CARÁCTER DEL MODERNISMO HISPÁNICO


Para realizar una definición y análisis del Modernismo hispánico, la crítica filosófica ha tenido más en cuenta los elementos ideológicos, ya sean sociales, religiosos o filosóficos, que los estéticos. Por ejemplo, Carlos Arturo Torres identificó este fenómeno con “una tendencia intelectual”, mientras Roberto Brenes Mesén lo caracterizó como “una manifestación de un estado de espíritu contemporáneo, de una tendencia universal, cuyos orígenes de hallan profundamente arraigados en la filosofía trascendental que va conmoviendo los fundamentos de la vasta fábrica social que llamamos el mundo moderno. Iván A. Shulman, al estudiar a los diversos autores que se han ocupado del tema, constataba:

“una tendencia a establecer nexos entre el modernismo como expresión literaria y aspectos filosóficos, ideológicos y sociales de la época.”

 

El estado de la cuestión en torno al Modernismo hispánico fue tomando forma debido a la caracterización que Juan Ramón Jiménez realizó en el diario La Voz, el 18 de marzo de 1935 y que posteriormente Ricardo Gullón recogió en el apartado Juan Ramón Jiménez y el modernismo, de su obra El Modernismo, en 1962:

“El modernismo no fue solamente una tendencia literaria, sino una tendencia general que alcanzó todo. Creo que el nombre vino de Alemania, donde se producía un movimiento reformador por los curas llamados modernistas. Y aquí, en España, la gente nos puso ese nombre de modernistas por nuestra actitud. Porque lo que se llama modernismo no es cosa de escuela ni de forma, sino de actitud. Era el encuentro de nuevo con la belleza sepultada durante el siglo XIX por un tono general de poesía burguesa. Eso es el modernismo: un gran movimiento de entusiasmo y libertad hacia la belleza.”

 

Esta definición confirmaba la que Federico de Onís dio un año antes como la forma hispánica de la crisis universal del espíritu que inició hacia 1885 la disolución del siglo XIX, prolongada de algún modo hasta 1932. La riqueza multifacética, contradictoria y evolutiva, exigía prolongar su estilo de época durante todo ese período que Schulman calificó de “medio siglo modernista”. La expresión había sido utilizada con anterioridad por Ricardo Gullón, aunque difería en las fechas, que situaba entre 1890 y 1940.

 

 

La disparidad estética e ideológica del Modernismo impide atribuirle un rasgo definitorio único. Los críticos coincidieron en que la característica más común fue la exploración de nuevas formas de expresión y la búsqueda de renovadas vías estilísticas frente al Academicismo de rasgos neoclásicos. Como escribió Ángel del Río, el único punto de encuentro entre tendencias y directrices tan diferentes fueron “los anhelos innovadores, nacidos de la inquietud universal de la época”, caracterizada de modo general por “la combinación de intelectualismo y esteticismo”.

 

Esa inquietud general, la intención de cambio y renovación, así como la naturaleza heterogénea del movimiento, rompieron los cánones de formalismo estético y de la concepción puramente poético-literaria del Modernismo.

 

Uno de los exponentes más tempranos del Modernismo hispánico, José Enrique Rodó, ya lo expresó en sus Obras selectas:

“… en nuestro corazón y nuestro pensamiento hay muchas ansias a las que nadie ha dado forma, muchos estremecimientos cuya vibración no ha llegado aún a ningún lado, muchos dolores para los que el bálsamo no es desconocido, muchas inquietudes para las que todavía no se ha inventado un nombre…”

 

Es la misma opinión de Rubén Darío, cuando el poeta puso en su prólogo a El canto errante, en 1907, en un momento en que era ya plenamente consciente de la revolución literaria que se estaba operando en la prosa literaria, rechazaba que se tratara de una cuestión de formas. “Se trata, ante todo, de una cuestión de ideas”.”

 

También Giovanni Allegra, en Premisas y semblanzas del modernismo en España, en 1985, fue crítico con “la rica bibliografía sobre el modernismo, abundante en el análisis de las técnicas, del estilo, en la investigación sobre la incidencia y fortuna de una cierta imagen, casi siempre ha despachado en pocas páginas el aspecto doctrinal correspondiente.”

 

Aunque Federico de Onís aplicase al Modernismo el período comprendido entre 1882 y 1932, lo cierto es que se aplica aún con mayor propiedad el período que dicho autor denominó con el título Triunfo del Modernismo (1896-1905). Este rango de fechas, entre 1896 y 1905, es coincidente con lo que se denominó Crisis de “fin de siglo”, lo que demuestra la similitud de ambos, al menos en el caso del Modernismo hispánico.

 

 

 

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