENÉ DESCARTES Y JEAN BODIN

TRATADO DE MANIOBRAS NAVALES POR SANTIAGO DE ZULOAGA


Santiago Agustín de Zuloaga fue capitán de fragata de la Expedición de Límites al Orinoco de 1751, maestro de la Academia de Guardiamarinas, y escritor náutico que publicó Cartilla marítima para instrucción de guardiamarinas en 1763, y Tratado práctico de maniobras navales en 1766.

TRATADO DE MANIOBRAS NAVALES POR SANTIAGO DE ZULOAGA

Santiago Agustín de Zuloaga era natural de San Sebastián, donde nació en 1715.

En 1729, a los catorce años de edad, comenzó sus servicios en la Real Armada española como grumete junto a su tío, el teniente de navío Jorge de Echevarría. Allí aprendió conceptos de pilotaje y matemáticas, y consiguió habilidades en maniobra y táctica de bajeles. Sus primeros servicios los hizo en los buques de la Real Armada de la Carrera de Indias, por el Atlántico y las Antillas.

En 1730, realizó su primera navegación atlántica hasta La Habana, embarcado en la fragata Potencia, también llamada Blandón, cuyo capitán era Ignacio Danteville. Al año siguiente, regresó a Cádiz en el navío Gallo Indiano, al mando del teniente general Rodrigo de Torres, siendo su capitán de navío Antonio Escudero. Tras trasbordar al navío Reina en Cádiz, en la escuadra de Rodrigo de Torres, partió hacia Barcelona y Liorna.

En 1732, embarcó en el navío Sanfranco, cuyo capitán de navío era Francisco Álvarez Cuevas. Partió de Cádiz en operaciones de persecución de piratas, y tras llegar a cabo Francés, volvió a Cádiz en los galeones del teniente general Manuel López Pintado.

Continuó en la fragata Galga, de la división del jefe de escuadra Andrés Reggio, con la que salió para Barcelona, Liorna y Puerto Especie, donde invernó aquel año. Tras trasbordar al navío Guipúzcoa, llegó a la isla de Malta, para formar parte de una flotilla de cuatro navíos de la Orden de Malta. Su misión era alcanzar el cabo Bodo y la isla Pantelaria, en la búsqueda de una escuadra y convoy otomanos en la ruta de Constantinopla a Argel, que no se apresó por culpa de un temporal.

En Alicante, trasbordó al navío Reina del capitán de fragata Bartolomé Armaolea, en la escuadra del teniente general Antonio Serrano. Al atracar en el puerto de Barcelona, se embarcaron tropas que condujo a Especie, Nápoles y otros puertos de Italia, regresando a Cádiz a finales de 1734.

TRATADO DE MANIOBRAS NAVALES, POR SANTIAGO DE ZULOAGA

En 1735, trasbordó a la fragata Incendio del capitán de navío Francisco Liaño, siendo su comandante era el capitán de fragata Agustín de Iturriaga. Ambos marinos vascos navegaron hasta el puerto de Portobelo, en el Virreinato de Nueva Granada, regresando a Cádiz a inicios de 1736.

En la primavera de 1736, formaría parte de una expedición al Virreinato del Río de la Plata. Se encontraba en la fragata San Esteban al mando de su tío segundo Jorge de Echavarría, siendo comandante José de Arratia. La nave zarpó desde Cádiz a Buenos Aires, trasportando tropas de dragones, sostuvo varios combates contra navíos portugueses.

Uno de aquellos combates tuvo lugar al entregar un contingente de armamento para expulsar a los portugueses que habían ocupado las islas de Martin García y las Vacas, bajo las órdenes del teniente de navío Agustín Alduncín, en 1738. En esta expedición solicitó el mando de alguna embarcación, y consiguió dirigir una balandra, en la que permaneció diez y ocho meses desempeñando diversas comisiones a Montevideo, Maldonado y Rio de la Plata y en acciones de castigo de los portugueses.

A finales de 1739, siendo segundo piloto, embarcó en una nave capturada a los portugueses con el nombre La madre de Dios y el Señor de los Poderes, al mando del alférez de fragata Martín de Lastarria. Junto a las fragatas Hermiona y San Esteban, partió de Buenos Aires con destino a Cádiz, pero a falta de víveres y agua, hizo escala en Santa Cruz de Tenerife, en marzo del 1740. En el puerto canario, el buque fue carenado y artillado con 8 cañones, 50 fusiles y 120 hombre que el capitán general del archipiélago le proporcionó. Tras salir en enero de 1741, al mando del capitán Pedro Sainz de Sagardia, mantuvo combate contra un corsario inglés de 14 cañones y 24 pedreros al que puso en fuga, y fondeó en Cádiz en febrero.

TRATADO DE MANIOBRAS NAVALES, POR SANTIAGO DE ZULOAGA

En marzo de 1741, Zuloaga fue ascendido a primer piloto en el Departamento Naval de Cádiz, pasando a la escuadra del almirante Francisco Laño. Embarcó en el navío Poder del capitán de fragata Juan Beaumont, con la que hizo el crucero al cabo de San Vicente. Después, continuó en el navío Poder del capitán Rodrigo de Urrutia, en la escuadra del general Juan José Navarro, para llegar al Departamento Naval de Ferrol y de regreso al de Cádiz, en verano del mismo año. Entonces, España estaba en pleno enfrentamiento con Inglaterra en lo que fue la Guerra del Asiento, entre 1739 y 1748. A finales del 1741, zarpó con la escuadra para Bucelona, donde embarcó tropas que condujo a puerto Especie. Terminadas las operaciones de mar por el descalabro que experimentó la escuadra, entraron todos en el puerto de Tolón.

En febrero de 1744, Zuloaga tomó parte en la acción que la escuadra combinada franco-española del general Navarro y el vicealmirante De la Court sostuvo contra la inglesa del almirante Mathews, sobre las costas de Provenza en aguas de cabo Sicié. En este combate de Tolón, se hallaba en el Poder del capitán Urrutia, quienes se batieron con 5 navíos ingleses. Como el navío Poder fue muy dañado, transbordó al navío Constante en el Departamento Naval de Cartagena.

Y desde entonces hasta 1748, Zuloaga se dedicó a realizar expedición en corso por el Mediterráneo, además de una comisión a la plaza de Orán en 1745.

En marzo de 1748, partió en el navío León haciendo escala en Canarias, donde escoltó a 16 embarcaciones de convoy del general Liaño que formaban la Armada de la Carrera de Indias, llegando a Veracruz en junio. Al año siguiente, volvió a realizar la misma Carrera indiana en la armada del teniente general Andrés Reggio, fondeando en La Habana y regresando a Ferrol.

En 1750, estaba a bordo del navío Nueva España en la escuadra del general Pedro María de la Cerda, con el que realizó actividad en corso sobre aguas de los cabos San Vicente y Santa María, y sobre las costas berberiscas.

RAUDALES DE MAIPURES EN EL RÍO ORINOCO

En 1751, fue comisionado para participar en la Expedición de Límites al Orinoco, organizada por José de Iturriaga, al mando de la fragata Inmaculada Concepción, de 275 toneladas de capacidad. Esta expedición científico-política partió desde Cádiz a Cumaná, en la Provincia de Venezuela, perteneciente al Virreinato de Nueva Granada. Durante la misión, Zuloaga actuó como capitán de fragata, piloto, maestre y contador mayor, realizando también trabajos cartográficos.

Al término de esta comisión, en marzo de 1756, describió el desarrollo del mismo con estas palabras:
"Eolo regaló a su soberano la llave del subterráneo en que tenía aprisionados los vientos furiosos y sólo daba licencia a las auras pacíficas y regocijadoras que llevaban al navío en mares de leche; obsequio estimable, pero no necesario, para la seguridad de aquella escuadra, no gobernada por pilotos ni palinuros oscilantes, que refiere Virgilio, al avistarse con la flota de turno, sino gobernada por una trenza visible y fortísima, tejida de hilos más finos que el coral, más preciosos que el oro y duros que el diamante que eran los pensamientos, los amores y deseos que constituían el cable fortísimo de las ansias de España, que, prendiendo del tajamar al Fénix , hacía por atraer y sincopar la extensión de los mares y lograr cuanto antes el día feliz de ver al rey venir de Levante a Poniente."

SANTIAGO AGUSTÍN DE ZULOAGA

En verano de 1756, Zuloaga fue nombrado maestro de maniobras de la Academia de caballeros Guardiamarinas de Cádiz, en cuyo . En este cargo estuvo empeñado varios años, realizando salidas marítimas de forma intermitentes, mientras desarrollaba una importante actividad pedagógica y redactaba reglamentos para el uso de guardiamarinas, obras de las que luego se hicieron reglamentarias para los oficiales. Entre estas obras destacaron dos:

1. Cartilla marítima para la breve instrucción de los Guardias Marinas, impresa en Sevilla, en 1763, y reeditada en 1778. Era un manual para oficiales que se inician en la práctica marinera. El texto está acompañado de ilustraciones acerca los nombres y funciones de las partes de un navío sus ligazones más principales, los nombres, usos y método de colocación de los palos y vergas, las jarcias y cabos de labor, las obligaciones del oficial de mar, las voces con que se manejan los marineros en sus faenas.

2. Tratado instructivo y práctico de maniobras navales para el uso de los caballeros guardias marinas, publicada en 1766 en dos volúmenes, de la que luego se hicieron varias ediciones. Fue texto oficial de la Escuela Naval e influyó en los trabajos de otros profesionales de la navegación como Antonio Gabriel Fernández y Gabriel Ciscar.

En 1759, formaba parte del contingente de oficiales que escoltaron al rey Carlos III en su viaje de toma de posesión al trono español desde Nápoles a Barcelona. Siendo ascendido a teniente de navío, estaba al mando del navío Fénix, y demostró sus habilidades literarias en la redacción de esta real singladura:
"No quiso asomarse Neptuno sobre las espumas volubles para descubrir su rociado semblante y sus líquidas y cristalinas barbas; no se atrevió a mandar siquiera que estuviese sin inquietarse el piélago, porque comprendió que sería inútil su imperio y quedaría ocioso y desairado su afamado tridente. Por instinto iban y venían las olas del mar en volúmenes nevados de espuma al deshacerse al contacto del Fénix…"

santiago agustín zuloaga tratado maniobras navales
TRATADO INSTRUCTIVO Y PRÁCTICA DE MANIOBRAS NAVALES

En 1761, volvió a paralizar su actividad docente en la academia para salir en expedición en corso por la costa portuguesa en el navío Aquiles del capitán Juan Ignacio Salaverría. Después, pasó al navío Septentrión del capitán Hermenegildo de Orte para llegara a las islas Azores. Tras regresar, prosiguió en la Academia gaditana.

En 1775, recibió el paquebote San Juan Nepomuceno, buque-escuela utilizado para la enseñanza de las maniobras navales a los guardiamarinas, donde continuó con la docencia.

En 1778, fue ascendido a capitán de navío y se le asignó el navío San Rafael, con el que participó en las campañas de los tenientes generales Miguel Gastón, primero, y Luis de Córdova, después. A inicios de 1780, tuvo que desembarcar por motivos de salud.

Santiago Agustín de Zuloaga murió en la isla gaditana de León, el 4 de julio de 1780. Había servido a la Armada española durante 52 años, en el transcurso de los cuales realizó 24 campañas por aguas europeas y americanas, tomando parte en bastantes combates navales, también dedicado a la docencia de maniobras y tácticas navales en la Real Academia de Guardias Marinas de Cádiz, y a la redacción de textos para la enseñanza.

Se había casa con María Antonia Yurramendi, natural de la villa de Hernani, empezando un saga de marinos que destacaron al servicio de la Armada española. Sus hijos fueron Lucas, Manuel y Santiago, que ingresaron en la Real Compañía de Guardiamarinas.

Santiago de Zuloaga y Yurramendi, nacido en 1768, llegó a ser teniente de navío y murió al mando del Real Carlos en el estrecho de Gibraltar en 1801. Su nieto Lucas de Zuloaga fue jefe de escuadra y su biznieto Enrique de Zuloaga fue capitán de navío.

CARTILLA MARÍTIMA PARA INSTRUCCIÓN DE GUARDIAS MARINAS

VIAJE-RELATO DE BENJAMÍN DE TUDELA


El viaje-relato que el explorador Benjamín de Tudela escribió en el siglo XII fue una de las primeras guías etnográficas, sociológicas y geográficas escritas sobre los pueblos de los continentes de Europa, África y Asia. Relató la política entre las naciones del mundo occidental cristiano y el oriental islámico, además de hacer una descripción de las rutas que unían los puertos marítimos europeos del Mediterráneo con las ciudades comerciales de Próximo Oriente. 

Su Libro de Viajes es conocido como Massaoth shel Raffi Binjamin, publicado en España en 1166, en hebreo en la ciudad de Constantinopla en 1543, y traducido al latín por Arias Montano en Amberes en 1575 con el título de Itinerarium Benjamini Tudelensis. Se trató de un precedente al viaje de Marco Polo.

Benjamín Tudela libro viajes
VIAJE-RELATO DE BENJAMÍN DE TUDELA

Benjamín ben Zona fue un hispano-judío, hijo de un rabino llamado Jonah. Su nombre en hebreo era Minyamin bar Yonah, había nacido en Tudela en 1130 y fallecido en 1173.

Hombre sabio, políglota, ya que hablaba el hebreo, el arameo, el castellano, el romance navarro, el árabe, el griego, el latín y el eusquera, también conocía bien la historia clásica. Como experto que fue en diversas artesanías y negocios se dedicó profesionalmente a comerciar con telas, gemas, especias y perfumes.

Con sus conocimientos en idiomas y en sus mercaderías unió un viaje hacia Oriente que guardaba un  doble propósito. Pretendía establecer relaciones y uniones con las distintas colonias de judíos dispersos por Europa y Asia. En su época, el pueblo judío estaba muy extendido por las principales ciudades y existía una hermandad entre sus miembros.

Benjamín Tudela libro viajes
BENJAMÍN DE TUDELA Y CALLE DE TUDELA

Según su relato, pudo haber llegado hasta China en constante observación de la situación de sus hermanos de religión, la política entre las naciones del mundo occidental cristiano y el oriental islámico y la descripción de centros comerciales, así como las rutas que los unían y las que podían unirlos más en el futuro. Además, quería obtener recursos y encontrar nuevas rutas comerciales y mercados para sufragar los gastos derivados de tan costoso viaje.

Podrían considerarse que el objetivo de sus anotaciones fue la construcción de un informe puramente comercial pero, en realidad, se trataba de un ambicioso producto cultural y literario en el que se dieron cita la crónica, la geografía, el ensayo costumbrista y, en cierto sentido, a modo de precedente, la etnografía y la sociología.

Hay que tener en cuenta la dificultad y larga duración de llevar a la realidad este proyecto, pues en el siglo XII el mundo era bastante desconocido. Y es que hubo quien, antes de Marco Polo, emprendió viajes casi tan largos como los del veneciano.

Su viaje se inició entre 1159 y 1165, y terminó entre 1172 y 1173. La duración del viaje es motivo de controversia; los estudiosos dan cifras entre cinco y catorce años. Reinaba en Navarra Sancho VI el Sabio.

PLACAS Y BUSTO DE BENJAMÍN DE TUDELA

Partió desde Tudela hasta Zaragoza. Bajando por la cuenca del río Ebro llegó a Tarragona, para continuar por Barcelona, Gerona, adentrase en el Rosellón y la Provenza, por las ciudades de Narbona, Montpellier y Arles. En Marsella embarcó hacía Génova, Pisa y Roma. En Roma se quedó a vivir una temporada ya que hace un relato extenso y preciso de sus antiguos monumentos. Según anotó en su libro de viajes, en Roma vivían entonces doscientos judíos que eran "muy respetados y que no daban tributo a nadie. Algunos de ellos son magistrados y están a las órdenes del Papa Alejandro III, el jefe eclesiástico y cabeza de la Iglesia cristiana". De hecho, según el rabino, el mayordomo del palacio papal y administrador de los bienes personales del Papa era Jechiel, hijo de Natán.

Dejando Roma, se encaminó hacia el sur, pasando por las ciudades de Nápoles, Salerno, Tarento y Otranto, donde embarca de nuevo hacia Grecia, atravesando el mar Jónico y pasando por la isla Corfú. En la isla de Corfú y en otras ciudades encuentra judíos aislados, nunca agrupados en comunidades.

En Grecia pasó por las ciudades de Patrás, Arta, Salónica. En Salónica encontró muy oprimida a la comunidad hebrea.

Bordeó el noreste de Grecia hasta llegar a Constantinopla, de la que ofreció una viva descripción de gran importancia para el conocimiento de las condiciones y situación socio-económica de sus habitantes, ya sean estos judíos o no. Observó a mercaderes de Asia y Europa; los esplendores de Santa Sofía, donde oficiaba un Papa "que no se lleva bien con el Papa de Roma"; en el Hipódromo hay peleas de gallos, leones, leopardos, osos. El palacio de Blaquerna lo deslumbró por sus riquezas. Vio que los judíos bizantinos eran discriminados y no podían montar a caballo, excepto Salomón Hamistri, médico del Basileo.

Desde la capital bizantina, atravesó el mar Egeo, visitando varias islas como Mytilene, Chíos, Samos, Rodas y Chipre.

LIBRO DE VIAJES DE BENJAMÍN DE TUDELA

En la costa este del Mediterráneo, visita Palestina desembarcando en Acre. Pasa por Antioquía, Sidón, y Tiro, en aquellos momentos en manos de los caballeros cruzados. Recorre el país y describe detalladamente los Santos Lugares, dejando un documento de especial interés para el conocimiento de la Palestina de aquella época, con alusión a las diversas comunidades étnicas y religiosas de la zona, incluidas confesiones minoritarias, como los drusos.

Por ejemplo, en Jerusalén, juzga la verdad de las Escrituras; Nablus, Acre, Sidón, Haifa, el Muro de los Lamentos, todo es investigado. En Haran visita la sinagoga construida por Ezra, en el lugar donde estuvo la casa de Abraham. Allí, tanto judíos como musulmanes se reunían para orar. Sobre el monte Líbano cuenta su versión de la historia del Viejo de la Montaña que denominó Sheik-al-Hashishin.

De camino hacia el norte, se adentra en el mundo musulmán visitando el Imperio seléucida. Pasa por Tiberíades, Damasco, Alepo y Mosul, con un itinerario difícil de precisar. Damasco lo emocionó por sus vergeles y la mezquita, guardada por la "costilla de un gigante".

Desde Mosul, sigue el cauce del río Tigris hasta Bagdad, ciudad que describe en su libro con mayor extensión que cualquier otra. Allí conoce el palacio del califa emir Al-Mumein al Abasí, conocedor de la ley Mosaica, quien hablaba un hebreo sin pifias. Según el viajero de Tudela, todos los peregrinos que iban a la Meca pedían su bendición.

LIBRO DE VIAJES DE BENJAMÍN DE TUDELA

Parece probable que viajara a lo largo y ancho de Mesopotamia y Persia (actuales Irak e Irán). A partir de este punto, su relato es un paréntesis de inverosimilitud, como atestigua la constante referencia a mitos y leyendas.

Resulta improbable considerarle el primer europeo que contempló, en la distancia, las montañas del Himalaya, o incluso que llegase, con dosis de fantasía, a China, a la India, a Ceilán y a las silas Qis. De manera dudosa reúne noticias sobre las comunidades judías en Arabia, Persia, Asia central, India o Ceilán, e incluso menciona la existencia de la judería de Kai Fong en China.

Un paréntesis de probable inverosimilitud y imaginación que se cierra cuando su escritura retorna a la senda de lo creíble, que coincide con el momento en que pisa territorio de Egipto, con descripciones asombrosas de El Cairo, Fustat, Alejandría, el monte Sinaí y Damietta. Describe la vida judía en El Cairo y Alejandría, ciudad en la que embarca para arribar a Sicilia. En Palermo una descripción cuidadosa y pintoresca.

La hipótesis más probables es que desde la península itálica regresara a España por mar. Aunque su relato del viaje finaliza con una idealizada visión de la vida judía de Alemania y del norte de Francia, basada tal vez en relatos que llegaron a sus oídos. Según lo relatado pasa por Lucca, Verdún y París. 


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VIAJE DE BENJAMIN DE TUDELA

Al regresar a España escribe en 1166 el libro Sefer-Ma'asot (Libro de Viajes) también conocido como Massaoth shel Raffi Binjamin. Es la descripción de su itinerario o libro de viajes  por el Mediterráneo, Tierra Santa y Asia Menor. Se trata de una obra geográfica y guía comercial, más que literaria, aunque se ha dicho que inaugura el género del libro de viajes y tiene algunas descripciones interesantes, con cierto valor literario.

Fue publicado en hebreo en Constantinopla en 1543 y traducido al latín por Arias Montano en Amberes en 1575 con el título Itinerarium Benjamini Tudelensis.

Aunque abunda en fantasías, y buena parte de sus páginas es un monótono informe sobre las comunidades judías que fue visitando, el libro en conjunto constituye una valiosa documentación sobre la geografía y la etnología fruto de las observaciones sobre la situación material, la cultura y la política de los países que visitó. Para ello también se sirvió de entrevistas con líderes de las comunidades judías de su recorrido.

En total, visitó más de una centena de ciudades de Europa y Oriente, convirtiéndose en una de las primeras fuentes de la demografía judía. Su interés se centró en los judíos y su situación, describiendo personalidades, centros de estudios, población, formas de vida, dificultades y éxitos. También habla de los grandes acontecimientos políticos e históricos de su época.

Voyages Rabbi Benjamin Tudele Jean Philippe Baratier
VOYAGES DE RABBI BENJAMIN FILS DE JONA DE TUDELE

ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA


Se denomina Ilustración al movimiento de renovación intelectual, cultural, ideológica y política que surgió en Europa en el siglo XVIII, como resultado del progreso y difusión de las nuevas ideas filosóficas y conocimientos científicos.

El pensamiento ilustrado se basaba en la libertad crítica de la razón, y su ejercicio condujo a los primeros desarrollos del Liberalismo. Fue, por tanto, una corriente filosófica racionalista. El libre ejercicio de la crítica se aplicó en los planos científico, económico, social, cultural, religioso e intelectual, incluso en el político.

MOVIMIENTO DE LA ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA

Los llamados ilustrados, iluminados por la luz de la razón, debían establecer una nueva organización que reemplazase al caduco Antiguo Régimen y contribuyera a modificar la mentalidad de la sociedad. Eran partidarios del Utilitarismo, corriente filosófica que perseguía conseguir la mayor felicidad posible para el mayor número de personas. Poseían una visión amable del hombre, a quien querían mejorar con la razón, la educación, la ciencia y la tecnología.

Bajo el dominio de la razón, el hombre se planteó nuevas interrogaciones, renegó de las viejas creencias, se enfrentó a las doctrinas inamovibles de la iglesia y se inclinó hacia nuevas formas de pensamiento con la intención de iluminar sus conocimientos. Por ello, el siglo XVIII se conoce como "Siglo de las Luces".

El movimiento ilustrado se caracterizó por el excesivo predominio de la razón, del "libre examen", como único método de conocimiento del hombre, no sólo en la búsqueda del saber y el incremento de los conocimientos, sino también, en el estudio de su época y su cultura. Otro aspecto fundamental fue su dura crítica al imperante orden establecido, que se manifestó apartándose de lo abstracto e indemostrable en las ciencias, de las revelaciones de la Iglesia en la religión, y del tradicional absolutismo en política. Su objetivo final fue aprender y enseñar los conocimientos, hacer progresar las ciencias, y lograr el desarrollo de la cultura.

Al igual que el resto de las potencias europeas del siglo XVIII, España también desarrolló su personal y particular movimiento de la Ilustración gracias, especialmente, al cambio dinástico que a inicios de centuria asentó a la dinastía francesa de los Borbones en el trono: Felipe V, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV.

CARRERA DE SAN JERÓNIMO, POR JAN VAN KESSEL

La Ilustración fue transición entre la sociedad estamental y la nueva sociedad burguesa, entre el feudalismo y el liberalismo. La razón se debía imponer en todos los órdenes y no debía hacer excepción en el orden político. Una misión de difícil cumplimento: hacer crecer la economía, renovar las diversas clases sociales, racionalizar la administración pública y remover la vida cultural sin tocar el sistema político ni alterar básicamente la estructura social.

Pero esa reforma había de ser realizada desde el Poder civil del despotismo ilustrado, asesorado por una élite culta. Al pueblo tocaba recibir pasivamente esa Ilustración, pues se consideraba que el pueblo no estaba todavía suficientemente preparado.

El ilustrado español creyó en la necesidad de una reforma constante frente al inmovilismo de los tradicionalistas y a la Revolución de los más exaltados. Extendió la libertad crítica al campo político, pensando que no debía ser un islote de autoritarismo en medio de una sociedad liberal. Fue así como entre una minoría de españoles apareció la conciencia crítica como una reforma de patriotismo. Gobernantes e intelectuales, altos funcionarios y comerciantes, clérigos y profesionales, coincidieron en la necesidad de una pronta y profunda regeneración de la monarquía. Así también, fue cuajando un movimiento plural pero cohesionado alrededor de unos objetivos mínimos a veces contradictorio.

En la segunda mitad del siglo XVIII, surgió un selecto grupo de escritores y pensadores ilustrados, procedentes de diferentes sectores sociales: José Patiño, Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro, Gaspar Melchor de Jovellanos, Pablo de Olavide, Gregorio Mayans y Siscar, Antonio José Cavanilles, Francisco Pérez Bayer, Jorge Juan y Santacilia, José Cadalso, Francisco Cabarrús, José de Carvajal, Abarca de Bolea (conde de Aranda), Zenon de Somodevilla (marqués de la Ensenada), el conde de Campomanes, el conde de Floridablanca, Capmany, Macanaz, etc. Formaban parte de este movimiento los miembros de las sociedades patrióticas de Amigos del País, de las reales academias, de las secretarías de los ministerios, de los consulados de comercio, o de la oficialidad del Ejército y la Armada. Pensaron que un cambio en la estructura socio-económica exigía un poder despótico que venciera las resistencias tradicionales y los obstáculos a la expansión de las luces.

JARDÍN BOTÁNICO

Mediante una crítica razonada, desmontaron las bases sobre las que se asentaba la Monarquía absoluta: reminiscencias señoriales de la época feudal, que articulaban a la nobleza y al clero dentro de un sistema de privilegios vinculados a la soberanía regia, defendida por el despotismo ilustrado.

Los ilustrados españoles se convirtieron en representantes de la incipiente burguesía, no como poder económico, sino como clase social y mentalidad. Ejemplos esclarecedores fueron los fundadores y promotores de las Reales Sociedades Económicas de Amigos del País, que fueron nobles identificados con las aspiraciones burguesas.

En aquella época los Ilustrados se enfrentaron a los Poderes eclesiástico y aristocrático apoyándose en el Poder real, encarnación entonces de la sociedad civil. Pero para cambiar la estructura socio-económica que sustentaba a la Aristocracia y la Iglesia era necesario cambiar la organización política, tomando parte una burguesía culta y enriquecida, con derechos adquiridos por su propio esfuerzo y no por títulos nobiliarios y privilegios feudales. Y ya en el reinado de Carlos III fue surgiendo una oposición política que pidió la reunión de Cortes y una reforma profunda.

Aunque los filósofos ilustrados criticaron la política y la sociedad de su época, no pretendieron que los cambios se dieran por la vía revolucionaria, sino a través de la reforma. Eran cristianos y monárquicos que confiaban en una evolución pacífica y gradual, orientada desde el poder civil para educar a las masas no ilustradas. Este pensamiento lo dejó escrito Jovellanos:
"Creo que una nación que se ilustra puede hacer grandes reformas sin sangre, y creo que para ilustrarse tampoco sea necesaria la rebelión."

Carlos comiendo Corte pintura Paret
CARLOS III COMIENDO EN SU CORTE, POR LUIS PARET

Carlos III, el rey ilustrado, supo rodearse de ministros competentes con la intención de reformar las estructuras económicas y sociales de España y desarrollar el movimiento de la Ilustración como en otros países europeos. La preocupación científica fue constante en los primeros Borbones españoles, que veían en la ciencia un instrumento para la regeneración de España, y los Ilustrados pensaron igual.

Los ilustrados pretendían construir un país autosuficiente y, sobre todo, capaz de fabricar los productos manufacturados que las provincias americanas demandaban. Se habían propuesto recuperar un mercado invadido por los extranjeros y financiar con esas ganancias el desarrollo español. Contaban a su favor con una notable recuperación demográfica, que se activó a lo largo del siglo, así como un desarrollo paralelo de la agricultura.

La tendencia era al crecimiento económico y la meta era alcanzar a las potencias europeas del momento. Para ello, el gobierno se fijó dos objetivos: orden y economía. Para ello, pretendían la eliminación de los antiguos privilegios y mercedes otorgados desde la Edad Media que ralentizaban el curso del progreso, como los de la Mesta, que mantenía ineficiente la agricultura en extensas regiones.

Los ilustrados apoyaban la libre empresa, que la gente pudiera enriquecerse sin trabas estamentales o comerciales, porque de este modo el Estado se enriquecería con ellos, y el beneficio de los particulares redundaría en el común, una ideología liberal plenamente moderna.

Además, querían producir una sociedad culta y libre de prejuicios, en la que cada cual viviera en perfecta libertad de conciencia. También había que eliminar los prejuicios hidalgos contra el trabajo manual. Un real decreto de 1783 declaró que el trabajo manual no deshonraba a nadie. Una medida no sólo encaminada a los vagos de alcurnia, sino también a los mendigos, otro estamento gandul de la sociedad.

Los ilustrados fundaron Sociedad Económicas de Amigos del País, destinadas a enseñar a sus compatriotas sobre los beneficios de la libre empresa y a divulgar las modernas técnicas agrícolas y artesanales. Estas propuestas hallaron escaso eco. España ya era, irremediablemente, diferente. En otros países, los ilustrados habían impulsado sus reformas apoyándose en una activa e inquieta clase media.

El periodismo fue uno de los grandes avances del siglo XVIII, en el que la prensa crítica adquirió gran importancia durante el reinado de Carlos III, gracias a publicaciones como El pensador y El censor.

Arco triunfo calle Mayor entrada Carlos Madrid Luis Paret
ORNATOS EN CALLE MAYOR

Todos los ilustrados estuvieron animados por un impulso de transformación cultural, filosófica, social y económica, por un profundo deseo de cambio que originó el giro que desde entonces sufrió la cultura española. Pero este pensamiento moderno, europeo y renovador chocó de frente contra, por un lado, el pensamiento de la tradicional sociedad campesina, rural y ultracatólica, y por el otro, los intereses inmovilistas de la Iglesia y la nobleza.

Pero en España, esa clase que debía suministrar progresistas no existía, ya que este seguía siendo un país campesino y bastante atrasado, con un pueblo impermeable a toda idea renovadora. Además, había que contar con el inmenso poder de la Iglesia, gran enemiga de los cambios, y con la resistencia de la nobleza, anclada en sus privilegios de clase.

El rústico cacique se cerró al progreso, adoctrinado por el cura en pausadas tertulias de bizcocho y chocolate, en el cuarto de respeto, con señoras de misa y comunión diaria enlutada y digna. La Iglesia tenía una fuerza tremenda y no estaba por la labor de acatar ideas disolventes llegadas de Francia, donde eran enarboladas por ateos y librepensadores de la calaña de Voltaire y Rousseau. La revolución francesa, con su secuela de subversión social y aniquilamiento de la aristocracia, vino a darles la razón desde su punto de vista.

Ningún ministro ilustrado se atrevía a erradicar el poder que tenía la Iglesia. A todo lo que llegaron fue a expulsar a los jesuitas de la Compañía de san Ignacio (una medida que ya habían tomado Francia y Portugal), lo que no trajo consecuencia alguna porque la Iglesia siguió obstaculizando el progreso.

Estas barreras al cambio hicieron que los ilustrados españoles fuesen algo utópicos en cuanto a la materialización de sus ideales. Uno de ellos, fue Jovellanos, quien entendía la propiedad privada desde una utopía socialista, basada en un estado de felicidad paradisíaca, en el que reinaría la fraternidad universal.

El programa reformista ilustrado tuvo un carácter práctico y racionalista, aunque inspirado en un profundo sentido ético, centrado en la búsqueda de la felicidad y el bien común. Sus bases fueron las siguientes:

1. La redefinición de la política internacional, dedicando especial atención a los virreinatos españoles en América y a la construcción de una potente armada naval.

2. La modificación las estructuras políticas del Estado mediante mecanismos que permitieran la uniformidad administrativa, la centralización del poder y la eficiencia de sus recursos.

3. El fomento la economía nacional a través de la liberalización de las fuerzas productivas y la iniciativa privada, inspirándose en la doctrina mercantilista.

4. La regeneración de la sociedad promoviendo una actitud favorable hacia el trabajo y la inversión.

5. La investigación de los conocimientos científicos y la cultura en general, basadas en la fundación de academias y sociedades patrióticas, de la prensa y las publicaciones, y en reformas de la educación y las universidades.

CORTES GENERALES DE 1789, POR LUIS PARET

Este proyecto global que acabó convirtiéndose en el eje de la vida nacional, alrededor del cual se situaron decididos partidarios, acérrimos detractores y muchos indiferentes. Este movimiento ilustrado universalista, poco sensible a las realidades locales, promovió una progresiva unificación institucional y legal de las diferentes entidades políticas de la España peninsular y consiguió un creciente, aunque no completo, sentimiento de pertenencia a una misma comunidad nacional.

A finales del siglo se había formado ya una monarquía unitaria en tránsito hacia el Estado-nación en el marco de un modelo social cambiante y de un contexto político conflictivo que no anularía, en cambio, las seculares identidades regionales. Así, a finales del siglo XVIII, el movimiento ilustrado había conseguido una unificación protonacional, fase previa del movimiento liberal del siglo XIX.

La renovación económica no tuvo más suerte que la social. Naturalmente, los ilustrados propusieron una reforma agraria que pusiera a producir las grandes fincas mal cultivadas o dedicadas a dehesa ganadera en Andalucía, Castilla y Extremadura. La idea era buena, pero no hubo gobierno que se atreviera a ponerla en marcha.

La gran aristocracia y la Iglesia, propietarias de la tierra, eran todavía dos escollos formidables contra los que ningún ministro quería hacer naufragar su carrera política. La Iglesia había acumulado un gigantesco patrimonio agrícola procedente de donaciones pías inalienables (manos muertas), que estaba, como casi todo lo demás, pésimamente administrado.

Y en cuanto a la industria, esta no consiguió despegar de la mera producción artesana para mercados regionales y preferentemente en la periferia (textiles en Cataluña, hierro en Vasconia, pesca en Galicia y Andalucía) mientras que el centro de Castilla permanecía comparativamente atrasado. Algo remedió la supresión del monopolio del comercio americano, que había pasado de Sevilla a Cádiz, y la liberalización de la economía colonial combinada con su reestructuración administrativa.

Pues en líneas generales así es como el pensamiento moderno, europeo y renovador de los ilustrados del siglo XVIII chocó de frente contra, por un lado, el pensamiento de la tradicional sociedad campesina, rural y ultracatólica, y por el otro, los intereses inmovilistas de la Iglesia y la nobleza.

ORNATOS EN LA CALLE MAYOR POR CALOR III, POR LUIS LORENZO QUIRÓS


1. REFORMA EDUCATIVA

El plan ilustrado era un proyecto de reforma en profundidad de la sociedad española, y por tanto tenía que comprender la educación y la reforma educativa.

El panorama español antes de las reformas de Carlos III era lamentable, por proliferación caótica y conservadurismo reaccionario, al ser beneficencia social practicada por las órdenes religiosas y las instituciones eclesiásticas.

La enseñanza primaria y secundaria se impartía en conventos y casas parroquiales, con algunos centros privados de latinidad, que preparaban para la enseñanza universitaria. Jesuitas, dominicos, agustinos y franciscanos adquirieron fama por su rigor y pericia en la formación de la juventud, pero enseñando a través del latín y del método de la escolástica.

También era conflictiva y caótica la enseñanza universitaria, pontificia o regia. Las Universidades fueron fundadas por bula papal y aprobadas por el rey; y en el siglo XVIII era aún más conflictiva a causa del regalismo de los primeros Borbones. Muchas universidades dependían de órdenes religiosas, con disputas de escuela, de patronatos nobiliarios o incluso de fundación episcopal. Las más célebres eran las de Salamanca, Alcalá de Henares, Valladolid, Santiago de Compostela, Valencia y Sevilla.

Además existían conventos que se titulaban universidades, dominicos: Almagro, Ávila y Orihuela; benedictinos: Irache; jerónimos: San Lorenzo del Escorial; de fundación episcopal: Burgo de Osma y Baeza; o de patronato nobiliario: Osuna y Oñate. En todas el dominio eclesiástico era total, con anarquía a nivel nacional, y sólo cuatro Facultades posibles (Artes, Teología, Derecho y Medicina), Artes y Teología en la mayoría de ellas, siendo Artes una prolongación de los estudios secundarios, y Teología formación del clero secular y regular.

Misionerísmo, métodos anticuados de enseñanza, apego a las disciplinas filosófico-teológicas, despego por las ciencias útiles, absentismo del profesorado, abusos en la provisión de cátedras, indisciplina e insuficiencia de dotaciones eran frecuentes por dos motivos:

1. el partidismo de diversas tendencias y escuelas, que muchas veces se despreciaban entre sí.

2. los métodos escolásticos de enseñanza basados en la memoria y el silogismo, sin experiencia, observación o análisis racional.

Los Colegios Mayores se fundaron durante los siglos XVI y XVII como protección a los estudiantes pobres, destacando el de San Bartolomé el Viejo en Salamanca, fundado en 1408; el de Santa Cruz en Valladolid, en 1480; el de San Ildefonso en Alcalá de Henares, en 1500; el de Cuenca en Salamanca, en 1506; y San Salvador y el Arzobispo en Salamanca, en 1517 y 1521.

Al fundarse a mediados del siglo XVII la Junta Real de Colegios se creó una red de intereses comunes entre ellos, pues los consejeros y camaristas de Castilla que componían la Junta tenían que haber sido colegiales. Se constituyó así una especie de casta cerrada e inmovilista, independiente del clero o de la nobleza, pero vinculada a ellos por lazos familiares. Esta casta acaparaba los puestos claves de la administración, las becas, las cátedras y los cargos rectores, monopolizando el gobierno y las funciones de la enseñanza superior. En Sevilla el rector del Colegio Mayor Santa María de Jesús solía ser el de la universidad, y lo mismo ocurría en el de San Ildefonso de Alcalá de Henares. Por lo que los seis Colegios mencionados se convirtieron en árbitros de la política universitaria, despreciando a los demás Colegios, y practicando abusos en admisión de alumnos, absentismo profesional, provisión de becas y cátedras, concesión de habitaciones individuales, etc. Muchas veces reinaba desprecio por la cultura, frivolidad de costumbres, licenciosidad de conducta, hipocresía y vanidad.

Luis Curiel afirma que en 1714 era falta grave que un colegial llevase un libro práctico. Aun así, sin los colegios de San Ildefonso en Alcalá de Henares, San Bartolomé el Viejo en Salamanca y Santa Cruz en Valladolid no habrían sido tan famosas sus universidades.

El Colegio de San Ildefonso de Alcalá de Henares fue prácticamente su universidad hasta que fueron trasladados a Madrid, pues fue diseñado por el arquitecto Pedro Gumiel, y el cardenal Cisneros colocó su primera piedra en 1498, siendo su fachada de Rodrigo Gil de Hontañón. Por esta Universidad-Colegio han pasado personalidades de la talla de Antonio de Nebrija, más ligado a la universidad de Salamanca, pero que en 1502 intervino como latinista en la Biblia Políglota Complutense, y en 1513 fue catedrático de retórica de la Universidad de Alcalá de Henares, en cuya ciudad murió en 1522.

Las Reformas universitarias del reinado de Carlos III fueron posibles gracias a la expulsión de los jesuitas en 1767, principal apoyo de los Colegios Mayores durante la primera mitad del siglo XVIII.

Manuel Lanz de Casafonda (1721-1785) escribió una durísima sátira contra los colegiales mayores y su excesivo predominio en Consejos y Audiencias, a los que considera causa de la decadencia española.

Francisco Pérez Bayer (1711-1794) arremetió también contra los Colegios Mayores y sus poderes universitarios, contando con la ayuda de Felipe Bertrán, obispo de Salamanca y autor de un Informe sobre los Colegios Mayores de Salamanca (1772). Y como ambos contaban con la protección de Manuel de Roda, entonces secretario de Gracia y Justicia, y el beneplácito de Joaquín de Eleta, confesor de Carlos III, se redactaron los decretos del 15 y 22 de febrero, y del 3 de marzo de 1771, que ordenaron una investigación.

En 1777 se promulgó la nueva ordenación de los Colegios, desapareciendo la Junta Central de Colegios, siendo elegidos los colegiales por el Real Consejo, suprimiéndose las ceremonias de admisión, prohibiéndose permanecer en el Colegio más de ocho años, quedando los colegiales obligados por los reglamentos universitarios y nombrándose inspectores que visitarían anualmente los seis Colegios citados, con lo que fue desapareciendo la casta colegial, democratizándose y uniformándose la enseñanza universitaria.

CORTES GENERALES DE 1789, POR LUIS PARET


Gregorio Mayans y Siscar recibió en 1766 el encargo de redactar un nuevo plan de estudios universitarios, que terminó en abril de 1767 con el título de Idea del nuevo método que se puede practicar en la enseñanza de las universidades de España.

Valladolid, Salamanca y Alcalá de Henares renovaron materias y textos en 1771, Santiago de Compostela en 1772, Oviedo en 1774, Granada en 1776 y Valencia en 1786. La universidad de Sevilla se renovó con el Plan de estudios para la universidad de Sevilla (1768) de Pablo de Olavide, aprobado por el Consejo de Castilla en 1769, que también se opuso a los Colegios Mayores; considera el espíritu de partido de las distintas escuelas teológicas y el espíritu escolástico obstáculos para el progreso universitario, y se manifestó partidario de una centralización estatal que acabase con el atomismo. Siguieron las cuatro Facultades de artes, teología, derecho y medicina, añadiéndose un curso de matemáticas, llamándose Física la de artes, a la que se añadieron estudios de geometría, matemáticas, biología, ciencias naturales y física. Se suprimieron los cursos dictados y los apuntes de clase, y se propuso el uso de un libro de texto, que al principio tuvieron que ser extranjeros.

Así se centralizó y uniformó la universidad española, labor que terminó con el primer Plan de estudios general para todas las universidades (1807), con la universidad ya como servicio público. Pero las universidades españolas quedaron mediatizadas por el poder político, que fue introduciendo la ideología ilustrada, contra el deseo de las antiguas Facultades de Artes. Por lo que el Consejo de Castilla cambió los cursos de filosofía para dar paso a cursos de ciencias y matemáticas en 1778, si bien José Cadalso dijo que los profesores universitarios estudiaban a Newton, pero explicaban a Aristóteles. Lo que pudo no ser verdad, porque Juan Meléndez Valdés leía a Montesquieu, Rousseau, Voltaire, Condillac y estuvo muy influido por John Locke; en 1778 fue nombrado catedrático de Humanidades, cátedra que adquirió en propiedad en 1781. Cadalso, Somoza, Gallardo, Quintana, etc., se educaron también en las nuevas ideas, y se constituyó un grupo de profesores sensualistas, como fueron Juan Justo García, Miguel Martel, Salas y Núñez.

El cambio de mentalidad universitaria se apreció también en el Derecho natural y de gentes, con idea inicial de Mayans y Siscar, y la Historia del derecho natural y de gentes (1776) de Joaquín Marín y Mendoza.

Fuera de la universidad, la reforma educativa fue realizada también en el Real Seminario Patriótico Vascongado, las Sociedades Económicas del País, Academias militares y de Bellas Artes, etc. El Instituto de Gijón, fundado por Jovellanos en 1794, suprimió la enseñanza religiosa, implantó una tarde de descanso dirigido, extendió la enseñanza primaria a todos los niños, dio importancia a la educación física y estimuló el comercio, la artesanía, la industria y la agricultura.


ORNATOS EN LA CALLE MAYOR POR CALOR III, POR LUIS LORENZO QUIRÓS


2. 
REFORMA ECONÓMICA

La Ilustración va unida al Liberalismo, pero no se impuso de un modo repentino y excluyente. El librecambio inglés compartió su vigencia con la fisiocracia y el mercantilismo, y al mercantilismo de Colbert pertenece Teórica y práctica de comercio y de marina, de Jerónimo de Uztáriz (1670-1732). Este fue un famoso navarro de vida agitada, pues fue soldado, diplomático y secretario de distintos consejos, sobresaliendo como economista. Su citado libro parte de la consideración de que la riqueza está en la posesión de metales y el provecho de un país en exportar más de lo que importa.

Para Uztáriz, el gobierno debía aligerar de impuestos a las exportaciones y gravar las importaciones, prohibiendo importar ciertos géneros y exportar materias primas, a fin de estimular la fabricación nacional de determinados productos. Sólo una circulación no gravada por tributos ni estorbada por obstáculos permitirá equilibrar los precios y hacer competencia a los productos extranjeros.

Esta era una postura liberal y mercantilista, que Melchor Gaspar de Jovellanos utilizó para pronunciarse contra la alcabala, las aduanas internas, los aranceles de las marítimas y concebir un plan de comercio activo; aunque Jovellanos se adhirió después a la fisiocracia y al liberalismo económico de Riqueza de las Naciones de Adam Smith, pues Jovellanos fue ecléctico, y por eso unos lo consideran fisiócrata (Informe sobre la Ley Agraria), otros liberal (Informe sobre el libre ejercicio de las Artes) y algunos mercantilista (Dictamen sobre el embarque de paños extranjeros para nuestras colonias o Informe sobre fomento de la Marina mercante).

El triunfo de la fisiocracia en Francia con Quesney, Turgot y Mirabeau, con la tierra como principal fuente de riqueza, alcanzó también mucha vigencia en España, pues era la estructura económica del Antiguo Régimen, y la que adoptaron Campomanes, Cadmany, Ignacio de Asso y Jovellanos, que en el Informe sobre la Ley Agraria (1795), redactado como vocal de la Sociedad Matritense, aunque tardó casi siete años en elaborarlo (1787-1794), se muestra posibilista, y como siempre adaptado a las circunstancias.

El Informe sobre la Ley Agraria de Jovellanos es pues una aplicación del liberalismo económico al campo de la agricultura, afirmando:

1. que la agricultura tiende a la perfección

2. que las leyes sólo pueden favorecerla animando esa tendencia

3. que se eliminen los estorbos que retarden su progreso

Con lo que cree que la libre iniciativa económica de los individuos establece equilibrio, basado en la conveniencia, la utilidad e incluso el egoísmo.

Textualmente: "Las leyes para favorecer la agricultura deben reducirse a proteger el interés particular de sus agentes, removiendo los estorbos que se opongan a esa tendencia." Estorbos que son políticos (leyes), morales (opiniones) y físicos (naturales). Los estorbos morales se reducen promoviendo el estudio de la economía civil y de todas las ciencias útiles, creando institutos en todas las provincias, con enseñanzas dirigidas a propietarios y labradores, adecuadas al nivel intelectual de cada uno; y los físicos mediante medios técnicos y financieros que faciliten la creación de riegos y canales, comunicaciones terrestres y marítimas, puertos mercantes, etc: los políticos derogando leyes antinaturales.

El Informe sobre la Ley Agraria de Jovellanos tuvo como antecedentes:

1. el informe de Vicente Paino y Hurtado, representante por Extremadura en el Consejo de Castilla y defensor de Extremadura en la lucha contra la Mesta

2. el dictamen del conde de Floridablanca, entonces fiscal del Consejo de Castilla (1770)

3. el de Campomanes, nuevo fiscal del Consejo de Castilla, quien ya habla de promulgar una Ley Agraria en 1771

4. el Memorial ajustado de 1771, emitido por el Consejo de Castilla para fomentar la agricultura, cría de ganados y corregir los abusos de los ganaderos trahumantes: inspirado en el Tratado de la regalía de amortización (1765) de Campomanes, que demostraba:

a. que la acumulación de riquezas por la Iglesia, con excepción del diezmo, iba en contra de su doctrina

b. que el Concordato de 1737 no bastaba para remediar el daño que causaba la amortización.

Se necesitaba pues una ley de amortización que prohibiera la enajenación de bienes de manos muertas sin previo permiso gubernativo, por lo que dejaba inmune a los mayorazgos.


PASEO DEL PRADO, POR JAN VAN KESSEL

El tipo de organización en que se basaba el Antiguo Régimen era la sociedad estamental, Nobleza, Clero y Pueblo, y Jovellanos sabía bien que ese régimen había conducido a la inmovilidad de la propiedad territorial, por lo que era necesaria una ley de amortizaciones, pues se había encarecido el precio de las tierras al quedar fuera del mercado grandes extensiones territoriales, con perjuicio para los intereses individuales, ya que los grandes propietarios no podían cultivar todas sus tierras.

Los privilegios de la Mesta también incidían en la propiedad territorial, pues al prohibir cerrar las fincas obstaculizaban el desarrollo de la agricultura. Pero el mayor atentado contra la propiedad privada residía en las leyes que protegían la amortización de las tierras, eclesiástica y civil, producto de vinculaciones y mayorazgos. No escandaliza pues a Jovellanos la injusticia en el reparto de tierras, pero sí que su propiedad quede en pocas manos, disminuyendo su compraventa en el mercado y limitando sus posibilidades productivas.

Había pues que abolir cuanto impidiera la libertad del comercio de tierras, y Jovellanos comenzó su reforma con la amortización de bienes eclesiásticos, obtenidos en la guerra de la Reconquista. Y si el clero no desamortizaba tierras baldías había que detener el proceso de amortización, para que no aumentaran las tierras improductivas.

También se debía detener la amortización civil, pues la nobleza ya no tenía misiones guerreras, aunque Jovellanos respetó ciertos mayorazgos para no enemistarse con la minoría ilustrada que debía apoyar sus reformas.

Pero la tímida reforma agraria de Jovellanos no invalida el carácter revolucionario del análisis al que sometió la estructura económica de la sociedad estamental, pues demostró el antagonismo entre la historia y la razón, con la necesidad de acabar con las estructuras sociales que sólo se apoyaban en la tradición. Por eso concluye que la propiedad de la tierra debe ser plena, ya que sabía que las transformaciones sociales sólo son posibles cuando se atacan las estructuras económicas que les sirven de fundamento.

Las doctrinas agrarias de Jovellanos habían sido pues propuestas por políticos de los siglos XVII y XVIII, y su mérito consistió en recopilar las ideas útiles, exponiéndolas y divulgándolas con método y claridad. Supo reunir y profundizar lo que era literatura bisecular. Por eso Miguel Artola dijo que la ley agraria de Jovellanos es posiblemente el libro que más influencia ha ejercido en la historia de España; Valentín Andrés Álvarez que es una de las joyas de la prosa castellana moderna, y Francisco Galindo García que es un hito en la historia del agro español, y una valiosa aportación a la economía del país.

El Informe sobre la Ley Agraria no se tradujo en una legislación que suprimiese los estorbos y obstáculos que denuncia. Tuvo que pasar al reinado de Carlos IV y llegar las Cortes de Cádiz para que la Reforma ilustrada se convirtiese en una verdadera Revolución liberal. Pero su valor doctrinal no dejó de percibirse en ningún momento, ya que para los liberales gaditanos fue una especie de credo económico de las primeras Cortes españolas y uno de los documentos que más han influido en la historia económica del siglo XIX. La alusión a ella fue frecuente en las desamortizaciones de Juan de Dios Álvarez Mendizábal y Pascual Madoz Ibáñez, y en las polémicas con Álvaro Flórez Estrada.

La Inquisición la incluyó en el Índice de libros prohibidos en 1825, acompañada del Tratado de la regalía de amortización de Campomanes. Pero iluminó las conciencias más lúcidas de España, y sus efectos se sintieron en la política española.